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Polis (Santiago)

On-line version ISSN 0718-6568

Polis vol.11 no.32 Santiago Aug. 2012

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-65682012000200016 

Polis, Revista de la Universidad Bolivariana, Volumen 11, Nº 32, 2012, p. 329-350

PROPUESTAS Y AVANCES DE INGESTIGACIÓN

 

La nación bajo examen. La historiografía sobre el nacionalismo y la identidad nacional en el siglo XIX chileno

The nation under examination: the historiography on nationalism and national identity in the Chilean nineteenth-century

A nação em análise: a historiografia sobre o nacionalismo e identidade nacional no Chile do século XIX

 

Gabriel Cid

Programa de Historia de las Ideas Políticas en Chile, Universidad Diego Portales, Santiago, Chile. Email: gabriel.cid@udp.cl


Resumen: El propósito de este ensayo es analizar de forma panorámica laproducción historiográfica relativa a los fenómenos de la construcción de nación,el nacionalismo y la identidad nacional en Chile durante el siglo XIX. El artículose propone establecer el "estado de la cuestión" en estos problemas, poniendoespecial énfasis en los debates centrales de la historiografía, los aportes más destacados, las limitaciones teóricas y las posibilidades metodológicas y temáticas queofrece la disciplina histórica para abordar este problema.

Palabras clave: Construcción de nación, Nacionalismo, Identidad Nacional, Historiografía, Chile.


Abstract: The purpose of this essay is to examine the evolution of thehistoriography concerning the matters of nation-building, nationalism and theChilean national identity during the nineteenth century. This article aims toidentify the state of the matter according with these problems, focuses on themajor historiographical discussions, principal contributions, theoretical limitsand methodological possibilities that historiography offers to analyze thesemain issues.

Key words: Nation-building, nationalism, national identity, historiography, Chile.


Resumo: O objetivo deste ensaio é examinar a evolução da historiografiasobre as questões de construção da nação, nacionalismo e identidade nacionalchilena durante o século XIX. Este artigo tem como objetivo identificar o estado da matéria de acordo com estes problemas, centra-se nas grandes discussõeshistoriográficas, as contribuições principais, limites teóricos e possibilidadesmetodológicas que a historiografia oferece para analisar estas questõesprincipais.

Palavras-chave: construção de nação, Nacionalismo, Identidade Nacional Historiografia, Chile.


 

Introducción

La desmembración de la Monarquía hispánica iniciada en la décadade 1810 tuvo consecuencias trascendentales en la política latinoamericanadel siglo XIX. Entre los problemas más importantes originados tras la Independencia de España se encontraban la formación y consolidación de unEstado autónomo, el afianzamiento del republicanismo como sistema degobierno y, finalmente, la construcción de la nación como nueva categoríaidentitaria. El propósito de este estudio es analizar esta última temáticapara el caso chileno, estudiando el "estado de la cuestión" relativo a lanación, al nacionalismo y la identidad nacional durante aquella centuria,examinando los debates centrales, los aportes más destacados, las limitaciones teóricas y las posibilidades metodológicas que ofrece la historiografíapara abordar estos problemas. El balance es pertinente, puesto que la creciente producción de las ciencias sociales en general, y de la historiografíaen particular, hacen necesaria una evaluación crítica de las tendencias, enfoques, problemas y metodologías en diálogo en la escena intelectual chilena. Es la invitación de las páginas que siguen.

Una de las primeras constataciones que debemos realizar sobre elproblema que nos convoca es la poca atención que los teóricos más destacados en el estudio del nacionalismo (Anthony D. Smith, Ernst Gellner,Elie Kedourie, John Breuilly, Liah Greenfeld, John Hutchinson, WalkerConnor y, en menor medida Benedict Anderson) han prestado a AméricaLatina, que ha quedado relegada por lo común a una "nota al pie" (Miller2006: 203), al ser considerado un caso "anómalo" dentro de los esquemasmas bien eurocéntricos de la cuestión nacional (Hobsbawm 2010: 311). Noobstante, esta marginación de América Latina el debate teórico no significa, en modo alguno, que la historiografía americanista haya quedado almargen del estudio del nacionalismo. De hecho, al menos desde mediadosde la década de 1990 hay apuestas historiográficas que han invitado a"americanizar" los debates sobre el nacionalismo, según la expresión dePamplona y Doyle (2008). Este proceso ha intentado consolidarseinstitucionalmente, cuando a inicios del 2000 se fundó ARENA (Associationfor Research of Ethnicity & Nationalism in the Americas), patrocinado porThe Richard Walker Institute, University of South Carolina, que ha promovido congresos y publicaciones desde esta perspectiva.

A pesar de este promisorio panorama general, la preocupación porel caso chileno ha ocupado un lugar relativamente marginal dentro del interés de los estudiosos americanistas. Una explicación para esta situación,desde un plano hipotético, se debe a un fenómeno interesante por su dimensión paradójica: al parecer el nacionalismo chileno en el siglo XIX, y a diferencia de lo acontecido en otras partes del continente, tuvo relativamente más "éxito", perspectiva por cierto acentuada en la autopercepciónchilena de ser la "excepción" política en América Latina (San Francisco2009; Jocelyn-Holt 2005), en el sentido de que con una poblaciónmayoritariamente mestiza, con un marcado centralismo político, con unarelativa estabilidad institucional y con triunfos en guerras internacionales,el proceso de consolidación nacional fue más rápido –pero no por eso sinsobresaltos- que en el resto del continente. Por eso, tal vez, el menor interésde la historiografía latinoamericanista por Chile y centrarse en cambio enotras regiones donde aquel proceso hubiese tenido aparentemente más resistencias (como México, Perú y Brasil). Precisamente ese "éxito" encubremucho de un proceso complejo y tensionado de construcción nacional, ignorado hasta unos cuantos años.

Sin embargo, este desinterés parece haber cambiado en los últimosveinte años, donde el estudio del nacionalismo en particular y la identidadnacional en general ha cobrado nuevo auge en las ciencias sociales. Laspublicaciones relativas a problemas vinculados directamente con el nacionalismo han tenido, como observa un autor, un crecimiento verdaderamente exponencial en esta última década (Özkirimli 2010). Esta renovación sedebe a varios fenómenos contextuales globales importantes: la desintegración del bloque soviético y la explosión del problema de las nacionalidadesen los Balcanes evidentemente pusieron al nacionalismo en el centro de lareflexión de las ciencias sociales; la recepción en América Latina de losprincipales trabajos teóricos referentes al nacionalismo -desde 1990 enadelante-, y la superación en la historiografía chilena de una concepcióndel nacionalismo vinculada a la ideología partidista y autoritaria(hegemónica, sin duda, en el período del Régimen Militar, como quedóplanteada ya en 1974 con la Declaración de Principios de la Junta de Gobierno) posibilitada por el regreso a la democracia, permitieron el retornodel nacionalismo como problema histórico digno de ser investigado por lahistoriografía.

El renovado interés de la historiografía para estudiar el problema dela nación en el siglo XIX dice relación no solo con estos cambios a nivelgeneral, sino también por el giro interpretativo que se dio hacia 1990 paraestudiar el período de la Independencia. Gracias a los trabajos de la nuevahistoria política, se ha permitido superar lo que François-Xavier Guerra hadenominado el esquema "nacionalitario" (1999: 45), que suponíateleológicamente que 1810 era la consecuencia política necesaria denacionalidades preexistentes, en un esquema de interpretación tradicional del siglo XX (véase por ejemplo Vial Correa 1966). Así, la nación –en tanto identificación colectiva- era un fenómeno medianamente resuelto en el siglo XIX, de ahí la ausencia de interés por investigar esteproblema que no era entendido como tal. Las nuevas investigacioneshan cambiado radicalmente este eje interpretativo, proponiendo que antesque una dificultad resuelta por la Independencia, la nación es una de losgrandes y complejos problemas por definir, construir, imaginar y socializar en el siglo XIX.

En síntesis, este replanteamiento desde diversos ángulos del nacionalismo permitió que la historiografía tomase distancia crítica frente al objetode estudio –la nación- pensándola no ya desde una lógica esencialista, sinocomo una compleja construcción política, social, cultural, simbólica,discursiva y aún estética, en constante transformación y replanteamiento através del tiempo. En este sentido, la historiografía ha comenzado a pensarla nación fuera de las lógicas y las categorías del nacionalismo, lo que le hapermitido afinar los análisis y aumentar el espectro de problemas a estudiar. Esto último se debe, además, a una evidente ampliación en la comprensión del nacionalismo como problema histórico de múltiples manifestaciones en la vida social. Como ha señalado Anthony D. Smith (2004: 20),existen al menos cinco caracterizaciones del nacionalismo que al momentose utilizan, con menor y mayor frecuencia, en el campo de las cienciassociales, lo que evidencia su pluralidad intrínseca del problema a analizar:como un proceso de formación de las naciones; un sentimiento o consciencia de pertenencia a la nación; un lenguaje y un simbolismo de la nación; unmovimiento político-social en nombre de la nación; y, finalmente, comouna ideología acerca de la nación.

En lo que sigue, consideraremos cómo la historiografía ha analizado estas dimensiones del nacionalismo para el caso chileno de la centuriadecimonónica, poniendo atención a diferentes nudos problemáticos dondese han producido los debates más interesantes y los aportes más destacadosen lo referente a la construcción de la nación y la identidad nacional, talescomo: el rol que ha jugado el Estado en este proceso, la relación entre laidentidad nacional y los sectores populares, y, finalmente, el papel de lacultura en la construcción de los imaginarios nacionales.

El Estado y la nación: debates y limitaciones

En un importante libro publicado a inicios de la década de 1980, elhistoriador Mario Góngora señalaba escuetamente que el Estado había forjado la nacionalidad chilena (2003: 71-73). Aún cuando Góngora no seexplayó mayormente sobre su aserto, éste ha tenido, sorprendentemente,una notable influencia en la historiografía chilena al presentar un punto departida canónico para el análisis de la nación, subsumiendo este últimodentro de las lógicas de la institucionalidad estatal. De hecho, la influenciadel ensayo de Góngora ha sido tal que incluso autores que ponen en tela dejuicio el real peso del Estado chileno decimonónico, como Alfredo Jocelyn-Holt, han suscrito sin obstáculo a su tesis del Estado como matriz de la nación (1998: 42-43).

Sin desconocer la importancia del Estado en este proceso, particularmente en el siglo XIX donde construir la nación fue uno de sus objetivosmás patentes, la postura de Góngora peca de cierta perspectiva metafísicaen el planteamiento del Estado (haciéndose eco de Edmund Burke, afirmaría que el Estado "debe ser considerado con reverencia; porque no es unasociedad sobre cosas al servicio de la gran existencia animal, de naturaleza transitoria y perecedera. Es una sociedad sobre toda ciencia; una sociedadsobre todo arte; una sociedad sobre toda virtud y perfección"), obviandotodo lo de tensionado, complejo y precario tuvo su consolidacióninstitucional y económica en el siglo XIX. Por lo demás, y esta me pareceque es una crítica más importante en lo que a la construcción de la identidad nacional se refiere, hay un claro sesgo de unidireccionalidad en la tesisde Góngora sobre este fenómeno, presuponiendo que el Estado creó sinnegociación social y simbólica la nacionalidad, asumiendo a priori que lasociedad recibió pasiva y acríticamente de los discursos nacionalizadoresde la dirigencia estatal. Como veremos más adelante, ambos planteamientos que se desprenden de la tesis de Góngora han sufrido un interesantecuestionamiento y complejización desde la investigación monográfica.

Sin embargo, Góngora acierta en señalar algunos problemas en quese puede evidenciar la creación estatal de la nación, como en la educación,las fiestas nacionales y los símbolos (2003: 72). Es precisamente en estastres dimensiones en que se han producido en las últimas décadas aportesrelevantes para la comprensión de construcción de la identidad nacionalchilena. Comencemos por la educación, que ha sido objeto de una particular atención de la historiografía, tanto para el siglo XIX como para iniciosdel XX. Inicialmente, como señala Sol Serrano, la educación fue pensadaexplícitamente desde la intelectualidad y la dirigencia estatal como un modode socializar tanto los principios republicanos como "forjar una nación conuna identidad común a todos los habitantes de un territorio, es decir, forjaruna ideología nacional como fuente de legitimación política" (1994: 64).Este proceso, como bien ha notado recientemente Ricardo Iglesias, sufrióuna aceleración en la segunda mitad del siglo XIX, lo que fue, hasta ciertopunto, el correlato del afianzamiento del poder estatal sobre el territorionacional. Si en 1852 la matrícula de alumnos de educación básica era de 23.504, hacia 1900 la cantidad ascendía a 163.792 alumnos, evidenciando el papel protagónico de la educación como plataforma de diseminaciónmasiva de la identidad nacional (2009: 67-69). Lo cierto es que, como hanapuntado estudios recientes, la educación también fue una herramientacrucial para culturizar en clave nacional a poblaciones pluriétnicas que noestaban en los límites originales del Estado chileno decimonónico, peroque tras su expansión hacia el norte tras la Guerra del Pacífico y hacia el surcon la anexión militar de la Araucanía quedaron insertas en el radio deacción estatal. En este sentido, la chilenización por las aulas fue un fenómeno clave tanto en lo que dice relación con la población aymara y peruanaen el norte del país (González Miranda 2002), como con la etnia mapucheal sur del Bío-Bío (Donoso 2008). Lo interesante es que la expansión territorial chilena hacia el norte como al sur coincidió, desde la década de 1880, con un período de reformas en la educación, destinadas a fomentar la educación cívica y la difusión de valores patrióticos, proceso que se extendió yconsolidó en las primeras décadas del siglo XX, como lo ha evidenciado lahistoriografía reciente (Rojas Flores 2004).

Otra dimensión en que el Estado tuvo un papel relevante en la construcción de la identidad nacional tiene que ver con los aspectos simbólicos y rituales. La importancia de los símbolos para la construcción nacionalradica en que, como ha notado Karen Cerullo, estos son tótems modernos,signos que encarnan la identidad que buscan representar, al tiempo quedistinguen y reafirman la identidad de la comunidad representada frente alos "otros". Himnos, banderas y escudos cumplen esta función en el mundode las naciones modernas (1993: 244). Un reciente trabajo desde esta líneapor Trinidad Zaldívar y Macarena Sánchez (2009) analiza la construcciónde símbolos de identidad en la República temprana, tales como banderas yescudos, aunque también adentrándose en el espacio de las fiestas cívicas.Estas últimas, como bien ha examinado Paulina Peralta (2007) en su estudio sobre las primeras conmemoraciones nacionales (12 de febrero, 5 deabril y 18 de septiembre) fueron una de las instancias claves de socialización tanto del republicanismo como de la identidad nacional. Por cierto,estas instancias festivas no fueron las únicas, pues tras la Guerra contra laConfederación la conmemoración de la batalla de Yungay fue importantepara socializar en la población ideas-fuerza en torno a la identidad nacional, como la de Chile como un país guerrero (Cid 2008).

Por cierto, la guerra en tanto instancia límite catalizadora de nacionalismo ha recibido también la atención de la historiografía reciente. Analizando los conflictos bélicos desde una perspectiva sociocultural GabrielCid (2011) y Carmen Mc Evoy (2006a; 2000; 2011) han enfatizado el estrecho vínculo generado en el siglo XIX entre las guerras y la construcciónde la nación chilena. Esto no solo por elementos tales como el reclutamiento masivo y la centralización del poder que toda guerra provoca, sino también desde la perspectiva de la historia cultural y de los imaginarios. Así, seha prestado especial atención no solo a los discursos patrióticos forjados apartir de estas instancias para legitimar la postura del Estado-nacional enlos conflictos, sino también la materialización del imaginario bélico en elespacio de la sociedad civil, por medio de prácticas rituales y simbólicas.

El valor de las instancias rituales y los símbolos radica en que pueden cooptar nacionalmente a la población ajena a la cultura alfabetizada,como lo fue en su mayoría la población decimonónica. Este dificultad en elproceso de construcción nacional que se intentó superar por la vía de laeducación, aunque no fue un óbice para la socialización de la identidad porotros canales. En este sentido, el trabajo pionero de Rafael Pedemonte (2008)sobre los himnos patrióticos y la identidad nacional resulta clave, pues analiza precisamente un importante medio de difusión de la nacionalidad enuna población mayoritariamente oral. Lo interesante de los trabajos dePeralta y Pedemonte es que ambos explicitan el protagónico papel de lossectores populares en decodificación y resignificación de los símbolos oficiales, complejizando la tesis de una creación unidireccional y sin tensiones de la identidad desde la estructura estatal, al proponer como parte central de las investigaciones en torno al nacionalismo la relevancia que juegael problema de la recepción de los discursos.

En este sentido, y como bien ha destacado Fernando Purcell (2006),es necesario prestar atención tanto a los mecanismos de socialización de la identidad nacional como su grado de efectividad e impacto en la población,dado que no hay una correspondencia necesaria ni instantánea entre laintencionalidad estatal y la eficacia social de sus propuestas. Debido a esto,es preciso examinar tanto la tensión entre prácticas y actores, como entrepropósitos oficiales y agentes mediadores en el proceso de difusión de laidentidad nacional. Así, Andrés Estefane (2004) ha evidenciado, desde unaperspectiva bastante novedosa, la resistencia de la población a los censos(pensados como un medio de medir, racionalizar y homogeneizar una población heterogénea), así como la necesidad del Estado de contar con lasredes de poder local para llevar a cabo sus propósitos. De ahí que consideremos que uno de los conceptos que puede contribuir a avanzar hacia nuevas perspectivas de estudio es el de negociación cultural, ya que no solorompe la undireccionalidad de los análisis basados solo en lainstitucionalidad estatal, sino porque también permite incorporar e integraren las explicaciones a nuevos actores, cuyas voces y prácticas han sidomarginadas constantemente de los análisis de la historiografía tradicional.

La nación y el mundo popular

Como hemos analizado, la historiografía reciente ha prestado cadavez más atención a la recepción de los discursos nacionalizadores, especialmente en el mundo popular. Si, como nota Eric Hobsbawm las nacionesse construyen dualmente, con un mayor énfasis "desde arriba" –en referencia al aparato estatal-, estas no pueden entenderse cabalmente si no se analizan también "desde abajo", es decir, cómo las personas comunes asimilan

o no los discursos nacionalistas (2004: 18-19). Desde esta perspectiva, enel último tiempo se puede evidenciar un importante cuestionamientohistoriográfico a la tesis de la creación unidireccional de la nación por parte del Estado. Así, por ejemplo, en un libro indispensable, Julio Pinto yVerónica Valdivia (2009) han analizado este problema en el períodofundacional de la nación chilena (1810-1840), examinando los intentos demovilización nacional de los sectores populares por parte de los sectoresdirigentes y la indiferencia y resistencia de los primeros frente a estos intentos. Tal cooptación nacional –en una dimensión simbólica y no ciudadana- sólo se verificaría, de acuerdo a estos autores, tras la Guerra contra la Confederación.

Para un período posterior, en el último tercio del siglo XIX, la historia social también ha abordado de manera muy valiosa la perspectiva de lanación vista "desde abajo". En un estudio pionero Julio Pinto analizó losdiscursos populares en el mundo pampino durante la Guerra del Pacífico,donde se manifestó una suerte de "patriotismo popular" de amplia difusiónentre sus pares sociales debido a la movilidad espacial de los peones chilenos, "patriotismo" que, a medida que avanzó el siglo, se fue tensionandoentre las identidades de clase y nacional (Pinto 1997; Pinto, Valdivia yArtaza 2003). Lo interesante del trabajo de Pinto, y esto es importante destacarlo como una de las reflexiones importantes para una estructuración delanálisis de la nación "desde abajo", es que salva la antinomia de la "clase" como opuesta a la "patria", tan propia de la historiografía marxista. También lo es la antinomia opuesta, de marcado acento nacionalista, para locual la identidad nacional está por sobre cualquier otra forma de identificación. A estas alturas del debate en las ciencias sociales, es claro que laidentidad nacional no es exclusiva ni excluyente de otros tipos de identificaciones, por más que el nacionalismo quiera hacer de ésta la identidadhegemónica: la identidad nacional es solamente una de muchas identidades-como las de clase, religiosa, regional, género, generacional, entre muchasotras- que coexisten en cada persona y grupo (Smith 1993: 3-8).

A pesar de lo dificultoso que resulta documentar la visión de la nación desde el mundo popular, particularmente en el siglo XIX, trabajosrecientes como los de Maximiliano Salinas (2004) y Pamela Tala (2001)sobre los escritores populares Juan Rafael Allende y Rosa Araneda, respectivamente, permiten entender ciertas lógicas de articulación de los significados de la identidad nacional en clave popular, muchas veces discordantesde los discursos oficialistas sobre lo nacional, y a veces en abierta críticacontra estos. En una línea algo distinta, aunque también interesada en rescatar la mirada desde la nación "desde abajo", particularmente en una perspectiva de historia política, James A. Wood (2009) ha analizado las articulaciones del nacionalismo popular de la guardia nacional en la primera mitad del siglo XIX, y su relaciones con la opinión pública de la época, enespecial en la década de 1840 con la labor del editor popular SantiagoRamos. En síntesis, aunque es sumamente dificultoso acceder a la visióndel mundo popular, particularmente en lo que respecta a la identidad nacional, estos trabajos evidencian lo valioso que resulta y la complejidad queadquiere este problema al analizar la perspectiva de la nación "desde abajo", lo que, cuantitativa y cualitativamente, sigue siendo la gran deuda pendiente de la historiografía sobre la construcción de nación en el siglo XIXchileno.

Otra forma de estudiar este problema, y que ha producido estimulantes resultados, es analizarlo no tanto desde soportes documentales escritos –que sin duda no dejan de ser un filtro mediatizado para acercarse al"bajo pueblo"-, sino enfatizar la aproximación desde sus prácticas culturales. En este punto, debemos detenernos en una problemática afín que haocupado a la historia social en torno a la relación existente entre el mundopopular y la identidad nacional. Si autores como Góngora otorgan al Estado un papel gravitante en la conformación de la nacionalidad, historiadorescomo Gabriel Salazar invierten esta postura desde la historia social. ParaSalazar, y articulando su reflexión dentro del concepto de "cultura popular", señala que en Chile la cultura popular es autónoma y opuesta a lacultura de la elite. Para Salazar (1991), entonces, la identidad nacional chilena se encuentra solamente en la cultura popular, la única con capacidadcreadora. La postura de Salazar, que tiende a esencializar el concepto depueblo, peca precisamente por su falta de complejización en el análisis deun proceso que la historiografía reciente afortunadamente ha matizado,aunque persiste la tendencia a atribuirle a la cultura popular un esencialismonacional en contra de las fracasadas propuestas de la elite (Donoso 2009).

En efecto, no es posible entender en toda su complejidad la "cultura popular" –cuyas cualidades supuestamente distintivas tienen generalmente unsesgo arbitrario por parte del historiador y también de los folkloristas- comoun campo autónomo o excluyente de los discursos escritos y elitistas. Seríaútil avanzar hacia una comprensión de la "cultura popular" dentro de uncampo en permanente negociación, transmisión, resemantización y diferentes formas de apropiación, sin obviar las disputas de poder y la desigualdad de condiciones en que esta se manifiesta (Chartier 1994).

Un aspecto que requiere sin duda mayor reflexión tiene que ver conprecisamente pasar desde los sectores populares como meros receptores delos discursos nacionalistas desde las elites político-intelectuales (un proceso que a menudo se describe como pasivo), a una visión desde el mundopopular más bien creativo, inserto como un actor relevante en la circulación de estos códigos nacionalistas. En este sentido, la historiografía debería complejizar su aproximación a los sectores populares, prestando atención al momento en que de receptores pasan a ser demandantes que condicionan e interpelan activamente la producción de discursos plausibles sobre lo nacional, hasta pasar a ser productores y difusores del discurso nacionalista, como aconteció en la segunda mitad del siglo gracias, por ejemplo, a la lira popular. Pero también, debería ser consciente de lo plural queson los sectores populares, tanto por su locación espacial-laboral (rural/urbano) sino también por sus mismas jerarquías y distinciones internas.

Desde esta perspectiva dialogal, por ejemplo, Gabriel Cid (2009)ha analizado la invención del roto –pensando en el siglo XX como laquintaesencia de la chilenidad- en el siglo XIX, prestando atención a sucomplejo proceso de reposicionamiento en la opinión pública chilena, donde tanto la elite como los portavoces del mundo popular ayudaron a sucristalización como ícono nacional. En un registro analítico similar, SebastiánRico (2009) estudia el tensionado proceso de construcción de las chinganasen el siglo XIX, que va desde la exclusión hasta su incorporación en lacultura chilena, muy similar a lo acontecido con la música popular campesina como la zamacueca (Torres 2008).

La nación y sus "otros"

El mundo popular chileno fue considerado durante buena parte delsiglo XIX por la elite como un "otro" al que había que civilizar y moralizar.Esta última situación nos habla también a nivel general sobre cómo se construyen las identidades, sociales o nacionales: la apelación a un "otro" siempre se constituye en un factor decisivo desde donde articular la propia visión, sus supuestas particularidades y diferencias. La identidad se construye, así, en una dialéctica de espejos.

Uno de estos espejos desde los cuales se articuló la identidad nacional en el siglo XIX fue el caso de los mapuche; aunque es importante señalar que este fue un proceso que se vivió de forma transversal en América Latina, donde las elites dirigentes echaron mano simbólicamente a sus indígenas para articular la historia mítica de las nacientes naciones (Earle2008). Para el caso chileno, durante la primera mitad de la centuria, y particularmente en las luchas independentistas los "araucanos" fueron construidos como referentes míticos de identidad, pues permitían otorgarle mayor densidad histórica a la lucha entre patriotas y realistas, como bien notóhace años Simon Collier (1977: 199-204), y cuyas huellas han seguido conlucidez para un período posterior Holdenis Casanova (2000) y VivianaGallardo, aunque desde una perspectiva más ensayística (2001). Sin duda,el trabajo de Jorge Pinto Rodríguez (2003) emerge como uno de los aportesmás destacados y completos a este respecto, ya que detalla en su complejidad el proceso de inclusión inicial de los mapuche en la idea de nación,hasta pasar a la exclusión (simbólica, política y económica) en la segundamitad del siglo XIX, y las consecuencias de este proceso en el siglo XX.

El caso de los mapuche ejemplifica bien, además, el valor que elconcepto de "etnicidad" en la construcciones de las identidad nacionales.En efecto, en la convivencia social de grupos pluriétnicos la catálisis delnacionalismo puede aumentar de forma importante, sobre todo, porque resulta aparentemente más fácil acentuar las diferencias –reales o imaginarias- entre los grupos étnicos. Esto fue particularmente cierto para el casochileno de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del siglo XX, cuando el encuentro con grupos étnicos diversos contribuyó a delimitar los contornos de lo que se estimó era la nación y cuáles eran sus "otros". Paracomprender estas dinámicas, el trabajo de Jean-Pierre Blancpain (2005)sobre la relación entre la inmigración y el nacionalismo resulta clave, fenómeno que ya había observado el estudio pionero de Carl Solberg (1970), enuno de los primeros trabajos historiográficos, además, sobre el nacionalismo en Chile, aunque también incorpora comparativamente a Argentina, enel período que va de 1890 a 1914.

La compleja e íntima relación entre nacionalismo y etnicidad también queda reflejada en el reciente trabajo de William Skuban (2007) sobrelas tensiones nacionalistas en la frontera norte de Chile, donde la incorporación de territorios peruanos y bolivianos a la soberanía estatal chilena enla década de 1880 significó una serie de conflictos raciales producto delproceso de nacionalización, que desembocó, a inicios del siglo XX en movimientos nacionalistas y xenofóbicos violentistas como las Ligas Patrióticas, que ha estudiado muy bien Sergio González Miranda (2004).

La dimensión "cultural-simbólica" de la nación

El proceso de formación nacional, como ha quedado claro, no estárelegado solamente al aspecto político-institucional. El asunto es más complejo, pues en esta construcción estos aspectos se entremezclan con otrosfactores. En este sentido es útil la distinción de Bárbara Silva, según la cualen los procesos de construcción nacional se concatenan una dimensión "político-discursiva" y una "cultural-simbólica" (2006: 21). Esta última dimensión pone su acento en los símbolos, ritos, mitos y estereotipos de identificación común. Aquí se han generado una serie de aportes originales relativos al estudio de la identidad nacional en el siglo XIX.

Carlos Sanhueza (2006), por ejemplo ha argumentado lúcidamentesobre la necesidad de enfocar el análisis de la identidad nacional desde la perspectiva de la cultura. En efecto, si se analizan las representacionesdiscursivas de la identidad que realizaron los viajeros chilenos en Europaen general, y desde Alemania en particular, se puede apreciar cómo esasrepresentaciones de lo nacional, emanadas desde la experiencia de la distancia, se articularon no desde la política, sino que fundamentalmente desde la cultura.

La literatura como soporte discursivo de lo nacional fue una de lastemáticas fundamentales de la Generación de 1842, aquella generación deintelectuales claves en la búsqueda de la construcción de una identidadnacional renovada, con fuerte contenido proyectual, republicano y liberal(Stuven 1987). En este punto es necesario destacar dos aspectos relacionados con esta generación de intelectuales. En primer término, las polémicasdel lenguaje y su vinculación con la nación (Narvaja de Arnoux 2008) y labúsqueda de referentes literarios capaces de plasmar las particularidadesnacionales. Así, a mediados del siglo XIX, como ha estudiado BernardoSubercaseaux (1981), pueden constatar debates e intentos por plasmarliterariamente tanto tópicos chilenos como un estilo propiamente nacional.La obra de Alberto Blest Gana Martín Rivas fue una expresión clara de estabúsqueda, constituyéndose para la literatura chilena en lo que Doris Sommerdenomina "ficciones fundacionales" (2004: 263-280).

Otra de las temáticas surgidas con la Generación de 1842 y que tuvodesarrollos a lo largo del siglo fue el de la función social de la historia: estadisciplina fue puesta en el centro del debate como uno de los mediosconformantes de la identidad nacional. El trabajo pionero de Allen Woll(1982) ha analizado detalladamente el papel de la historia en el siglo XIXchileno, examinando cómo ésta fue utilizada como herramienta para lascontiendas políticas, para dirimir los conflictos diplomáticos del Estado y,especialmente, como una forma de socializar la identidad nacional en lasaulas chilenas. En cuanto a obras historiográficas específicas y su impactoen la construcción nacional, Rafael Sagredo (2007) ha examinado la elaboración de la primera historia oficial de Chile, la Historia física y política deChile, elaborada por el científico francés Claudio Gay por encargo expresodel gobierno; mientras que la historiadora norteamericana Gertrude Yaeger(1981) ha estudiado la monumental Historia General de Chile de DiegoBarros Arana a la luz de su contexto de producción y su filiación con laidentidad nacional.

Los productores de sentido nacional del pasado asumieron un rolfundamental en el siglo XIX, con una marcada autopercepción de su rolsocial, visualizado como un verdadero "sacerdocio cívico". Benjamín Vicuña Mackenna, por ejemplo, con su serie de biografías ayudó a configurar un panteón heroico nacional y forjar así la imagen de los "padres de lapatria" (Vicuña 2009). Lo cierto es que la historiografía se ha desligado aunque muy recientemente- de la imagen canónica de los "padres de lapatria", mirando con mayor criticismo este fenómeno, enfocándose másbien en los complejos procesos políticos, sociales y culturales que subyacena estas construcciones heroicas. Mucho de esta renovación se la debemos al lúcido trabajo fundacional de William F. Sater, quien a inicios de la década de 1970 publicó su innovadora y polémica obra relativa al proceso deheroificación colectiva de Arturo Prat, analizando las oscilaciones en su culto tras su muerte (1973).

El problema de la construcción de un panteón nacional ha sidoretomado actualmente a través de otros análisis. Así, Carmen Mc Evoy haestudiado la construcción de Bernardo O’Higgins como el "Padre de laPatria" en el imaginario nacional a través del estudio de su funeral de Estado (2006b); mismo escenario desde el cual Ana María Stuven (2006) haanalizado las tensiones para la inclusión/exclusión del panteón republicanode figuras ajenas a la hegemónica tradición católica, como José MiguelInfante, en contraposición a la imagen de Andrés Bello; a la vez que Alejandro San Francisco (2006) se ha detenido en los funerales de José Manuel Balmaceda como un momento clave en el proceso de reconciliaciónpolítica tras los estragos de la Guerra Civil de 1891. La imagen del presidente Balmaceda ha sido examinada también por Rodrigo Mayorga (2008),quien ha analizado el proceso de reposicionamiento de su figura tras 1891,desde su descalificación hasta su heroificación, enfocándose la apropiación de su imagen en pos de legitimidad política de los partidos afines a suideario.

Dentro de la dimensión "cultural-simbólica" de la nación resulta importante destacar novedosas líneas de análisis. Una de ellas es el estudiodel territorio y su impacto en la formación del imaginario nacional, dondela serie de trabajos de Rafael Sagredo (1998; 2005; 2008; 2009) son unareferencia obligada Lo cierto es que la representación científica ycartográfica del territorio fue de la mano con la necesidad de reelaborarestéticamente el espacio geográfico hasta transformarlo en paisaje. Apesar de que Isabel Cruz (2000) se ha aproximado a su estudio, esta esuna temática sobre la cual queda mucho por trabajar, en especial si seconsidera la importancia que tuvo en la conformación identitaria la noción de Chile como "copia feliz del Edén" (Cid y Vergara, 2011). Estaidealización de las bondades de la naturaleza nacional pronto se vinculó con la necesidad del Estado de resguardar aquellas singularidadesbotánicas, minerales y zoológicas, para lo cual la instauración de unMuseo fue clave para lograr esta representación de lo chileno (Schell2001). La ciencia, como se ve, tuvo un papel protagónico en la conformación de representaciones sobre lo nacional, como lo han evidenciadotrabajos recientes como el de Zenobio Saldivia (2009) y Stefanie Gänger(2009), quien en una línea de análisis bastante original estudia las filiaciones entre la arqueología y el nacionalismo a fines del siglo XIX en lafrontera chileno-peruana.

Lo chileno, no obstante, también debía ser representado en el arte,lo cual siempre supuso interpretaciones polémicas sobre qué era lo queconstituía lo característicamente identitario y como debería ser su puestaen escena (De la Maza 2010). Las creaciones artísticas en el siglo XIX eranpensadas como una forma de exhibir el prestigio del Estado y visualizar loque se creía eran las diversas aristas de lo nacional, para la cual las exhibiciones y la puesta en marcha de un Museo de Bellas Artes fueron claves eneste proceso (Schell 2009; Hernández 2006). Teniendo en mente este marco referencial, recientemente se ha comenzado a dar un bienvenido girodesde la historia del arte a la historia de las representaciones de la identidaddesde el arte. Jacinta Vergara (2009), por ejemplo, ha analizado con agudeza la representación de lo chileno en la pintura de artistas como el bávaroJohann Moritz Rugendas. En una línea similar, aunque en un período másamplio –pues incluye las obras de Gil de Castro y Rugendas- lo ha hechoClaudia Borri (2008); mientras que recientemente Gabriel Cid ha estudiado las relaciones entre pintura de historia y la construcción de los imaginarios nacionales, a propósito del caso de la Guerra del Pacífico (2011). Elarte, sin embargo, no solamente estuvo relegado al espacio de los museos,sino que se apropió de los espacios públicos en una nacionalización de lasciudades tanto por medio de la toponimia urbana como a través de la construcción de monumentos vinculados a la conformación de una memoria histórica nacional (Voionmaa 2004; Salgado 2010).

Conclusiones

Como hemos analizado sintéticamente en estas páginas, lahistoriografía chilena referente al nacionalismo y la identidad nacional hasido particularmente ingente en los últimos veinte años, concordante con elcreciente interés que a nivel global las ciencias sociales han otorgado alnacionalismo. Considero que tal explosión se ha debido a una mayorcomplejización y criticismo en el enfoque de la nación, sumado a una desvinculación del nacionalismo entendido como mera ideología partidista ypro-fascista, aunque claramente esto no significa que en la actualidad grupos extremistas vinculados en general al movimiento neonazi sigan comprendiendo el concepto bajo esas lógicas (Caro 2007)

Sin embargo, las nuevas perspectivas historiográficas sobre el nacionalismo reflejan no solo la importancia de este problema en el sigloXIX, sino además su inherente diversidad histórica dadas sus múltiplesplasmaciones en la vida social, política y cultural, que hicieron de la naciónun concepto esencialmente polisémico y lo tornaron en un campo de significados en disputa en aquella centuria.

Como ha analizado recientementeAna María Stuven (2009), la nación se fue complejizando a medida queavanzaba el siglo XIX, pasando desde dimensiones institucionales, culturales hasta desembocar, a fines del siglo, en el problema de la efectivainclusión social y política de los sectores más postergados. La nación sehizo más densa históricamente –como mito y problema- y también másamplia al intentar agrupar en su seno a la totalidad de los habitantes de Chile. La emergencia de la clase media a inicios del siglo XX tanto comoproductora y receptora de los discursos nacionalistas no hizo sinocomplejizar aún más este problema, como ha notado Patrick Barr-Melej(2001).

Esta diversidad, densidad y complejidad de la nación en el sigloXIX no solo permite y requiere aproximaciones desde distintas áreashistoriográficas, que van desde la historia política, social, cultural, intelectual, pero en una integración más bien dialogal. Además, y esto tambiénresulta evidente dada la múltiple producción historiográfica analizada enestas páginas, es preciso no solamente afinar los conceptos claves desdelos cuales se articulan los trabajos, dotando de mayor elasticidad a construcciones conceptuales que inducen a lecturas unidireccionales ymonolíticas –y por lo mismo esquemáticas y poco comprensivas- de losprocesos, sino que también hacen necesaria la reflexión y el diálogomultidisciplinar con la sociología, la ciencia política, la filosofía, la literatura y los estudios culturales. Teniendo en mente este escenario, la tarea dela historiografía sobre la construcción nacional es más ardua que nunca.

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Recibido: 22.12.2011 Aceptado: 21.03.2012

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