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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449versión On-line ISSN 0717-6295

Teol. vida v.42 n.4 Santiago  2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492001000400005 

Carlos Domínguez Morano. "Sigmund Freud y Oskar Pfister. Historia de una amistad y su significación teológica", Gráficas del sur, Granada, 1999, 148 p.

"En sí mismo, el psicoanálisis no es religioso ni lo contrario, sino un instrumento neutral del que puede servirse tanto el religioso como el laico siempre que se utilice para liberar a los que sufren".

Freud

Este libro relata el encuentro del padre del psicoanálisis con un pastor protestante venido de Zúrich: Oskar Pfister.

Carlos Domínguez divide este libro en dos partes: la primera describe la amistad entre Pfister y Freud y en la segunda pretende adentrarse en el debate teórico que supone el encuentro entre el psicoanálisis y la fe.

1) La primera parte tiene el mérito de haber trabajado sobre el vasto material epistolar entre ambos autores y, por lo tanto, hace participar al lector de los pormenores de esta amistad que se cultiva a pesar de las diferencias de puntos de vistas del médico vienés y el pastor suizo. Ambos personajes son descritos con características bien distintas, pero unidos por una gran pasión: el entonces incipiente psicoanálisis.

Pfister proviene de una familia protestante y es formado en el ámbito teológico, aunque mantiene una actitud crítica frente a la teología recibida. Su encuentro con el psicoanálisis lo llena de entusiasmo, puesto que cree descubrir en él una herramienta apropiada para llenar un vacío: tener un arma eficaz para luchar contra el sufrimiento y la miseria humanas, pero este pastor deberá ganarse un lugar dentro del mundo psicoanalítico, tan hostil a la religión, y mantener una amistad genuina con el "destructor de ilusiones" (1).

Freud, en cambio, proviene de un hogar judío, pero no recibe ningún tipo de instrucción religiosa y se constituirá en un judío ateo que arremeterá ferozmente contra la religión.

Según Domínguez, las diferencias entre ambos no radican tan solo en el ámbito de las visiones del mundo de cada cual, sino también en la actitud vital: el incansable optimismo de Pfister versus el pesimismo freudiano: "La "virtud" frente a la provocación, el entusiasmo optimista frente al pesimismo resignado, el idealismo y la visión positiva de las cosas frente al espíritu sarcástico y esencialmente negativo sobre la vida y las personas. Estas diferencias personales, que probablemente esconden un sustrato temperamental de tendencias maníacas y depresivas, configuran también la base de dos visiones del mundo que determinan a su vez posiciones muy divergentes a la hora de enfocar problemas teóricos y prácticos del psicoanálisis (2).

Tales problemas teóricos y prácticos se referirán a la cuestión de la neutralidad del analista y la duración de la terapia. Para Pfister, al contrario que para Freud, el analista no debía mantenerse frío y distante, sino que debía tener con sus pacientes una actitud de calidez, más propio de la "cura de almas" (Seelsorge), que de la terapéutica. Además, el pastor prefería los análisis breves, lo que le valió más de una crítica de los defensores de la ordodoxia metodológica.

Fundamentalmente, para Pfister, la teología debía aproximarse al psicoanálisis porque "ahí se encuentra una de las mejores posibilidades para superar esa incapacidad de la vieja teología, abstracta y escolástica, para responder a las angustias del hombre moderno" (3). Se trataba de lograr en el individuo la "restitución de la capacidad de amar" y en este punto es donde Pfister pretende encontrar un nexo entre la verdad del Evangelio y el psicoanálisis. Quizás, indica Domínguez, el punto débil de Pfister consiste en una cierta miopía que lo lleva a exaltar las semejanzas de los dos ámbitos y a desestimar las diferencias. Esto le valió ciertas "confusiones de método" (4).

Para este pastor, la preocupación por el psicoanálisis desborda el campo de lo pastoral: "el pietismo, el culto mariano, las relaciones de la experiencia mística y la histérica, la glosolalia, las personalidades religiosas de Pablo, de Lutero o de Calvino, el catolicismo, el judaísmo, el budismo, así como las relaciones generales de la teología con el psicoanálisis... son temas que puntean su obra desde el principio hasta el final" (5), ampliando su estudio al "tema de la salvación en sus eventuales relaciones con la angustia y los componentes neurótico-compulsivos" (6), junto con el tema de la redención-satisfacción.

2) En la segunda parte del libro, Domínguez se detiene a analizar las consecuencias teológicas del diálogo entre fe y psicoanálisis partiendo del análisis del libro "El porvenir de una ilusión". En dicho texto (como lo hará en otros dedicados al tema religioso), Freud desarrollará la tesis de que el hombre está en permanente conflicto con la cultura, puesto que esta "se apoya en la represión de las pulsiones, llegando en ocasiones a imponer tal sacrificio en la renuncia pulsional que, de hecho, esa misma cultura se convierte en algo intolerable para muchos sujetos que la conforman" (7). La religión será un elemento fundamental dentro de la cultura, en la medida que la "ilusión" religiosa, siguiendo el curso de nuestros deseos, nos salva de la indefensión frente a los poderes de la naturaleza, nos reconcilia con "la crueldad del destino" y nos compensa frente a los dolores y privaciones que la vida civilizada nos impone" (8)... "El deseo constituye, pues, el motor de la ilusión" (9).

En definitiva, Freud reconoce el papel que la religión juega en la cultura, pero insiste en un nuevo estadio de la humanidad. En él, el control del mundo pulsional deberá lograrse a través del advenimiento de la razón y de la ciencia para "abandonar el cielo a los gorriones y los ángeles" (10).

La reacción de Pfister al provocativo texto no se hace esperar, quien comienza a redactar su respuesta que llevará por título "La ilusión de un porvenir", dejando en claro la cordial amistad que los une y que al final de cuentas no es tan grande el abismo que los separa, pues escribe Pfister en una carta: "Si tengo en cuenta que usted es mucho mejor y más profundo que su ateísmo, y yo peor y más superficial que mi fe, no tiene por qué interponerse un abismo tan tremendo..." (11).

En su texto (publicado en la revista Imago) Pfister critica varios de los conceptos freudianos, especialmente el concepto de "ilusión", retomándolo y ampliándolo hacia un concepto de ilusión que incorpore la realidad (y necesario, por tanto, para cualquier empresa humana, incluyendo la científica). Además, Pfister cree ver que la religión como neurosis no es "la esencia de la religión" (12), sino un estadio primitivo de esta.

Por otro lado, rescata la dimensión del deseo como un componente esencial "en toda creación humana, imaginaria o no" (13).

Asimismo, combate la idea de que la religión sea enemiga del pensamiento y la tesis que concibe la religión como expresión de una "función policial" al servicio de la cultura, sino que más bien "la religión está llamada a ser el fundamento de una crítica de la cultura, convirtiéndose en un principio crítico de las condiciones sociales existentes" (14). También, pone en evidencia la nueva entronización operada por Freud, la de su dios-razón y critica la pretendida "pureza" epistemológica de los proyectos científicos.

Se trata en definitiva de una diversa visión de la vida que subyace en uno y en otro. En este sentido vale la pena citar a Pfister en una carta dirigida a Freud: "Este mundo sin templos, sin arte, sin poesía, sin religión es a mi modo de ver una isla del demonio a la que solo un Satanás, y no el azar ciego, podría empujar a los hombres. Su pesimismo frente a la humanidad incorregible es aquí demasiado manso; debería practicar usted el miserabilismo en forma mucho más consecuente. Si formara parte de un tratamiento psicoanalítico el lograr que los pacientes aceptaran este mundo desolado como la noción suprema de la verdad, yo entendería muy bien que estas pobres gentes prefieran recluirse en la celda de la enfermedad en lugar de marchar por este desierto helado y horrible" (15).

Freud y Pfister continuarán su amistad, pese a que nunca pudieron reconciliarse en torno a aquellos puntos que los dividían. Para Domínguez, este encuentro entre fe y psicoanálisis es significativo porque "por primera vez se encontraban explicitados frente a frente" aunque "hasta el día de hoy mantienen sus mutuas interrogaciones y sospechas" (16).

Para Domínguez la relevancia del encuentro entre Freud y Pfister viene dada por haber marcado un punto de inicio entre el diálogo fe-psicoanálisis, que debe establecerse más allá del ateísmo ilustrado de Freud y el concordismo de Pfister. Pero ¿será posible un diálogo fecundo entre el pensamiento teológico-metafísico y el científico? Para Domínguez es posible tal diálogo y en las últimas páginas de su libro da una rápida mirada a los muchos nombres, tanto del ámbito del análisis, como desde la fe y la teología, que están tejiendo este diálogo. Su lista de autores es exhaustiva y no deja sin mencionar el simposio sobre psicoanálisis y religión organizado por la APCh (Asociación Psicoanalítica Chilena) y la Facultad de Teología de la Universidad Católica en 1995, cuyos aportes están contenidos en la revista Teología y Vida, Vol 37, 1996.

Pero a pesar de los aportes de muchos autores ¿por qué la teología ha evitado el diálogo con el psicoanálisis? Para Domínguez, un antecedente no menor en este tema es, por un lado, la hostilidad declarada que mostró el psicoanálisis en sus inicios hacia la religión y, por otro, el recelo de la Iglesia frente a la nueva disciplina.

Además, las urgencias sociopolíticas han desviado a la teología del acercamiento a la verdadera revolución antropológica que ha instaurado el descubrimiento de lo inconsciente, para atender en mayor medida a la problemática social.

Finalmente, el autor señala que habría que estar atentos a las elaboraciones postfreudianas, como por ejemplo, la teoría de objeto transaccional de Winnicott o ciertos conceptos de Julia Kristeva de la escuela de Lacan.

En definitiva, estamos ante un libro que conjuga muchos elementos. Por un lado, en la primera parte, en la que describe los pormenores de la amistad de Pfister con el célebre personaje, el lector gozará con los mil detalles íntimos, biográficos, en una lectura entretenida y, en la segunda parte, el texto de Domínguez se vuelve una valiosa guía, un indispensable punto de partida para el teólogo que intente dar algunos pasos en esta desafiante pero urgente labor de diálogo con el psicoanálisis.

Cristina Bustamante E.

(1) p. 14.
(2) p. 31.
(3) p. 46.
(4) p. 51.
(5) p. 55.
(6) p. 58.
(7) p. 84.
(8) p. 86.
(9) p. 89.
(10) p. 94.
(11) p. 97.
(12) p. 100.
(13) p. 102.
(14) p. 105.
(15) p. 106-107.
(16) p. 115.

 

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