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EURE (Santiago)

versión impresa ISSN 0250-7161

EURE (Santiago) vol.40 no.119 Santiago ene. 2014

http://dx.doi.org/10.4067/S0250-71612014000100002 

ARTÍCULOS

 

El estudio de la segregación residencial en Santiago de Chile: revisión crítica de algunos problemas metodológicos y conceptuales

 

Javier Ruiz-Tagle.
Universidad de Chile, Santiago, Chile.
E-mail: Javier Ruiz-Tagle, jruiztagle@uchile.cl

Ernesto López M.
Universidad de Chile, Santiago, Chile.
Ernesto López M., elopez@uchilefau.cl


RESUMEN | Mediante un cuestionamiento a influyentes trabajos, se pretende introducir perspectivas alternativas en variados aspectos del estudio de la segregación residencial en Chile, desde esquemas metodológicos a interpretaciones conceptuales. La discusión critica cuatro aspectos de dichos estudios: i) su método de estratificación, que define grupos sociales por medio de categorías altamente variables en el tiempo; ii) su medida de la segregación, que no considera áreas suburbanas ni tampoco soluciona el problema de la escala; iii) su conexión con problemas sociales, que presenta ciertos sesgos de reificación del espacio; y iv) sus propuestas de política pública, que plantean líneas de acción fundadas en premisas discutibles. Dada la considerable influencia de estos estudios en la discusión de políticas públicas pro mixtura social, consideramos importante establecer nexos con la especificidad de nuestros contextos sociales, históricos y culturales, elaborando una racionalidad crítica que se extienda más allá de un excesivo empirismo.

PALABRAS CLAVE | política urbana, segregación, sociología urbana.


ABSTRACT | By questioning influential works, we intend to introduce alternative perspectives in various aspects of the study of residential segregation in Chile, from methodological perspectives to conceptual interpretations. The discussion criticizes four aspects of these works: i) their method of stratification, which defines social groups through categories that are highly variable over time; ii) their measure of segregation, which neither consider suburban areas nor solve the scale problem; iii) their connection with social problems, which presents certain biases of spatial reification; and iv) their proposals of public policies, which point out lines of action that are founded in debatable premises. Given the considerable influence of these studies in the discussion of pro-mixture public policies, we consider important to establish links with the specificity of our social, historic and cultural contexts, elaborating a critical rationality that extends beyond an excessive empiricism.

KEY WORDS | urban policy, segregation, urban sociology.


Introducción

Algunos estudios recientes sobre segregación residencial en Chile se han visto altamente influenciados por ciertos cuerpos de la literatura empírica estadounidense, reproduciendo sus sesgos conceptuales y creando nuevos. Por ejemplo, se han trasladado nociones cuestionables, tales como "efecto de barrio", "geografías de oportunidad", "underclass", y la criticada noción de "desorganización social" propia de la literatura estadounidense de los noventa (Wacquant, 2002). Asimismo, introducen nuevos problemas, como el intento de medir la segregación (supuestamente) de clase, aplicando las mismas metodologías que las usadas para medir segregación racial, o el generar una estricta separación entre segregación y desigualdades sociales.

El presente trabajo pretende introducir perspectivas alternativas en variados aspectos del estudio de la segregación residencial en Chile, desde esquemas metodológicos a interpretaciones conceptuales, estableciendo nexos con la especificidad de nuestros contextos socioculturales, y elaborando una racionalidad crítica que se extienda más allá de un excesivo empirismo. Como base de discusión, tomamos uno de los trabajos más recientes sobre segregación en Chile, el artículo "Segregación residencial en Santiago: tendencias 1992-2002 y efectos vinculados con su escala geográfica" (Sabatini, Wormald, Sierralta & Peters, 2010). En dicho artículo, los autores revisan los cambios socioespaciales durante la década de los noventa, destacando la dispersión de las elites, la disminución de la segregación, algunos rasgos de la segregación latinoamericana y las consecuencias de la formación de guetos. Sin duda, estos autores han formado uno de los equipos de investigación más prolíficos en esta área en las últimas décadas, aclarando conceptos, refinando metodologías e influyendo en muchos otros estudios posteriores. Así, la presente discusión tiene por objetivo levantar algunos cuestionamientos a sus enfoques, contribuir al debate de estas ideas y plantear una visión crítica.

Discutimos el artículo de Sabatini et al. (2010) en cuatro áreas: i) su método de estratificación, que define grupos sociales por medio de categorías variables en el tiempo; ii) su medida de la segregación, que no considera áreas suburbanas ni tampoco soluciona el problema de la escala; iii) su conexión con problemas sociales, que presenta ciertos sesgos de reificación del espacio; y iv) sus propuestas de política pública, cuyas líneas de acción están fundadas en premisas que consideramos discutibles.

La estratificación social en los estudios de la segregación

El método dominante en Chile

Para estudiar la segregación socioeconómica en Santiago, Sabatini et al. (2010) definen la estratificación de grupos sociales sobre la base de metodologías de marketing, por considerarse "la usanza local en Chile" (p. 23). Para definir el nivel socioeconómico de un hogar, dichas metodologías establecen un cruce entre el nivel educacional del jefe del hogar y la tenencia de una determinada cantidad de bienes, como aproximación al ingreso (Figura 1)1.

FIGURA 1 | Matriz para definir el nivel socioeconómico de un hogar

 
 

FUENTE ADIMARK (2OO4)

Numerosas críticas se han establecido respecto de este tipo de mediciones. Desde el punto de vista económico, la principal es la inadecuación del índice como aproximación al ingreso. Primero, no toma en cuenta el endeudamiento, lo que significa que solo algunas familias estarían adquiriendo bienes a través de su real poder adquisitivo, pero otras familias vía sistemas de crédito. Para el estudio en cuestión, que considera el período intercensal 1992-2002, este punto resulta particularmente importante, ya que el poder adquisitivo de los chilenos aumentó ostensiblemente en esa década, mucho vía endeudamiento, en una expansión del consumo que no necesariamente implicó movilidad social (Moulian, 1997). Segundo, los bienes listados para metodologías de marketing son discutibles en sentido histórico. Por ejemplo, una conexión a internet en 1992 tiene un peso muy distinto al del año 2002, ya que dichos servicios bajaron de valor y se masificaron ampliamente. Sabatini et al. (2010) reconocen haber hecho un ajuste a dicha metodología (p. 23), para tener conjuntos de bienes equivalentes a cierta posición social en cada censo. Sin embargo, esto implicaría distintos bienes en cada medición (1992 y 2002), con lo que se pierde su comparación más directa y se complejiza aún más el índice. Tercero, el índice no distingue entre hogares que tienen más de un bien en determinada categoría (dos o más televisores, dos o más vehículos, etcétera). Cuarto, el índice no mide ingreso per cápita, ni tampoco ajusta por economías de escala, lo que oculta el tamaño y composición del grupo familiar. Y quinto, el índice no mide la riqueza, en términos de factores de herencia u otros, que tienen que ver con la estabilidad de la posición socioeconómica y con la acumulación histórica de capital (Oliver & Shapiro, 2008).

Desde un punto de vista sociológico, las críticas son aún más abundantes. Primero, la medición de marketing no toma en cuenta el estatus ocupacional (o prestigio social de cada ocupación), el cual se usa para identificar la posición de cada grupo en la sociedad y representa la medida tradicional de estratificación en la sociología. Segundo, como su principal objetivo es medir el nivel de consumo, la estratificación de marketing excluye la dimensión cultural. Esto es, no establece grupos de identidad, sino solo capacidades continuas de consumo, con cortes arbitrarios que no muestran rupturas claras entre segmentos (Espinoza & Barozet, 2009). Tercero, en vez de desprender tendencias de consumo a partir de la definición de clase social (como se hace desde Max Weber en adelante), se usa la capacidad de consumo para definir la clase social. Más aún, los bienes listados en el índice no son útiles para diferenciar tendencias de consumo que hablen de diferentes "gustos" o estilos de vida (Bourdieu, 1984; Savage, 2010). Cuarto, el nivel educacional usado en la metodología de marketing no establece una frontera fija, sino que cambia constantemente para mantener los límites de clase. Esto ocurre porque la elite asegura su exclusividad y cerramiento de clase a través de la continua alza de los requerimientos de formación de capital humano en el mercado laboral (Kerbo, 2012). Así, debido a una mayor demanda por educación, tener ciertos títulos hoy no es lo mismo que haberlos tenido ayer, y su adquisición no implica necesariamente un ascenso social. Además, la metodología de marketing no clasifica apropiadamente a la población mayor respecto de la más joven, en términos de la evolución del mercado educacional y de la diferencia que se genera entre las posibilidades de formación pasadas y presentes (Méndez & Barozet, 2008). De esta manera, la mayor cobertura educacional y el aumento en los patrones de consumo durante los años noventa (Rasse, Salcedo & Pardo, 2009) tienen particular relevancia cuando se quiere medir el cambio en la segregación residencial, lo que Jorge Rodríguez (2006) ha notado: "La SRS [Segregación Residencial Socioeconómica] es descendente, pero no por efecto de la migración intrametropolitana (...) sino por efecto de las mediciones (variable educación) y el cambio estructural en el decenio de 1990" (diapositiva 10). De esta manera, Rodríguez da a entender que la aplicación de técnicas distintas de estratificación puede detectar tendencias diferentes a las observadas por Sabatini et al. (2010). En resumen, para estudios de evolución espacio-temporal como el de estos últimos autores, las limitaciones de las metodologías de marketing resultan más problemáticas y pueden llevar a lecturas imprecisas, como señalamos más adelante.

Otros enfoques para la estratificación social

Creemos que una metodología adecuada para la estratificación debiera interpretar las históricas divisiones sociales de los chilenos y sus transformaciones, y para ello hay varias alternativas a la mano. Además de las mediciones sobre la base de ingreso2, propias de la economía, se pueden distinguir tres grandes corrientes en la sociología. Primero, el estatus ocupacional ha sido usado históricamente en estudios de estratificación, con varios ejemplos en Chile (Torche, 2005, 2006; Torche & Wormald, 2004). Luego está el enfoque weberiano, que distingue entre clase, estatus y autoridad, usado en algunos países desarrollados (Wright, 1997). Para estas dos primeras corrientes, el censo chileno provee toda la información necesaria a nivel desagregado. Y finalmente está una visión más contemporánea que relaciona clase social con estilos de vida, definiendo "gustos" del lujo y "gustos" de la necesidad (Bourdieu, 1984). Si bien esta corriente está más ligada a estudios cualitativos de identidad de clase, no se descarta que en el futuro se investiguen ciertos tipos de consumo a nivel desagregado3.

Más allá de estas alternativas, creemos que en el estudio de la segregación hace falta tomar en cuenta un tema importantísimo y no siempre tratado en Latinoamérica: la estratificación sobre la base de diferencias raciales. En Chile, está relativamente comprobado que diferencias de color de piel, rasgos faciales (asociados a origen indígena), color de pelo, altura, estilo de habla, nombres y apellidos, y lugar de origen, dan paso a discriminaciones en diversas esferas (Aguirre & Castro, 2009; Merino, Quilaqueo & Saiz, 2008; Núñez & Pérez, 2007; Waldman, 2004). Sería interesante discutir si estas características representan signos de diferenciación racial, debido a que son heredadas (o asumidas involuntariamente), por lo que se carga con ellas por toda la vida. Esta es una tarea pendiente que no se puede trabajar con los datos desagregados actuales, y que requiere de diseños de investigación más sofisticados.

De alguna manera, los imaginarios expuestos en la publicidad de conjuntos residenciales exclusivos han hecho explícitas las diferencias raciales. Es sabido que la mayoría de los chilenos son mestizos, de tez y pelo oscuro, y de baja estatura. Las elites, en cambio, son de tez más blanca, más altos y de rasgos faciales europeos (Aguirre & Castro, 2009). La falta de mezcla entre estos grupos, dado el histórico y persistente cerramiento de la elite (Álvarez, 1951; Barozet, 2011; Espinoza, 2010; Espinoza & Barozet, 2009; Torche, 2005, 2006), ha hecho que sus aspectos raciales perduren en el mismo nivel socioeconómico, al igual que sus apellidos (Núñez & Pérez, 2007).A1 respecto, Fernández, Salcedo y Torres (2004) desarrollaron un estudio sobre publicidad de barrios cerrados, mostrando sus particulares imaginarios de ciudad y estilos de vida, asociados fundamentalmente a la ruralidad y a la seguridad. Sin embargo, lo que no mencionan Fernández et al. (2004) es que, además de dichos imaginarios, las fotografías de esta publicidad suelen mostrar también el ideal de familia nuclear con aspectos raciales propios de las elites chilenas: tez blanca, rasgos europeos, altos y de pelo claro (Figura 2).

FIGURA 2 | Publicidad de conjuntos residenciales exclusivos

 
 

FUENTE REVISTA VIVIENDA Y DECORACIÓN

Entonces, desde el punto de vista de una clásica discusión de "formas y contenidos" (Simmel, 1950), la segregación residencial en Chile no debería referirse tan solo a mercados de suelo (la forma), sino también a un "blanqueamiento racial" (el contenido), o al menos a la preservación de ciertos atributos raciales asociados con un alto estatus. La construcción sociohistórica de estas diferencias, junto con la separación de órbitas de interacción en el largo plazo, da paso a diferencias culturales entre grupos dispares, como ocurre entre la elite y los grupos más pobres en Chile. Y esta falta de interacción proviene no solo de la segregación residencial, sino también de la segmentación en la educación y en los servicios, a la que nos referiremos más adelante.

Medición e interpretación de la segregación

En este punto, los problemas que identificamos en el artículo de Sabatini et al. (2010) están relacionados con tres pasos en su trabajo: la determinación de unidades espaciales de análisis, la elección de un determinado índice de segregación, y la interpretación de los resultados.

Unidades espaciales de análisis

Sabatini et al. (2010) analizan solo las 34 comunas del llamado Gran Santiago (hecho reconocido por los autores, véase p. 24), en tanto representantes de la histórica "mancha urbana" de la ciudad compacta. En nuestra opinión, esto sería un error conceptual. Si bien la población urbana se ha medido así en el pasado, en la actualidad no puede ser definida solo por constituirse como una densa aglomeración, ni por cierta cantidad de habitantes. Más importante es la función económica que tienen sus residentes (no agrícola) y la localización de su empleo (generalmente en un espacio central), conformando un área metropolitana fuertemente integrada en términos sociales y económicos (Squires, 2002). En este sentido, creemos que esta decisión de los autores estaría "invisibilizando" un importante fenómeno que ocurrió en el periodo 1992-2002 en Santiago: la disminución de la proporción de elites en los barrios acomodados tradicionales. Dos factores fueron parte de esta transformación: primero, el traslado de muchas familias de elite a una periferia más lejana; y segundo, el asentamiento de habitantes menos acomodados en su territorio, a través de proyectos de alta densidad o de la construcción de viviendas sociales. Utilizando un simple cálculo, y la misma metodología de estratificación (para efectos comparativos), se puede observar que mientras en la Región Metropolitana no hubo cambios significativos en las proporciones de estratos, en las comunas "suburbanas"4 hubo grandes aumentos de población ABC1 y C25. De hecho, 12 de las 18 comunas suburbanas experimentaron aumentos de proporción de más de 30 por ciento en su población ABC1 (comparado con solo 6 de 34 comunas en el Gran Santiago). Asimismo, mientras en el Gran Santiago los hogares ABC1 aumentaron su proporción solo un 0,73 por ciento, en la Región Metropolitana aumentaron 1,55 por ciento entre 1992 y 2002 (Figuras 3 y 4). De este modo, el gran cambio socioespacial de las comunas suburbanas en décadas recientes no quedaría expresado en las medidas de la segregación utilizada por Sabatini et al. (2010), y estaría conduciendo a errores de interpretación.

FIGURA 3 | Variación intercensal (1992-2002) de estratos E, C2 y ABC1 (solo comunas con más de 30 por ciento de aumento en estrato ABC1)

 
 

FUENTE ELABORACIÓN PROPIA BASADA EN INE (1992, 2OO2)

FIGURA 4 | Nivel socioeconómico comparado (variación inter-censal) de las comunas de la Región Metropolitana

 
 

FUENTE ELABORACIÓN PROPIA BASADO EN INE (1992, 2OO2)

Índice de la segregación

Para la medición de la segregación, Sabatini et al. (2010) optan por usar el índice de disimilaridad (o índice de Duncan) como una de sus principales herramientas de análisis. Este índice mide la igualdad con que dos grupos sociales se distribuyen en barrios que componen una ciudad. Aquí, cabe mencionar que Sabatini (2004) ha sido particularmente crítico de este índice. Citando sobre todo a White (1983), ha señalado su falta de espacialidad, dado que el índice no distingue si los barrios son contiguos o no (el "problema del tablero de ajedrez"), o si las áreas de concentración son grandes o pequeñas (el "problema de la grilla"). Entonces, para intentar solucionar el problema de la grilla y observar los cambios de escala (que es uno de sus principales argumentos), Sabatini et al. (2010) plantean la medición de la segregación en cuatro escalas distintas de análisis: comunas, distritos censales, zonas censales y manzanas. Sin embargo, creemos que, en vez de solucionarlo, los autores reproducen el problema, ya que las áreas de desagregación están inscritas unas dentro de las otras. Las unidades de análisis no corresponden a distintas agrupaciones sobre una misma geografía, sino a la misma geografía dividida en parcelas más pequeñas (véanse Figuras 5 y 6). En otras palabras, al no haber correspondencia entre las áreas de desagregación y las áreas de los grupos sociales, el índice pierde precisión.

FIGURA 5 | Distintas agrupaciones sobre una misma geografía


 
 
  4 áreas (nula segregación)   5 áreas (segregación completa)


FUENTE ELABORACIÓN PROPIA

FIGURA 6 | Misma geografía dividida en parcelas más pequeñas


 
 
  4 áreas (nula segregación)
16 áreas (segregación alta pero no completa)
 


FUENTE ELABORACIÓN PROPIA

Dentro de los amplios debates metodológicos en la literatura internacional acerca de este problema, algunos índices de "agrupamiento" han logrado mostrar resultados más razonables respecto de la falta de espacialidad de los índices tradicionales6. Este tipo de índices -como el de Lee y Culhane (1998)- plantea el uso de las unidades espaciales más pequeñas (por ejemplo, las manzanas), para luego medir su contigüidad a partir del área perimetral compartida con el mismo grupo social (Figura 7). De esta manera, lo que mide el índice es directamente la escala de la segregación7. Cabe reconocer que Sabatini et al. (2010) mencionan los índices de agrupamiento (p. 33), pero no lo ocupan como medida de la segregación, sino solo para correlacionarlo con problemas sociales.

FIGURA 7 | Segregación según índices de agrupamiento

 
 

FUENTE ELABORACIÓN PROPIA A PARTIR DE LEE Y CULHANE (1998)

Aplicando este mismo argumento al caso de Santiago, nos hacemos la siguiente pregunta: ¿Qué pasa si se dibujan nuevos límites comunales (incluidas las zonas desagregadas en su interior) entre el oriente de Peñalolén y La Florida (llámese "Peña-Florida Oriente")8? ¿Qué habría pasado con la segregación residencial entre 1992 y 2002? A nuestro entender, esta área hipotética hubiera pasado de ser una comuna predominantemente de elite con muchos sitios eriazos, a constituir una comuna de elite con pocos sitios eriazos (véase esquema simplificado en Figura 8). En otras palabras, no hubiera habido muchos cambios respecto de la medición de Sabatini et al. (2010).

FIGURA 8 | Límites actuales e hipotéticos de Peñalolén y La Florida, y su segregación

 
 

FUENTE ELABORACIÓN PROPIA

De esta manera, hay dos situaciones problemáticas que las mediciones ocupadas por Sabatini et al. (2010) no nos permiten juzgar con claridad. Por un lado, una suburbanización aislada de las elites en comunas más lejanas, como Talagante y Peñaflor; y, por otro lado, una expansión en continuidad de los barrios acomodados a sectores de Peñalolén, La Florida, Huechuraba y Colina. En otras palabras, los grupos más ricos ampliaron su área de influencia de dos formas entre 1992 y 2002: de manera aislada y de manera continua. La pregunta sería entonces, ¿qué podría significar esto para la segregación residencial a escala del área metropolitana?

Interpretación de los resultados: ¿Dispersión de las elites? ¿Disminución de la segregación?

Hasta ahora hemos comentado tres limitaciones metodológicas: un método de estratificación que no da cuenta de los cambios estructurales de la sociedad, unidades de análisis que no toman en consideración comunas fuera del Gran Santiago e índices de segregación que no miden precisamente la escala de la misma. En nuestra opinión, podría haber un efecto acumulado desde estas limitaciones. La disminución en la segregación (o la reducción de su escala) que han defendido estos autores en diversos estudios (Sabatini, Cáceres & Cerda, 2001; Sabatini et al., 2010), se puede haber producido no solo por movimientos de las elites a "nuevas comunas emergentes" del Gran Santiago vía condominios, sino también por cambios en las estructuras de los propios hogares que no migraron. Por ejemplo, podría haber cambios de estatus desde C2 a ABC1 a partir de la adquisición de algunos bienes materiales o de la obtención de títulos universitarios. La duda que planteamos, y que también ha sido esbozada por María Elena Ducci (2000) y Pablo Trivelli (comunicación personal, marzo 2006), es que la segregación podría no haberse reducido en su escala, sino aumentado y expandido territorialmente vía parcelas de agrado y condominios cerrados; esto es, tanto de manera aislada como continua.

¿Cómo se explica, entonces, que en el Gran Santiago la proporción de ABC1 sea casi la misma entre 1992 y 2002, si en la Región Metropolitana dicha proporción aumentó (véanse Figuras 3 y 4)? Sobre la base de los datos mostrados anteriormente, se podría conjeturar aquí que una parte de la población de elite se trasladó a comunas "suburbanas" fuera del Gran Santiago (como Colina y el sector de Chicureo, específicamente).

Al mismo tiempo, algunos hogares de clase media pasaron a ser catalogados como clase alta por haber adquirido algunos bienes vía endeudamiento, sin necesariamente pasar a ser parte de lo que significa ser elite (Kerbo, 2012). De este modo, al tener simultáneamente emigración de elites y transformación de hogares de clase media a clase alta, la proporción de hogares ABC1 en el Gran Santiago, según la medida de marketing, se mantiene estable. Y con esa proporción estable, Sabatini et al. (2010) argumentan que la elite se ha dispersado y que con ello la escala de la segregación residencial ha bajado. En otras palabras, creemos que si se ocupara otro método de estratificación, si se consideraran las comunas fuera del Gran Santiago, y si se utilizara un índice de segregación que mida directamente su escala, aquella disminución de la segregación podría no ser tal.

En este punto resulta imprescindible hacer referencia al proceso histórico de la ciudad de Santiago. Desde los años cuarenta, las elites empezaron a migrar desde el centro a varios lugares de la periferia, entre ellos a las comunas del barrio alto, pero también a otros como Quinta Normal y San Miguel (De Ramón, 2007). Pero por diversas razones, estos últimos "enclaves" no prosperaron como la principal área de referencia de las elites, lo que nos lleva a pensar, ¿no estará pasando lo mismo ahora? A juzgar por los datos de Sabatini et al. (2010) y los aquí expuestos, los barrios acomodados se podrían estar ampliando en continuidad hacia el suroriente (por Peñalolén y La Florida) y hacia el nororiente (por Huechuraba y Colina). Al mismo tiempo, otros enclaves más aislados estarían atrayendo a las elites lejos del tradicional barrio alto, a través de parcelas de agrado o modalidades de asentamientos cerrados. Sabatini y Salcedo (2007) señalan que lo primero no sería una expansión en continuidad, ya que hay varios barrios pobres entre el barrio alto y dichas nuevas comunas emergentes. Sin embargo, la historia de Santiago nos hace ver que enclaves pobres también fueron rodeados por la elite en el pasado, como es el caso de Colón Oriente, en Las Condes, o de Cerro 18, en Lo Barnechea. Y lo más importante aquí, no por ello el barrio alto de Santiago perdió su nombre, ni dejó de ser percibido como un área de riqueza relativamente homogénea.

Pensémoslo desde el punto de vista de los desarrolladores inmobiliarios, que han creado barrios cerrados en comunas pobres. Sabatini et al. (2010) sostienen que los movimientos de las elites a estos barrios responden a la búsqueda de mayores plusvalías por parte de estos desarrolladores, al comprar terrenos de bajo valor y venderlos a precios elevados, a través de la fórmula del condominio amurallado. Sin embargo, esa mayor rentabilidad es también un gran riesgo. Por ello, una vez que logran tener cierto "tamaño crítico" y cierta continuidad con algún área más grande de la elite, deja de ser un negocio tan riesgoso. Incluso, el mismo cerramiento deja de ser tan "necesario". En otras palabras, estos desarrollos pasan de "colonización" a "consolidación" de un nuevo barrio de alto estándar. No sería ilógico pensar entonces que a los desarrolla-dores de estos nuevos barrios les convendría que el barrio alto se expandiera y tomara continuidad espacial con las zonas de colonización. La historia de Santiago, por lo demás, con las excepciones de San Miguel y de Quinta Normal, así lo ha demostrado. Además, evidencia reciente ha mostrado una menor migración de las elites hacia comunas emergentes, con una consecuente consolidación del atractivo del cono de alta renta para dicho grupo socioeconómico (Rodríguez & Espinoza, 2012). En otras palabras, la observación de la década 2000-2010 estaría poniendo en cuestión varias de las tendencias que Sabatini et al. (2010) daban como seguras para el futuro, como la dispersión de las elites, la pérdida de importancia del cono de alta renta y la penetración del barrio alto por grupos de menor nivel socioeconómico.

Interpretación de los resultados: segregación latinoamericana y de clase

Sabatini et al. (2010) señalan que los barrios de elite presentan un bajo aislamiento, o una heterogeneidad relativamente alta y creciente, hecho que -dicen-caracteriza a la ciudad latinoamericana. Usan esta idea de alta disimilaridad y bajo aislamiento para contrastarla con el caso de Estados Unidos, en donde la alta segregación racial entre blancos y afroamericanos se da en ambas dimensiones (llamada hipersegregación). Dentro de esta idea de una creciente heterogeneidad, Sabatini et al. (2010) señalan que el barrio alto de Santiago está siendo penetrado por residentes de menor estatus socioeconómico. Sin embargo, nosotros argumentamos que, de darse, esto podría corresponder más a un proceso de reproducción de la elite que a una verdadera diversidad. Es decir, muchos casos pueden corresponder a familias jóvenes que intentan permanecer en su área histórica, que aún no son ABC1 o del décimo decil de ingresos, pero que pertenecen y siempre han pertenecido a la elite. Según Kerbo (2012), la "clase alta" está compuesta por aquellos grupos descendientes de la elite por más de una generación, que son amigos, se casan entre sí, mantienen cierto estilo de vida y solidaridad entre su grupo, y que viven aparte del resto de la población. En este sentido, el "tránsito" de familias jóvenes de origen de elite correspondería, en términos socioespaciales, a 10 que Bourdieu (1984) llama "trayectoria de clase". Y esto genera un gran problema para los estudios de la segregación de clase, porque tiene una gran diferencia con la segregación de raza. En Estados Unidos, debido a la estricta segregación racial, un afroamericano es discriminado como tal por toda su vida. Sin embargo, en Chile algunas familias jóvenes pueden seguir siendo de elite sin necesariamente ser ABC1 o del décimo decil9. En otras palabras, las estructuras de clase tienen trayectoria en el ciclo de vida, pero las estructuras de raza no la tienen, por lo que ambos tipos de segregación no debieran ser medidos de la misma manera ni tampoco comparados directamente. Lo importante, entonces, sería desarrollar metodologías que puedan captar la interacción específica entre clase y raza en el contexto sociohistórico y cultural de Chile.

Interpretación de los resultados: la llamada "tesis del espejo"

Sabatini et al. (2010) critican una creencia diseminada entre algunos académicos latinoamericanos, que llaman la "tesis del espejo": una equiparación mecánica entre desigualdades sociales y segregación residencial. Para refutar dicha idea, Sabatini et al. (2010) muestran varios ejemplos en donde segregación y desigualdad no han estado correlacionadas, y además argumentan que la alta desigualdad daría posibilidades de mayor mezcla social (Sabatini & Brain, 2008). A nuestro parecer, los ejemplos citados no son casos aislados, sino que responden a cierta relación que planteamos como hipótesis estructural: en contextos donde la economía informal de subsistencia es fuerte y funcionalmente relacionada con los circuitos formales de capital (Santos, 1977), la proximidad física entre grupos sociales disímiles puede ser más posible como una necesidad de un "proletariado de servicio" próximo para las elites (Caldeira, 1996; Svampa, 2001). En Estados Unidos, la población afroamericana tiene muy poca relación funcional con la población blanca (de ahí su hipersegregación), pero la población latina en ese país sí ha establecido pequeños mercados informales, y vive menos segregada. Entonces, la cercanía entre grupos sociales disímiles en Latinoamérica se haría más posible no por una mayor desigualdad, sino por la existencia de una relación semiformal con un proletariado de servicio. Como crítica a la negación de Sabatini et al. (2010) a los ejercicios "de espejo", creemos que si bien las desigualdades de ingreso en Latinoamérica no están relacionadas directamente con la segregación residencial, sí están de alguna manera vinculadas con la aparición de barrios enrejados, o con el encerramiento en general. Se ha demostrado que las inequidades están altamente relacionadas con el alza en las tasas de crimen (Portes & Hoffman, 2003), las cuales, una vez exageradas por los medios de comunicación, crean las condiciones para una cultura del miedo (Dammert, 2004): esto es, una mezcla entre un fenómeno objetivo (victimización) y uno subjetivo (desconfianza), pero con consecuencias concretas, como el encerramiento.

En nuestra opinión, el principal problema de Sabatini et al. (2010) con su oposición a la tesis del espejo es que, al intentar identificar las características exclusivamente espaciales de la segregación, se la separa de los procesos de estratificación social con los cuales tiene un profundo vínculo. La segregación en Chile nació como una separación racial entre la elite descendiente europea y el resto (mestizos y mapuches), que luego fue institucionalizada en términos de clase (Alvarez, 1951; Beals, 1953). Asimismo, los estudios de estratificación social han mostrado cómo la elite chilena ha sido un grupo muy impermeable a la movilidad social (Álvarez, 1951; Barozet, 2011; Espinoza, 2010; Espinoza & Barozet, 2009; Torche, 2005, 2006), dejando como legado una composición racial más homogénea (cercana a la europea) que la que se observa en las clases medias y bajas. Entonces, lo que hace esta fuerte oposición a la tesis del espejo es básicamente cortar el vínculo entre segregación sociológica y segregación geográfica (White, 1983), optando por el análisis de esta última. Ejemplo de este énfasis es el consentimiento que Sabatini et al. (2010) les dan a los barrios enrejados como posible vínculo de integración funcional con su entorno más pobre. Sin embargo, ¿cuáles son las posibilidades efectivas de movilidad social de un chofer, un jardinero o una empleada particular que trabajan y conviven en proximidad física con la clase alta? Esto implica una reducción de la segregación geográfica, pero no necesariamente una reducción de la segregación sociológica. Además, las mayores oportunidades de empleo para individuos pobres que viven en cercanía a condominios cerrados funcionan solo como una ventaja comparativa respecto del resto de la población más segregada. En otras palabras, su ventaja es ser una minoría entre los pobres. ¿Qué pasaría si todos los habitantes pobres de una ciudad vivieran en barrios diversos? Sería difícil pensar que con esto bajarían los índices generales de desempleo.

Conexión con problemas sociales

Sabatini et al. (2010) intentan correlacionar sus resultados con problemas sociales específicos que se desprenderían de la concentración de la pobreza. Aquí se hace una operación inversa a la de la mencionada teoría del espejo: se traslada una situación espacial (la segregación) a problemas sociales como la delincuencia, el desempleo, el embarazo adolescente, etcétera. Creemos que en este punto, así como es criticable relacionar problemas sociales (la desigualdad) con configuraciones espaciales (la segregación), más complejo aún es relacionar directamente aquellas configuraciones con problemas sociales posteriores. En otras palabras, se estaría cayendo en un segundo ejercicio "de espejo", sin incluir en el análisis otras variables no espaciales. Ahora bien, los autores reconocen, en cierta medida, un origen multicausal de los problemas sociales:

La combinación paradójica entre reducción de la segregación y efectos de desintegración social que emergen más recientemente de la segregación, se debe al avance de la exclusión social en los tres planos discutidos previamente: precarización del empleo, segmentación en el acceso a los servicios y a la protección social, y desvinculación entre base social y política formal (Sabatini et al., 2010, p. 33).

Con tales planteamientos, tienden a sugerir que la exclusión social sería una situación separada de la segregación residencial. En otras palabras, la exclusión estaría agravando la segregación, considerada esta última como problema estrictamente espacial, como ya habíamos criticado. Una conceptualización distinta es la que ofrece Prévôt-Schapira (2001), al entender la "fragmentación social" como un problema que comprende cinco dimensiones: i) dispersión de la ciudad; ii) segmentación y privatización de servicios; iii) focalización de recursos; iv) dualización de estructuras sociales y espaciales, y v) segregación residencial. Así, creemos que la crudeza de este fenómeno de fragmentación social podría estar en la raíz de las cuestionadas creencias sobre una equiparación entre desigualdades sociales y segregación residencial ("teoría del espejo"). Esto es, la percepción subjetiva de esferas de socialización altamente separadas entre las elites y el resto de la población en Latinoamérica (Roitman, 2011), cuya reducción numérica se da en los índices de desigualdad socioeconómica, supera los datos empíricos acerca de una menor segregación residencial.

Este tratamiento de la segregación por parte de Sabatini et al. (2010), en que aparece como problema primordialmente espacial y como importante generador de patologías sociales, conlleva a su vez varios problemas. Primero, cuando se habla de una "combinación paradójica", los autores se están refiriendo a escalas distintas. Observan, por un lado, una reducción de la segregación a nivel metropolitano; y, por otro, un aumento de la concentración y homogeneidad en áreas internas más pobres. Y, justamente, el aumento de problemas sociales se ha dado en aquellas áreas más excluidas, lo que no significa necesariamente una combinación paradójica. Al respecto, creemos que si hay una "combinación paradójica" entre reducción de la segregación y mayores patologías sociales (o entre segregación y desigualdad), esta se debe no a una extrema desconexión entre el espacio y las relaciones sociales, sino a dinámicas de distinto ritmo. La desigualdad social puede depender de políticas sociales y de la redistribución del ingreso vía impuestos, y la segregación residencial puede depender de políticas de vivienda y de mercados de suelo. Y ambos problemas, si bien obedecen a procesos globales similares, tienen dinámicas temporales distintas.

Segundo, aquel traspaso de segregación a problemas sociales en su extremo puede llevar a un determinismo espacial (Franck, 1984); esto es, a exagerar la influencia del medio ambiente físico sobre el comportamiento, negar variables intervinientes, asumir a las personas como pasivas, y tomar el entorno como una entidad no modificable.

Tercero, Sabatini et al. (2010) enfatizan fuertemente la concentración de la pobreza, haciéndola ver como un elemento constituyente de la pobreza en sí misma. Esta conceptualización de los problemas adicionales que acarrea la concentración de la pobreza proviene del influyente y ahora clásico estudio The truly disadvantaged: The inner city, the underclass, and public policy (Wilson, 1987). Sin embargo, Steinberg (2010) critica esta relación por no separar las fuerzas estructurales de la pobreza y por anteponer la segregación como determinante de casi todo. Asimismo, Tienda (1991) critica la falta de evidencia respecto de si la mera concentración tenga mayor poder explicativo que la pobreza por sí sola. En este sentido, Steinberg (2010) advierte que se podría estar cayendo en el mismo problema que planteara Manuel Castells (1977) décadas atrás, referido a una suerte de reificación del espacio como causa de los problemas sociales urbanos, separando la concentración de la pobreza de sus propias causas.

Una discusión similar se da en torno a la idea de "efectos de barrio" (Sampson, Morenoff & Gannon-Rowley, 2002), un concepto que plantea la generación de patologías sociales producto de la concentración de población pobre. Al respecto, varios autores han criticado el hecho de que la investigación sobre "efectos de barrio" se limite a mostrar correlaciones y no ahonde en los mecanismos específicos que generan dichos problemas sociales (Small & Newman, 2001). Nosotros afirmamos que no se trata de un problema de tamaño u homogeneidad de las áreas segregadas, por sí solo. Creemos que los factores que hacen que la calidad de los recursos y las oportunidades locales sean dependientes del nivel socioeconómico de su población, son las políticas neoliberales de municipalización, servicios segmentados y recursos focalizados (parte del proceso de "fragmentación social"). En otras palabras, los "efectos de barrio" están mediados por lo que nosotros llamamos "equivalencia espacial neoliberal" entre habitantes pobres, por un lado, y servicios, oportunidades y recursos pobres, por el otro (Figura 9). La principal evidencia para esto es que en los Estados de bienestar europeos, por la mayor redistribución territorial de los recursos, no se presentan efectos de barrio tan severos como en Estados Unidos y en Chile (Musterd, 2005). Y tal como otros autores críticos han afirmado, los "efectos de barrio" provienen de instituciones poderosas (Gans, 2008), y son "efectos del Estado inscritos en el espacio" (Wacquant, 2009, p. 109).

FIGURA 9 | Efectos de barrio como resultado directo (Sabatini, Wormald, et al., 2010) v/s mecanismos mediadores de los efectos de barrio

 
 

FUENTE ELABORACIÓN PROPIA

Un cuarto punto refiere a la repetida idea de la "desintegración social", como caracterización de los problemas sociales que emanan de la segregación. El concepto de desintegración, proveniente de la "teoría de la desorganización social" de la Escuela de Chicago, refiere a la incapacidad de los barrios para regular, a través de su control social, comportamientos que correspondan al conjunto de la sociedad (Warner, 2007). Junto con dicha escuela, el concepto de desorganización (o desintegración) social ha sido ampliamente criticado (Carey, 1975). Las objeciones tienen que ver con el excesivo y moralista énfasis puesto en las patologías, por asimilarse al también controvertido concepto de la "cultura de la pobreza", y por validarse por sus consecuencias.

Y quinto, relacionado con lo anterior, nos parece cuestionable el uso de la noción de underclass, que en Estados Unidos se ha utilizado para referirse a una clase inferior a la clase baja, y que también ha sido intensamente rebatido. Wacquant (1997) señala que underclass no es un concepto analítico, sino más bien una tendencia a hacer de los guetos un objeto exótico, desde una visión normativa dominante. Desde este punto de vista, muchas formas de "desviación social" son en realidad formas de racionalidad local para enfrentar los problemas diarios. Theodore (2010) critica el hecho de que, en vez de identificar un objeto preciso de investigación, el concepto de underclass se ha enfocado en el comportamiento y la cultura, construyendo listados de patologías sociales en la línea funcionalista del "retraso cultural". En este sentido, la noción de gueto como forma social desorganizada (o desintegrada), omite el rol activo de las distintas instituciones que afectan a los barrios pobres (Wacquant, 1997).

En resumen, aparece como cuestionable la tendencia a asumir la concentración de la pobreza como fuente inequívoca de problemas y conflictos sociales. Se trata de una observación con cierto sustento empírico, pero que se contradice con evidencia más reciente de barrios segregados de clase baja que desarrollan modos de vida y canales de participación altamente efectivos, según ha sido el caso reciente de comunas de Santiago como Pedro Aguirre Cerda (López-Morales, 2013) y Lo Espejo (Parraguez, 2010). De alguna manera, entonces, esta visión de la segregación corre el peligro de caer en lo que Jaramillo (1990) llamó "teoría de la marginalidad de derecha", por hacer mucha referencia a comportamientos socialmente no aceptados, por concebir que las barreras sociales están establecidas en la cultura de los propios individuos, y por forzar a los grupos pobres a adaptarse a la sociedad moderna o a cánones dominantes de ciudadanía.

Relación con políticas públicas

Respecto a políticas públicas para controlar la segregación, en un artículo anterior Sabatini, Cáceres y Cerda (2001) proponen cuatro medidas: i) dispersión espacial de la pobreza; ii) apoyo a la dispersión de las elites; (incluyendo barrios enrejados); iii) cuotas mínimas de vivienda social por comuna, y iv) control de la especulación de suelo.

En coherencia con su planteamiento, las propuestas se desprenden de la conexión que se hace entre segregación y problemas sociales, bajo la hipótesis de que la proximidad física entre grupos sociales disímiles tendría la capacidad de corregir varios problemas. Estas propuestas son similares a las desarrolladas por autores estadounidenses que suponen que la sola cercanía crearía redes sociales, control social, grupos de referencia positivos y una ampliación de la "geografía de oportunidades" (Joseph, 2006). Sin embargo, otros autores han resaltado el hecho de que dichas políticas de desegregación han provocado el quiebre de redes existentes10, atomización, asimilación y finalmente desintegración (Bolt, Ozuekren & Phillips, 2010; Cashin, 2004; Goldberg, 1998; Greenbaum, 2008). En este punto, creemos que Sabatini et al. (2010) están haciendo una lectura poco cuidadosa de la literatura estadounidense acerca de la idea de la "geografía de la oportunidad", la cual plantea que el espacio moldea ciertas decisiones de vida (Galster & Killen, 1995; De Souza Briggs, 2005). A nuestro parecer, dicha idea tiene un evidente sesgo neoliberal, al suponer que la localización de las oportunidades debería seguir a los grupos más poderosos y repartirse a través de cierto "chorreo", sin tomar en cuenta el rol de las instituciones en la redistribución de recursos. Según este supuesto, entonces, las prácticas de dispersión de la pobreza, o de proximidad física a grupos más ricos, serían la única manera de mejorar las perspectivas de vida de las clases más bajas. Es cierto que los sistemas sociales se reproducen y que se generan ciertas inercias, pero las políticas de tratamiento de la segregación no pueden ir dirigidas a sus síntomas (efectos de barrio), sino a las fuerzas estructurales que crean procesos de guetización.

Por otro lado, de aceptarse las tesis de la reducción de la segregación como un hecho existente en ciudades chilenas, aparece un supuesto implícito y discutible, relacionado con el carácter espontáneo del mercado residencial como principal agente de reducción de la segregación. Dicho supuesto plantea que es el propio mercado inmobiliario el que tiende a reducir la escala de la segregación en las periferias pobres tradicionales, una vez que se alcanza cierto grado de "madurez" y capacidad de innovación por parte de los desarrolladores, y un mayor poder de elección por parte de los consumidores. A nuestro parecer, esta idea no solo es cuestionable, sino que también riesgosa, porque de ahí surge la conclusión de que la política pública hoy en día debe canalizar, promover y específicamente subsidiar tales procesos de colonización de las elites en la periferia, cuyos resultados no está enteramente demostrado que sean positivos. Finalmente, creemos que para plantear políticas de integración socioespacial se hace necesario estudiar no solo la segregación residencial (como problema supuestamente inverso), sino también el tema mismo de la integración en sus distintas dimensiones. Esto es, observar los espacios compartidos o no compartidos (en distintas esferas, no solo la residencial); el acceso o exclusión respecto de relaciones funcionales, bienes y servicios de mejor calidad; las relaciones jerárquicas o no jerárquicas, y la identificación de distintos grupos sociales con un espacio común (Ruiz-Tagle, 2013).

Conclusiones

Creemos que para construir una visión alternativa de la segregación residencial debemos actualizar nuestras metodologías a fin de adaptarlas a la especificidad de nuestros contextos socioculturales, y elaborar construcciones teóricas que utilicen una racionalidad crítica, más allá de lo empíricamente evidente. De esta manera, las propuestas de políticas públicas dejarían de ser "innovación" sobre el statu quo, y se convertirían en verdadera transformación para una mayor justicia social. Es cierto que el estudio cuantitativo de la segregación es una tarea muy delicada que requiere de variados elementos, cada uno con su propia complejidad. Y esa complejidad muchas veces proviene de los contextos donde se estudia. Sin embargo, estos trabajos muchas veces han llevado a reificaciones del espacio y a visiones normativas acerca de la pobreza. Creemos, en resumen, que muchos de los problemas en los estudios de la segregación en Chile provienen de premisas metodológicas cuestionables en los estudios urbanos y en las ciencias sociales. La metodología de estratificación se elige solo por ser "la usanza local", en vez de escogerse una medida que interprete adecuadamente las divisiones sociales de los chilenos y sus transformaciones. Las unidades de análisis se eligen como la antigua visión de la ciudad compacta, en vez de tomar en cuenta asentamientos satélites que han ido presionando crecientemente la estructura espacial y funcional de la ciudad de Santiago desde los años ochenta. Y el índice de disimilaridad se ocupa como el índice tradicional para medir la segregación, aun a pesar de que los propios autores han señalado numerosas críticas a él.

Y además de estos problemas metodológicos, se presentan ciertos sesgos de interpretación. Se hace un excesivo énfasis en lo espacial, dejando de lado la relación que tiene la segregación residencial con los sistemas de estratificación social, y con variados problemas de fragmentación o exclusión social. Así, las políticas propuestas van dirigidas solo a los componentes espaciales de estos problemas (la localización de la vivienda), pero no necesariamente a sus causas. Reconocemos en Sabatini et al. (2010) el ímpetu constante de desarrollar estudios cada vez más rigurosos sobre la segregación. Sin embargo, es importante refinar metodologías y superar algunos sesgos, aun a costa de modificar ciertas tradiciones de investigación. Creemos que es a partir de estos giros que los debates académicos han logrado salir de puntos muertos. ©EURE

 

NOTAS

1 Sabatini et al. (2010) no son específicos respecto de cómo se pondera el grado de penetración de cada bien y el nivel educacional. La Figura 1 es solo referencial.

2 Si bien el censo chileno no pregunta por ingreso, algunos autores han generado una combinación de datos muestrales de encuestas que sí lo hacen (Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional, Casen) con datos censales, para obtener medidas de ingreso que podrían ser utilizadas en estudios desagregados (véase Agostini & Brown, 2007).

3 Sería interesante medir como lujo las viviendas encargadas "a medida" (características de los barrios más acomodados o de las parcelas de agrado), haciendo la diferencia respecto de viviendas de alto estándar pero construidas en conjuntos habitacionales (como ocurre en Peñalolén y Huechuraba).

4 Llamaremos "suburbanas" a las comunas de la Región Metropolitana que se encuentran fuera del llamado Gran Santiago.

5 Entendemos que las comunas, como área geográfica, no tienen relevancia sociológica como entorno barrial de cada individuo. Solo utilizamos las comunas como geografía referencial y para no ahondar en extensos análisis de microdatos.

6 Si bien la segregación adquiere mayor importancia en ciertos espacios de identidad, tanto la sociología urbana como la psicología social han demostrado una falta de coincidencia entre espacio social (comunidad de intereses) y espacio físico (zona censal o "census tract'), lo que hace muy difícil definir áreas sociológicamente relevantes. Lo que sí es posible, y tiene relevancia desde el punto de vista individual (como el "mundo-de-la-vida" de Husserl y de Habermas), es utilizar metodologías en base a zonas egocéntricas.

7 El tipo de índice que presentamos no pretende ser superior, dada la alta variedad de índices y la irresuelta discusión en la literatura, sino solo atender de mejor manera el problema de la escala.

8 Peñalolén y La Florida son dos comunas contiguas y periféricas en el área oriente del Gran Santiago. Históricamente recibieron habitantes de vivienda social, pero en las últimas décadas han sido colonizadas por barrios cerrados de grupos más acomodados.

9 Para efectos prácticos, la investigación sobre trayectorias de clase debiera basarse en un análisis de las etapas del ciclo vital de cada grupo social, información que está disponible en el censo chileno.

10 Como ya ocurrió en Santiago con las erradicaciones de campamentos en plena dictadura militar (Sugranyes, 2005).

 

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Recibido el 3 de mayo de 2012, aprobado el 17 de octubre de 2012.

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