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Revista chilena de pediatría

versión impresa ISSN 0370-4106

Rev. chil. pediatr. v.74 n.2 Santiago mar. 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0370-41062003000200001 

EDITORIAL

Rev Chil Pediatr 74 (2); 141-148, 2003

170 años de la Escuela de Medicina de la
Universidad de Chile: su aporte a la salud infantil
y del adolescente en Chile

Nelson A. Vargas C.1

Resumen

  Con una revisión de la literatura biomédica pediátrica, el artículo revisa -en forma somera- la relación que la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, primera creada en el país y puesta en marcha en 1833, ha tenido con la evolución de la salud infantil y adolescente de Chile en los 170 años transcurridos desde su creación. Con el tiempo, la Escuela originó la Facultad de Medicina de la misma universidad. Se destacan algunos hechos y nombres de personas que hicieron aportes de importancia al progreso de la educación médica pediátrica y de la salud infantil y del adolescente.

(Palabras clave: Historia de la Pediatría, Salud infantil, Salud del adolescente, Educación médica).

Rev Chil Pediatr 74 (2); 141-148, 2003

170 years of the University of Chile Medical School:
its contribution to child and adolescent health in Chile

A biomedical and paedriatric literature review was carried out to examine the relationship between the University of Chile Medical School, founded in 1833, and the first in the country, and the evolution of child and adolescent health during its 170 year history. Gradually, the school provided the basis for the University of Chile, Faculty of Medicine. The article highlights some of the important events and persons that made important contributions to the care of children and adolescents in Chile.

(Key words: History of Paedriatrics, child health, adolescent health, medical education).

Rev Chil Pediatr 74 (2); 141-148, 2003

El año 1833 en los albores de la República se creó y puso en marcha la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile. En ese momento, y por varias décadas, fue la única del país; gradualmente, al aumentar y desarrollarse la complejidad de la educación superior, pasó a ser Facultad de Medicina.

Inicios de la escuela y la pediatría

En esa época a los médicos se les daba, irónicamente, el epíteto de “doctores” y la profesión era mal mirada por la sociedad, mientras el gobierno y la naciente Universidad hacían esfuerzos por acreditarla. Las décadas siguientes llevarían esos esfuerzos al éxito: el crecimiento de la Escuela y los esfuerzos y aportes de sus directivos y nuevos profesionales se entrelazaron estrechamente con los progresos en la salud de los niños, llevando la medicina a altos niveles de prestigio. La Escuela y después la Facultad fueron la casa natal de la Pediatría y de la medicina del adolescente.

Entre los once alumnos del primer curso de Medicina, se inscribió Francisco Javier Tocornal Grez, hijo del Ministro del Interior de la época, quien dio rango social a la profesión por ser miembro de una familia de influencia. Posteriormente fue Profesor de Pediatría y cuando en el VI año de la carrera se estableció una Cátedra de “Enfermedades que tengan incidencia en niños”, el ejercicio de la misma estuvo a su cargo. Tocornal habría dictado clases limitadas casi exclusivamente a enfermedades respiratorias e infecciosas de la segunda infancia, en la Casa de Huérfanos y el Hospital San Juan de Dios.

La Universidad creó, en 1874, la Cátedra de Patología de las Enfermedades de Niñospero, a fines de los años 1880, la asistencia a ella no era obligatoria; la docencia era escasa y, en consecuencia, la Facultad la suprimió. Tocornal jubiló en 1882 y la Cátedra quedó acéfala hasta abril de 1888, mes en que se designó a Roberto del Río Soto Aguilar.

El Plan de Estudios firmado por José Manuel Balmaceda y Pedro Montt, en 1886, establecía la Clínica de Enfermedades de Niños en VI año, con tres horas semanales que regirían desde marzo de 1888. El reglamento del 16 de noviembre de 1883 decía que en Pediatría no se rendía exámenes, por ser asignatura especial, y en 1890 la Facultad rechazó la propuesta de crear un hospital para niños, hecha por el Profesor Diego San Cristóbal. Las grandes capitales europeas tenían, ya a principios del siglo XIX, hospitales de niños, donde se formaban “médicos especialistas” que prestigiaron sus escuelas nacionales atrayendo como centros formadores y de información al resto del mundo. En Chile esto ocurrió más tarde y al terminar el siglo XIX no había hospital infantil, pese a que el país poseía ya unas 2 200 camas. En los establecimientos de adultos solía existir una salita para niños de 6 a 12 años y cuando Roberto del Río fue designado profesor disponía de una de ellas en el Hospital de San Vicente y llevaba sus alumnos a la Casa de Huérfanos.

Del Río fue una figura central en la medicina chilena y su impacto y el de su pariente, el filántropo no médico Manuel Arriarán Barros aún se sienten. Clínico eminente de adultos y niños, era médico de cabecera del ex-Presidente Germán Riesco, ejercicio en el que conoció a su discípulo y continuador, Arturo Scroggie. En 1897 llegó a ser Presidente de la Sociedad Médica, siendo reelegido por cinco períodos, hasta 1901, compartiendo responsabilidades con Ricardo Dávila Boza, Ángel Custodio Sanhueza, Germán Greve, Emilio Aldunate, Lucas Sierra y otros.

Del Río tuvo grandes ayudantes y continuadores llenos de iniciativas y verdaderos creadores de la Pediatría chilena, que hicieron la transición al siglo XX.

Ideación y puesta en marcha de una política de salud

Durante la segunda mitad del siglo XIX Chile debió idear, formular y poner en marcha una política de salud pública. En todo este proceso tuvieron gran importancia la Escuela de Medicina y la Sociedad Médica de Santiago, aportando información y argumentos científicos. Los egresados de la Escuela constituían una minoría prestigiada, por lo que sus opiniones eran oídas, aunque no siempre aceptadas.

Una gran instancia de información e influencia fue el I Congreso Médico Chileno (1889), promovido y organizado por académicos de la Escuela y miembros de la Sociedad Médica. El evento destacó la necesidad de que el país contase con un servicio de salubridad pública y un Consejo de Higiene y, además, dio a conocer lasenfermedades epidémicas más frecuentes y sus estragos, así como las necesidades de desinfección más apropiada y de estadística médica. En forma no explícita, el congreso robusteció el derecho a inmiscuirse en la vida privada en pro de la salud de la comunidad. Durante las décadas siguientes las instituciones de salud tuvieron más fuerza y los médicos mayor participación en la vida pública y política.

Los académicos estaban claramente involucrados en la lucha por mejorar la salud del país. En 1892 se crearon el Consejo Superior de Higiene Pública (sic) y el Instituto de Higiene, que asumieron y perfeccionaron la labor de las Juntas de Beneficencia. El primero fue dirigido por José Joaquín Aguirre, y sus memorias anuales (así como las del Instituto) muestran un enorme e intenso trabajo, que llegaba a otros países. Ahí trabajaron profesores destacados en la vida y medicina del país: Ramón Corvalán Melgarejo, Raimundo Charlin, Adolfo Murillo, Francisco Puelma Tupper, Federico Puga Borne, Alcibíades Vicencio, Lucio Córdova, Pedro Lautaro Ferrer, Manuel Camilo Vial Humeres, Mamerto Cádiz, Alfredo Commentz y Arturo Atria.

El Instituto de Higiene hacía análisis químico y microscópico de sustancias (el agua se examinó en Santiago en 1894) y acumulaba y elaboraba información demográfica. En 1896, se agregó una sección de suero­terapia o Instituto de Vacuna Animal y, cuatro años después, el Desinfectorio Público. En la época se inició la producción de vacuna antirrábica y antivariólica y suero anti­diftérico y se hacía diagnóstico de tifoidea y difteria. Quienes los hacían eran, a la vez, académicos que se caracterizaban por preocuparse de las condiciones higiénicas del país. Entre ellos destaca Mamerto Cádiz, trabajador incansable, estudioso y metódico, ganador del concurso para Jefe de Seroterapia del Instituto. Después de ser enviado a Europa por dos años, al Instituto Pasteur y otros laboratorios y a Norteamérica, en 1897 empezó a practicar la reacción de Widal yen 1899 intervino en la modernización de la vacunación antirrábica. Era uno de los médicos que más publicaba, introdujo la bacteriología y sucedió en esa Cátedra a Alejandro del Río. Daba conferencias en la Sociedad Médica de Santiago, que después aparecían en la Revista Médica, complementando su extenso trabajo docente, que extendió hasta jubilar, en 1919.

En la evolución del país, la Universidad entera fue transformándose en un centro de discusión y reflexión. Tal como se hace a comienzos del siglo XXI, en su Salón de Honor se inauguraban y efectuaban muchas reuniones trascendentales para la salud infantil y del adolescente. Entre ellas estuvo el I Congreso de Protección de la Infancia, cuando la mortalidad de los niños era pavorosa: hasta 70% del total de muertes correspondía a párvulos (menores de siete años) y la imprecisa tasa de mortalidad infantil fluctuaba alrededor de 300 por mil nacidos vivos. La situación ya se sentía como una vergüenza y el Patronato Nacional de la Infancia organizó el evento aludido. La inauguración el 21 de septiembre de 1912 fue presidida por Ismael Valdés Valdés, y el encuentro fue respaldado y validado por la presencia del Presidente Ramón Barros Luco, sus Ministros, el Vicepresidente del Senado, los Presidentes de la Cámara de Diputados y la Corte Suprema y el Rector de la Universidad, Domingo Amunategui Solar. Valdés describió la terrible mortalidad junto a muchos problemas asociados a ella: ilegitimidad, mala habitación, alcoholismo, miseria e ignorancia. Asistió una pléyade de personalidades que marcaron la época y los nombres de las calles del país: Ismael Valdés Vergara, Roberto y Alejandro del Río, Ángel C. Sanhueza; Luis Calvo Mackenna; Pedro Lautaro Ferrer, Alfredo Commentz; Enrique Deformes, Alcibíades Vicencio, M. Camilo Vial, Ricardo Matte Pérez, Heliodoro Yáñez, Julio Puga, Ladislao Errázuriz, Ricardo Lyon, Vicente Izquierdo (Decano de Medicina), José Pedro Alessandri, Gregorio Amunategui Solar, Luis Fuenzalida Bravo, David Pulido, Emilio Croizet, Caupolicán Pardo, Eugenio Díaz Lira, Ricardo Dávila y muchos, muchos otros.

La cantidad de trabajos fue notable, en una amplia gama de áreas, y las conclusiones impulsaron una nueva forma de ver los problemas, más social y más conciente. Después las cosas ya no fueron iguales: la mortalidad de los niños se sintió como una lacra, se miró en forma menos contemplativa y se reforzó la idea de impulsar una acción nacional para solucionarla. Desde el punto de vista de sus logros, es probable que este congreso sea el más importante que haya tenido lugar en Chile. La reunión analizó integralmente los problemas de la infancia, desde la educación para la salud hasta la forma de generar las estadísticas. Al revisar los asistentes y presentaciones se advierte que muchas modificaciones destinadas a mejorar la condición de los niños ya se encontraban delineadas y pensadas.

El Salón de Honor de la Universidad también fue el lugar de inauguración del IV Congreso Panamericano del Niño (1924), primer evento internacional pediátrico en Chile y de los primeros Congresos de Pediatría. Los académicos de la Facultad y la Escuela eran los organizadores y motores de esos encuentros que difundieron conocimiento e ideas, mientras contribuían a crear una forma sistemática de trabajo en salud.

La labor de los primeros profesores universitarios (del Río, Sanhueza, Alejandro del Río y muchos otros) impulsó una acción organizada de protección y atención a la infancia. Gradualmente, y contando con el apoyo filantrópico de grupos de todo el país, esta acción y protección se extendieron y surgieron profesores brillantes (Commentz, Calvo, Cienfuegos) que cimentaron y complementaron la labor inicial.

Con ellos y con la generación siguiente de Profesores de la Universidad (Gonzalo Moraga, Arturo Baeza Goñi, Arturo Scroggie, Aníbal Ariztía y otros), en 1922 se fundó la Sociedad de Pediatría, que orientó y perfeccionó acciones de defensa del niño.

Luego, vino un cuarto grupo que diversi­ficaría la especialidad y la haría cada vez más científica (Adalberto Steeger, Jorge Rosselot, Julio Meneghello, y después Fernando Mönckeberg).

A fines del siglo XX, la Universidad creó las especialidades derivadas y protagonizó el nacimiento y perfeccionamiento de la atención del adolescente. El tema de la adolescencia no aparecía en la literatura médica nacional, pero en 1961 se organizó un simposio dirigido por Adalberto Steeger, del Hospital San Juan de Dios. Después de ese esfuerzo el tema desapareció de la literatura, hasta que Paula Peláez, Ana María Kaempffer y Leonidas Poblete hicieron esfuerzos por desarrollar el cuidado de los adolescentes. En la década de 1960, Juan Carlos Concha quien sería Ministro de Salud del Presidente Salvador Allende, Florencio Baeza, Joaquín Aduriz y Carmen Riendeau hicieron esfuerzos por caracterizar grupos de adolescentes; pero el verdadero despegue de la especialidad empezó con los programas exitosos ligados a los nombres de Matilde Maddaleno y Ramiro Molina.

Los profesores de la Facultad participaron en el diseño y puesta en marcha de muchos proyectos de intervención, destinados a mejorar la salud de los niños. Un ejemplo fue la fluoración del agua potable, fundamentada en los estudios de Adriasola. En julio de 1952, la Escuela de Salubridad invitó a una reunión al Servicio Nacional de Salud, la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile, la Fundación Rockefeller, el Colegio de Dentistas y la Dirección de Obras Sanitarias (DOS), para estudiar un programa de fluoración. Se escogió a Curicó, como ciudad de inicio y a San Fernando, como control. La fluoración se inició en septiembre de 1953, con equipos y reactivos proporcionados por la Fundación Rockefeller. Antes de ella había igual número de niños sin caries en ambas ciudades, en 1956 el número de menores de cinco años sin ellas era el doble en Curicó y, en 1959, aquellos sin caries en la dentadura temporal triplicaron a los de San Fernando. A raíz de la encuesta dirigida por la Facultad, la Comisión Nacional de Flúor estableció un programa nacional.

Los años 1950 vieron el inicio de una gran polémica sobre planificación de la natalidad y contracepción. Guillermo Adriasola pediatra de Punta Arenas, que llegó a ser Director de la Escuela de Salubridad y Decano de la Facultad de Medicina Oriente de la Universidad de Chile decía que no había sobrepoblación. Agregaba que la cultura, economía y responsabilidad promedias hacían inciertos los resultados de los métodos anticoncepcionales; que los problemas sanitarios, como alimentación, saneamiento, educación higiénica, cuidado médico, tenían prioridad tan elevada que un programa de difusión de anticoncepción tenía un sitio lejano en la ecuación costo versus daño. Opinaba que se necesitaba más conocimientos y más investigación científica, antes de una intervención. Tegualda Monreal, Rolando Armijo y otros lo satisfacieron, desarrollando una línea de investigación sobre el tema que se dio a conocer en todo el mundo.

Inicio y crecimiento de la
investigación de la salud infantil

La Escuela se transformó en el centro investigador de la salud de la infancia y adolescencia y las tesis para titularse de médico fueron el comienzo de la investigación en salud. Por ejemplo, la de del Río, “Algunas consideraciones sobre la fluxión de pecho” instruía sobre ese tema, al igual que muchas otras que se conservan en el Museo Nacional de Historia de la Medicina, Dr. Enrique Laval.

Alfredo Enrique Commentz Löefler fue, probablemente, el primer investigador sistemático en el área de salud infantil de Chile pero su tarea se extendió también a la puesta en marcha del Hospital de Niños Manuel Arriarán (hoy complejo San Borja-Arriarán, en Santiago metropolitano). Había nacido en Lima en 1878, de padres alemanes, y después de estudiar y vivir en Chile, al elegir nacionalidad se había naturalizado chileno. Commentz llegó a ser Jefe de Clínica y Profesor Extraordinario, en 1922. Ese año también fue elegido Vicepresidente de la Sociedad de Pediatría, siendo el primero en ese cargo. Sus estudios fueron muy numerosos, bien hechos y cubrieron desde el raquitismo a la salud reproductiva.

Otro investigador notable fue Luis Calvo Mackenna, quien realizó una enorme labor en sus 30 años de vida profesional. Nació en 1883 y falleció a los 54 años, después de un intenso trabajo clínico y docente, de pediatría social y preventiva, de cooperar a la lucha internacional contra la mortalidad infantil y la desnutrición y haber también realizado docencia y administración en la Pontificia Universidad Católica de Chile.

En 1917, Calvo organizó la I Conferencia de Gotas de Leche y presentó su “Estudio comparativo de la mortalidad de menores de un año los trienios 1909-1911 y 1914-1916”, demostrando que las Gotas habían salvado de la muerte a no menos de 3 000 niños. También realizó una excelente encuesta sobre mortalidad infantil. Llamado al Comité de Higiene de la Liga de las Naciones, trabajó en Italia, Austria, Francia, Holanda y Bélgica. Su empeño dejó cuatro grandes huellas: el estudio científico de la mortalidad infantil, el Patronato Nacional de la Infancia, la Sociedad de Pediatría y la Casa Nacional del Niño. La antigua Casa de Expósitos había pasado a ser Casa de Huérfanos: el Diccionario de la Real Academia Española establece que “expósito” significa “recién nacido abandonado o expuesto o confiado a un establecimiento benéfico”; en cambio, “huérfano”, significa “menor de edad a quien se le han muerto el padre y la madre o ambos; especialmente el padre”. De esta forma, la condición de expósito es más agraviante y el cambio de nombre pretendía hacer patente una condición más favorable. Calvo trajo la modernidad, nueva energía y otra forma de hacer las cosas: introdujo la higiene, sistemas más modernos de registro y control, más recursos de salud y alimentación, etc. Se hizo cargo de la Dirección de la Casa Nacional el 1 de enero de 1927, cuando la mortalidad de los niños de pecho subía a 55%; en pocos años ésta descendió a 4%.

La investigación de la Escuela de Medicina ha abarcado todo el espectro de la salud nacional. Por ejemplo, en la década del año 1940 el mal saneamiento y las bajas condiciones de vida, originaban altas preva­lencias de parasitosis, detectadas por Neghme y Gasic, académicos de la Facultad, en una larga serie de estudios en conscriptos. Los investigadores recolectaban muestras de deposición en todo el territorio y uno de sus estudios revelaba que el 44,4% de 477 soldados estaban parasitados y 17,4%, por más de un parásito.

La creación de la Escuela de Salubridad, en 1944, significó un gran impulso a la investigación de los problemas de la salud de niños y jóvenes, lo que permitió una acciónmás científica en el control de ellos. Esa Escuela pasó a ser otra puerta abierta al mundo y muchos investigadores y pediatras relacionados con ella contribuyeron a su prestigio: Silvia Plaza, Adriana Kaempfer, Aída Kirschbaum, Carlos Montoya, Juan Margozzini, Adriana Campos, Raúl Tapia, Ilse López, María Inés Romero, Victoria García, José Manuel Ugarte, Adela Legarreta, María de la Fuente y otros. Entre sus directores se contaron Guillermo Adriasola, Hernán Romero, Hernán Urzúa, Hugo Behm y otros. Su labor fue reconocida, en 1988, por la Organización Mundial de la Salud al condecorar la Escuela con la Medalla de “Salud para Todos en el año 2000”, cuando la institución era dirigida por Ernesto Medina.

En el país, los académicos de la Facultad siempre han contribuido a crear, administrar y promover las publicaciones del área pediátrica: los Directores y comités de árbitros de la Revista Chilena de Pediatría y de otras revistas médicas tienen una proporción elevada de docentes de la Facultad. Por ejemplo, en 1958 apareció “Pediatría”, de la Cátedra de Meneghello, en el H. Arriarán de Santiago. Esta publicación abrió otra ruta distinta a la de la Revista Chilena de Pediatría para dar a conocer experiencias e investigaciones y acompañó a la cátedra cuando se cambió al Roberto del Río, en 1964.

El aporte ha continuado durante los 170 años de Escuela y, así, en la década 1990, una revisión de la literatura biomédica pediátrica mostró que la mayoría de los artículos que se publican en el país se generan en esa Casa de Estudios.

Educación continua

A mediados de los 1940, ya se había institucionalizado la asistencia a cursos para mantener la vigencia ante el rápido crecer del conocimiento. Por ejemplo, en julio de 1942 hubo un gran curso de perfeccionamiento en la clínica universitaria de Scroggie: jornada completa por tres semanas, con 90 horas de clases, demostraciones y revisión de la pediatría tal como se ejercía y enseñaba en el Hospital Roberto del Río. Se dio a conocer la propia experiencia, recalcando aspectos característicos de la patología chilena.

En 1940, había una cátedra titular (en el Hospital Roberto del Río) y dos extraordinarias, en el Arriarán y el Calvo Mackenna. En 1953, se resolvió establecer tres titulares, que incorporaron las dos mencionadas y requirieron personal docente. Cuando se abrió el nuevo hospital San Juan de Dios, con Pediatría, pasó también a ser cátedra extraordinaria, a la que se agregó otra en el Hospital Manuel Arriarán. Existieron así cinco centros docentes en Santiago, lo que permitió tener grupos reducidos de alumnos y realizar aprendizaje y práctica activas, guiados por monitores.

Décadas después, en los años 1960, la integración docente asistencial del Servicio Nacional de Salud y la Universidad dio la herramienta para utilizar bien los recursos e intervenir en forma eficiente en muchos problemas de la población.

Esos años la Universidad de Chile creó Facultades en las áreas Occidente, Oriente, Sur y Centro, de Santiago, mientras en Norte seguía la escuela anterior. La intención era terminar definitivamente con la escasez de profesionales de la salud y se llegó a proponer la formación de médicos en programas vespertinos, idea que pareció descabellada a la mayoría. Las Facultades se desarrollaron muy rápido, fueron muy productivas y duraron hasta 1981, cuando fueron fusionadas por decisión de la cúpula de la época. Todas desarrollaron exitosos Programas de Especialización en Pediatría.

Colaboración Interinstitucional

La década de 1960 se caracterizó por el trabajo conjunto de muchas instituciones cuyo interés por cooperar unas con otras era evidente, sin venta de servicios como se estila a comienzos del siglo XXI. En estas empresas la Facultad tenía lugares destacados. Tema frecuente eran las vacunaciones, como en la Mesa Redonda del 23 de agosto de 1962, organizada por la Sociedad de Pediatría, la Academia Americana de Pediatría, la Sociedad de Salubridad y el SNS, bajo la dirección de Adalberto Steeger, de la Universidad de Chile. Otro ejemplo de colaboración fueron las Jornadas de Salud Pública, auspiciadas por la Escuela de Graduados de la Universidad de Chile (4-6 de mayo de 1960), cuyo tema “Causas principales de morbilidad y mortalidad”, atrajo una gran asistencia. Hubo un curso dirigido por Hernán Romero, participando Aníbal Ariztía, Roberto Barahona, Rodolfo Armas Cruz, Ignacio González y Hernán Urzúa. La Escuela de Graduados ofrecía repetir las Jornadas en provincias.

Ejemplo de colaboración era el Curso de Pediatría Social de la Cátedra de Baeza, auspiciado por el SNS, Escuela de Salubridad, Departamento de Salud Pública del Colegio Médico y Escuela de Graduados de la Universidad de Chile. Se dictaba en el Arriarán y la Sala de Conferencias de Chiprodal SAI.

En el occidente de Santiago se ponía en marcha el “Centro de Atención Pediátrica Integral (CAPI) Ismael Valdés Valdés”: la Corporación de la Vivienda había regalado a la Universidad de Chile un terreno y, a poco andar, la Municipalidad de Quinta Normal cedió otro sitio enfrente, para reunir la cantidad necesaria. El centro era docente asis­tencial.

La colaboración cubría la empresa privada y creaba lazos de amistad: por ejemplo, la Cátedra del Exequiel González Cortés, en 1969 hizo un homenaje al Asesor Científico de Chiprodal S.A.I., Dr. Francisco Arenzana, nombrándolo Médico Honorario del Hospital.

También eran un caso de colaboración los trabajos de verano de la universidad realizados en las provincias con mayores problemas. En 1964, y otros años, se realizaron en Chiloé. Los alumnos iban a las comunidades, participando la Federación de Estudiantes de Chile y el Instituto de Educación Rural. Ese año duraron 25 días, en Quetalmahue, Chacao, Quemchi, Chonchi, Achao, Dalcahue, Quellón, Queilén, Voigue, Archipiélago Alao y Castro. En el archipiélago se reunía juventud universitaria de muchas carreras: arquitectura, medicina, pedagogías, literatura, sociología, ingeniería. La reunión producía un choque entre la sociología de Chiloé, conservadora, y la universitaria, contestataria. La experiencia marcaba a los estudiantes.

La Facultad también ha colaborado, permanentemente, en la solución de problemas nacionales. Como ejemplo, se podría citar la asesoría que, entre 1951-54, el Departamento de Parasitología de la Facultad dio al Servicio Nacional de Salud. Este realizó una exitosa campaña nacional contra la sarna, la que disminuyó y se hizo infrecuente entre 1960-64. Más cercano en el tiempo, destaca el trabajo de Lautaro Vargas Pérez, y otros, en el control del cáncer infantil.

Los académicos de la Facultad, en forma masiva y sostenida, han hecho aportes sustanciales a la salud infantil de Chile y de otros países. Citar nombres tiene el riesgo de omisión, pero el hacerlo permite respaldar la afirmación.

Un nombre de gran trascendencia en América Latina es el de Julio Meneghello R., quien desde los Hospitales Arriarán y Roberto del Río realizó una inmensa labor de producción y divulgación científica que lo llevó al reconocimiento generalizado con las más altas distinciones académicas de Chile y América.

Otro nombre es el de Fernando Mönckeberg B., que en incansable labor creativa y de búsqueda de recursos aparece ligado a investigaciones de terreno y clínicas y a los nacimientos del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA) y de la Corporación para la Nutrición Infantil (CONIN). Su valiosa investigación, de alcance internacional, ha cubierto todos los aspectos de la desnutrición infantil, en cuyo control intervino activamente.

Desde diversas escuelas pediátricas surgen muchos otros nombres de académicos de la Universidad: Eugenio Cienfuegos B., Gonzalo Moraga F., Aníbal Ariztía Ariztía,Cora Mayers, Arturo Baeza Goñi, César Izzo Parodi, Guillermo Morales Beltramí, Adalberto Steeger S., Enrique Fanta N., Eduardo Cassorla L. y otros incontables que han aportado ideas y esfuerzos a la hermosa evolución de la salud infantil chilena en los últimos cien años.

Un análisis cronológico obliga a referirse al pasado. Sin embargo, el examen del presente elimina cualquier tinte nostálgico que pudiera desprenderse del estudio retrospectivo: a fines del siglo XX, la Escuela y la Universidad continúan aportando de manera sustancial a la salud de la población nacional y, muy en particular, a los niños y adolescentes. La escuela ha ayudado a que, en su evolución, la pediatría chilena haya pasado por tres metas sucesivas, que cada vez apuntan más alto:

  • Primera: Evitar las muertes de párvulos y niños, en especial las precoces.
  • Segunda: Producir niños y adolescentes sanos.
  • Tercera y actual: Producir adultos y ancianos sanos.

No obstante, siguen vigentes numerosos valores de antes. En 1898, Adolfo Murillo, Profesor de Obstetricia que sería Decano en Medicina, decía cerrando un estudio de mortalidad: “No nos cansemos de trabajar a favor del pueblo, en pro de esta hermosa tierra en que vivimos, en interés de una raza sufrida y valiente”. Murillo se había recibido de médico en 1862 y murió en 1899. Sus palabras ilustran la vocación y compromiso ya antiguo que mantiene la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile con el país.

Referencias

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1. Departamento de Pediatría y Cirugía Infantil Occidente Universidad de Chile.

Trabajo recibido el 10 de marzo de 2003, aprobado para publicación el 17 de marzo de 2003.

 

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