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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.54 n.194 Santiago jul. 2000

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902000019400012 

Una visión de la vida coral en Chile

por
Guido Minoletti S.

Con los conquistadores llegó a América la música coral que se cultivaba en Europa durante el siglo XVI. Se trataba principalmente de música ligada a las ceremonias litúrgicas de la Iglesia, y que incluía tanto el "canto llano", que conocemos hoy como "canto gregoriano", como el "canto de órgano", como le llamaban los españoles a la polifonía vocal. Para esto se formaron coros en los que participaban también indígenas a quienes se les había enseñado a cantar y leer música. Los repertorios corales de las catedrales de España, especialmente de las de Sevilla y Toledo, llegaban con rapidez a México desde donde se difundían hacia las demás ciudades del continente. En algunos lugares como Bogotá, Lima, La Plata, Cuzco, Quito y, desde luego, México, la música coral religiosa alcanzó un alto grado de esplendor.

En nuestro Reino de Chile se cultivó también este tipo de actividad coral, pero en forma mucho más modesta. Hay algunos testimonios escritos que nos hablan, ya en el siglo XVI, de oficios divinos celebrados con canto llano y polifonía. Desde mediados del siglo XVII, la música se centró principalmente en la Catedral de Santiago, en la de Concepción y en otros templos importantes del país, que contaban con coros e instrumentistas. El repertorio provenía de la Catedral de Lima y se componía de obras de compositores europeos, junto con otras, escritas por maestros de capilla de Latinoamérica. A estas se agregaban las compuestas por los maestros locales.

Fuera del ámbito eclesiástico, sabemos que hubo participación coral dentro de las representaciones teatrales, que se contaban entre las principales y más populares formas de entretención durante el período colonial.

A partir de 1830, aparecen en Chile las primeras representaciones de ópera italiana, ejecutadas por cantantes italianos. En 1844 se realizan nuevas presentaciones de ópera y es con esta verdadera temporada con lo que se da inicio a un gran auge de este género que acaparó el interés del público y prácticamente monopolizó la vida musical por un largo tiempo.

Todo lo mencionado hasta ahora en relación con el canto coral se refiere a una actividad realizada en su mayor parte por grupos profesionales especializados. El canto coral de aficionados va apareciendo lentamente en el país durante el siglo XIX, como reflejo tardío de una tendencia europea producto de los cambios sociales posteriores a la Revolución Francesa. El desarrollo de una burguesía democrática europea de altos ideales propició la transformación del canto coral en un fenómeno de masas que dio como resultado el surgimiento de una gran cantidad de coros de aficionados. Muchos de estos eran grupos de grandes dimensiones que se asociaron a las orquestas sinfónicas y se dedicaron al cultivo de las obras sinfónico-corales contemporáneas apropiándose, además, de obras de siglos anteriores, lo que, dicho sea de paso, dio lugar a equívocos estilísticos aún hoy en día no del todo superados.

Tenemos noticias, en Chile, de la existencia, en 1877, de una Sociedad Italiana Musical de Copiapó, que adquirió fama por sus conciertos corales en la Iglesia de la Merced. Sabemos también de una Sociedad Musical que se presentó, el 12 de diciembre de 1881, en el Teatro Nacional de Valparaíso con una orquesta de aficionados de 61 instrumentistas y un coro de 74 voces. No tenemos noticia del repertorio. En 1895, en ese mismo puerto, la Sociedad Británica de Beneficencia estrena El Mesías, de Haendel, y en Santiago se presenta La Creación, de Haydn, en el Conservatorio Nacional.

En 1912 se funda en Santiago la Sociedad Orquestal de Chile, que presenta al año siguiente el ciclo completo de las sinfonías de Beethoven. La primera ejecución en Chile de este ciclo se había realizado ya en Valparaíso en 1905. Todo esto supone la existencia de grupos corales de aficionados.

Hacia 1915, el incipiente movimiento coral chileno tiene un ferviente impulsor en don Ismael Parraguez, quien propicia la idea de la formación de un Orfeón Coral Chileno. Pero la iniciativa no fructifica. Sin embargo, por esos mismos años, aparece la Sociedad Coral Santa Cecilia, creada por la familia Canales Pizarro, cuyas actividades son el antecedente más directo de la Sociedad Bach, organismo que iniciará su labor pública en 1924 y tendrá importantes repercusiones futuras en el desarrollo de la música en Chile, y de la cual la música coral recibirá un impulso significativo.

La Sociedad Bach, que nació como un pequeño coro de estudiantes universitarios que tenía como finalidad cantar coros a voces solas, comenzando con las Lamentaciones, de Palestrina, alcanzó en poco tiempo a convertirse en un centro musical que llegó a contar con un coro, un conservatorio y una revista. De su acción y planteamientos se derivó la reforma, en 1928, del Conservatorio Nacional el que, en 1929, fue incorporado a la Universidad de Chile al crearse la Facultad de Bellas Artes.

La actividad musical más permanente de la Sociedad Bach hasta que entró "en receso indefinido", en 1932, fue un coro formado por sus socios y dirigido por Domingo Santa Cruz. Podemos decir con propiedad que fue este coro el que, en la práctica, dio origen al movimiento coral chileno al difundir un repertorio hasta entonces desconocido, especialmente la música de los grandes maestros del Renacimiento, que hasta hoy ha sido cultivado en forma permanente por los coros chilenos, además de estimular y promover la formación de otros conjuntos corales.

Un hito importante en la historia de la Sociedad fue la presentación, en primera audición, del Oratorio de Navidad de Bach, cantado en castellano, llevada a efecto en diciembre de 1925 en el Teatro Municipal de Santiago.

En 1934 nació la institución llamada Coros Polifónicos de Concepción, Sinfónica de Concepción que, bajo la dirección de Arturo Medina, alcanzó con el tiempo una altísima jerarquía y un sólido prestigio nacional e internacional. Su actividad estimuló la creación y el funcionamiento de numerosas iniciativas corales tanto privadas como oficiales, a partir de las cuales se ha generado un importante movimiento coral en esa región.

En La Serena, la Orquesta Sinfónica, creada por Alfredo Berndt en 1927, estableció en esa ciudad una orientación musical y preparó la fundación de la Sociedad Bach, dirigida por Jorge Peña Hen, maestro que si bien es conocido principalmente por su notable aporte al desarrollo de las orquestas juveniles, realizó también con su Coro de la Sociedad Bach una significativa labor y sentó las bases para el valioso movimiento coral que existe en esa zona. La llegada, en 1984, de Eduardo Gajardo, proveniente de Concepción, donde ya había realizado una importante labor, significó la activación de un foco de irradiación coral sobresaliente, gracias a su notable labor como director y profesor, cuyos efectos y proyecciones se han dejado sentir mucho más allá de los límites de su región.

En la capital, en 1945 Mario Baeza Gajardo fundó el Coro de la Universidad de Chile, bajo el alero del Instituto de Extensión Musical de esa Universidad, organismo que se financiaba mediante la ley 6696 que establecía un impuesto a los espectáculos. Las actividades de difusión de este coro junto a la mística, el entusiasmo y la incansable labor de su director y fundador, con su lema "para que todo Chile cante", fueron los que dieron un impulso decisivo al movimiento coral chileno, principalmente por la cantidad de coros y directores que surgieron gracias a su estímulo a lo largo de todo el país. La masificación del canto coral chileno alcanzó en los años 50 y 60 proporciones sin precedentes, incluso probablemente dentro de Latinoamérica.

En 1949 se inició una nueva etapa de este Coro al cantar por primera vez junto a la Orquesta Sinfónica de Chile en la interpretación de El Mesías, de Haendel, en una versión en castellano. A partir de ese momento, ha actuado en forma permanente en las temporadas de conciertos de la Orquesta Sinfónica, dando a conocer una enorme cantidad de oratorios, cantatas, misas y otros géneros corales-orquestales, muchos de los cuales fueron estrenos nacionales y otros, como es el caso de las obras de los compositores chilenos, fueron estrenos absolutos.

Desde un principio la Universidad consideró la necesidad de que junto al tronco principal del Coro hubiera también grupos más pequeños de voces seleccionadas que se hicieran cargo de la música coral de cámara, grupos que a través del tiempo recibieron distintos nombres: coro a cappella, coro de cámara, coro de madrigalistas. Hacia los años setenta, las exigencias del medio musical hicieron necesaria la separación de ambos conjuntos, pasando el tronco principal a llamarse Coro Sinfónico.

Guiado por sus sucesivos directores: Mario Baeza, Marco Dusi, Hugo Villarroel Cousiño, Guido Minoletti y Hugo Villarroel Garay, y en sus versiones de cámara también por Ricardo Kistler y Gilberto Ponce, el Coro de la Universidad de Chile ha difundido la música coral por todo el país, de Arica a Tierra del Fuego. Numerosas giras lo han llevado, además, por Latinoamérica, los Estados Unidos y Europa. Silencioso pero efectivo y persistente ha sido su aporte al desarrollo del movimiento coral chileno a lo largo de sus 55 años de vida. Muchos coros han sido creados gracias a su apoyo y estímulo. Muchos directores se formaron dentro de sus filas. Varios cantantes profesionales, algunos de fama internacional, dieron sus primeros pasos en él. Numerosos coros se surtieron en él de partituras corales antes de la aparición de la fotocopia. Muchos conjuntos corales tomaron al Coro como modelo adoptando la idea de su infraestructura y de sus métodos de trabajo. Innumerables eventos culturales, cursos, seminarios, charlas, conciertos, congresos y encuentros musicales tuvieron lugar dentro de su recinto de trabajo.

Un papel similar en la difusión de obras corales-orquestales dentro de su medio desempeñaron los Coros Polifónicos de Concepción en los tiempos de Arturo Medina, papel que asumió posteriormente y hasta hoy el Coro de la Universidad de Concepción, fundado en 1954 por Heles Contreras.

En Valparaíso, con su larga historia de interesantes logros e iniciativas corales, merece destacarse en forma especial el alto grado de excelencia artística que llegó a alcanzar, en la década del sesenta, el Coro de Cámara de ese puerto, bajo la dirección de Marco Dusi, quien lo fundara en 1955, y que recibiera un merecido reconocimiento nacional e internacional.

Un coro de la capital que cosechó grandes éxitos nacionales e internacionales fue el Coro de la Universidad Técnica del Estado, fundado en 1957 por Mario Baeza Gajardo y dirigido por él hasta 1974, fecha en que crea el Grupo Cámara Chile, agrupación independiente que se abocó, más allá de una intensa labor de cultivo y promoción del canto coral, a hacerse cargo de una amplia y variada gama de actividades culturales: seminarios, exposiciones, concursos, encuentros, publicaciones y otros.

Otros grupos independientes, de destacada trayectoria nacional e internacional por más de dos décadas, es el Coro Ars Viva. Fundado y dirigido hasta la actualidad por Waldo Aránguiz, este coro ha abordado repertorios de variada naturaleza, desde piezas a cappella hasta obras sinfónico-corales, incluyendo una cantidad de primeras audiciones.

Dos jóvenes maestros de la generación siguiente de directores han sobresalido en su trabajo con coros autónomos: Alejandro Reyes, reciente Premio de la Crítica, con sus grupos Collegium Josquin y Ludus Vocalis, con los que ha presentado versiones estilísticamente depuradas de obras medievales, renacentistas y barrocas, y Víctor Alarcón con su Coro Bellas Artes, que ha abordado repertorios antiguos y modernos, y que entre sus múltiples logros, se cuenta el de haber estrenado en Chile, junto a la Orquesta de Cámara de Chile, dirigida por Fernando Rosas, varios oratorios de Haendel.

El Teatro Municipal de Santiago, consagrado por tradición principalmente a la ópera, ha entregado también valiosos aportes a la música coral. En la década del sesenta, el Coro Filarmónico Municipal de ese teatro, dirigido por Waldo Aránguiz, presentaba, junto a la Orquesta Filarmónica, obras sinfónico-corales, constituyendo una alternativa frente a las presentaciones del Coro de la Universidad de Chile y la Orquesta Sinfónica. En 1983 el Teatro fundó el primer Coro Profesional de tiempo completo de Chile, que, bajo la dirección de Jorge Klastornick, vino a reemplazar a su tradicional Coro Lírico, y que, además de participar en forma regular en las Temporadas de Opera, ha ido incursionando en forma creciente en el campo sinfónico-coral. Al Teatro Municipal se le debe, también, la implementación de dos proyectos de trascendencia para el desarrollo coral: los programas Crecer Cantando y Trabajar Cantando, dedicados al fomento del canto coral en el medio escolar y en las empresas, respectivamente.

Un papel particularmente relevante les ha correspondido, dentro del movimiento coral chileno, a los coros universitarios, muchos de ellos de muy alta calidad, los que en forma incesante han estado difundiendo la música coral cumpliendo con la misión de extensión que les asignan sus respectivas universidades. A lo largo de todo el país encontramos coros que representan ya sea a Universidades o bien a Facultades dentro de ellas. Muchos están integrados exclusivamente por estudiantes, otros aceptan personas ajenas a las casas de estudio. Entre los coros de Facultades ha destacado por su larga trayectoria el Coro Lex, de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, que dirige Juan Gutiérrez. Fundado en 1957 por Mario Baeza, ha tenido entre sus directores a Jaime Donoso, Guido Minoletti, Guillermo Cárdenas y Víctor Saavedra.

En las regiones han sobresalido especialmente los trabajos corales universitarios realizados en Arica (Gustavo Morales), Iquique (Carlos Morales), Antofagasta (Juan Jusakos, Gabriel Rojas), La Serena (Eduardo Gajardo), Valparaíso (Marco Dusi, Belfort Rus, Carlos Hernández, Silvio Olate, Eduardo Silva), Talca (Mirta Bustamante), Concepción (Eduardo Gajardo, Mario Cánovas), Temuco (Alejandro Arroyo, Ricardo Díaz), Valdivia (Hugo Muñoz) y Osorno (Gonzalo Burgos).

De Santiago, ya hemos hablado de la actividad coral en la Universidad de Chile y en la Universidad Técnica del Estado (hoy Universidad de Santiago). Nos referiremos ahora a la actividad en la Universidad Católica.

El más antiguo grupo universitario del que tenemos noticias es un coro que fundara, en la década de los treinta, Juan Orrego Salas en la Universidad Católica de Santiago. Posteriormente funcionaron en ese plantel en forma intermitente varios grupos corales que tuvieron entre sus directores al propio Juan Orrego Salas, a Waldo Aránguiz, Ricardo Rosales, Hugo Villarroel C. y Eduardo Vila. La actividad coral de la Universidad Católica se estabilizó a partir de la fundación, en 1980, por Guido Minoletti, del Coro de Cámara, que tuvo después como maestros a Ricardo Kistler y a Jaime Donoso, su actual director. Hoy en día y desde varios años existen, además, en ese centro de estudios varios conjuntos corales. Las últimas dos décadas han presenciado la aparición (y desaparición), en nuestro medio musical, de algunas agrupaciones corales semiprofesionales. El coro masculino Solistas de Santiago (director, Guido Minoletti), fundado en 1981 y financiado por el empresario Jorge Razmilic, mantuvo una existencia de 7 años dando a conocer un repertorio coral para voces iguales exigente y poco conocido. El Coro de Madrigalistas de la Universidad de Chile, fundado en 1988 y también dirigido por Guido Minoletti, realizó, hasta su disolución, en 1995, una labor coral de alto nivel que le valió ser distinguido, durante su corta existencia, con dos Premios de la Crítica. Este conjunto fue restituido en 1999, bajo la denominación de Camerata Vocal. La presencia de este Coro en el medio estimuló la creación de otros dos conjuntos similares, de alta excelencia artística que, afortunadamente, subsisten hasta hoy: el Coro de Madrigalistas de la Universidad de Santiago, que dirige Guillermo Cárdenas, y el Coro de Madrigalistas de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, que dirige Ruth Godoy. Ambos grupos representan la culminación artística de una larga tradición coral en sus respectivas universidades.

Entre los elementos que han contribuido al desarrollo del canto coral chileno, merecen una mención particular las agrupaciones de coros que, durante años, han estado coordinando actividades y estableciendo vínculos entre los conjuntos corales.

De estas, la más antigua es la Federación de Coros de Chile, fundada en 1957 por Mario Baeza, Waldo Aránguiz y otros directores. Entre sus principales aportes se cuentan la publicación de la revista coral Voces, la organización de festivales nacionales e internacionales, cursos, seminarios y congresos, y la realización de concursos de composición y arreglos corales. En 1996 publicó, con el auspicio del FONDART, una antología coral chilena.

La Sociedad Coral de Profesores de Chile, que agrupa a más de cuarenta coros a lo largo de todo el país, ha realizado una labor ininterrumpida desde su fundación en 1958, organizando cada año un Festival Nacional de Coros de Profesores en una ciudad distinta de Chile.

De más reciente formación son la Sociedad Coral Universitaria de Chile (1986) y la Asociación Nacional de Coros Municipales de Chile (1996). Ambas realizan festivales nacionales anuales en diversos puntos del país.

Entre las iniciativas regionales destaca la labor de asociaciones corales en Antofagasta, Concepción y en la X Región, con una especial mención para el programa de coros en la Carretera Austral, impulsado desde la Universidad Austral de Chile.

Imposible nos resultaría mencionar a todos los coros que han surgido, de existencia actual o desaparecidos, a lo largo del país y de su historia coral: coros de niños, juveniles, de adultos, de adultos mayores, dependientes e independientes, coros escolares y de la educación superior, coros de padres y apoderados, coros laborales, coros de iglesia, coros de las colonias residentes. Entre estos últimos merecen señalarse en forma primordial dos grupos pioneros del movimiento coral chileno: el Orfeó Català, cuyos orígenes se remontan a 1918, y coro Jadran, de la colonia (ex) yugoslava, con trayectoria ininterrumpida desde 1932. Junto a estos debemos citar las actividades corales de la colonia alemana, que, desde su asentamiento en Chile a mediados del siglo XIX, ha sido un poderoso motor en el desarrollo musical de nuestro país y ha hecho sentir su presencia en forma permanente en la vida coral chilena.

Varios de nuestros compositores han dedicado parte de su producción a la música coral. Entre ellos han destacado especialmente Pedro Humberto Allende, Juan Amenábar, Gustavo Becerra, Roberto Falabella, Federico Heinlein, Alfonso Letelier, Juan Orrego Salas, Domingo Santa Cruz y Sylvia Soublette. También algunos directores han incursionado en el campo de los arreglos y adaptaciones para coro, de canciones populares y folclóricas. Waldo Aránguiz, Eduardo Gajardo, Ernesto Guarda, Alejandro Pino y Hugo Villarroel C. se encuentran entre los maestros que han entregado los aportes más valiosos en este sentido.

De lo expuesto aquí hasta ahora, se puede deducir que en Chile hemos tenido un interesante movimiento coral durante el siglo veinte, con antecedentes que se remontan a los siglos anteriores. No obstante, el panorama actual dista bastante de ser satifactorio, por diversas razones, algunas de las cuales expondremos a continuación.

Estamos lejos todavía de la existencia de un reconocimiento generalizado de los coros como instituciones que representan verdaderos focos de irradiación cultural. Muchas iniciativas culturales, especialmente artísticas, y no sólo musicales, surgen a partir de los coros en los lugares en que estos existen. Tampoco hay suficiente conciencia acerca de los aspectos formativos y de desarrollo armónico de las personas, que encierra el canto coral. Lo más común es que se le considere como una forma más de entretención que, además, resulta útil para la amenización y solemnización de actos institucionales, desconociéndose el hecho de que, más allá de estos fines, el canto coral, entre otros beneficios, proporciona a los que lo practican una posibilidad de desarrollo de sus sensibilidades artísticas y, lo que resulta muy importante en la época en que vivimos, en la que predomina un espíritu de competitividad individualista, de la capacidad de trabajo solidario. Este papel formativo se encuentra presente en el canto coral en todos sus niveles, desde los aficionados hasta los profesionales, pero adquiere una relevancia extraordinaria en los medios educacionales. Esto ameritaría la implementación de políticas masivas de desarrollo coral, las que, salvo algunas iniciativas aisladas, aún no existen.

Otro terreno en el que queda todavía mucho por hacer es el de la elevación del nivel artístico de los coros, el que depende primordialmente de la formación y el perfeccionamiento de los directores. Hasta ahora no se ha dado en Chile una carrera de Director de Coros. En algunas carreras musicales se imparte la asignatura de Dirección Coral como una más. El Teatro Municipal de Santiago ofrece cursos para los directores de coros escolares. En la Escuela Moderna de Música se está iniciando un Diplomado en Dirección Coral, con énfasis en el trabajo escolar. La Universidad Católica ofreció en 1993 y 1994 Cursos de Postítulo en Música con Mención en Dirección Coral. Muchos cursillos y seminarios, a cargo de maestros nacionales y extranjeros, se han dado sobre esta materia en el país. Es decir, se han brindado algunas oportunidades de perfeccionamiento para los maestros corales en ejercicio, en su mayor parte en Santiago, pero hacen falta muchas más, sobre todo en las regiones, y también se hace necesario crear instancias para la formación de nuevos directores a lo largo del territorio. Todo esto, por supuesto, en íntima relación con políticas globales de apoyo a la creación y mantención de nuevos conjuntos corales.

Otro aspecto importante es el repertorio. Hoy en día, con el avance de la tecnología y de las comunicaciones, es posible conseguir, con bastante facilidad, material coral de los países desarrollados, y esperamos que mejore el hasta ahora lento intercambio con los países latinoamericanos. Pero, desde luego, lo principal es contar con una buena cantidad de obras corales de autores chilenos. Cualquier programa de desarrollo coral debería incluir formas de estimular la creación de composiciones y arreglos corales, especialmente de obras apropiadas para coros de niños y adolescentes, junto a planes coherentes de publicaciones y grabaciones.

En resumen, tenemos una vida coral importante, con un futuro promisorio en la medida en que seamos capaces de superar las actuales deficiencias y alcanzar metas superiores.

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