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Literatura y lingüística

versión impresa ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  n.10 Santiago  1997

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58111997001000002 

El sujeto explosionado: Eltit y la geografía del discurso del padre

Bernardita Llanos Mardones, es profesora Asociada de Literatura Latinoamericana y Estudios de la Mujer en Denison University en el estado de Ohio. Ha publicado una serie de artículos en el área de literatura latinoamericana colonial y contemporánea con énfasis en la diferencia de género y la constitución de identidades marginales. Entre sus recientes ensayos se encuentran "El ensayo y la mujer pública: Rosario Castellanos como intelectual,", "Franciscan Utopia and Mestizo Discourse in New Spain", "Tradición e historia en la narrativa femenina en Chile: Petit y Valdivieso frente a la Quintrala" y "Autobiografía y escritura conventual femenina en la colonia." También ha publicado un libro titulado (Re)descubrimiento y (Re)conquista de América en la ilustración española (1994), donde discute la mitificación de América dentro del discurso imperial español. Actualmente trabaja en su próximo libro dedicado a la novela chilena femenina titulado Gendering Nature and Nation: The Narratives of Marta Brunet and María Luisa Bombal.

 

El siguiente ensayo analiza el texto El Padre Mío (1989) de Diamela Eltit como escritura posmoderna que subraya la agudización de la fragmentación social y del sentido de comunidad en el Chile dictatorial. El referente utilizado por Eltit es la figura histórica de un esquizofrénico que habita un descampado a las afueras de Santiago. Su habla se convierte en lenguaje (des)ocultado de la mirada pública, que arroja trozos y desechos lingüísticos "sin principio ni fin", encerrando al sujeto que lo enuncia en su propio delirio. Para Eltit este lenguaje revela la memoria trizada de todo un país; su crisis se ejemplifica en este personaje vagabundo y excluido de todos los circuitos del poder, señalando el reverso de la imagen oficial del país. En la capacidad de desborde total, radica la cualidad barroca de un delirio informado y transgresor, que se sitúa más allá de un mero caso clínico y se vincula a la estética de Eltit. La escenificación de los márgenes y de la precariedad de los sujetos y las verdades, propias de la escritura de Eltit, aparecen también en El Padre Mío en un monólogo "trágico y burlesco" que nombra el poder hasta la sin razón.

El padre aparece despojado de toda su autoridad y masculinidad y su discurso reducido a "encadenamientos silábicos" traspasados por la ilegalidad, la corrupción, los avisos comerciales, el discurso económico y el dictatorial.

 

La producción literaria de la escritora chilena Diamela Eltit (1949), inaugurada en la década de los ochenta, se ha definido como una escritura neovanguardista de resistencia que cuestiona tanto el poder como los sistemas oficiales de representación.1 Dentro del clima de represión y censura instaurado por la dictadura en Chile tiene lugar el desarrollo de una contracultura, cuyas manifestaciones artísticas y escriturales se inscriben fuera de las instancias institucionales. Se genera un espacio y discurso democrático alternativo, cuya propuesta es romper con el ámbito cultural imperante y la tradición heredada. La escritura de Eltit es de una ruptura radical en tanto que lleva a los límites la posibilidad de crear nuevas significaciones sobre el otro y la alteridad que radica en lo marginal, construyendo un espacio literario que confronta los valores canónicos, como ha señalado Susana Santos (Santos, 1992: 7).

El discurso de Eltit se construye a través de un universo de la periferia, donde voces subalternas se erigen en agencias vitales de contextos sociales y políticos marginales. La preocupación que ocupa gran parte de este proyecto, se vincula a la transgresión y resistencia de las "escenas del poder" y sus instancias autoritarias (Ortega, 1990: 229-241 y 1993: 53). La gran mayoría de sus textos han sido producidos dentro de la dictadura, donde la censura y la represión fueron las formas del poder bajo un progresivo proceso de desnacionalización.2

La resistencia de la escritura de Eltit se produce en los espacios de los márgenes, ámbito social donde posiciona su estética y su palabra. De aquí nace un sujeto fragmentado y descentrado, en el cual el poder ha dejado cicatrices, desechos y fragmentos de un mundo donde sólo subsiste la palabra rota, vacía de sentido trascendente. La ambigüedad y la duda marcan este lenguaje que explora las fronteras de lo excluido, de aquellas voces que han sido expulsadas fuera de lo socialmente aceptado. Este universo literario se constituye a partir de las voces de los indigentes y de quienes habitan la marginalidad en sus diversas modalidades de exclusión: pobres, locos, presos y vagabundos recorren los mundos de Eltit, siendo el vagabundaje la condición que los define. La crítica Nelly Richard ha definido este imaginario como un "imaginario nómade" y fluctuante, marcado por la itinerancia provocada por el exilio, el descentramiento del sujeto, la periferia y lo femenino (Richard, 1996: 141-151; 260-269). El vagabundaje es estado y atributo lingüístico del habla de los sujetos indigentes y del lumpen del universo de Eltit. Los significantes de las hablas deambulan y cambian de posiciones; recogen registros, diversos géneros sexuales y narrativos tanto populares como cultos. Sus significados chocan, colapsan y se multiplican traspasados por la diversidad cultural y social que forma el mundo de la exclusión.

El discurso de Eltit recoge y asume la identidad de los elementos populares y marginales latinoamericanos, usando los chilenos como un conjunto y acumulación de elementos esencialmente heterogéneos y desiguales, que se combinan y recombinan en un movimiento constante. Eltit explora un discurso de la fragmentación que amplía a través de la marginalidad, la duda, la ambigüedad, la negación y los sentidos reprimidos (García-Corales, 1990: 72 y 1992). En el panorama actual de transculturación y transexualización que vive la cultura latinoamericana, la estética de Eltit evidencia el cambio y la crisis que marca las identidades sociales e individuales (Valdés, 1996: 244).

La fluidez que caracteriza este juego y choque origina una multiplicidad de significados que se desencadenan e irrumpen en un mundo dinámico y metafórico. De aquí su estética neobarroca y la visión de la cultura como una acumulación de sustratos de distinta procedencia histórica y cultural que amalgama elementos pre-hispánicos y españoles en formas lingüísticas orales y escriturales marcadas por su estatus colonial, y por lo tanto, de copia y simulacro de la metrópolis. En el carácter esencialmente híbrido y mestizo de la escritura de Eltit tiene su origen precisamente la mixtura de elementos dispares y contradictorios que se desbordan y descentran en un permanente encadenamiento de formas. Lo constitutivo de este lenguaje y sensibilidad sería su extremo travestismo verbal, el cual llega a una especie de "apoteosis" de la artificialización como ha señalado Severo Sarduy. Eltit da un paso más al convertir este disfrazamiento lingüístico en un proceso desintegrador del sujeto, cuya siquis ha sido ocupada por un torrente de voces que se contradicen, mienten y desdicen hasta el sinsentido.

La identidad del sujeto esquizofrénico en el texto que analiza el presente ensayo ha quedado reducida a la trasposición de fonemas cuyo único signo vital es la voluntad de convencer, "de mostrar de modo indubitable" la deformación reiterativa de su verdad. En este sentido, el discurso esquizoide y la escritura de Eltit comparten el universo neobarroco delineado por Sarduy, en tanto que surgen de "las márgenes críticas o violentas de una gran superficie", de un espacio excéntrico de América, marcado por la ambigüedad y la multiplicidad. La opacidad y lo indescifrable de este discurso apuntan hacia el disfrazamiento de la palabra bajo distintos discursos y a la pérdida de sentido.3 En esta reapropiación de los márgenes, Eltit desarrolla una nueva política discursiva que articula un espacio participativo y no excluyente, donde la marginalidad se vuelve sitio de transgresión del orden y supone un nuevo imaginario.

La crítica contemporánea ha prestado especial atención a esta cualidad transgresora de los textos de Eltit, donde la representación se deconstruye a través de modos de simbolización y significación de ruptura. Como Eltit misma ha afirmado en entrevistas, la dictadura y el libre mercado han creado un sector social chileno precario y abandonado dentro de una geografía cultural y política que privilegia el consumo del lugar común y lo light. El ensayo de Eltit titulado "On Literary Creation", (1992) el único hasta la fecha en inglés, reitera esta visión en la producción literaria y la estrecha relación con lo marginal dentro de un discurso de la precariedad y la crisis del sujeto latinoamericano.

Dentro de este espacio cultural descentrado, Eltit ha optado por una escritura cuya política escritural se sitúa en los bordes de lo social, espacio que explosiona los significados de aquellos cuerpos desplazados de los centros del poder. Eltit se instala precisamente en la omisión realizada por el discurso dominante, en el lugar de la carencia y la precariedad de un cuerpo social condenado al ocultamiento de la mirada pública. Su interés por lo marginal se relaciona con un proyecto estético-cultural que busca "el negativo, el reverso de lo propio, lo que permite ser lo que somos" ( 16). La política de su escritura coincide con una mirada casi naturalista que afirma la vida de la marginalidad como fuerza social y estética, cuya potencialidad radica en trastocar el orden imperante (Piña, 1983:40).

Su escritura asume la descentralización del yo y señala la tensión y desequilibrio de una subjetividad en proceso y movimiento. En su apropiación del discurso sicoanalítico y posfeminista, el discurso de Eltit desencaja los registros ideológico-culturales hasta explosionar la unidad lingüística que une el sentido. Este gesto de "desocultamiento posmoderno", como lo denomina Richard, define la periferia latinoamericana como espacio de trasplantes e injertos de signos disparejos y disímiles que conforman una estética de la "impureza del collage" de una cultura barrroca y femeninizada, marcada por la alteridad y la heterogeneidad. En diversos artículos y estudios Richard (1989, 1993 y 1994) discute los múltiples aspectos representacionales y la opacidad que caracteriza a las producciones culturales de la posmodernidad chilena durante y después de la dictadura.

Los textos de Eltit se construyen a partir de los trozos, vocablos y hablas de un cuerpo social reprimido y relegado. De este modo, recoge una sensibilidad que de otra manera permanecería silenciada y alejada de la producción cultural y condenada a la desaparición. A partir de los márgenes sociales, Eltit ha definido su proyecto como una restitución de la "estética que pertenece y moviliza esos espacios y da[r] estatuto narrativo a esas voces tradicionalmente oprimidas por la cultura oficial y estropeadas por una narrativa redentora". (Ortega, 1990:232). Su propósito se aleja de la misión realista y salvadora de los sectores sociales más explotados y señala una zona social oscurecida mediante una crítica de la representación.

De acuerdo a Richard, la escritura posmoderna que critica la representación mimética y realista, entiende la realidad como artificio y construcción social, como un efecto de significación. A partir de este supuesto la atención se centra en las técnicas discursivas y en los mecanismos institucionales que fabrican y circulan sentidos (Richard, 1989: 64-65). Esta actividad cultural oposicional desafía el carácter ideológico de los procesos de significación y los modos en que éstos constituyen la subjetividad, como apunta Richard (1993:38). La escritura de Eltit se inscribe dentro de este paradigma crítico y disidente que erosiona los convencionalismos culturales y retóricos dominantes.

El texto El Padre Mío (1989) puede leerse dentro de esta línea posmoderna de la escritura de Eltit, la cual subraya la agudización del proceso de pauperización social y la dislocación del sentido de comunidad tradicional en el Chile dictatorial, como ha apuntado García-Corales (1992: 209). A diferencia de sus novelas, este texto tiene un referente real en la figura de un esquizofrénico que vive en un descampado en los alrededores de Santiago y con quien Eltit tiene tres encuentros entre 1983 y 1985. La búsqueda de un punto de apoyo cultural al proyecto de rescatar la figura ocultada del esquizofrénico, la encuentra Eltit en "La Séquestreé de Poitiers" (1930) del escritor francés André Gide. El texto de Gide recoge los testimonios que documentan los veinticuatro años de reclusión en condiciones inhumanas de Mélanie Bastion, castigo impuesto por su familia al haber quedado embarazada siendo soltera. El confinamiento de por vida en la casa materna en una pequeña habitación en estado de total abandono, salen a la luz en un juicio que escandaliza a la opinión pública de la época y que Gide sigue de cerca. La secuestrada de Poitiers y el esquizofrénico de El Padre Mío comparten la condición de exclusión social, indigencia y locura. Ambos permanecen ocultos a la mirada pública, la secuestrada mediante el encierro y el Padre Mío por su exilio social.4

Eltit aparece en este texto como vehiculadora de múltiples y fluidos sentidos culturales del vagabundaje urbano, al atravesar la línea que divide la frontera entre la ciudad y la marginalidad lumpérica. El sujeto de El Padre Mío se individualiza dentro del mundo del vagabundaje que recorre Eltit, a través de su lenguaje. A diferencia de las otras figuras marginales que deambulan por calles y rincones de este espacio cercano al arrabal, cuyos cuerpos son textos de apropiación ornamental esculpidos plásticamente, el sujeto de El Padre Mío se articula discursivamente. Su voluntad se manifiesta a través de un neobarroco lingüístico con un relato carente de "principio y fin" que estalla en cada locución, explosionando al yo que lo enuncia. Su habla delirante y sicótica se transforma en discurso de lo que Kristeva llama lo abyecto, de la desposesión que devuelve a lo social su imagen inversa: el espectáculo de una sociedad en crisis, acechada por el miedo y en ruinas. El hermetismo esquizofrénico contiene lo que Silla Consoli denomina los vestigios momificados de un habla que estuvo dentro del circuito de intercambio lingüístico (Consoli, 1979: 38). En este discurso Eltit descubre una estética común a la suya, donde el lenguaje no es vehículo para hablar de algo, puesto que casi no hay historia ni anécdota, sino que se convierte en protagonista (Piña, 1983: 41). Eltit inscribe un significado metafórico en la Presentación del texto:

"Es Chile, pensé.

Chile entero y a pedazos en la enfermedad de este hombre; jirones de diarios, fragmentos de exterminio, sílabas de muerte, pausas de mentira, frases comerciales, nombres de difuntos. Es una honda crisis del lenguaje, una infección de la memoria, [...]" (17).

El Padre Mío nos devuelve la imagen de un sujeto estallado por la locura, en estado delirante y autorreferente. Es el mensaje de un iluminado, un orador que se sabe escuchado y que, por lo tanto, procede a revelar la verdad de su palabra. Esta se construye, como apunta Consoli, a través de la desviación delirante o de la incoherencia lógica para efectuar el desprendimiento simbólico de la madre, cuyo precio es la exclusión de la comunidad. La tentativa de configuración del imaginario sicótico se presenta, según Consoli, como un conjunto de paradojas y hermetismos de la verdad a la que el sujeto aspira. Su búsqueda es casi mística en cuanto al deseo de acceder a un saber total de sí mismo y del universo (Consoli, 1979: 42, 51-52).

El aspecto más político de este proyecto radica en su intento de realizar una geografía del discurso esquizoide, actualizando la verdad de un sujeto anónimo que vive a la intemperie del sistema social, habitando desde un largo tiempo un eriazo. Su físico subraya las condiciones en las que ha sobrevivido: "enjuto, rigurosamente limpio y estragado por las condiciones climáticas a las que se ha sometido" (15). Lejos de toda comunidad, sobrevive y se individualiza por un relato que revela "la detención de su mente en un punto fijo": el terror al Padre/Ley, que es "el señor Colvin que es el señor Luengo, el señor Pinochet, el Padre Mío [..] " (30). Se ha desprendido incluso de su nombre por el terror. Como ha apuntado Ivette Malverde, desde el título la denominación "Padre Mío" adquiere múltiples sentidos, al aludir por una parte al nombre que Eltit le otorga en la Presentación al esquizofrénico; por designar a la figura donde confluyen todos los poderes, y por establecer una relación filial-literaria entre la hija —Eltit— y el padre —el ezquizofrénico— (Malverde, 1993:155-158).

La voz del Padre Mío nombra circularmente palabras y grafemas inconexos que se encadenan en una sintaxis fracturada y poliforme. El lenguaje escenifica la "existencia rigurosamente real de los márgenes en la ciudad", a través de palabras vaciadas de sentido y lógica, entregadas a la "persecución silábica", al "eco encadenatorio de las rimas", a "la situación vital del sujeto que habla " (16). El habla está al borde del vacío y su verdad proviene precisamente de esta posición. De esta manera, la relación entre espacio social y universo simbólico se estrecha, ya que el excluido se apropia de la palabra y se vacía en cada enunciación, haciendo un paralelo lingüístico con el lugar que habita (Malverde, 1993: 161). Así lo reconoce la hija hablante de la Presentación al decir que "el mérito de su habla radica, precisamente, en su estrecha relación con el lugar, proyectándolo más lejos que un simple caso clínico" (18). Es esta capacidad de desborde lo que signa la cualidad barroca de un delirio informado y transgresor, vinculada estrechamente a la práctica literaria de Eltit y su posmodernidad. La escenificación lingüística del delirio de un esquizofrénico en los márgenes de la sociedad chilena, revela una realidad que en palabras de Frederic Jameson no puede desconocerse: los bordes de lo real, de la necesidad, o lo que Eltit denomina la precariedad, apuntando a la incertidumbre, la inestabilidad y provisionalidad de las verdades y los sujetos (Williams, 1995: 74).

La fragmentación absoluta del sujeto que toma del pasado y del presente pedazos heterogéneos de saber e información, se combina con lo oral, los medios de comunicación y la producción escrita en una especie de collage. El Padre Mío pone de manifiesto la crisis cultural y social que atraviesa la sociedad posmoderna y las especificidades que esta condición adquiere en la periferia.5 Eltit concibe al sujeto latinoamericano en alto riesgo, un sujeto amenazado por un crónico estado de pobreza, marcado por las colonizaciones y dependencias (Ortega, 1990: 233).

El desnudamiento y las gesticulaciones marcan un monólogo "trágico y burlesco" que nombra el poder hasta la sinrazón, a través de la angustia y "dolorosa prisa de comunicar" su propia y verdadera historia, reiterada continua y fugazmente en la circularidad. Foucault define el lenguaje de la locura como el de la razón, pero envuelta en la imagen, limitada al espacio de la apariencia que la imagen define, formando, fuera de la totalidad de la imagen y de la universalidad del discurso, una organización abusiva, singular e insistente. El lenguaje es la primera y última estructura de la locura, su forma constitutiva. En él se basan todos los ciclos en los cuales la locura articula su naturaleza. Como consecuencia, el discurso delirante revela una pasión desprovista de todos sus límites para afirmarse y adherirse a la imagen que lo libera (Foucault, 1965: 95 y 100). El discurso de la locura puede entenderse como otra zona de la negatividad posmoderna que muestra el decaimiento de los ideales de la razón absoluta y la crisis por la que atraviesa la cultura latinoamericana, como lo ha demostrado Richard (1993: 79).

El discurso delirante es irrefutable y, por lo tanto, no acepta ni concibe la duda frente a una verdad incuestionable. Las tres hablas de El Padre Mío convierten la autorreferencialidad en realidad exclusiva y única, cuyos contenidos se reciclan a través de residuos culturales provenientes de titulares de periódicos, nombres de jugadores de fútbol, cantantes de tango, figuras políticas, fragmentos informativos y noticiosos que la memoria esquizoide devuelve como jirones en desorden. Conforman un collage a base de retazos y sobras de un orden trastocado, cuyos sentidos se pluralizan fragmentaria y espectacularmente. A modo de espejo cóncavo este sujeto, como otros rostros marginales del mundo de Eltit, pone en duda las evidencias, las diferenciaciones y los roles supuestos, como los modos aceptados de la representación (Ortega, 1993: 80). La sicosis, el delirio de persecución y las identidades fluctuantes bosquejan un sujeto atrapado en la circularidad de formas lingüísticas que lo sitúan como centro y margen simultáneamente de un mundo móvil. La deslegitimización de un saber y verdad absoluta se realiza mediante la desestabilización permanente del sentido y la imposibilidad de fijar significaciones (Richard, 1989: 43). Es precisamente en el discurso delirante donde Foucault sitúa la verdad última de la locura, al ser ésta el principio organizador de la forma y de todas sus manifestaciones corporales y espirituales (1965: 97). Los quiebres lingüísticos sucesivos y reiterativos constituyen una especie de nueva elegía del padre desposeído, quien delirante se asume en diversas máscaras públicas y prestigiosas, simulándose en otros hasta el vaciamiento:

"Si yo hubiera ejercido mi trabajo desde el tiempo que estoy planeado con los entrenamientos, yo habría desarrollado mi físico, sería un hombre perfeccionado: un facultativo, un hombre de ciencia. Mi ayudante fue elegido el señor Eduardo Frei." (39).

Atraída, entrampada por la fuerza de su voz, Eltit la recoge y transcribe fidedignamente. Como acertadamenta ha observado Malverde, Eltit pacta con el habla y se convierte en la hija cómplice del padre desprovisto y abandonado, y por lo tanto, igualado a ella en la territorialización del poder (Malverde, 1993: 160). En este sentido, el texto continúa la preocupación de Eltit con lo femenino y su posibilidad como nuevo punto de origen simbólico y liberador. El sujeto masculino (el padre) se verbaliza y textualiza mediante el re-conocimiento de la hija, portadora del habla residual, por su propia diferencia señalada en su no-lugar en los códigos normativos. Lo femenino en Eltit es un contradiscurso como ha afirmado Ortega, que se materializa en la transgresión de códigos estéticos y morales al textualizar imaginarios bien reprimidos o desplazados culturalmente (Ortega, 1993: 76 y 91). La hija libera el delirio del padre de sus referentes clínicos a través del "juego literario" entre delirio, realidad e imaginación, contribuyendo a que el discurso se constituya en signo de una experiencia marcada por la exclusión (Malverde, 1993:160). El discurso delirante afirma la verdad del inconsciente, verdad que rompe las reglas del buen sentido, de la buena conciencia, de la lógica y de la moral (Consoli, 1979: 65).

El padre ha sido despojado de su autoridad patriarcal por el poder autoritario que lo ha reducido al torrente silábico como único signo de autoafirmación vital. Su discurso muestra "la erosión de la masculinidad como arquetipo de la representación", la cual aparece sustituida por una cultura femeninizada (Richard, 1989: 67 y 1993: 41). La hija se compromete en un pacto discursivo con el relato paternal al percibir la urgencia de que su voz se escuche y no se diluya.

Las identidades, lugares y acontecimientos que el discurso del padre va nombrando aparecen estallados, intercambiables y consumibles, traspasados por el discurso económico y dictatorial, por la ilegalidad y la corrupción:

"[...] porque el Padre Mío subsiste de ingresos ilegales bancarios de concesiones y de solicitud personal de la Administración. [...] El da las órdenes generales de las Fuerzas Armadas aquí en el país. [...] El Pisa-Huevo que había en la Quinta Bella me conoce desde hace muchos años, me llevó a la propiedad de don Omar, que tiene una industria cerca de Pedro Donoso, me estuve ganando ocho, quince, dieciséis millones de pesos cuando salí de ahí." (49 y 50).

La ruptura sintáctica coincide con la ausencia de un sentido único y totalizante que abarque todos los discursos y todos los planos de lo real. En el corte/vacío que ha quedado en el habla esquizofrénica, se inscriben las jerarquías, desigualdades sociales y culturales de la violencia y terror que recorre todo un sistema social (Brito, 1990: 172). Entre los rasgos posmodernos aparece el valor incierto de los sujetos como mercancías o como "productos comerciales" dentro de una sociedad de consumo de relaciones alienadas (Williams, 1995: 74). En esta cultura la marginalidad representa un espacio y fuerza de resistencia a partir del cual se originan formas de significación que transgreden los discursos establecidos y tienen el potencial de "reventar el sistema" (Piña, 1983: 40).

Este texto, al igual que otros de Eltit, señala el desvarío y las relaciones de poder como parte integral de la cotidianidad. La ruptura se manifiesta como subversión del discurso del poder, llevando la experiencia del margen al centro de la indagación estructural y semántica. Son estas expresiones de resistencia las que poseen un carácter transformador y transgresor del orden social y de la linealidad causal del relato tradicional. El lenguaje desorganizado e irracional del esquizofrénico encuentra paralelos en la modalidad estética de Eltit, en su reiteración de la fragmentación, las proyecciones concéntricas y la mutiplicidad sin dirección de una memoria trizada por la mixtura y revoltura de signos (García-Corales, 1992: 202 y 218). Sobre este aspecto, Richard ha teorizado haciendo hincapié en la exacerbación translineal de la posmodernidad latinoamericana contenida en su "multitemporalidad abigarrada de referencias disconexas y memorias segmentadas", por su condición periférica, subordinada e imitativa (Richard, 1994: 217). Estos rasgos son parte del repertorio marginal de Eltit y convierten su escritura en un radical cuestionamiento de los sistemas de poder y sus formas de representación del sujeto y el sentido. El Padre Mío reitera la fragmentación de la memoria y la pérdida de sentidos comunitarios y colectivos de cohesión. Sólo quedan significantes dispares y momificados tras la territorialización de un poder que ha fracturado tanto la identidad como los arquetipos representacionales de la nación.

 

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NOTAS

1 Una primera versión de este trabajo fue presentada en la Conferencia Anual de la Midwest Language Association en Minneapolis, Minnesota el 7 de noviembre de 1996.

2 Este proceso de desnacionalización al que se refiere Santos se desarrolla mediante la implementación de una economía de mercado basada en la rápida privatización de los recursos y las empresas nacionales. Dicho proceso continuará acelerándose a través de un sistema económico que privilegia la libre inversión y la atracción de capitales extranjeros en detrimento de los derechos laborales y sociales.

3 De especial interés es la coincidencia que se observa en la noción de Barroco utilizada por Eltit en la Presentación al Padre Mío y la teorización que del estilo y género realiza Severo Sarduy en sus Ensayos Generales del Barroco y Neobarroco, en su ensayo "El Barroco y el NeoBarroco". Sus categorías sobre la artificialización, la simulación y la impostura como características de la teatralización barroca y su travestismo son análogas a las que maneja Eltit. Consultar particularmente las págs. 60, 68, 69 y 102 del libro y las págs. 168-169 del artículo.

4 Estos antecedentes los obtuve en una entrevista con Diamela Eltit en Santiago en enero de 1996. El texto de Gide es significativo y está estrechamente vinculado al de Eltit, pues en ambos la función del escritor es posibilitar otro sentido a la existencia y situación del recluso/desposeído. Su discurso se plantea de forma oposicional al discurso legal y al médico.

5 El libro de Cornel West Prophetic Reflections: Notes on Race and Power in America (1993) analiza la dimensión social y política que adquiere la posmodernidad en las sociedades periféricas y los puntos en común que tiene con la situación de las minorías de los Estados Unidos

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