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Literatura y lingüística

versión impresa ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  n.13 Santiago  2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58112001001300014 

 

Una mirada lírica
sobre dos poemarios

 
Guillermo Carrasco Notario,
Amor y Laberinto,
Cervantes y Cía. Editores, Santiago, 2001.
 
Gladys Mora E.
UCSH / Univ. Católica de Valparaíso


Sin escudriñar demasiado en las técnicas oficiosas literarias que se podrían desprender de las lecturas de este poemario, y dejándonos llevar pasivamente por los vericuetos y laberintos de esta mirada lírica, podríamos establecer en ella una línea separatoria de su intencionalidad poética.

Tal como está organizada su distribución es, hasta la tercera parte, una invitación a un sí mismo recogido, que fluye quieto, lento, suave, para detenerse en los efectos, conmocionados de impresiones tiernas, amorosas o reflexivas, reflejos mágicos de lo que libremente y al azar selecciona. La cuarta y última selección amerita, una lectura más detenida por su impacto sobrecogedor.

Amor y Laberinto, compuesto de diversas figuras paranomásicas que atraen por su bello lirismo, como «Desnudo el amor me espera / y yo me desnudo a su encuentro», o bien la paradójica llama oscura que lo embelesa y lo refresca, un tren que lo acoge en el amor, un pintor viejo que lo hace meditar, el poeta desdoblado que se contempla a sí mismo en un transitar vacío y pleno al mismo tiempo.

Los Poemas Helénicos nos mecen sin estrépito en el canto hacia los otros, Kavafis, Alejandro, el macedonio, Suetonio, Antinoo, Prometeo, Plotino, o el último Heleno. Hasta allí, divagamos acunados en la mirada caprichosa de un hablante lírico que traduce las resonancias clásicas en un aliento de reminiscencias solidarias de un pasado irrepetible, «Después de todo / no es cobardía seguir viviendo, / desear / ­porque no se tienen bríos­ / para conseguirlo ya / que lo dulce y noble/ de otrora desaparezca, / para hacerse anónimo / repitiendo el prosaico griego / de esos Evangelios».

Cuaderno de Viejos Poemas de 1995, nos vuelve a situar en sus pensamientos trasuntados a otros, desconocidos del mundo, que vuelven como hechizados, encantados por la magia de sus palabras, glorificados por su conmiseración para existir: «Ah, Capitán, cuánta sangre vertida / para afianzar tu sangre, / para ganar mi sangre. / Habrías sufrido, / que más allá de mí / no llegaría tu aliento.»

Filológico I, Filológico II y Filológico III, nos envuelven en el clima brumoso del acontecer de la existencia «La música me invade como un recuerdo / (cada recuerdo es una soledad agregada), / me dejo desatar en su cadencia. / Hace mucho que no estaba así, / contento, / tan libre de la preocupación lacerante / por justificar la vida.»

Y entonces, aunque nos parece riesgoso, no resistimos la tentación de volver irremisiblemente a lo que el poeta ha dejado al final de este texto: Poema Inicial de 1987, en el que es imprescindible detenerse por el estampido que significa en cuanto a la subyugante manera que esta voz lírica seduce casi maléficamente en el caudal de su metáfora, despiadadamente envolvente para un lector que se había dejado llevar en la inocencia de sus divagaciones pregnadas de imágenes sutiles de candoroso contenido.

La muerte, el tormento que acucia a todo poeta, se despliega desafiante, tentadora y despreciable en fuerte expresividad retórica, recordándole a su conciencia la tragedia de la fugacidad de toda vida. La soledad es, «lo más profundo en el alma y en la conciencia / y en el pensamiento» (...) «La muerte es el tiempo jugando a ser escarcha (...) es astuta y nos aguarda en cada rito.»

La comparación, la dinamificación, la humanización, la deshumanización, la magnificación, el cromatismo, las sinestesias, las visiones y las matáforas, el empleo de los imperativos que prestan énfasis a la ironía y sirven como elementos intensificadores de las diversas emociones:

Azotadme con muertes injustas
arrojadme estrellas inciertas
pobladme de enigmas y estatuas
devoradme hecho voz en la nieve
alumbradme en incestuoso cortejo
postradme entre los meses como a un deudo
hacedme esclavo en mi propia jaula
cortadme el ancla en el vacío
vestid de escarcha cada meta
poned crepúsculo en los templos
matad de susto a los vecinos
entrad de súbito a toda casa.»

El poeta se desdobla y se increpa con mordacidad. El lenguaje se vuelve cruel y cuestionador:

«Quién te ha dicho teme y morirás?
quién te arrebató la pequeña gloria
que llevabas en la garganta
como un escapulario contra la muerte
y te ha dejado solo y despierto
en la llanura de tu ser que se apaga? (...) Habla.
con la rosa de los vientos en el ojal
habla.

Con lágrimas de narciso en el cabello,
habla.

Con lenguas de clavel en la mirada,
habla.

Con horrible florilegio de verdades,
canta.»

El Poema Inicial de Carrasco Notario es, sin duda, la expresión lírica que devela la fuerza de su canto, desplegado en torrentes agónicos y desafiantes, y el mérito lo consigue haciendo trascender la palabra, desbordándola de sus límites sin que por ello se trasluzca un agotamiento del signo. Amor y Laberinto divide las dos vertientes de este texto que lo simbolizan excelentemente.

Susy Delgado, Ayvu membire, Hijo de aquel verbo
Edit. Arandura, Asunción, 2001

Este conseguido libro de poemas es una edición trilingue -castellano, inglés y guaraní- introducida por Susan Smith Nash. Más allá del verbo, casi un canto al placer de la existencia es la poesía de Susy Delgado. Lo que parecieran querer alcanzar sus palabras son las palabras mismas. Alcanzarlas, arrebatarlas no de su propia etimología, sino recogerlas desde su génesis sonora. Su canto persigue al canto mismo en sucesivas perífrasis indagatorias, que juegan, que transforman lo cotidiano, lo ordinario en extra ordinario, configurando un lenguaje de amor al prodigio del lenguaje.

La voz poética quisiera desentrañar su propia voz en infinita ronda que se recoge hacia lo mínimo, lo minúsculo, lo sutil, la pequeñez:

«(...) voy imitando
esa lloviznita,
ese viento suave, ese arroyo manso»

La voz se esconde como un tesoro que la poeta usa para dar voz, para dar vida a aquello que la enternece:

«Chiquito,
chiquito,
Hijo de lo chico.
Algo muy bajito,
que ande a ras del suelo
y sepa mirar
hacia el alto cielo».

Canto al canto, a la oscuridad que cierra una voz, a la memoria, a lo diminuto, a lo imperceptible, a lo delicado y tierno, a la contemplación dulce de lo simple, lo verdadero.

No hay dolor en ello, sino una suerte de puerilidad y empeño en romper un límite que le parece el mágico resorte que comienza todo de nuevo, pero es un devolverse a nivel de sonidos, devolverse en el tiempo que encierra el devenir de la humanidad, y devolverse hacia sí misma como desgajándose hasta sentir el aliento como un ovillo escondido es lo que pareciera anhelar la poeta:

«Ay... si sucediera
que en mi alma despierte
el aliento,
que el habla despierte,
Ay, si sucediera
que el habla viviese
en la huella del habla
de mis antepasados.
Despierte ese hijo
del verbo,
la memoria».

Ese despertar como la personalización del nacimiento de un verbo chiquito, de un verbo niño que cuente al oído lo que significar ser sonido, ser voz, ser la magia, al desplegarse como tal y ser finalmente libre desde su cuna, que sería lo que representaría la epifanía del canto, la luz que dará luz a la interioridad de esta voz poética. Al mismo tiempo, lo que deleita, es la sencillez para expresar en un lenguaje fácil, casi exento de retórica, pensamientos, divagaciones y motivos nada afectados, nada ostentosos sino que puros, casi adánicos, simplemente, bellos.

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