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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  n.66 Santiago ago. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962007000200003 

ARQ, n. 66 Espacios de trabajo / Work spaces, Santiago, agosto, 2007, p. 19-23.

Notes English

LECTURAS

Una ciudad flexible de extraños(1)

Richard Sennett*

* Académico en The London School of Economic, Londres, Inglaterra
   Profesor en New York University, Nueva York, EE.UU.


Resumen

Las ciudades, aún cuando tienden a perder su encanto en la medida en que se transforman en espacios estandarizados e impersonales, mantienen la capacidad para atraer a las personas. Los individuos están de paso y las empresas no están ancladas a la ciudad ni se hacen responsables de ella. La convivencia se transforma en una suerte de tregua fundada en la indiferencia mutua.

Palabras clave: Sociología urbana, nuevo capitalismo, flexibilidad laboral, espacios estandarizados, producción industrial.


 

NUEVO CAPITALISMO, NUEVA AISLACIÓN / Antes la gente venía a la ciudad en busca del anonimato, de la diversidad y de la libertad para conocer a otros. Las ciudades también representaban lugares de lucha colectiva y de solidaridad. Actualmente, y justo cuando el lugar de trabajo se ve afectado por un nuevo sistema de trabajo flexible, las ciudades también arriesgan la pérdida de su encanto, así como las empresas y la arquitectura se vuelven cada vez más estandarizadas e impersonales.
Las ciudades pueden estar mal manejadas, propensas al crimen, sucias y decadentes. Sin embargo, mucha gente considera que vale la pena vivir inclusive en la peor de ellas. ¿Por qué? Porque una ciudad tiene el potencial de convertirnos en seres humanos más complejos. La ciudad es un lugar donde las personas pueden aprender a vivir con extraños, a compartir experiencias e intereses de vidas ajenas a las suyas. Lo rutinario aturde la mente mientras que la diversidad la estimula y la expande. La ciudad le permite a la gente desarrollar un sentimiento más rico y más complejo de ellos mismos. Las personas no son únicamente banqueros, o barrenderos municipales, afrocaribeños o anglosajones, de habla inglesa o española, burgueses o proletarios: pueden ser parte de estos o todos estos y más. No están sujetos a un esquema predeterminado de identidad. Las personas pueden desarrollar imágenes múltiples de identidades. Sabiendo quiénes son, pueden cambiar según con quien estén. Este es el poder de lo desconocido: la libertad de una definición e identificación cualquiera.
La escritora Willa Cather vivía atemorizada en un área rural de Estados Unidos por miedo a que se descubriera su condición de lesbiana. Cuando finalmente en 1906 llegó a Greenwich Village en Nueva York, le escribió a una amiga: “finalmente, en este lugar indescifrable, puedo respirar”. En público los citadinos pueden usar una máscara impasible, actuar de manera fría e indiferente hacia otros en la calle; sin embargo, en privado pueden ser despertados por esos contactos extraños, y sus certezas sacudidas por la presencia de otros.
Estas virtudes no son inevitables. Uno de los grandes temas de la vida urbana es como conseguir que las complejidades de una gran urbe interactúen para que las personas puedan ser verdaderamente cosmopolitas y cómo convertir las calles atestadas en lugares de auto-conocimiento y no de miedo. El filósofo francés Emmanuel Levinas se ha referido al sentimiento de vecinos entre extraños en una frase que captura la aspiración que debemos de tener en cuenta para diseñar nuestras ciudades.
Arquitectos y planificadores se ven enfrentados a nuevos retos. La globalización ha transformado la producción que ahora permite a las personas trabajar de manera más flexible, menos rígida y que, a la vez, permite experimentar la ciudad de otra manera. En el s. XIX el sociólogo alemán Max Weber comparó las empresas modernas con organizaciones militares. Ambas trabajaban sobre un principio piramidal con el general o jefe en la cumbre y los soldados o trabajadores en su base. La división laboral minimizaba la duplicación y le otorgaba a cada grupo de trabajadores en la base una función particular. De esta manera el ejecutivo corporativo en lo alto podía determinar cómo la cadena de montaje u oficina operaba, del mismo modo en que un general podía estratégicamente comandar a secciones militares desde su mando de control. Y a medida que progresaba la división de trabajo, la necesidad de contar con diferentes trabajadores se expandía mucho más rápidamente que la de contar con más jefes.
En la producción industrial, la pirámide de Weber se plasmó en el fordismo, un tipo de micro–manejo militar del tiempo y esfuerzo de un trabajador el cual unos pocos expertos podían dirigir desde arriba. Esto fue gráficamente ilustrado en la planta automotriz de General Motors Willow Run en Estados Unidos, un edificio de un 1.6 km de largo y 0.4 km de ancho en el cual hierro crudo y vidrio entraban por un lado y un auto completo salía por el otro. Únicamente un régimen estricto de control laboral podía coordinar la producción a tan gran escala. En el mundo del trabajador profesional, el control por parte de corporaciones como IBM en los años sesenta reflejaba este proceso industrial.
Hace una generación las empresas comenzaron a rebelarse contra la pirámide de Weber. Buscaron remover capas organizacionales, niveles de burocracia (utilizando nuevas tecnologías de información en lugar de burócratas) y cambiar la práctica de trabajo y funciones fijas, sustituyéndolas por equipos que pudiesen trabajar a corto plazo en tareas específicas. En el marco de la nueva estrategia de negocios, los equipos compiten unos contra otros, intentando responder de la manera más efectiva y rápida a las metas impuestas desde arriba. En vez de que cada persona haga su pequeña parte particular en una cadena de comando definida, las funciones se duplican: muchos equipos diferentes compiten por realizar la misma tarea de manera más rápida y mejor. De este modo la corporación puede responder de manera más ágil a los cambios en las demandas del mercado.
Los apólogos del nuevo mundo de trabajo afirman que es más democrático que el estilo militar antiguo de organización. Sin embargo eso no es cierto. La pirámide de Weber ha sido reemplazada por un círculo con un punto en el centro. En el centro un número pequeño de gerentes toman decisiones, establecen metas y juzgan resultados. La revolución informática les ha brindado más control instantáneo sobre el funcionamiento de la corporación que el sistema antiguo, donde las órdenes a menudo eran moduladas y evolucionaban a medida que bajaban por la cadena de mando. Los equipos trabajando en la periferia del círculo se liberan para responder a metas de rendimiento establecidas por el centro y son libres también para formular maneras de ejecutar tareas en competencia una con otra. Sin embargo, no se ven más libres de decidir cuáles serán esas tareas.
En la pirámide weberiana de burocracia, las recompensas se obtenían por hacer el trabajo lo mejor posible. En el círculo de punto, las recompensas se obtienen por equipos que le ganan a otros equipos. El economista Robert Frank le llama la organización que todo gana. Este rediseño burocrático, dice Frank, contribuye hacia las grandes inequidades en el sueldo y en los bonos de las organizaciones flexibles.

NO AL LARGO PLAZO / El mantra del lugar de trabajo flexible es no al largo plazo. Las trayectorias profesionales han sido reemplazadas por empleos que consisten en tareas específicas y limitadas, y cuando dicha tarea termina también termina el empleo. En el sector de alta tecnología de Silicon Valley en California, la duración media de empleo es ahora de aproximadamente ocho meses. Las personas constantemente cambian de compañeros de trabajo: la teoría moderna de gestión afirma que la vida útil de un equipo debiera ser de al menos un año.
Este modelo no domina aún el lugar de trabajo. Más bien, representa una punta de lanza de cambio de lo que las empresas debieran ser: nadie comenzará una nueva organización basada en el principio de empleos permanentes. La organización flexible no promueve la lealtad o la fraternidad más de lo que la promueve la democracia. Es difícil sentirse comprometido con una corporación que no tiene un carácter definido. Es difícil actuar de manera leal hacia una institución poco estable que no demuestra lealtad. Líderes empresariales están ahora descubriendo que una falta de compromiso se traduce en una baja de productividad y en una reticencia a guardar secretos corporativos.
La falta de fraternidad que deriva de un no al largo plazo es bastante más sutil. Las labores asignadas en base a productos pone a la gente bajo un estrés incalculable; y las recriminaciones entre equipos perdedores marcan las etapas finales de una labor conjunta. Nuevamente, la confianza en un contexto informal demora en restablecerse. Hay que conocer a la gente. Y la experiencia de estar solo temporalmente en una organización empuja a la gente a mantenerse desconectada y sin involucrarse, bajo el entendido que uno también dejará la empresa a corto plazo.
En efecto, esta falta de compromiso mutuo es una de las razones por las que se vuelve tan difícil para un sindicato organizar a trabajadores de industrias flexibles o empresas de Silicon Valley. El sentido de fraternidad como un destino compartido con una serie de intereses comunes ha sido debilitado. Socialmente, el régimen de corto plazo es paradójico. Las personas trabajan de manera más intensa, bajo gran presión. Sin embargo, sus relaciones hacia los demás se mantienen curiosamente superficiales. Este no es un mundo en el cual deba uno involucrarse de manera profunda con otras personas o donde tenga demasiado sentido el largo plazo.
El capitalismo flexible tiene precisamente el mismo efecto en la ciudad que en el lugar de trabajo, caracterizándose por ser superficial, basado en relaciones de trabajo a corto plazo y en relaciones desapegadas hacia la ciudad. Esto se manifiesta de tres maneras, siendo la más evidente la pertenencia que se produce con la ciudad. Las tasas de movilidad geográfica son muy altas en el caso de trabajadores flexibles. Los empleados temporales representan el sector de mayor crecimiento en el mercado laboral. Enfermeras temporales por ejemplo, son ocho veces más propensas a moverse de casa en un período de dos años que enfermeras empleadas por un único empleador. En los escalones más altos de la economía, los ejecutivos se mudaban con tanta frecuencia en el pasado como en el presente. Sin embargo, estos cambios eran distintos ya que permanecían dentro del perímetro de la empresa y la empresa definía su lugar, o el nicho de sus vidas, sin importar adonde estaban ubicados en el mapa. Es justamente este enlace el que el nuevo lugar de empleo quiebra. Algunos especialistas en estudios urbanos han manifestado que para esta elite el estilo de vida en la ciudad importa más que sus empleos, con algunas zonas de tipo burgués repletas de restaurantes chic y de servicios especializados reemplazando a la empresa como un ancla.

ARQUITECTURA DE PIEL / La segunda expresión del nuevo capitalismo se asocia a la estandarización del entorno. Algunos años atrás, en un tour al edificio Chanin de Nueva York, un palacio art déco con oficinas sofisticadas y espléndidas, el jefe de una gran corporación nueva mencionó que “no calzaría con nosotros. La gente podría apegarse demasiado a sus oficinas. Podrían pensar que pertenecen aquí”. La oficina flexible no trata de ser un lugar que acoja. La arquitectura de una empresa flexible requiere de un espacio físico el cual pueda ser rápidamente reconfigurado, en su expresión más extrema la oficina puede simplemente ser un terminal de computador. La neutralidad de los nuevos edificios también llega a representar un tipo de moneda local por ser ellos unidades de inversión. En este sentido, alguien en Manila puede fácilmente comprar o vender 30.000 m2 de espacios de oficinas en Londres. El espacio en sí requiere de la misma homogeneidad y transparencia con que cuenta el dinero. Es por ello que los elementos de estilo de los edificios de la nueva economía se convierten en lo que la crítica norteamericana de arquitectura Ada Louise Huxtable denomina arquitectura de piel: donde la superficie de un edificio es diseñada detalladamente, sin embargo sus interiores permanecen neutros, estandarizados y capaces de una transformación instantánea.
De la mano de la arquitectura de piel, se ha dado también la estandarización del consumo público, una red global de tiendas que venden algunas de los mismos productos en espacios similares en Manila, Ciudad de México o Londres. Es difícil sentir apego por una tienda particular de Gap o de Banana Republic y la estandarización produce indiferencia. En otras palabras, el problema de lealtades institucionales en el lugar de trabajo –lo cual ahora comienza a traer mayor sobriedad a gerentes que alguna vez demostraron entusiasmo ciego frente a la re–ingeniería corporativa interminable– encuentra su paralelo en el ámbito público urbano del consumo. El apego y el compromiso hacia lugares específicos son minimizados bajo el alero del nuevo régimen. Las ciudades dejan de ofrecer lo diferente, lo inesperado o lo excitante. De igual manera, una historia compartida en el tiempo, o la memoria colectiva, disminuye en estos espacios públicos neutros. El consumo estandarizado ataca los símbolos locales del mismo modo en que los lugares de trabajo nuevos coartan las historias compartidas y desarrolladas entre colegas.

A simple vista, la tercera expresión de este nuevo capitalismo es menos visible. La alta presión y flexibilidad laboral desorientan de manera muy profunda la vida familiar. Las imágenes familiares en la prensa –niños descuidados, estrés adulto, desarraigo geográfico– no llegan al meollo de esta desorientación. Más bien, son las conductas mismas que determinan el mundo laboral moderno, las que destruirían el núcleo familiar de ser ellas aplicadas desde la oficina a un entorno familiar: el lema sería no se comprometa, no se involucre, piense a corto plazo. La aseveración de valores familiares por parte del público y de los políticos representa más que una resonancia con la derecha; refleja una reacción, algunas veces incoherente pero muy sentida hacia las amenazas a la solidaridad familiar en la nueva economía. El prominente crítico social norteamericano Christopher Lasch dibujó la imagen de una familia como un refugio en un mundo inhumano. Esta imagen toma particular urgencia cuando el trabajo se vuelve a la vez más impredecible y más exigente en el tiempo de los adultos. Un resultado de este conflicto, el cual está ahora bien documentado en relación a los empleados de mediana edad, es que los adultos se retiran de la participación cívica en la lucha por solidificar y organizar su vida familiar; lo cívico se convierte en una demanda más sobre el tiempo y las energías escasas en el hogar.

LOS AMADOS PASIVOS / Los efectos de la globalización en las ciudades pueden asociarse a la nueva elite global. Ellos operan en ciudades como Nueva York, Londres y Chicago evitando el ámbito político urbano. Desean operar en la ciudad pero sin dirigirla, abarcando un régimen de poder sin responsabilidad. En Chicago en 1925, por ejemplo, el poder político y el poder económico iban de la mano. Los presidentes de las 80 corporaciones líderes participaron en los consejos directivos de 142 hospitales, abarcando el 70% de los miembros de los consejos directivos de universidades e institutos. La recaudación de impuestos de 18 corporaciones nacionales en Chicago representó el 23% del presupuesto municipal de la ciudad. En contraste, actualmente en Nueva York, pocos ejecutivos líderes de corporaciones globales son miembros de los consejos directivos de instituciones educacionales y ninguno participa de consejos en los hospitales. Asimismo, ha sido bien documentada la manera en que diversas empresas multinacionales, como es la News Corporation de Rupert Murdoch, generalmente realizan las gestiones necesarias para evitar el pago de impuestos locales o nacionales.
La razón por la cual se da un cambio de esta índole se debe a que la economía global no está anclada a la ciudad en el sentido de depender del control de ella como un todo. Más bien, representa una economía aislada; literalmente aislada por su ubicación en la isla de Manhattan en Nueva York o arquitectónicamente en lugares como Canary Wharf en Londres, que se asemejan a condominios imperiales de una era más temprana. Como han demostrado los sociólogos John Mollenkopf y Manuel Castells, esta riqueza global no se escurre o distribuye muy fácilmente o más allá del enclave global. En efecto, la política del enclave global cultiva un cierto tipo de indiferencia hacia la ciudad de la cual Marcel Proust en un contexto enteramente diferente llama el fenómeno de los amados pasivos. Con amenazas de largarse e irse a cualquier parte del mundo, a la empresa global se le brindan enormes deducciones sobre los impuestos por permanecer en un lugar. Estas se asemejan a una seducción rentable la cual se hace posible gracias a la indiferencia reflejada por la empresa hacia su ubicación física. En otras palabras, la globalización posee un problema de ciudadanía tanto en ciudades como en naciones. Las ciudades no pueden acceder a la riqueza de estas corporaciones, y las corporaciones asumen muy poca responsabilidad por su propia presencia en la ciudad. La amenaza de ausencia o de partida hace posible esta falta de responsabilidad. Carecemos de los mecanismos políticos para asegurar que instituciones flexibles e inestables contribuyan de manera razonable a los privilegios que gozan en la ciudad.
Todo esto conlleva un impacto sobre la sociedad civil urbana fundado en un compromiso que a su vez se basa en la disociación mutua. Esto se traduce en una tregua por dejar al otro tranquilo y crear una paz fundada en la indiferencia mutua. Por el lado positivo, esto explica el por qué la ciudad moderna es como un acordeón el cual puede fácilmente agrandarse y acomodar a las nuevas olas de inmigrantes, los bolsillos de la diferencia se sellan. Por el lado negativo, el acomodo mutuo de esta disociación deletrea el fin de las prácticas de la ciudadanía, esto significa una comprensión de intereses divergentes así como también una pérdida de la simple curiosidad humana frente a otra gente.

Asimismo, la flexibilidad del lugar de trabajo moderno crea un sentimiento asociado a lo incompleto. El tiempo flexible se da en serie, es decir, se hace un proyecto y luego otro sin relación al primero, en vez de ser acumulativo. Sin embargo, esto no tiene sentido porque algo falta en la propia vida de la persona. Uno debe volcarse hacia los demás, hacia el sentimiento de vecino de un extraño.

Actualmente, esto sugiere una asociación con el arte de crear mejores ciudades. Necesitamos sobreponer diferentes actividades al mismo espacio, del mismo modo en que alguna vez la vida familiar se sobrepuso al espacio laboral. Lo incompleto del tiempo capitalista nos regresa al tema que marcó la emergencia de la ciudad industrial en una primera instancia. Una ciudad que quebró con el domus, esa relación espacial que antes de la venida del capitalismo industrial combinaba familia, trabajo y espacios ceremoniales públicos con espacios sociales más informales. Hoy necesitamos reparar la colectividad del espacio para combatir el tiempo en serie de la labor moderna.

Notas
1. Este artículo fue publicado por primera vez en Le Monde Diplomatique.


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