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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.34  Santiago  2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942001003400011 

VÍCTOR FARÍAS. Los nazis en Chile. Editorial Planeta, Stgo. 2000, 586 págs.

El libro del profesor Farías es el fruto de una larga y acuciosa investigación y, consecuentemente, contiene mucha información y creo que ese es su mayor (pero no único) mérito. La excelente investigación fue posible porque el autor domina perfectamente los dos idiomas que necesitó para llevarla a cabo y tiene un riguroso método investigativo.

Los nazis en Chile es además un libro bien estructurado y ordenado. Ya en el prólogo se definen perfectamente las ocho unidades temáticas que se van a tratar. Orden que se respeta.

Más todavía, es un libro que a veces nos sorprende con información francamente chocante y que de venir de un investigador menos reputado parecería francamente inconcebible. Vgr.: un episodio que no es de la época del nazismo, sino de la Alemania guillermina y que involucra a más de una de sus grandes figuras científicas: la eminencia médica Dr. Virchow, legitimó el rapto de indios chilenos del extremo sur, primero para ser exhibidos enjaulados en el zoológico y después para ser usados como "conejillos de Indias" en experimentos médicos y raciales en hospitales y laboratorios. A veces, para eludir la legislación vigente en Alemania, se enviaron a Suiza cadáveres de mujeres yaganas para que sus vaginas fueran estudiadas por el propio Virchow y otro "especialista". Luego se enviarían otros órganos (p. 84).

Pero yendo a la columna vertebral del libro me referiré a las ocho unidades temáticas, por separado, brevemente.

La primera unidad se preocupa de las instituciones y medios usados por el nazismo alemán en el extranjero. Se trata de una buena descripción, por lo demás perfectamente en consonancia con el carácter totalitario y mesiánico (en su perspectiva) del totalitarismo nazi. Como, por lo demás –mutatis mutandis–, lo ha sido de otras dictaduras totalitarias, como la URSS de Stalin.

En la segunda, más prolongada, el autor se preocupa del "Partido Nazi chileno". Pero no se trata del comúnmente conocido como el Partido Nazi chileno, el dirigido por Jorge González von Marees, famoso por el episodio del 5 de septiembre de 1938 en el edifico del Seguro Obrero, y que reunía a varias decenas de miles de simpatizantes del nacionalsocialismo de origen étnico chileno.

El profesor Farías se refiere a la que podría llamarse "Sección Chilena del Partido Nazi alemán" (Landesgruppe-Chile), donde militaban alemanes nacidos en Chile pero de sangre absolutamente germana. Vale decir, no mestizados con chilenos (el autor, tomando la palabra de un estudioso alemán que vivió en Chile y al que ya nos referiremos, los llama "bastardos"). Este grupo, con una organización similar al del Partido Nazi existente en Alemania (Fuhrer prizip, estructura jerárquica militarizada, simbología, etc.), habría llegado a tener unos 1.500 miembros hacia 1945 y habría extendido su influencia en Chile a través de los colegios alemanes, la sociedades alemanas (Deutsche Verein) y la misma Iglesia Luterana.

Con todo, no me parece que el autor demuestre fehacientemente que su influencia fuese mucha; ni siquiera considerable, ciertamente incapaz de cambiar una política de gobierno, como la que nos llevó a romper relaciones con el Eje en 1943.

Por otra parte hubiera sido interesante que el profesor Farías hubiera profundizado en la relación existente entre los dos partidos nazis en Chile: El chileno y el alemán. Ese tema sería muy interesante de abordar en el futuro.

Las tercera unidad temática abordada en el libro va precedida de una breve historia del genocidio racial nazi en Europa, bastante lograda a mi juicio. Pero su tema de fondo es la estadía, contactos e ideas de médicos alemanes en Chile y el Caribe, así como de chilenos en Alemania. En relación a los primeros, el profesor Farías se preocupa en especial de uno: Johan Shaibe, alumno de la Universidad de Friburgo, quien ya poseedor de la licenciatura en Medicina (al parecer), hizo su doctorado versando la tesis sobre el estudio racial del chileno (mestizo) y su relación con los alemanes radicados en Chile. Shaibe permaneció dos años (1934-1935) en la Universidad de Concepción, y allí pudo estudiar un universo de niños chilenos. Su tesis doctoral está estrechamente delimitada por las categorías racistas nazis, (presumiblemente tomadas de Rosemberg). Lo más interesante del estudio de Schaibe es su oposición a que descendientes de familias alemanas, que habían conservado su "pureza racial", contrajeran matrimonio con chilenos mestizos, los "bastardos". Receta que, por fortuna, la colonia alemana en Chile no ha seguido.

Pero Schaibe es una caso aislado y sabemos que eso no constituye prueba en historiográfica. Lo mismo vale para el caso del Caribe donde también se estudia un caso aislado en "Colonia Tovar", Venezuela.

Más interesantes son las conclusiones que el profesor Farías obtiene de las numerosas estadías de médicos chilenos en la Alemania nazi. No hay duda que la "Academia Médica Germano-Iberoamericana" (que después pervivió bajo otro nombre) y la acción del general Faupel destinada a crear "multiplicadores" de la doctrina nazi en nuestros países de la América Latina, respondió a una política de Estado y una planificación bien llevada. Y la demostración de este hecho es uno de los mayores aciertos del libro de Farías.

Pero de allí a deducir que la gran mayoría (por no decir todos) de los médicos chilenos que estudiaron en Alemania durante la época nazi eran simpatizantes de esta causa, hay una brecha muy grande. Alemania era un centro de estudios médicos avanzados de prestigio mundial y sin duda muchos de los médicos chilenos que fueron a Alemania no lo hicieron porque simpatizaran con el nazismo (aun cuando firmaran papeles con membretes o frases nazis, o llegaran a pertenecer a la Academia Médica Germano-Iberoamericana), sino porque deseaban perfeccionarse. Cabe consignar, como lo hace el profesor Farías, que la gran mayoría de estos pagaban sus propios estudios o tenían becas del instituciones chilenas. La pretensión de que todos los galenos chilenos perfeccionándose en Alemania, a fines de la década de 1930, eran pro nazis, llega al absurdo cuando se encuentran nombres como el del neurocirujano Dr. Alfonso Asenjo, después (y quizá desde entonces) connotado militante comunista. Por cierto que esta duda no equivale a afirmar que entre los médicos chilenos perfeccionándose en Alemania no hubiesen simpatizantes del nazismo. Farías prueba que los había, pero queda la duda si eran siquiera la mayoría.

En cambio, me parece que el autor sí evidencia que efectivamente entre el personal de la representación diplomática de Chile en la Alemania nazi existía un desusado numero de simpatizantes del nazismo, algunos fanáticos, como el Secretario (ad honorem) Miguel Cruchaga Ossa o la Agregada Cultural, Margarita Johow. Incluso los embajadores Luis de Porto-Seguro y Tobías Barros Ortiz mostraron simpatía hacia el régimen alemán. Sin embargo, en el caso de estos últimos, hay que recordar que parte del deber de todo embajador es tener una actitud de ese tipo frente al gobierno del país donde cumple su representación, lo que por cierto no desmiente que tanto Porto-Seguro como Barros fuesen simpatizantes del nazismo.

¿Por qué no hubo un cambió de actitud del Gobierno de Chile ante el nazi, después de la elección presidencial de Pedro Aguirre Cerda y el triunfo del Frente Popular?, como lo da a entender el libro. En primer lugar, hay que tener en cuenta que la actitud de Chile frente a Alemania nazi sí parece haber cambiado al menos en algunos aspectos sustanciales. Como bien lo relata el profesor Farías, Chile recibió 9.000 inmigrantes judíos y no solo durante los escasos meses que fueron entre el momento en que comenzara a gobernar Aguirre y el inicio de la Segunda Guerra Mundial, cuando quedara bloqueada Alemania y la emigración judía se hiciera casi imposible, sino también durante el Gobierno derechista de Arturo Alessandri (segunda administración). Y esto a pesar de las pruebas que entrega el autor de la escasa simpatía de algunos funcionarios de la diplomacia chilena hacia esa emigración. El hecho es de que si el Gobierno de Chile se hubiese opuesto a recibir a los desdichados judíos, estos no habrían podido llegar hasta nuestras costas. Pero –como lo señala el propio libro que comentamos– llegaron unos 9.000. Cifra que no puede considerarse pequeña si se tiene en cuenta que la inmigración republicana, después de la Guerra Civil española, fue bastante menor, quizá menos de la mitad.

Una quinta unidad temática se refiere al espionaje nazi en Chile. Farías prueba contundentemente que lo hubo: la única objeción que se podría encontrar en este capítulo es un factor metodológico. La mayor parte de la información que trae está basada en un largo informe (40 págs.) que Farías reproduce, redactado por un agente del Gobierno norteamericano, de origen judío, Kurt D. Singer. Aunque también se reproducen informes de Investigaciones que avalan en parte (en todo caso la información esencial) lo dicho por Singer. Vale decir, queda claro que había efectivamente una red de espionaje nazi en Chile, destinada a influir sobre la voluntad del Gobierno chileno y sectores de la opinión pública particular. Pero en todo caso su influencia, por bien montada que estuviera, fue mucho menor que la de los EE.UU. Si no, no se explica que Chile rompiera relaciones con Alemania en 1943, se congelaran capitales alemanes y se diera toda la secuencia de hechos que una medida diplomática como esa normalmente conlleva. Efectivamente, la influencia de EE.UU. en Chile durante los años de la Segunda Guerra Mundial fue enorme y ameritaría un estudio tan completo y contundente como el del profesor Farías. Dos o tres hechos como prueba: el precio del cobre chileno fue fijado unilateralmente por el Gobierno norteamericano en 11.7 centavos de dólar la libra, en circunstancias que para el producido en los propios Estados Unidos el valor pagado era el triple, o más. Varios oficiales chilenos integraron las Fuerzas Armadas del país del norte, en función de convenios, más o menos presionados por estas. Verbigracia, el almirante José Toribio Merino (entonces un joven oficial), quien sirvió en un viejo crucero, con base en Panamá.

Una sexta unidad temática se preocupa de la influencia del nazismo entre las Fuerzas Armadas chilenas. Esta es otra parte del libro que resulta muy convincente. No deja duda que un sector importante de la oficialidad (y probablemente la suboficialidad también) admiró al nazismo y al ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial y, en muchos casos, varios años antes. Solo cabe hacer presente que, de nuevo, falta agregar el contexto o, al menos, enfatizar en cuán importante pudo ser este en el fenómeno que relatamos. El Ejercito chileno venía recibiendo una apabullante influencia prusiana desde los años posteriores a la Guerra del Pacífico. Fueron centenares los oficiales chilenos que viajaron a Alemania y los alemanes que vinieron a Chile como instructores. Gran parte del armamento (quizá la mayoría) era adquirido en Alemania desde entonces. Cañones Krupp y fusiles Mauser (modelo 1912) que se usaron hasta fines de la década de 1950 y con los cuales aún desfila la Escuela Militar de Chile, con los cadetes vestidos con uniformes idénticos a sus similares teutonas de la era guillermina. De la admiración por el aparato bélico alemán a la admiración por el nazismo (que todavía no mostraba su lado brutal y perverso, el que solo vino a conocerse fehacientemente después de la Segunda Guerra Mundial) había un paso corto.

Pero, por otra parte, también a partir de 1940, el Ejército –más o menos obligatoriamente– debió recurrir a los EE.UU. para sus compras militares. Las otras ramas de las Fuerzas Armadas chilenas, o bien compraron tanto en Alemania como en otros países (Fuerza Aérea) o no compraron en absoluto en Alemania (Armada). Con todo –insistamos– la simpatía por los nazis dentro del Ejército chileno queda bien probada.

Pasa el libro, en su penúltimo tema, a fijar sus atención en dos artistas chilenos que tuvieron destacada actuación en tierra germana durante los años del Tercer Reich. La primera fue Rosita Serrano (verdadero nombre: Ester Aldunate del Campo), bella joven criolla que comenzó e hizo su carrera en la Alemania de Hitler, adquiriendo gran popularidad. No deja duda alguna el libro del profesor Farías de que, hasta comienzos de la Segunda Guerra mundial, Rosita Serrano se dejó mimar por la prensa alemana, toda ella controlada, y participó en muchos recitales o ceremonias, oficiales o semioficiales (todo es así en un totalitarismo). Pero deja igualmente claro que en los años 1940, cuando la barbarie nazi se hizo evidente, Rosita Serrano dio conciertos en beneficio de refugiados daneses y judíos en Suecia, hasta el punto que se dictaminó "que sus discos y grabaciones radiales deben ser requisados" (p. 421). Rosita Serrano debió finalmente abandonar Alemania en estado de indigencia, al ser bloqueados sus haberes, debiendo ser repatriada desde Estocolmo. ¿Se le puede acusar, como lo hace el autor, de ser una incondicional de la brutalidad nazi? No me parece.

El caso de Claudio Arrau es parecido. Arrau había llegado a Alemania en 1913, donde fue acogido como discípulo por Martín Krause, por 5 años, haciendo después una brillante carrera internacional, donde las giras por Alemania, antes y después del advenimiento del nazismo, abundaron. Su ligazón con el mundo musical clásico alemán (incluso el oficial) fue siempre muy firme y continuó durante la época nazi. ¿Hubiera sido lógico que Arrau se distanciara de su patria artística solo por el hecho de la llegada al poder de Hitler, en circunstancias de que la mayoría de los gobiernos de la Europa democrática aceptaron el hecho y solo vinieron a romper con esta en 1939? ¿No habría sido ser más papista que el Papa?

Por lo demás, Arrau, como Rosita Serrano, se distanció definitivamente de la Alemania nazi en 1943, para radicarse en EE.UU. ¿De haber sabido los norteamericanos (y sin duda lo hubieran sabido) que Arrau era nazi, o simpatizante, lo habrían aceptado en su país en 1943, dándole después la ciudadanía estadounidense? Tampoco parece algo posible. De allí que dar a entender que Arrau fue simpatizante de los nazis alemanes es, ciertamente, una exageración.

La última unidad temática que toca el texto –apéndices aparte, de los que ya hablaremos– es un episodio ocurrido durante el Gobierno de la Unidad Popular. Como se sabe, durante la presidencia de Jorge Alessandri (1963) la República Federal Alemana pidió la extradición de Walter Rauff, justamente acusado de cometer atrocidades en contra de los judíos y otros enemigos del régimen de Hitler. Pero la Corte Suprema chilena negó la extradición aduciendo que la acción estaba prescrita. Siendo Salvador Allende Presidente de Chile, Simón Wisenthal intentó de nuevo obtener la extradición, recibiendo como respuesta una correcta carta de Presidente, donde se le hacía presente que no podía pasar por encima de la Constitución que establecía que los tribunales de justicia eran los "únicos facultados para conocer las causas civiles y criminales". ¿Qué otra cosa podía hacer Allende? ¿Utilizar un resquicio legal? ¿Entregar a Rauff, de hecho, a la justicia alemana o a Israel? Al negarse a la petición de Wisenthal, Allende solo respetó la Constitución de Chile. ¿Se le puede culpar por eso?

En fin, el libro trae varios apéndices, interesantes, aunque, los más importantes, no son plenamente confiables en la información que aportan, pues proviene de la inteligencia norteamericana de tiempos de la Guerra.

En resumen, el libro es un estudio bien investigado, que se nota realizado por un profesional (aunque no historiador), pero que exagera en sus interpretaciones, contiene algunos errores menores como en la pág. 361, donde aparece Goering, que era aviador, reemplazando al general Fritsch en la Comandancia del Ejército, en circunstancias de que lo substituyó Walter von Brauchitsch, y conclusiones no siempre cabalmente demostradas. Con todo, es útil para cualquier estudioso de la historia de Chile en el siglo XX.

CRISTIÁN GAZMURI

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