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Revista chilena de neuro-psiquiatría

versión On-line ISSN 0717-9227

Rev. chil. neuro-psiquiatr. v.41 n.3 Santiago jul. 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-92272003000300005 

ARTÍCULO ORIGINAL

Rasgos de ansiedad y alteraciones neuronales en la
corteza prefrontal medial, ocasionadas por experiencias
adversas tempranas

Anxiety traits and neuronal alterations in the medial prefrontal
cortex induced by early adverse experiences

Rodrigo Pascual, Mitzi Catalán, Marta Fuentealba

Introduction. It is well known that early adverse experiences act as a risk factor in the development of various psychopathologies in close association with functional prefrontal abnormalities. However, it is not known if such hostile experiencies impair the neuronal development in the prefrontal cortex. In the present study we analyzed the long-term effects of isolated-induced changes on both, anxiety behavior and neuronal development in the medial prefrontal cortex. Methods. Sprague-Dawley albino rats were reared from weaning either in isolation (IC, n=24) or in social groups (SC, n=22) during thirty consecutive days (P21-P51) and their “anxiogenic profile” was evaluated. Then, half of the animals of both groups were sacrificed for neuronal studies. The remaining isolated rats were housed under social conditions (IC-SC) for thirty additional days (P55-P85), and neurobehavioral parameters were similarly quantified. Results. The results obtained indicate that isolated animals displayed an anxiogenic profile in the elevated plus maze, associated with a remarkable neural impairment. Furthermore, resocialization of isolation-reared rats for further thirty days neither reverse anxious behavior nor neuronal impairment. Conclusions. These data suggest that early adverse experiences, induced by the social isolation model, alter prefrontal neural development in a relatively permanent way, in close association with anxiety traits.

Key words: dendritic impairment, social isolation, anxiety trait, medial prefrontal cortex
Rev Chil Neuro-Psiquiat 2003; 41(3): 201-211

Introducción

Numerosas investigaciones clínicas sugieren que las experiencias tempranas adversas, como el maltrato infantil, negligencia materna, y estrés psicosocial, constituyen factores de riesgo que favorecen el desarrollo de diversas psicopatologías, en particular durante la adolescencia y edad adulta (1-9). Asimismo, estudios electroencefalográficos (EEG) y metabólicos indican que estas experiencias adversas afectan el desarrollo de las cortezas prefrontal y cingulada anterior, involucradas en la regulación del afecto (10). Por ejemplo, se ha observado que los hijos de madres depresivas, cuyo comportamiento es con frecuencia negligente y hostil hacia el niño, muestran una clara asimetría en la actividad EEG de la corteza frontal, principalmente cuando establecen interacciones sociales (11). Consistente con estos datos, estudios realizados en mujeres que sufrieron abuso sexual durante su infancia muestran una disminución ostensible de la actividad metabólica en la corteza cingulada anterior (12, 13). Además, De Bellis et al. (14) estudiando a un grupo de niños maltratados encuentran una disminución significativa del marcador de integridad neuronal N-acetilaspartato en el córtex cingulado, anomalía que se asocia a una pérdida o deterioro neuronal (para una revisión ver Ref. 15).

Los datos obtenidos en modelos animales de maltrato infantil o negligencia materna apuntan en la misma dirección. Así, se ha demostrado que los animales privados de interacción social presentan, a nivel prefrontal, una disminución significativa de neuronas GABAérgicas (16), deterioro en la arborización dendrítica (17), modificaciones en el número de sinapsis por neurona (18), alteraciones en la expresión del neuropéptido intestinal vasoactivo (VIP) (17) y retraso en el desarrollo de la inervación monoaminérgica (19). Además, trabajos previos realizados por Wright et al. (20) sugieren que los trastornos conductuales, derivados del aislamiento social temprano, no mejoran al restituirles su entorno social habitual.

Los antecedentes clínicos y preclínicos señalados indican que las experiencias emocionales traumáticas afectan la integridad estructural y funcional de la corteza prefrontal, contribuyendo probablemente a la génesis de algunos trastornos psiquiátricos (21-23). Al respecto, resulta de gran importancia determinar si estas alteraciones neuronales son permanentes o bien se recuperan de forma espontánea a medida que transcurre el desarrollo. Para tal efecto, en el presente estudio se evalúa si las experiencias tempranas hostiles, generadas a través del modelo de aislamiento social temprano, producen alteraciones permanentes del desarrollo neuronal en la corteza prefrontal, asociadas a conductas neofóbicas. Se debe destacar que esta zona cortical participa en la regulación del estado emocional del individuo (24), y su disfunción se asocia con trastornos de ansiedad, entre otros (25, 26).

Materiales y métodos

Sujetos y Diseño Experimental

Se utilizaron 46 ratas macho de la cepa Sprague-Dawley provenientes del vivero central de la Universidad Católica de Chile. Inmediatamente después de su período de lactancia exclusiva (primeros 21 días de vida), fueron aleatoriamente asignadas a dos grupos de estudio: (i) grupo control o social (SC; n= 22; tres a cuatro animales por jaula), y (ii) grupo aislado (IC; n= 24; un animal por jaula). Luego de 30 días se procedió a evaluar su comportamiento y al día siguiente la mitad de los sujetos del grupo SC (n= 11) e IC (n= 12) fueron sacrificados para su análisis histológico (primera etapa del estudio). Con el objeto de estudiar si las alteraciones neuroconductuales observadas son transitorias o permanentes, los animales restantes del grupo IC (n= 12) fueron mantenidos bajo condiciones de interacción social normal (3-4 animales por jaula; grupo "IC-SC") por 30 días adicionales. Los animales restantes del grupo SC (n= 11), identificados en esta etapa como "SC-SC", se mantuvieron en su ambiente social habitual (3-4 animales por jaula).

Estudio Conductual

Se evaluó si los sujetos sometidos a privación social temprana presentaban alteraciones emocionales, cuantificadas a través del denominado "perfil ansiogénico" en el laberinto elevado. Este perfil conductual se mide de acuerdo con el tiempo de permanencia del animal en los brazos abiertos del laberinto y el número de veces que accede a ellos (20). Una disminución significativa en ambos indicadores (respecto del grupo control) sugiere un trastorno de ansiedad exteriorizado al explorar espacios abiertos y desconocidos (27). Para estudiar esta variable conductual utilizamos el laberinto elevado en cruz, estandarizado para animales de laboratorio por Belzug et al. (28). Este aparato está conformado por cuatro brazos perpendiculares de iguales dimensiones (100 x 15 cm); dos de ellos –denominados "brazos abiertos"– corresponden a superficies planas enfrentadas entre sí, en tanto que los dos restantes –denominados "brazos cerrados"– están flanqueados por paredes de 50 cm de altura. Estos cuatro brazos de encuentran elevados a 100 cm del suelo por un eje central (Figura 1). Habitualmente los animales muestran cierta preferencia por los brazos cerrados, aventurándose sólo esporádicamente a explorar los brazos abiertos, donde el sujeto se encuentra eventualmente más expuesto. Su validez se sustenta en que sólo los fármacos ansiolíticos mejoran la frecuencia de ingresos y tiempo de permanencia en los brazos abiertos, en tanto que no se producen cambios conductuales significativos al administrar otros psicofármacos (antidepresivos y neurolépticos) (29-31).


Figura 1. Laberinto elevado en cruz empleado para medir estados de ansiedad en roedores (“perfil ansiogénico”). A: brazos abiertos; B: brazos cerrados.

PROCEDIMIENTO. Cada animal fue colocado en el punto central del dispositivo, enfrentando rostralmente a uno de los brazos abiertos. Luego de 5 minutos de observación directa se evaluó (i) el número de ingresos a los brazos abiertos, y (ii) el tiempo de permanencia en ellos. Cada registro fue cuantificado por 3 observadores independientes. Con el objeto de minimizar la posible variabilidad conductual atribuida a los ritmos circadianos, todos los animales fueron estudiados entre las 22.00 y las 01.00 hrs., bajo oscuridad casi completa (iluminación tenue con luz infrarroja) y con un mínimo de ruido. Además, entre animal y animal, se procedió a limpiar la superficie del laberinto con alcohol diluido para evitar cambios conductuales atribuibles a claves olfatorias de territorialidad.

Estudio Neuronal

Para ambas etapas ontogenéticas estudiadas, es decir, inmediatamente post-aislamiento y luego de 30 días adicionales de socialización, los animales fueron pesados, anestesiados profundamente con pentobarbital sódico (50 mg/kg, Sigma-Aldrich) y craneotomizados para luego extraer sus respectivos cerebros "en fresco", dejándolos por 60 días en una solución de fijación-impregnación (dicromato de potasio, cloruro de mercurio y cromato de potasio, todas al 5%) (Sigma-Aldrich), a temperatura ambiente y en completa oscuridad. Posteriormente los cerebros fueron deshidratados en soluciones de alcohol acetona (50-50%) y alcohol-éter (50-50%) e incluidos en concentraciones progresivas de celoidina (5% y 12%), realizándose secciones coronales (120 µm de grosor) en un microtomo circular. Con el objeto de inducir la precipitación de mercurio en el interior de las neuronas y visualizar así su fenotipo morfológico, los cortes fueron rehidratados y colocados en una solución de ácido oxálico-disulfito de sodio (ambas al 5%), siendo finalmente montados en portaobjetos y cubiertos con bálsamo de Canadá (Sigma-Aldrich).

REPRODUCCIÓN NEURONAL BAJO CÁMARA LÚCIDA. Los cortes fueron observados con microscopía óptica (American Scientific), delimitando la corteza prefrontal medial (cingulada anterior, prelímbica e infralímbica) de acuerdo con el atlas esterotáxico de Paxinos y Watson (32). Se procedió a reproducir bajo cámara lúcida (Olympus, modelo BH-DA-LB) al menos 75 neuronas por cerebro, a un aumento de 400x, siguiendo los mismos criterios de selección señalados en Pascual (17). Se debe destacar que el dibujo de neuronas a través de la cámara lúcida permite realizar un análisis morfológico mucho más real que una microfotografía directa del tejido cortical. Esta ventaja se basa en el hecho siguiente: al captar una imagen fotográfica sólo es posible visualizar una parte de la neurona, ya que posee un dominio dendrítico tridimensional que escapa al foco de la cámara; el dibujo, en cambio, facilita la reconstrucción prácticamente completa de la neurona, siguiendo su arborización dendrítica en profundidad.

VARIABLES REGISTRADAS. En cada neurona prefrontal seleccionada se midieron tres variables: (i) longitud total de su árbol dendrítico basal, empleando un curvímetro de precisión, donde cada centímetro de recorrido en el papel equivale realmente a 32 µm del preparado histológico (escala definida de acuerdo con el aumento utilizado [400x] y la lente de la cámara lúcida [Olympus NFK 3.3k]); (ii) número total de segmentos dendríticos por neurona (determinado por sumatoria algebraica simple); y (iii) densidad dendrítica por círculo concéntrico (método de Sholl, 33); en este caso se colocó sobre la neurona dibujada una transparencia con círculos concéntricos y equidistantes, cuantificando luego el número de intersecciones que se producen entre las dendritas y cada círculo.

Análisis Estadístico

Los datos fueron analizados empleando la prueba t de Student para datos no pareados; en todas las comparaciones realizadas se consideró como significativo cuando el valor p< 0.05.

Resultados

Perfil ansiogénico

El estudio conductual en el laberinto elevado en cruz mostró que los animales criados en aislamiento (grupo IC) no sólo visitaban con una menor frecuencia los brazos abiertos del laberinto, sino que permanecían en ellos un tiempo significativamente inferior respecto de los animales criados en un entorno social normal (grupo SC) (p<0.05, 0.01, Tabla 1). Al parecer este trastorno es permanente ya que los animales aislados y luego re-ubicados durante 30 días en un entorno social normal (grupo IC-SC), continuaron presentando una marcada aversión a explorar los brazos abiertos del laberinto (p<0.01) (Tabla 1).

Tabla 1

Perfil ansiogénico evaluado en el laberinto elevado en cruz


Variables

SC
(P54)
(n= 22)

IC
(P54)
(n= 24)

Diferencia
%

p

SC-SC (P86)
(n= 11)

IC-SC (P86)

(n= 12)

Diferencia
%

p


Número de ingresos a los brazos abiertos

4.2±1.5

1.8±0.7

57.1

0.05

2.6±0.4

0.6±0.1

76.9

0.01

 

Tiempo de permanencia en los brazos abiertos (seg)

45.6±15,9

18.3±6.8

59.8

0.01

16.4±5,2

7.7±2.9

53.1

0.01


Datos expresados como promedios ± SD; el “n” está referido al número de animales evaluados.
SC: grupo social o control; IC: grupo aislado (primera etapa del estudio); SC-SC: grupo social; IC-SC: grupo aislado y luego mantenido por 30 días bajo una condición social estándar (segunda etapa del estudio).
p: significancia de acuerdo con la dócima t de Student.

Estudio neuronal

La cuantificación del fenotipo morfológico realizado en neuronas piramidales prefrontales mostró que el aislamiento social temprano altera significativamente el dominio dendrítico. Así, los animales IC presentaron un porcentaje significativamente inferior de longitud (25,6%), ramas (28,5%) y densidad (29,7%) dendríticas (p<0.05, 0.01; Tabla 2). Además, el hecho de colocar a los sujetos aislados en condiciones sociales habituales (3-4 animales por jaula) no logró mejorar el deterioro neuronal generado por el aislamiento temprano (p<0.01; Tabla 2). De hecho, analizando ontogenéticamente la Tabla 2 es posible apreciar que la diferencia en el grado de arborización dendrítica no sólo se mantuvo sino que además se acentuó hacia la edad adulta. En la Figura 2 se muestran cuatro neuronas superficiales fotografiadas desde la corteza prefrontal medial (capas II/III), representativas de los grupos estudiados.

Tabla 2

Arborización dendrítica basal en neuronas piramidales de la corteza prefrontal medial
(cingulada anterior, prelímbica e infralímbica)


Variables

SC
(P55)
(n= 254)

IC
(P55)
(n= 303)

Diferencia
(%)

p

SC-SC (P87)
(n= 279)

IC-SC (P87)
(n= 313)

Diferencia
(%)

p


Longitud total del árbol dendrítico basal/neurona (µm)

864±198

643±136

25.6

0.05

798±175

536±123

32.8

0.01


Dendritas basales/neurona

29.8±10,7

21.3±5.8

28.5

0.05

28.8±6,4

18.7±7.2

35.1

0.01


Densidad dendrítica/neurona

51.8±18.4

36.4±10,3

29.7

0.01

42.6±10.2

28.4±9.2

33.3

0.01


Datos expresados como promedios ± SD; el “n” está referido al número de neuronas evaluadas. SC: grupo social o control; IC: grupo aislado (primera etapa del estudio); SC-SC: grupo social; IC-SC: grupo aislado y luego mantenido por 30 días bajo una condición social estándar (segunda etapa del estudio).
p: significancia de acuerdo con la dócima t de Student.


Figura 2. Neuronas piramidales superficiales (capas II/III) localizadas en la corteza prefrontal medial de ratas control (A: día postnatal 55; C: día postnatal 87) y aisladas (B: día postnatal 55; D: día postnatal 87). Impregnación mercúrica (Golgi-Cox); 400x; barra: 50 µm.

Peso corporal

Durante el período de lactancia exclusiva (desde el nacimiento hasta el día postnatal 21) se observó una ganancia de peso corporal absolutamente normal para todos los animales estudiados, alcanzando un peso promedio de 43.9 ± 6.5 gr al final del período de lactancia (día postnatal 21) y de 208.7 ± 16.8 gr al término del estudio (día postnatal 87).

Discusión

El comportamiento mostrado por los animales aislados dejó en evidencia un importante grado de ansiedad cuando enfrentaron un entorno desconocido (el laberinto elevado en cruz en este caso), sin mostrar una mejoría significativa hacia la edad adulta. Este hallazgo es consistente con los datos obtenidos por Wright et al. (20), quienes también observaron rasgos estables de ansiedad a pesar de someter a estos sujetos a un prolongado período de interacción social. Es importante destacar que si los animales son aislados en etapas ontogenéticas más tardías se observa una ansiedad transitoria y relativamente fácil de recuperar cuando son devueltos a su entorno social habitual (34). Este hecho sugiere que el desorden conductual puede ser mas severo cuando las experiencias socioemocionales traumáticas ocurren en etapas postnatales tempranas, tal como fuera sugerido notablemente por Bowlby (35), y demostrado en niños por Rutter et al. (36, 37).

Considerando que el afecto se encuentra mediado por diversas estructuras corticolímbicas, es probable que la permanencia del perfil ansiogénico se relacione con alteraciones funcionales y/o microestructurales localizadas a este nivel, hecho que podría explicar la ausencia de recuperación encontrada en los animales del grupo aislado, a pesar de haberles restituido su entorno social normal. Una segunda interpretación posible es que al colocar los animales previamente aislados en un entorno social normal (grupo IC-SC, 3-4 animales por jaula) podría haber generado un estado de ansiedad mayor que el potencial beneficio derivado del proceso de socialización. Esta hipótesis se fundamenta en la desventaja adaptativa que presentan habitualmente los individuos criados bajo condiciones adversas y que deben interactuar socialmente con otros (38).

Cuando se emplean modelos animales diseñados para comprender mejor una determinada condición humana, es necesario considerar ciertos criterios de validez. Al respecto, ha sido particularmente difícil y controvertido el diseño de modelos animales en psiquiatría ya que, a diferencia de otras patologías, generalmente no es posible identificar con claridad causas ni mecanismos subyacentes. Además, como es obvio, no se cuenta con los importantes antecedentes obtenidos a través de la entrevista psiquiátrica. Como lo sugiere McKinney (39), tal vez el error ha sido pretender modelar la totalidad de un trastorno psiquiátrico. En cambio, ha resultado mucho más fructífero diseñar modelos animales donde se evalúan sólo determinados aspectos (conductuales y/o neurobiológicos) de un trastorno psiquiátrico específico (40). En este contexto, el test empleado en nuestro estudio (laberinto elevado en cruz) posee los tres tipos de validez necesarios para que un modelo animal logre su cometido satisfactoriamente. En primer lugar, esta prueba conductual posee validez predictiva ya que la administración de ansiolíticos no sólo incrementa la probabilidad de que el animal se aventure a explorar los brazos abiertos del laberinto, sino que además contribuye a que éste permanezca en ellos por un tiempo mayor (30). En segundo lugar, presenta una importante validez aparente, ya que la aversión para explorar espacios abiertos mostrada por los animales aislados (neofobia) es similar a algunos tipos de trastornos de ansiedad (por ejemplo la agorafobia) (28). Finalmente, también goza de validez de constructo, puesto que el sustrato biológico que media los estados de ansiedad es similar para todos los mamíferos, tanto a nivel de sistemas córtico-subcorticales como neuroendocrinos (41). Asimismo, la manipulación realizada (aislamiento social) –en cuanto generadora del trastorno de ansiedad señalado– también goza de validez de constructo ya que la privación social temprana constituye una forma de estrés crónico moderado, cuyas consecuencias emocionales y neuroendocrinas (por ejemplo hipercortisolemia) son similares tanto en animales de laboratorio (34) como en niños criados en un entorno familiar hostil (43, 44). Ciertamente que la naturaleza del estímulo ambiental amenazante o dañino puede variar entre las distintas especies; no obstante, el punto central es que, independiente de cuál sea el agente estresante, se genera una amenaza a la integridad u homeostasis del organismo, cuya respuesta neurobiológica adaptativa es similar desde la rata hasta el hombre (41).

La permanencia del trastorno de ansiedad registrado en los animales aislados, a pesar de haberles restituido su entorno social habitual, indica que esta experiencia temprana deja una secuela conductual caracterizada como un "rasgo" más que un "estado" de ansiedad (27). Es decir, es una condición que perdura a pesar de que su causa originaria (aislamiento social) ya no esté presente. Así, nuestros resultados conductuales contribuyen a reafirmar el hecho clínicamente bien establecido de que las experiencias tempranas hostiles dejan secuelas conductuales que, no obstante seguir un curso incierto, incrementan las probabilidades de que el niño presente una o más psicopatologías del desarrollo (8, 9, 35-37).

Por otra parte, el deterioro neuronal detectado en los animales privados de interacción social es consistente con estudios previos, en los cuales se ha demostrado una pérdida de neuronas prefrontales GABAérgicas (16), alteraciones del dominio dendrítico (17), trastornos del conexionado sináptico (18), y reducción significativa de la inervación catecolaminérgica (19), apoyando la idea de que la corteza prefrontal es vulnerable cuando el individuo se enfrenta sistemáticamente a condiciones psicosociales adversas. Más importante aún, estas alteraciones estructurales no son compensadas por la interacción social posterior. Este hecho nos parece de la máxima relevancia ya que contribuye a respaldar algunas hipótesis, donde se ha sugerido que la mayor vulnerabilidad de algunos individuos a sufrir trastornos psiquiátricos se debería en parte a sutiles alteraciones neuronales (probablemente sinápticas) generadas por eventos traumáticos de la niñez. Como lo señala Haracz (42): Algunos autores han sugerido que las experiencias emocionales estresantes durante el desarrollo temprano podrían dejar una huella perdurable sobre los circuitos del sistema nervioso y, por esta vía, predisponer a la persona a psicopatologías futuras. Teniendo presente que las neuronas estudiadas en nuestra investigación forman parte del sistema corticolímbico –cuya función central es modular la actividad de grupos neuronianos subcorticales involucrados en la expresión emocional (por ejemplo, amígdala, núcleo acumbens, hipotálamo, e hipocampo)–, las alteraciones neuronales encontradas en éste y otros estudios podrían dar cuenta de los trastornos de ansiedad señalados precedentemente.

Los datos de desarrollo neuronal obtenidos en el presente estudio pueden tener, además, consecuencias sobre algunas variables hormonales, clave para el comportamiento adaptativo del individuo. Como se sabe, esta zona cortical juega también un papel central en la respuesta neuroendocrina al estrés modulando la actividad del eje hipotálamo-pituitario-adrenal (HPA). De hecho, las neuronas piramidales superficiales de la corteza prefrontal (capas II/III) ejercen un control inhibitorio sobre este eje, determinando una menor liberación de glucocorticoides en respuesta al estrés (21). Aunque en nuestro estudio no se evaluó el nivel de corticosterona cinculante, es posible que éste haya sido uno de los mecanismos que alteró el desarrollo neuronal. Esta hipótesis se basa en que tanto el estrés crónico (45) como la administración exógena de glucocorticoides (46) producen un daño significativo en la arborización dendrítica de neuronas hipocampales. Al respecto, es interesante destacar que los niños criados en un ambiente familiar hostil, ya sea por maltrato físico o negligencia materna, también presentan un incremento excesivo de cortisol plasmático, en particular cuando deben enfrentarse a condiciones psicosociales nuevas (3, 43, 44). Considerando entonces que la respuesta neuroendocrina al estrés es muy parecida en la mayoría de los mamíferos (incluido el hombre) es probable que las secuelas dejadas por las experiencias traumáticas de la infancia sean ocasionadas por un incremento de glucocorticoides circulantes, generando finalmente alteraciones del desarrollo neuronal (45, 46).

Finalmente, respecto de la etiopatogenia de algunos trastornos psiquiátricos, la "hipótesis del neurodesarrollo" es la que se ha difundido con mayor fuerza (47). En ella se afirma que la presencia de pequeñas alteraciones pre y/o postnatales que afecten el desarrollo neuronal, provocarían un trastorno en la delicada secuencia ontogenética de conexionado sináptico. Si estas alteraciones ultraestructurales ocurren en regiones corticolímbicas, como la corteza prefrontal medial, podrían incrementar la probabilidad de que el individuo desarrolle trastornos relacionados con la regulación del afecto (10). En este contexto, el período crítico notablemente prolongado que presenta la corteza prefrontal (48-50) la hace particularmente vulnerable a la acción "modeladora" del ambiente psicosocial y afectivo en el cual crece el individuo. Si éste es favorable, aumenta la probabilidad de que el niño desarrolle mecanismos adaptativos ("protectores") frente a los numerosos desafíos que sin duda enfrentará en el futuro. Por el contrario, si este entorno es sistemáticamente adverso, podría incrementar su vulnerabilidad y, por tanto, predisponerlo a sufrir trastornos psiquiátricos de diverso grado y naturaleza.

En conclusión, los datos obtenidos en la presente investigación apoyan la idea de que un entorno social y afectivo hostil genera alteraciones permanentes del desarrollo neuronal en la corteza prefrontal, asociadas a trastornos del comportamiento emocional.

Agradecimientos

Nuestros agradecimientos a FONDECYT por haber financiado la presente investigación a través del proyecto N° 1020114 (2002-2003).

Introducción. Desde hace tiempo se sabe que las experiencias tempranas adversas constituyen factores de riesgo en la génesis de varias psicopatologías del desarrollo, en estrecha asociación con anomalías funcionales de la corteza prefrontal. Sin embargo, no se sabe con certeza si estas experiencias hostiles daterioran el desarrollo neuronal en esta zona prefrontal. En el presente estudio analizamos si el aislamiento social temprano produce trastornos del comportamiento emocional, asociado a alteraciones del desarrollo neuronal en la corteza prefrontal medial. Métodos. Se emplearon ratas albinas Sprague-Dawley, las cuales fueron criadas en aislamiento (grupo IC, n= 24) o bien en un ambiente social normal (grupo SC, n= 22) durante 30 días consecutivos (P21-P51), evaluándose luego su “perfil ansiogénico”. La mitad de los animales de ambos grupos fue sacrificada para su estudio neuronal, en tanto que los sujetos restantes del grupo IC fueron colocados en un entorno social normal (grupo IC-SC) por 30 días adicionales (P55-P85), estudiando posteriormente las variables neuroconductuales señaladas. Resultados. Los resultados obtenidos muestran que los animales aislados exhibieron un claro “perfil ansiogénico”, asociado a un marcado deterioro neuronal. Además, su resocialización por treinta días no logró recuperar ninguno de los parámetros estudiados. Conclusiones. Los datos de la presente investigación sugieren que las experiencias tempranas adversas, inducidas a través del modelo de aislamiento social, ocasionan alteraciones relativamente permanentes sobre el desarrollo neuronal prefrontal, en estrecha asociación con rasgos de ansiedad.

Palabras clave: aislamiento social temprano, perfil ansiogénico, corteza prefrontal, deterioro dendrítico

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Dirección postal:
Rodrigo Pascual
Laboratorio de Neurobiología,
Instituto de Ciencias Básicas,
Universidad Católica del Maule,
Casilla 617, Talca-Chile
Fax: 56-71-260301
e-mail: rpascual@hualo.ucm.cl


Laboratorio de Neurobiología, Instituto de Ciencias Básicas, Universidad Católica del Maule (RP, MF)
Facultad de Ciencias Básicas y Matemáticas, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (MC)

Recibido: marzo de 2003
Aceptado: junio de 2003

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