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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.31 n.43-44 Valparaíso  1998

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09341998000100010 

 

Revista Signos 1998, 31(43–44), 113–124

LITERATURA

El Laberinto y la Literatura1

 

Augusto C. Sarrocchi Carreño

Universidad Católica de Valparaiso

Chile




No habrá nunca una puerta. Estás adentro
Y el alcázar abarca el universo
y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
Que tercamente se bifurca en otro,
Que tercamente se bifurca en otro,
Tendrá fin. Es de hierro tu destino
Como tu juez. No aguardes la embestida
Del toro que es un hombre y cuya extraña
Forma plural da horror a la maraña
De interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
En el negro crepúsculo la fiera.2

 

 












Desde los orígenes del hombre y la civilización, preocupación fundamental han sido los misterios de la vida y la muerte, y de ellos la incógnita de lo que nos sucederá constituye algo fundamental. Las grandes interrogantes del hombre son de dónde venimos y para dónde vamos. Qué será de nuestra vida y la de nuestros seres queridos y, a medida que vamos avanzando en el tiempo, las inquietudes van en aumento y de nuestra experiencia de la vida se va desprendiendo, en muchos casos, una confusión cada vez mayor que el hombre, inmerso en un mundo simbólico, va asociando a la idea de laberinto, más aún a partir del mito que nos habla de espacios laberínticos.
A partir de ese momento el laberinto se convirtió en el símbolo de nuestras vidas, la incógnita del destino, los múltiples caminos, los laberintos burocráticos, los laberintos de la mente humana, los laberintos de nuestra existencia profunda como los laberintos de la soledad, etc.
Recuerdo un hermoso poema de Rubén Darío titulado Lo Fatal3 en que el poeta manifiesta el estado de conciencia del hombre ante las interrogantes existenciales:

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vidaconsciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...

Resulta sorprendente que el hombre haya creado espacios que representan su angus­tia ante las incógnitas, el primitivo laberinto parece haber sido construido por AMENEBRAT III, Faraón de la XII dinastía, inmensa construcción que fue palacio y tumba, ya que a su muerte el cadáver fue colocado en el centro del edificio, en una pirámide de ladrillos de piedras esculpidas. El nombre egipcio de este monumento era LAPI/RO/HUNT (Templo a la entrada del lago), de allí la raíz del nombre griego LABIRINTHOS.
Era un dédalo del cual era imposible salir sin guía, compuesto de miles de habitaciones cuadradas, cubiertas por sendos sillares, comunicándose entre sí por estrechos corredores. Se dividía en dos pisos, uno de ellos subterráneo, y parece que las habitaciones de ambos se correspondían. Borges toma/esta idea de laberinto especular en Los Teólogos, donde la secta los especulares entabla una relación estrecha e inversa entre tierra y cielo.
El laberinto estaba situado al este del lago Moeris, frente a la antigua Crododilópolis. También se llamó laberinto de Arsinoe, cuando Crocodilópolis recibió este nombre, y por último se le llamó "Casa de Carón". Heródoto alaba esta construcción por sobre los edificios griegos y aún sobre las pirámides. Las cámaras superiores estaban adornadas de esculturas, y la pirámide donde yacía el fundador estaba en el centro de las salas hipóstilas. A imitación de éste construyeron los griegos el de Creta, que según Plinio no llegaba a la centésima parte de la grandeza del egipcio.4 Algunos han dudado de la realidad de este laberinto y señalan que se trataba, más bien, de una gruta muy profunda en una antigua cantera cerca de Gortina, y no de Cnosa como afirman los autores que se refieren al laberinto cretense.
Si de laberintos se trata, no podemos ignorar a Babilonia, una de las realidades más tomadas por Jorge Luis Borges en su narrativa. En Babilonia se encuentran ciudades con disposiciones tipográficas y urbanas laberínticas; esta idea de los laberintos urbanos5 las trabajará Borjes al hablamos de París en El Congreso, y en algunos poemas dedicados a Buenos Aires, como por ejemplo:

Y la ciudad, ahora, es como un plano
De mis humillaciones y fracasos;
Desde esa puerta he visto los ocasos
Y
ante ese mármol he aguardado en vano.
Aquí el incierto ayer y el hoy distinto
Me han deparado los comunes casos
De toda suerte humana; aquí mis pasos
Urden su incalculable laberinto.
Aquí la tarde cenicienta espera
El fruto que le debe la mañana;
Aquí mi sombra en la no menos
vana Sombra final se perderá, ligera.
No nos une el amor sino el espanto,
Será por eso que la quiero tanto.6

Otro escritor argentino que nos habla del laberinto urbano y también del infernal es Leopoldo Marechal en su obra Adan Buenosaires.
La imagen del hombre perdido en la ciudad es muy utilizada por el escritor chileno José Donoso, quien en algunas de sus obras como Paseo, y La Misteriosa desaparición de la Marquesita de Loria hace perderse a los personajes en la ciudad como símbolo de la situación espiritual en que están atrapados y de la cual no pueden salir.
El laberinto urbano en la realidad contemporánea adquiere plena vigencia, las grandes ciudades son absolutamente laberínticas y el hombre se refugia en los barrios que vendrfan a ser laberintos conocidos. La grandeza de la ciudad no sólo pierde al hombre sino que también le provoca la sensación de pequeñez y de angustia, y éste requiere entonces de un hilo como el de Teseo para lograr salir.
En Babilonia nace el primer laberinto de leyes y estatutos, en los que Borges quiere ver un tejido de contradicciones y misterios, que sin duda tomó del código de Hamurabi, dictado en Babilonia entre el 2350-1750 a.C. Esta forma laberíntica también la encontramos en la vida contemporánea e incluso la podemos asociar a la gran red de la informática que puede atrapar al hombre y someterlo a un laberinto. Un error en la información una vez introducida a la red, puede perseguir al usuario fuera de todo límite racional y transformar la información en una pesadilla.
Otro laberinto cultural lo encontramos en la cultura Asiria (1890-860 a.c.). En este Imperio se forma la gran Biblioteca a la que Borges hace continua referencia (700-630). El precursor de esta construcción fue Asur Banipal. La biblioteca estaba formada por miles de tablillas cuneiformes, que todavía guardan misterios y secretos en trabajados códigos lingüísticos, situación que Borges plasma en La Biblioteca de Babel. En este imperio Asirio también encontramos uno de los primeros edificadores de laberintos, Sargon, quien construyó un edificio magnífico y se perdió en él para siempre.
La biblioteca constituye un símbolo laberíntico en que cada libro es otra galería del laberinto que puede ser considerado como un laberinto al estilo griego, pero también un laberinto de círculos concéntricos donde no hay salida.
Si retornamos a Babilonia, encontramos la torre de Babel, producto de la transgresión divina, cuyo objetivo era llegar al cielo, a partir de esta torre surge el laberinto de las lenguas.
Pero, sin duda que el laberinto más conocido en la historia de la cultura occidental es el mito del minotauro de Creta, oculto en el laberinto construido por Dédalo quien había salido del laberinto volando. Símbolo, tal vez, que del laberinto de la vida salimos volando en alas de la imaginación, de la fantasía, de los sueños, o de la muerte representada por un ángel que lleva al hombre en sus brazos. Este mito tiene una concreción histórica en las excavaciones inglesas que han querido reconocerlo en las habitaciones del palacio del rey Minos, pero todo cae en el terreno de la hipótesis tanto el edificio como la existencia del rey Minos, como personaje histórico. En esta construcción aparecen columnas coronadas por cuernos lo que hace referencia al toro, simbolo que está unido al del laberinto, asociación que se debe a los mitógrafos romanos7, no obstante hay grabados en vasos áticos que datan del siglo VI a.C donde se representa a Teseo luchando contra el minotauro. En otra pintura del siglo V se ve a Teseo arrastrando el cuerpo expirante del Minotauro, también lo encontramos en vasos etruscos y en inscripciones romanas.
Las construcciones laberínticas llegan también a la Edad Media en que los complicados pasillos y recovecos simbolizarían el estrecho camino, lleno de sufrimientos, que conduce a la vida eterna, o también simbolizarían las confusiones del hombre ante las tentaciones del demonio. El laberinto estaba en los embaldosados de los patios y en algunas construcciones eclesiásticas. En ciertas catedrales medievales con el nombre de caminos a Jerusalem se entendieron como sustitutivos de una peregrinación a Tierra Santa cuando el fiel lo recorría en oración de rodillas; el mosaico del suelo de la catedral de Chartres tiene un diámetro de 12 metros y el camino recorrido es de 200 metros.8 El emblema del laberinto fue muy usado por los arquitectos medievales. "Unos laberintos en forma de cruz, que se conocen en Italia con el nombre de "nudo de Salomón", apareciendo muchas veces en la decoración céltica, germánica y románica, integran el doble simbolismo de la cruz y del laberinto, por lo que se suelen entender como el "emblema de la divina inescrutabilidad"9.
En la obra del gran escritor y semiótico Umberto Eco vemos esta situación propia de las construcciones eclesiásticas, que se suma a la del laberinto de la biblioteca y a la propia dimensión del medioevo como época laberíntica. En Apostillas al nombre de la Rosa10 distingue tres tipos de laberintos: el laberinto griego, el manierista y el rizoma. El primero es el más simple, está constituido por muchas galerías que llevan a un centro, a la gran sala donde está el minotauro, y si a través del hilo de Ariadna desenrollamos el laberinto, encontramos la salida. En el laberinto manierista, si lo desenrolláramos encontraríamos una especie de árbol, una estructura con raíces y muchos callejones sin salida, hay una, pero podemos equivocarnos, para no perdemos necesitamos el hilo de Ariadna. Por ultimo está la red, que llaman rizoma. En el rizoma cada calle puede conectarse con cualquier otra, no tiene centro ni periferia, ni salida, por que potencialmente es infinito. El espacio de la conjetura es rizomático. El laberinto de la biblioteca en El Nombre de la Rosa, es un laberinto manierista, aunque el mundo en el que vive Guillermo es un laberinto rizomático, también ocurre lo mismo con el cuento de Borges, El laberinto de los senderos que se bifurcan que se constituye como un laberinto manierista, pero que cuando nos enteramos que todos los tiempos o muchos tiempos convergen en uno solo, y que el conglomerado de tiempos es cuantioso, lo vemos como un laberinto rizomático.
En el Barroco y en el Rococó, los laberintos se construyeron en base a un claro esquema y se reprodujeron en complicados jardines de caminos formados por setos, cuyo fin exclusivo era la distracción de los visitantes de los parques; este es un tiempo cortesano y estos laberintos corresponden a una parodia de la vida que podrían señalarse como pertenecientes a un laberinto lúdico, pero en general el laberinto aunque puede conllevar un efecto lúdico no tiene connotaciones positivas, sino más bien negativas, y el juego resulta peligroso.
En cuanto al laberinto lúdico, Jorge Luis Borges se refiere al ajedrez, por ser un juego que ofrece posibilidades infinitas de variaciones como lo es el universo y también porque la estructura básica de este juego es laberíntica. Dos ejércitos enfrentándose son el símbolo perfecto para graficar la cualidad de guerrero que Nietzche, cuidadosamente ve en los hombres y los dos colores del tablero representarían la lucha entre el bien y el mal. La disposición alternada de estos dos estados nos hace pensar en el modo armonioso en que ambos están tejidos, tan amarrados que es difícil saber cuándo estamos en presencia de uno y cuándo del otro. Este juego es el símbolo de la lucha primigenia entre el bien y el mal y representa además el estado del hombre regido por una fuerza superior. Los hombres son piezas y peones que no saben que alguien los gobierna desde afuera.
El tablero es el mundo, los jugadores son los secretos dioses que se disputan el triunfo; pero esta relación bélica está en distintos planos: incluso los dioses son piezas de un tablerp que un dios mayor está jugando y no sólo el hombre sino Dios mismo, es una pieza del laberíntico ajedrez
Como el ajedrez es el símbolo perfecto de la complejidad del cosmos, Borges lo presenta en ocasiones como caótico y febril. Sus personajes se debaten en terribles encrucijadas tratando de recordar las leyes: "soñó con un largo ajedrez. No lo disputaban dos individuos, sino dos familias ilustres, la partida había sido entablada hacía muchos siglos, nadie era capaz de nombrar el olvidado premio, pero se murmuraba que era enorme y quizá infinito(...), el soñador corría por las arenas de un desierto lluvioso y no lograba recordar las figuras y las leyes del ajedrez"11.
El mundo es un ajedrez, en el que la vida de los personajes se evapora, tratando de recordar las leyes secretas del juego. En otras ocasiones enloquecen por la presencia de ajedreces monstruosos y caóticos que representan al mundo frente al cual el hombre no es capaz de articular respuesta.
Los dioses que ejecutan el ajedrez, donde nuestras vidas son meras piezas, volverán a jugar cíclicamente esta partida y la acción lúdica se realizaría infinitamente en un tiempo mítico.
Sin duda que toda esta relación borgesiana representa la historia de la humanidad a lo largo de los siglos y, fundamentalmente, recuerda la historia bíblica y el enfrentamiento de los pueblos con la ayuda de los dioses, de entre los cuales surge el más poderoso. Enfrentamiento bélico que en la historia bíblica se relaciona con la lucha entre el bien y el mal.
El laberinto como símbolo siempre ha estado presente en la literatura por cuanto es uno de los elementos del inconsciente colectivo más presentes en el hombre y está relacionado, como ya lo hemos dicho, a las interrogantes humanas más trascendentales, pero también está vinculado a la prisión, al encierro, y en este sentido se vincula con las filosofías que plantean al hombre como ser espiritual encerrado en una prisión corpórea; se habla del cuerpo como una casa, una prisión física que impide el vuelo del espíritu. Algunos han pensado, a través de la historia de la humanidad, que a esta casa -cuerpo ­laberinto hay que castigarla, en cambio para otros, esta casa cuerpo debe ser cuidada por cuanto es soporte del espíritu. Cualquiera que sea el caso, el hecho es que al hombre le ha preocupado mucho esta situación y ha creado obras que reproducen el estado espiritual del hombre prisionero.
En esto Borges es un maestro, presenta, en numerosos cuentos, al hombre preso en su laberinto, que le impide la búsqueda de sus grandes anhelos metafísicos, como la inmortalidad. Los héroes borgesianos, en su búsqueda o huida, encuentran a su paso casas enormes y complejas que aumentan el temor del que es perseguido: "un laberinto es una casa labrada para confundir a los hombres; su arquitectura, pródiga en simetrías, está subordinada a esefin"12 ("El Inmortal", El Aleph p. 16).
El personaje histórico que más utiliza Borges para simbolizar al prisionero de la casa es el Buddha. "El rey prefiere que Siddharta logre grandeza temporal, y lo recluye en un palacio, del cual han sido apartadas todas las cosas que puedan revelark que es co"uptible" ("Formas de una leyenda". Otras Inquisiciones p.148).
Siddartha ha sido condenado a habitar una construcción cuyas dimensiones son gigantescas. Esta construcción no se sostiene en el plano de la materialidad, acumulando distancia y espacio, sino en el plano de la temporalidad, acumulando una posible eternidad. En su ensayo "Postulación de la Realidad"13, Borges nos habla de tres modos de existencia: una existencia en longitud (la vegetal), una en latitud (la animal), y otra en profundidad (la humana); mientras las dos primeras acumulan espacio, la dimensión profunda del hombre lo hace acumulando tiempo, la narración del Buddha reivindica ese postulado.
La casa-laberinto se levanta siempre como potencialmente eterna, amenazando con existir más allá de la vida de sus moradores o prisioneros y también revestidas de una atmósfera legendaria.14
En la historia de la literatura encontramos muchas obras que, de una u otra manera, están vinculadas al laberinto en esta situación de hombre prisionero. En el Romanticismo, esta actitud está en el hombre romántico que se siente prisionero por un mundo de convencionalismos que lo oprimen y que le impiden la felicidad, por ello intenta apurar su paso por esta vida pues sólo en el más allá, en la vida celestial, en la vida del espíritu, podrá lograr la felicidad. Podemos destacar al Naturalismo como un momento en que la literatura está signada por la filosofía del determinismo social y por ello las novelas se refieren al hombre acosado por su naturaleza humana, determinado por los conceptos de herencia, raza y medio ambiente que constituyen un laberinto del cual es imposible salir. La naturaleza humana nos lleva a la problemática de la lucha entre el bien y el mal que se constituye en cíclica y por lo tanto un laberinto mandálico. Los personajes de grandes novelas, como Rojo y Negro de Stendhal, Doña Perfecta de Benito Pérez Galdós o Nana de Emile Zola no pueden escapar a su determinismo. En la literatura chilena la obra más importante en este sentido del hombre aprisionado por una realidad miserable y laberíntica imposible de sortear, aunque se le pretenda dar un hilo como el de Ariadna, es El Roto de Joaquín Edwards Bello.
También el realismo sicológico de obras como Crimen y Castigo de Fedor Dostoievski nos ponen frente a un laberinto tan interesante como el laberinto de la culpabilidad y de la conciencia.

El laberinto está unido al tema de la soledad del hombre, el prisionero es siempre solitario, Borges lo muestra, por ejemplo, en "La Casa de Aterion", uno de los cuentos más importantes que Borges escribe sobre el laberinto. En él la muerte está tomada como una redención, pero también el minotauro se pregunta cómo será su redentor y espera que la muerte lo lleve a un lugar con menos puertas, menos corredores y menos galerías. Interrogante que sin duda es universal en el hombre: ¿qué hay después de la muerte? ¿Entraremos quizás a otro laberinto superior a éste? o ¿la eternidad será una interminable serie de laberintos? La soledad constituye, sin duda, una situación importante en el hombre, una realidad física tratada en la literatura muchas veces a traves del símbolo de la isla15, y como realidad espiritual reflejada en la novela existencial.
Esta temática del hombre solo recluído en un laberinto la podemos asociar con una temática muy interesante que está vinculada a la realidad y a la literatura hispanoamericana, la temática del dictador y las dictaduras. El dictador es siempre un hombre solitario que queda en un laberinto que él mismo o que sus circunstancias han creado. Al respecto son representativas las novelas El recurso del método de Alejo Carpentier, El señor Presidente de Miguel Angel Asturias, Yo, el Supremo de Augusto Roa Bastos y El Otoño del Patriarca de Gabriel García Márquez.16
Por otra parte, la relación que establece Borges en "La Casa de Asterión" entre el laberinto y la muerte es bastante tradicional. El gran estudioso Mircea Elíade interpreta al laberinto como una prueba, la defensa del centro, el acceso iniciático a la sacralidad, la inmortalidad y la realidad absoluta, siendo equivalente a otras pruebas, como la lucha contra el dragón. También cabe interpretar el conocimiento del laberinto como un aprendizaje del neófito respecto a la manera de entrar en los territorios de la muerte.17
Para Borges el laberinto es el mundo y el universo, y esto es infinito, por ello el hombre no puede escapar del laberinto, este es además su prisión esencial, su conciencia y todo su ser y por ello jamás saldrá del laberinto. Es un laberinto que también es existencial y por ello podemos relacionar también este símbolo del laberinto o tema, si lo tratamos como tal, con la novela existencial donde el hombre jamás escapará de las situaciones límites.
En muchas de estas novelas la estructura también se torna laberíntica en cuanto son estructuras circulares y las problemáticas tratadas en la obra no se superan, por cuanto no son conflictos o intrigas que tienen desenlaces sino situaciones existenciales que son límites y por lo tanto aprisionan al hombre en la angustia metafísica, en esa sensación de estrechez, de agobio, de pérdida en el mundo. En este sentido es interesante la escritura de Ernesto Sábato quien presenta en sus obras personajes que no tienen escapatoria ante las disyuntivas vitales y existenciales. Sus personajes ciegos también representan una situación laberíntica.
Otra forma laberíntica muy ocupada por Jorge Luis Borges, es el laberinto mandeísta o laberinto concéntrico. Esta forma de círculos concéntricos es favorable para un Borges que quiere señalarnos que el mundo es una estructura de niveles diferentes, de diversos planos superpuestos, y para acceder al conocimiento total debemos iniciar un viaje de iniciación a través de estas esferas.
Borges cree en un misterio paradigmático, no sintagmático, este misterio está conformado por estructuras de diversos niveles de dificultad. El personaje borgesiano no se interesa tan sólo por su voz y su tiempo; sino por las voces y los tiempos de los otros, esas voces que podrían tener una versión acertada de la vida y del cosmos. El personaje borgesiano sabe que su discurso no es el único, sabe que existen otros igualmente verdaderos o igualmente falsos y el personaje busca entre estos discursos pasando de un nivel a otro. El método es similar al ocupado por el mandeísta, es un ascenso gradual por los diferentes niveles del mandala, que es parte de un sistema secreto, puede ser una palabra secreta, un talismán, una frase, lo que descansa en una de las esferas, y el personaje borgiano debe apoderarse de ella en su camino de iniciación.18
La diversidad de discursos, representado en las esferas, nos pone ante la duda de cuál será el verdadero, o si existe alguno verdadero, y abre entonces un espacio que también es laberíntico, el laberinto de la duda, en el que la búsqueda del conocimiento se constituye en otro laberinto borgiano.
Contrariamente a lo que ocurre en los mandalas religiosos, los mandalas de Borges no tienen participación de divinidades que acudan al centro. Los iniciados de Borges están solos en medio de esta circunstancia iniciática.Su sino trágico es quedarse en soledad.
Esta ausencia de Dios constituye una problemática existencial importante que está asociada al laberinto, la religión es el hilo de Ariadna que muchos hombres necesitan para el laberinto de sus vidas. La ausencia de la crencia en Dios puede llevar al prisionero a la desesperación y, en algunos casos, a la búsqueda y encuentro de falsas salidas que pueden ser puertas de accesos a otros laberintos.

La temática del laberinto está unida a otra situación profundamente humana y por lo tanto literaria, es el motivo de la búsqueda, todo laberinto implica una búsqueda y es más, el alto grado de la búsqueda determina la complejidad del laberinto.
Esta relación del laberinto y la búsqueda lo convierte, sin lugar a dudas, en un elemento motriz de la literatura de todas las épocas por cuanto la búsqueda es esencial en el hombre y en la literatura está desde las más antiguas manifestaciones literarias, desde la búsqueda del objeto maravilloso, la de la fuente de la eterna juventud, la de la piel del vellocinio de oro, pasando por la búsqueda del santo erial hasta llegar a la búsqueda de la felicidad o de la superación de problemáticas existenciales.
Para Jorge Luis Borges, y así lo señala en muchos textos, el mundo adolece de una falla, la falta de sentido y justificación, y la constitución fundamental de este mundo la encontramos en el azar. No existen planes ni diseños para la fabricación del mundo, todo es parte de un juego, de un imprevisto, de un puro encuentro de fuerzas fortuitas. Por eso que el mundo necesitaría de hombres que pensaran o estructuraran la realidad, personajes que se dediquen a la conjetura y al sistema.
Los personajes borgesianos eligen un género para plantear un orden metafísico, este es el género policial por que en la búsqueda policial encontramos un símil perfecto de toda búsqueda metafísica.19 Jaime Alazraki, el gran estudioso de la obra de Borges dice: "Uno cree estar leyendo un relato policial y de pronto se encuentra con Dios o el falso Basílides"20
Detrás de la habilidad del policía descubrimos al pensador que conjetura un sistema equidistante entre Leibnitz, Spinoza, y Descartes. La búsqueda de un asesino o un delincuente es excusa para una larga disgresión metafísica o teológica.
Si bien el género policial inaugura un orden y un sistema para conducirse por el caótico mundo borgesiano, muchas veces los personajes optan por dejar paso al azar como único modo de operar en ese esquema: "Una secta blasfema sugirió que cesaran las búsquedas y que todos los hombres barajaran las letras y símbolos, hasta construir mediante un improbable don del azar, esos libros canónigos".21
Para Borges la vida del hombre está regida por el azar o por la casualidad, en sus narraciones se hacen presentes una u otra concepción de los hechos y de la Historia, tejiéndose ambas en un tramado confuso y oscilante. Es por esto que los personajes no buscan estructuras sino que se dejan llevar por el azar y sólo existirían unos pocos que se afanarí¡ln por obtener una sistematización del universo, son los intelectuales. Pero tanto el azar como el intelectualismo que en algunos casos se torna locura constituyen variaciones de lo laberíntico.
Esta concepción del hombre regido por el azar también la encontramos en otro notable escritor argentino, Julio Cortázar; en sus personajes encontramos que el hombre deja de sentirse dueño de su vida, no es el protagonista ni tampoco el espectador, su poder está condicionado a muchos factores que se le escapan de las manos, y frente a los que poco o nada puede hacer. La libertad del hombre no es tanta como se creía pues se ve constreñida por el azar que se instaura como un elemento determinante para los caminos que el hombre pueda tomar.
El hombre viviría en un entramado de tradiciones y culturas que también constituyen un laberinto, que podríamos llamar el laberinto de los hombres. El individuo está en medio de la generación o en medio de la multitud buscando la eternidad, pero es como estar en medio de un complejo laberinto mandálico.
De este entramado cultural nace uno de los laberintos más complejos de la narrativa borgesiana: la literatura, dédalo de letras, bosque de escrituras. Para Borges la escritura y en especial la literatura, es la más perfecta de las formas laberínticas. Texto y laberinto son una misma cosa. Para Borges el texto es un laberinto temporal y un hoy en donde confluyen el pasado y el futuro. Del mismo modo que la filosofía Hindú elimina las barreras del tiempo y declara todas las doctrinas filosóficas como contemporáneas, el texto nos remitiría a un tiempo mítico que ahora sería contemporáneo.
Esta atemporalidad del laberinto textual se edifica en dos postulados borgesianos: por una parte el texto se asemejaóa a una obra donde cada uno de los hombres de la historia estaría encargado de escribir un capítulo, de este modo la acción colectiva y milenaria nos daóa una vasta obra: "imaginé también una obra platónica, hereditaria, transmitida de padre a hijo, en la que cada individuo agregaría un capítulo o corrigiera con piadoso cuidado la página de sus mayores" El Jardín de los senderos que se bifurcan"22.
Por otro lado la literatura es un solo texto del cual todos los libros son sólo simulacros o copias. Este libro sería eterno y los hombres se acostumbrarían a realizar facsímiles imperfectos: "Cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la biblioteca es total) hay varios centenares de facsímiles imperfectos".23
Se podría postular que como todos los libros son copias de un solo texto, se podría realizar la historia de la literatura a partir de uno solo de ellos pero, ésta sería errónea por cuanto las copias también lo son. Este texto laberinto es eterno ya que nunca se agotarían sus posibilidades.
El laberinto de palabras no sólo abarca la existencia del hombre y su civilización sino que también es símbolo del mundo. Borges ha dicho que el mundo es un texto que utiliza un dios para entenderse con un demonio.
La literatura sería inagotable pues inagotable son sus múltiples combinaciones y además, sus múltiples interpretaciones y es un laberinto rizomático, sin principio ni fin pues estará multiplicándose aunque erróneamente, por toda la eternidad.
Otra situación ligada al laberinto es la imagen de lo infernal. Borges mismo crea una mitología propia de interesantes y nuevos infiernos donde encontramos hombres que, inútil y angustiosamente, buscan una salida que está a través de una palabra clave o un objeto pero que están sometidos a un suplicio eterno. Los laberintos borgianos se parecen a los laberintos concéntricos del Dante, que toma también Leopoldo Marechal en su Adán Buenosaires, cuando estructura un infierno de siete círculos que descienden al fondo de la tierra y en el que se castigan los pecados capitales, pero tomados en relación con la sociedad o la humanidad.
La asociación del laberinto con lo infernal lo relaciona obviamente con lo demoníaco en cuanto causa al hombre tormento. Es por esto que en algunas obras que se refieren a las guerras, ésta es tomada simbólicamente como laberínticas. Destacable en este sentido es la extensa obra Los Campos del escritor español Max Aub donde aparece esta concepción laberíntica de la guerra.
De los autores chilenos que podemos asociar con la temática del laberinto destaca la obra El Obsceno pájaro de la noche de José Donoso, en que el personaje principal Humberto Peñaloza se refugia en un asilo de ancianas en una antigua casona, con muchas habitaciones y corredores como un laberinto, pero el personaje vive, además, en una gran habitación a la cual se le han clausurado todas las ventanas y las puertas, dejando una salida que no da a la calle sino a otros corrredores. El personaje, además, simula una mudez y vive acosado por ancianas demenciales en un laberinto humano del cual no escapa y al final se convierte en un imbunche que es otra forma mítica de encierro.
Pero si al laberinto lo asociamos con la búsqueda, también lo vemos en relación al sentimiento de pérdida, el hombre se pierde en el laberinto. En este sentido está muy asociado con otro símbolo: el bosque. Esta asociación la encontramos, recurrentemente en la literatura que llamamos infantil tradicional, que sabemos tiene una gran influencia clásica. Podemos citar, por ejemplo, el cuento Hansel y Gretel de Hans Cristiansen Andersen quien utiliza el mito del minotauro a través de la asociación con el hilo de Ariadna, cuando los niños dejan guijarros para encontrar el camino a casa, y también se pierden en el bosque. Son varios los cuentos y sus diversas versiones que utilizan el bosque asociada a la idea del laberinto y a la de pérdida.
Pero, sin duda que en la literatura contemporánea, cuando se piensa en mundos laberíntico s la figura de Franz Kafka emerge con gran intensidad; él creó mundos donde los personajes se pierden en el caos de una realidad que los sobrepasa, que no entienden y que los aprisiona. El mundo kafkiano representa al mundo del hombre universal, caótico, oscuro y sin posibilidad de verdadero conocimiento. El laberinto kafkiano conlleva la angustia existencial, a ese sentimiento de opresión, de insatisfacción, de desesperanza que constituye también un laberinto del cual algunos hombres no logran salir jamás.
En Kafka el laberinto está unido a otros elementos, como el sentimiento de culpabilidad, de extrañamiento, de desarraigo que son situaciones que asumen lo laberíntico.
También la novela Ulises de James Joyce nos pone frente a un laberinto contemporáneo, el pe la conciencia, el de las disgresiones del pensamiento que en el periplo de la vida el hombre no logra descifrar.
Pero no sólo se ha poetizado el mito del laberinto sino que la historia de Ariadna también ha sido tema de creaciones literarias, la más famosa la constituye el poema de Jorge Guillén Ariadna en Naxos que recrea el mito de Ariadna que siendo diosa, ahora en el poema tiene un comportamiento de mujer. El estudioso de la literatura española Manuel Alvar nos dice que Guillén recrea el mito como una sinfonía en tres tiempos, nacida de ciertas formas operísticas que son bien conocidas: "desde dentro, actualizándolo y humanizándolo o, de otro modo, sublimando el amor humano hasta categorías universales. Y ello también dentro de una24 estructura musical suficientemente conocida, la de cantatas y madrigales. Gracias a este poema lírico el mito se ha hecho amor y, dentro de una tradición cultural que es la nuestra, ha conseguido la eternidad de las criaturas mortales".
Podemos concluir que el laberinto es, fundamentalmente, un símbolo que también podemos estudiar como tema literario; en este sentido la figura del gran escritor argentino Jorge Luis Borges es descollante. De los escritores latinoamericanos es el único que asume el laberinto como tema para numerosos cuentos, como La casa de Asterión, Abenjacán, el Bojarí muerto en su laberinto, Los dos reyes y el laberinto.
En general el laberinto no aparece propiamente tal aunque existan obras que lo asuman en sus títulos como el Laberinto de Fortuna o Las Trescientas, poema alegórico de Juan de Mena (1454) que trataba de los defectos y virtudes de los personajes de la época, o Los Laberintos insolados de la escritora contemporánea Marta Traba, o el Laberinto de la Soledad del genial pensador mexicano Octavio Paz. Son obras que no tratan del laberinto como tema sino que sitúan la situación simbólicamente. En otros casos vemos que más bien es un detonador de problemáticas relacionadas con él como la busqueda, la huida, la soledad etc., que importan la idea de un hombre apresado en el gran laberinto de la vida.
De las diferencias que podemos señalar entre la concepción laberíntica clásica y la contemporánea es que en el período clásico e incluso hasta el medioevo, toda la vida del hombre estaba regida por la relación con los dioses o con Dios único y el hombre se movía en verdades que creía absolutas; en cambio en la época contemporánea y sobre todo en lo que llamamos post-modernidad han caído los discursos absolutos y por lo tanto el hombre se debate más aún en un mar de dudas y en una realidad que a mayor multiplicidad, a mayor cantidad de posibilidades de verdad, la siente como más laberíntica y sus laberintos son cada vez más existenciales.



NOTAS

1Este trabajo relaciona el tema preferentemente con la obra narrativa de Jorge Luis Borges.

2Poema Laberinto, en: Elogio de la Sombra (1959).

3Lo Fatal en: Cantos de Vida y Esperanza, Editorial Porrúa, S.A.México, 1975.

4Plinio. Historia Natural Vol.II. p. 260.

5En relación a la ciudad en el mundo contemporáneo y los grupos que en ella viven y que podemos interpretar como apresados por la gran urbe, o desde otra perspectiva como minotauros prestos a devorar a los que entran en el laberinto de la ciudad, véase el interesante libro de Pere-Oriol Costa, José Manuel Pérez Tornero y Fabio Tropea Tribus Urbanas, Edil. Paidós, Barcelona, España, 1996.

6Poema Buenos Aires en El otro, el mismo (1964).

7Máspero: Historie Ancienne des Peuples de l 'oriente. Editorial Atenea, Buenos Aires 1960, p.50.

8Véase Diccionario de Símbolos de Hans Biedermann. Paidós, 1989.

9Véase Diccionario de Símbolos de Juan Eduardo Cirlot, Editorial Labor S.A. Barcelona, España,1982.

10Eco, Umberto: Apostillas al nombre de la rosa. Editorial Lumen, 1988. p. 655.

11"El milagro secreto" en: Ficciones, EMECÉ Editores. Buenos Aires 1956 p.159.

12"El inmortal" en El Aleph, Ercilla, Santiago de Chile, 1984, p.16.

13Véase en Obras Completas de Jorge Luis Borges p. 217.

14Véase "El Congreso" en: El libro de la arena.

15De gran importancia en este sentido es la obra de Daniel Defoe, escrita en 1719, La vida y las extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe de York, marinero que vivió durante veintiocho años solo en una isla desierta próxima a la costa de América, cerca de la desembocadura del Orinoco, cuyo éxito motivó la aparición de múltiples obras de igual temática, lo que ha permitido hablar del sub género Robinsonadas. Al respecto léase: "El Robinson y las Robinsonadas" en Ensayos de Literatura Infantil de Carmen Bravo- Villasante. Ediciones de la Universidad de Murcia, España,1989.

16Al respecto véase, de Augusto Sarrocchi: "Don Ramón del Valle-Inclán y Tirano Banderas: una visión comprometida con América" en: Estudios Hispánicos 1, editado por Eduardo Godoy Gallardo, Instituto de Literatura y Ciencias del Lenguaje, Universidad Católica de Valparaíso, Chile, 1997.

17Véase a Mircea Elíade en: Tratado de Historia de las Religiones, Madrid, 1954. Citado por Cirlot, op. cit. p. 266.

18Véase "Acercamiento de Almotazim" en: Ficciones.

19Boileau-Narcejac, Historia de la Novela Policial, Editorial Paidós, Buenos Aires,1968, concluyen aceptando los posibles orígenes de la novela policial en los relatos más antiguos que incorporaron la presencia del enigma, constituyendo el oráculo la forma más arcaida de la novela policial. También es interesante conocer la polémica establecida entre Jorge Luis Borges y Roger Callois en la revista Sur de Buenos Aires, números 41 y 42, de abril y mayo de 1942 a propósito de los orígenes y de la estructura de la novela policial.

20Al respecto véase de Jaime Alazraki La Prosa narrativa de Jorge Luis Borges.Biblioteca Románica Hispánica, Editorial Gredos S.A. Madrid, 1974.

21"La biblioteca de Babel" en Ficciones, EMECE Editores, Buenos Aires, 1956, p. 91.

22"El jardín de los senderos que se bifurcan" en Ficciones p.106.

23"La biblioteca de babel" en Ficciones p. 92.

24Manuel Alvar: "Ariadna en Naxos" en Símbolos y Mitos, Biblioteca de Filología Hispánica, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto de Filología, Madrid, 1990.


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