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Ultima década

versión On-line ISSN 0718-2236

Ultima décad. v.11 n.19 Santiago nov. 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22362003000200008 

Última Década, 19, 2003: 105-123

NOTAS DE INVESTIGACIÓN

 

La Construcción Social de las Juventudes

 

Lydia Alpízar*, Marina Bernal**

* Actualmente es socia fundadora, asesora y consultora para elige y para diversos proyectos con Agencias de Naciones Unidas; e integrante de la directiva de Artemisa A. C. Grupo Interdisciplinario en Juventud, Sexualidad, Género y Derechos Humanos A.C.

** Actualmente es socia fundadora, asesora y consultora para elige; investigadora, consultora e integrante de la directiva de Artemisa A.C. Grupo Interdisciplinario en Juventud, Sexualidad, Género y Derechos Humanos A.C.

Dirección para Correspondencia


 

1. Introducción

A través de la historia, las sociedades han ido construyendo nociones y conceptos que definen a la gente y la ubican en determinados lugares sociales. Dichos lugares implican un acceso diferenciado entre las personas a la toma de decisiones, a la autonomía y la posibilidad de desarrollo.

Desde la segunda mitad del siglo veinte se desarrollaron corrientes de pensamiento que cuestionaron la supuesta «base natural» de estas nociones y conceptos (definida por su proceso psicobiológico, independientemente de los condicionamientos históricos, económicos y culturales que la producen), entre los que se incluyen el género, la etnia, la preferencia sexo-afectiva y la juventud, entre otras. Estas perspectivas aportan a lo que se conoce como «construcción social de la realidad», noción que posibilita ver al sujeto como activo y capaz de transformar, deconstruir y construir las explicaciones que existen sobre él o ella y sobre su mundo.

De esta manera, desde estas perspectivas se afirma que la juventud ha sido «entendida» y «explicada» desde diferentes posturas que implican determinados discursos y prácticas, que son producidos y reproducidos por diversas instituciones como el Estado, la Iglesia, la familia, los medios de comunicación, la academia, entre otros.

Para ubicar de manera clara en qué consiste la construcción social de la juventud y reflexionar sobre las implicaciones que ésta tiene para la vida de las personas consideradas «jóvenes», en este artículo nos enfocaremos en cómo se ha hecho esta construcción desde uno de los espacios sociales más reconocidos en tanto a la legitimidad del discurso que produce: la academia.

En particular en los últimos dos siglos, la academia ha sido el lugar en donde se ha desarrollado el conocimiento «científico», reconocido como el conocimiento válido y supuestamente neutral, el cual ha servido generalmente como base para legitimar prácticas y mecanismos de control hacia la gente joven.

Tal y como lo señala Gloria Bonder «la investigación contemporánea sobre juventud al igual que otros temas sociales conforma un campo de lucha simbólica y política en el que las distintas perspectivas pugnan por posicionarse como referentes válidos en la construcción de discursos legítimos». Bonder afirma que es importante reconocer que inevitablemente estas producciones científicas «expresan también los miedos, la envidia, el voyeurismo, la idealización y la nostalgia de los adultos; quienes se vinculan con este estadio de edad como algo, simultáneamente, extraño y familiar. Sin duda, ese vínculo también juega a la hora de definir sus rasgos y sobre todo interpretarlos» (Bonder, 1999:174).

2. Construcción de la juventud desde la academia

Bonder afirma que toda la investigación desarrollada sobre la juventud, está relacionada con una trama de relaciones de poder sociales, y dispositivos de control de las y los jóvenes (Bonder, 1999). De esta manea es importante poder ubicar cuáles han sido las principales disciplinas y corrientes teóricas que han «explicado» la juventud, para poder comprender cómo éstas, según Griffin, han jugado un papel determinante en la construcción de significaciones, valores y afirmaciones de «sentido común» del mundo académico sobre la juventud. Asimismo, señala la autora, las investigaciones desarrolladas sobre juventud, han servido para legitimar normas y prácticas de disciplinamiento dirigidas a las y los jóvenes.

Algo que hay que tomar en cuenta es el debate que existe en torno a las diferencias entre adolescencia y juventud. En algunas teorías estos conceptos son manejados como sinónimos y en otras se hacen distinciones a partir de elementos relacionados con cambios psicofísicos o con determinados momentos significativos que comúnmente se presentan en ese momento de la vida (el inicio de la vida sexual, la elección de proyecto de vida, etc.). Para efectos de este artículo se decidió hacer referencia de manera indistinta a ambos conceptos, respetando la forma en que cada autor o autora citados/as se refieren a los mismos.

Asimismo es importante destacar que las teorías sobre juventud corresponden también a las visiones predominantes sobre la concepción del ser humano, y a la situación política, económica y social existente en el momento en el que la teoría en cuestión fue desarrollada. Además es un proceso de vaivén donde posturas que nacieron hace treinta o cuarenta años después, retoman fuerza años o décadas después, pues responden al momento histórico político vigente.

A continuación se presenta un breve recorrido (que no pretende ser exhaustivo) sobre algunas de las principales aproximaciones teóricas del estudio de la juventud, desde distintas disciplinas que en diferentes momentos históricos se han disputado la batuta para definir el «saber» sobre los y las jóvenes.

a) Juventud como etapa del desarrollo psicobiológico humano

Primero hay que ubicar a una de las perspectivas que ha tenido mayor impacto en el imaginario social sobre la vida de las personas jóvenes: la juventud como problema, como etapa de crisis y presencia común de patologías. Esta perspectiva ha implicado una visión de la adolescencia y la juventud como un momento de «riesgo» o «peligro» en cuanto a la constitución de una personalidad sana, no patológica.

Desde esta perspectiva se han realizado numerosos estudios, principalmente sobre poblaciones jóvenes en espacios clínicos, a partir de los cuales, se desarrollaron teorías que intentan explicar la adolescencia definiendo una serie de características universales sobre esta etapa. Por ejemplo, Hall afirma que la adolescencia es un proceso de transición dominado por la angustia, la confusión y los estados anímicos cambiantes. Al ser vista de esta manera, como un momento de riesgo y peligro, la cuestión de la sexualidad se torna sumamente importante como espacio de control para una «sana» constitución del sujeto. Ana Freud resalta en sus investigaciones la importancia de ejercer control sobre los impulsos sexuales en el adolescente, especial-mente la masturbación, para establecer el orden y la autodisciplina como claves para una vida adulta provechosa.

Tanto Hall como Ana Freud, influida por éste, definieron a la juventud como un fenómeno universal caracterizado por una serie de cambios físicos y psicológicos, por fenómenos de rebelión y diferenciación de la familia de origen (la que representan exclusivamente como nuclear), que marcaban el pasaje de la infancia a la vida adulta «normal» signada por la conducta heterosexual, la formación de la propia familia y la integración productiva al mundo social (Bonder, 1999). Aberasturi (1985) afirma a su vez que la adolescencia es un período de contradicciones, confuso, ambivalente, doloroso, que se caracteriza por fricciones con el medio familiar y social.

Esta corriente ha sido influenciada fuertemente por el psicoanálisis, la psicología del desarrollo (Lidz, 1973) y los estudios sociológicos de corte funcionalista. Retoman en gran parte la visión positivista del desarrollo humano, centrándose en los cambios hormonales y fisiológicos de la persona en lo que definen como «adolescencia». Esta perspectiva es determinante en definir las características «normales» y «anormales» en el comportamiento de una «persona joven o adolescente».

En esta definición se presenta una clara diferenciación de género, que responde a los roles tradicionales, por ejemplo, al considerar que una joven sana debe tener expectativas definidas y claras tendientes hacia la maternidad (anteponiendo la maternidad a la sexualidad), la pasividad sexual, la formación de la familia, el cuidado de los otros. Desde esta visión, es «normal» que las niñas y las jóvenes tengan dificultades en la relación con la madre, en la relación entre mujeres, por las cuestiones de competencia por los hombres.

Esta perspectiva ha evolucionado, y los estudios feministas han aportado mucho a ubicar los sesgos de género en los estudios sobre la «normalidad» en la juventud y adolescencia de las mujeres. Sin embargo, todavía esta visión influye fuertemente muchos estudios sobre salud mental en mujeres jóvenes o sobre sexualidad juvenil.

Según Griffin (Griffin en Bonder, 1999) las tendencias neoconservadoras que resurgieron en los 90, están adquiriendo una creciente influencia. Entre otros fenómenos, se ha vuelto a reforzar la dicotomía entre la naturaleza-cultura revitalizando el determinismo biológico y la idea de la juventud como una categoría unitaria que la distingue de la adultez. La autora señala que es significativo que esta reacción que se despliega en los 90 coincida con la inquietud respecto de una serie de problemáticas como el incremento del desempleo juvenil, la aparición de nuevos comportamientos reproductivos, el retardo en el proceso de constitución de parejas y de la edad para tener hijos, etc., que cuestionan abiertamente la tradicional construcción conceptual de la juventud como una transición al mundo del trabajo, el matrimonio y la maternidad/paternidad.

b) Juventud como momento clave para la integración social

Otra perspectiva sobre la juventud, la cual fue desarrollada en gran medida a mediados del siglo , es la de la juventud como una etapa en la cual la gente joven debe formarse y adquirir todos los valores y habilidades para una vida adulta productiva y bien integrada socialmente. Al igual que en la perspectiva anterior, la juventud es ubicada como «proceso de transición».

Un autor destacado en esta perspectiva es Erikson (1951), que aunque retoma elementos de la perspectiva anterior, pone énfasis en la importancia de la adolescencia como espacio de aprendizaje y como potencial de desarrollo e integración. Este autor desarrolla la noción de moratoria como signo distintivo de esta fase de la vida y la descripción de los procesos emocionales y de aprendizaje social que convergen a la constitución de la identidad juvenil.

Hacia 1990, Morch elabora una crítica a la teoría clásica de Erikson. Para este autor, la juventud como concepto moderno está directamente relacionado con la existencia de determinadas «estructuras de actividad» específicas en las que los individuos, deben ubicarse. Estas estructuras (escuela, trabajo, tiempo libre, etc.) están organizadas socialmente para dar respuesta a las necesidades de desarrollo de la individuación societal.

En esta concepción, la juventud es concebida como un «status» que se adquiere a través de la adecuación de los individuos a determinadas actividades socialmente definidas. Desde este punto de vista, podrían haber personas cronológicamente jóvenes pero que, no obstante, no desarrollan su juventud; o bien, adultos que desarrollan comportamientos típicamente juveniles. Según Bonder, ésta es una propuesta más bien estructuralista, los actores deben ajustarse a las estructuras de actividad, y por lo tanto, procurar resolver las contradicciones emergentes entre las posibilidades y restricciones.

Por su parte, la sociología sobre «cultura juvenil» (Parsons, 1942) y de ecología urbana sobre bandas juveniles (Park, 1920), la psicología del desarrollo (Delval, 1985), desde los estudios jurídicos (sobretodo sobre delincuencia juvenil) y antropológicos, sobre todo enfocados a los jóvenes marginados (Trasher en Feixa, 1995), con dificultades de «integración social», delincuentes, adictos, pobres, negros. Parsons (1942) por ejemplo, caracterizaba a la cultura juvenil básicamente como «irresponsable».

En los estudios realizados por Park (Park en Feixa, 1995), algo importante que se diferencia de la perspectiva anterior es que lo que se codificaba socialmente como «desviación juvenil», no era ubicado como un fenómeno patológico, sino el resultado previsible de un determinado contexto social. Este planteamiento en particular, va a ser retomado como aporte al desarrollo posterior de una perspectiva de construcción sociocultural de la juventud.

Como los temas estudiados tienen que ver con un rol activo por parte de jóvenes en los espacios públicos (de los cuales las mujeres están excluidas), estos estudios se centran en los hombres jóvenes, aunque sus conclusiones afectan a las mujeres jóvenes también aunque ellas estén excluidas en los estudios. Han contribuido fuertemente a estigmatizar a la gente joven como delincuente, desadaptada, irresponsable, necesitada de control, y en algunos casos, de represión también.

Los resultados de estas investigaciones han servido como sustento de políticas de readaptación social juvenil, de prevención de la delincuencia, de legislación, acciones represivas, sustentadas en la construcción de tipologías fuertemente discriminatorias que relacionan ciertas condiciones (como raza, clase y nivel escolar) con el potencial de desadaptación social, particularmente en hombres jóvenes.

Desde esta perspectiva las mujeres jóvenes son normalmente invisibilizadas. Si se retoman en algún estudio tienen que ver con prostitución, o en estudios sobre adolescentes de clase media en Estados Unidos, como los desarrollados por Parsons con población adolescente «teenagers» de clase media, los cuales se centraron en la cultura juvenil de hombres y mujeres jóvenes en centros educativos de este país (se nombra a las mujeres jóvenes, pero no se hace un análisis específico que retome su condición de género). Por otro lado, la perspectiva de desarrollo para las personas jóvenes presenta otro claro sesgo de género: a diferencia de los varones, para quienes la promesa de llegada a la vida adulta puede ser una realidad (si se cumple con los criterios de integración definidos para ser adulto), para las jóvenes este estadio de tránsito que significa la «condición juvenil» es un estadio permanente, donde las mujeres continuarán siendo siempre «menores de edad», «dependientes» y con necesidad de ser guiadas.

c) Juventud como dato sociodemográfico

Una perspectiva que permeó sobre todo los estudios de juventud desarrollados en la segunda mitad del siglo , ubicaron a la juventud como grupo de edad (sobre el cual todavía no hay un consenso claro, en términos de su definición etárea), vista principalmente desde un punto de vista poblacional. Los ejemplos típicos desarrollados desde esta perspectiva han sido principalmente sociodemográficos, cuya presencia se multiplicó particularmente a partir de la crisis poblacional de los años sesenta y setenta, y hasta nuestros días.

Los y las jóvenes se convierten aquí en un grupo homogéneo integrado por todas las personas que coinciden en un grupo de edad definido por cortes que en algunos casos resultan arbitrarios o en otros responden a intereses de control poblacional o de inserción productiva. Las personas jóvenes son ubicadas principalmente como un dato estadístico. Estos estudios generalizan características o comportamientos a toda la gente joven, invisibilizando la diversidad de condiciones, necesidades y realidades. Algunos estudios realizados desde esta perspectiva son los de empleo juvenil (Zepeda, 1993), fecundidad en adolescentes (Welti, 1989), entre otros.

Los resultados de estas investigaciones han servido como base para el desarrollo de políticas públicas hacia jóvenes en diferentes partes del mundo. Su visión va más allá de la determinación de problemas enfrentados por la «población joven», sino que los mismos criterios para la medición de las problemáticas juveniles, son utilizados para medir el éxito o avance las políticas públicas o acciones definidas.

La definición de soluciones a la problemática que parten de estos estudios no consideran normalmente la condición de género de las mujeres jóvenes, por ejemplo, las propuestas de políticas de capacitación para el empleo ignoran el hecho que las jóvenes cumplen en la mayoría de los casos roles tradicionales en la familia (asumiendo tareas reproductivas o de trabajo doméstico) o no tienen la misma disposición de tiempo o posibilidad de movilidad que los hombres jóvenes.

Al homogeneizar a la gente joven, se tiende a invisibilizar a las mujeres jóvenes. Si se hacen estudios desagregados por sexo, se invisibiliza de todas maneras la diversidad de condiciones en que viven las mujeres jóvenes.

Algo importante en estas investigaciones es que parten de la disponibilidad de los datos, los cuales en el caso de las mujeres son en muchos países todavía escasos y los que existen tienen claros sesgos de género. Por ejemplo, hay datos claros sobre mortalidad en hombres jóvenes, pero en mujeres jóvenes este dato no es tan preciso si tomamos en cuenta que las muertes por abortos mal practicados (muy comunes en mujeres jóvenes pobres) están subregistrados. También se han hecho estudios sobre migración, que no están planteados desde una perspectiva de género, por lo que pareciera que la migración es un fenómeno básicamente masculino. Es solamente hasta años recientes que este tipo de estudios, han concluido por ejemplo que hay una presencia significativa de mujeres jóvenes en la población migrante, y que esto tiene impactos sociales y económicos diferenciados, tanto en sus comunidades, como en sus vidas. Esta perspectiva es quizás la que hace que en algunos casos este tipo de estudios se hayan movido más allá de una visión sociodemográfica para pasar a una que trata de contextualizar los fenómenos estudiados, tomando en cuenta otras dimensiones (de contexto) más allá de los datos en sí mismos.

d) Juventud como agente de cambio

Esta es una línea de investigación de la juventud influenciada fuertemente por el materialismo histórico. Los estudios realizados desde esta perspectiva tienden a tener una visión muy idealista de la juventud, ubicando a este grupo como «agentes» y como motores de la revolución, destacando y reconociendo su aporte en procesos de cambio social significativos (el Mayo francés, el movimiento estudiantil en Estados Unidos, la revolución cubana, el movimiento pacifista, etc.). Algo significativo en estos estudios es el cambio de visión sobre los jóvenes, que tiende a ser más positivo que algunas de las perspectivas anteriores. Sin embargo, pareciera que en esta perspectiva se deposita en la juventud la esperanza de cambio de la realidad social imperante.

Según Bonder (1999) hacia los años sesenta «la juventud se instaló decididamente en el centro del debate sobre conformismo/rebeldía, el consumismo y la delincuencia y una vez más, los grupos juveniles fueron caracterizados como potenciales causantes de problemas, desorden y caos social» al tiempo que se elaboraban teorías que intentaran explicar/controlar/recetar soluciones a estos fenómenos. Los años sesenta (mayo francés), fueron sin duda un fenómeno juvenil y universitario que, por primera vez, identificó a los jóvenes como protagonistas de un cambio cultural y social revolucionario; de escépticos y conformistas (Schelsky, principios sesenta), los y las jóvenes pasaron a ser en apenas unos pocos años, activistas, contestatarios y cuestionadores de la cultura dominante. Las investigaciones de esta época, tienen una clara naturaleza política.

Para ejemplificar esto, Bonder cita a Clarke (1975) que señala que «la juventud se transforma en la metáfora de tratamiento de la crisis en la sociedad, en el indicador sobre el estado de las naciones, del ciclo de altas y bajas de la economía, los cambios de valores culturales de la sexualidad, la moral, la familia, las relaciones de clase y las estructuras ocupacionales». De modo que a partir de esto, se espera que la juventud proporcione «las soluciones a los problemas de la nación ya que se considera que los jóvenes portan la llave del futuro del país».

En los años noventa hay otras voces más optimistas (pero según Bonder demasiado generalizadas y esquemáticas) como la de Inglehart (1990) quien postula que en las sociedades avanzadas, con cierto grado de desarrollo y resolución de los clásicos conflictos estructurales entre el capital y el trabajo, son los jóvenes los portadores de nuevos valores, a los que llama «postmaterialistas», caracterizados por la creciente preocupación por la calidad de vida, mejoras en la atención de los servicios privados y estatales, demandas por una mayor participación vecinal, cuidado del medio ambiente natural y social, es decir, desean relaciones sociales menos jerárquicas, más íntimas e informales con los demás.

e) Juventud como problema de desarrollo

Otra perspectiva que ha estado cercanamente vinculada con el desarrollo de políticas públicas de juventud en América Latina, tiene que ver con la definición de la juventud como problema de desarrollo, debido a la alta incidencia de desempleo en este grupo, o del consumo de drogas ilícitas, el número embarazos adolescentes, entre otros (Ferraroti, 1981).

Estos estudios tienden a enfocarse en problemas más «macro» del desarrollo socioeconómico de los países (desempleo, tasas de fertilidad y crecimiento poblacional, migración e inmigración, nivel educativo, etc.) y retoman en muchos casos el enfoque sociodemográfico, pero van más allá que los estudios meramente estadísticos. Se enfocan principalmente al desarrollo de propuestas para «integrar socialmente» a la población juvenil a la sociedad, proponiendo bases para el desarrollo de políticas públicas dirigidas a este sector. Por ejemplo, Touraine afirma que desde una propuesta política más humana se debería considerar como inversión importante la inserción de los y las jóvenes en el desarrollo social (Touraine en Rovirosa, 1988).

Sin embargo, a diferencia de la perspectiva sociodemográfica, estos estudios retoman las particularidades regionales o subregionales, e incluso nacionales que enfrentan los jóvenes. Estos estudios tienden a ser sumamente institucionales y financiados normalmente por instancias públicas encargadas de la juventud. Un autor que ha elaborado diversos estudios, como base para el desarrollo de políticas de juventud en América Latina desde esta perspectiva, es Ernesto Rodríguez (1995a, 1995b).

Estos estudios han estado relacionados con las conferencias internacionales sobre diversos temas relacionados con el desarrollo realizadas en la década de los noventa. Por ejemplo, la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social (1995), en la que se identifica claramente a la población joven como una población en riesgo, o como un grupo vulnerable, cuya integración es «clave» para el desarrollo socioeconómico. Otro ejemplo son los estudios realizados por Durston (1998) sobre juventud rural y desarrollo.

Estas investigaciones retoman algunos aportes en cuanto a la diversidad de condiciones que se cruzan en la vida de la gente joven, como por ejemplo el estado civil, el nivel educativo y la clase, cambios en la edad de matrimonio o conformación de una nueva familia, y el acceso a la satisfacción de determinadas necesidades que históricamente no habían sido ubicadas como necesidades de esta población, por ejemplo, el acceso a vivienda cuando se trata de gente joven que no se ha casado ni está por casarse. Estos estudios intentan tomar en cuenta y ubicar cambios en los comportamientos y contextos sociales en los que vive la gente joven en cuanto a conformación de una familia, en la iniciación de la actividad sexual, acceso a la educación primaria y secundaria, empleo, etc.

f) Juventud y generaciones

Esta perspectiva tiende a ubicar a la población joven a partir de sucesos históricos significativos que sirven para identificar los referentes inmediatos a la gente joven de determinada época. En este caso, la juventud es definida como un grupo generacional, que desde esta visión puede compararse con otras generaciones de jóvenes (que obviamente ya no lo son más). El concepto de generación ha servido para construir algunos estereotipos sobre la gente joven de determinada época, por ejemplo, la «generación perdida» (Rosas, 1993) y «generación X» (década de los noventa), «generación escéptica» (finales de los noventa), «generación de la red» (principios siglo XXI).

Al igual que con la perspectiva sociodemográfica, ésta tiende a homogeneizar a la gente joven, ubicando características comunes en todas las personas que están ubicadas en la generación joven del momento. El concepto de «generación X», desarrollado por un autor estadounidense, produjo toda una serie de caracterizaciones sobre la generación de principios de los noventa, que se extendieron a las juventudes de diversos países, que obviamente, vivía en contextos y condiciones muy distintas a los jóvenes que inspiraron el libro del mismo nombre y que da cuenta de una realidad de un sector de jóvenes en Estados Unidos: «generación X» (Coupland, 1993).

Por otro lado, los estudios de los noventa, sobre lo que llaman la «generación escéptica» (como a principios de los sesenta) se centran en investigaciones sobre actitudes y prácticas políticas de los jóvenes que afirman que ellos/as adscriben al individualismo y al hedonismo como valores sociales principales, que están altamente desmovilizados, actúan de acuerdo a criterios pragmáticos y en consecuencia no se interesan por participar en la construcción social y política del país, el continuo fluir del presente es su principal preocupación.

En Estados Unidos, la perspectiva generacional tiene que ver con una visión de la juventud como sector atractivo en términos de consumo, así como la cuestión del desarrollo económico y tecnológico (sobre todo en el área de comunicación electrónica) y por otro lado, como sector que hay que conocer para diseñar políticas de manejo de personal adecuadas. Estos estudios tienden a resaltar las diferencias y conflictos con otras generaciones (Hicks, 1999; Bagby, 1998; Schneider, 1999; Tapscott, 1998) y parecieran depositar a los supuestos conflictos y división generacional diversos problemas que tienen que ver más con problemas que determinada sociedad enfrenta más allá de la generación.

g) Juventud como construcción sociocultural

Una última perspectiva tiene que ver con aproximaciones teóricas más recientes, desarrolladas sobre todo en los últimos treinta años que ubican a la juventud como una construcción sociocultural. La mayoría de estos estudios realizados desde esta perspectiva han sido desarrollados desde la antropología y la sociología, donde se retoman aportes de Park, Trasher y Mead (quien desde los años veinte rompió con la tradición de ver a la juventud como algo universal, definiéndola más bien como una categoría cultural), entre otros. Desde estas disciplinas se han hecho algunos de los aportes más importantes a la desmitificación de los prejuicios existentes en diferentes teorías sociológicas y psicológicas, que desmedicalizaron y desmitificaron la juventud, ubicándola en su contexto histórico y cultural. Los estudios socioculturales resaltan la diversidad de formas de expresión de lo juvenil (culturas juveniles), y subrayan la diversidad de lo juvenil (identidades juveniles).

Además, se han desarrollado estudios en Europa, Estados Unidos y también en América Latina que ponen énfasis en dos dimensiones particulares de lo juvenil: por un lado, la identidad o identidades juveniles como resultado de un proceso de construcción sociocultural; por el otro, las culturas juveniles como expresiones diversas de la población que se identifica a sí misma como joven.

Los estudios realizados desde esta perspectiva han sido diversos, algunos centrados en el campo de las subculturas juveniles (como la juventud de la postguerra en Inglaterra en los años sesenta) que retoman comúnmente elementos del interaccionismo simbólico, del estructuralismo, la semiótica, la literatura contracultural y el marxismo cultural. Entre sus principales exponentes encontramos a Cohen, quien hizo estudios sobre los grupos mods y skinheads, planteándolos como soluciones ideológicas a los problemas provocados por la crisis de la cultura parental que cumplen la función de restablecer la cohesión perdida dotando a los jóvenes de una nueva identidad social (Feixa, 1995).

Desde la psicología se han desarrollado estudios sobre la juventud que rompen con las perspectivas clásicas desarrolladas por Hall y Erikson. Uno de los teóricos destacados en esta línea es el psicólogo francés Gerard Lutte que propone distinguir las fases del desarrollo, dependiendo de la conciencia que la gente joven tiene de ellas. Lutte ubica a la juventud como una condición que implica una fuerte marginación y discriminación.

Hay algunas investigaciones que surgieron a finales de los ochenta y principios de los noventa (Hollands, 1990; Moffat, 1986) en donde se va trascendiendo la frontera de la clase social como eje estructurador de los comportamientos juveniles y se emprende un examen más complejo que combina el análisis de las relaciones de poder entre el género, sexualidad, raza y edad.

Varios autores hispanoamericanos/as han desarrollado estudios sobre la juventud, los cuales se proponen desde una perspectiva de construcción social. Valenzuela, antropólogo mexicano especializado en la cultura de la frontera norte de México, habla de la condición juvenil como categoría y conceptualiza la juventud como construcción sociocultural históricamente definida. Él entiende las identidades juveniles como históricamente construidas, referidas situacionalmente, es decir, ubicadas en contextos sociales específicos: de carácter cambiante y transitorio. Son productos de procesos de disputa y negociación entre las representaciones externas a los/as jóvenes y las que ellos/as mismos/as adoptan. Las identidades juveniles incluyen las autopercepciones, e implican la construcción de umbrales simbólicos de pertenencia, donde se delimita quién pertenece al grupo juvenil y quién está excluido. Valenzuela ubica las identidades juveniles de manera relacional con otras condiciones como el género y la etnia.

Un ámbito ampliamente estudiado en los últimos diez años es el de las culturas juveniles: el español Carles Feixa (1995) es uno de los autores que más ha trabajado este tipo de estudio. Él afirma que las culturas juveniles refieren la manera en que las experiencias sociales de los jóvenes, son expresadas colectivamente mediante la construcción de estilos de vida distintivos, localizados fundamentalmente en el tiempo libre o en espacios de intersección de la vida institucional. Se refieren además a la aparición de «micro-sociedades juveniles», con grados significativos de autonomía respecto de las «instituciones adultas», que se dotan de espacios y tiempos específicos y que se configuran históricamente, en los países occidentales, principalmente en Europa, Estados Unidos y Canadá, tras la Segunda Guerra Mundial. Esto coincide con grandes procesos de cambio social, en el terreno económico, educativo, laboral e ideológico.

Feixa ubica que la noción de culturas juveniles remite a la noción de culturas subalternas, como culturas de los sectores dominados, y se caracterizan por su precaria integración en la cultura hegemónica, más que por una voluntad de oposición explícita. Él ubica esta no integración o integración parcial en las estructuras productivas y reproductivas como una característica esencial de la juventud. Asimismo, coincide con Valenzuela en considerar a la condición juvenil como una condición transitoria, en contraste con otras condiciones sociales que son permanentes, como la étnica o de género.

Feixa estudia la articulación social de las culturas juveniles, desde tres escenarios: el de la cultura hegemónica, la cultura parental y las culturas generacionales. Al hablar del carácter transitorio de la juventud, Feixa destaca el hecho que esta característica ha servido como base para la descalificación y desprecio a los discursos culturales de los y las jóvenes. De esta manera, la juventud es vista como «una enfermedad que se cura con el tiempo», lo cual ha implicado condiciones desiguales de poder y recursos a las cuales han tenido que sobreponerse determinados grupos juveniles para poder sostener su autoafirmación.

Feixa es uno de los autores que más han impactado los estudios realizados sobre la juventud en varios países latinoamericanos. A pesar de que ha traído una perspectiva crítica y novedosa para mirar a la población joven y sus diversas expresiones en la región, Feixa plantea una mirada que está muy permeada por sus referentes y realidad europea, los cuales no necesariamente encuentran un paralelo en la realidad latinoamericana y caribeña. No obstante, en uno de sus últimos trabajos (Feixa, 2002) está haciendo un esfuerzo por rescatar elementos particulares de la realidad de la región (como por ejemplo, la dimensión étnico-racial), que han participado históricamente en la construcción de identidades y culturas juveniles.

Por otro lado, el sociólogo chileno Klaudio Duarte ha realizado un extenso trabajo con jóvenes urbanos de sectores populares de su país. Él se centra en el análisis de los discursos dominantes sobre la juventud que se han desarrollado históricamente desde diversas instituciones sociales. En su estudio realiza una tipificación de dichos discursos ubicando las implicaciones que cada uno de éstos tiene para la vida de la gente joven. Asimismo, Duarte hace una revisión crítica del concepto juventud, el cual desde su perspectiva no logra contener el complejo entramado social del cual desea dar cuenta.

Con respecto a las mujeres jóvenes en este tipo de estudios es todavía incipiente el desarrollo de investigaciones que den cuenta de su condición: todavía se presenta una fuerte invisibilización o visión muy superficial o con sesgos de género sobre su realidad. Incluso algunos de los autores mencionados (Feixa, Valenzuela y Duarte) han planteado que las culturas juveniles han sido vistas como fenómenos exclusivamente masculinos; según Feixa, la juventud ha sido definida en muchas sociedades como un proceso de emancipación de la familia de origen y de articulación de una identidad propia expresada en el ámbito público o laboral (fenómenos legitimados para las hombres, pero no así para las mujeres). Estos autores reconocen que en la aproximación a la realidad de las mujeres jóvenes, en cuanto a la construcción de su identidad y su participación en las culturas juveniles, hace falta mucho por hacer.

En los años ochenta, se realizaron algunos estudios de este tipo por investigadoras como Garber y McRobbie (Garber y MacRobbie en Feixa, 1995) que trabajaron justamente una explicación sobre la participación de las mujeres jóvenes en las culturas juveniles. En éstos, ellas afirman que las mujeres jóvenes ciertamente tienen un lugar marginal en las subculturas juveniles, pero resaltan el hecho que las investigaciones realizadas hasta la fecha estudiaron las culturas juveniles que habían sido definidas desde un marco androcéntrico, que dejaba de lado aquel conjunto de actividades, relaciones y espacios en los cuales ellas sí participan y que no son identificados o codificados necesariamente como parte de estas culturas.

En este sentido, Wulf plantea la importancia de tomar en cuenta espacios como el «dormitorio» y no sólo la calle, como uno donde se desarrolla una microcultura juvenil femenina, espacio de experimentación, de establecimiento de relaciones con ellas mismas o con amigas o grupos mixtos (Wulf en Feixa, 1995).

Siguiendo esta línea, Maritza Urteaga, investigadora mexicana, ha realizado investigaciones sobre mujeres jóvenes en el ámbito urbano enfocándose a espacios no tradicionales de estudios sobre juventud, tales como mujeres jóvenes y rock, mujeres jóvenes punk y afectividad juvenil y centros comerciales, entre otros (Urteaga, 1995, 1996a, 1996b).

3. La construcción social de las juventudes

Recapitulando este recorrido sobre las diversas perspectivas teóricas de aproximación a la juventud y el análisis de algunas implicaciones que éstas tienen sobre la vida de las personas jóvenes, en especial en la de las mujeres jóvenes en los distintos espacios donde se mueven: la calle, la familia, el trabajo, la escuela, la vida política, las organizaciones, entre otros; podemos ver que hay una lógica que predomina en la mayoría de ellas. Retomando algunos aportes de Duarte y Bonder, pero añadiendo algunos elementos que consideramos fundamentales, diremos que estas perspectivas comparten en una mayoría de los casos, las siguientes características al ser generalmente:

Homogeneizantes: lo cual implica asumir que las personas jóvenes tienen características, necesidades, visiones o condiciones de vida iguales y homogéneas. A partir de esta lógica se pueden plantear explicaciones o soluciones que son generalizables a toda la población joven, sin tomar en cuenta su diversidad.

Estigmatizantes: por un lado, a partir de ciertos estereotipos y prejuicios construidos por resultados de las investigaciones realizadas, se estigmatiza a las personas consideradas como jóvenes, o grupos particulares de jóvenes. Por otro lado, a partir de considerar determinados estigmas sobre las personas jóvenes como «naturales» o como dados, se desarrollan investigaciones que permiten la confirmación «científica» de dichos prejuicios.

Invisibilizadoras de las mujeres jóvenes: se asume (desde una perspectiva claramente androcéntrica) que las mujeres jóvenes están contenidas en el genérico «jóvenes», por lo que al hacer afirmaciones o estudios sobre «la juventud» no se toman en cuenta sus especificidades y la diversidad de condiciones en las que ellas viven.

Desvalorizantes de lo femenino: se desvalorizan en un gran número de estudios las necesidades, formas de expresión y vinculación de las jóvenes y cuando se pretende dar cuenta de su realidad, se hace a partir de aquellos aspectos que tienen ver con sus roles tradicionales de género. De este modo, cuando se nombra a las mujeres jóvenes, en la mayoría de los casos es para reproducir las condiciones de desigualdad genérica de las que son objeto.

Negadoras o no explicitadoras de la subjetividad de quien investiga: son pocas las personas que realizan investigación sobre juventud, que trabajan, reconocen y dan cuenta de manera explícita de la carga subjetiva (en términos de valoraciones, relaciones afectivas, etc., con esta temática y población en concreto) desde la cual realizan su trabajo. Por ejemplo, investigadores/as que son o padres o madres o tienen una relación afectiva cercana con personas jóvenes al momento de desarrollar la investigación; investigadores/as jóvenes con imaginarios propios sobre las otras personas jóvenes; o como investigadores adultos/as con un imaginario sobre lo juvenil a partir de lo que fue su propia vivencia de la juventud, etc.

Adultocentristas: el parámetro de validez de muchos de los estudios sobre juventud es legitimado desde el mundo adulto. Asimismo, muchos estudios son realizados por personas (adultas o jóvenes) que consideran que desde su lugar (como investigadores/as) saben lo que piensan, necesitan o sienten las personas jóvenes, sin tomar en cuenta la opinión de las y los jóvenes; o si lo hacen, las utilizan para ilustrar o ejemplificar conclusiones predeterminadas en sus estudios.

En síntesis, es importante destacar la necesidad de realizar una lectura histórico-crítica de las diversas perspectivas sobre la juventud, lectura que significa partir que el género, la juventud, la raza, la etnia, la preferencia sexo-afectiva, entre otras, implican condiciones sociales que no son «naturales» o inamovibles, sino que son construcciones sociales.

Significa asumir que la juventud permanentemente se está construyendo y re-construyendo, históricamente. Cada sociedad define a la «juventud» a partir de sus propios parámetros culturales, sociales, políticos y económicos, por lo que no hay una definición única. Por tanto, las perspectivas tradicionales sobre la juventud se pueden transformar, de-construir y re-construir.

Por último, en esta recapitulación se han tratado de ubicar las implicaciones que las diversas perspectivas teóricas expuestas tienen para la gente joven, en los diversos ámbitos o dimensiones en los que viven o se desarrollan: la familia, la escuela, el trabajo, el ejercicio de su sexualidad, la participación de la vida pública, entre otros. Este tipo de análisis puede realizarse con respecto a cualquier institución social (el Estado, los medios de comunicación, la familia, la escuela, la Iglesia, etc.), partiendo de la base que cualquier discurso producido por alguna de estas instituciones, tiene implicaciones diversas sobre la vida de las personas jóvenes.

Ninguna institución social produce un discurso neutro sobre la juventud, todas llevan implícitas elementos valorativos de las distintas perspectivas analizadas. Es importante tener en cuenta que los discursos de las diferentes instituciones se cruzan, se complementan y se contradicen unos a otros y que las contradicciones o afinidades que surgen de este proceso se ven reflejadas también en la forma en que las personas jóvenes concretas construyen su propia definición y/o vivencia de lo juvenil. Todos estos discursos institucionales compiten de diversas formas entre sí por establecer su hegemonía en la definición del «deber ser» o en la explicación de la juventud.

Ciudad de México, Julio 2003

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