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Magallania (Punta Arenas)

versión On-line ISSN 0718-2244

Magallania v.33 n.2 Punta Arenas nov. 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22442005000200013 

 

MAGALLANIA, (Chile), 2005. Vol. 33(2):177-184

NOTAS Y COMENTARIOS BIBLIOGRÁFICOS

ARCHIPIÉLAGO PATAGÓNICO. LA ÚLTIMA FRONTERA. Por Mateo Martinic B. Ediciones de la Universidad de Magallanes. 15 x 22,5 cms. 297 págs. Ilustraciones y mapas.



Es un alto honor referirme a una Última Frontera, explorada por la experimentada y sabia mirada del maestro Mateo Martinic, en un momento donde las últimas fronteras no son vistas como un escollo o un retraso respecto al desarrollo. Por el contrario, las últimas fronteras constituyen hoy un recurso escaso altamente valorado por sus reservas de biodiversidad, sus servicios ecosistémicos indispensables para la salud del planeta todo, su espacio como laboratorio natural donde investigar mejor acerca del impacto humano reciente y pasado, reflexionar en torno al sentido de la vida en un momento que confrontamos grandes crisis sociales y ambientales, un escenario privilegiado para satisfacerlas crecientes necesidades y demandas del ecoturismo y otros tipos de turismo que tienden hacia la contemplación escénica y al encuentro de las personas consigo mismas, en estos refugios del mundo agitado y transformado. La zona de canales, islas, glaciares, fiordos, penínsulas, golfos y montañas del Archipiélago patagónico representa hoy un tesoro no sólo para Magallanes, sino para la humanidad toda, y no sólo para los seres humanos sino también para las miríadas de seres vivos y ecosistemas que despliegan en esta zona sus manifestaciones vitales.

El tránsito histórico y geográfico que el maestro Martinic despliega erudita, experimentada y sensiblemente a través de este reticulado paisaje nos permite apreciar el carácter exclusivo que representa el archipiélago patagónico como una de las pocas áreas prístinas que quedan en el planeta, las oportunidades y las responsabilidades que tal característica abre para la sustentabilidad económica de Magallanes, a la vez que las dificultades para observar y comprender una realidad ecológica y cultural tan singular, que conlleva altas complejidades para construir procesos de desarrollo sustentable en esta región archipielágica. Junto a la nutrida información y narrativa descriptiva que nos entrega esta obra, podemos inferir nociones cuya generalidad es relevante no sólo teóricamente, sino también para la toma de decisiones relativas a la administración de tan precioso territorio. El descubrimiento e interpretación de estos conceptos y sus lecciones es una tarea abierta para cada uno de los lectores de este magnífico libro.

En mi caso, centraré el análisis en tres nociones que me parecen radicales en el planteamiento del maestro Martinic, y que a la vez nos sugieren criterios acerca de cómo actuar en el presente en tan delicada, singular y valiosa región archipielágica del planeta. Estas tres nociones son las de (i) una consubstanciación de los habitantes originarios y el medio archipielágico; (ii) la fragilidad de los sistemas culturales y biológicos del Archipiélago Patagónico; y (iii) el difícil y esforzado cambio de relación con este territorio desde un desconocimiento y abusos en una “tierra de nadie” hacia su descubrimiento y protección para el beneficio de los magallánicos y la humanidad.

I) La consubstanciación de los habitantes originarios y el medio archipielágico

Los vívidos testimonios de los viajeros y la propia experiencia del autor, lo llevan a afirmar la existencia de una consubstanciación entre los habitantes originarios y el mundo archipielágico, esto es la identificación entre las substancias de los habitantes y de su medio. No puede haber término más preciso y radical. El libro comienza refiriéndose al poblamiento originario. En este contexto, destaca la importancia de las ciencias arqueológicas para la comprensión de los patrones y procesos de poblamiento del archipiélago patagónico, subrayando el desarrollo que estas ciencias han tenido en la región austral durante los últimos cincuenta años.

El maestro Martinic analiza dos hipótesis respecto a los patrones de poblamiento del archipiélago austral. La primera plantea que el poblamiento de los canales archipielágicos ocurrió desde el sur hacia el norte a través de un proceso de colonización y transformación de poblaciones cazadoras terrestres procedentes de la Patagonia Oriental, que en el curso de este proceso habrían experimentado importantes transformaciones físicas y culturales. La segunda hipótesis propone que el origen de las poblaciones del archipiélago austral estaría en poblaciones canoeras de más al norte que habrían avanzado hacia el sur navegando a través de los canales el sistema archipielágico que comienza en Chiloé. Al cabo de su análisis, el autor se inclina por una hipótesis mixta. El proceso de poblamiento de los archipiélagos patagónicos se habría originado a partir de la transformación de poblaciones de cazadores terrestres que una vez asentadas en centros geográficos costeros de Magallanes central como el área del Seno Otway, habrían adquirido los hábitos canoeros, dispersándose por medio de la navegación hacia el sur (hacia la zona del canal de Beagle y Cabo de Hornos) y hacia el norte (hacia la zona de isla Wellington y Madre de Dios). Aunque el autor enfatiza la necesidad de continuar la investigación arqueológica para abordar estas preguntas aún abiertas, la visión de los pueblos canoeros le permite concluir su libro afirmando:

“en un territorio así,... el ser humano moderno sólo ha tenido y tiene el carácter de mero transeúnte al revés del pueblo originario de los kawéskar que, en prodigio de adaptabilidad, pudo vivir durante milenios en las condiciones más difíciles que puedan imaginarse... No muestra el Archipiélago Patagónico, y jamás podrá hacerlo, los rasgos humanizados en su paisaje, propios de una acción antrópica permanente y modificadora de la naturaleza” (p. 258).

Nomadismo y navegación son dos elementos esenciales que aprendemos de los modos de habitar de los pueblos originarios del archipiélago, sean ellos kawéskar, chonos, yaganes o más recientemente veliches. Esta aptitud del territorio archipielágico por la navegación y por intervenciones antrópicas suaves o acotadas-temporal y espacialmente-debiera considerarse hoy, al momento de decidir acerca de los modos de desarrollo para esta zona.

Respecto al ancestral modo de habitar navegante, el maestro Martinic subraya la doble función de las canoas kawéskar, como medio de transporte y de vivienda, tal como ocurre hoy con las embarcaciones de pescadores artesanales, los barcos de la Armada, los yates y cuantos otros. Esta conclusión es fundamental para el análisis de las propuestas acerca de la continuidad de la carretera austral por el occidente patagónico. Éstas debieran considerar mayoritariamente la comunicación por vías marítimas, tal como ocurre en la Fase I de la propuesta del senador Antonio Horvarth, discutida en detalle en el capítulo final de la obra. En relación a este criterio, el autor es enfático llamando a la cautela respecto a las fases posteriores de este proyecto de carretera austral que impondría mayoritariamente terrestres. Al respecto el autor advierte:

“Nos surgen serias dudas de la conveniencia de las formas propuestas, mirando a la conservación integral del Archipiélago como valor turístico natural de primerísimo rango, lo que exige el mantenimiento de su intangibilidad limitando la intervención humana que, en el caso de obras de infraestructura en tierra firme podría resultar de consecuencias para la pristinidad ambiental, con riesgo de deterioro del paisaje escénico y vital, y la consecuente desvalorización de la calidad del Parque Nacional Bernardo O’Higgins” (p. 274).

El análisis de la cultura navegante de los kawéskar trasciende a las canoas o , abordando también sus chozas o tchelo que en un hábito comunitario de borde-mar permanecían disponibles para quienes fueran recalando, su selección de sitios provistos de agua dulce y bahías abrigadas armónicos con el medio ambiente y la calidad de vida, sus ceremonias, cosmovisión y hábito de vida arraigados en las características marino-terrestres del clima, la biota y la orografía de la Región. Aun la desnudez es interpretada como la más sabia práctica cultural para habitar en un ambiente, que en términos del autor “rezuma agua por doquiera, lo que hacía inútil toda forma de vestido” (p. 59).

Los datos demográficos y cronológicos aportados por esta obra, son claros también respecto a la prevalencia de los pueblos originarios. Sus habitantes, aun bajo las más conservadoras estimaciones superaban los miles, en cambio los colonos europeos jamás han superado los cientos. En cuanto a la cronología del poblamiento, los fechados arqueológicos permiten afirmar que la Patagonia está poblada desde hace unos 12.000 años, y la zona del archipiélago desde hace más de 6.000 años. Por lo tanto, el período de colonización europea representa menos del 10% del período poblado del archipiélago. Más aún, la evidencia arqueológica y etnográfica revela también en cada nueva investigación aspectos de una cultura amerindia austral mucho más sofisticada que la descrita por los colonos en un principio. Los entierros y la cultura funeraria son milenarios. Sus ornamentos, utensilios y prácticas rituales nos obligan a modificar los juicios de valor esbozados por los primeros navegantes y colonos. Estos antecedentes nos permiten concluir que en los tiempos modernos ha habido menos gente y por menos tiempo, y que los hábitos de vida de los habitantes originarios evidencian un éxito en su modo de habitar archipielágico que en consecuencia demandan la más profunda consideración. En este aspecto, el maestro Martinic es más radical que nunca llegando a proponer que:

“La singularidad natural del ambiente archipielágico es algo indiscutible. Territorio donde lo húmedo y lo sombrío conforman las características imperantes al punto que a muchos ha podido y puede parecer un mundo de pesadilla, fue sin embargo durante milenios el país de los kawéskar, nómades marinos que supieron generar y desarrollar una cultura hija admirable por su adaptación a condiciones ciertamente rigurosas. Para ellos, sin duda, siendo como era el propio, debieron aceptarlo y llegar a amarlo con fuerte sentimiento hasta la plena consubstanciación” (p. 18).

En estos términos, don Mateo afirma en su nuevo libro que en el habitar kawéskar la substancia humana y la substancia del mundo archipielágico llegan a ser una. Esta consubstanciación, involucra un modo de conocer y habitar tan fino, que los mundos kawéskar y archipielágicos se identifican. Tal grado de identificación nos pone hoy un desafío, puesto que como sociedad contemporánea nos invita a volver a ser “hijos del Archipiélago Patagónico”.

En suma, “volver a ser hijos del Archipiélago Patagónico” es la primera conclusión e invitación que desprende nuestro análisis de la obra de don Mateo. Delalectura se desprende, ala vez, que para “volver a ser hijos de este territorio” es necesario mirar, comprender y proponer alternativas de vida y economías desde el archipiélago sudoccidental hacia la sociedad global. En vez de la instalación de proyectos económicos importados desde otras realidades, las que por tanto borrarían la sustancia singular del Archipiélago Patagónico, hacia una propuesta elaborada desde la sustancia archipielágica. Este giro favorecerá, sin duda, modos de habitar el archipiélago que nos permitan recorrerlo por centurias y milenios como han hecho los kawéskar, los coigües de Magallanes, los cipreses, las nutrias, los lobos marinos, las cholgas o los picaflores.

La obra de Martinic, muestra, sin embargo, que la sola consubstanciación no es suficiente para la continuidad del sistema archipielágico patagónico, puesto que sus relaciones bioculturales internas han sido y son frágiles frente a perturbaciones externas, como las derivadas de los procesos de conquista europea en el pasado reciente y podrían serlo frente a algunos proyectos de colonización en el futuro cercano.

II) Fragilidad de los sistemas culturales y biológicos del Archipiélago Patagónico

Respecto a la fragilidad, llama la atención que en menos de medio siglo, entre 1820 y 1860 la presión de caza sobre las poblaciones de lobos marinos en el Archipiélago Patagónico fue tan intensa como para que el Presidente Jorge Montt estableciera una veda permanente en 1890. Las loberías del archipiélago, aparentemente inagotables, con sus numerosos elefantes marinos, lobos de uno y dos pelos fueron desapareciendo rápidamente tras la caza para obtener su aceite, grasa y sobre todo pieles que eran comerciadas principalmente por embarcaciones norteamericanas, procedentes de Nueva Inglaterra. Suerte similar correspondió a las nutrias de río y de mar, y a las ballenas. Pero, no sólo los mamíferos marinos fueron afectados por la actividad de los loberos y peleteros, sino que también las poblaciones kawéskar padecieron el más brutal de los tratos. Martinic señala que:

“Algunos de éstos [cazadores de lobos]... llegaron a ejercer un dominio abusivo y perverso sobre los indígenas,... y fueron los agentes directos de su disminución numérica” (p. 76).

Luego, citando a Annette Laming y Martín Gusinde, respectivamente, agrega:

“Siempre hay unos cuantos loberos que rondan cerca de los alacalufes. Para ellos, un campamento de indios significa mano de obra gratis” (p. 80).

“La situación de los kawéskar no es para ser envidiada, pues indefensos, se ven entregados a la explotación y a los criminales abusos de ciertos blancos desalmados. Yo, personalmente, tuve sobrada oportunidad de imponerme... de muchos desórdenes, injusticias, crímenes, etc., que son perpetrados por individuos llamados ‘cristianos’, quienes se saben muy lejos de las autoridades y del brazo de la ley” (p. 77).

Este escenario de abusos con los habitantes originarios del Archipiélago Patagónico, que ha afectado tanto a las poblaciones humanas como a otros seres vivos, ha sido favorecido por la gran extensión y aislamiento del territorio, haciendo difícil las medidas de control todavía hoy. En un capítulo particularmente fresco e interesante, Martinic trata del surgimiento de Puerto Edén como un sitio desde donde se ha intentado una integración territorial y una administración más justa de esta “virtual tierra de nadie”.

Se describe la creación de la estación de la Fuerza Aérea, y el poblamiento que el lugar ha tenido a partir de mediados del siglo XX. Respecto a este poblamiento reciente, Martinic destaca que éste ha ocurrido principalmente por parte de familias chilota-veliche, a la que elogia como “raza especial, única capaz de adaptarse a las exigencias del rudo entorno occidental”. Sin embargo, durante el siglo XX, las condiciones de aislamiento y los vejámenes continuaron en el Archipiélago Patagónico, de manera similar a los descritos para las poblaciones kawéskar. Respecto a la situación de la población de Puerto Edén en la década de los sesenta, el autor advierte:

“Ese territorio insular, asaz, aislado y fuera de cualquier vigilancia era el apropiado para que florecieran actividades marcadas por (1) el abuso en las condiciones de trabajo y (2) por la explotación excesiva de recursos naturales. En el primer caso, estaban los pescadores y mariscadores contratados que vivían en su gran mayoría en condiciones antihigiénicas y misérrimas, desprovistos de las comodidades más indispensables, insuficientemente abastecidos de alimentos y con sus salarios impagos desde largo tiempo. Ni hablar de la cancelación de regalías e imposiciones sociales aspecto en el que se daba una mora generalizada por parte de los contratistas. En el segundo, literalmente se trabajaba a costa arrasada, esto es, hasta extinguir los especímenes de tamaño comercial, afectándose sin duda la recuperación de las diferentes especies y la integridad armónica del bioma natural”(p. 199-200, énfasis agregado).

En este capítulo de la historia, don Mateo no sólo es narrador sino también protagonista. Como Intendente de la entonces Provincia de Magallanes, propulsó la “Operación Canales”, iniciativa impregnada del espíritu de servicio público, con anhelos y acciones orientadas hacia el bienestar de las comunidades humanas e integridad del medio ambiente. Es ilustrativa la labor de los entonces inspectores del trabajo, Francisco Bozinovic y Juan Matulic, y el acucioso informe del Inspector Zonal de Pesca y Caza de Magallanes, Guillermo Rivas. Ellos constataron cómo los pescadores trabajaban para contratistas proveedores de conserveras en Puerto Montt, Calbuco y Quellón, quienes “fijaban las condiciones de entrega del producto (fresco o ahumado), suministraban elementos de trabajo y alimentos, y también pasajes para los venidos de fuera, todo lo cual era descontado al momento de hacerse las liquidaciones, del mismo modo que se rebajaba el peso de los productos que llegaban a destino final en mal estado. El alojamiento, cuando se daba era precario o derechamente malo, y por lo común corría por cuenta de los propios mariscadores” (p. 202).

Los diagnósticos realizados y el contacto personal de las autoridades con la población, condujeron rápidamente a la fundación de Puerto Edén el 17 de febrero de 1969. Para entonces, en menos de dos años, se había creado la Escuela de Puerto Edén, el cuartel de Carabineros, una oficina de la Empresa de Comercio Agrícola (ECA), se había constituido la Cooperativa de Pescadores y una serie de otras iniciativas comunitarias y de servicios públicos. A la vez, “en cuanto decía relación con los indígenas kawéskar”, don Mateo señala que “desde un comienzo se adoptó en su respecto una actitud diferente a la que éstos conocían, no discriminatoria, de digna consideración, como a los demás pobladores, valorándose en ellos los derechos que emanaban de su condición de pobladores originarios” (p. 213).

Complementariamente a estas acciones sociales, en 1969 el Gobierno Provincial propuso al Ministerio de Agricultura la creación del Parque Nacional“Bernardo O’Higgins” y la Reserva Forestal “Alakalufes”. La creación de ambas áreas protegidas, en junio del mismo año, brindaba protección legal a la mayor parte del territorio del Archipiélago Patagónico. La “operación canales” y la tarea de Puerto Edén continúan, y los años que siguen a su fundación “han conformado un período de dulce y de agraz” en términos del autor.

En un análisis crítico cabe señalar, sin embargo, que tan equivocada como había sido la actitud de caridad hacia las poblaciones indígenas kawéskar, parece haber sido también la actitud de asistencialismo del Estado hacia la remota comunidad de Puerto Edén. Ambas conducen hacia una actitud de pasividad por parte de una población originariamente emprendedora.

Cabe destacar que durante la década de los noventa se ha invertido en el desarrollo de Puerto Edén a una tasa anual diez veces superior a las dos décadas anteriores. Hoy se cuenta con la Escuela Básica G-6, el Jardín Familiar Étnico “Centollitas”, Posta de Salud, Registro Civil, Retén de Carabineros, Capitanía de Puerto, Biblioteca Pública, Guardería de la Corporación Nacional Forestal, como también cobertura de agua potable y luz eléctrica, teléfono público satelital, estación repetidora de televisión, una radio FM “Yeque Yeque”, Sede de la Junta de Vecinos, Grupo Juvenil Yetarkte, el Centro de Madres Las Carmelitas, que cuenta con un kiosko para la venta de artesanías, y más de una decena de otras organizaciones comunitarias. A primera vista este escenario, señala el autor que “en una historia reciente que aún no entera cuatro décadas, es evidente que en el presente (año 2003), se está incomparablemente mejor que cuando se inició la preocupación integradora” (p. 227). Sin embargo, don Mateo advierte al mismo tiempo que:

“Con todo lo buena e indispensable que la acción oficial ha sido -y lo es-, la misma ha traído y lleva consigo una suerte de contrapartida no deseada: lainmovilidad dela comunidad beneficiaria, es decir, deja hacer sin involucrarse suficientemente, olvidando que sumando esfuerzos el resultado buscado podría ser doblemente mejor y más eficaz.

Con la comunidad de origen foráneo que devino autóctona por propia decisión podría repetirse históricamente lo acontecido con los indígenas kawéskar establecidos en la bahía Edén, una vez que pasaron a la asistencialidad del Estado: perdieron su vigor anímico, olvidaron sus viejas costumbres y cultura y acabaron convertidos en recepcionarios de la ayuda caritativa” (p. 228).

El modelo de desarrollo, no ha sido asimilado y apropiado por la comunidad local de la manera esperada. No obstante su buena intención social, el modelo ha sido implantado desde fuera. Como una manera de superar este carácter exógeno y promover una mayor autogestión, Mateo Martinic argumenta a favor del proyecto de creación de la nueva comuna de Ladrillero.

Junto con la justificación de la propuesta de creación de una nueva comuna, el libro deja en claro que el logro de un bienestar social, ambiental y económico en la zona del Archipiélago Patagónico no es una tarea simple, sino que abre numerosos desafíos. En medio de su recorrido, la narración de Archipiélago Patagónico. La Última Frontera transmite con nitidez que uno de los mayores desafíos radica en superar las dificultades para descubrir las singularidades de este territorio remoto. Resulta evidente, que tales descubrimientos no sólo generan asombro entre científicos y hombres ilustrados, sino que son imprescindibles para la mejor administración del territorio.

III) Diversidad de miradas para descubrir y valorar las singularidades del Archipiélago Patagónico

Respecto al difícil y esforzado cambio de relación con el territorio archipielágico, desde una terra incognita llena de abusos” hacia el “descubrimiento y protección de sus tesoros bioculturales” para el beneficio de los magallánicos y la humanidad, resulta cautivante leer la secuencia de navegaciones y levantamientos cartográficos en la zona occidental de Magallanes. Poco a poco, durante los últimos cinco siglos, una región percibida por los primeros navegantes europeos como una sólida masa costera continental va develándose como un intrincado laberinto de canales con miríadas de islas, fiordos y penínsulas.

Don Mateo, despliega aquí una síntesis maestra de eventos y procesos que se inician con las navegaciones de Fernando de Magallanes, Francisco de Ulloa, Juan Ladrillero y Pedro Sarmiento de Gamboa, quienes comienzan a describir y nominar los diferentes accidentes geográficos, a la vez que la flora y fauna.

“Entraba la mar por un bordo y salía por otro, y por popa y proa, que no había cosa que no anduviese debajo del agua, y como el bergantín era pequeño... corría muchísimo peligro... era el viento de efriegas... Conocimos algunos árboles de los de España: cipreses, sabinas, acebos, arrayán, carrascas; Hierbas: apio y berros; y aunque estos árboles y mojados, arden bien... de la demasiada humidad hay sobre las peñas un moho... estos céspedes de este moho esponjoso que pisando sobre él se hunde pie y pierna” (p. 19-20).

Así va descubriéndose, ante los ojos de Sarmiento de Gamboa, el clima y la biota austral. Martinic recorre magistralmente los relatos y episodios de una sucesión de navegantes europeos y más recientemente de la Armada de Chile que producen el intrincado cuadro que tenemos hoy de la geografía archipielágica. Este recorrido histórico estimula al lector que puede apreciar una gran diversidad de relatos. Por ejemplo, en contraste con Sarmiento de Gamboa, hacia fines del siglo XIX Lady Ann escribe:

“Los estupendos glaciares corren directamente al mar... compuestos enteramente de hielo verde y azul y de nieve pura, miden quince y veinte millas de largo. Lejos son los más hermosos que ninguno de nosotros jamás ha visto; y aun aquellos de Noruega o Suiza se ven insignificantes al lado de ellos... Es imposible describir en detalle el panorama... rocas escarpadas y nobles acantilados cubiertos de líquenes multicolores, los témpanos flotantes; cada blanco y promontorio ricamente cubierto de vegetación de matices de verde; el angosto canal en sí mismo, azul como el cielo, con pequeñas islas, cada una un conjunto de verdor, y reflejándose en su superficie cristalina cada objeto con tal nitidez, que era difícil decir dónde terminaba la realidad y dónde comenzaba la imagen... Nunca en mi vida he observado algo tan maravilloso...” (p. 22-23).

El maestro Martinic acota que con este relato, Lady Ann provee la primera descripción en el“estilo propio de los relatos turísticos según modernamente se entiende, con una visión no ya de marinos profesionales ni de científicos veteranos, sino de personas comunes y corrientes, sobre un territorio bajo diferentes aspectos, único por diferentes y grandioso por su magnificencia natural” (p. 135). Por un lado, relatos opuestos como el de Sarmiento de Gamboa y de lady Ann ilustran cómo, en el decir del autor “el Archipiélago Patagónico puede exhibir con riqueza caleidoscópica lo bello y lo sombrío, lo grandioso y lo pequeño, lo siniestro y lo que alegra, lo sublime y lo insignificante, la plenitud de la vida y el silencio pavoroso de la nada; todo ello es real, en increíbles matices” (p. 33).

Por otro lado, a través de la pluralidad de miradas sobre este territorio presentadas a lo largo del libro, resulta claro también que en ningún grupo humano que transitara por sus aguas había sólo buenos o malos, había de todo. Tanto los hábitos y miradas humanas, como los paisajes y el clima son multifacéticos, y esta compleja diversidad del Archipiélago está aún por descubrirse. Como expresara recientemente el zoólogo Germán Pequeño, “uno de los problemas más serios de la ciencia chilena es el desconocimiento de áreas como el Archipiélago Patagónico. Todavía quedan lugares del territorio en los cuales la información científica disponible es mínima o inexistente” (p. 260).

Annette Laming comentaba ya con antelación que “mucho o casi todo falta por hacer en la reconstrucción de la prehistoria de los archipiélagos de Patagonia y Tierra del Fuego. Si la tarea está poco avanzada,... es debido a que las condiciones materiales son particularmente difíciles en estas zonas. El clima con sus lluvias y tempestades, la ausencia de todo punto de aprovisionamiento o de socorro, la soledad absoluta, pero también la belleza de sus bosques o roqueríos expuestos al viento, hacen de la menor prospección una extraordinaria aventura... Materialmente será necesaria la ayuda de organismos como... la Armada Nacional... y de la colaboración de investigadores de ...(diversas) disciplinas” (p. 43-44).

El precursor requerimiento expresado por Annette Laming tiene respuesta años más tarde con la Fundación del Instituto de la Patagonia, que involucra además un giro respecto al conocimiento regional. Como señala Martinic “si hasta aproximadamente 1970 los trabajos científicos realizados en Magallanes habían sido una virtual exclusividad de especialistas extranjeros”, “la fundación del Instituto de la Patagonia... (ha permitido) que académicos del país y especialmente de la región... pudieran realizar sus propias investigaciones y darlas a conocer sin retardo a la comunidad científica chilena y mundial, y aun al público en general a través de publicaciones regulares y ocasionales” (p. 143).

Hoy, acudimos precisamente a uno de estos actos comunicaciona les de un conocimiento vertido en un libro que nos permite a la comunidad toda ver al Archipiélago Patagónico como un área cuya singularidad y pristinidad posee el más alto valor no sólo para la región de Magallanes sino para el planeta. Don Mateo concluye y nos propone que “se trata... de elegir el bien mayor,... el mantenimiento del Archipiélago Patagónico como santuario natural, por sobre su desvalorización debido a la pérdida de sus condiciones esenciales de territorio prístino e intangible” (p. 274). Para armonizar tal propósito con las necesidades económicas el turismo es propuesto por el autor como la “actividad económica privilegiada en el distrito de la Patagonia”(p. 253). Su crecimiento y potencialidades son descomunales, de una actividad marginal en el trayecto de navegación entre Puerto Montt y Puerto Natales, con sólo muy contados turistas en 1979, supera los 11.000 pasajeros en el año 2002. En la temporada 2002-2003los cruceros transportaron más de 30.000 pasajeros a través de los canales patagónicos, ala vez que se haninstalado nuevos servicios(como, por ejemplo, la “Ruta Exploradores Kawéskar”)e iniciativas regionales(como, por ejemplo, la Sociedad de Turismo Yekchal) procuran una mayor participación de la comunidad de Puerto Edén en esta nueva actividad económica.

El maestro Martinic subraya con convencimiento que “en el Archipiélago Patagónico... el turismo brinda una gama tan compleja como difícilmente otra reserva natural de Chile y de América, y quizá del mundo” (p. 267). Al turismo de contemplación escénica, pueden agregarse el turismo aventura, el turismo científico, el ecoturismo y el etnoturismo. En este contexto, donde la singularidad y la pristinidad constituyen la esencia del Archipiélago Patagónico, a la vez que su máximo atractivo para el desarrollo turístico, el autor considera muy oportuna la iniciativa del senador Antonio Horvarth, para solicitar a UNESCO la declaración de Patrimonio de la Humanidad para el área del territorio nacional comprendido entre Puerto Montt y el Cabo de Hornos. Tal iniciativa, es sinérgica con otras propuestas regionales en curso como lo son la creación del Parque marino Francisco Coloane y la propuesta Reserva de Biosfera Cabo de Hornos, a lo largo de esta extensa región archipielágica. Martinic expresa que está “persuadido firmemente de que a través del turismo el Archipiélago Patagónico podrá ser mejor conocido y su incorporación a la vida y economía de Magallanes pasará de anhelo de visionarios a una realidad tangible y provechosa” (p. 268).

La publicación de este libro es más que oportuna en medio del momento histórico que vivimos hoy, cuando “las últimas fronteras” del planeta constituyen precisamente uno de los recursos más escasos y valiosos. Administrar bien la “Última Frontera del Archipiélago Patagónico” es una tarea que nos compete a todos. Para ello, los aportes de este libro, del trabajo de don Mateo Martinic, del Centro de Estudios del Hombre Austral y de la Universidad de Magallanes en general, son muy significativos puesto que nos proveen de una lupa histórica-cultural que nos guía para mirar, comprender y descubrir el intrincado laberinto archipielágico austral, a la vez que nos revela la enorme responsabilidad que nos cabe para conservar y valorar este tesoro de la humanidad.

Ricardo Rozzi

 

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