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Magallania (Punta Arenas)

versión On-line ISSN 0718-2244

Magallania v.34 n.2 Punta Arenas nov. 2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22442006000200014 

 

MAGALLANIA, (Chile), 2006. Vol. 34(2):126-131

NOTAS Y COMENTARIOS BIBLIOGRÁFICOS*

CRÓNICA DE LAS TIERRAS DEL SUR DEL CANAL BEAGLE. Por Mateo Martinic B. 15,5x23 cm. Ediciones Hotel Lakutaia. Punta Arenas, Chile. 279 págs. Ilustraciones y mapas. ISBN 956-299-826-6


“Si el lector toma un mapa que incluya el extremo meridional del continente… su vista apreciará … un conjunto de islas que se le adosan y que se desperdigan hasta el cabo de Hornos. Estas tierras configuran la frontera terrestre que linda con el proceloso océano antártico… Y ésta es su principal característica, pues tales islas son el término final, el confín del confín habitado permanentemente por el hombre… el finis terrae, el non plus ultra de la geografía y la civilización” (p. 15).

Con esta alusión al carácter de “frontera” del Cabo de Hornos, el distinguido historiador Mateo Martinic abre su nueva edición del libro Crónica de las tierras del sur del canal Beagle. Esta noción de frontera atraviesa la totalidad del texto y transforma la lectura del documento en un vivo estímulo para pensar el presente y el futuro de esta región, en la medida que el atributo de frontera adquiere variadas dimensiones geográficas, naturales, culturales, económicas, administrativas y geopolíticas. Organizaré la revisión del nuevo libro en torno a estos atributos de frontera que el maestro Martinic identifica lúcidamente para el territorio austral.

Frontera de la civilización moderna: refugio para la vida marina y terrestre

El Cabo de Hornos constituye una frontera de la civilización: al ser el territorio más remoto permanentemente habitado, éste se ha “incorporado tardíamente al suceder civilizador” (p. 15). En consecuencia, estas tierras archipelágicas adquieren hoy un carácter de refugio para una diversidad de modos de vida en este rincón austral del planeta.

La noción de refugio marca la sección “Conquista Pacífica del Lejano Sur” que comienza ilustrando cómo “las otrora incontables poblaciones de otáridos, lobos de mar de uno y dos pelos, valiosos mamíferos de fina y cotizada piel que en tiempo no muy lejano poblaran las costas de la Patagonia y la Tierra del Fuego y los vastos archipiélagos vecinos, perseguidos sin tregua desde mediados del siglo XVIII, acabaron por refugiarse ya diezmados en los inaccesibles islotes y roqueríos que se adosan a la parte occidental del continente, desde el cabo de Hornos hasta el golfo de Penas” (p. 81).

Podemos apreciar cómo este archipiélago remoto ha representado durante los últimos siglos, y aun hoy, una frontera o un refugio de vida para aquellos seres que son “perseguidos sin tregua” por la “codicia pelífera” (p. 81). Más allá del moderno afán de explotación sin límites, los lobos marinos y otros seres encuentran un refugio o un “salvavidas” en estos islotes remotos del extremo sudoccidental de Sudamérica. Esta noción de refugio para la vida coincide con el reciente reconocimiento por parte de la comunidad científica internacional que ha identificado la zona archipelágica que se extiende entre el Cabo de Hornos y el Golfo de Penas, como una de las 37 ecorregiones más prístinas del planeta. (Mittermeier et al. 2002, Rozzi et al. 2006).

El maestro Martinic también ha abordado claramente esta noción de refugio y frontera de los archipiélagos magallánicos en su libro Archipiélago Patagónico: La Última Frontera (Martinic 2004), que trata de la región de archipiélagos de Última Esperanza, entre el golfo de Penas y el Estrecho de Magallanes. De esta manera, junto a Crónica de las Tierras al Sur del Beagle, ambas obras ofrecen una detallada síntesis de los procesos históricos que han transformado y continúan transformando a una de las pocas “regiones de frontera” o ecorregiones prístinas que todavía quedan en el planeta. Ambos libros proveen una valiosa orientación para comprender procesos históricos que han tenido lugar y para tomar decisiones que encaucen las políticas de desarrollo presentes y futuras en el extremo austral de Chile y América.

Frontera geográfica y administrativa: un desafío para el Estado de Chile

El carácter geográficamente remoto plantea también un enorme desafío para la administración del territorio austral. En varios pasajes del libro, el autor plantea cómo la escasa presencia del Estado de Chile en las tierras al sur del Canal Beagle, permitía la ocurrencia de delitos que violaban las leyes vigentes. Por ejemplo, durante las primeras décadas del siglo XX empresarios y cazadores nacionales y extranjeros “proseguirían con periodicidad visitando los roqueríos aledaños al cabo de Hornos, cazando especies pelíferas pese a la prohibición vigente” (p. 141). En estas regiones extremas, geográficamente marginales, el Estado confrontaba así los límites de su capacidad de fiscalización; límites que impedían velar por el cumplimiento de la ley en la frontera administrativa del territorio de Chile.

El análisis histórico del maestro Martinic caracteriza el período entre 1910 y 1950 como “cuatro décadas de decadencia y abandono” del territorio austral, y concluye que “un territorio que así aparecía en un estado de manifiesto abandono oficial, debía constituir un sitio proclive a la acción delictual” (p. 151). A la vez, el autor subraya el contraste entre las políticas de Chile y Argentina durante la primera mitad del siglo XX, y afirma que “mientras del lado del Pacífico se sumaban los desaciertos, del lado del Atlántico se vigorizaba el antiguo interés por extender y consolidar su influencia [argentina] en el área austral de la Tierra del Fuego” (p. 151).

Durante las “cuatro décadas de decadencia y abandono”, un aspecto particularmente confuso y pernicioso en la política administrativa de Chile se refiere a las concesiones de tierras otorgadas “al sur del canal Beagle”. Al respecto, uno de los episodios históricos más aleccionadores se produjo al comienzo de tal período cuando “al llegar el año 1918 venció el plazo de diez años concedido a los colonos de isla Navarino para ocupar sus tierras” (p. 144). Pese a que los colonos habían ocupado y trabajado esmeradamente sus predios, cuando apelaron a la renovación de concesión ésta les fue denegada. Martinic describe cómo “en vez de otorgárseles los correspondientes arrendamientos, o al menos renovárseles sus permisos de ocupación la administración del Presidente Arturo Alessandri que recién se iniciaba, entregó la totalidad de la isla a un periodista santiaguino Armando Hinojosa… Se trataba obviamente de una remuneración por servicios de carácter político, práctica que en distintas ocasiones y por tantas causas ha resultado funesta bajo todo punto de vista” (p. 144).

El análisis crítico del historiador no sólo evalúa “la concesión de Hinojosa como factor perturbador del proceso” (p. 164), sino que documenta además la desatención por parte del Estado respecto a los habitantes de la isla Navarino y territorio austral en general. Martinic comenta “cuán lejos estaban los colonos de Navarino …de imaginar que por aquellos mismos días se gestaba en la capital de la República una situación que daría al traste con sus esperanzas de progreso, los llenaría de amargura y preocupación y significaría un duro golpe para el desarrollo de todo el territorio austral” (p. 143).

Durante las primeras décadas del siglo XX, Navarino “no fue el único caso que anotaron los anales del sur chileno; también en la Patagonia central, en el todavía en gran parte ignoto Territorio de Aysén otros esforzados pioneros colonizadores fueron víctimas de intentos semejantes de despojo, pero su decisión, su valentía y su tenacidad hubo de valerles permanecer en las tierras conquistadas con su trabajo” (p. 143). De esta manera, tanto los extremos norte como sur de la “última frontera” padecían de abandono o arbitrariedades por parte del Estado de Chile. Martinic analiza cómo tomó varias décadas reparar el gran daño que se había hecho en el período de decadencia, al “otorgar el beneficio de las concesiones de tierras a personas que tenían favorable ligazón o padrinazgo político y, casi siempre, ninguna vinculación con las tierras objeto de su ilusionada codicia”.

Como estrategia de defensa durante el período de decadencia, los colonos de Navarino “los representantes de los antiguos colonos trataron su asunto con el Gobernador en medio de una campaña de defensa de sus derechos iniciada por el diario El Magallanes, que una vez más se colocaba al servicio de una causa cívica de superior interés, concitando el apoyo solidario de la opinión pública regional. En su campaña ciudadana denunció la arbitrariedad que se pretendía cometer con los colonos del extremo sur, reclamó amparo y justicia para ellos y expresó que la situación era una consecuencia natural de la imprevisión gubernativa en política de colonización” (p. 146).

Luego de cinco décadas de decadencia, con el deseo de reparar las perniciosas políticas anteriores e impulsar un genuino desarrollo en el territorio insular del extremo sur de Magallanes, la administración del Presidente Juan Antonio Ríos procuró poner término al período de arbitrariedades. En 1943, el ministro Alfredo Duhalde afirmaba el “reconocimiento del derecho que tenían los antiguos colonos ante cualquier otro oponente”, e indicaba la necesidad de reforzar la presencia de la Armada de Chile en la zona austral. Estas medidas tardaron cinco años en implementarse, cuando en 1948 “el contralmirante Rafael Santibáñez, comandante en jefe de la IIIa Zona Naval” propuso “la creación de una sub-base naval en el área del Beagle destinada a abastecer y mantener los buques embarcaciones y servicios de la Armada en Navarino e Islas Australes, como asimismo los servicios civiles y particulares que el Gobierno encargara a la Armada en beneficio de sus pobladores” (p. 165).

A juicio de Martinic, “1948 fue después de muchos años de vacío, un período que señala una verdadera toma de conciencia nacional sobre la importancia y situación de las islas australes”. Durante ese mismo año “la cancillería chilena también propuso, infructuosamente, a la cancillería argentina el arbitraje sobre el dominio de las islas Picton y Nueva en un intento por revivir la búsqueda de solución al viejo litigio” (p. 166). El autor identifica en los planteamientos de 1948 las bases estructurales del plan de acción de la Armada de Chile y del plan administrativo para la región austral que adoptarían los distintos gobiernos en el futuro.

Cinco años más tarde, en 1953, la Armada de Chile concretaba, bajo la dirección del contralmirante Donald McIntyre, comandante en jefe de la IIIa Zona Naval, la fundación de Puerto Luisa. En el transcurso de ese año y el siguiente se completaron rápidamente la construcción de una posta de salud, la radioestación, bodegas, una hospedería, una pulpería, casas habitaciones, las oficinas de la Gobernación Marítima, se iniciaba una escuela-hogar, redes de alumbrado, agua potable, alcantarillado, un muelle de 50 metros de largo y se reactivaba el antiguo aserradero de la hacienda de los Lawrence en Puerto Luisa. Durante esa década se crearon también los puestos de vigilancia naval en Puerto Banner (isla Picton), isla Lennox e islas Diego Ramírez, con el fin de “afirmar la soberanía nacional y ejercer la vigilancia jurisdiccional, y cumplir valiosas tareas de observación meteorológica” (p. 173).

El autor compara el éxito de la gestión del contralmirante McIntyre con aquella del gobernador Manuel Señoret (impulsor del desarrollo regional hacia fines del siglo XIX). Martinic destaca cómo en un decenio y algo más, McIntyre consolidó a mediados del siglo XX una “labor francamente admirable, cuyo mérito debe atribuirse fundamentalmente a la decisión y a la preocupación de la Marina de Chile” (p. 178). Hacia 1964, Puerto Luisa que había cambiado su nombre por el de Puerto Williams (nombre dado en homenaje al comandante Juan Williams, jefe de la expedición que en 1843 realizó la ocupación de las tierras fueguinas y patagónicas en nombre del gobierno de Chile), constituía “un pueblo atractivo y pintoresco, casi una viva representación de las antiguas factorías de frontera” (p. 177).

De esta manera, a comienzos de la segunda mitad del siglo XX asistimos a un giro en la política administrativa de las “tierras al sur del Canal Beagle”. El Estado de Chile lograba superar las mayores deficiencias que experimentara para legislar la frontera meridional de su administración durante la primera mitad del siglo XX, y atendía ahora al bien común en forma planificada, generosa y esforzada. A partir de los años 1950s, el impulso dado por la Armada de Chile contribuyó a consolidar la soberanía de Chile en el territorio austral y a un mayor control y cumplimiento de las leyes chilenas en beneficio de la población residente.

Hacia fines de la década de 1960, la colonización del territorio austral habría cobrado un nuevo impulso gracias al llamado Plan Navarino, que sustituía “en lo posible a la persona del estanciero-arrendatario por grupos de familias campesinas … este fue el principio de filosofía agraria … que inspiraría una nueva forma de colonización pastoril” (p. 182). Bajo el gobierno del Presidente Eduardo Frei, período en que el autor del libro actuara como Intendente de Magallanes, se revisaron y reordenaron las concesiones, se mejoró la infraestructura no sólo de Puerto Williams sino que también de Puerto Eugenia, Caleta Piedra (isla Picton), Caleta Las Casas (isla Nueva), Caleta Cúter (isla Lennox), otras localidades y se “refundó” Puerto Toro. Al mismo tiempo, el Instituto de Fomento Pesquero prospectaba y evaluaba la riqueza de la biota marina, y en tierra se llevaban a cabo prospecciones mineras.

Mirando en retrospectiva el resultado del trabajo de la Armada y del Gobierno de Chile durante las décadas de los 1950s y 1960s, Martinic concluye que “la realidad, al iniciarse la década de 1970, se imponía con arrolladora fuerza: las islas australes formaban ya indisoluble y definitivamente parte integrante del cuerpo vivo y activo de la República…áspero camino había debido recorrerse… cuyo transcurso había sido jalonado por los trabajos esforzados de antiguos mineros y cateadores, colonizadores y navegantes, por el afán humanitario y cristiano de los misioneros, por las muestras de preocupación y desvelos de hombres públicos y oficiales de marina, por las frustradas esperanzas de los pobladores, …gracias …a los hombres recios y heroicas mujeres… las Islas Australes habían dejado de ser un trozo olvidado de Chile para pasar a ser un territorio animado que proclamaba como pocos su nacionalidad” (pp. 185-186).

El análisis histórico de esta frontera político administrativa de Chile, culmina con el recuento de “la cuestión del Beagle”. Para este análisis, el autor ha incluido un capítulo completamente nuevo (respecto a la primera edición de 1973). Luego de abordar las “interpretaciones geográficas y jurídicas” del Tratado de 1881 entre Chile y Argentina, el nuevo capítulo analiza detalladamente el proceso arbitral. A partir del veredicto de la Corte de Arbitraje emitido en Ginebra en febrero de 1977, que otorgaba respaldo jurídico a la correcta interpretación que nuestro país había hecho del Tratado a partir de 1881, y que ratificaba la pertenencia de las islas Picton, Nueva y Lennox a la República de Chile, la reacción de la nación Argentina fue crecientemente hostil, oponiéndose a la aceptación del veredicto internacional. En medio de este tenso proceso llegó a involucrar una amenaza real de guerra entre ambas naciones, afortunadamente surgió en 1978 la propuesta de mediación papal evitando que lo que parecía inconcebible que “chilenos y argentinos, especialmente patagónicos y fueguinos, pudieran de pronto convertirse en enemigos” (p. 221).

La mediación papal no estuvo libre de tensiones, y la amenaza de guerra continuó viva hasta que el proceso adquirió un giro inesperado bajo el trágico episodio bélico entre Argentina y Gran Bretaña en las islas Malvinas, en abril de 1982. Martinic reflexiona acerca de cómo la derrota de las fuerzas argentinas y la salida de Leopoldo Galtieri de la Jefatura del Estado impusieron un cambio “en la vida política y social de Argentina, expresado en la voluntad colectiva de superar el militarismo y sus secuelas” (p. 228). La llegada de Raúl Alfonsín a la presidencia de Argentina marcó un compromiso claro de ese país en la búsqueda de un “acuerdo concertado que fuera equitativo y honorable para ambos países” (p. 229). En enero de 1984, los ministros de relaciones exteriores, Jaime del Valle (Chile) y Dante Caputo (Argentina) suscribieron en Roma ante la presencia del cardenal Agostino Casaroli (Secretario de Estado del Vaticano) la Declaración de Paz y Amistad. En agosto de ese año, el Presidente Alfonsín iniciaba una campaña de información y consulta pública, que culminó con un plebiscito donde el 25% del pueblo argentino expresó un “abrumador apoyo para el acuerdo chileno-argentino” (p. 232), y respaldar a su gobierno para resolver por la vía de negociaciones el “Diferendo Austral Zona Canal de Beagle”. Cuatro días más tarde, el 29 de noviembre de 1984, se firmaba en la Sede del Vaticano el Tratado de Paz y Amistad.

Evocativamente, Martinic concluye que “con el triunfo de la razón… Chile y Argentina habían dado un ejemplo de cordura al mundo… desde aquel memorable día las comunidades que radican a ambas orillas del paso marítimo podían empezar el retorno al tiempo ya lejano en que el pueblo yámana detentaba en paz el dominio de sus aguas y costas. Como entonces el mar común –no el Beagle de la controversia, sino el Onashaga milenario–había de ser vía de pacífico encuentro, provechoso intercambio y realmente fraterna convivencia” (pp. 233-234).

Frontera del conocimiento científico y económico: superando la condición de Terra Incognita Australis

Para la comprensión del momento histórico actual, y del valor (potencial y actual) que presenta el Cabo de Hornos en el mundo globalizado de hoy, cobra especial relevancia la inclusión de una nueva sección en esta reedición de Crónica de las Tierras al Sur del Canal Beagle titulada “La Evolución del Fin del Siglo XX”. En esta sección final del libro, Martinic no sólo aporta antecedentes, sino también un análisis y una visión que subrayan el valor de la actividad científica en el territorio, en cuanto permiten re-descubrir un “tesoro natural” y revisar críticamente cuáles políticas de desarrollo económico favorecen a la continuidad cultural originaria del pueblo yagán, a la conservación de la diversidad biológica y sus singularidades, al bienestar de los habitantes locales, y cuáles en cambio favorecen más bien inversiones extra-regionales que deterioran la realidad local.

En la primera parte del libro, Martinic revisa la historia de “descubrimiento y reconocimiento científico del territorio” (capítulo segundo), destacando entre las muchas expediciones aquellas del famoso capitán James Cook (1769 y 1774), el biólogo Charles Darwin (1832-1833), la Misión Científica Francesa (1882-1883) y las de los etnólogos Martín Gusinde y Wilhem Koppers (1918, 1920, 1923). En la sección final del libro, el autor destaca cómo el valor natural y cultural albergado por el territorio al sur del Canal Beagle fue oportunamente reconocido por el gobierno chileno a mediados del siglo XX. En 1945, “una previsora disposición administrativa del gobierno del Presidente Juan Antonio Ríos hizo posible la creación del Parque nacional Cabo de Hornos, de 63.000 hectáreas de superficie, el primero en su clase en la jurisdicción territorial de Magallanes (D.S. 995 del Ministerio de Tierras y Colonización de fecha 25-VII-1945). Desconocemos las razones en las que se fundara la medida, pero debiera ser seguro que en ella hubo de estar la condición de absoluta pristinidad del archipiélago de ese nombre, de la especificidad de sus ecosistemas naturales y su situación marginal en el extremo meridional de América” (p. 258). Con esta cita, el historiador introduce lúcidamente el concepto de un “tesoro natural redescubierto” hacia el final de su libro, y concluye luego que el fruto más trascendente de este redescubrimiento del tesoro natural corresponde a la “iniciativa de concebir y proponer la creación de la Reserva de Biosfera Cabo de Hornos a la UNESCO, propuesta que fue aprobada por este organismo internacional en el curso del mes de junio de 2005” (p. 261).

Hoy el Estado de Chile ha reafirmado su compromiso con un ordenamiento territorial que procura el bien común, a través del desarrollo sustentable y la conservación del patrimonio natural y cultural de Cabo de Hornos para todos los habitantes de la región y el planeta a través de la creación de la Reserva de Biosfera Cabo de Hornos. El historiador Martinic destaca que “la especificidad excepcional de la biodiversidad que habita en el archipiélago Cabo de Hornos, valorada por la ciencia universal y reconocida por el prestigioso organismo internacional (UNESCO), permite un uso turístico especializado… un tesoro de pristinidad virtualmente único, de los que en diferente variedad quedan poquísimos en la Tierra. Esta motivación científica, suficiente de suyo, aún se enriquece con la carga de historia acumulada a lo largo de los siglos y con la herencia cultural indígena recuperada” (p. 261). En este contexto, el autor se refiere a la labor fundamental que le ha cabido al Instituto de la Patagonia y la Universidad de Magallanes en sus estudios sistemáticos del archipiélago cabo de Hornos a fines de los años 1970 y comienzos de los años 1980. La labor científica de la Universidad de Magallanes en la comuna Cabo de Hornos se ha consolidado “con la creación de una unidad ad hoc en Puerto Williams, el Parque Etnobotánico Omora, como un lugar de estudio –laboratorio y aula–y de convergencia de intereses científicos, culturales y sociales” (p. 261). Este parque ubicado en la vecindad de la capital comunal, ha funcionado como un centro de estudios científicos que permitió la creación de la Reserva de Biosfera Cabo de Hornos. El historiador señala además que “resulta de especial interés la participación asumida por la Fundación Omora, dependiente de la Universidad de Magallanes, en cuanto se refiere al rescate y valorización de la herencia aborigen, en el aspecto particular referido al entorno natural y a su relación con el mundo indígena” (p. 257). Al inicio del libro, Martinic se refiere a los “Dueños de las Aguas y de la Tierra” en un capítulo que provee una documentada reseña histórica del pueblo yagán; al final del libro, destaca enfáticamente la importancia de contribuir a la conservación de la cultura y al bienestar del pueblo yagán.

El Premio Nacional de Historia afirma también el valor de conservar el patrimonio cultural y natural, con una perspectiva ecológica y económica que concuerda con el planteamiento del proceso de creación de esta reserva de biosfera Cabo de Hornos: “En términos de rentabilidad podría afirmarse que Chile y la humanidad han hecho la mejor inversión al conservar estos archipiélagos de tundra, fiordos y glaciares casi inalterados. Ninguna tasa de Interés igualaría el aumento de valor que ha cobrado el capital natural del territorio del Cabo de Hornos en su estado virgen, remoto, pacífico y singular a comienzos del siglo XXI; cuando prevalece una sociedad globalmente homogeneizada, violenta e insegura, y con una aspiración creciente por lugares diferentes o alternativos” (pp. 259-260). Con esta cita del primer documento que fuera enviado a UNESCO para postular a la Reserva de Biosfera Cabo de Hornos (Rozzi et al. 2004), el maestro Martinic nos alienta a preservar el Cabo de Hornos en su estado virgen, con fines de conservación y sustentabilidad económica, propuesta que es congruente con la definición de “zona núcleo” dada al parque nacional Cabo de Hornos en la zonificación diseñada por el Gobierno de Chile y aprobada por UNESCO. Es precisamente la ausencia de infraestructura la que hoy transforma al parque nacional Cabo de Hornos en un lugar único en el mundo, una frontera al desarrollo económico donde todavía es posible experimentar la aventura, el riesgo de navegar hacia la cima austral del Nuevo Mundo; donde todavía es necesario esperar días de vientos calmos para zarpar, donde la naturaleza aún puede ser vivenciada al margen del “control tecnológico”. La Reserva de Biosfera Cabo de Hornos indica que la infraestructura debe ubicarse en la isla Navarino y otros sectores de la zona de transición. La oportunidad de conservar áreas núcleos donde vivenciar una naturaleza más allá de la frontera de homogenización económica representa una oportunidad para una convivencia con la diversidad bio-cultural y una sabia inversión económica que nos ofrece esta pequeña cúspide austral, hito geográfico que le ha tocado a Chile administrar.

En suma, para conocer y cuidar “las tierras al sur del canal Beagle”, más allá de la frontera de homogenización global (sumida en un espiral de agitación bélica, desigualdades e injusticias sociales, modos de vivir cada vez más uniformes e insensibles a la diversidad de formas de vida y culturas que co-habitan en el planeta), este nuevo texto de Mateo Martinic ofrece un recorrido histórico que junto a la materialidad del estado prístino del territorio aludido, nos estimula a repensar y evaluar los proyectos de desarrollo para la región, el país y el mundo. Desde este hito natural y cultural que se conserva vivo y diferente, en condiciones de paz y con expresiones de vida que no han sido acalladas por la uniformidad, la comodidad y la indiferencia de la ola de homogenización biocultural, desde esta frontera en la cima austral de América, la lectura de este libro ofrece elementos esenciales para un análisis crítico de los modelos de desarrollo desplegados durante los dos últimos siglos, y para debatir y concebir nuevos modos de vida sustentable que procuren el bienestar de los diversos seres humanos y otros seres que habitamos al sur del mundo.


Ricardo Rozzi, Ph.D.

 

 

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