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Revista chilena de literatura

versión On-line ISSN 0718-2295

Rev. chil. lit.  n.64 Santiago abr. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22952004000100011 

 

REVISTA CHILENA DE LITERATURA
Abril 2004, Número 64, 149-154

III. DOCUMENTOS

 

CONSTRUCCIÓN DEL SUJETO FEMENINO EN EL DIARIO Y LA CARTA DE AMOR: LILY IÑIGUEZ Y GABRIELA MISTRAL*

 

María Eugenia Góngora

Universidad de Chile


El trabajo de Leonidas Morales sobre epistolarios y diarios íntimos de mujeres chilenas1 está articulado en cinco ensayos sobre las cartas de Carmen Arriagada, Gabriela Mistral, Violeta Parra y los diarios de Lily Iñiguez, Teresa Wilms y Agata Gligo. El autor ha reflexionado largamente, como sabemos, sobre el carácter genuinamente literario de estos textos que, junto a la autobiografía, comparten rasgos fundamentales que hacen de ellos lo que Morales ha denominado géneros referenciales. Como lo plantea en su introducción a este texto, su autor ha querido "legitimar una vez más, abogando así por su arraigo", la idea de que [en estos textos] existen, a nivel de la enunciación y del enunciado, "variados y sutiles elementos significantes que el lector capta, asocia entre sí y termina construyendo con ellos, desde ellos y en virtud de ellos, figuras de sentido tan iluminadoras, cultural, estética e históricamente, como las de cualquier texto "literario" por definición" (Morales, p. 14). Yendo más lejos, Morales quiere poner de manifiesto "cómo la separación, aún al uso, de los géneros entre literarios y 'no literarios' no constituye sino un sofisma, una argucia, en definitiva una operación ideológica" (Morales, p. 14).

Esta afirmación, como otras presentes en este libro, nos propone desde las primeras páginas de este libro una discusión. En su conjunto, el texto de Morales posee, a mi modo de ver, una característica valiosa: en torno a éste como en relación a otros temas que aquí se plantean, se percibe un pensamiento que efectivamente permite la discusión y que no se cierra sobre sí mismo, que está abierto al pensamiento de otros.

En este mismo sentido podemos sostener una discusión fructífera a partir de los planteamientos del autor sobre la existencia de la "figura de un sujeto femenino que [recorre estos epistolarios y diarios íntimos] y que se enuncia desde un no lugar" (Morales, p. 14). Como el mismo autor lo afirma, las preguntas sobre la relación entre las figuras de sujeto femenino y tales o cuales momentos de la historia cultural chilena definidos por un componente de "crisis", así como las condiciones de enunciación de los textos aquí estudiados quedan también "abiertas a sus posibles asunciones desde diversas perspectivas disciplinarias: la crítica feminista, la sociología, la antropología, el psicoanálisis" (Morales, p. 15).

En este trabajo quiero explorar ciertos temas planteados en dos de los ensayos reunidos en este libro. En primer lugar, tomaré el último de los estudios, el denominado "Diarios íntimos de mujeres chilenas. El No Lugar aristocrático de enunciación" y, en particular, me referiré a las Páginas de un Diario2 de Lily Iñiguez Matte. En segundo lugar, me referiré al ensayo llamado "Enunciación y misticismo en las cartas de amor de Gabriela Mistral", que me parece ocupa un lugar central en este libro: las reflexiones de Leonidas Morales sobre las cartas de la Mistral a Magallanes Moure recorren todo esta obra y se constituyen, sin duda, en un campo abierto a nuestra reflexión.

El ensayo sobre los diarios íntimos se abre con la necesaria consideración de las relaciones entre el género carta y el diario. "En ambos, [...] no sólo el sujeto de la enunciación es el sujeto del enunciado (rasgo que comparten con otros géneros, como la autobiografía) sino que, además, se trata de discursos fragmentados (una carta, otra carta, una anotación del diario seguida de otra anotación) y de situaciones de enunciación con un marco temporal convencionalmente marcado (fecha y lugar de emisión de la carta, fecha y lugar de la anotación del diario)" (Morales, p. 88, n. 74). Como lo anota el autor, citando a Blanchot, el diario íntimo está sometido a la "tiranía" del calendario (Morales, p. 88, n. 75). Por su parte, la carta estará también sujeta a esa misma tiranía que validará su contenido y su autenticidad.

1. LAS "PÁGINAS DE UN DIARIO" (1913-1926) DE LILY IÑIGUEZ

El diario de Lily Iñiguez (1902-1926), hija de la escultora Rebeca Matte, corresponde en muchos sentidos al título de este ensayo, "el No Lugar aristocrático de la enunciación". Esta joven chilena de clase alta es una "transplantada". Su padre es diplomático, su familia vive en Europa y ella escribe su diario en francés; como lo señala en una de sus anotaciones, se siente "mil veces más británica que sudamericana", recordando en este sentido que la mujer inglesa de Andrés Bello es una de sus antepasadas (4 de marzo de 1922).

Lily Iñiguez lleva una vida privilegiada; al mismo tiempo, quiere ser escritora y consigna sus reflexiones sobre la religión y sobre la naturaleza, sobre las ciudades que visita con sus padres. Se complace en los paisajes, en el espectáculo del arte y la belleza de Francia y de las ciudades italianas que visita y, por cierto, en Florencia, donde reside por un largo tiempo. Es, sobre todo en los primeros años, una espectadora abierta a los placeres que su educación y su familia le proporcionan, y asume su vida de privilegio sin una sombra de duda, a pesar del rasgo de carácter que Joaquín Edwards Bello llama su "sauvagerie", en la introducción a la versión castellana del diario.

Como lo señala Leonidas Morales, dos factores principales vienen a perturbar la serenidad de su mundo. En primer lugar, el temor a los movimientos sociales posteriores a la Revolución Rusa y, casi al mismo tiempo, en el año 1919, el primer diagnóstico de la tuberculosis, una enfermedad casi incurable en aquellos tiempos. En 1921 la enfermedad la obligará a internarse, y morirá en 1926, a la edad de veinticuatro años.

Su mundo sereno y privilegiado -que ya se había terminado, en realidad, con la Primera Guerra Mundial-, se verá atacado en sus fundamentos por la revolución, y ante el espectáculo de los movimientos populares de Siena, en 1919 (recordemos que Lily Iñiguez es sobre todo una espectadora que casi no llegará a vivir "en carne propia" sino su enfermedad), se mostrará temerosa ante "este siglo agitado por el comunismo" (25 de septiembre de 1920). Mirará en cambio con esperanza el surgimiento de los grupos de jóvenes fascistas italianos: "los fascistas voluntarios casi niños sonreirán a la vida y a la muerte. Era una alegría arrogante y soberbia, era un poema, era la inmortalidad" (25 de mayo de 1921).

Por otra parte, como anota también Leonidas Morales, la pérdida de la identidad social ligada al temor a la revolución va acompañada en Lily Iñiguez de la creciente certeza de una ausencia de futuro y de vida personal, a causa de su enfermedad. En una anotación de junio de 1922, escribe: "Me ha sucedido una cosa extraña: he perdido mi yo, no soy más que un pobre ser angustiado" (Morales, p. 93). Sin embargo, -en mi lectura-a lo largo de sus años de enfermedad, Lily Iñiguez va conquistando un lugar desde el cual escribe y vive "en carne propia"; vive intensamente (como lo hará más tarde Ágata Gligo) y observa a los demás, pero ya no como a figuras de un espectáculo de sociedad, sino como a sus compañeros cercanos, víctimas como ella de una enfermedad incurable. Uno a uno van muriendo, tal como los personajes de La Montaña Mágica de Thomas Mann, encerrados también en el círculo invisible del sanatorio de Davos. Lily Iñiguez se acercará a uno u otro de los jóvenes enfermos por los cuales se siente repentina y violentamente atraída: todos mueren antes que ella. Se acercará por último, según lo escribe en su Diario, a sus padres, a los cuales declara su afecto sin límites y de cuyo ámbito afectivo no tuvo en definitiva tiempo para salir.

Como escritora, sin embargo, de este diario, podemos pensar que Lily Iñiguez sí tuvo tiempo para construir una figura de sujeto femenino que comenzó en el exilio del propio país y de la propia lengua, y que culminó con la asunción plena de una vida que, al menos en nuestra primera lectura, pudo, sin embrago, esbozar.

2. LAS CARTAS DE GABRIELA MISTRAL

Con respecto al ensayo sobre las cartas de Gabriela Mistral a Magallanes Moure, el segundo de este libro, quisiera abordar un tema que me parece central: me refiero a la importancia de la inscripción del cuerpo en la carta de amor y, por cierto, a la "negación del cuerpo" en estas cartas de la Mistral. Más aún, como lo afirma Leonidas Morales: " el cuerpo sexuado es, en las cartas de amor de Gabriela Mistral, el lugar de un exilio" (Morales, p. 83).

Así como el autor lo plantea, es posible relacionar esta negación y este exilio con un momento histórico de transición (Morales, pp. 83-84) y, sobre todo, es posible relacionar el "sentimiento vergonzante del propio cuerpo"(Morales, p. 47) que la Mistral tematiza en muchas de sus cartas, con las repetidas (e inexplicables) omisiones de una marca esencial del género epistolar, esto es, el señalamiento del tiempo y el lugar de la escritura de la carta.

Efectivamente, la autora de estos mensajes de amor se escabulle y escabulle su "cuerpo presente" repetidamente y expresa asimismo -inequívocamente- su temor al encuentro con el otro por temor a no ser besada, a no ser deseada, a no ser querida. Así escribe a Manuel Magallanes Moure en una carta probablemente escrita el 26 de febrero de 1915: "Perdóneme tantas miserias y quisiera justificarlas: ¡Me han hecho tanto mal en mi vida! Agregue a eso la convicción sencillamente horrible que tengo sobre mi: nadie me quiso nunca y me iré de la vida sin que alguien me quiera ni por un día"3.

Esta convicción, asumida en todas sus consecuencias, puede explicar, por cierto, la ausencia de la seducción en el juego que presenciamos en este epistolario. En verdad, podemos discernir que su autora está jugándose en su escritura, pero aquello que habitualmente reconocemos como seducción amorosa, como 'especulación' a partir de la memoria del cuerpo y también como una promesa, está efectivamente ausente. Como afirma en este sentido Leonidas Morales, podemos pensar que "el juego de esta seducción es esencialmente un juego de seducción de imágenes de cuerpos (...) deseantes" y de allí la necesidad para la carta de amor, más que para ninguna otra, de establecer en todos sus matices el lugar y el tiempo de su escritura. Las referencias espacio-temporales "concretan la imagen escrita e inscrita del cuerpo, la definen dentro de su enunciación. Como si el que escribe le enviase a otro una fotografía de sí, (...) como si la escritura de la carta fuese un espejo en cuya luna el destinatario, al leerla, pudiera reconstruir la imagen del cuerpo que enuncia y gozarse en su contemplación" (Morales, p. 46).

Así pues, la omisión de estas referencias al tiempo y al lugar en el epistolario de Gabriela Mistral estarían en relación con la ya mencionada negación del propio cuerpo y con la (consecuente) imposibilidad de la seducción y el erotismo. Al mismo tiempo, podemos observar en estas cartas un intento de "purificar" el cuerpo del otro, el cuerpo del amado, en una operación de "desvirilización", que se manifiesta muy claramente en una carta escrita un 26 de enero, muy probablemente en el año 1915. Escribe así: "Siempre lo vi como usted se me presenta: como un alma no viril (por virilidad entienden casi todos la rudeza)" y afirma un poco más adelante que por las venas del amado va "un zumo azul de azucenas exprimidas"; en la misma carta encontramos también una imagen que podemos interpretar como un ejemplo de clara inversión genérica: "Cada día veo más claramente las diferencias dolorosas que hay entre Ud. -luna, jazmines, rosas- y yo, una cuchilla repleta de sombra, abierta en una tierra agria".

A partir de estas constataciones sobre la negación del cuerpo sexuado y el exilio de Gabriela de su propio cuerpo en este epistolario, Leonidas Morales plantea que una estrategia presente en estas cartas de amor es la posible asociación entre esta su "carne un poco muda al grito sensual" y el camino de la ascesis por el que transita el amor a Cristo: en definitiva, la opción por la experiencia de un amor místico (Morales, p. 54).

En este sentido, la carta del 26 de enero de 1915 desarrolla la relación entre la experiencia del "el amor a todo lo que vive" y que puede llegar al éxtasis, por una parte, y el amor humano, por otra: "De ahí que el que ama se parezca mucho al que cree y de ahí que la fe a la que he aludido se parece mucho a ese estado de arrobo que da ese amor". Con respecto a su propia experiencia de oración y que parece cercana a un estado místico, escribe: "Se parecen tanto el rezar y el querer intenso! El estado de exaltación en el que florece la oración, lo llevo yo a veces todo el día. Voy orando, orando; mi corazón mi pensamiento son una llama que clamorea al cielo por trepar hasta Dios"4. Un poco más tarde, vemos que en la carta del 25 de febrero de 1915 se transcribe una imaginada conversación con la imagen de Cristo que Gabriela lleva siempre consigo y que en ciertos momentos parece superponerse con la imagen del amado (Morales, p. 54). En esa conversación con Cristo ella desea sellar una relación de amor posible que no necesita del cuerpo: "Para quererlo con llama de espíritu no necesito ni su cuerpo que puede ser de todas, ni sus palabras cálidas que ha dicho a todas". Y en la continuación de esa misma carta, le escribe a Magallanes Moure: "¿Se acuerda de mi oración de ayer? Yo pedía querer plácidamente; no pedir nada, no poner carne sentidora al colmillo de los celos"5.

Si bien esta estrategia de la amante para salvar su amor (y dejar fuera su cuerpo al mismo tiempo) está claramente fundada en los textos y, por otra parte, la asociación con la ascesis mística parece igualmente legítima, quisiera dejar aquí planteada una pregunta que de alguna manera permite problematizar este tema.

Cuando leemos la El Libro de la Vida (completado en 1575 y publicado en Salamanca en 1588) de Teresa de Ávila -sin duda una figura notable como escritora y mística, admirada por la Mistral y mencionada en la ya citada carta del 26 de enero de 1915-, nos encontramos con un relato visionario que es justamente famoso entre los escritos místicos y cuya "escena" ha sido representada además por artistas como el Bernini:

"Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía una ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla: aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese así: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman querubines, que los nombres no me los dicen; más bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aún harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo al su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento"6 (Libro de la Vida, cap. 29) (m.s.).

Este episodio de la Transverberación no es el único en el que Teresa -así como muchas escritoras místicas antes y después de ella- han descrito con precisión -a veces obsesiva- los efectos físicos del arrebato y de la unión en cada una de sus etapas. En la unión mística con Cristo, sus escritos nos muestran unas figuras femeninas plenamente involucradas con sus cuerpos, aun cuando el amante divino no sea siempre accesible a los sentidos, aun cuando el amante permanezca invisible e incorpóreo.

Para concluir, quisiera plantear entonces una pregunta, en relación con la estrategia del escamoteo del cuerpo: ésta revelaría quizás que la experiencia propiamente mística de Gabriela sería más imaginada y deseada que real, a lo menos en lo que estas cartas de amor nos permiten leer. El escamoteo del cuerpo que en ellas podemos percibir impediría, en verdad, tanto el goce del amor humano como del amor divino.

Pensamos, por estas razones, que la "experiencia mística" tal como en estas cartas la describe Gabriela Mistral queda abierta a la discusión si comparamos este epistolario con escritos como los de Teresa de Ávila y otras mujeres místicas: en estos últimos podemos percibir claramente que el "amor divino" también necesita del cuerpo de la mujer, y también necesita de su memoria y de su promesa.

 

NOTAS

* Este trabajo fue leído en la presentación del libro de Leonidas Morales en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, el 28 de noviembre de 2003.

1 Morales, Leonidas, Carta de amor y sujeto femenino en Chile. Siglos XIX y XX. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2003.

2 Lily Iñiguez Matte (versión castellana), Páginas de un Diario. Santiago: Editorial del Pacífico, 1954, con introducción de Joaquín Edwards Bello.

3 Fernández Larraín, Sergio, ed., Cartas de amor de Gabriela Mistral. Santiago: Editorial Andrés Bello, 1978, p. 111.

4 Fernández Larraín, Sergio, op.cit., p. 104.

5 Fernández Larraín, Sergio, op.cit., pp. 110 y 114.

6 Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida. Madrid: Ediciones San Pablo, 1996, p. 340.

 

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