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Revista chilena de literatura

versión On-line ISSN 0718-2295

Rev. chil. lit.  n.71 Santiago nov. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22952007000200005 

 

REVISTA CHILENA DE LITERATURA
Noviembre 2007, Número 71, 83-100

II. NOTAS

 

DESDE LOS SALONES ALA SALA DE CONFERENCIAS: MUJERES ESCRITORAS EN EL PROCESO DE CONSTITUCIÓN DEL CAMPO LITERARIO EN CHILE1

 

Darcie Doll Castillo

Pontificia Universidad Católica de Valparaíso
darcie.doll@ucv.cl


Palabras clave: mujeres intelectuales, campo literario, espacio público y privado, literatura chilena, formas de sociabilidad.

Key words: intellectual women, literary field, public and private spheres, Chilean literature, socializing forms.


INTRODUCCIÓN

En las dos primeras décadas del siglo xx se observa un grupo significativo de escritoras, críticas e intelectuales que comienzan a instalarse en el campo literario chileno como productoras de discurso de modo más visible y estable. Este proceso se desarrolla en el contexto de una serie de cambios modernizadores en los ámbitos económico, social y cultural que afectan al país y al continente en forma creciente y sostenida.

Entre estas intelectuales chilenas encontramos dramaturgas, poetas, narradoras y críticas literarias; algunas provienen de la clase hegemónica oligárquica chilena, y más tarde, otras provendrán de la clase media. Entre las mujeres que ejercen la crítica literaria, podemos mencionar a Inés Echeverría Bello (Iris), Mariana Cox Stuven (Shade), Laura Jorquera F. (Aura), Amanda Labarca, Sara Hübner, Gabriela Mistral, Elvira Santa Cruz Ossa (Roxane). Y a fines de la década del treinta, Magda Arce, Georgina Durand, Lenka Franulic, Ester Matte Alessandri, Henriette Morvan, Pepita Turina, entre otras.

El ingreso de estas intelectuales y críticas en el campo cultural y literario representa un fenómeno inédito e importante, en cuanto a número y significación de sus discursos, especialmente si se observa desde la perspectiva de las dificultades que han debido sortear las mujeres en épocas anteriores para acceder a instancias de legitimidad discursiva. No obstante, no se trata de una ruptura, sino de un proceso que tiene sus antecedentes en los últimos decenios del siglo xix, momento en que un sector reducido de mujeres interviene y construye una serie de prácticas culturales que funcionan como estrategias que les permitirán insertarse paulatinamente en el espacio público y, también, período en que se empieza a configurar el campo literario chileno como tal.

En este contexto, abordar los discursos literarios y críticos producidos por mujeres requiere estudiar el campo literario para observar las dinámicas en las que estos se insertan y, además, reinterpretar los datos y discursos que, si bien se ajustan a la configuración mayoritariamente masculina del campo, no responden con total exactitud a la situación de las críticas e intelectuales mujeres. De acuerdo con lo anteriormente expuesto, resulta necesario detenerse en los salones del siglo xix, considerados como un antecedente y estrategia crucial respecto de la inserción de las mujeres en la esfera de lo público, avanzando hasta llegar a su transformación en tertulia literaria, en el contexto de la constitución del campo literario chileno entre 1889-1920.

I. LOS SALONES DEL SIGLO XIX Y SU IMPORTANCIA PARA CONSTRUIR UNA TRADICIÓN DE MUJERES

El espacio cultural de mediados del siglo xix en Chile se configura como un ámbito complejo en el que aún no se ha producido la separación de esferas que dotará de autonomía a los distintos campos. Los discursos políticos, filosóficos, artísticos, científicos, funcionan como una unidad en la que predomina un carácter marcadamente ideológico, en cuanto reproduce los discursos culturales que "se levantan bajo el triple andamiaje de la familia, la religión y la esfera socio-laboral desarrollada bajo el tipo de la hacienda patriarcal"2, señala Gonzalo Catalán (96), característica que obedece a la hegemonía de un grupo social que tiene en sus manos la producción de capital económico, político y simbólico.

La actividad literaria y crítica se sintetiza en una modalidad de intelectual que aglutina los campos político y cultural; intelectuales que cultivan una gran amplitud de géneros y prácticas discursivas. Es de esa forma como participan indistintamente de las funciones de dirección política, cargos públicos o de gobierno, así como fungen de escritores, incursionando en los distintos géneros discursivos de la época, entre ellos la oratoria, poesía, discursos científicos, ensayo y géneros periodísticos, etc. Hecho que está en relación con el escaso desarrollo de la especificidad de los géneros literarios, en el marco de una concepción de la literatura que irá cambiando con el paso de los años.

Existiendo escaso número de letrados y acceso reducido a la educación, el espacio literario de la época se estructura en torno a un estilo de vida oligárquico, articulado en costumbres y prácticas sociales y culturales que han sido señaladas como el "modo de ser aristocrático" o cultivo del "buen tono"(Catalán 96). Modalidad de concebir la cultura que se manifiesta en actividades como la ópera y el teatro, que comparten un cierto valor de exhibición, sinónimo de lo culto, valorizadas por las clases dominantes. En este ámbito, el folletín es la práctica textual que monopoliza lo literario, y la poesía se asocia al arte declamatorio. Las preferencias de lectura se orientan hacia obras europeas, francesas en especial, en las líneas del romanticismo, y el consumo de literatura nacional es extremadamente escaso.

En general, la crítica de obras literarias es una parte de lo que se considera la labor de los intelectuales, la crítica y la reflexión sobre la sociedad, la política y la cultura en general. Desde este punto de vista, el comentario de obras es regido por valores ideológicos y no estéticos, del mismo modo en que la literatura obedece a valores ideoló-gico-morales. Será en las últimas décadas del siglo xix que la noción de literatura comenzará a cambiar, desde reunir la gran amplitud de géneros y textos escritos valorados desde sus aspectos ideológicos-conceptuales, a considerarse como aquellos textos que remiten a la imaginación o ficción y que incorporarán el imperativo de constituirse como una literatura nacional.

Respecto de la educación, esta es privilegio de los grupos acomodados de la sociedad, situación que irá cambiando especialmente en el último tercio del siglo. No obstante, y nos interesa destacarlo, solo una parte de las mujeres de la oligarquía accede a estudios formales, -en el censo realizado en 1854 se consigna que del 100% de las mujeres chilenas, solo el 10% sabía leer-3. La educación de las mujeres de la época se orienta a formar madres y esposas diligentes, enfatizando una educación basada en lo moral y no en lo intelectual. Las mujeres corresponden a un sector que está fuera del campo cultural en proceso de formación durante el siglo xix.

En este contextose inscriben los llamados salones del diecinueve, reuniones habituales realizadas en el seno de los grupos ilustrados de la oligarquía criolla, en las que se comparten actividades informales asociadas al cultivo del intelecto. Entre los salones de mayor fama figuran aquellos organizados por damas casadas o viudas que invitan y reciben en los salones de su casa a destacados intelectuales, políticos, artistas chilenos y a extranjeros ilustrados. Solo en los últimos años del siglo comenzarán a incorporarse intelectuales provenientes de la ascendente clase media.

La conversación ilustrada que se desarrolla en los salones versa sobre temas pertenecientes a la alta cultura: música, literatura, artes y política, temas filosóficos y científicos, viajes, asuntos de actualidad pública. Su auge se produce en el tercer tercio del siglo xix y declinan hacia fines de la primera década del siglo xx4. Entre las más conocidas damas de sociedad destacadas como anfitrionas o saloniéres chilenas, podemos mencionar a Mercedes Marín del Solar, Emilia Herrera de Toro, Luisa Recabarren, Lucía Bulnes, Laura Cazotte, Delia Matte y otras.

Los salones, que tienen su auge hacia 1870 y 18805, corresponden a una forma plenamente decimonónica, momento en que aún no se constituye el campo literario6 como esfera separada, en sentido estricto. En un interesante trabajo sobre el tema, Manuel Vicuña afirma que la principal función de los salones que nos ocupan, aquellos organizados por damas de la oligarquía, es la de propiciar la libertad de las mujeres "al concederle a las anfitrionas una instancia de autoexpresión y desarrollo personal sustraída a las restricciones tradicionales" (Vicuña 78). Lo anterior, si se toma en cuenta que, aun cuando ya existen instancias de educación formal para las mujeres, especialmente para las damas de la oligarquía, la verdadera educación intelectual constituye un objetivo de segundo orden y, aún más lejos del horizonte, se ubica el objetivo de adquirir una profesión. La educación se rige por un orden de tipo moral, siguiendo el ideario de la domesticidad, es decir, la formación de mujer como madre y dueña de casa, diestra en labores del hogar, y en que el asomo a lo público estaba constreñido a la realización de obras de caridad.

En segundo lugar y no menos importante es la función del salón como institución de autoeducación informal para las mujeres:

Fin expreso del salón fue incitar al desarrollo intelectual de las mujeres, no así matar el tiempo en un ambiente de ocio desapercibido. La singular sociabilidad desarrollada en su seno, combinaba las responsabilidades del trabajo con los compromisos de la vocación, sin faltarle tampoco el tono ameno de las actividades recreacionales. A la distensión vital del esparcimiento, añadíale pues la cuota de disciplina necesaria para paladear la conversación ilustrada (Vicuña 93).

El papel del salón en la formación intelectual de las mujeres se produciría a través de las conversaciones periódicas con los varones ilustrados, pero, además y especialmente, debido a que exigía que las damas se dedicaran sistemáticamente al estudio con el fin de estar en condiciones de aportar en el intercambio dialógico. En este sentido, la fama de los salones y de sus anfitrionas solo podía conquistarse si las mujeres conseguían situarse en una posición que no resultara muy dispar frente a los varones ilustrados, así la "conversación instruida no representó un sustituto del estudio, sino su semilla a la par que su fruto maduro" (Vicuña 93).

De ello se desprende que existe una disposición de las mujeres hacia el estudio, de acuerdo con la medida masculina; no obstante, también hay que puntualizar que la sociabilidad ilustrada de los salones (mixtos) también es espacio de instrucción para los varones, tanto como lo es cierto tipo de clubes e instituciones formales e informales exclusivamente masculinas. La educación de los varones, además de las ventajas que ofrece en la institución formal (educación universitaria destinada a obtener una profesión), también requiere de la discusión, confrontación de ideas y de inserción en el mercado simbólico a través de diversas formas de prácticas de sociabilidad.

Las mujeres, entonces, tanto como los varones, comparten la pasión por el estudio y la lectura, pero, en el caso de ellas, es a través del espacio de los salones que se asoman a la posibilidad de producir discursos, lo que se observa en el entusiasmo con que remiten a sus lecturas o a sus diálogos, aunque después, acostumbren declarar que el cultivo de su intelecto ha sido por el bien de la humanidad y no por motivos personales. En otros términos, esta autoeducación no es un fin en sí mismo, sino que constituye el primer paso para el ingreso al espacio público. Las mujeres, en este sentido, están acumulando capital educativo y capital social; capital social entendido como:

...capital relacional, o en otras palabras, se trata del poder y las ventajas que se ganan a partir de la posesión de una red de 'contactos' y una serie de relaciones más personales e íntimas. El capital social ayuda a su poseedor o poseedora a desarrollar y aumentar otras formas de capital y puede aumentar mucho las posibilidades de lograr legitimidad en un campo dado, tanto para el hombre como para la mujer (Moi 14).

Ahora bien, a este respecto debemos preguntarnos: ¿en qué se apoyan estas mujeres para construir y aprovechar este espacio de sociabilidad? ¿Qué elementos ayudan a estas damas a emprender esta ardua tarea, que ha de decantar para algunas en la escritura y la crítica literaria?

La cultura francesa jugó un papel importante en el espacio cultural y literario chileno en el siglo xix, reemplazando el ascendiente de la tradición española. Francia funciona como la civilización de la época y su canon entrará en disputa con la defensa de los discursos que subrayan y construyen los valores nacionales. En algunos estudios sobre las formas de sociabilidad en Chile, los salones suelen ser considerados como una práctica imitativa de los salones franceses, cargada de la connotación negativa de 'afrancesamiento' y vinculada a la transformación de la tradicional austeridad de la oligarquía nacional en el cultivo de la frivolidad y el 'buen tono', al antes mencionado 'modo de ser aristocrático7.

Dado el carácter aristocrático de estas mentes intelectuales que, en definitiva, eran las que 'producían la literatura de principios de siglo, esta llegaba a un afrancesamiento extremo; la clase alta nunca dejó de mirar a París como el centro indiscutido del mundo cultural. Incluso se decía que los chilenos eran más franceses que los propios franceses. Para ellos el arte literario siempre había sido y seguiría siendo francés. 'No en vano -dice Gonzalo Vial- se necesitaría un crítico galo, Omer Emeth, para reivindicar los temas criollos abordados por un Latorre o un Maluenda' (Reyes del Villar 128).

Pero, más allá de este debate, el asunto es que para las mujeres la influencia francesa se reviste de una importancia mayor y más significativa.

Son conocidas las dificultades que han debido sortear las mujeres para incursionar en el espacio público y producir discursos: uno de estos problemas deriva de la inexistencia de una tradición propia en la producción intelectual que permita vislumbrar los puntos de partida, la experiencia y las necesarias relaciones de identificación. Ante esa carencia, las escritoras e intelectuales buscan y recogen antecedentes de diversas tradiciones; un recorrido a través de diferentes lenguas, espacios, culturas y géneros discursivos. En ese trayecto discontinuo, construyen a sus clásicas y sus modelos.

Es necesario observar las relaciones de las mujeres intelectuales chilenas del siglo xix, considerando que su 'habitus'8 no es idéntico al de los intelectuales varones, aun cuando obviamente estén compartiendo la legalidad vigente del campo específico y el canon. En este sentido, nada más claro y más oportuno para las mujeres ilustradas chilenas que recoger la tradición ya construida por las saloniéres parisinas de la época de la Restauración Francesa. En ellas encuentran la fuente de inspiración y las precursoras que necesitan para empezar a construirse su propio espacio discursivo. Debemos recordar que una gran mayoría de las mujeres de la oligarquía hablaban, leían y escribían el francés a la perfección y, además, la literatura y el pensamiento francés ocupaban gran parte del canon del siglo xix. Sainte-Beauve y Madame de Stael, así como los hermanos Gouncourt, entre otros, se situaron entre los autores más leídos en las reuniones de la elite chilena9.

Esta filiación y construcción de genealogías a partir de las intelectuales y saloniéres francesas es atestiguada por diversas mujeres que escribieron sobre el tema, y se observa también en las memorias de escritores e intelectuales de la época10. Por ejemplo, Martina Barros se declara gran admiradora y conocedora de Mme. de Stael, una de las más influyentes y famosas anfitriona, feminista y escritora francesa, así como de otras mujeres que organizaron y participaron de las reuniones intelectuales y literarias de Francia, entre ellas Juliette Récamier, Delphin de Girardin, todas nombradas por Barros como precursoras. Otra famosa anfitriona y destacada 'gestora cultural' chilena, como tal vez hoy la llamaríamos, Delia Matte de Izquierdo, también reconoce como antecedente de lo que llamaba su tertulia íntima, a los salones franceses y, en especial, a Mme. Récamier.

Mercedes Marín, excepcional y adelantada intelectual chilena, quien ya en los años veinte hablaba y leía francés a la perfección, escribe en 1865, recordando las lecturas efectuadas en las tertulias:

¡Cuántas hermosas pajinas de Fénelon, de Cervantes, de Chateaubriand, i en suma de Mme. de Stael, han rodado por nuestras manos, i encantado los oídos de nuestras madres en algunos ratos de ocio en nuestras deliciosas veladas! Si no bastaban los libros de nuestras casas, los amigos traían los suyos. Su lectura daba amplia materia de conversación a la jente joven, estableciéndose así un cambio mutuo de ideas, no menos favorable al cultivo del talento, que al desarrollo de los más puros i honestos sentimientos del corazón" (Marín, 1865)11.

En el contexto de esta relación, es interesante detenerse en forma especial en la lengua francesa y su significación en la formación y la sensibilidad de las damas de la oligarquía. Este papel destacado se explica, en parte, por la figuración y centralidad de la cultura francesa en la educación -los primeros colegios femeninos laicos fueron fundados por maestras francesas12- a lo que hay que añadir la congregación religiosa francesa del Sagrado Corazón, sin olvidar a las institutrices europeas, entre ellas un buen número de francesas, que se hicieron cargo de parte de la educación de la oligarquía.

Pero más allá de este factor, las mujeres ilustradas de la época experimentan en el idioma galo una especie de lengua privilegiada para abolir la rigidez que el imaginario asociado al español encierra. El francés es la lengua del romanticismo y de las ideas, tanto como de las heroínas protagonistas de los folletines y también de las buenas novelas; el francés es Europa, y no el español; el francés es la lengua de la civilización, del arte y de lo íntimo; lengua de las cartas, especie de código cifrado que encierra el ideal y también la irrealidad. Iris (Inés Echeverría), reconocida escritora, crítica e intelectual proveniente de la oligarquía chilena, escribía defendiendo el uso de léxico francés en un libro publicado por Shade, otra conocida escritora de la aristocracia chilena13:

Asimismo, se le ha reprochado, como un crimen contra la lengua de Cervantes, los títulos, las frases o las dedicatorias en idiomas extranjeros.

En esa manera particular de sentir sólo han descubierto la más atrevida de las poses. (...)

Tal persona nacida en país de habla castellana, escribe sus cartas íntimas en francés, tal otra lee el Evangelio o reza en inglés. ¿Por qué? No lo sabemos, pero el hecho es que la intimidad las lleva a emplear otra lengua que la nativa. En todo caso, porque en ese idioma encuentran la expresión más adecuada de su alma (Echeverría 119-120).

En una entrevista publicada en 1915 en la revista Familia, Iris responde a Amanda Labarca acerca de su predilección por el francés y las razones por las cuales escribe uno de sus libros en este idioma:

-¿Por qué ha escrito Ud. en francés su último libro: 'Entre deux mondes'?

- Porque es el idioma de mi arte; porque yo pienso y siento en francés.

-¡Qué cosa más rara! Siendo Ud. chilena y todavía nieta del más grande de los gramáticos castellanos...!

- No, no es raro. Voy a contarle a Ud. los principios de mi vocación y se convencerá. De muchacha y viviendo todavía en el austero enclaustramiento de la familia, sentía ya el impulso de escribir, pero me daba cuanta también de lo inaudito de semejante impulso: ¡una muchacha escribiendo, y escribiendo literatura! Y no obstante y a pesar de todo yo sentía imperiosamente la necesidad de dar forma a mis pensamientos y a mis ensueños. No hubo más que un medio de conciliar mis vehementes deseos con el natural pudor de substraer mis escritos a los comentarios y a las burlas, y escribí en francés. Las voces extranjeras llegaron a hacérseme habituales y durante mi vida he redactado el diario de mis días en la lengua que yo amaba más...

- Entonces, ¿a Ud. no le gusta el castellano?

- ¡No, mil veces no! El castellano es para mí la lengua de la cocinera, del proveedor, de las cuentas de la casa... Si alguna vez me riñeron fue en castellano; los que me pelan, gracias a Dios, también lo hacen en castellano... ¿y Ud. quiere que lo ame? (Labarca, "La vida del espíritu" 3-4).

No es necesario leer entre líneas para observar que Iris signa el castellano como lengua de la domesticidad y el espacio privado, y lo asocia a las restricciones y prohibiciones, a las burlas y chismes. El castellano es parte del espacio del no-ser y del acatamiento; léase Chile, léase castellano. El francés, en cambio, es lengua de rebeldía y expresión propia, de alejamiento de la tutela familiar y posibilidad de independencia de pensamiento. Es, paradójicamente, espacio de expresión de los sentimientos y también espacio público, expresión de las ideas; léase Europa. A lo anterior debemos agregar la asociación del idioma francés a la expresión de la espiritualidad, ello, en relación con las corrientes espiritualistas de vanguardia, cultivadas por las damas de la aristocracia14.

En este momento, ya posterior (1915), encontramos la postura divergente de Amanda Labarca dando cuenta de un 'habitus' algo distinto, proveniente del estudio formal de las mujeres de clase media y el mayor acceso al capital educacional y simbólico que se produce avanzando en el siglo xx. Labarca presta atención a la lengua como material de construcción de la literatura, señalando un cambio en los cánones de apreciación literaria y que tiene en forma creciente a la nación como centro:

- No comparto en modo alguno sus teorías. Yo sé que si algo siento y pienso lo debo a mis antepasados, a este suelo que me nutre, a estas montañas que me cobijan, a esta luz cruda que es nuestro halo y nuestro ambiente; me creo tan solidaria de mis compatriotas; (...). Y si todo es difícil aquí, como Ud. dice, es porque no amamos bastante a nuestro país para perdonarle de buen grado los pequeños sacrificios que nos impone (Labarca, "La vida del espíritu" 4).

Un diálogo parecido es el que entablan Gabriela Mistral y Victoria Ocampo en los años treinta, Mistral defendiendo el español y Ocampo el francés15. En las cartas, por ejemplo, Ocampo se desplaza del español al francés cuando se trata de expresar su intimidad o emotividad; Victoria Ocampo proviene de las clases acomodadas de la Argentina, y maneja, además del francés, el inglés con soltura. La crítica argentina Beatriz Sarlo (126) relata cómo el francés cumplía la función de definir los límites que las mujeres escritoras de la elite tenían que considerar para acceder al arte a principios del siglo xx; el francés era el idioma adecuado cuando se trataba de escritura privada o semiprivada, como ocurre en cierto tipo de cartas o en el género lírico. La situación cambia cuando se entra al terreno público.

A la búsqueda de precursoras emprendida por estas mujeres, debemos agregar otro tipo de filiación, la filiación primaria que determina que la experiencia de las anfitrionas de los salones chilenos pase de madre a hija, permaneciendo en lo íntimo de la familia. Aun cuando la reunión del poder político, económico y cultural a partir de la organización familiar sea la norma en los círculos reducidos de la elite, la transmisión de la experiencia de madre a hija en este contexto forma parte de un modelo educativo informal existente en el espacio de lo privado, único sitio accesible para las mujeres.

La educación informal obtenida en el salón no es entonces, solo a través de la lectura directa o las discusiones in situ inspiradas por los letrados varones de los cuales las mujeres deben aprender. Se trata de un proceso que más bien está inscrito en la práctica del salón, es previo al salón y continúa después de este: en las negociaciones entre lo privado y lo público, el afuera y el adentro, lo permitido y lo prohibido.

Por otro lado, es necesario destacar que los salones constituyen una práctica intermedia en las actividades destinadas a las mujeres, en cuanto forman parte del ámbito de la 'cultura' y al mismo tiempo de la 'vida social'; vida social como un espacio ambiguo y complejo en el que caben tanto las fiestas (como diversiones femeninas), como las obras de caridad. En este contexto, Roxane (Elvira Santa Cruz Ossa), cronista proveniente de la oligarquía, quien escribe en la revista Zig-Zag, une en el mismo espacio discursivo la historia de la vida social: los bailes, saraos, y entretenciones de este tipo, con los salones, como centros de la intelectualidad (el destacado es nuestro):

Para contar la historia de una nación, sólo se escogen los hechos notables, las grandes proezas, las evoluciones que perturban los espíritus y renuevan las leyes... A las veces pueden pasar muchos años sin que haya nada extraordinario que anotar en las páginas de la historia nacional.

Entretanto, la historia social, la de nuestra vida misma, la que vamos tejiendo con ilusiones primero y luego con recuerdos, se desenvuelve sin interrupción hasta que la Parca implacable corta el hilo (...) La historia de la vida social intensa y rutinaria a la vez es la que este semanario (Zig-Zag) ha ido cogiendo con exquisita solicitud a través de estos últimos veinte años, a fin de que los hechos notables, las fastuosas solemnidades, los matrimonios, los saraos y bailes, cuyo recuerdo hace sonreír tristemente a las cabezas canas y palpitar de alegría a los corazones juveniles, no se desvanezca sin dejar vestigios. (...). No podemos olvidar entre los recuerdos de ahora veinte años a las nobles damas que abrían sus salones y daban la nota de mayor cultura en 1905 (Santa Cruz Ossa 57)16.

Los salones constituyen una importante vía de inserción -paulatina e incompleta, por cierto- para las mujeres. Allí encuentran interlocutores y un espacio privilegiado para establecer algunos cambios sin provocar rupturas con los discursos hegemónicos, pues ellas siguen situadas en lo privado: el salón de la casa familiar. El momento de mayor auge de esta práctica de sociabilidad informal se ubica en los momentos inmediatamente anteriores al desarrollo de un proceso de cambios que devendrá en la profesionalización del estamento de los escritores y la autonomización del campo literario.

II. DESDE LOS SALONES A LOS CÍRCULOS DE LECTURA: MUJERES INTELECTUALES EN EL PROCESO DE CONFORMACIÓN DEL CAMPO LITERARIO EN CHILE

A partir de 1880, finalizada la Guerra del Pacífico, se produce en Chile un proceso de modernización económica, política, administrativa y social, así como una mayor inserción en la expansión mundial del mercado. El analfabetismo comienza a decrecer, aumenta la cobertura en educación y la emigración de la población a las grandes ciudades. Las capas medias urbanas se constituyen con claridad como sujetos sociales, en suma, se trata de un cambio de escenario que marcará la fisonomía del siglo xx17. En este contexto, de acuerdo al estudio de Gonzalo Catalán (113), se producirá una diversificación del mercado cultural; el público lector amplía su campo de intereses literarios, pasa desde el folletín a la lectura de escritores europeos de mayor calidad, principalmente franceses y rusos; se produce una importante expansión de las publicaciones y su correspondiente mercado. Fenómeno que, aunque no es una ruptura, generará condiciones para transformaciones importantes.

En este marco se producirá un proceso de autonomización del campo literario, proceso que consiste en la ruptura de la dependencia directa de la literatura con el dominio de lo político, generándose una mayor organicidad y legalidad específicas distintas de otros campos de la cultura. Ello es favorecido por una serie de factores: a) la emergencia de un grupo de escritores que proviene de las clases medias, a diferencia de la exclusividad de la oligarquía como productora de capital simbólico en las décadas anteriores; b) el aumento de diarios y revistas durante la década de 1890, en buena parte formadas gracias a estos literatos emergentes, medios que favorecerán su formación como escritores y al mismo tiempo permitirán su circulación y la construcción de la imagen pública del escritor; c) la configuración de un espacio especializado compuesto por distintas prácticas, entre ellas los concursos, que funcionan como mecanismo de selección y promoción de los aspirantes a literatos, vía de acceso privilegiado para la consagración pública. Los concursos les permiten medirse con sus pares y aumentar su valor literario, ahora basado exclusivamente en los méritos de la especialidad, instalando la competitividad, rasgo crucial para la constitución de un campo específico (Catalán 134).

Aunque la modalidad anterior, el espacio cultural que combinaba la ascendencia social y las convicciones políticas propia del siglo xix, no ha desaparecido, ahora se configurará a través de 'asuntos de poder interno' (al espacio propiamente literario): grupos literariamente hegemónicos versus contendientes o aspirantes. Lo que se ha producido es una suerte de cesión de parte del control del capital simbólico detentado por los círculos dirigentes, al reconocer la existencia y funciones específicas del estamento de los escritores, delegando en ellos la producción de literatura nacional.

La delegación incluye los consecuentes mecanismos de mediación y negociación18 favorables a producir esta delegación que consistirá en "representación de intereses, concesiones, acuerdos, estímulos, censuras, exclusiones, aceptaciones y rechazos" entre los círculos dirigentes y los escritores (Catalán 141). El espacio privilegiado de delegación será la crítica literaria.

¿Qué ocurre, entonces, en este marco, con los salones y la inserción de las mujeres? Como habíamos mencionado, los salones mantenidos por mujeres de la oligarquía declinan a fines del siglo, coincidiendo con el nuevo proceso de autonomización del campo literario, pero creemos que no se trata de una desaparición, sino de una mutación. Algunos de ellos subsisten como tales, pero no con la misma valoración e importancia social. Y, en lo que es más importante, los salones se desplazan hasta convertirse en 'tertulias literarias', transformándose así en prácticas con un mayor grado de especialización.

Las 'tertulias literarias' (no solo aquellas organizadas por mujeres) se convierten en sitio de discusión literaria y de reconocimiento para los escritores; sitios de captación, educación, información y disciplinamiento literario. Coexisten con instituciones más formales como, por ejemplo, El Ateneo de Santiago19 (fundado en 1899), lugar de realización de recitales, conferencias, debates y concursos literarios.

La proveniencia oligárquica de esta práctica (los salones) provoca que se constituya en un especial espacio de delegación entre los grupos que habían detentado el capital económico, político y cultural, y los grupos emergentes de escritores de capas medias. Catalán se refiere al papel de las mujeres de la oligarquía en esta institución, en los siguientes términos:

las tertulias de mayor significación son presididas o cobran vida alrededor de distinguidas damas de la sociedad santiaguina, entre otras, Martina Barros de Orrego, Sara Hübner, Delia Matte de Izquierdo, Marta Walker Linares, María Monvel, Inés Echeverría de Larraín (Iris), Mañanita Cox Stuven (Shade).

Son justamente estas dos últimas, Iris y Shade, las que mejor tipifican el fenómeno bastante recurrente por el cual círculos femeninos de la alta burguesía, con intereses artísticos y literarios, sirven como nexo y mediación entre los productores simbólicos y los grupos dirigentes (Catalán 144).

La importancia del papel negociador de las tertulias puede ser tan crucial que pueden consagrar o condenar al anonimato a un escritor e indica, según Catalán, la permanencia de factores ajenos al específico campo literario pero que inciden en él. "Esto, en último término, explica a su vez que los salones posibilitasen lo que Ricardo Latcham llama 'el aclimatarse en hábitos sociales más refinados' por parte de los nuevos escritores (Catalán 149).

La postura del autor mencionado solo considera el papel de las mujeres en cuanto a su destinación para otros. Es decir, como efecto de mediación, la intelectual o escritora deja de ser sujeto y se convierte nuevamente en objeto intercambiado. Lo anterior implica como consecuencia que pase a segundo plano el hecho de que, además de pertenecer a la alta burguesía y tener intereses 'artísticos y literarios', se trata, realmente, de escritoras, poetas y críticas, y no solo de damas cultas curiosas por la literatura y los literatos.

Lo dicho no implica que las tertulias no sean ese factor de mediación que Catalán señala, pero no es solo en función de objeto (nexo) en que ha de apreciarse este fenómeno respecto de las mujeres, sino en cuanto a que ellas son sujetos que están construyendo discursos y prácticas que van más allá de estar dirigidas a coadyuvar en la construcción del espacio público masculino. No debemos olvidar que tanto la clase social como el género sexual forman parte del 'campo social total'. "El género es siempre una entidad socialmente variable, una que tiene distintas sumas de capital simbólico en distintos contextos". El género sexual no aparece nunca constituyendo un campo puro propio, y puede no ser el aspecto más determinante en una coyuntura específica, "pero como el género está implicado en todos los campos sociales, siempre es en principio un factor relevante en todo análisis social", señala Toril Moi (13), leyendo a Pierre Bourdieu. Se trata de una red interconectada de factores como sexo, raza, clase o edad.

En este sentido, para las mujeres escritoras /intelectuales, los salones literarios y las nuevas tertulias funcionan como dispositivos de negociación entre ellas y la hegemonía masculina en el campo literario y el espacio público. Por otro lado, será allí donde se exhibirán las características del campo literario respecto de las relaciones entre las propias mujeres.

La experiencia acumulada por las saloniéres chilenas, incluyendo la motivación provocada por el conocimiento de primera mano de nuevas organizaciones de mujeres gracias a los viajes a Europa y Estados Unidos que las mujeres realizan, facilita la organización de las tertulias y las nuevas instituciones culturales. Ellas tienen claro que se trata de tiempos de cambio que hay que impulsar y se ubican nuevamente en el entremedio de lo público/privado de los salones (casa, ámbito doméstico), pero ahora desplazándose paulatinamente al campo literario (espacio público).

Si bien las tertulias literarias y otras instituciones señalan el avance en el proceso de autonomía del campo literario en general, la gran mayoría de las mujeres seguirán manteniendo una posición marginal, por lo que derivarán desde las prácticas de sociabilidad informal que incluían lo literario, no solo a participar en las tertulias literarias mixtas, sino a la fundación de sus propias instancias institucionales en el campo literario.

Por lo que respecta a la lectura, es fácil observar también que los hombres rara vez se juntan para gozar del encanto sugestivo de un libro y que las mujeres prefieren siempre hacerlo, ¿Quién no ha visto en las tranquilas veladas invernales un grupo de cabezas, rubias o morenas inclinadas sobre la costura, mientras crepita el brasero, parpadean las lámparas y la voz cantarína de una muchacha va desgranando lentamente sobre ellas la gracia de su timbre y el ensueño de unas páginas de amor? Tales veladas han sido el germen natural de los círculos de lectura, de los "reading-club" que son atendidos y sustentados por los elementos femeninos de los países más adelantados (Labarca, "La hora de los libros" 10).

El texto anterior, escrito por Amanda Labarca, finaliza proponiendo la formación de un club de lectura, a través de la revislaFamilia. Club que se concretará, con Labarca como principal impulsora, en el Círculo de Lectura de Señoras20 fundado en ese mismo año (1915), club que tuvo filiales también en regiones. Posteriormente se creará el Club de Señoras, este, como una práctica intermedia, en cuanto conserva rasgos de los salones del diecinueve con más claridad. Ambas iniciativas son instituciones destinadas a propiciar y cultivar las letras y las artes desde el punto de vista de la recepción y la producción, y a mejorar la calidad de la educación recibida por las mujeres. En ellas destacan Inés Echeverría (Iris), Amanda Labarca, Delia Matte, Sofía Eastman, Elvira Santa Cruz Ossa y Luisa Lynch, entre otras. El Círculo de Lectura fue la primera institución femenina del siglo xx en incorporar a mujeres de la oligarquía y a mujeres de la clase media unidas por intereses comunes en torno a la cultura; allí también se organiza el primer concurso literario para mujeres. Por su parte, en el Club de Señoras se dictan conferencias, se realizan talleres y exposiciones y se instala, posteriormente, una sala de teatro y cine. A las actividades asisten también varones, pero están destinadas prioritariamente a las mujeres y son generadas por mujeres.

En estos espacios, las mujeres construyen una red de escritores, críticos, periodistas, artistas e intelectuales haciendo uso del capital social o poder relacional, de modo de propiciar su inserción en el campo cultural ya no solo como anfitrionas y mecenas de escritores aún no consagrados, sino cada vez más como escritoras, conferencistas, críticas, cronistas y organizadoras culturales, accediendo a instancias de mayor legitimidad en el campo.

En este contexto, existe otro elemento que jugará un papel crucial en este paulatino ingreso de las mujeres en el campo literario: el surgimiento de los discursos feministas que instalan con fuerza creciente el problema de la situación de la mujer de la época21 en la agenda pública. La reflexión de las mujeres sobre las mujeres marca el discurso de las letradas, aun cuando no sean feministas, y señala una contradicción interesante, pues implica la negociación entre la especificidad y defensa de los derechos de las mujeres (la praxis político-cultural) y el imperativo para las escritoras de ingresar al campo literario (masculino), y por ende, observar el canon vigente.

Por otro lado, la diferencia de clases no es un dato poco importante; estamos, ya en la primera y segunda década del siglo xx y no se tratará más de la exclusividad de terreno de las damas de la oligarquía, terreno que deberá ser compartido con las mujeres de las ascendentes capas medias. Entre ellas se establecen alianzas que no excluyen, en ocasiones, mutuas desconfianzas, no obstante formar parte de redes de afinidad dadas por el género femenino y el campo específico.

A partir del diálogo entre Iris y Amanda Labarca que hemos copiado más arriba, podemos vislumbrar cómo se produce la disputa entre opciones que están dando cuenta del proceso de profesionalización y la modernización que se produce en el campo literario chileno. Por un lado, podemos observar la diferencia respecto de los grupos dirigentes (Iris) y los contendientes de clase media (Amanda Labarca), que se revela en la defensa de lo propio, lo nacional, que realiza Labarca, como discursos valorados frente a la literatura europea que conformaba el canon. La actitud de las mujeres escritoras de clase media es evidentemente distinta de la de las mujeres de la oligarquía que funcionan bajo otra tradición, tradición de los salones y el francés. Iris representa claramente la tradición que se difumina al configurarse el campo literario y dar paso a otros modos de relación.

Amanda Labarca, mujer de clase acomodada pero no de la aristocracia, vinculada a la masonería, feminista cercana al feminismo liberal, está en el medio: a medio camino entre una tradición de la que toma elementos para construir espacios para las mujeres y la modernidad vinculada por ella a los logros que han obtenido las mujeres estadounidenses. El Círculo de Lectura organizado por Labarca se vincula a los salones y también se apropia de la experiencia de los clubes de mujeres y del feminismo de Estados Unidos, reflejando el avance en la construcción de espacios y en la producción de discursos propios.

CONCLUSIONES

Los modos y estrategias de inserción de las mujeres letradas de fines del siglo xix y de las primeras décadas del xx, muestran la necesidad de negociar entre alternativas con-flictivas; primero, la negociación para ingresar al espacio público desde y en el espacio privado a través de prácticas informales, como los salones.

Más tarde, la negociación se producirá entre la necesidad de autonomía como sujetos femeninos, respecto de la tutela del espacio familiar y doméstico y, al mismo tiempo, el imperativo de autonomía (y legitimidad) como escritoras en el campo literario. En este último punto, la inserción en el campo literario se presentará con matices conflictivos respecto del canon vigente y el proceso de autoconciencia y producción de discursos de mujeres y/o feministas.

Estos elementos que hemos destacado remiten a 'habitus' diferentes entre los hombres y las mujeres, y entre las diversas mujeres, necesarios de considerar respecto de su incidencia en la configuración del espacio público y del campo literario para las mujeres. Por ende, elementos diferenciales importantes para ahondar en las características de los discursos producidos por mujeres.

 

NOTAS

1 Este artículo se desarrolló en el marco de mi Proyecto Posdoctoral FONDECYT N° 3040086: "La crítica literaria de mujeres chilenas entre 1900-1950".

2 El artículo de Gonzalo Catalán, que en gran parte seguimos aquí, constituye el único esfuerzo sistemático por estudiar la configuración del espacio literario chileno aplicando las concepciones de Pierre Bourdieu.

3 A fines de la década de 1820 se crean colegios privados para la educación de las mujeres de laelite; en 1841 se instalael pensionado de la congregación del Sagrado Corazón. Solo en 1860 se dicta la Ley de Instrucción Primaria gratuita para niñas y niños, con un plan de materias supuestamente similares para ambos, pero sustituye el estudio de la Constitución Política y del dibujo impartidas a los varones por clases de economía doméstica y labores manuales para las niñas. En 1877 se establecen los liceos de niñas, mismo año en que la mujeres son admitidas en la universidad. Para mayor información véase el libro de Ruth González-Vergara (25-26).

4 Como antecedentes inmediatos, encontramos las llamadas 'tertulias' que se realizan desde el período colonial. Consisten en reuniones informales destinadas a disfrutar con la familia y amigos. Manuel Vicuña en La belle epoque chilena, distingue entre las tertulias -sean estas políticas, literarias, laicas o clericales- y los salones. Las primeras tienen un carácter más heterogéneo y variado, incluyen desde juegos hasta el predominio de actividades asociadas a la música (ejecuciones instrumentales, canto y baile), actividad central hasta la década de 1840. En estas tertulias de las primeras décadas del siglo, ya destacan algunas mujeres notables que desarrollan el papel de anfitrionas y que irán sentando tradición; entre ellas, Luisa Recabarren (madre de Mercedes Marín) y Javiera Carrera. La función de estas reuniones durante los primeros años del siglo xix, es en gran medida de carácter político: están destinadas a difundir las ideas revolucionarias de los líderes patriotas. Su centro no es el desarrollo de la cultura o de la conversación, y el papel de anfitrionas de las mujeres únicamente es posible gracias a sus parentescos directos con los líderes criollos, parentescos que permiten que su casa sea el centro de estas actividades informales imposibles de pensar fuera del ámbito familiar obligado para la vida social de una mujer de la época.

5  Los salones también tuvieron expresiones interesantes hacia los años cuarenta del siglo xix.

6 Para una revisión de la teoría de Pierre Bourdieu consúltese sus textos: Campo del poder y campo intelectual, Cosas dichas y Razones prácticas: sobre la teoría de la acción.

7 Acerca de las lecturas de la aristocracia chilena, ver: B. Subercaseaux, Historia del libro en Chile. (78-79).

8  Utilizamos el concepto de 'habitus', de Pierre Boudieu, quien lo explica como el "espacio de las posiciones sociales", que para el autor se "retraduce en un espacio de tomas de posición a través del espacio de las disposiciones (o de los habitus) (...). El habitus es ese principio generador y unificador que retraduce las características intrínsecas y relaciónales de una posición en un estilo de vida unitario, es decir, un conjunto unitario de elección de personas, de bienes y de prácticas. Como las posiciones de las que son producto, los habitus se diferencian; pero asimismo son diferenciantes (...) ponen en marcha principios de diferenciación diferentes o utilizan de forma diferente los principios de diferenciación comunes. (...) también son esquemas clasificatorios, principios de visión y de división, aficiones, diferentes. (...) cuando son percibidas a través de estas categorías sociales de percepción, de estos principios de visión y de división, las diferencias en las prácticas, en los bienes poseídos, en las opiniones expresadas, se convierten en diferencias simbólicas y constituyen un auténtico lenguaje" (Campo del poder... 19-20).

9 Ver: María Angélica Muñoz (244).

10 Las memorias de Martina Barros constituyen uno de los mejores testimonios de la experiencia de las mujeres en los salones.

11 Citada por Graciela Batticuore (80).

12  El primer colegio femenino laico fue fundado por una profesora francesa, Fanny Delauneux (esposa de Joaquín de Mora), colegio en que, además de los cursos tradicionales regidos por el discurso de la domesticidad, se enseñaba inglés, francés y geografía.

13  Shade (Mariana Cox Stuven) escribe: La vida íntima de Marie Goetz (1909) y Un remordimiento. Recuerdos de juventud (1909).

14  Sobre este particular, ver: B. Subercaseaux, Genealogía de la vanguardia en Chile.

15 La construcción de genealogías y las alianzas entre mujeres intelectuales, se desarrolla en el artículo: "Diálogos y alianzas: cartas y otras prosas de Gabriela Mistral y Victoria Ocampo" (Doll y Salomone 37-55).

16 Roxane, en este mismo texto, nombra a mujeres intelectuales chilenas, destacando su papel, respecto de la gestión cultural: "Doña Luisa Lynch de Moría, Doña Delia Matte de Izquierdo, Doña Sara del Campo de Montt, Doña Inés Echeverría de Larraín y Doña Lucía Bulnes de Vergara, reunían en sus moradas al más selecto grupo / estructurantes, son principio generador y unificador de las prácticas e ideologías de cada agente y que, por tanto, lo impulsan a conservar o a subvertir la estructura del campo (Boudieu, Campo del poder..., Cosas dichas y Razones prácticas...).

17 Véase los ya mencionados libros de B. Subercaseaux.

18 Los términos 'mediación y 'negociación se inscriben en la línea de los desarrollos de P. Bourdieu y forman parte del proceso que ocurre en el campo intelectual. Bourdieu describe el campo intelectual como el espacio donde se lleva a cabo la producción de bienes simbólicos de una sociedad y donde ciertos agentes, en nuestro caso, escritores/as, críticos/as, etc.), poseedores de un capital específico (el capital simbólico), disputan posiciones con el objetivo de obtener legitimidad para sus producciones discursivas. El campo intelectual se constituye como un espacio de fuerzas y luchas, tácticas y estrategias y, por lo tanto, 'mediación' y 'negociación' entre agentes e instituciones que tienden a conservar o cambiar las relaciones de fuerza establecidas. En este espacio, los intelectuales desarrollan ciertas trayectorias, que se configuran a través de sucesivas tomas de posición dentro del campo; éstas, mediadas por las disposiciones constitutivas de los habitus que, en tanto estructuras estructuradas y estructurantes, son principio generador y unificador de las prácticas e ideologías de cada agente y que, por tanto, lo impulsan a conservar o a subvertir la estructura del campo (Bourdieu, Campo del poder..., Cosas dichas y Razones prácticas...).

19 Acerca de la trayectoria del Ateneo de Santiago ver S. Lillo.

20 Fue fundado en una reunión realizada en los salones de la revista Familia, el 13 de julio de 1915. En su primer directorio figuran: Sofía Eastman, Amanda Labarca, Elvira Santa Cruz (Roxane), Ana Swinburn, Luisa Lynch, Inés Echeverría (Iris), Ana Prieto, Delfina Pinto, y Delia Matte.

21 El ingreso del feminismo ocurre en el marco de la urbanización y desarrollo de una industria incipiente, a fines del siglo xix y principios del xx. La modernización provoca un impacto en la vida cotidiana de las mujeres de todas las clases sociales. Las organizaciones surgidas a partir de 1913 en los sectores de clase media y elite se unen en torno a intereses intelectuales y artísticos y se dirigían en mayor o menor grado a otorgar un nuevo sentido o a trascender el discurso del ideal de domesticidad, hegemónico en la gran mayoría de las damas de la oligarquía. En este período, las mujeres de clase media ingresan en forma creciente a la educación secundaria y superior y se incorporan a las profesiones. Los derechos civiles de las mujeres se alcanzan en 1925, pero los políticos solo comenzaron a hacerse efectivos a partir de las elecciones municipales de 1934. Sin llegar a acuerdos dentro del sistema político, durante los años treinta la demanda por los derechos políticos plenos fue sistemáticamente negada. Esta, sin embargo, fue mantenida en el centro del debate a través de campañas y movilizaciones lideradas por diversas organizaciones, generando una opinión pública crecientemente favorable hacia los derechos políticos femeninos. Acerca de este tema, ver los textos de Gavióla y otros; Kirkwood; Klimpel.

 

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