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Universum (Talca)

versión On-line ISSN 0718-2376

Universum vol.29 no.1 Talca  2014

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-23762014000100012 

Revista Universum Nº29 Vol.1, I Sem. 2014, pp. 217-225

 

ENTREVISTA

 

Clara Lida: Una historiadora distinta de sus colegas1

 

Graciela Carrazco López*

* Estudiante del Programa de Doctorado en Pedagogía, Facultad de Estudios Superiores Acatlán, Universidad Nacional Autónoma de México. Becaria Conacyt, México. Correo electrónico: gracecarrazco@yahoo.com.mx


 

Clara Lida es una de las especialistas más reconocidas en estudios de la relación México-España, exilio e inmigración; sus estudios abarcan aspectos socio-históricos de los movimientos revolucionarios. Actualmente es académica de El Colegio de México; doctora en Historia y Literatura por la Universidad de Princeton (1969), maestra en Historia por El Colegio de México (1964) y licenciada en Historia por Brandeis University, Massachusetts (1963).

Es Investigadora Nacional Emérita del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) y miembro regular de la Academia Mexicana de Ciencias. Ha recibido la Encomienda de la Orden del Mérito Civil (2006) por el Estado Español; el doctorado Honoris Causa (2009) por el Claustro de la Universidad de Cádiz y ha sido creado el Premio Clara E. Lida por parte del Instituto de Ciencia y Tecnología del Distrito Federal en México. Ha sido profesora visitante en la Universidad de California, en la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, en la Universidad Nacional Autónoma de México -donde ocupó la «Cátedra Maestros del Exilio»-y en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, entre otras instituciones. En 1969 fundó en los Estados Unidos la «Society for Spanish and Portuguese Historical Studies», asociación nacional de historiadores iberistas, que dirigió entre 1969 y 1972.

Entre sus principales publicaciones se encuentran Argentina 1976. Estudios en torno al golpe de Estado (2007), España y México durante el primer franquismo (2001), Inmigración y exilio (1997), El Colegio de México: una hazaña cultural (1990), La Casa de España en México (1988), Tres aspectos de la presencia española en México durante el Porfiriato (1981), Antecedentes y desarrollo del movimiento obrero español (1973) y Anarquismo y revolución en la España delXIX (1972), entre otras.

En esta entrevista nos habla de su trayectoria académica, de la creación de una línea de investigación en América Latina, de su experiencia en la formación de generaciones de investigadores en Historia, de los reconocimientos a su labor académica y de sus proyectos de investigación.

- ¿Qué tipo de trayectoria académica se necesitaría tener para ser investigadora emérita de un sistema como el Nacional de Investigadores en México?

- Bueno, yo no quisiera generalizar porque supongo que hay un gran abanico de investigadores eméritos, no somos muchos pero hay un abanico, sobre todo más en las ciencias duras que en las humanidades o en las ciencias sociales. El Sistema Nacional de Investigadores (SNI) tiene ciertas normas: que uno haya estado en el SNI, en el nivel más alto, al menos tres veces consecutivas, es decir, que haya sido renovado en el nivel más alto; y para estar en el nivel tres se exigen publicaciones, se exige formación de grupos, formación de investigadores, visibilidad nacional e internacional, en fin, todo aquello que va forjando el perfil de un investigador de cierto relieve o cierto renombre, tanto en el país en el que está como fuera de él.

En mi caso particular, yo llegué a México en los años 80, un poco antes de que el SNI se hubiera fundado, pero cuando se fundó ingresé a él en el nivel más alto y, por lo tanto, a lo largo del tiempo, me mantuve en ese nivel. Nunca había pedido ser emérita, aunque lo hubiera podido hacer antes, pero llegó un momento en que me sentí emérita, digamos, por la edad, por los años, por la trayectoria; yo lo pedí, se me otorgó y bueno, estoy muy contenta con eso. Pero tiene que ver, sobre todo, con una evaluación curricular acumulativa, en la cual el SNI acaba por considerar si alguien merece la pena o no ser investigador emérito. No es automático, se decide, se evalúa en el comité de la disciplina correspondiente.

- ¿Considera que ha abierto una línea de investigación inédita?

- En cierto sentido sí, tengo que hacer un poco de autobiografía, pero tiene que ver con el hecho de que al venir a México, sin ser yo mexicana ni mexicanista

-porque mi nacionalidad es argentina y mis temas de estudio son sobre todo peninsulares, españoles, del siglo XIX y XX- se me planteó una especie de dilema: qué le puedo pedir a un estudiante mexicano -que no tiene necesariamente acceso a fuentes, archivos, en fin, posibilidades de investigar internacionalmente- para que cumpla con requisitos en mis cursos, pero por lo menos se interese en temas un poco más allá de las fronteras mexicanas. Como yo he enseñado muchos años historia de España, de los siglos XIX y XX, y mi tema principal es la historia social europea, este planteamiento, esta perplejidad ante qué pedirle a un estudiante como trabajo de curso para un seminario, me llevó a pensar que algo que no había en México, como un campo que se hubiera desarrollado seria, intensa o ampliamente, eran los estudios sobre intercambios de población; sobre todo pensando, por un lado, en las migraciones españolas a México y, en segundo lugar, en el exilio español en México.

México no es un gran país de recepción migratoria, ahora recibe más centroamericanos por razones, en realidad, de ser puente entre Centroamérica y Estados Unidos, pero nunca ha sido un país de grandes corrientes migratorias, como pudieron haber sido Chile, Argentina o Cuba, en América Latina, o Estados Unidos en el norte. Pero a México, sin embargo, sí llegó -desde mediados del siglo XIX- una población inmigrante de España, no abundante pero con un perfil muy particular, porque mediante un sistema de cadenas migratorias, iban entrando en el mundo mexicano, tanto en el comercio como en las finanzas y en la industria. Es decir, eran inmigrantes que en lugar de insertarse en las partes bajas de la sociedad, como se insertaban en otros países, llegando como proletarios a trabajar, cuando llegaba a México la inmigración española, por muy de origen proletario que fuese, ya iba insertándose en niveles medios de la sociedad; es decir, iba convirtiéndose en lo que yo he llamado una «inmigración privilegiada»; de modo que, estudiar eso desde el Porfiriato en adelante, ha sido uno de los temas que he impulsado a mis alumnos a estudiar.

El otro tema que me ha interesado muy especialmente, sobre todo a partir de los problemas del segundo cuarto del siglo XX, tienen que ver con los exilios políticos, sobre todo en los preludios de la Segunda Guerra Mundial. Y ahí claro, México, con Lázaro Cárdenas, desempeñó un papel muy importante en el apoyo a la República Española en el momento de la insurrección militar que, con Francisco Franco a la cabeza, luego se haría del poder. México apoyó a esa república democrática, elegida en las urnas, y abrió sus puertas, dentro de los límites que podía un país sin muchos recursos y sin muchas capacidades económicas, a un número considerable de refugiados españoles. En ese momento, tal vez, se inició con Cárdenas algo que caracterizó la política mexicana, en el tercer cuarto del siglo XX que fue, realmente, la recepción de los exilios políticos latinoamericanos y de otros países. Esto empezó antes de la Segunda Guerra Mundial, primero con los refugiados republicanos españoles, luego con los refugiados del centro y del este de Europa, y continuó con los refugiados sudamericanos de las dictaduras de las décadas de los años 60 y 70.

- ¿Qué condiciones posibilitan abrir una línea de investigación?

- Bueno, primero que soy un poco, digamos, distinta en mi formación de lo que puede ser el profesor de Historia en México que, sobre todo, es mexicanista. Mi formación es justamente como europeísta primero y, luego, como latinoamericanista en un sentido más amplio, de modo que mi propia formación me lleva a ser un poco o bastante distinta de mis colegas en general. Por otro lado, las condiciones idóneas para eso se dieron en El Colegio de México, donde les interesó tener una persona con mi perfil e invitarme a ser profesora del Centro de Estudios Históricos, invitación que acepté encantada, porque la idea de volver a México, a América Latina, me pareció magnífica.

Yo había hecho una maestría en El Colegio de México en 1963, pero me había vuelto a Estados Unidos (porque El Colegio no tenía en esa época doctorado) a hacer la tesis en la Universidad de Princeton y me quedé enseñando en Estados Unidos. Pero en 1979 me invitaron a venir a México como profesora visitante a El Colegio de México, di un curso sobre historia de España siglos XIX y XX, fue ese curso mi primer ensayo en esto de buscar un tema que no fuera común pero que se pudiera hacer desde México; los estudiantes hicieron trabajos sobre inmigración española en el Porfiriato, hubo tres o cuatro trabajos muy buenos, coordiné al grupo, se publicó como libro y abrió brecha, digamos, en el estudio de las relaciones, de los intercambios poblacionales entre España y México.

Y después de eso, un par de años después, se me invitó a venir como profesora permanentemente. Inicialmente yo mantuve un pie de un lado y otro pie del otro de la frontera, venía un semestre a México, estaba un semestre en Estados Unidos, mientras pensaba y decidía si realmente quería estar en México permanentemente o no. Y la verdad México me resulta un país no sólo seductor sino fascinante, un país que conocí no sólo como estudiante de El Colegio en los años 60 sino que, de pequeña yo viví en México varios años porque mi padre era a su vez un exiliado político de la Argentina y había venido a México, como familia vinimos con él en 1947; vino a El Colegio de México y fundó lo que hoy es el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios, y yo hice en México gran parte de la escuela primaria. De modo que había una larga vinculación con México, a título personal, a título emocional, a título autobiográfico de alguna manera; volver a México en los años 80, como profesora de El Colegio, en realidad, fue como una especie de culminación de ese proceso comenzado a los cinco años.

- ¿Usted ha sido formadora de generaciones de investigadores?

- Sí, puedo decir que llevo enseñando a nivel universitario desde 1968, de modo que si hacemos la cuenta ya son muchísimos años, va para medio siglo de trabajo universitario. Primero en los Estados Unidos, donde yo me formé en el nivel de doctorado, donde me quedé enseñando durante muchos años y luego en México, a donde vine a mediados de los años 80. De tal manera que tanto en Estados Unidos, primero, como en México, después, he tenido la oportunidad, por un lado, de formar estudiantes no sólo a nivel de licenciatura sino también de posgrado y, al venir a El Colegio de México, en el Centro de Estudios Históricos, donde sólo hay nivel de posgrado, más específicamente nivel de doctorado, he formado a lo largo de los años muchas generaciones de egresados de Historia de El Colegio de México. He dirigido muchas tesis, no tengo ahora una cuenta exacta, pero desde luego unas veinticinco tesis de doctorado, la gran mayoría se ha publicado, tengo alumnos que ya son mis colegas y me da mucho gusto, de modo que sí, he formado generaciones de investigadores en Historia.

- ¿Usted ha dirigido tesis de alumnos de diferentes países?

- Además de lo que contaba también me interesa -y es sobre todo el tema que yo trabajo- la historia social, los movimientos sociales y socialistas en Europa en el siglo XIX. Desde mi tesis de doctorado y hasta ahora, me he dedicado sobre todo al estudio de las rebeliones sociales, de los conflictos revolucionarios en Europa y especialmente en España. La historia social es, en cierto sentido, mi verdadero campo y en México a mis alumnos, sobre todo mexicanos pero también de otras nacionalidades, lo que he hecho es ayudarles a pensar comparativamente, problemas de temas mexicanos pero siempre reflexionando en función de lo que podía pasar alrededor de un tema semejante en otro contexto. Abrirnos a bibliografía internacional, hacerlos dialogar con la historiografía más allá de la historiografía local y, las tesis que he dirigido, han sido sobre todo de historia social y en relación con el mundo del trabajo, con el mundo de la protesta, con el mundo del conflicto político, etcétera, desde el siglo XIX hasta más o menos los años 30's del siglo XX. No solamente mexicanos, pero sobre todo mexicanos.

- ¿Cuál es el reconocimiento que más orgullo le ha causado?

- Creo que sería injusto decir que uno más que otro, cuando a uno le dan un reconocimiento siempre le agrada que se lo den y siempre le causa satisfacción que finalmente se reconozca la labor hecha. Mi trabajo, repito, es sobre historia social europea y española, de modo que, me da mucho gusto que, siendo una latinoamericana que trabaja desde América sobre todo -aunque claro que he pasado muchas temporadas en archivos europeos- me da especial satisfacción que se me reconozca como una historiadora que ha influido en la historia de España; porque me da satisfacción que se reconozca el trabajo que hacemos los latinoamericanos, no sólo en campos circunscritos a nuestros países, sino que aportamos a otras áreas y a otras disciplinas, y a otros países nuestro conocimiento, y eso me da gusto que de vez en cuando se reconozca. Se me ha reconocido con un doctorado Honoris causa, se me ha reconocido con una condecoración del gobierno español, en fin, con otros reconocimientos públicos y eso me da gusto. Pero también debo decir que me da gusto que en México se me reconozca, aunque yo no aporto tanto a la historiografía mexicana directamente porque no hago investigación sobre México, aunque sí lo vinculo con España. Y se me ha reconocido con una medalla que dio el gobierno del Distrito Federal a través de algo que dejó de existir porque está cambiando un poco el cariz de eso, un Instituto de Ciencia y Tecnología del Distrito Federal, que se fundó en la época del (jefe de Gobierno) Andrés Manuel López Obrador y que continuó con Marcelo Ebrard. Ya no existe ese Instituto, ahora es la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación, pero en algún momento se me dio una medalla que reconocía el mérito académico y se dio un premio con mi nombre «Clara Lida»; de modo que, en ese sentido, me dio mucho gusto que eso sucediera.

- ¿Y qué le falta por investigar en la academia?

- Pues todo. Todo, menos lo que he hecho. Yo ahora he vuelto a uno de mis temas principales, que había dejado de lado, para mí, en mi trabajo personal, individual, no digo con mis alumnos. He vuelto a los temas del siglo XIX español y europeo, y un campo en el que yo hago mis aportaciones, se podría decir más sustantivas, han sido sobre el anarquismo europeo en los años de la Primera Internacional en Europa, es decir, en los años, fines de los años de 1860, 70 y 80; ése es el campo en el que yo estoy tratando de aportar y en el que estoy trabajando ahora, pero he publicado ya antes bastante; lo que quiero hacer ahora es un estudio del movimiento anarquista en la clandestinidad.

Generalmente los movimientos clandestinos se desarrollan cuando no hay suficientes espacios políticos públicos que permitan la participación abierta; en general, el clandestinaje es una forma de contracultura porque no hay una posibilidad de participar públicamente en la vida política. En el siglo XIX, los movimientos obreros organizados fueron sistemáticamente reprimidos en ciertos momentos de la historia europea, y por lo tanto eran, digamos, desarticulados públicamente. Lo que a mí me interesaba era ver cómo un movimiento que parecía desarticulado y desaparecido, diez años después -si se reabría el espacio político-volvería a resurgir con fuerza renovada. Es decir, allí había algo que me llamaba la atención: un movimiento que se estaba gestando y estaba creciendo, sufría una represión que parecía destruirlo, pero tiene luego un renacimiento que no puede ser como el ave fénix que nace de cero ¿Qué pasaba en esos momentos en que dejaba de ser público? ¿Desaparecía realmente? ¿O pasaba a algo que se llamaba clandestinidad? Y, poco a poco, lo que fui viendo, entendiendo, investigando, recogiendo, un poco como si fueran las piezas sueltas de un rompecabezas -uno tiene las piezas pero no sabe qué imagen se va a crear- es que, en efecto, las represiones existen, pero también existen los mecanismos para sobrevivirlas y pasar a la clandestinidad, y seguir actuando aunque en un nivel más restringido, incluso, y numéricamente mucho más acotado, pero descubrí que no desaparecen totalmente sino que continúan, se renuevan y resurgen en los momentos en que hay más apertura política. De modo que lo que yo veo son esos momentos en que desaparecen de la superficie pero actúan en la clandestinidad y luego resurgen ya reactivados por una lucha clandestina que les permite, sin embargo, no desaparecer sino en todo caso transformarse y resurgir de nuevo a la lucha política.

Esos periodos, el que yo estudio sobre todo, tienen que ver con la represión que en Europa surgió a raíz de un gran movimiento social que se dio en Francia y que se llamó la Comuna de París, como un movimiento municipalista de autonomía local, justo en el momento en que la Guerra Franco-prusiana de 1870 había acabado con el Imperio Napoleónico y había permitido a Prusia apoderarse de una parte del territorio francés y, a su vez, exigir reparaciones de guerra muy duras a la Francia derrotada. El gobierno provisional que surgió después del imperio de Napoleón III exigía, entonces, que la población pague el costo de las reparaciones de guerra, que son impuestos especiales para pagarle al vencedor. París se sublevó, dijo que no, y entonces se creó un movimiento municipalista que se llamó la Comuna de Paris. Ese movimiento tuvo unas características muy particulares: la Primera Internacional se acababa de fundar unos pocos años antes; aparecieron ahí internacionalistas, anarquistas, marxistas, etcétera; surgieron movimientos socialistas de otras tendencias y París se convirtió en el gran mito revolucionario de Europa en la primavera de 1871. Pero, claro, es una especie de chipote en una Francia destruida y cercada por el ejército prusiano, alemán, de modo que, tanto el gobierno provisional republicano francés como el ejército prusiano, unieron fuerzas para reprimir el movimiento comunalista de París. Y lograron reprimirlo, la ciudad estaba aislada, estaba cercada, y fue bombardeada durante varias semanas y luego, calle a calle, París se va reconquistando por las fuerzas del orden, tanto prusianas como francesas. Pero, en todo caso, lo que queda de eso es el mito revolucionario, en términos europeos, también lo que queda de eso es la represión muy dura contra los comunalistas y contra todos aquellos movimientos que habían apoyado la Comuna de París, incluyendo anarquistas, socialistas, internacionalistas, etcétera. Y el gobierno francés una vez que tomó el control, hizo una política de persuasión en el resto de Europa para que declararan ilegal los movimientos internacionalistas, marxistas o anarquistas. En el caso español eso sucedió y, entonces, lo que yo estudio, después de la Comuna de París, es cómo se fue creando esa represión, cómo esos movimientos que estaban organizados y organizándose cada vez con más énfasis pasaron a la clandestinidad y cómo sobrevivieron en casi una década para renacer en la década de los 80, con nuevos bríos y con una nueva visión de la organización obrera en Europa.

- ¿Usted escribiría su autobiografía intelectual?

- No sé. En estos momentos no porque me es más importante escribir lo que investigo. Yo no me dedico a la autobiografía realmente, creo que hay cosas más interesantes que mi propia vida; las cosas que investigo me parecen mucho más interesantes que esto. Me parece más importante acabar de entender cómo funciona la clandestinidad de un movimiento revolucionario que hablar de mí misma. En fin, creo puedo pasar a la inmortalidad desconocida.

NOTA

1 Entrevista realizada en México, D.F., el 18 de septiembre de 2013.