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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.33 n.48 Valparaíso  2000

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09342000004800004 

Revista Signos 2004, 33(48), 35-46

LITERATURA

Violencia y miedo en la novelística de Cristobal Zaragoza

 

José María Martínez Cachero
Universidad de Oviedo
España

Para mi colega Enrique Rubio,
que me invitó a leer a C.Z.


RESUMEN

Se rastrea la presencia de dos motivos claves, la violencia y el miedo, en tres novelas del novelista español contemporáneo Cristóbal Zaragoza. Las novelas estudiadas se enmarcan en la produccion de once años, de 1970 a 1981. Se hace especial hincapié en el uso de técnicas narrativas, en la ubicación de Zaragoza en la novelística española actual y en la vinculación con el contexto histórico, en especial la Guerra Civil y el terrorismo etarra.


ABSTRACT

Two key motives: violence and fear are traced in three novels written by Cristóbal Zaragoza, a contemporary spanish writer. The novels above mentioned covers the period from 1970 to 1981 representing an eleven-year production. Special attention is given to the use of narrative techniques placing Zaragoza in the current Spanish novel and in its entailment with the historical context, mainly the Spanish Civil War and the 'etarra' terrorism.


 

Cuando Cristóbal Zaragoza, nacido en 1923 y fallecido en 1998, obtiene el premio "Planeta" en su convocatoria de 1981 con la novela Y Dios en la última playa contaba en su haber con una bibliografía relativamente abundante en el cual predominaba el género novelístico, con algunas obras distinguidas en concursos, como era el caso de Manú. Sabemos por Carlos de Arce, puntual cronista del "Planeta" a lo largo de los primeros veinte años de su existencial1, que nuestro novelista había hecho acto de presencia en el mismo al ser seleccionada su Un puño llama a la puerta, firmada con el seudónimo de "Héctor (s)", para la lista de originales finalistas (veinticinco en esta convocatoria de 1969); En la vida de Ignacio Morel, novela de José Losángeles, nombre que ocultaba al escritor exiliado Ramón José Sender, se alzaría con la victoria.

Desde años antes, Zaragoza se había acreditado como escritor prolífico y así lo demostraban (y seguirían demostrando) los títulos ya publicados o en prensa y en preparación que aparecían en las solapas de sus libros, salidos de mano de editoriales radicadas en Barcelona, como Planeta, Plaza-Janés, Ediciones 29, Bruguera; cultivaba el periodismo en diarios también barceloneses, como El Noticiero Universal o Diario de Barcelona, donde ejerció algún tiempo como crítico literario.

De conjunto tan abundante he elegido las novelas Un puño llama a la puerta (1970), Manú (1975), Y Dios en la última playa (1981), separadas en cuanto a fecha de publicación por períodos de cinco años, suficientes para mostrar ­si lo hubiera­ algún cambio significativo en temas y técnica narrativa o, contrariamente, la persistencia en el mantenimiento de ciertos asuntos, personajes y modos de novelar, lo cual supone (en el primer caso) un deseo de innovarse a sí mismo y (en el segundo) una seguridad en el estilo propio. Procuraré destacar el relieve que tanto la Violencia como el Miedo ­vocablos presentes en el título de este trabajo­ tienen en la acción de dichas novelas.

UN PUÑO LLAMA A LA PUERTA, ejemplo de "guerra recordada"

La guerra que se alude es la guerra civil española (1936-1939) y el calificativo "recordada" significa ­en la terminología empleada por Maryse Bertrand de Muñoz, su inventora2­ lo hecho por "muchos autores (que) parten de un momento en la posguerra para recordar los acontecimientos trágicos, para evocar la lucha fratricida como una pesadilla obsesiva; para otros (autores) las consecuencias directas o indirectas se hacen sentir mucho después del fin de la guerra; todo este grupo está reunido bajo el título de GUERRA RECORDADA"­, caracterización que conviene a la peripecia de Luis Valls y de su hijo Enrique, personajes destacados en la novela de Zaragoza, la cual tuvo buena fortuna entre los lectores y fue reeditada varias veces3. El título, que recuerda bastante de cerca el de la novela de Ramón Solís, Un siglo llama a la puerta, premio "Bullón" 1962, de la editorial madrileña del mismo nombre, se apoya en unas palabras que a la altura del capítulo 4 dirige Enrique, que sufre una situación de desamparo, a su padre: "A veces creo que estoy llamando a una puerta cerrada que, por mucho que la golpee, no consigo que me oiga nadie".

Luis Valls, personaje con hechuras de protagonista, preside el que llamaré núcleo familiar, integrado por su esposa, Dolores; sus hijos Enrique y Angeles; sus hijos políticos, Lidia y Mauro; y sus nietos, Luis y María Dolores, un total de ocho personas, pertenecientes en razón de su edad a tres distintas generaciones, privando en algunas el pasado tanto o más que el presente. No procede contar aquí las peripecias en que unos y otros personajes se ven implicados pero sí cabe advertir que la relación entre ellos no suele ser ni grata ni tranquila pues con demasiada frecuencia se producen situaciones no deseadas, traducidas en palabras o en incidentes de dureza no pequeña; es una especie de violencia aunque no físicas, sí difícil de soportar, violencia ganadora por encima de los deseos de avenencia formulados acá y allá ­llega así un momento (capítulo 11) en que Ángeles ruega a su esposo ante la situación que están viviendo: "Y, por favor, Mauro, acabemos con esta guerra sorda de una vez. Podemos ser muy felices los años de vida que nos quedan", corroborando un deseo manifestado por Mauro tiempo atrás (capítulo 9), al hacerse eco de otra situación por el estilo: "No quiero ver malas caras. De un tiempo a esta parte sólo veo morros a mi alrededor. Y disputas. Y amenazas. Esto no parece una casa como Dios manda. Parece un gallinero sin gallo, o algo peor"­. Violencia que tensa frecuentemente el ánimo de los personajes, poseídos entonces por el miedo a las previsibles e imprevisibles reacciones y actitudes de los más ­Dolores tiene miedo, al tiempo que estimación, por Mauro, cuya esposa le dice (capítulo 13): "Sé lo que tu opinión pesa (la de Mauro) sobre ella (Dolores), el miedo que te tiene, sé que, por complacerte, sería capaz de cualquier cosa". Pero otras veces el miedo se sale del ámbito familiar y reconoce otras causas, de cariz político por lo general, con posible intervención policíaca referida ya al pasado del abuelo Valls ­su condición de vencido en la guerra civil: "(...) los hombres que tienen historia, como tu padre, y una historia bien negra, son peligrosos. (...) aunque ellos no se den cuenta están siempre vigilados. Si a la policía se le ocurriera hacer un registro en casa, o si hubiera algún soplo (...)", le dice Dolores a Enrique (capítulo 4)­, ya al presente de su nieto, el estudiante universitario Luis, complicado en la oposición al régimen franquista, detenido, huido a Francia. Miedo también político es el que siente Bataller, antiguo correligionario de Valls, ahora escandalosamente corrompido y enriquecido, asustado por cuanto aquél, su visitante, le recuerda y enseña, materia de una posible y peligrosa delación, motivo más que suficiente para que "se había arrodillado (Bataller) y pegaba la frente al suelo, gimoteando, pidiendo clemencia, implorando (...)" (capítulo 15). Lo uno y lo otro ­esto es: la incomprensión familiar junto a la posible acción de la policía­ llevan a Valls a marchar de España y reintegrarse al exilio en Perpiñan, de donde había venido meses antes reclamado por su hija cuando él no era otra cosa sino un "jubilado de la vida", una "imagen viviente de la derrota".

Su visión tan pesimista parece tener apoyo en la realidad que cotidianamente vive Valls; hay en la misma algo así como una excepción a cargo de su nieto Luis quien reproduce mutatis mutandis ideas y aspiraciones acariciadas en su día por el abuelo, uno y otro libres de egoísmo y preocupados por la situación de pobreza (no sólo material) que sufren muchos seres de su entorno, romanticismos, en suma, piensan algunos de los personajes que les acompañan; importa al respecto de la relación abuelo-nieto la perorata del primero a propósito de la juventud y el futuro (capítulo 6), palabras esperanzadas menos que a medias porque las preside el pesimismo ­"(...) me he dado cuenta de que la lucha por eso que llamamos todos un mundo mejor es muchas veces una lucha sin sentido"­ pero que conmueven al joven y le llevan a la confesión de que quiero que sepas que me siento muy orgulloso de ti, de ser tu nieto" (ídem.). No es así la relación que lleva Luis con su padre y la incomprensión entre ambos conduce, después de situaciones harto desagradables, a la ruptura; y, sin embargo, Mauro, a quien cabría considerar como un materialista, atento sólo a su negocio y bienestar propio y de los suyos, presenta hechos y razones que de algún modo le dignifican, de acuerdo así con lo que es una característica de Zaragoza en la configuración de sus personajes (al menos, de los integrantes del núcleo familiar), los cuales no son gente de una sola pieza, maniqueamente buenos o malos, ángeles o demonios, sino criaturas verosímiles, aproximables a la verdad última del ser humano; criaturas, además, dependientes de otros congéneres y de las circunstancias, gente en la cual -Valls, su esposa y Enrique, su hijo- la guerra civil española dejó una huella destructora. Dicho núcleo familiar se completa desde una forzosa lejanía, más sentimental que física, con un noveno integrante, el tullido David, pintor, hijo extramatrimonial de Valls, cuya historia, apenas desvelada, constituye más bien un pegadizo, si se quiere hasta truculento.

Otros núcleos de personajes conviven en la novela con el núcleo familiar y poseen menos relieve que éste, tanto individual como colectivamente; así, los operarios del taller mecánico que rige Mauro, un grupo más bien incoloro, o algunos de los amigos y conocidos que Valls tuvo antes y en la guerra civil, personajes episódicos. Una mayor presencia e importancia tiene el núcleo (reducido en número) de los estudiantes universitarios, compañeros de Luis, partícipes de sus utopías revolucionarias, militantes de la oposición antifranquista y por ello perseguidos; son, por ejemplo, los llamados Casas y Martínez Fraile, no poco contradictorio este último en sus afinidades ideológicas, todos ellos, "señoritos de mierda" (como los apostrofa un taxista), burgueses y miedosos que (como Luis decía de sí mismo) "hacía(n) su revolucionista particular por darse pisto. Pero, en el fondo, nada" (capítulo 10).

A dos miembros del clan familiar -Enrique y Luis, su sobrino- diríase que, cada cual a su modo, aherrojados en España, se les ofrece ­así lo creen, aunque sin plena convicción- una oportunidad liberadora en la figura de sendas muchachas rusas ­Tamara y Nieves, respectivamente-, presente en la acción, la segunda, y recordada, la primera (alguna carta suya es el medio que utiliza el novelista para despertar el recuerdo de Enrique); ambas suponen una bocanada de aire fresco que alivia la atmósfera enrarecida pero a sus amadores, vencidos por el peso de las dificultades, les queda sólo complacerse en la esperanza.

Barcelona, una ciudad que es simplemente lugar de la acción y no motivo descriptivo, sus casas y sus calles, sirve de escenario de la peripecia presente o actual, contada casi linealmente por un narrador omnisciente que mantiene un apreciable equilibrio en el espacio concedido a los personajes del núcleo familiar, con la excepción del abuelo Valls que supera a los restantes en frecuencia de apariciones. Los capítulos van divididos en secuencias, protagonizadas en exclusiva o mayoritariamente por un concreto personaje que, avanzada ya la novela, viene de atrás y resulta conocido del lector por unos sucesos que enlazan con los de ahora mismo, los cuales, a su vez, enlazarán sin duda con algunos otros hasta que la acción se acerque a su final: el capítulo décimo, ya más que mediada la narración, es muestra de ello puesto que las páginas iniciales (181-185) están protagonizadas, en solitario, por Dolores; siguen (185-189), otras dedicadas a Mauro, ocasionalmente acompañado por los operarios de su taller; a continuación (189-193), Lidia, en el cine, con su hija María Dolores; en 193-197 comparten protagonismo Luis y algunos de sus compañeros en la Universidad, lo cual propicia una leve presencia del diálogo; cierra (197-201) la secuencia que tiene como personaje central al viejo Valls, postrado en la cama y delirante, a quien atienden su hija y su nieto. Cinco secuencias de capítulo, pues, con una extensión sensiblemente aproximada, cuya peripecia se sitúa en casa de Mauro, en su taller, en un cine, en un café y en la calle y, por último (diríase que cerrando el círculo), de nuevo en casa de Mauro pero ahora con personajes diferentes a los de la secuencia inicial. Todo pensado y medido, todo en el sitio y momento que le corresponde.

Tres meses y pico duró la estancia en España del exiliado Luis Valls y ello fue algo así como "un alto en el camino, una especie de vacaciones" que comenzaron en la estación del ferrocarril, recibido entre el deseo y la expectación de los suyos, y terminaron de improviso, en el tren camino de Perpiñán: "vía libre (y adelante), aunque empezaran a flaquearle las piernas, aunque tuviera la seguridad de que pronto sería una víctima más, otro muerto (...)"; entre uno y otro jalón, el narrador coloca varias indicaciones temporales que sitúan al lector en, v.g., la víspera de los Reyes Magos o la antevíspera de San José de 1968. Pasa el tiempo (¿rápido? ¿lento?) para este pequeño y poco abierto mundo humano, de criaturas también pequeñas y más bien cerradas en sus ocupaciones y preocupaciones. Acción presente o actual que llena páginas y páginas de Un puño llama a la puerta, cuyo relato de marcha atrás en el curso del tiempo merced a no muy detalladas retrospecciones cuando salen a escena aquellos personajes que, debido a su edad, poseen una como prehistoria.

MANÚ, como si fuera una novela picaresca

Había habido ya seis convocatorias del premio "Ateneo de Sevilla"4 cuando en 1975 lo obtuvo Zaragoza con la novela Manú, presentada en una de las solapas del volumen ­posiblemente obra del novelista- como una novela asimilable a la picaresca española clásica pues el protagonista "vive a salto de mata como lo hiciera Lázaro o Estebanillo y, como ellos, va desgranando una filosofía muy peculiar (...) extraída de la vida misma".

Estamos desde luego ante una novela con protagonista neto que empieza por darle su nombre ­Manuel, Manú- para título y prosigue ocupando con sus hechos y dichos casi en exclusiva los capítulos que la forman; en ellos cuenta su vida desde el principio ­nacimiento e infancia- hasta el momento en que comienza el acto de la narración, que no es, formalmente hablando, narración autobiográfica, tal vez porque el autor estima que su personaje carece de las condiciones indispensables para contar por escrito sus peripecias, lo cual le diferencia de sus congéneres, capaces de cumplir este requisito. El procedimiento dispuesto al efecto por el autor reparte el peso del relato entre Manuel ­que cuenta verbalmente- y un anónimo amanuense que le escucha con atención y toma las notas oportunas para después darles cuerpo de novela: seis partes, cada una con título propio, constituidas por un cierto número de capítulos (5, 5, 4, 5, 5 y 6, respectivamente), también titulados. Cada parte se abre con una especie de introducción, titulada asimismo y diferenciada de los capítulos que la siguen; en éstos, escritos en español normal y corriente, sin mayor cuidado de la expresión, por quien he llamado amanuense, lo que se ofrece es una transcripción de las palabras de Manuel, quien utiliza ­malagueño natural de Campillos- un peculiar dialecto andaluz y con ellas adelanta en resumen la materia argumental de los capítulos a continuación, procedimiento que no parece muy pertinente pues tales referencias previas quedan como sepultadas por la posterior abundancia noticiosa.

Debe añadirse que se trata de una narración abierta ya que su final no coincide con el de la vida del personaje; tras el último capítulo ­sexto de la parte sexta- hay una página, a manera de epílogo, en la que se informa muy brevemente acerca de algunas cosas ocurridas a Manuel con posterioridad.

Si Manú no cumple con la narración autobiográfica más propia de nuestra novela picaresca, hay otros caracteres distintivos de ella que mutatis mutandis sí se dan en el libro de Cristóbal Zaragoza, como es el origen humilde del protagonista; la infancia desgraciada que tuvo y en la cual incidió dolorosamente la guerra civil; la desconfianza desde bien pronto hacia el prójimo que, salvo contadas excepciones, le maltrata de mil diversos modos. Por sus reiteradas trapisondas llega a ser muy conocido de las gentes con quienes convive, para las cuales su vecindad no es precisamente deseable; después de algunas de ellas lo más prudente es desaparecer de la vista de los heridos y así hubo de huir sin tardanza de Guatemala y de la capital de Méjico, explotado ya con demasía el engaño del exiliado republicano español ("decidió ahuecar el ala"). Tales vicisitudes le fuerzan a recorrer muchas y diversas tierras (­a Manuel lo encontramos, por ejemplo, en la Indochina francesa y en la Cuba castrista­) pero en su caso, como en el de otros celebrados congéneres, se cumple el dicho de quien más corre, menos ve pues lugares y personas desfilan ante él sin dejarle huella apreciable como si no tuviera ojos ni entendimiento para fijarlos; las declaraciones del personaje a este respecto no dejan lugar a dudas: en su última conversación con el amanuense se juzga perfecto heredero de su padre a quien "el culo le picaba (...) en ningún sitio estaba bien", deseoso de "corré mundo, ver cosas y platicá con la gente". La voltaria fortuna propicia momentos de prosperidad junto a otros de desgracia pero Manuel ni escarmienta en la caída ("si bien había cambiado de sitio muchas veces, no había conseguido cambiar sus costumbres"), ni aprovecha las buenas rachas y con reiteración se encuentra (como cuando regresa a Veracruz) "de nuevo sin un céntimo (y) por toda indumentaria, un pantalón mojado". A diferencia del pícaro tradicional, no fue mozo al servicio de un amo (o de muchos) pues siempre se mostró celoso de su independencia y se complacía en proclamarla. A diferencia también de buena parte de la novela picaresca del XVII no hay en Manú consideraciones moralizadoras donde, en boca del personaje o de mano del escritor, se predique la recta doctrina, triaca contra el veneno que supone la actuación de aquél; lo que hay en nuestro caso son las llamadas "reflexiones" de Manuel, breves y surgidas de ordinario ante la marcha de los sucesos, y así tenemos su idea sobre el imperio universal de la mentira ­"Sólo parecía quedar en pie las mentira. La mentira se sentaba en corro en el Café de los señoritos, que jugaban a engañarse en los tratos. Brillaba en los ojos de las mocitas, que miraban a éste o al de más allá ofreciéndose al mejor postor. Hablaba por boca del maestro, un muerto de hambre que siempre le ponía sobresaliente al hijo del ricacho, aunque todos sabían que se pasaba las horas de clase babeando, porque era anormal. La mentira, concluía Manuel, era la única verdad"-; o sobre la generalizada maldad de la gente ­"a la gente, mala por naturaleza, había que combatirla con sus propias armas, la mentira, el fraude, la violencia"-; o sobre la rémora que podían suponer los afectos ­"Pensaba que destruían la personalidad. Por eso lo mejor era poner en práctica la filosofía del desasimiento. Si las personas y los objetos estaban hechos para desaparecer, ¿a santo de qué encariñarse?"­. Todas estas aseveraciones, punto menos que dogmas para Manuel, son fruto de su amarga experiencia de la realidad, víctima además de un fatalismo que no permite escape pues diríase que "robar era mi sino" y, también, el vivir condenado a la soledad"-, se preguntaba qué maldición pesaba sobre él que le condenaba a la soledad"-, mientras pretendía, vanamente, salir de su penosa situación, la más habitual, semejante a la de "una especie de corcho a la deriva". Por ninguna parte se vislumbra esperanza y, como sucedía a otros colegas picarescos, sería inútil buscarla en el amor pues las mujeres, las muchas mujeres que Manuel encontró en su vida, fueron ­salvo excepciones como la jovencísima María o la mejicana Tina- nada más que ocasión de placer ya que la atracción del sexo era lo que primaba.

Universo ciertamente muy poblado el de esta novela cuyo censo de personajes sobrepasa el centenar pero ninguno de ellos, vistos por fuera y de prisa ­no permite otra cosa el vértigo de la acción- compite en importancia con Manuel, presente reiteradamente pues actor o espectador-acompañante de los demás resulta ser el centro de todas las referencias y de él conducen o de él necesitan las numerosas acciones secundarias propiciadas por el dicho cúmulo de personajes, hombre y mujeres de varios continentes y países, de muy diversas condiciones personales y profesionales, bien avenidos o enemigos hasta la muerte. A tal diversidad se añade otra no menor de lugares, que nunca son pretexto para una detención en la marcha de la peripecia y, consiguientemente, para un posible pasaje descriptivo.

La tercera parte de la novela se titula "El temible Manú" y en sus capítulos se echa de ver cómo llega un momento en el cual las adversidades sufridas por el personaje han originado un muy peligroso temperamento que estalla violentamente a la más pequeña incitación y si hasta ahora fue casi siempre víctima propiciatoria de las tropelías ajenas ­recuérdese el bárbaro episodio de la obligada ingestión de unos tres cuartos de kilos de garbanzos verdes y crudos mientras un jinete desconocido le apuntaba, sin perderle ojo, con una escopeta: "¡ahora a comértelos! ¿No dices que tienes hambre? Pues, hala. ¡Toitos!"-, en adelante las cosas van a pasar de manera distinta: "A medida que pasaba el tiempo iba naciendo en Manuel el temible Manú, receloso, autoritario, agresivo. (...) Su irritabilidad se hizo peligrosa. Cualquier palabra, un gesto, herían su susceptibilidad. Respondía siempre con los puños. Primero pegaba, luego daba explicaciones o las exigía. (...) Empezó a ser temido". A la ejercida contra él y a la suya propia ­muestra de violencia individual- ha de sumarse la violencia colectiva, en el que figuran episodios recordados de nuestra guerra civil (a propósito, por ejemplo, de su madre, que fue fusilada) y otros, más reciente, de la lucha por la independencia de la Indochina francesa o de la rebelión castrista en Cuba, capítulos marcados por el imperio de la violencia, engendradora a su vez de miedo.

El tiempo que se considera va desde un momento más lejano ­el día 8 de febrero de 1937 es la primera indicación explícita- hasta otro más cercano -"corrían los últimos días de abril del sesenta y cuatro-; entre ambos momentos hay algunas referencias más que cronológicamente jalonan la marcha de la acción, marcha lineal en la que se concede muy escaso espacio a la retrospección, constituída por breves rememoraciones a propósito de la madre del protagonista y de Campillos, el pueblo natal.

Y DIOS EN LA ÚLTIMA PLAYA, un "Planeta" más

Con el terrorismo de ETA, representado por algunos de los miembros de la banda asesina, como asunto escribió Cristóbal Zaragoza esta novela, llamativa argumentalmente y compleja en lo que atañe a la técnica narrativa utilizada, aspectos ambos que debieron de llamar favorablemente la atención del jurado5. Años antes, 1976, el premio "Nadal" había sido concedido a Lectura insólita de "El Capital", novela de Raúl Guerra Garrido que (según su autor) no es una novela política ni, tampoco, una obra oportunista relativa a la situación del País Vasco; libro complejo y denso donde alternan equilibradamente hasta tres elementos argumentales, sólo en apariencia distintos e independientes, protagonizado uno de ellos por el periodista que llega a la localidad de Eibain tras el secuestro de Lizárraga, industrial propietario de una fábrica, y pregunta a sus convecinos por éste y por las circunstancias de su vida. El segundo elemento argumental es un extenso monólogo en el que el secuestrado recuerda lo que ha sido su existencia y reflexiona acerca de los sucesos que la constituyen. Cuando el industrial pide a los secuestradores algún libro para entretenerse, éstos le dan El Capital, de Carlos Marx; las meditaciones que tal lectura le sugiere dan cuerpo al tercer elemento argumental, acaso el que (de los tres que integran la obra) justifica más claramente la consideración de ésta como novela de tesis. Pero la intriga y el "suspense" que se mantiene acerca de la identidad de los secuestradores y acerca, también, del desenlace, la aproximan a lo policíaco. Más próxima en el tiempo a la concesión del "Planeta" quedaba la salida a los escaparates (Noguer, Barcelona, 1980) de Comandos vascos, obra debida a Manuel Villar Raso quien acusó de plagiario a su colega Zaragoza, habida cuenta de las coincidencias existentes entre los protagonistas de ambas novelas; un joven etarra que pasa del asesinato a la reflexión y al arrepentimiento; similitud asimismo en la condición de los padres de uno y otro personaje; el abandono de las respectivas novias obedece en los dos casos a idénticos motivos; por último, coincide el ambiente que se respira en el piso que sirve de cuartel general a los terroristas. A la vista de ello remataba la denuncia el supuesto plagiado afirmando que "el señor Zaragoza ha entrado a saco en mi novela, con tal descaro y desvergüenza, que no sé qué admirar más, si la fascinación que Comandos vascos le ha causado o la fidelidad con que la ha seguido, o ambas cosas a la vez"6.

Arranca la acción de la novela de Zaragoza del asesinato del coronel Sanromán mientras tomaba el sol en una innominada playa del Cantábrico una mañana de agosto, indefenso ante un joven, Josechu, convertido después en personaje principal; se trata de un acto enteramente gratuito que el criminal lleva a cabo para hacer méritos dentro del grupo de etarras con los que acaba de establecer relación, los mismos, que al término del relato, le tienen sometido a juicio, prisionero y encadenado, para pedirle cuenta rigurosa de su irregular comportamiento. De uno a otro episodio media un tiempo marcado por la violencia y el miedo como consecuencia de la actividad desplegaba por el comando: varios asesinatos, uno de los cuales determina el sorprendente cambio de Josechu hacia el arrepentimiento, cambio que se convertirá en uno de los principales cargos contra él.

A este núcleo, que sustenta principalmente la acción ofrecida, presente o actual, se añaden otros núcleos, de menor importancia, que miran hacia el pasado, como es el caso de los padres de Josechu, ignorantes de los malos pasos del joven ­"Madre no sabe nada de lo tuyo, dice sin mirarme (Mikel, su hermano). Ni falta que hace. Yo he intentado verla pero la autopista estaba llena de coches patrulla./ ¿Entonces?/ Dile lo que te parezca. Que he sufrido un accidente. Lo primero que se te ocurra. (...) Mikel se encoge de hombros, hombros desalentados que expresan la soledad de nuestra madre, quizá su próxima muerte"­, o el recuerdo de Begoña, la novia con la que rompió, dulce y resistente a sus deseos carnales, recuerdo que es un alivio en la dura realidad que está viviendo ahora cuando, solo en el piso, tiende la mirada hacia atrás y saca el pasado reciente ese recuerdo, servido merced a un monólogo interior: "A estas horas de la noche, víspera de Nochebuena, la gente respirará alegría en sus casas. Habrá nuevos olores. Y la ilusión del regalo envuelto en papeles de oro, qué no te habría comprado yo, Begoñita. Me sube el nombre a la garganta como un dulce regüeldo de mazapán que sé que no voy a probar. Por estas fechas solía cenar en mi casa y luego, bien abrigados, montábamos en la Ducati. (...) Vivíamos el encantamiento de la luna. (...) Éramos sueño de la ensoñación. (...) Oíamos los embates tranquilos del mar, un jadeo repetido y eterno. (...) Y el regreso, borrachos de luna y de besos, olorosos de mar, heladas las carnes y los deseos".

La biografía de Josechu consta de un período, breve y del que apenas queda noticia, durante el cual trabajó en una empresa (Casa González, fundada por un amigo de su padre) que abandona voluntariamente para integrarse en ETA, donde ya milita su hermano Mikel, estimándolo como una oportunidad para ver de cerca de los "héroes de carne y hueso" ­los terroristas­, por él admirados y a los cuales desea, extraviadamente, emular; semejante propósito, en dos fases: criminosa y arrepentida, constituye el contenido del segundo período. Es el más lleno de vicisitudes, el más extenso y movido e, igualmente, el de mayor interés si atendemos a los pasos contados que sigue el personaje en la fase de arrepentimiento y, también, antes de que éste se produzca, cuando Josechu ha realizado por sí mismo o ha participado en varios hechos delictivos ­el asesinato del coronel Sanromán, en el primer caso; el atraco a un banco, en el segundo­. Miembro de la banda terrorista, se convierte en "un ser misterioso. Una sombra terrible. Estaba aquí o allá, desaparecía y reaparecía" y el proceso de identificación con los postulados y la actividad de la banda, esto es, la llamada guerra revolucionaria en cuyo catecismo figura como objetivo básico "destruir todo lo caduco" y "transformar el mundo", avanza incontenible hasta que una circunstancia casual mina tanta comprometida seguridad y ramalazos de arrepentimiento, con no pequeña carga sentimental, van, menos rápidamente, apoderándose de su ánimo (-así ocurre en una deseada e imposible conversación con Mikel, a quien nuestro protagonista le diría: "Yo quisiera hacerte comprender lo que te espera al final del camino del odio, ¿o es que ya no recuerdas tus propias palabras cuando, a propósito de mi carácter violento, me decías que quien siembra viento recoge tempestades? Es el momento de que te preguntes cuál será tu cosecha si continúas sembrando de muertos tu camino". Otros monólogos interiores de páginas más adelante muestran que semejante proceso prosigue al tiempo que se debilita el entusiasmo de algunos de estos jóvenes por la causa: "Muchos, adictos a las droga del terrorismo, sentían cómo les abandonaba la mística revolucionaria. Olvidaban los textos sagrados, desmitificaban a los héroes de su épica particular, al tratarlos con frecuencia, se vaciaban de nervio".

Pero como no puede haber debilidades en el mantenimiento del compromiso contraído (y los militantes lo saben sobradamente), el ahora meditabundo Josechu, descubierto su nada ortodoxo proceder en determinadas ocasiones ­el asesinato, en un arrebato airado, de un guardia urbano y sus posibles peligrosas consecuencias; las dudas que siembra en el ánimo de un compañero ("hundes a Papadoc. Lo haces dudar"); la evitación por Josechu de un atentado en el que morirían dos mujeres inocentes ("no es justo matar a dos mujeres inocentes. Pero justicias aparte, el hecho resultaba impolítico. La gente se nos habría echado encima")-, será reo en un juicio que se anuncia implacable, a cargo de sus compañeros de crimen y, en tanto llega el momento de comenzar esa vista, se le somete a un apresamiento cuyas singulares características ­esposado en un somier día y noche- hablan claramente de los métodos represivos que emplea la banda... Desde que se habla por primera vez de ello hasta que empieza el juicio y llega a su final ­Josechu es condenado a muerte- pasa un espacio de tiempo que parece alargarse debido a la intercalación de otros asuntos y gentes, conducida tal demora o suspensión hábilmente.

Una media docena de individuos ­una mujer, entre ellos, Gayolita, de incontenible apetencia sexual- forman el comando y ninguno de ellos posee el relieve preciso para competir en protagonismo con Josechu, salvo el llamado Papadoc, figura un tanto enigmática acerca de quien no se dan muchas noticias y que, además, durante bastante páginas resulta de paradero desconocido, circunstancia que preocupa a sus compañeros. "Papadoc fascinaba. Toda su persona era la misma fascinación. Chicarrón en la raya de la cuarentena. Cara de águila salvaje. Entre místico y sensual, según se le mirara a los ojos o a la sonrisa. Forzudo. (...) Soltero". ¿Doctor en Medicina o en Teología? Hombre culto, desde luego, que leía a Horacio en latín. Esos compañeros, a los que adoctrinaba y animaba, sentían por él respeto más que afecto; a veces, cuando por ejemplo empleaba en la conversación "expresiones bíblicas", se les antojaba que podría ser un cura o un fraile metido de lleno en la guerra revolucionaria pues se sabía de seguro que había escapado de la cárcel con siete etarras más. En la relación establecida con Josechu ­diríamos como de maestro y discípulo, de persona hecha y derecha y joven todavía inmaduro- hay un momento importante en que ambos debaten a propósito de la validez y finalidad de la empresa en que uno y otro militan.

Por lo general, Cristóbal Zaragoza se muestra como narrador experimentado que maneja con habilidad personaje y situaciones y, también, efectismos pues no otra cosa son ciertas apelaciones al tremendismo derivadas acaso de la anormalidad argumental e, igualmente, el amañado final feliz; dicho esto habría que referirse a la escasa densidad de lo que cuenta, algo que pretende compensar merced a las reflexiones que el protagonista se hace sobre su radical dedicación y, menos limitadamente, sobre el sentido de la vida; unas y otras reflexiones acongojan su ánimo, le hacen dudar de sí mismo ­"de noche, en la soledad de tu cuarto, eres tú. Sobrecogido y desconcertado. Pero a la luz del día, ante los miembros del comando, entre y desde ellos, te obligas a ser una nueva especie de diablo. O un histrión loco"- y acaso le abran una posibilidad de cambio. En el nivel formal tales momentos y contenidos se expresan por medio de un monólogo interior en el cual se recurre a veces al empleo de la segunda persona de singular: "(...). Máscaras. La que te pones en la calle, la de casa, la máscara de la contracultura, la asesina". En el mismo nivel cabe destacar, como contrapuesto al soliloquio que se produce por la soledad del personaje, la frecuencia del diálogo, conciso y rápido, a ras de tierra en la expresión o servicial sin más. Pero cuando, en contados momentos, el tono de la expresión parece querer elevarse, el resultado es insatisfactorio: "El cielo estaba muy azul cuando se despertó. Era un gran cuenco de porcelana recién lavada con desflecados manchones de algodón a la deriva, merengues que se fundían lamidos por el poniente, copos de azúcar como los de la feria" o "mientras me sentía cada día más vacío, la violencia crecía a mi alrededor como una hiedra venenosa que nos estrangulaba a todos, que nos hacía perder la cabeza con su tufo de sangre".

Acá y allá varias indicaciones temporales explícitas constituyen un seguro señalamiento para situarse en el tiempo: las vísperas de Nochebuena, por ejemplo ­Josechu, metido ya en la organización y alejado de la costumbre de años atrás por estas fechas-. Y, finalmente, una deliberada alteración de planos temporales en el relato de la acción cuyo curso se interrumpe o corta a veces para regresar al acabo de algún tiempo, metiendo entre una y otra secuencia episodios y argumentos distintos: más que un llamativo alarde técnico se me antoja un obstáculo que engendra confusión en el lector. Como sucedía en Manú, una página y media final, bajo el título de "Epílogo", explica lo sucedido en el desenlace e informa acerca de la suerte posterior de los etarras supervivientes (Josechu entre ellos).

Llegados a este punto, concluido mi repaso de las tres novelas de Cristóbal Zaragoza en cuyas páginas creo resulta muy claro el imperio de la violencia y el miedo, quizá sólo quede por decir que si el tema del terrorismo de ETA, referido en Y Dios en la última playa llamó la atención del jurado por su desdichada actualidad y si su condición de novela picaresca jugó ante otro jurado a favor de Manú, la tercera novela considerada (y sin premio), Un puño llama a la puerta, es (a mi juicio) más variada y compleja que sus compañeras, con algunos personajes de mayor relieve y, por más abierta, con mayores posibilidades para contar cosas (pasadas y presentes) y, también, para reflexionar sobre la propia vida y sobre el mundo ancho y ajeno.

 

NOTAS

1 Carlos de Arce. Grandeza y servidumbre de 20 premios PLANETA, Barcelona, Ediciones Picazo, 1972.         [ Links ]

2 Maryse Bertrand de Muñoz, La guerra civil española en la novela. Bibliografía comentada, tomo I, p. 16. Madrid, ediciones José Porrúa Turanzas, 1982.         [ Links ]

3 He utilizado y por ella cito la primera edición (julio 1986) publicada por Plaza-Janés como número 84 de la colección "Gran Reno".

4 El premio "Ateneo de Sevilla" era un galardón patrocinado por José Manuel Lara, propietario de la editorial Planeta, como homenaje a su madre y a su ciudad. La primera convocatoria fue en 1969 y distinguió la novela de Manuel Pombo Angulo, La sombra de las banderas; tras él serían galardonados: Torcuato Luca de Tena, Pepa Niebla, 1970; Pedro Pablo Padilla, Del ático al entresuelo, 1971; Manuel Barrios, Epitafio para un señorito, 1972; Ángel María de Lera, Se vende un hombre, 1973; y Rodrigo Royo, Todavía..., 1974.

5 Formaban el jurado del premio "Planeta" en la convocatoria de 1981, junto con el editor Lara, los escritores Ricardo Fernández de la Reguera, Antonio Prieto, Carlos Pujol y José María Valverde.

6 Tomo estos pormenores de la información firmada por J.V. en ABC, Madrid, 14-IX-1981, p. 32: "Espectacular round entre escritores. Villar Raso afirma que Cristóbal Zaragoza plagió Comandos vascos".

 

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