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Revista médica de Chile

versão impressa ISSN 0034-9887

Rev. méd. Chile v.128 n.12 Santiago dez. 2000

http://dx.doi.org/10.4067/S0034-98872000001200010 

Es hora de pensar en los derechos
de los pacientes. Una introducción

It is time to think in patient’s rights.
An introduction

Alejandro Goic G*.

The underlying purpose of the Hippocratic oath and most medical ethics codes dictated during the twentieth century, is patient protection. Nowadays, however, clients of health services do not conform themselves with ethical declarations of the medical profession but demand that the rights that arise from those declarations, become legal instruments that force professionals, health authorities and governments to satisfy their health needs and respect their individual rights. Probably this is a consequence of the depersonalization of medical care, the weakening of ethical bases of physician- patient relationship and the emergence of new economical and social philosophies. Now, clients also have more expectations and a better knowledge about medicine than in yesteryears. Citizen organizations to defend health rights should not be seen as a threaten to medical profession and health institutions but as an opportunity to improve health care and respect towards people. They should not either harm the mutual confidence between the physician and his patient, nor the beneficial spirit of medical act, two fundamental components of medical acts (Rev Méd Chile 2000; 128: 1371-73).
(Key-Words: Ethics, medical; Patients rights; Physician-Patient relation)

Recibido el 29 de mayo, 2000. Aceptado en versión corregida el 30 de junio, 2000.
Panel desarrollado en la Reunión Anual del American College of Physicians, 16 de mayo
del 2000. Participantes: Drs. Alejandro Goic G (Coordinador), Ricardo Vacarezza Y,
Eduardo Rosselot J, Carlos Trejo M.
*Director de la Unidad de Planificación de la Educación Médica. Facultad de
Medicina, Universidad de Chile.

¿Por qué en los últimos decenios se ha puesto tanto énfasis en los derechos de los pacientes?

¿No han estado, acaso, debidamente resguardados por los numerosos códigos de ética profesional que, en diversas épocas, ha dictado el cuerpo médico ?

En el código de mayor trascendencia, el Juramento Hipocrático, están bellamente expresados valores éticos que tienen que ver con la relación del médico con su enfermo: el respeto a la vida y a la dignidad de la persona, la justicia, la no discriminación, la confidencialidad, valores que han orientado la conducta profesional por más de dos milenios1. Este Juramento, que sentó por primera vez en la historia las bases éticas del ejercicio profesional y que, a juicio de la antropóloga norteamericana Margaret Mead, constituyó una verdadera revolución en el campo de la medicina y la cultura, bien podría considerarse como un antecedente de la Declaración de los Derechos Humanos emitida en el siglo XX.

Sin embargo, en la vida real no parece ser suficiente el discurso ético que proclama la profesión médica en éste, así como en otros códigos de ética. Movimientos ideológicos contemporáneos, como los de la Bioética, constituyen un ejemplo de la intención de médicos y filósofos de re-examinar y sistematizar las normas éticas de la medicina y la biología, especialmente en el plano de los derechos sociales de las personas2.

Probablemente, el mayor aporte de la Bioética ha sido el énfasis que ha puesto en el principio de la autonomía del paciente y la justicia.

Diversos factores parecen explicar la preocupación actual por los derechos de los enfermos. En primer lugar, hoy día las personas comunes están mejor informadas y tienen mayor conocimiento de lo que ocurre en medicina y salud en su país y más allá de sus fronteras. Correlativamente, las expectativas de las personas en la salud han aumentado, en función de los ampliamente publicitados logros de la medicina. La pregunta que se formulan pareciera ser ésta: ¿si otros obtienen los beneficios de la medicina moderna, por qué yo no?

Por otra parte, a medida que la atención médica y de salud se ha hecho masiva, más compleja y especializada, la relación entre las instituciones sanitarias y las personas, así como entre los médicos y los enfermos, se ha despersonalizado. La atención médica se ha transformado en una relación entre proveedores y clientes, similar a la de la prestación de cualquier otro bien o servicio. Ha pasado a predominar, así, un tipo de vinculación que podríamos llamar administrativa o burocrática. Esto ha violentado la relación amistosa y de confianza de la relación médico-paciente, generándose, en cambio, un clima de desconfianza, cuando no de franco recelo.

Este fenómeno, que no es ciertamente privativo de la medicina sino que abarca un amplio rango de las relaciones sociales, también está vinculado a profundos cambios en las filosofías sociales y económicas que rigen las sociedades modernas. La reacción de las personas ha sido tomar conciencia, cada vez con mayor fuerza, de que sus derechos deben ser respetados por las instituciones y autoridades, así como por los profesionales, ya que igual que ellos son seres humanos poseedores de atributos de libertad, inteligencia, dignidad e intimidad. Esta toma de conciencia se ha traducido en la necesidad de organizarse con el fin de hacer valer en forma colectiva y socialmente eficaz sus derechos como consumidores, en nuestro caso como usuarios de los servicios de salud.

A su vez, las bases éticas de la relación del médico con su paciente se han debilitado, probablemente por vacíos en la formación de los médicos en la Escuelas de Medicina y falta de reflexión de los profesionales respecto a sus conductas cotidianas. La ética clínica obliga al médico, no sólo a respetar al paciente como persona, sino que a traducir ese respeto en informarlo debidamente sobre su enfermedad, a actuar siempre en beneficio del paciente, a compartir las decisiones médicas con él, a mantener la confidencialidad de la relación, cuestiones todas que ya fueron planteadas por la Escuela Hipocrática.

Lo cierto es que, en el transcurso del tiempo, la ética médica ha ido perdiendo fuerza y no pocas veces ha sido rudamente violentada, como lo muestran dramáticos ejemplos históricos ocurridos en pleno siglo XX. Por eso es que las normas milenarias de la profesión médica han tenido que ser no sólo re-examinadas, sino que explicitadas como derechos de los pacientes.

El punto es que hoy en día las personas, los ciudadanos, los usuarios de los servicios de salud, no se conforman con las declaraciones éticas formales de la profesión médica, sino que exigen que los derechos que emanan de esas declaraciones se constituyan en instrumentos legales que obliguen a los profesionales, a las autoridades sanitarias y a los gobiernos, a esforzarse por satisfacer las necesidades de salud a las que tienen legítimo derecho, como por ejemplo el acceso oportuno a la atención de salud, la asistencia médica en establecimientos limpios y bien equipados, el acceso a los beneficios diagnósticos y terapéuticos de la medicina moderna y a los especialistas que eventualmente requieran, a los tratamientos más eficaces hoy disponibles, a la reparación en caso de negligencia profesional.

De este modo han surgido en muchos países organizaciones sociales3 que presionan sostenidamente a las autoridades para que los principios éticos individuales y sociales que inspiran a la profesión médica tengan un correlato concreto en la vida cotidiana y se les proporcione el apoyo médico y social que necesitan en situaciones de aflicción por enfermedades u otras contingencias de salud que ponen en riesgo su vida y bienestar o el de sus familias.

En todo caso, la organización de los ciudadanos para defender sus derechos en salud no debieran ser vistos como una amenaza a la profesión médica o a las instituciones sanitarias, sino como una oportunidad para perfeccionar la atención médica y de salud de la población y respetar cada vez más los derechos de las personas en todos los ámbitos de la vida en sociedad.

Tampoco estas acciones debieran lesionar componentes éticos fundamentales de la medicina, como son la confianza recíproca entre el médico y su enfermo y el espíritu de beneficencia que a aquel debe animarlo1. Se trata de que en la vida social moderna se fortalezcan y no se debiliten o destruyan estos valores tradicionales de la práctica médica.

¡Sí! es hora de pensar en los derechos de los pacientes. En lo que respecta a nuestro país puede ser particularmente oportuno hacerlo. Si bien Chile muestra un cuadro sanitario que, a juzgar por la calidad de sus índices globales de salud, puede ser considerado favorable para un país en desarrollo, no es menos cierto que en otros aspectos muestra marcadas falencias. Estas tienen que ver con temas tan fundamentales como la equidad del sistema de salud, el acceso oportuno a la atención médica, la calidad de los establecimientos hospitalarios y a un conjunto de situaciones negativas que lesionan los derechos que debiera tener todo ciudadano a la hora de enfermar.

REFERENCIAS

1. Goic A. El fin de la medicina. Mediterráneo: Santiago de Chile 2000.        [ Links ]

2. Poverty, vulnerability, and the value of human life. A global agenda for Bioethics. (Edited by Z Bankowski and JH Bryant). CIOMS: Geneva 1994.        [ Links ]

3. Consumers International. History and purpose, Policy Issues, Campaigns and Issues. http: //www.consumers.org/        [ Links ]

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