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Revista médica de Chile

versión impresa ISSN 0034-9887

Rev. méd. Chile v.130 n.9 Santiago sep. 2002

http://dx.doi.org/10.4067/S0034-98872002000900002 

Rev Méd Chile 2002; 130: 964-975

Feminidad, masculinidad, androginidad
y trastornos del hábito del comer

Rosa Behar A, Mónica de la Barrera C, Julio Michelotti C.

Gender differences in attitudes
towards eating behaviors

Background: There are marked gender differences in the attitudes towards eating behaviors. Aim: To compare gender identity traits among females with eating disorders and subjects of both sexes without eating disorders. Material and Methods: An structured clinical interview based on the DSM-IV diagnostic criteria for eating disorders, the Eating Attitudes Test (EAT-40), the Eating Disorders Inventory (EDI) and the Bem Sex Role Inventory (BSRI) were administered to 119 female patients that fulfilled the DSM-IV criteria for anorexia nervosa and/or bulimia nervosa and/or eating disorders not otherwise specified (FCT group), 89 males (MST group) and 63 females (FST group) without eating disorders. Results: The FCT group ranked significantly higher than the FST group on the EAT-40 and EDI and all its items (p <0.001). There were no significant differences between FST and MST groups. The FST group ranked significantly higher than the MST group on the Drive for thinness (p= 0.003) and Body dissatisfaction (p= 0.009). The MST group scored significantly higher than the FST group on Perfectionism (p= 0.020) and Interpersonal distrust (p= 0.008). The FCT group was significantly identified with Feminine and Masculine categories and the FST group with Androgynous and Undifferentiated categories on the BSRI (p= 0.001). Comparatively, the MST group was significantly identified with Masculine category and the FST group with Feminine category on the IBRS (p= <0.001). All groups rejected and approved feminine, masculine and neutral qualities. The higher correlations were observed among feminine quality on the BSRI with the total score on the EAT-40 (r=0.46). Drive for thinness (r=0.51) and Body dissatisfaction (r=0.41). Discussion: Femininity emerged as the main trait of gender identity in patients with eating disorders, in contrast to androgyny showed by male and female subjects without eating disorders. Females without eating disorders were more motivated to achieve thinness and displayed more body dissatisfaction than males (Rev Méd Chile 2002; 130: 964-75).

(Key Words: Eating disorders; Gender identity; Eating behavior; Sex role)

Recibido el 1 de julio, 2002. Aceptado el 30 de julio, 2002.

Departamento de Psiquiatría, Universidad de Valparaíso, Valparaíso, Chile.

Contraria a la perspectiva del determinismo biológico, que preconiza que los roles sexuales son rígidos e inmutables y biológicamente definidos, basados en capacidades o propiedades físicas correspondientes a un sexo dado, tales como inteligencia, lateralización cerebral y niveles hormonales específicos y, por lo tanto, inamovibles, la visión sociocultural establece que los roles y los estereotipos de género se desarrollan y perpetúan dentro de un ambiente cultural, se espera que éstos se ajusten a sus normas y son socializados por procedimientos que constantemente refuerzan las creencias y las conductas que son exigidas y presupuestas para ellos1.

En relación a los trastornos del hábito del comer, más allá de las diferenciaciones biológicas sexuales en torno a la dimensión corporal, las distinciones genéricas, sociales y psicológicas convierten a la obesidad y a la delgadez en temas preferentemente femeninos2. Existe una diferencia genérica consistentemente demostrable, que emerge en la educación secundaria y posiblemente en la enseñanza básica en los hábitos del comer, tanto en el comer compulsivo como en la dieta y el grado de insatisfacción corporal agregado3. Las mujeres son juzgadas, y se encuentran más interesadas en la apariencia física que los hombres, considerando el peso y la silueta corporales como los criterios principales para conceptualizar el atractivo femenino4,5. Además, la estigmatización de individuos obesos es más prevalente y severa para las mujeres que para los hombres5, conllevando presiones socioculturales que hacen del peso corporal una "normativa de descontento" para la mayoría de las mujeres6. De esta manera, en la sociedad occidental, el énfasis en la atracción del ideal femenino esbelto ha continuado y aun exacerbado a pesar de los cambios en los roles sexuales, expectativas y oportunidades para las mujeres desde aproximadamente hace veinticinco años7.

Behar et al8, en una investigación llevada a cabo con pacientes de sexo femenino con patología alimentaria versus un grupo control de estudiantes universitarias sin esta afección, confirmaron empíricamente las evidencias arrojadas por la literatura especializada que relacionan la condición de feminidad como el principal rasgo de identidad de género en pacientes portadoras de trastornos de la conducta alimentaria. En contraste, la androginidad mostrada por el grupo control resultó relacionada con una mejor adaptabilidad y flexibilidad para afrontar circunstancias vitales dificultosas.

Por otra parte, algunos investigadores9-12 han establecido que entre las pruebas que evalúan trastornos de la conducta alimentaria, el EAT-40 (Test de Actitudes Alimentarias), tradicionalmente demuestra puntajes más bajos en los hombres comparados con las mujeres. Los varones parecen mostrar con menos probabilidad rasgos de trastornos alimentarios que las mujeres (por ej: el deseo de ser delgadas). En el EDI (Inventario de Trastornos Alimentarios), los hombres generalmente obtienen puntajes inferiores en todos los ítemes que directamente reflejan motivación por la delgadez o distorsión de la imagen corporal. Los autores sugieren que es posible que estas disparidades puedan reflejar la influencia de factores sociales y culturales.

El propósito del presente trabajo fue: 1) comparar rasgos de identidad de género en sujetos de sexo femenino y masculino sin trastornos de la conducta alimentaria; 2) comparar rasgos de identidad de género en mujeres que presentan y no presentan esta patología, y 3) correlacionar aspectos de la identidad de género con características tanto psicológicas como comportamentales compatibles con trastornos de la conducta alimentaria.

PACIENTES Y MÉTODO

Para la realización de esta investigación se eligieron tres universos:

a) Consultantes de sexo femenino con trastornos de la conducta alimentaria que acudieron al Policlínico externo del Hospital del Salvador, al Servicio Médico y Dental de Alumnos de la Universidad de Valparaíso y a la práctica privada de los autores en Valparaíso y que satisficieron los criterios diagnósticos para trastornos de la conducta alimentaria (15 anorécticas restrictivas, 54 anorécticas compulsivo-purgativas, 33 bulímicas nerviosas purgativas, 17 pacientes con trastornos de la conducta alimentaria no especificado) según el DSM-IV13, al menos durante un año previo al estudio.

b) Estudiantes de sexo masculino pertenecientes a la Universidad de Valparaíso, inscritos en las carreras de Medicina y Arquitectura, de la Universidad de Playa Ancha, inscritos en la carrera de Pedagogía y de la Universidad Federico Santa María, registrados en la carrera de Ingeniería Civil, con el mismo criterio de exclusión que el anterior.

c) Estudiantes de sexo femenino pertenecientes a la Universidad de Valparaíso, matriculadas en las carreras de Medicina y Psicología, con excepción de aquellas que habían presentado antecedentes de una patología alimentaria o la presentaban al momento de la investigación.

En cada uno de los tres universos anteriores se seleccionó una muestra al azar simple consistente en 119 sujetos del primero (a los que designaremos como grupo FCT), de 89 del segundo (o grupo MST) y de 63 del tercero (o grupo FST).

Procedimientos. En la ciudad de Valparaíso, entre junio de 1998 y diciembre de 2001, a todos los sujetos seleccionados, de los tres grupos, se les administró, con consentimiento voluntario e informado, una entrevista estructurada confeccionada por los autores, el Test de Actitudes Alimentarias (EAT-40)14, el Inventario de Desórdenes Alimentarios (EDI)15 y la versión retraducida al español, adaptada y validada por los autores del Inventario Bem para Rol Sexual (IBRS)16. En esta entrevista se incluyó también información acerca de edad, talla, peso actual, peso ideal de los encuestados y preguntas basadas en los criterios diagnósticos del DSM-IV para trastornos de la conducta alimentaria, con el fin de pesquisar y/o confirmar la presencia de esta patología.

Los instrumentos se aplicaron por una sola vez a cada sujeto, para ser contestados en un lapso de aproximadamente 60 min en forma individual y durante una única jornada. Los entrevistadores, todos médicos (M de la B y JM), recibieron entrenamiento previo de parte del autor principal (RB) mediante cursos y seminarios, como parte de su formación de 3 años en la especialidad de psiquiatría.

El EAT-40 posee 40 preguntas que miden:

1) Dieta: evitación de alimentos que engordan; 2) Control oral: control en el comer y presión percibida por parte de los demás para aumentar de peso y; 3) Bulimia y preocupación por el alimento: pensamientos relacionados con los alimentos y conductas bulímicas. Cada respuesta tiene un valor máximo de 3 puntos. Un puntaje igual o superior a 30 en el EAT-40 es indicativo de un trastorno del hábito del comer, anoréctico y/o bulímico, ya sea clínicamente existente o encubierto, que pudiera desencadenarse bajo ciertas circunstancias propicias.

El EDI consiste en 64 proposiciones distribuidas en 8 ítemes que evalúan: 1) Motivación por la delgadez: la excesiva preocupación por el peso y la dieta; 2) Conciencia interoceptiva: la falta de capacidad para identificar las propias emociones y sensaciones; 3) Bulimia: la presencia de comilonas y purgas; 4) Insatisfacción corporal: la distorsión de la imagen corporal; 5) Sensación de inutilidad: sentimientos de minusvalía e inseguridad; 6) Temor a la madurez: regresión a los años preadolescentes frente a las demandas de la adultez; 7) Perfeccionismo: las excesivas expectativas personales hacia logros superiores y; 8) Desconfianza interpersonal: una resistencia a establecer relaciones cercanas. El EDI tiene un máximo de 3 puntos para cada respuesta, no se consideró en su ponderación global un rango de corte y en consecuencia se analizó cada ítem en forma independiente.

El IBRS es un cuestionario autoaplicable de 60 ítemes designado para la investigación empírica de la androginidad psicológica. Desarrollado por Sandra Lipsitz Bem desde comienzos de la década 1970-79, indica el grado en que la persona es culturalmente influenciada por los roles genéricos, es decir, su nivel de absorción de las definiciones culturales de género, reflejado en la personalidad del usuario. Esta escala no evalúa las diferencias genéricas sexuales biológicas. En este sentido podría decirse que esta prueba es una medida indirecta de la identidad genérica. Los ítemes corresponden a rasgos socialmente deseables de personalidad y dividen a los sujetos en cuatro categorías: 1) Femenina; 2) Masculina; 3) Andrógina; y 4) Indiferenciada o Neutra. Los constructos corresponden a características estereotípicas y se deglosan en: Feminidad (ej: afectuosa, gentil, comprensiva, sensible a las necesidades de los demás), Masculinidad (ej: ambicioso, independiente, con confianza en sí mismo, asertivo), y Neutralidad (ej: veraz, feliz, egoísta) y poseen cada uno 20 ítemes con un puntaje mínimo de 1 (nunca o casi nunca verdadero) y máximo de 7 (siempre o casi siempre verdadero). Permite introducir la noción de andrógino, esto es, la posesión a la vez de rasgos masculinos y femeninos, e introducir la conceptualización de los roles tradicionales de feminidad y masculinidad como dimensiones distintivas. El tipo indiferenciado representa una débil identificación con características masculinas y femeninas. El puntaje promedio es 4,5 que surge de la resta de los puntajes de las categorizaciones femenina y masculina. Puntajes superiores a éste en ítemes de masculinidad y feminidad apuntan a la categoría andrógina; inferiores a éste en masculinidad y feminidad corresponden a la indiferenciada o neutra; altos en masculinidad y bajos en feminidad se catalogan como masculina y altos en feminidad y bajos en masculinidad como femenina.

Análisis estadístico. La descripción de cada uno de los tres grupos se realizó: a) para variables cuantitativas, mediante promedios, desviación estándar y correlación de Pearson y, b) para variables cualitativas, mediante distribuciones de frecuencias y porcentajes.

La comparación entre grupos se realizó entre los grupos FCT y FST, de sujetos de sexo femenino con y sin trastornos alimentarios y entre los grupos FST y MST, de sujetos de uno y otro sexo, ambos sin trastornos alimentarios. En estas comparaciones, para cada variable cuantitativa se usó la prueba t de Student para promedios independientes y para cada variable cualitativa, la prueba de proporciones independientes.

RESULTADOS

La escolaridad de los 3 grupos fue significativamente diferente (p <0,001), siendo los sujetos del grupo FST los de mayor nivel (100% estudios universitarios) y los del grupo FCT los de menor nivel, sesenta y nueve (58% con educación universitaria), 38 de ellas (31,9%) con un nivel de enseñanza media, 11 (9,2%) con un grado de educación técnica y una (0,9%) sólo había alcanzado la enseñanza básica.

La edad promedio de los tres grupos fue en cambio similar, no existiendo diferencia significativa entre ellos (Tabla 1). Tampoco hubo diferencias significativas entre promedios de peso actual y talla entre los grupos FCT y FST pero sí entre este último y MST. Para peso ideal el promedio fue siempre significativamente diferente (p <0,001). Siempre el peso actual fue mayor que el ideal: 1,09 veces mayor en grupo FCT, 1,04 veces en grupo FST y 1,02 en MST (Tabla 1).

Para EAT-40 y EDI, el grupo FCT obtuvo puntajes promedios significativamente superiores a los alcanzados por el grupo FST (p <0,001) (Tabla 1). En cambio, entre este último y MST no hubo diferencias significativas.

En todos los ítemes de EDI, el grupo FCT exhibió puntajes promedio significativamente mayores que los alcanzados por el grupo FST (p <0,001). En cambio entre grupos FST y MST sólo hubo diferencia significativa de promedios para ítemes Motivación por la delgadez e Insatisfacción corporal, a favor del primero y, para ítemes Perfeccionismo y Desconfianza interpersonal, a favor del segundo (Tabla 1).

En cuanto a las categorías de identidad genérica medidas por la prueba IBRS, se observó una distribución porcentual significativamente diferente (p=0,001) entre grupos FCT y FST, inclinándose el primero por las categorías Femenina y Masculina y el otro por Andrógina e Indiferenciada (Tabla 2). También se observó diferencia significativa en estas distribuciones porcentuales (p <0,001) entre grupos MST y FST, inclinándose claramente el primero por Masculina y el segundo por Femenina (Tabla 2).

Hubo 30 ítemes (cualidades) de la prueba IBRS en que se observó diferencia significativa de su puntaje, entre los grupos FCT y FST, 22 a favor de FST y 8 a favor de FCT, casi todos los últimos en categoría Neutra (Tabla 3). Hubo 19 ítemes (cualidades) de esta prueba, en que se observó diferencia significativa de puntaje entre grupos MST y FST, 13 a favor del primero, casi todos en categorías Masculina y Neutra y 6 a favor del segundo, todos en la categoría Femenina (Tabla 4).

Entre las cualidades (ítemes) de IBRS, se observó que, las más aceptadas (con puntaje de IBRS (6) fueron: ser "confiable" y "leal", sin distinción en los 3 grupos; ser "femenina" y "reservada", sólo en grupo FCT; ser "sincera" y "consciente", sólo en grupo FST y ser "masculino" y "defender sus propias creencias", sólo en grupo MST. En el otro extremo, entre las cualidades menos aceptadas (con puntajes de IBRS ≤ 3) se observaron: ser "arrogante" e "ineficiente", sin distinción entre los 3 grupos; ser "masculino" y "atlético", sólo en el grupo FCT; ser "masculina" e "infantil", sólo en el grupo FST y ser "femenino" y "cambiante", sólo en el grupo MST (Tabla 5).

Las más altas asociaciones directas entre puntajes, significativas, se observaron entre la cualidad Femenina (o) (ítem B20) del IBRS con el puntaje total del EAT-40 (r=0,46) y, con los ítemes Motivación por la delgadez (r=0,51) e Insatisfacción corporal (r=0,41) del EDI.

DISCUSIÓN

Nuestros hallazgos destacan los puntajes del EAT-40 en el rango patológico alcanzado por el grupo FCT, hecho que confirma la existencia actual o potencial de un trastorno de la conducta alimentaria, en contraste con los puntajes de los grupos MST y FST, que fueron menores que el punto de corte de 30 y que, por lo tanto, se catalogaron como no portadores de una patología alimentaria ya sea clínica o subclínica.

Los puntajes totales del EDI también fueron más altos en el grupo FCT en comparación a los controles de los grupos MST y FST. Asimismo, todos los ítemes del EDI fueron significativamente más altos en el grupo FCT que en los grupos control. Sin embargo, las sujetos control femeninas, aun siendo no portadoras de una patología alimentaria, se perfilaron significativamente más motivadas para alcanzar la delgadez e insatisfechas con su corporalidad que los sujetos control masculinos, lo que podría representar condiciones propicias para un eventual desarrollo de un cuadro alimentario posterior, bajo ciertas contingencias favorecedoras. Por otra parte, los varones se mostraron más perfeccionistas y más desconfiados en el establecimiento de las relaciones interpersonales que las mujeres sin patología del hábito del comer, fenómeno que coincide con lo observado por Behar y Hernández17, en usuarios de gimnasio de sexo masculino sin patología alimentaria, y que ameritaría ser objeto de otra exploración venidera.

Para IBRS el grupo FCT en comparación con el grupo FST, se identificó en proporciones significativamente diferentes, en las categorías Femenina (49,6% versus 23,8%; p=0,001), Andrógina (16,8% versus 31,7%; p=0,021) e Indiferenciada (27,7% versus 42,9%; p=0,039) (Tabla 2). En cambio, los grupos MST y FST sólo presentaron diferencias significativas en la proporción en que se presentaron las categorías Femenina (3,4% versus 23,8%; p <0,001) y Masculina (19,1% versus 1,6%; p=0,001) (Tabla 2), emergiendo de esta manera los sujetos de sexo masculino y femenino sin patología alimentaria menos identificados con los estereotipos tradicionales de rol de género y, sin embargo, más inclinados a coincidir con las categorías Indiferenciada y Andrógina. Este hecho es relevante si se considera que siendo futuros profesionales, exhibirían una mayor adaptabilidad, empatía y flexibilidad en las relaciones interpersonales y en su vida cotidiana.

En 1974, Sandra Bem desarrolló el concepto de andrógino: (Andros= hombre; Ginos= mujer)16 a través del IBRS. Platón en "El Banquete" (párrafos XIV y XV) recoge a través de un diálogo entre Aristófanes y Diotima un mito que explica que en el origen de la humanidad existió una raza primordial que contenía en sí misma las dos polaridades, masculina y femenina. Dicha raza era fuerte y temida por los dioses del Olimpo: "Eran extraordinarios por su fuerza y su audacia y alimentaban en su corazón orgullosos propósitos, que llegaban incluso a pretender atacar a los propios dioses en su morada". Platón afirma que los dioses destruyeron su potencia, dividiéndolos en sexos. Tal fue el origen de la raza de los hombres y de las mujeres; en cada uno de ellos, sin embargo, permaneció el recuerdo del estado de perfección originario18.

Bem no consideró la feminidad y la masculinidad como polos opuestos de un continuum. Si un individuo presentaba altos puntajes en las características masculinas, no presentaba automáticamente puntuación baja en los rasgos femeninos. La persona andrógina posee altos puntajes tanto en los rasgos femeninos como masculinos. Los sujetos andróginos pueden ser agresivos o condescendientes, fuertes o dóciles, sensibles o asertivos, como la situación particular lo requiera. Son más adaptables, se comportan de manera apropiada frente a una situación dada -sin importar si la conducta es masculina o femenina-, por ejemplo, las mujeres andróginas cuando están sometidas a presiones son más asertivas e independientes que las mujeres femeninas. Del mismo modo, los hombres andróginos son más apoyadores que los hombres masculinos, se sienten más cómodos sosteniendo, tocando y jugando con los bebés, son más capaces de mostrar empatía y ofrecer apoyo a los demás. Los roles sexuales estereotipadamente rígidos seriamente restringen los comportamientos. Los hombres masculinos típicamente estereotipados poseen gran dificultad para expresar calidez, alegría e interés. Asimismo, las mujeres femeninas tienen problemas en ser independientes y asertivas -aun cuando la independencia y la asertividad son necesarias-. En contraste, eligiendo de un amplio rango de comportamientos, las personas verdaderamente andróginas son capaces de modificar sus respuestas, de acuerdo a sus necesidades y a las demandas de la situación. Bem señala que los sujetos andróginos son más libres, más adaptables y más emocionalmente saludables que aquellos que restringen su conducta a los patrones de los roles sexuales tradicionales16.

Al comparar las respuestas del IBRS, las pacientes con trastornos del hábito del comer se evaluaron significativamente como más susceptibles de adular, infantiles, deseosas de obtener una posición, cambiantes, impredecibles, celosas, formales, ineficientes y convencionales que las controles femeninas. A su vez, las estudiantes de sexo femenino se visualizaron a sí mismas como más alegres, empáticas, sin utilizar un lenguaje vulgar, con confianza en sí mismas, defendiendo sus propias creencias, independientes, asertivas, con una fuerte personalidad, poderosas, analíticas, con cualidades de líder, con capacidad de tomar decisiones fácilmente, autosuficientes, útiles, conscientes, felices, sinceras, agradables, adaptables y cautelosas que las pacientes con desórdenes alimentarios. Por su parte, los controles masculinos se reconocieron como más infantiles, atléticos, masculinos, deseosos de obtener una posición, actuando con capacidades de líder, individualistas, competitivos, ambiciosos, complacientes, arrogantes, formales y convencionales que sus contrapartes del grupo control femenino, características que concuerdan en general con las evidencias arrojadas en el anterior estudio de Behar et al8. En cambio las integrantes del grupo femenino, reseñaron como más afectuosas, femeninas, empáticas, sensibles a las necesidades de los demás, comprensivas y tiernas que los hombres del grupo control. Las cualidades femeninas más valorizadas por las pacientes alimentarias fueron la lealtad y la feminidad y entre las neutras resaltó la reserva; los controles masculinos distinguieron entre las masculinas la masculinidad y la defensa de sus propias creencias, y, entre las femeninas la lealtad; las controles femeninas valoraron más entre las cualidades neutras la sinceridad y el ser conscientes y entre las femeninas destacó la lealtad. Los tres grupos concordaron en admitir más contundentemente la confiabilidad como atributo neutro. Las dimensiones menos aceptadas por las pacientes con trastornos del hábito del comer fueron principalmente entre las masculinas la masculinidad y la condición atlética; los sujetos masculinos admitieron menos entre las cualidades femeninas la feminidad y entre las neutras la volubilidad; las sujetos femeninas a su vez reconocieron menos entre las características masculinas la masculinidad, y entre las femeninas la infantilidad. Los tres grupos coincidieron en rechazar más concluyentemente la arrogancia y la ineficiencia como cualidades neutras.

Cabe señalar que la correlatividad global de las variables mostró que mientras más femenina fue la identificación de los participantes de este estudio, mayor la posibilidad de obtener puntajes altos en el EAT-40, de presentar una mayor motivación por adquirir una figura corporal delgada -el índice de mayor sensibilidad y especificidad para predecir un trastorno de este tipo-, y una mayor insatisfacción corporal, rasgo característico de las pacientes con patología del hábito del comer, lo que podría implicar el riesgo para el desarrollo manifiesto o latente de una patología alimentaria.

Algunos estudios han demostrado que la Motivación por la delgadez ha sido el predictor más importante de las conductas de pérdida ponderal en comparación con las variables psicológicas y/o familiares19,20. Una amplia investigación21 en Estados Unidos que incluyó a estudiantes de enseñanza media y adultos reveló que entre estos últimos, 38% de las mujeres y 24% de los hombres estaban intentando bajar de peso. El ideal cultural de la figura corporal masculina versus la femenina continúa favoreciendo a las mujeres esbeltas y atléticas en contraste con los hombres musculosos y de torso triangular22. En general, los hombres parecen sentirse más cómodos con su peso y percibir menos presiones socioculturales para estar delgados que las mujeres. Al respecto, otro estudio determinó que sólo 41% de los hombres estaban insatisfechos con su peso en comparación a 55% de las mujeres. Más aún, a 77% de los hombres con bajo peso corporal les gustaba su apariencia en oposición a 83% de las mujeres con bajo peso23.

El conflicto de la identidad genérica o de la orientación sexual puede precipitar el desarrollo de una patología alimentaria en muchos hombres24. Fichter y Daser25 encontraron que los hombres con anorexia se visualizaban a sí mismos y eran vistos por los demás como más femeninos que otros hombres, tanto en sus actitudes como en sus conductas. Mientras que la proporción de hombres homosexuales en la población general se estima entre 3% a 5%26, las muestras de los hombres con trastornos alimentarios comúnmente son dos o más veces más grandes25. Herzog et al27 encontraron que los hombres homosexuales pesaban significativamente menos que los hombres heterosexuales, con mayor probabilidad tenían un peso corporal bajo y deseaban un peso ideal bajo. Comparados con los hombres heterosexuales, los homosexuales estaban menos satisfechos con sus cuerpos y obtuvieron puntajes significativamente más altos en el ítem Motivación por la delgadez del EDI. Estos resultados refuerzan la tendencia de nuestros hallazgos, en el sentido que los sujetos de sexo masculino sin patología alimentaria mostraron puntajes más bajos que las sujetos femeninas no portadoras de una afección alimentaria, particularmente en los ítemes Motivación por la delgadez e Insatisfacción corporal, concordando, a la vez, con lo planteado por Denowski y Yee9 y Andersen10.

Estos autores9,10, han documentado diferencias sustanciales de género respecto a la percepción del peso actual corporal como porcentaje de una norma de referencia para la edad y la altura. De acuerdo a estos estudios las mujeres adultas se consideran a sí mismas delgadas en menos de 87% del peso saludable. Sin embargo, los hombres se califican a sí mismos delgados hasta 105% de una norma de referencia ponderal. La percepción de estar con sobrepeso es, por lo tanto, altamente dependiente del género. Además, las muchachas y mujeres jóvenes parecen estar más dedicadas al ideal de delgadez por encima de cualquier norma religiosa, moral o social, mientras que la mayoría de los hombres no demuestran una preocupación comparable con la imagen corporal. La mayoría de las mujeres están afligidas en relación a las áreas por debajo sus cinturas, mientras que los hombres están más descontentos con las partes superiores de sus cuerpos. Más hombres que mujeres aceptarían un peso normal corporal para la edad y la talla si pudiesen elegir una imagen estereotípica corporal masculina. Por su parte, las mujeres están motivadas más a menudo para obtener un peso corporal bajo independiente de la silueta.

Los roles genéricos y las expectativas socioculturales parecen fuertemente implicadas en el desarrollo de los trastornos de la conducta alimentaria28,29. Esto se atribuye frecuentemente al énfasis permanente en el atractivo físico y la delgadez en la mujer30. En consecuencia las mujeres expresan mayor insatisfacción con respecto a sus cuerpos31, más interés por su apariencia y peso corporal4 y más frecuentemente se involucran en esfuerzos para controlar el peso31,32. El alejamiento de la definición estereotipada del rol genérico y el volverse más andróginas en particular para las mujeres, es importante tanto para la identidad del Yo como para el aspecto ético del desarrollo34. Las mujeres altamente femeninas con más probabilidad tienen límites corporales más débiles que las mujeres andróginas. Los sujetos andróginos poseen un pensamiento independiente, capacidad de acción aumentada y mejor autoestima35. La androgenidad es una instancia de una mayor flexibilidad general situacional36 y adaptación exitosa37-40. Se han destacado ciertos factores protectores de la mujer con rasgos de androginidad en relación a los trastornos del hábito del comer, tales como alta autoestima, estabilidad emocional, limitada consciencia de sí misma y un interés en una sana corporalidad, más que en la apariencia, particularidades exhibidas por los grupos control de ese estudio8.

En resumen, consideramos a este trabajo como una continuación de otro anterior8, ampliando la aplicación del concepto de rol de género a una población de estudiantes de sexo masculino y su confrontación con estudiantes femeninas, como el principal aporte para el entendimiento desde la perspectiva sociocultural del desarrollo de las patologías alimentarias. Creemos que nuestros datos coinciden y refuerzan las concepciones surgidas en las referencias especializadas. No obstante, estimamos que aún falta mayor cantidad de exploraciones nacionales que conduzcan a incrementar la fundamentación sobre esta materia. Admitimos que similares limitaciones a nuestro análisis previo son válidas para el presente, relativas a la desigualdad en el nivel educacional del grupo con patología alimentaria con respecto a los grupos control que pudo haber influido en el perfil de rol de género, el sesgo de la evaluación diagnóstica no efectuada a ciegas de las pacientes alimentarias y la falta de artículos en torno a este tema en nuestro país que impidió la revisión comparativa de nuestra casuística.

Agradecimientos

Los autores agradecen a todas aquellas personas que prestaron su valiosa colaboración en esta investigación, sin la cual no habría podido realizarse; en particular al Profesor Dunny Casanova Z, Bioestadístico del Departamento de Salud Pública de la Universidad de Valparaíso.

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Correspondencia a: Dra. Rosa Behar A. Departamento de Psiquiatría. Universidad de Valparaíso. Casilla 92-V. Valparaíso. Fono/Fax: (56) (32) 508550E-mail: rositabehar@terra.cl

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