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Revista médica de Chile

versión impresa ISSN 0034-9887

Rev. méd. Chile v.133 n.10 Santiago oct. 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0034-98872005001000001 

 

Rev Méd Chile 2005; 133: 1135-1138

EDITORIAL

La Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile: 75 años de progreso para la medicina nacional

 

75th Anniversary of the Pontifical Catholic University of Chile School of Medicine

 

Humberto Reyes B.

Editor, Revista Médica de Chile.
Profesor de Medicina de la Universidad de Chile.


The Pontifical Catholic University of Chile founded its School of Medicine in 1930, preceded by the Schools of Medicine of the University of Chile (founded in 1833) and the University of Concepción (founded in 1924). The founders of the new School were prominent members of the Catholic Church, advised by distinguished Chilean physicians and scientists, most of them already full Professors at the University of Chile. During the first decades, only a small number of full-time faculties could be recruited and the academic team included mostly part-time teachers, generally shared with the already established Medical Schools, as well as practising physicians with little or no previous teaching experience. Along 75 years of fruitful existence, this Medical School has evolved to become one of the leading organizations in graduate and post-graduate medical education in Latin America, with high standards in teaching methodology and a superb productivity in clinical and biomedical research. The history of this Medical School stands as an example to the currently nascent Medical Schools founded by private universities in Chile. The standards of high quality medical education should be maintained for the well-being of our population so that these new Medical Schools can become respected and accepted as peers by the entire community of Chilean Universities (Rev Méd Chile 2005; 133: 1135-8).

(Key Words: Education, medical; History of Medicine, 20th Century; Schools, Medical)


 

Hace 75 años se fundó la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Hay sólidas razones para que este aniversario sobresalga del claustro universitario, más allá del orgullo que legítimamente sienten sus académicos y alumnos de ayer y hoy. Es una escuela universitaria que ha forjado su carisma, convirtiéndose en uno de los faros para la evolución de la medicina en nuestro país.

En este número de la Revista Médica de Chile se publica una síntesis de la historia de esa Facultad y su actual situación en docencia de pre y post título, investigación y extensión, escrita por tres de sus autoridades más representativas1. Esos antecedentes y mi visión personal del devenir de la educación médica en las últimas décadas me invitaron a recordar, reflexionar y plantearme algunas preguntas que tienen vigencia en la vida universitaria contemporánea.

Por ejemplo: ¿Qué inspiró a sus fundadores para crear una nueva Escuela de Medicina en Chile?

Las primeras Escuelas de Medicina en nuestro país, pertenecientes a la Universidad de Chile (Escuela fundada en 1833, tres años antes que la propia Universidad) y a la Universidad de Concepción (Facultad fundada en 1924), son laicas y pluralistas. En ambas existían movimientos de acción católica entre sus profesores y alumnos, particularmente fuertes en la Universidad de Chile. Sin embargo, hubo autoridades eclesiásticas que quisieron agregar a su Universidad confesional una Escuela de Medicina que «formaría médicos de ciencia y de conciencia», donde la educación de sus alumnos de pre y post título y los principios que regirían la acción de sus académicos estarían marcados con el sello de su pertenencia a la Iglesia Católica. Pero ¿fue esa la única motivación? ¿Pudo ser también relevante el que agregar una Escuela de Medicina expande el prestigio de una universidad? Esta no es simplemente una inquietud local, ya que numerosas universidades han avalado su relevancia. Por ejemplo, el prestigiado «Albert Einstein College of Medicine» de Nueva York se fundó albergado en una institución dedicada originalmente a estudios religiosos judaicos: la «Yeshiva University».

¿Cómo se inició la docencia en la Escuela de Medicina de la Universidad Católica? La comisión organizadora contó con la participación de médicos connotados, todos Profesores titulares en la Universidad de Chile. Entre ellos, el Dr. Carlos Mönckeberg Bravo, Profesor de Obstetricia y Jefe de la Maternidad del Hospital Clínico de la Universidad de Chile, fue elegido primer Decano de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Las autoridades de esa Universidad contrataron unos pocos docentes de jornada completa (médicos y otros profesionales), más uno que otro profesor venido del extranjero, y completaron sus cuadros académicos con contratos de jornada parcial para médicos y otros profesionales, incluyendo personas que tenían cargos en las Escuelas de Medicina ya existentes. Para la docencia tutorial, particularmente en asignaturas clínicas y en especialidades médicas y quirúrgicas, contrataron los servicios de funcionarios de hospitales públicos, con poca o ninguna experiencia docente. Este proceso provocó algunos roces con las autoridades de las que entonces eran «universidades tradicionales». Sus consecuencias pudieron afectar a los alumnos de la Universidad Católica, quienes rendían exámenes finales, de asignaturas y de carrera, ante comisiones integradas por profesores de la Universidad de Chile, única entidad autorizada entonces por el Estado para otorgar el título de Médico Cirujano. Sin embargo, el tiempo superó los escollos.

Las Escuelas de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile (1930), de la Universidad Austral de Chile, en Valdivia (1959), de la Universidad de Valparaíso (1966, originalmente sede local de la Universidad de Chile), y de la Universidad de La Frontera, en Temuco (1981), vivieron etapas parecidas, en las que intervinieron académicos de otras Universidades: el Dr. Roberto Barahona, Profesor de Anatomía Patológica de la Pontificia Universidad Católica de Chile fue el primer Decano de la Facultad de Medicina de la Universidad Austral de Chile y Profesores del Campus Occidente de la Universidad de Chile sembraron la simiente para la Facultad de Medicina de la Universidad de La Frontera. El resultado está a la vista: en la calidad de la atención médica (privada y pública) en Chile, en sus índices de salud pública, en la consideración internacional que recibe la investigación biomédica y clínica que generan nuestras Escuelas de Medicina, los cargos que ocupan algunos médicos formados en Chile, en organismos internacionales (científicos o políticos), en universidades del mundo desarrollado, y en la salud pública de otros países latinoamericanos. ¿Qué hubiera sucedido si las universidades existentes en la primera mitad del siglo 20 hubiesen rechazado la intención de crear una nueva Escuela de Medicina en Chile, para una Universidad de la Iglesia Católica que se apoyaba en recursos humanos compartidos? Probablemente el proceso habría sido más lento, pero pienso que no se habría paralizado.

De mi época como estudiante de medicina en la Universidad de Chile (comienzos de la segunda mitad del siglo 20) recuerdo que algunos profesores, en clínicas importantes, dirigían cátedras simultáneamente para alumnos de las Escuelas de Medicina de las Universidades de Chile y Católica de Chile. Los alumnos de la Universidad de Chile representábamos ambos sexos, procedíamos de una gran variedad de colegios, predominantemente del área fiscal, y de una amplia gama de sitios geográficos, incluso de otros países de Latinoamérica. Los alumnos de la Universidad Católica eran solamente varones, formados casi exclusivamente en colegios privados católicos sólo para varones. Eso hacía algunas diferencias, pero no demasiadas porque perseguíamos ideales comunes y teníamos armonía generacional. Las diferencias más llamativas eran anecdóticas: en la cátedra de Pediatría del Profesor Julio Meneghello, en el viejo Hospital Manuel Arriarán, compartíamos como vestuario una estrecha pieza en que guardábamos nuestros maletines, abrigos, paraguas, sombreros, y nos colocábamos el delantal blanco para ingresar a las salas del hospital; más de algún alumno «de la Cato» se retiró apresurado del vestuario, cuando mis compañeras entraron a cambiar su atuendo. En las reuniones clínicas o clases que se iniciaban a la 08:00 h, las primeras filas estaban siempre ocupadas por «los pontificios», mientras que en la media hora siguiente se deslizaban subrepticiamente por la puerta trasera del auditorio otros alumnos, aprovechando los momentos de oscuridad cuando cambiaban las diapositivas. El curso de Medicina Legal era compartido por ambas Universidades, en el único Instituto del país capacitado para impartirlo; nuevamente, los de la Católica marcaban el cupo de asistencia regular, mientras los demás nos escabullíamos cada vez que las imágenes «en vivo y en directo» de las disecciones se tornaban ingratas para la vista y el olfato. En el extremo sur de la ciudad, el Profesor Roque Kraljevic desentrañaba los misterios de las enfermedades infecciosas para alumnos de ambas universidades2.

Profesores y ayudantes no hacían diferencias de trato con los educandos de una u otra Escuela. Su experiencia frente a intentos (...esporádicos...) de «copiar en las pruebas escritas» les enseñó que debían aplicar la vigilancia tanto a los alumnos que provenían de colegios confesionales como a los procedentes de liceos fiscales.

A veces se generaron anécdotas simpáticas: el Dr. Enrique Uiberall, distinguido neurólogo judío-austríaco que logró eludir el holocausto nazi emigrando a nuestro país, dictaba la cátedra de su especialidad en el Instituto de Neurocirugía para todo el curso de la Universidad Católica y una fracción de la Universidad de Chile. Intentando controlar la asistencia a clases, conminaba a ubicarse en la mitad derecha del auditorio «a los Católicos, y se quedan al lado izquierdo los chilenos». El lado derecho estaba casi siempre lleno, mientras raleaban las filas al otro lado... Pero un grupo de astutos alumnos bloqueó el control sentándose todos en el lado derecho. El Profesor reaccionó con su habitual buen humor: «¡Jóvenes de moledera: siéntense donde quieran, pero yo voy a hablar para el otro lado!».

Dejando atrás la leyenda, ¿qué habría sucedido si las Universidades establecidas hubiesen prohibido a sus académicos participar en la docencia de las Escuelas nacientes?

Transcurrieron los años y la evolución fue positiva: la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile amplió su admisión al género femenino, completó sus cuadros docentes con personal propio, otorgó el grado académico de Licenciado en Medicina y, años después, el título de Médico Cirujano sin exámenes ante comisiones externas, y tomó el rumbo que la ha llevado al prestigioso nivel en que hoy se encuentra. Por sus aulas pasan alumnos católicos y de otras religiones, o agnósticos. Médicos graduados en otras universidades del país y del extranjero ganan por concurso cupos de formación de post título y varios se han integrado a sus cuadros académicos. Sin menoscabo de su naturaleza Pontificia, abre sus puertas del saber a quienes ganen oportunidades abiertas a la universalidad.

Cualesquiera fueran las dificultades que enfrentó la Facultad de Medicina de la Universidad Católica en sus primeras décadas, las superó porque en el ambiente universitario nacional se impusieron la cordura y la generosidad de espíritu. Nunca se cerraron puertas a sus educandos ni a sus educadores. Como personas, han brillado en la acción y en el gobierno de instituciones científicas, profesionales, políticas, gubernamentales y en entidades privadas. Los ejemplos que sentaron para las actuales Universidades emergentes establecen una responsabilidad que interesa al Estado, como principal garante de la confianza pública, a las instituciones gremiales y las que otorgan las acciones de salud. Pero la historia tendrá que repetir sus capítulos iniciales porque no hay alternativas (tal vez ni siquiera teóricas) en el proceso de creación de nuevas Escuelas de Medicina en nuestro país. Este tema ha sido repetida y extensamente debatido por autoridades académicas y grupos institucionales, generando numerosos documentos, algunos difundidos en esta Revista3-6. Ojalá este proceso continúe regido por la honestidad de metas de los nuevos fundadores, y la cordura y generosidad de espíritu de todos sus protagonistas.

Por último, siendo leit motiv de esta Editorial el 75° aniversario de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile, me pareció interesante agregar un dato inédito relacionado con las publicaciones científicas. La Revista Médica de Chile publica artículos de naturaleza clínica y biomédica, preferentemente en áreas de medicina interna y general, y sus subespecialidades, seleccionándolos con la ayuda del juicio crítico de evaluadores externos independientes. Ciertamente que una proporción importante de manuscritos generados en Chile, en estas mismas áreas, se publica en revistas extranjeras, pero la Revista es un referente importante de nuestra productividad científico-profesional. Recopilando los artículos de investigación, experiencias clínicas, casos clínicos, artículos de revisión y especiales, y de salud pública, durante años «índice» separados por lapsos de diez años, encontré que en 1964 los manuscritos generados por académicos de la Universidad Católica representaron 7,4% de esa gama de publicaciones en la Revista, variando a 12,1% en 1974, 25,5% en 1984, 22,7% en 1994 y 29,2% en 2004.

Me pareció justo y resultó grato destacar en la Revista el importante rol que juega esta institución en el progreso de la medicina y de la educación médica en Chile.

Referencias

1. Grebe G, Dagnino J, Sánchez I. 75 años de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Rev Méd Chile 2005; 133: 1229-32.         [ Links ]

2. Kraljevic R. Recuerdos de un viejo infectólogo. Santiago - Chile 1998, pág 101-17.         [ Links ]

3. Consejo de la Facultad de Medicina Universidad de Chile. Opinión de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile sobre la creación de nuevas Escuelas de Medicina (Documento Universitario). Rev Méd Chile 1991; 119: 350-1.         [ Links ]

4. Rosso P. Creación de nuevas Escuelas de Medicina en Chile. Rev Méd Chile 1994; 122: 323-6.         [ Links ]

5. Goic A. Creación de carreras tradicionales en nuevas universidades. El caso de Medicina. Rev Méd Chile 1995; 123: 99-107.         [ Links ]

6. Cruz-Coke R. Evolución de las universidades chilenas 1981-2004. Rev Méd Chile 2004; 132: 1543-9.         [ Links ]

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