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Revista médica de Chile

versión impresa ISSN 0034-9887

Rev. méd. Chile v.135 n.6 Santiago jun. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0034-98872007000600017 

Rev Méd Chile 2007; 135: 800-805

ARTÍCULOS ESPECIALES

 

La medicina entre dos "sets" de valores: la ética de la Biblia y las éticas de origen humano

Medicine between two sets of values: The Biblical Ethics and human or modern ethics

 

Monseñor Bernardino Pinera1.

1Obispo Emérito de La Serena. Miembro Honorario de la Academia Chilena de Medicina.


In this article, the author -a Bishop of the Catholic Church-discusses the similarities and differences between two sets of ethical values that may guide the behaviour of medical professionals towards their patients and society. One set derives from Biblical principles contained in the Old and New Testaments, mainly represented by the Ten Commandments and Christ's Prayer from the Mountain. These principles are shared by all Christian nominations and by the Jewish and Muslim religions. The second one, although intrinsically agnostic, is also focused in the human individual and the human society. Both streams obey a "natural morality" common to all humans: every individual should respect each one's conscience, should avoid doing to others what each one would not ¡ike to receive, to do not lie, kill or rob, to obey the rules of family and society. The Biblical Ethics stresses the value of responsibility in human behaviour while Modern Ethics sets the point in authenticity. In spite of their differences, the sharing of crucial points and end goals should inspire medical professionals regardless their religious beliefs to follow a common set of ethical values and to remain united in pursuing it .

(Key words: Bible; Ethics, medical; Philosophy, medical)


Cuando entré a primer año de medicina, en la Universidad Católica, en 1933, mis compañeros reclamaban porque, en el curriculum de nuestros estudios, figuraba una clase de Moral Médica, a cargo del Presbítero Oscar Larson, sacerdote por lo demás muy distinguido. Les parecía a algunos volver al ambiente de los colegios católicos de los que muchos provenían. Estudiar anatomía, eso era ser y sentirse universitario. Pero que un cura les diera clase de moral -aunque fuera de moral médica- era una pequeña frustración.

Y hoy día, 60 ó 70 años después, la Universidad de Chile, bastante más laica que la Católica de entonces, tiene un Instituto de Bío-Etica, con profesores prestigiosos y la ética biológica y médica está presente en clases, foros, seminarios, artículos y libros y en la conciencia de todos los médicos y biólogos.

¿A qué se debe esta promoción de la ética, desde hace medio siglo? Creo que a diversas circunstancias.

Hasta hace 40 ó 50 años -tal vez hasta la revolución cultural de la década de 1960- se hablaba de «moral» más que de «ética», y aun cuando ambas palabras son casi sinónimas, en nuestro ambiente la moral tenía una resonancia cristiana, incluso católica y eclesial. Una corriente laicizante, secularizadora y descristianizadora por una parte, y, por otra, una tendencia desocializan-te y globalizante han ido alejando poco a poco el mundo de la cultura de la religión, al menos en cuanto institucionalizada y doctrinaria. Y eso tenía que producir un alejamiento de la moral tradicional, también -y quizás sobre todo- en materias relacionadas con la vida, con el matrimonio, con la familia, con el sexo y con la reproducción.

Pero, al mismo tiempo, el abandono progresivo de una moral -que podía ser tal vez demasiado rígida, poco abierta a los cambios científicos, culturales y sociales, pero que daba, en todo caso, un marco claro y firme a la conducta humana-parece haber producido una especie de relajamiento, un desorden, un «destape», una dispersión ética y un permisivismo moral a los que se suele atribuir un grado de responsabilidad en algunos males que vive el mundo de hoy y que angustian cada vez más a los hombres: desequilibrios pobla-cionales, alteraciones de la pirámide de edades, falta de jóvenes, exceso de ancianos, disminución de la población de los países que fueron líderes de la cultura moderna -Alemania, Inglaterra, Francia, España, Italia- y penetración creciente en esos países de pueblos de otras culturas; la delincuencia y la criminalidad que llegan a ser una amenaza o una experiencia traumática para todos; la adicción a la droga, al alcohol, a cualquier exceso que altera la mente y la conciencia de un alto y creciente porcentaje de la población; la ingobernabilidad de los pueblos y de las instituciones por falta de disciplina social y por conciencia creciente de las desigualdades y de las injusticias sociales; y los adelantos científicos, en particular en el campo de la medicina reproductiva que permiten a los hombres de hoy manipular los procesos vitales con una eficiencia hasta hace poco desconocida: anticoncepción, aborto, fecundación artificial, uso y abuso de los fármacos neurotrópicos.

Como el aprendiz de brujos de la fábula, el hombre moderno tiene miedo y siente la necesidad de controlar el uso de esas fuerzas nuevas que tiene bajo su poder. De allí nace la «bioética» con su desarrollo actual.

La Iglesia Católica va estudiando los nuevos problemas morales que se presentan, adaptando a situaciones nuevas su moral tradicional que tiene por divina, que procede de la Biblia y que es garantizada, para los creyentes, por la infalibilidad que según la fe de la Iglesia, acompaña a la enseñanza de los pastores en materias éticas fundamentales. Pero, perdida la unanimidad de la fe religiosa, las respuestas de la Iglesia no son aceptadas por todos y muchos piden a la tradición humanística, filosófica y a los moralistas actuales, los fundamentos teóricos y las orientaciones prácticas para guiar sus conductas en tanto tema nuevo, grave y contravertido. Esta necesidad de ética afecta a los políticos, a los hombres de derecho, a los científicos y muy especialmente a los médicos. Se puede decir que en el mundo moderno compiten dos éticas: la ética religiosa, judeo-cristiana, expresada en la Biblia y en la práctica de siglos de vida cristiana y la ética laica, secular, filosófica, que forma parte también de la herencia cultural de la humanidad y que estudia y toma posiciones ante los grandes problemas de la humanidad.

El médico se siente interpelado por el problema ético desde tres puntos de vista.

Como persona él tiene su moral, la que le dicta su conciencia, la que regula sus actos; y procura ser fiel a ella.

Como médico debe tomar en cuenta la ética de su paciente, que puede no coincidir con la suya. El paciente pide un aborto, pide la eutanasia y el médico no comparte esa actitud ética. O, por el contrario, el testigo de Jehová rechaza la transfusión sanguínea que su médico estima necesaria. ¿Qué hacer?

Como miembro de la sociedad, del cuerpo médico, de las diversas organizaciones científicas o gremiales a las cuales pertenece, como hombre culto, el médico se encuentra inserto en un mundo cultural en que el debate ético está abierto, en que se establece un clima ético del cual le cuesta substraerse y al cual le puede costar también mucho adaptarse y someterse.

Son tres aspectos del problema ético vistos desde la perspectiva del médico.

Quiero ahora exponer, a grandes rasgos, los dos sets de valores que se nos ofrecen: el de origen divino y el de origen humano, el bíblico y el humanista. Y señalar las ventajas y los inconvenientes que suelen atribuirles. Y luego ver si existe alguna posibilidad de combinar ambos sistemas, respetando la esencia de cada uno de ellos, sumando sus ventajas y superando sus deficiencias.

Para el eticista, la moral de la Biblia, la ética judeo-cristiana es «heterónoma»: viene de fuera del hombre, es de origen «divino», es dada por Dios al hombre y por lo tanto, supone la fe en Dios; es «tradicional», en cuanto está presente en la cultura y la sociedad occidentales desde hace dos milenios.

La moral alternativa a la moral bíblica es «autónoma», depende del hombre, proviene de él, de su inteligencia, de su cultura, de su sentido del bien y del mal; es «humana» o, si se quiere «humanista», descansa en la filosofía y en la ciencia humana; y es «moderna» en cuanto tiende a sustituir a la moral bíblica, mucho más asimilada por nuestra cultura, aun cuando sus orígenes se remonten a la cultura griega y más allá.

A. LA ÉTICA DE LA BIBLIA

La Biblia, en su primera parte o Antiguo Testamento, es el libro de un pueblo, del pueblo israelita o sea de los descendientes de un pastor nómada, que vivía en Ur, en Caldea y a quien Dios se le apareció, cuando se encontraba en Harran, camino a Palestina. Abraham «creyó» en Dios -es el padre de la «fe»- y Dios hizo alianza con él y con su descendencia. A lo largo de unos 18 siglos, de 1750 AC hasta la venida de Cristo, algunos israelitas, unas dos docenas, inspirados por Dios, pusieron por escrito tradiciones orales muy antiguas, relatos históricos, oráculos proféticos, leyes rituales, consejos morales, poemas. El conjunto de todos esos libros -alrededor de 50- fue reconocido por las autoridades del pueblo israelita y después por las del pueblo cristiano, como inspirado por Dios.

Cristo fue un buen israelita, respetuoso y cumplidor de las leyes y costumbres de su pueblo. Pero su enseñanza fue más allá de la del Antiguo Testamento. En el siglo I, una decena de autores, inspirados ellos también, recopilaron y pusieron por escrito episodios de la vida de Cristo y sus enseñanzas -sus «hechos» y sus «dichos»- narraciones de los primeros tiempos de la Iglesia, cartas de apóstoles a comunidades cristianas y una visión «apocalíptica» y, con estos escritos, reconocidos por la Iglesia como inspirados por Dios, se constituyó el nuevo Testamento, el que los cristianos agregaron al Antiguo Testamento para formar la Biblia. Esta fue copiada a mano, cientos de veces y traducidas a distintos idiomas, hasta que San Jerónimo, en el siglo IV, reunió los mejores manuscritos que encontró en griego y en otros idiomas y los tradujo al latín. Su traducción, llamada la Vulgata, sirvió durante siglos de texto oficial de la Biblia. Pero al desarrollarse, a partir del siglo XVI, los estudios bíblicos, cristianos y científicos, se ha vuelto a los textos originales hebreos o griegos y se les traduce directamente a los distintos idiomas.

La Biblia no es un texto de ética, pero de sus páginas se desprende una ética clara. Se expresa principalmente en el Decálogo -en el Antiguo Testamento- y en el Sermón de la Montaña -en el Nuevo-. La Biblia entera enseña una moral, a través de preceptos, pero sobre todo de ejemplos y testimonios. Es la «ética bíblica».

Ahora bien: esta ética, promovida durante 20 siglos por las iglesias cristianas, es la que, junto con la cultura greco latina y otros aportes, ha inspirado la cultura occidental y guiado su conducta en Europa y después en América y se ha extendido, en mayor o menor grado, al mundo entero.

Durante los primeros tiempos de laicización, los que querían separar las iglesias del estado se cuidaron de no renunciar a la moral de la iglesia, a la moral bíblica. Fueron políticos radicales quienes en Chile se opusieron a que la ley de matrimonio civil, promovida por ellos, incluyera el divorcio civil. Este sólo fue aprobado más de un siglo después. O sea, una cosa era alejarse de la iglesia, como institución humana poderosa e influyente en la vida del país y otra era renunciar a la moral de la Biblia, a la que se consideraba indispensable, hasta para mantener el orden social y la convivencia nacional.

La moral bíblica consiste antes que nada en ubicarnos bien delante de Dios, en actitud de humildad, de adoración y de asombro. En percibir que Él nos ama y en reflejar el amor que Él nos tiene, hacia Él y hacia todos los hombres del mundo.

Consiste en amar, en respetar, en defender y en promover la vida humana contra todo lo que la amenace: violencia, enfermedad, deseo de deshacernos de ella. «¡No matarás!». Consiste en promover y defender la familia, el matrimonio, el tener hijos, porque la familia es la fuente de transmisión de la vida, es la que ayuda a la vida a crecer y desarrollarse y es el ambiente que necesita el hombre, no sólo en los primeros años de su vida, sino también en su edad adulta y en su vejez. Y porque el hombre y la mujer son hechos para el amor, un amor exclusivo, estable y fecundo. «Honrarás padre y madre». Considera el sexo como parte de la vida de la familia, el acto por el cual los esposos se complementan mutuamente, se expresan su amor y engendran a sus hijos y reprueba el sexo fuera del matrimonio, fuera del amor. «No fornicarás, no cometerás adulterio».

La moral bíblica promueve la justicia en las relaciones humanas y condena el abuso, el robo, la corrupción y la delincuencia. «No robarás».

Enseña también que los bienes materiales deben estar bien distribuidos entre todos según sus necesidades, y también según sus méritos, y que nadie debe apegarse a ellos más allá de lo que le sea necesario. Recomienda a todos la sobriedad, el desapego, la disposición a compartir con el que necesita. «No codiciarás los bienes ajenos».

Enseña a decir la verdad, nos ayuda a ser verdaderos, condena la mentira y la falsedad y recomienda la transparencia y, a la vez, la discreción. «No mentirás».

La moral de la Biblia se aprende en la enseñanza de los teólogos moralistas pero, principalmente, en el testimonio de los santos. Los del antiguo y los del nuevo testamento, los santos ilustres y canonizados y los santos que encontramos en la vida diaria.

B. LA ÉTICA MODERNA

Recordemos que, si bien la ética de que vamos a hablar es «moderna» en cuanto es «actual» y en cuanto sigue a la ética «tradicional» de que hemos hablado, no lo es en cuanto ella también tiene una larga historia que acompaña a la de la filosofía. La ética moderna se apoya mucho también en la ciencia especialmente en la psicología, pedagogía, sociología y antropología, pero no pretende tener origen «divino», sino que es exclusivamente «humanista» y «laica», lo que no significa que sea necesariamente «antirreligiosa»: es más bien «agnóstica».

La ética moderna se interesa por la persona humana y por la sociedad humana. En cuanto a la persona, se basa mucho en la psicología, incluso en el aporte de Freud. Quiere librar al hombre de sus represiones sexuales, abrirlo al placer sexual, mostrar el lado positivo del sexo y del placer. Hace ver que las muchas exigencias de la ética bíblica -tal como se enseña hoy- en lo referente al matrimonio y a la procreación, son muchas veces difíciles sino imposibles de cumplir y dan mayor importancia, en el amor humano, al placer y a la espontaneidad. Insiste más en la autenticidad que en la fidelidad entre los esposos; en el agrado material y cultural de la vida que en tener y educar muchos niños; y se alegra de que los adelantos de la medicina y del derecho permitan al hombre y a la mujer de hoy controlar la concepción, terminar un embarazo no deseado, romper un vínculo matrimonial que estorba, gozar del sexo según su tendencia y su gusto.

La ética moderna, buscando bienestar para todos, condena la delincuencia, la corrupción, el abuso, la violencia intrafamiliar, el maltrato infantil, y todo aquello que va en contra de los derechos humanos. Se pronuncia a favor de la democracia, contra la dictadura o el abuso de poder. Y busca la justicia en las relaciones humanas, basándose en consideraciones más pragmáticas que teóricas, como en el famoso tratado «A theory of justice» del pensador norteamericano Rowles.

La moral laica da a veces la sensación de ser un «traje sobre medida» que cae bien y no molesta y se puede ajustar según las necesidades. La moral religiosa sería más como un «uniforme», al cual es el que lo lleva el que debe adaptarse.

Digamos por fin que hay muchas éticas laicas según el temperamento o el pensamiento de quienes las elaboraron. Una era la ética de los «epicúreos», otra la de los «estoicos», en la antigüedad. Una es la ética de Kant y otra la de Nietzche. Y, entre los eticistas modernos, hay una gran variedad de principios y de aplicaciones.

Y, por último, hay que recordar que creyentes y no creyentes apelan a una moral «natural», común a todos los hombres: respetar la propia conciencia, no hacer a otro lo que uno no quiere que le hagan a uno, no mentir, no matar, no robar, acatar las reglas de la familia y de la sociedad, que sería para unos una especie de denominador común de todas las éticas «humanas» y, para otros, la huella de una revelación «divina», impresa en la conciencia de todo hombre, anterior y preparatoria a la plena revelación divina, que transmite la religión.

Agreguemos que, entre la ley moral y las conductas morales en el caso de la ética de origen divino como en las de origen humano, se interpone una «educación moral», un entrenamiento para el cumplimiento de los preceptos y la conformidad de las acciones con los principios. Ambas éticas suelen usar argumentos y métodos diferentes para lograr que las conductas estén de acuerdo con las ideas.

C. LA SITUACIÓN MORAL DEL MUNDO DE HOY

El valor de las éticas se mide por sus resultados, y particularmente por su capacidad de hacernos felices. Pero esta palabra es ambigua. Para unos la felicidad es en esta vida, aquí en la tierra, y no hay otra. Para otros la felicidad abarca una etapa terrenal que lleva a un destino definitivo y eterno y hay que sacrificar parte de la felicidad terrenal por la felicidad celestial. De tal manera que las críticas a la situación moral actual no son necesariamente las mismas de lado y lado.

Todos, por lo general, se quejan de la mala calidad de la vida en común: de los grafítti de las murallas, de la manera atropelladora de conducir, de la falta de gentileza de trato con las mujeres, los ancianos o los niños, y más aún del vandalismo, de la delincuencia, de la corrupción, de las desigualdades económicas excesivas, de la incapacidad de satisfacer las aspiraciones de todos los hombres en materias de educación, de salud, de nivel de vida; de la falta de un control político y ético sobre el poder del dinero que aparece como anónimo e internacional, difícil de asir; de la droga en su doble aspecto de consumo y de tráfico.

Los que adhieren a una ética bíblica o religiosa denuncian, además, el debilitamiento de la familia, el poco respeto a la vida humana: el aborto, la eutanasia, la contracepción, los experimentos con o manipulación de embriones humanos, la conducta desordenada de los jóvenes y también de los adultos, especialmente en materia sexual, el permisivismo, el excesivo materialismo de la vida, la idolatría del dinero, del status, el consumismo desenfrenado. Los que siguen una moral laica se quejan más bien de las restricciones a la libertad personal que aún subsisten, de la discriminación, en especial de la mujer, de la destrucción del ambiente natural -ecologistas, humanistas- de ciertas intervenciones religiosas -católica o islámica, principalmente- que llevan a un rigorismo moral obsoleto o a un fanatismo intolerante con riesgo de violencia.

Por lo general la moral religiosa aparece como defensora de la familia y de una cierta cualidad de vida; a la moral laica se le atribuye más la defensa de los derechos humanos, de la democracia y de la libertad.

Si sumamos las críticas que viene de lado y lado constatamos en el mundo de hoy una especie de «angustia ética». Tenemos miedo los unos de los otros. Hay una sensación de inseguridad. Y esto se traduce en la multiplicación de los ansiosos, angustiados y depresivos y la de los psicólogos, psicoanalistas y psiquiatras a los que ellos acuden: señal que algo anda mal en la mente del hombre moderno y en nuestra convivencia social.

Cabe preguntarse si sería sensato descartar, así como así, un sistema moral que pretende ser de origen divino -y no olvidemos que la mayoría de los hombres del mundo creen en Dios, en una u otra religión- y que ha inspirado la cultura de la civilización europea occidental. O si sería razonable no escuchar la voz del mundo de hoy con sus nuevos reclamos, sus nuevas necesidades y sus nuevas posibilidades. El humanismo laico debe respetar el humanismo religioso: la religión es parte de la humanidad. El cristiano, por otra parte, sabe que su Dios es el Dios de todos los hombres, que todos son hijos de Dios y han sido creados a su imagen y semejanza, o sea inteligentes y libres como El. Debe reconocer los adelantos que corrientes laicas han impreso a la ética y debe cuidar de que su enseñanza ética no se limite a expresar principios absolutos sino que acompañe al hombre en el esfuerzo por actuar de acuerdo con esos principios en la realidad de la vida. Debe calificar más el papel del amor en la ética, como la clave desde la cual se juzgan y se resuelven los problemas éticos concretos. Ambas corrientes éticas tiene que cooperar para guiar a los hombres en un momento difícil de la historia humana.

EL MÉDICO Y LOS VALORES

El médico, por su influencia en la sociedad y por su desempeño con el enfermo es una persona clave en la ética de hoy.

Se espera de él que sea un hombre o una mujer de buena cualidad moral. Ya sea que opte por la moral de la Biblia y del Evangelio y siga los preceptos de la Iglesia Católica o de otras iglesias cristianas o familias religiosas de origen cristiano; o que sea judío, musulmán o de otra religión.

O que, alejado de los planteamientos religiosos, se rija más bien en su conducta por los principios de la ética moderna -filosófica, científica y laica-, se espera del médico que sea un hombre ético, cuya conducta práctica esté de acuerdo con sus principios teóricos. La sociedad espera que el médico, por caridad cristiana o por filantropía laica, sea respetuoso de la dignidad del ser humano, que se esfuerce por servir la vida y calmar el dolor, que sea desinteresado en materia económica. En otro tiempo se solía hablar del ejercicio de la profesión médica como de un «sacerdocio».

Hoy día se hablaría más bien de un servicio a la humanidad, guiado por una ética exigente.

El médico debe ser también respetuoso de la ética de su cliente, de su enfermo. Atender a cada enfermo dentro de su manera de ser, tomando en cuenta sus valores aunque no los comparta, pero insistiendo en su postura propia cuando vea claramente que apartarse de ella por condescendencia con el punto de vista de su paciente iría en perjuicio de su salud o de su vida y, finalmente, el médico tiene que tomar posición en el conflicto entre las dos grandes culturas éticas que hemos descrito anteriormente. Si es cristiano procurará que el amor al hombre, en especial al que sufre, inspire su conducta, aun en los casos en que ésta pueda parecer demasiado rígida, tal vez inhumana. Y al constatar cómo la sociedad moderna hace difícil la fidelidad a la moral bíblica, deberá, por una parte, ayudar a su paciente cristiano a ser fiel a sus principios en medio de esas dificultades -en el control de la natalidad por ejemplo- y, por otra parte, luchar junto con los demás para que la sociedad y la cultura se organicen en forma de facilitar o por lo menos de no dificultar la vivencia del Evangelio, lo que, a su vez, mejorará considerablemente la ética social.

El médico cristiano deberá abrirse con interés a todas las propuestas de la ética moderna, asumir todo lo que en ellas sea positivo, conforme a una sana filosofía y a una ciencia probada y contribuir, desde su postura creyente, a que la medicina entera practique una ética sana, valedera para todos los hombres.

Al médico liberado de creencias religiosas, o menos influido por ellas, se le pedirá especialmente una conciencia recta, una apertura a la ley natural, un respeto a la conciencia de sus colegas y de sus pacientes y una comprensión de las posturas morales que se inspiran o derivan de la fe religiosa. Y que sepa expresar sus propias posiciones éticas con espíritu comprensivo y tolerante, buscando lo que une más que lo que divide. Es demasiado grave lo que está en juego -en las materias que atañen a la bioética y a la moral médica- para que no se busque un acuerdo entre todas las tendencias en un respeto mutuo por los puntos de vista de unos y otros. Y ese clima de respeto mutuo y de cooperación en la búsqueda de lo que sea mejor debe permitir a cada médico, llegado el momento de tomar una decisión, actuar siempre de acuerdo con su conciencia.

A manera de conclusión quiero agregar una última consideración. Hay un eje vertical: hombre-Dios; para los que no creen en Dios, o no saben o no les interesa saber de Dios, sólo existe el hombre: no hay teología sino sólo antropología. Pero la antropología, la creencia del hombre, debe ser, como toda ciencia, abierta a lo desconocido, en este caso a Dios, siquiera a un Dios «posible».

Para los que creen en Dios, el eje Dios-hombre es de doble tránsito: de Dios al hombre y del hombre a Dios. La ética de origen divino de que hemos hablado, baja de Dios al hombre pero debe penetrar en las realidades humanas, debe hacerse no solo «teológica» sino «antropológica». Y porque el hombre, para el que tiene fe en Dios, es criatura de Dios, inteligente y libre como Él, es amado por Dios, es llamado hijo de Dios, el eticista que parte de Dios y de la Biblia tiene que acercar al hombre con profundo respeto y con verdadero amor, descubrir y apoyar todo lo que desde el hombre y desde su inquietud humana tienda hacia Dios, buscar a Dios, a veces sin conocerlo. En ese punto se juntan las dos éticas, como un servicio al hombre para que crezca. Y así como dice el Evangelio que «Dios hace bajar la lluvia sobre creyentes y no creyentes, así también creyentes y no creyentes -con mayor o menor claridad- pueden aspirar a una misma meta, a subir y en ese esfuerzo estamos todos unidos.

 

Recibido el 9 de abril, 2007. Aceptado el 16 de abril, 2007.

Texto basado en la conferencia presentada en la Sesión Ordinaria de la Academia Chilena de Medicina, el 7 de junio de 2006.

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