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Revista médica de Chile

versión impresa ISSN 0034-9887

Rev. méd. Chile vol.140 no.11 Santiago nov. 2012

http://dx.doi.org/10.4067/S0034-98872012001100016 

 

 

ARTÍCULOS DE REVISIÓN

 

Tromboembolismo pulmonar: estratificación de riesgo y dilemas terapéuticos

Risk stratification of pulmonary thromboembolism

 

Andrés Aizman1, Marcelo Mercado2, Max Andresen2

1Departamento de Medicina Interna. Facultad de Medicina, Pontificia Universidad Católica de Chile. Santiago de Chile.
2Departamento de Medicina Intensiva. Facultad de Medicina, Pontificia Universidad Católica de Chile. Santiago de Chile.

Correspondencia a:


Background: The prognosis of pulmonary thromboembolism (PE) is related to the cardiopulmonary reserve of the patient and the magnitude of the embolus that impacts pulmonary circulation. The presence of hemodynamic instability (shock) stratifies a group of patients with high mortality, which should be treated with thrombolysis. Patients without shock but with right ventricular dysfunction can have a dismal evolution and should be managed aggressively. CAT scan, echocardiography and serum markers can be of value to define patients with a higher mortality. The available evidence to define the best diagnostic and therapeutic strategy is scanty, controversial and inconclusive. A good combination of clinical, imaging and biological markers should be defined to identify those patients without shock but with a high rate of complications and mortality, that could benefit from aggressive treatments.

(Rev Med Chile 2012; 140:1482-1489).

Key words: Shock, cardiogenic; Thrombolysis, therapeutic; Venous thromboembolism.


 

El tromboembolismo pulmonar (TEP) constituye, en frecuencia, la tercera patología cardiovascular después del infarto agudo al miocardio y el accidente cerebro-vascular1.

A pesar de los avances en prevención, técnicas diagnósticas y opciones terapéuticas, el TEP sigue siendo una patología frecuentemente subdiagnosticada y potencialmente letal. Así, series de autopsia muestran que el TEP se mantiene cerca del 15% como contribuyente o causa directa de muerte en pacientes hospitalizados en las últimas décadas2-6.

En los casos fatales, aproximadamente 2/3 de los pacientes mueren durante la primera hora de presentación, en la mayoría de ellos como consecuencia de una embolia anatómicamente masiva o a émbolos más pequeños, submasivos o recurrentes6,7-9.

A pesar de que tradicionalmente se atribuye la letalidad del TEP al tamaño del émbolo, es fundamental considerar la reserva cardiopulmonar10. Al integrar el tamaño del émbolo y la función cardiopulmonar en el pronóstico del enfermo, el término de TEP severo o grave define cualquier combinación de éstos que determine un evento hemodinámicamente significativo (Figura.1).

Figura 1. Relación entre severidad y mortalidad en pacientes con TEP. PCR: Paro Cardio-Respiratorio.

La presencia de shock permite identificar rápidamente al subgrupo de pacientes con elevada mortalidad. Sin embargo, se desconoce la combinación exacta entre el tamaño del émbolo y la reserva cardiopulmonar que produce la inflexión en la curva de mortalidad (antes del shock clínicamente evidente). Reconocer este subgrupo de pacientes con macrohemodinamia estable, pero con un mayor riesgo de complicaciones y mortalidad, permitiría establecer un umbral por sobre el cu

al justificar un manejo más agresivo, como la trombolisis.

Fisiopatología

En el TEP masivo, el o los émbolos que impactan la vasculatura pulmonar generan un aumento en la resistencia o postcarga sobre el ventrículo derecho (VD). La magnitud de ésta se relaciona tanto con la obstrucción mecánica como con la reserva cardiopulmonar11-13.

Inicialmente, este aumento en la postcarga del VD es compensada por taquicardia (mediada por catecolaminas) y la reserva de precarga de la ley de Frank-Starling. Esto aumenta la presión y el radio en cavidades derechas y por ende la tensión parietal, principal determinante del consumo de oxígeno.

La perfusión coronaria del VD depende de la gradiente entre la presión arterial media (PAM) y la presión subendocárdica del VD. Así, la caída en la PAM sumada al aumento en la presión de fin de diástole del VD genera una disminución de la presión de perfusión y, por ende, del aporte de oxígeno. Se produce entonces, una situación de alta demanda de oxígeno (alta tensión parietal) y escaso flujo coronario que determina isquemia e insuficiencia del VD14.

Al caer la función sistólica del VD disminuye la precarga del ventrículo izquierdo (VI). Además, el desplazamiento del septum interventricular hacia la izquierda y la restricción pericárdica (ambos determinados por la dilatación del VD) contribuyen a disminuir aun más dicha precarga15-17.

Una vez sobrepasados los mecanismos de compensación tras la caída del volumen sistólico del VD, aparece hipotensión sistémica.

Es importante considerar también la posibilidad de recurrencias tromboembólicas precoces que agraven el cuadro y aceleren el colapso hemodinámico de un paciente previamente estable. Al respecto, hay estudios que demuestran mayor mortalidad en pacientes con TEP cuando existe trombosis venosa profunda (TVP) concomitante18,19.

Estratificando el riesgo

El TEP representa un espectro de síndromes clínicos con implicancias pronósticas muy distintas. En este sentido, podemos agrupar a los pacientes en 3 grupos:

1. Pacientes con presión arterial normal y función del VD normal: Estos pacientes tienen excelente pronóstico sólo con tratamiento anticoagulante.
2. TEP masivo: Generalmente definido por la presencia de compromiso hemodinámico: shock o hipotensión (presión sistólica menor a 90 mmHg). A diferencia del grupo anterior, estos pacientes tienen un elevado riesgo de muerte y por ende, son manejados en forma agresiva (trombolisis).
3. TEP submasivo: Corresponde a aquellos pacientes con presión arterial normal pero con evidencias de disfunción ventricular derecha. Este grupo tiene mayor riesgo de morbimortalidad respecto a aquellos sin disfunción del VD y constituye un foco de controversia respecto al enfoque diagnóstico-terapéutico ideal.

 La identificación de pacientes con TEP masivo es eminentemente clínica. La pesquisa de disfunción ventricular derecha en pacientes hemodinámicamente estables constituye un desafío para el clínico en el abordaje inicial de estos enfermos.

Existen distintas herramientas que permiten estimar el riesgo de mortalidad a corto plazo y la presencia de disfunción del VD:

1. Clínica

Al margen del shock como predictor de morbimortalidad, se han desarrollado distintos modelos pronósticos utilizando algunas variables clínicas. La mayoría de estos modelos tienen importantes limitaciones prácticas, permiten más bien identificar pacientes de bajo riesgo para manejo ambulatorio y no son utilizados con frecuencia20. El score simplificado PESI (Pulmonary Embolism Severity Index) está compuesto de 6 variables (suman 1 punto cada una): 1) Edad mayor a 80 años; 2) Antecedentes de cáncer; 3) Historia de enfermedad cardiopulmonar crónica; 4) Frecuencia cardiaca (FC) > 110 x'; 5) Presión arterial sistólica < 100 mmHg y 6) Saturación de oxígeno < 90%. Pacientes con score de 0 son catalogados de bajo riesgo, mientras pacientes con score de 1 o más como de alto riesgo. El valor predictivo positivo y negativo (VPP y VPN) del score para mortalidad a 30 días fue de 10,9 y 99% respectivamente, en el estudio de Jiménez et al21. Por ende, sirve para identificar con certeza pacientes de bajo riesgo susceptibles de tratamiento convencional, eventualmente ambulatorio sin tener que recurrir a otros estudios de imagen o biomarcadores.

2. Electrocardiograma (ECG)

Los hallazgos que sugieren sobrecarga ventricular derecha son: bloqueo de rama derecha, ondas T negativas en derivaciones V1 a V4 y el patrón "S1Q3T3" (S profunda en D1, Q en D3 y T negativa en D3). En el registro MAPPET, aquellos pacientes que presentaban al menos una alteración electrocardiográfica (arritmias auriculares, bloqueo completo de rama derecha, ondas Q en D3 y aVF y alteraciones del segmento ST en derivaciones precordiales) tenían una mortalidad hospitalaria de 29% comparada con sólo 11% de aquellos que no presentaban anormalidades (OR 2,56, p < 0,001)22. En el estudio de Punukollu et al, la presencia de ondas T invertidas en derivaciones V1 a V3 fue el hallazgo de mejor rendimiento para identificar disfunción ventricular derecha con una sensibilidad de 75% y una especificidad de 88%, VPP y VPN de 86 y 78%, respectivamente23. Así, el ECG puede constituir una herramienta de screening inicial de bajo costo y ampliamente disponible.

3. Ecocardiograma

Si bien no existen criterios estandarizados para definir la disfunción del VD, el ecocardiograma es probablemente la mejor imagen para evaluarla. Los hallazgos más relevante en este sentido son: 1) Hipoquinesia y dilatación del VD; 2) Aplanamiento o movimiento paradojal del septum interventricular; 3) Regurgitación tricuspídea; 4) Hipertensión pulmonar determinada por velocidad del jet de regurgitación mayor a 2,6 m/seg; 5) Pérdida de colapso de la vena cava inferior24 y 6) Relación del diámetro final de diástole del VD/VI mayor a 0,925. En la revisión sistemática de Sánchez et al, el riesgo relativo (RR) de mortalidad para pacientes con disfunción ventricular derecha ecocardiográfica fue 2,53 veces mayor que la de aquellos sin criterios de disfunción del VD. El VPP, sin embargo, fue sólo de 58%26.

4. Tomografía axial computada (TAC) de tórax

Una relación entre los diámetros del VD/VI mayor a 0,9 se ha asociado a mayor mortalidad(27,28), sin embargo, la información sigue siendo poco concluyente. En el metaanálisis de Coutance et al29 que incluyó a 503 pacientes, el riesgo de mortalidad no fue significativamente mayor en pacientes con evidencias de disfunción ventricular derecha en el TAC (OR 1,54, IC 95% 0,7 a 3,4). Utilizar este tipo de información tiene la ventaja de estratificar el riesgo con datos adquiridos en la imagen diagnóstica inicial.

5. Biomarcadores

Niveles elevados de troponina y péptido natriurético cerebral (conocido por su traducción al inglés como BNP: Brain Natriuretic Peptide) han demostrado asociación con mayor mortalidad. El BNP es una hormona liberada en respuesta al estiramiento de los miocitos. Es sintetizada como prohormona inactiva (pro-BNP) que luego se divide en la hormona activa (BNP) y el fragmento terminal inactivo (NT-pro-BNP). En el metaanálisis de Klok et al. los pacientes con elevaciones de BNP y NT-pro-BNP tenían un riesgo de mortalidad 6,5 y 8,7 veces mayor que los pacientes con niveles normales respectivamente30. Sin embargo, el VPP para mortalidad es bajo, fluctuando en la mayoría de los estudios entre 10 y 20%. Esto genera dudas al momento de utilizar este marcador en forma aislada como herramienta para definir una terapia más agresiva. Este fenómeno probablemente se deba a que la elevación del BNP ocurre en otras condiciones, como insuficiencia renal, enfermedades pulmonares crónicas, insuficiencia cardiaca y edad avanzada31. Si lo vemos de forma inversa, el VPN es extremadamente alto (97-99%), por lo que cuando un paciente presenta niveles bajos de BNP o NT-pro-BNP, el pronóstico es excelente y su evolución será probablemente satisfactoria sólo con tratamiento anticoagulante32-35. Es importante destacar además que la mayoría de los estudios no estableció un punto de corte predefinido sino que éste fue determinado en forma retrospectiva mediante la construcción de curvas ROC. También hay que considerar que los niveles de BNP tardan varias horas en elevarse después de un evento agudo, lo que puede generar falsos negativos en pacientes que consultan precozmente36. Existen también diversos estudios que demuestran la utilidad de medir niveles de troponinas en la estratificación del riesgo de pacientes normotensos con TEP. En el metaanálisis más reciente que incluyó a 1366 pacientes normotensos con TEP sintomático, niveles elevados de troponina T o I se asociaron a un riesgo 4,26 veces mayor de mortalidad (IC 95% 2,13 a 8,5)37. Sin embargo, los likelihood ratios (LR) no fueron lo suficientemente negativos o positivos para determinar cambios de conducta por sí solos (LR negativo para mortalidad de 0,59 y positivo de 2,26). Una limitación importante es que los estudios utilizan distintos puntos de corte para definir troponina anormal. Los autores concluyeron que el uso combinado de troponinas y otros exámenes que evidencien disfunción ventricular derecha, como el ecocardiograma o la TAC, pudiera ser una estrategia que mejore la capacidad de predecir un peor pronóstico y justificar tratamientos más agresivos. En una reciente publicación de nuestro grupo, estudiamos los cambios de biomarcadores cardiacos en pacientes con embolia pulmonar submasiva38. Los niveles plasmáticos de NT-pro-BNP se correlacionaron directamente con disfunción del VD. Más importante, los pacientes experimentaron una reducción significativa tanto en los niveles de este marcador como en los de presión arterial pulmonar después de una trombolisis invasiva exitosa. Así, las mediciones seriadas de este biomarcador pudieran ser útiles como una herramienta de seguimiento para evaluar el éxito o el fracaso del tratamiento de la embolia pulmonar severa.

6. TVP concomitante

Como ya se mencionó, recurrencias precoces pueden agravar cuadros estables y producir colapso hemodinámico. En un estudio de cohorte prospectiva de 707 pacientes con diagnóstico de TEP, 51,2% presentó TVP concomitante. Estos pacientes tuvieron mayor riesgo de mortalidad global, 15,2 versus 6,4% (HR 2,05, IC 95% 1,24 a 3,38) y mortalidad asociada a TEP (HR 4,25, IC 95% 1,61 a 11,25) en los 3 meses de seguimiento18. En nuestra casuística de 893 pacientes sometidos a angiografía pulmonar por TAC (angioTAC) y venografía por TAC por sospecha clínica de TEP, el 16% presentaba repercusión ventricular derecha en la tomografía. De ellos, 68,5% tenía un foco embolígeno concomitante y, por ende, riesgo de una nueva embolia39.

7. Dímero D

Distintos estudios han demostrado que pacientes con dímero D elevado tienen trombos más extensos y de localización más proximal40-42. Hallazgos del registro internacional multicéntrico RIETE sugieren que también puede ser un marcador de riesgo de mortalidad precoz. En una población de 1.707 pacientes, la mortalidad a 15 días aumentaba en conjunto con los valores de dímero D. En el primer cuartil la mortalidad fue de 2,7%, comparado con 7,0% en el cuarto cuartil (OR 1,8, IC 95% 1,1 a 3,2). El VPP para mortalidad fue nuevamente bajo, sólo 7%43.

Es claro entonces que la presencia de disfunción ventricular derecha en imágenes (Eco y TAC) o biomarcadores aumenta significativamente el riesgo de mortalidad. Sin embargo, desde un punto de vista clínico, el bajo VPP de estos test genera incertidumbre al momento de decidir en base a sus resultados, una conducta terapéutica con riesgos potencialmente letales, como la hemorragia intracerebral (HIC).

Surge la posibilidad de utilizar estos hallazgos en conjunto para definir con mayor claridad cuál paciente requiere una monitorización más estricta y/o trombolisis. Si bien en algunos estudios la combinación de ecocardiograma y biomarcadores no aumentó el rendimiento de cada test por separado44, en su mayoría el uso combinado mejoró el VPP de mortalidad asociada a TEP45-47. El estudio de Jiménez et al48 evaluó la utilidad de 3 test diagnósticos (troponina I, ecocardiograma y ecografía Doppler de extremidades inferiores) para predecir el riesgo de mortalidad asociada a TEP a 30 días del diagnóstico. En dicho estudio, la combinación de ecocardiografía (o troponina si la Eco no estaba rápidamente disponible) y ecografía Doppler de extremidades inferiores, obtuvo el mejor rendimiento en términos de especificidad y VPP (mortalidad de 19,6%, especificidad de 91,3% y VPP de 25%). El uso de los 3 test en forma simultánea no mejoró significativamente el rendimiento.

Controversias en el tratamiento del TEP submasivo

Se ha discutido ampliamente el rol potencial de tratamientos agresivos, como la trombolisis, en el subgrupo de pacientes con presión arterial normal y evidencias de disfunción ventricular derecha49-53.

En el mayor estudio aleatorio realizado (MAPPET-3), 256 pacientes con TEP submasivo (definido como evidencia ecocardiográfica de disfunción ventricular derecha, hipertensión pulmonar precapilar en un sondeo derecho o nuevos signos electrocardiográficos de sobrecarga derecha) fueron distribuidos en forma aleatoria a trombolisis con alteplasa 100 mg iv en 2 h, seguido de una infusión de heparina o a placebo más infusión de heparina54. El grupo sometido a trombolisis presentó una reducción significativa del outcome primario compuesto por muerte intrahospitalaria y deterioro clínico que requiera escalar en el tratamiento (11 vs 24,6%, p: 0,006). Sin embargo, el diseño de dicho estudio permitía la apertura del protocolo ciego frente a cualquier deterioro considerado significativo por el tratante. No es extraño que la diferencia observada fuera casi completamente atribuible a un mayor número de trombolisis secundarias en el grupo asignado inicialmente a placebo.

El metaanálisis de Tardy et al incluyó a 464 pacientes con hemodinamia estable, distribuidos al azar para recibir alteplasa versus heparina55. Se observó una reducción no significativa en la mortalidad asociada a TEP o recurrencia en pacientes distribuidos al azar a recibir alteplasa (3,5 versus 4,6%, IC 95% 0,38 a 2,51). Los resultados fueron similares al analizar el subgrupo de pacientes con evidencia ecográfica de disfunción ventricular derecha.

Las últimas guías de la American Heart Association publicadas este año, señalan que la fibrinolisis puede ser considerada en pacientes con TEP submasivo con evidencia clínica de mal pronóstico (inestabilidad hemodinámica, insuficiencia respiratoria creciente, disfunción VD severa o necrosis miocárdica mayor) y bajo riesgo de complicaciones hemorrágicas (Clase IIb, Nivel de evidencia C)56.

Si revisamos los datos expuestos, la mortalidad a corto plazo de los pacientes con TEP submasivo tratados con anticoagulación no es mayor al 3-5%. Así, aunque la fibrinolisis genere una reducción relativa importante en la mortalidad (por ejemplo 30-50%), el efecto neto probablemente no supere el 1-2%. Es importante mirar otros resultados como hipertensión pulmonar crónica y calidad de vida en pacientes con TEP submasivo que han o no sido sometidos a trombolisis y las potenciales complicaciones del tratamiento trombolítico, en particular la hemorragia intracerebral (HIC).

En relación a la hipertensión pulmonar, el estudio de Kline et al, enroló a 200 pacientes normotensos, con TEP demostrado por TAC y Ecocardiograma para estimar presión sistólica de arteria pulmonar (PSAP); 162 de los 180 sobrevivientes fueron evaluados 6 meses después del evento (144 tratados con heparina y 18 con heparina más alteplasa). 27% de los pacientes no trombolizados presentó una PSAP a los 6 meses mayor que al momento del diagnóstico. Esto se asoció a una menor capacidad funcional e intolerancia al ejercicio. En el grupo trombolizado, la PSAP no fue mayor al momento del control, en ninguno de los pacientes57.

Respecto a las complicaciones hemorrágicas, las mayores alcanzan al 13% (la mayoría de ellas asociadas a sangrado en el sitio de punción de la angiografía pulmonar en estudios antiguos) y las HIC o hemorragias fatales 1,8%58. La edad sobre 70 años ha demostrado ser un factor de riesgo importante para HIC, no habiéndose descrito prácticamente casos bajo los 50 años59,60.

El estudio PEITHO (NCT00639743) iniciado el año 2009 espera reclutar 1.000 pacientes con TEP y evidencias ecocardiográficas de sobrecarga ventricular derecha asociado a niveles elevados de troponina I o T. Los pacientes serán distribuidos al azar a recibir trombolisis con tenecteplasa o placebo. Los resultados de este estudio se esperan para el año 2013 y debiesen aclarar el rol de la trombolisis en este subgrupo especial de pacientes.

Conclusiones

Existe un subgrupo de enfermos con macrohemodinamia normal pero con disfunción ventricular derecha, lo que les confiere un mayor riesgo de morbimortalidad.

La presencia de variables clínicas como shock o hipotensión, por un lado, y la ausencia de otras como aquellas especificadas en el score sPESI, permiten identificar pacientes con TEP de muy alto o muy bajo riesgo respectivamente y orientar el tratamiento en forma concordante61.

El uso de imágenes y biomarcadores podría ayudar a identificar a un subgrupo de enfermos con mayor riesgo que justifique una monitorización estricta y un manejo más agresivo (trombolisis). El bajo valor predictivo positivo de cada uno de estos exámenes no ha permitido aun identificar con claridad cuales pacientes normotensos pudieran beneficiarse de este tipo de terapia. Por otra parte, su uso combinado parece mejorar nuestra capacidad de identificar a estos pacientes.

La decisión de ofrecer o no tratamiento trombolítico a pacientes con TEP submasivo debe basarse no sólo en el análisis de los potenciales beneficios, sino también en el de las complicaciones hemorrágicas.

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Recibido el 29 de diciembre de 2011, aceptado el 9 de mayo de 2012.

Correspondencia: Dr. Max Andresen H. Departamento de Medicina Intensiva. Facultad de Medicina PUC. Marcoleta 367, 4° piso, Santiago, Chile E-mail: andresen@med.puc.cl

Conflictos de Intereses:

Marcelo Mercado.

Max Andresen.

Andrés Aizman.

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