SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.145 issue12Useful tools and methods for literature retrieval in pubmed: step-by-step guide for physiciansSevere leg edema associated with the use of dopaminergic drugs in Parkinson's disease. Report of one case author indexsubject indexarticles search
Home Pagealphabetic serial listing  

Services on Demand

Journal

Article

Indicators

Related links

  • On index processCited by Google
  • Have no similar articlesSimilars in SciELO
  • On index processSimilars in Google

Share


Revista médica de Chile

Print version ISSN 0034-9887

Rev. méd. Chile vol.145 no.12 Santiago Dec. 2017

http://dx.doi.org/10.4067/s0034-98872017001201619 

Historia de la Medicina

Semblanza del Profesor Ramón Ortúzar Escobar. Presentada en el XXXVII Congreso Chileno de Medicina Interna

Semblance of Professor Ramón Ortuzar Escobar. Presented at XXXVII Internal Medicine Congress, 2016

José Manuel López Moreno1 

1Profesor Titular Emérito Facultad de Medicina Pontificia Universidad Católica de Chile. Santiago, Chile

Con gran ánimo y disposición he aceptado la invitación extendida por la Sociedad Médica de Santiago para presentar ante esta audiencia, con ocasión del homenaje que ella hace a miembros distinguidos ya fallecidos, una semblanza del Profesor Ramón Ortúzar Escobar.

Como es de sana usanza develar potenciales conflictos de intereses por parte del presentador, yo declaro, en calidad de discípulo del homenajeado, tener una enorme deuda de reconocimiento y gratitud para quien fuera uno de los dos maestros que más influyeron y moldearon mi formación como médico.

Hablaré entonces de Don Ramón, en el mundo un caballero a plenitud, de la medicina interna gran señor, y en la universidad un docente de vocación sin reservas. Lo identifico como Don Ramón, aunque fue sin duda doctor y profesor. Me explico: El doctorado o el profesorado expresan el reconocimiento que una institución académica otorga en respuesta a un historial de cumplimiento con calidad y dedicación, y ello el Profesor Ortúzar lo satisfizo con creces. El uso del Don, al contrario, va ligado espontáneamente y sin solicitud, a la excelencia en las condiciones humanas y profesionales de quien es referente de ese trato.

Una breve descripción biográfica anota que el Profesor Ortúzar nació como hermano gemelo el 7 de noviembre de 1914 en la familia de siete hijos, dos mujeres y cinco varones, de don Enrique Ortúzar Vergara y la Sra. Laura Escobar Smith.

A su vez, él casó con dona Pelagia Aldunate Lyon y fueron padres de diez hijos, 5 varones y 5 mujeres.

Sus estudios los hizo en el Instituto Andrés Bello, colegio con pedagogía no tradicional para la época, obteniendo al final de la educación secundaria el puntaje máximo en el Bachillerato.

Ingresó el año 1933 a la naciente Escuela de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile, que al contar, a la sazón, con sólo los dos primeros años de la carrera, obligaba a los alumnos a proseguir sus estudios en la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile; al término de estos recibió el premio Clin, instituido en 1907, que distinguía al mejor egresado de cada promoción y que consistía en una caja de material quirúrgico de valor equivalente a 1.200 francos de la época. Este premio se otorgó durante 40 anos ininterrumpidos, hasta que la Sociedad Médica, sin apellido, que albergaba a internistas y cirujanos, devino en 1934, durante la presidencia del Dr. Alejandro Garretón Silva, en la Sociedad de Medicina Interna.

Al inicio de sus estudios tuvo como compañeros de clase a los que posteriormente fueran connotados médicos, como el Dr. Ramón Florenzano (cardiólogo), el Dr. Miguel Ángel Solar (ex Director del Hospital J.J. Aguirre), el Dr. Fernando Rodríguez (obstetra) y el también, más tarde sacerdote y hoy Arzobispo Emérito, Dr. Bernardino Piñera.

Fue precisamente Monseñor Piñera quien relata de su puño y letra: “al acercarse el tiempo de los exámenes en primavera yo me trasladaba el día entero a la casa de Ramón en la calle Huérfanos, (la verdad Compañía 1725), y juntos preparábamos todos los exámenes. A él lo llamaban a examinarse un poco antes que a mí y se sacaba los 15 puntos máximos. Yo venía después y sacaba los puntos que podía, sin acomplejarme”.

Apenas recibido de médico se hizo acreedor de una beca de dos años de duración de la Organización Panamericana de la Salud, que le permitió completar su formación con un internado en los Estados Unidos de Norteamérica, Nueva York, durante la guerra mundial en los años 1939 y 1940; esta estadía lo marcó profundamente en su manera de hacer clínica a la usanza norteamericana, que ya comentaré.

A su regreso a Chile trabajó en el Hospital San Vicente de Paul, bajo la dirección del profesor Prado Tagle, y a la vez se incorporó a la Escuela de Medicina de la Universidad Católica durante 3 años como ayudante de Fisiopatología, para en 1943 ser nombrado docente de la Cátedra de Medicina Interna del Profesor José Manuel Balmaceda, el cual, en 1949, regresa a la Universidad de Chile y permite que el Dr. Ortúzar acceda como titular de esa Cátedra, cargo que mantuvo con distintas denominaciones por 42 años, hasta su retiro en 1987.

En su vida profesional tuvo activa participación en la Sociedad Médica de Santiago que hoy le rinde homenaje, la cual presidió los anos 1955 y 1956, y la que lo reconoció como miembro honorario a partir de 1981. También fue distinguido como miembro honorario de la Academia de Medicina del Instituto de Chile; su discurso de ingreso el 4 de septiembre de 1991 fue un sentido homenaje al Profesor Hernán Alessandri Rodríguez.

En la Universidad Católica tuvo una destacada actividad. En 1955, inicia la enseñanza del laboratorio clínico, para que los internistas supieran interpretar y evaluar los exámenes. En 1960, en su calidad de Jefe de Servicio, decidió estimular la formación de especialistas, creando los laboratorios de Nefrologĩa y de Nutrición y Diabetes, que permitieran apoyar la asistencia, la docencia e iniciar una incipiente investigación clínica, en fructífera colaboración, más tarde, con la Universidad de Columbia de Estados Unidos.

Fue elegido Decano por el período 1972-1975, ante la renuncia del titular Dr. Hugo Salvestrini, con una votación triestamental ponderada favorable de 84%, que le encargó guiar a la Facultad en tiempos de grave conflicto social en el país y la propia universidad.

Uno de estos problemas lo constituía en 1972 la pretensión del Rector de la Universidad, Sr. Fernando Castillo Velasco, de vender el Hospital Clínico de calle Marcoleta y trasladar la enseñanza de la medicina al sector público de la salud, todo ello acicateado por las enormes dificultades económicas que sufría el país y la Escuela de Medicina. Su defensa del entonces pequeño hospital fue tenaz y sin tregua; persistió en su cruzada con el nuevo rector, Vicealmirante Jorge Swett Madge, con quien había sido compañero de curso del colegio Andrés Bello, y con el que mantuvo una relación de confianza pero gran independencia. El renovado, moderno y expandido centro asistencial y docente de hoy de la calle Marcoleta es prueba palpable de que lo hecho fue correcto y visionario.

En su decanato se fortaleció la relación docente-asistencial con el Hospital Sótero del Río, que se mantiene en excelente pie hasta hoy, y oficializó un convenio con el Hospital de Talca que redundó en positivos frutos para ambas partes.

En 1974, participó activamente en el proceso de departamentalización de la Escuela de Medicina, que reemplazó la estructura tradicional de cátedras. Con generosidad y apertura apoyó las nuevas ideas y las defendió como Decano ante el reticente Consejo Superior de la Universidad, vislumbrando que el nuevo organigrama generaría un constante y acelerado proceso de desarrollo de la aún joven escuela de medicina.

En una de las sesiones de dicho Consejo Superior, ante la proposición de cambio que se discutía, el Decano Ortúzar manifestó: “la proposición más negativa sería rechazar lo presentado y no proponer nada en este momento….como decano lo digo, tenemos la obligación de poner el proyecto en marcha, de observarlo, de analizarlo, de hacer las observaciones que nos merezcan y en el caso que sea necesario, revisar esta infraestructura que hoy dia, tentativamente, hemos propuesto. Pienso que es lo razonable en este momento, y que lo contrario sería mantener una situación que no está definida y que constituye una verdadera fuente de conflicto permanente en la Escuela de Medicina”.

No se necesitaron muchos años para palpar que lo que pensaba y por lo que luchó era ya una realidad muy positiva. Me cupo vivir personalmente el proceso de la nueva departamentalización al fundar el Departamento de Endocrinología. Sentí el cariñoso respaldo de Don Ramón y su consejo amigable fue “José Manuel aventúrese en la endocrinología pero nunca olvide o deje de lado la Medicina Interna”.

Un hecho evidente del carácter de Don Ramón era su genuino interés y dedicación a la docencia, que se expresaba día a día en la discusión clínica al lado de la cama del paciente con alumnos y becados, enseñando la forma de alcanzar un raciocínio lógico, develar un diagnóstico acertado, y desarrollar habilidades. Como dijo Cicerón: “una cosa es saber (y vaya que sabía Don Ramón); otra muy distinta es enseñar”.

Dos de los elementos distintivos de la metodología docente empleada eran el fuerte componente fisiopatológico con que vestía su discusión diagnóstica, lo cual nos instaba a incorporar y desarrollar, y luego la lógica del raciocinio con que construía sus diagnósticos, siempre sobre datos o hechos ciertos y comprobables, más allá de síndromes alambicados y nombres propios, tan comunes entonces, y que muchas veces escondían ignorancia más que verdadero conocimiento. Creo que esta pureza del pensar la importó desde EE.UU. y la desarrolló y apoyó con su bagaje fisiopatológico.

Don Ramón no dictaba clases magistrales teóricas, eso lo dejaba a sus docentes ayudantes. Como dije, su labor se desarrollaba en el pequeño entorno de una cama con un paciente, un grupo de 5 a 6 ávidos estudiantes y una mañana disponible sin prisas. Este esquema docente lo llamaba el “paso práctico”, que se impuso en 1949 y perdura hasta hoy. Esa enseñanza la he sintetizado como la metodologia de las “eses”. La primera “S” era la del Síntoma: había que buscar primero, a través de la escucha respetuosa del paciente, y luego de un interrogatorio completo y exhaustivo el o los síntomas que estaban develando el origen o al menos la ubicación del problema. Contra preguntar sin inducción de la respuesta, acotar, certificar el real significado idiomático de lo expresado por el enfermo, describir las características del hecho, darle ubicación temporal y espacial, y cuando ya lo obtenido estaba ordenado como un todo coherente, trascribirlo correctamente para entendimiento de otros.

La segunda “S” era la del Signo. Para ello, respaldado por un examen físico ordenado y completo, se insistía y ampliaba la semiología del área que decía relación con la primera “S”. Los que tenemos más anos en el cuerpo y en el alma recordaremos como ante una fiebre elevada y prolongada debíamos buscar como signos la disociación parcial entre temperatura y taquicardia, la halitosis, la lengua saburral de borde limpio, la esplenomegalia tenue, las roséolas del abdomen distendido y las plantas amarillas de los pies. Así emergía el diagnóstico de fiebre tifoidea; el laboratorio de apoyo demoraba entonces mucho en llegar, pero el diagnóstico estaba hecho.

La tercera “S” era la del saber, sin lo cual lo anterior se difuminaba y conducía al error. Cada síntoma y signo era discutido en su alcance fisiopatológico para dar solidez al planteamiento. Esa discusión develaba si los alumnos estudiaban concienzuda y regularmente; por ejemplo, escuchar un refuerzo pre-sistólico del primer tono cardiaco negaba que la arritmia detectada en el pulso fuese una fibrilación auricular (allí se conjugaban las “S”; la palpitación declarada en la anamnesis, la arritmia detectada en el pulso, el conocimiento que la contracción auricular se expresa en el refuerzo pre-sistólico).

La última “S” era la solución al problema, que abarcaba las recomendaciones generales y dietéticas y el tratamiento propiamente tal, farmacológico o quirúrgico.

La calificación de los alumnos no emanaba de una prueba específica si no de lo demostrado día a día. Si el rendimiento no iba bien aparecía el consejo y la reconvención oportuna del profesor Ortúzar.

Lo descrito en el aprendizaje como alumno, cobraba otra dimensión cuando se alcanzaba la condición de becado del programa de Medicina Interna. Allí Don Ramón tomaba un talante de más camaradería y algo distendido; trasuntaba con frecuencia la satisfacción que le producían esos médicos jóvenes modelados y enseñados por su tesón docente. Como el cupo para becados era reducido, dos por año, permitía una interacción de gran provecho entre los alumnos y el profesor.

La otra vertiente de la enseñanza era la reunión de Anatomía Patológica donde se ponían a prueba las conclusiones de las discusiones sostenidas en vida del paciente. Don Ramón allí mostraba su pensamiento lógico, progresivo y ordenado que terminaba, la más de las veces, en una explicación diagnóstica certera.

En lo personal Don Ramón fue un caballero a cabalidad; resaltaba su dedicación y disciplina sin desmayos y un talante estoico. Era persona de vestir pulcro, modales sin reproche, hablar cuidadoso y educado, y sonrisa solo esbozada ante una buena salida.

Sus intereses, allende la medicina, eran variados, pero unidos por el disfrute de la naturaleza.

Así, el montañismo era afición suya muy querida que lo llevó, junto al entonces importador de los equipos de ese deporte el suizo Otto Fenninger, el Dr. Riesco y su cuñado Alfonso García Huidobro, entre otros, a formar un grupo estable de cultivadores de ese deporte; fueron los primeros en subir al cerro el Plomo, y no descubrieron la momia, hallada posteriormente, porque tomaron una vía equivocada al final del ascenso que los alejó de encontrarla. Escalar el cerro San Ramón al menos una vez al mes, le permitía mantenerse en buenas condiciones físicas.

También el sky llenaba su gusto; inició este deporte en pareja con Don Agustín Edwards Mc Clure, subiendo en burro por el camino a Farellones, y el último tramo a pie portando el equipo y una carpa para pernoctar.

No faltó tampoco la pesca en el sur y el buceo con tanques auxiliares de oxígeno en la costa de Algarrobo en compañía de su amigo Gonzalo Domínguez; estas horas de esparcimiento tenían la recompensa de obtener gran cantidad de erizos para satisfacción de toda la familia. Don Ramón y su amigo innovaron trayendo el primer compresor que les permitió mayor seguridad en la inmersión al recibir aire desde el bote madrina.

Por último, con su hermano gemelo Enrique tuvieron clases de box y contiendas competitivas.

Espartano en su alimentación, desarrolló a cabalidad lo que hoy se pregona y estimula bajo la denominación de hábito de vida saludable.

Su temple moral y solidario quedó expuesto en algunas situaciones que me permito traer hoy día a vuestro conocimiento. Don Ramón con tenacidad y decisión salvó la vida de un médico exalumno suyo, condenado a fusilamiento en los aciagos días de nuestra patria. Su tesón y hombría de bien no desmayó ante las negativas iniciales respecto de una determinación que tenía plazo en horas; logró el día postrero que ese colega fuera deportado a Holanda el cual goza hoy de buena salud.

Cuando supo que la autoridad pretendía allanar el domicilio del rector Castillo Velasco, junto a otros académicos logró impedir tal desaguisado. No fueron estos los únicos ejemplos en que personas salvaron de mayores desgracias debido a Don Ramón. Su natural pundonor lo hacía mantener en reserva este tipo de información.

Recuerdo también en esos tormentosos días, cuando la casa central de la Universidad Católica, a la sazón tomada por los mineros de Sewell, era el lugar de batallas entre las fuerzas policiales, alumnos y mineros, de magnitud y gravedad crecientes. En una de esas escaramuzas donde la situación era muy amenazante el Decano Ortúzar me pidió acompañarlo a la calle para hablar con el oficial de la policía a cargo, para liberar a los alumnos de medicina detenidos y hacerse cargo del problema, pidiendo calma y mesura a sus pupilos. Con tino y firmeza pudo solventar la situación.

Don Ramón formó con su esposa, la sra. Pelagia Aldunate, una familia de diez hijos, uno de los cuales es médico, y de ellos derivó una pléyade de nietos.

La confluencia de una madre con formación británica estricta (“keep your feelings for your own soul” era uno de sus dichos) y un padre disciplinado, pero capaz de la emoción y la tolerancia, creó un nexo de hermandad entre sus hijos que hasta el día de hoy se cultiva, aunque ya faltan 3 de los 10 iniciales. La hermandad no fue óbice para que esos hijos se dispersaran por el espectro variopinto del pensamiento y el compromiso socio-político, a la sazón tan vigente. Los almuerzos de fin de semana transformaban la mesa familiar en una cámara de diputados, con los argumentos y discusiones fáciles de imaginar para aquel tiempo.

Contribuyó a este espíritu de hermandad, muy vivo en el recuerdo de todos, las excursiones familiares de verano en campamento, sin ayuda de terceros, en que exploraban el sur de Chile durante un mes. El espíritu de familia crecía y se asentaba.

También, don Ramón no estuvo eximido de vivir dolorosos trances provocados por la muerte de un hijo fruto de los tiempos convulsos en que sucedió y la de sus dos hijas gemelas por razones médicas. Cuando fue padre de esas hijas, en su escritorio encontró dos pares de botitas de lana y dos chupetes lo que disfrutó en grande.

Esas vivencias dolorosas se incrustaron en él y las supo llevar con resignación apoyado en su fe.

Su sensibilidad afloraba también en sus escritos personales dedicados con gran carino a su esposa; una muestra de ello es este párrafo escrito en el otoño tardío de su vida y que concluye así: “Mirando hacia adelante, el sendero se estrecha, y allá, a los lejos, veo una cuesta empinada. No importa, esposa mía, bagaje aún nos queda, y cariño y confianza para muchas jornadas”.

Como corolario, Don Ramón recibió también el premio Monckeberg y fue nombrado por el Vaticano Caballero Comendador de la Orden de San Silvestre Papa en 1980. Así fue don Ramón.

Agradezco a la Sociedad Médica de Santiago esta oportunidad de hacer una semblanza de alguien por el cual, como dije, tuve un gran afecto y admiración. Como escribió Jorge Luis Borges: “Hay algo que no debería existir: el olvido”; mis palabras pretenden que aquello no ocurra.

He querido traer al presente un bosquejo de la calidad humana y profesional del Profesor Ortúzar, don Ramón, de su rectitud y de su hombría de bien. Si cien testigos constituyen 100 verdades, imaginen cuanta verdad hay en el testimonio de cuarenta y dos generaciones de médicos que lo tuvieron como maestro.

Muchas gracias.

Creative Commons License This is an Open Access article distributed under the terms of the Creative Commons Attribution License, which permits unrestricted use, distribution, and reproduction in any medium, provided the original work is properly cited.