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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449versión On-line ISSN 0717-6295

Teol. vida v.41 n.1 Santiago  2000

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492000000100003 

Rodrigo Polanco Fermandois
Profesor de la Facultad de Teología
Pontificia Universidad Católica

El milenarismo de Ireneo o teología
antignóstica de la caro capax Dei

El tema del milenio aparece en la obra de Ireneo de Lyon en los últimos capítulos de Adv. haer. (V,31-36). Nuestro propósito aquí es intentar una interpretación de esos capítulos y una ubicación de ellos dentro de la teología del obispo. Pero antes de eso, es necesario hacer una breve descripción de lo que allí plantea.

1. DESCRIPCION DEL MILENARISMO DE IRENEO

El Lugdunense comienza reafirmando lo esencial del tema que está tratando a lo largo de todo el libro V de Adv. haer., es decir, de la resurrección de la carne. Dice, en efecto:

Por lo tanto, como nuestro Maestro no partió volando inmediatamente (1), sino que esperando el tiempo de su resurrección definido por el Padre… después de tres días resucitó y fue asunto (a los cielos), así también nosotros debemos esperar el tiempo de nuestra resurrección definido por Dios y anunciado por los profetas; y así resucitados, ser asuntos (a los cielos) los que el Señor estimare dignos de ello (V,31,2).

Aquí se afirma que el hombre ha de seguir en todo a su Maestro (Lc 6, 40), particularmente en el misterio de su resurrección. Tal como Cristo resucitó después de tres días, nosotros también, luego de un tiempo de reposo en el sepulcro, habremos de resucitar, cuando sea el tiempo estipulado por Dios.

Luego continúa con su argumentación, esta vez más explícitamente centrada en sus adversarios gnósticos (2). El texto es extraordinariamente importante para comprender el centro de su argumentación. Dice así:

Así pues, algunos se dejan llevar (a error) por los discursos heréticos, y desconocen las economías de Dios y el misterio de la resurrección y del reino de los justos, que es el preludio de la incorruptibilidad (principium incorruptelae), mediante el cual reino, los que fueren dignos, se habitúan paulatinamente a aprehender a Dios (paulatim assuescunt capere Deum) (V,32,1).

Su interés es destacar que dentro de las economías de Dios –concepto clave en su teología (3)– el hombre debe habituarse paulatinamente a "aprehender" a Dios. Este paulatino acostumbramiento requiere de tal manera un tiempo y etapas sucesivas que, incluso después de resucitados, los hombres habrán de contar todavía con un tiempo para prepararse a la visión definitiva del Padre. A continuación explica a qué se refiere con ese "preludio de la incorruptibilidad":

Es preciso declarar acerca de estas cosas (las economías de Dios) que, en esta creación renovada, los justos resucitados ante la aparición del Señor, en primer lugar han de recibir en cumplimiento la herencia prometida por Dios a los patriarcas y han de reinar en ella; y solo después ha de tener lugar el Juicio de todos. Justo es, efectivamente, que en la creación misma en que trabajaron o fueron afligidos… reciban los frutos del sufrimiento; y en la misma creación en que padecieron la muerte a causa del amor de Dios, en esa misma sean también vivificados… Es necesario por lo tanto, que la propia creación, restituida a su régimen primero (redintegratam ad pristinum), sin obstáculos sirva a los justos (V,32,1).

Vemos pues que la economía de Dios para el final de los tiempos comienza con la vuelta del Señor. Esta parusía no es la del juicio final, sino que es una "intermedia" entre su venida encarnada (4) y aquella final. En esta segunda venida entonces, con motivo de la aparición del Señor, la creación entera será renovada y allí resucitarán solo los justos, los cuales comenzarán a reinar en esta nueva creación. Allí recibirán también el premio por sus sufrimientos y una vida acorde con esa renovación. Es el reino o reinado de los justos. El motivo de este estado paradisíaco es la fidelidad de Dios. En efecto, Yahveh había prometido a los patriarcas una herencia, no la recibieron en su vida, no la pueden recibir en condición de "almas separadas", han de recibirla entonces en una creación renovada. Lo confirma Ireneo, a continuación, citando las promesas hechas a Abrahán (Gén 13, 14-15.17; 15,18) no cumplidas en su vida (Adv. haer. V,32,2). Se quiere destacar con esto que tanto la creación como el hombre completo (= carne) pueden y deben recibir una vida renovada para recrear el estado primitivo de sometimiento de la tierra al hombre. Ahora bien, restituir la creación a su estado "prístino" manifiesta la bondad fundamental de la materia, como que había sido fabricada por las manos del Padre, esto es, por su Verbo y su Espíritu (Adv. haer. IV, 20,1) (5).

Esto del cumplimiento de las promesas lo ratifica un poco más adelante, luego de aducir algunos pasajes bíblicos (entre otros Rom 8, 19-21; Gal 3, 6-9; Mt 5, 5) que apoyan su reflexión:

Por eso, llegando (Jesús) a la pasión, para anunciar a Abrahán y a sus acompañantes la buena noticia de la apertura de la herencia, habiendo dado gracias sobre el cáliz, bebió de él y se lo dio a los discípulos diciéndoles: "… os digo: desde ahora no beberé del fruto de esta vid hasta el día aquel en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre" (Mt 26, 29). Renovará, en efecto, él mismo la herencia de la tierra y restituirá el misterio de la gloria de los hijos (6). Prometió beber del fruto de la vid junto con sus discípulos, dando a entender ambas cosas: tanto la herencia de la tierra en la cual se bebe el nuevo fruto de la vid, como la resurrección carnal (carnalem resurrectionem) de sus discípulos. Porque la carne que resurge nueva, esta misma es la que gusta también el nuevo cáliz (7) (V,33,1).

Basado en la promesa de la última cena (Mt 26, 27-29) confirma ahora con más claridad el objeto de este tiempo intermedio entre la segunda venida y el juicio final: reforzar la realidad de la resurrección de la carne con la experiencia de un tiempo de vida en esta misma creación ahora renovada, pero en absoluto cambiada en sus elementos constitutivos esenciales.

Tan importante le parece este aspecto casi "materialista" del reino de los justos que lo continúa explicando ahora basado en la tradición que recibió, tanto de los presbíteros de Asia que vieron a Juan, como del mismo Papías (8). Recuerda Ireneo:

Los presbíteros, que vieron a Juan el discípulo del Señor, recuerdan haberle oído cómo, acerca de aquellos tiempos, enseñaba el Señor y decía: "vendrán días en los cuales nacerán viñas: cada una tendrá diez mil cepas, y cada cepa tendrá diez mil sarmientos, y cada sarmiento tendrá diez mil racimos, y cada racimo tendrá diez mil granos, y cada grano exprimido dará veinticinco metretas de vino (9) … Igualmente también el grano de trigo producirá diez mil espigas … Los restantes frutos, semillas y hierbas seguirán esta misma proporción. Y todos los animales, usando esos alimentos tomados de la tierra, se harán pacíficos y vivirán en armonía unos con otros, sujetos en todo a los hombres" (V,33,3).

Para comprender el sentido de esta citación es importante notar que Ireneo la reporta como palabras del mismo Señor que confirman las profecías de Isaías 11, 6-9. Y citando a Papías –"oyente de Juan, compañero de Policarpo y hombre venerable"– dice que "el traidor Judas permanecía incrédulo y preguntaba: ¿Pero de qué modo van a ser producidos por el Señor tales frutos?". A lo cual respondió Jesús: "lo verán los que lleguen a ello". De modo que no es cosa de creer o no creer en este reinado de los justos. Es parte de la venerable tradición recibida de los apóstoles, que se guardaba celosamente en su tierra natal (10). Sin embargo, su preocupación no está centrada en este aspecto "materialista" del reino de los justos, sino en las economías de Dios. De allí que, luego de alegar una lista de pasos bíblicos, continúa su descripción con un texto que es de mucha significación:

Pero si algunos intentan alegorizar (temptaverint allegorizare) tales cosas (los pasajes recién mencionados), no podrán llegar a un acuerdo entre sí sobre todas las cosas, y la letra misma les convencerá del error (suyo)… En efecto, todas estas cosas fueron dichas sin ninguna duda con respecto a la resurrección de los justos, que será después del advenimiento del Anticristo y de la perdición de todas las naciones sujetas a él. En la cual (resurrección) reinarán los justos en la tierra, creciendo por la visión del Señor (crescentes ex visione Domini). Y por su medio (del Señor), se acostumbrarán a aprehender la gloria de Dios Padre (et per ipsum assuescent capere gloriam Dei Patris), y viviendo con los santos ángeles, aprehenderán en el reino la comunión y unidad de los espirituales. Y en cuanto a los que el Señor hallará en carne (= vida), esperando su venida de los cielos, y habiendo padecido tribulación… acerca de ellos es que el profeta dice (Is 6, 12): "Y los que queden (derelicti) se multiplicarán en la tierra". Y todos aquellos que de entre las naciones preparó Dios para multiplicar en la tierra a "los que queden", y someterse al reino de los santos, y servir a Jerusalén, y ser reino en ella, los significó así … (Bar 4, 36-5,9) (V,35,1).

El pasaje comienza rebatiendo toda posible interpretación alegórica de los pasos bíblicos que ha utilizado, particularmente los textos proféticos. Esto con una clara intención antignóstica. En efecto, la interpretación literal de la Escritura es uno de los caminos que privilegia Ireneo en su lucha contra sus tradicionales adversarios (11). Luego resume lo que ha dicho en los capítulos anteriores: los textos bíblicos aducidos se refieren todos a la resurrección de los justos, que tendrá lugar con posterioridad a la venida del Anticristo y su consiguiente condenación y lanzamiento al lago de fuego. Junto a él irán todos los que lo siguieron, es decir, todos los impíos que no creyeron en Cristo (Adv. haer. V,28,2) (12). Efectivamente, tal como la recapitulación de todas las cosas en Cristo es el resumen de todo bien, el Anticristo es el resumen de todo mal, por lo que es justamente condenado. De modo que una vez que haya llegado a su culminación la maldad del Anticristo "vendrá de los cielos el Señor, entre nubes, en la gloria del Padre, para arrojarle a él y a sus seguidores al lago de fuego e implantar para los justos los tiempos del reino" (Adv. haer. V,30,4).

A continuación, sin embargo, Ireneo explica mejor la razón de ser del reino de los justos. Tres son sus motivaciones: para que los justos puedan todavía crecer por la visión del Señor; luego, precisamente por medio del Señor, se acostumbrarán a aprehender la gloria del Padre; y, junto con los ángeles, viviendo en comunión con ellos, lograrán las características de los seres espirituales –esto es comunión del Espíritu con la carne y dominio del Espíritu sobre la carne–, pero evidentemente viviendo en la carne. Es decir, en el reino de los justos, estos, viendo al Verbo encarnado con su carne rutilante (13) y por medio de él, alcanzarán también en su carne la comunión del Espíritu. Sin perder la sustancia de la carne pasarán a ser "espirituales" con un absoluto dominio del Espíritu de Dios sobre la carne del hombre (14). Y todo esto en la misma creación ahora repristinada.

Termina el pasaje agregando a los justos en el reino, dos categorías más de hombres. En todo caso, esto no es el centro del relato. Esas dos categorías son: los que quedan del antiguo Israel, creyentes en el Señor y vivos a su llegada. Estos, tal como no morirán, tampoco resucitarán, y pasarán inmediatamente a la alegría del reino. Allí se unirán en matrimonio a una tercera categoría de hombres: los paganos que Dios se había preparado para sí (también sobrevivientes a la llegada del reino). Todo esto, a fin de multiplicar los hijos de Abraham por la fe (judíos y paganos) dentro del reino de los justos y al servicio de ellos en la Nueva Jerusalén. Esto último está también en la línea del "materialismo" del reino y del cumplimiento de todas las promesas hechas por los profetas (15). Justamente, si se beberá una bebida nueva prometida por Jesús, también se podrá multiplicar todavía la raza humana –según lo prometido por Isaías– a fin de completar el número de los justos. Ahora bien, esto que "sirvan a Jerusalén" lo explica enseguida.

En efecto, continúa Ireneo:

Pero todas estas cosas no pueden ser entendidas como referidas a las regiones supracelestes… sino como (referidas) a la tierra renovada por Cristo en los tiempos del reino y a la Jerusalén reconstruida según el modelo de la Jerusalén de lo alto (V,35,2).

Este es el final del relato sobre el reino de los justos. Muestra una vez más su intención antignóstica, esto es, aclara que lo dicho por la Escritura se cumplirá en la tierra, aunque esta en una condición ya renovada (16). Pero agrega que en el centro del reino estará Jerusalén reconstruida según el modelo de la Jerusalén de lo alto. Esta afirmación nos muestra que la Ciudad Santa, aún en su condición renovada, sigue siendo todavía solo una imagen del modelo ejemplar, que a la sazón, continuará aún en lo alto. Esto manifiesta con fuerza el carácter transitorio del reino de los justos sobre la tierra. Y para Ireneo, eso significa que este tiempo es solo un peldaño que conduce todavía más allá. Por esa misma razón puede colocar un grupo de hombres "sirviendo a Jerusalén", ya que ese servicio a los justos y a Jerusalén no es sino la renovación del culto existente en la Antigua Alianza, donde los levitas servían a los sacerdotes en el culto de Dios, "aprendiendo por medio de figuras" (Adv. haer. IV,14,3). Ese culto era también una imagen de las cosas celestes (Adv. haer. IV,19,1). Como se ve, son factores que muestran el carácter transitorio del reino de los justos sobre esta tierra y su finalidad de cumplimiento de lo prometido por el Señor, como también es un volver a la condición adámica previa al pecado (Adv. haer. V,34,2).

La pregunta que aún queda es acerca de la duración de este reino de los justos. En los textos hasta ahora citados no se ha dicho una palabra sobre el tema. Sin embargo, se lo puede deducir a partir de otros dos pasos del mismo libro V. Justamente, Ireneo afirma en V,28,3: "Según los días en que fue hecho el mundo, serán los milenios que tarde en ser consumado... como en seis días se consumó lo creado, es claro que su consumación será el año seis mil". Y en V,36,3: "De acuerdo con la Escritura del Génesis, la consumación de este siglo será el día sexto, esto es, el sexto milenio de años; y después (viene) el séptimo, el día de descanso... esto es, el séptimo milenio de años del reino de los justos, en el cual (los justos) se disponían para la incorruptibilidad (praemeditabuntur incorruptelam), después que hubiere sido renovada la creación para quienes fueron conservados a tal fin (de prepararse para la incorruptibilidad)". No quedan dudas entonces que Ireneo plantea el reino de los justos con una duración de mil años. La cronología hebdomadaria la toma de Gen 2,1-2; la aplicación a los milenios la descubre en 2 Pe 3,8 y Sal 90,4; el descanso del hombre en este reino lo encuentra en Sal 132,14; 118,20 y en Mt 26,29; y la doble resurrección la deduce de Jn 5, 25.28-29, interpretándolo como un primos… deinde sic… de carácter temporal (17). En ese sentido Ireneo es un "milenarista".

Pues bien, el Milenio es solo un interregno ya que luego de los mil años hay todavía más. El Lugdunense continúa así su reflexión:

Juan la vio (a la Jerusalén celestial) en el Apocalipsis descendiendo sobre la tierra nueva. En efecto, después de los tiempos del reino –dice– "vi un gran trono blanco…" (Ap 20, 11). Y expone las cosas que pertenecen ya a la resurrección general y al juicio… Y cuando hayan pasado estos (el cielo y la tierra con la figura de este mundo), dice Juan, el discípulo del Señor, que sobre la tierra nueva descenderá la Jerusalén de lo alto, como una esposa adornada para su marido; y esta es la tienda de Dios en la que habitará Dios con los hombres. Imagen de esta Jerusalén era la Jerusalén de la tierra precedente, en la cual los justos se disponían para la incorruptibilidad y se preparaban para la Salud; y también Moisés recibió en el monte la figura (typus) de esta tienda. Y nada de esto se puede alegorizar… porque como es verdaderamente Dios el que resucita al hombre, así también el hombre resurge verdaderamente de entre los muertos y no alegóricamente, como lo hemos demostrado por tantos medios. Y así como verdaderamente resurge, así también se dispondrá para la incorruptibilidad y crecerá y se vigorizará en los tiempos del reino, para hacerse capaz de la gloria del Padre (ut fiat capax gloriae Patris). Después, cuando todo haya sido renovado, habitará verdaderamente en la ciudad de Dios (V,35,2).

Aquí hemos llegado a lo definitivo. En efecto, una vez acabado el milenio viene el juicio final de condenación para todos los impíos. Lo afirma explícitamente en V,36,3 recordando que "Juan vio atentamente por adelantado la primera resurrección de los justos (cf. Ap 20, 5-6)". Esta es la que abría el reino de los justos o milenio. Y poco más adelante cita a Jn 5, 25.28s dándole un sentido temporal ya que "Juan dice que primero resucitarán los que obraron bien, los cuales van al descanso y después resucitarán los que irán a juicio". Esta resurrección para el juicio (cf. Jn 5, 29) es la segunda resurrección o resurrección de los impíos, cuyo objeto es su muerte y condenación definitiva, posterior al milenio (cf. Ap 20, 6.14; 21,8).

Luego de este juicio se accede a la escatología propiamente tal. Hemos llegado al paso del reino del Hijo al reino del Padre, o lo que es lo mismo, al paso de lo transitorio a lo definitivo. Las citas bíblicas que ha utilizado no dejan lugar a dudas: Ap 21, 1-4: Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; Is 65, 17-18: Habrá un cielo nuevo y una tierra nueva; 1 Cor 7, 31: Pasa efectivamente la figura de este mundo; Mt 24, 35: La tierra y el cielo pasarán (18). En este momento es cuando desciende desde lo alto la Jerusalén celeste, es decir, "el lugar" donde habitará Dios con los hombres. Se juntan aquí dos esquemas –uno horizontal (mundo transitorio-mundo definitivo) y otro vertical (descenso de la morada de Dios hacia nosotros)– para indicar una misma realidad: la llegada de la plena y definitiva comunión con Dios. Y todo lo anterior –incluido el milenio– era solo preparación para este momento culminante de toda la historia humana.

Termina el texto repitiendo una verdad que le es muy preciada y que ha guiado toda su reflexión: nada de esto que ha dicho es alegorizable. Pero lo importante es que ahora no se está refiriendo a la exégesis, sino que a la misma resurrección de la carne con su consecuente renovación del mundo. Es decir, tal como Dios es verdaderamente Dios, así también, el hombre de carne resucita verdaderamente con su carne. Y así, también, será por fin verdaderamente capaz de alcanzar la gloria del Padre y la consiguiente incorruptibilidad, lo que le permitirá vivir eternamente junto al Padre (19). Y nada de esto está dicho en forma simbólica. Es firme y seguro, como se escucha en su letra: el hombre –ser de carne y con su carne– accederá a la gloria del Padre.

Hasta aquí la descripción del "milenio" según Ireneo. Resumamos las etapas:

  1. Venida del Anticristo y exasperación del mal sobre la tierra.
  2. Llegada del Señor y expulsión del Anticristo y sus seguidores.
  3. Resurrección de los justos y comienzo del reino milenario.
  4. Reinado de los justos, en donde finalizan su preparación para la incorruptibilidad y visión del Padre.
  5. Resurrección para el juicio de los impíos y su consiguiente condenación definitiva.
  6. Descenso de la Jerusalén celeste y transformación definitiva de este mundo.
  7. Plenificado totalmente el plasma humano, el hombre se adentra en la habitación de Dios para gozar eternamente de la visión del Padre

2. INTERPRETACION DE LOS DATOS MILENARISTAS DE IRENEO

A pesar que al ir describiendo el milenarismo de Ireneo ya insinuamos algo acerca de su interpretación, conviene profundizar todavía en algunos aspectos que nos ayudarán a comprender su verdadero lugar dentro de la teología del obispo de Lyon.

En primer lugar, hemos de notar que Ireneo habla del milenio solo en estos capítulos anteriormente mencionados, de manera que si se eliminasen los cap. 32-35 del Libro V, nadie podría decir que Ireneo es un milenarista. A esto agreguemos el hecho que en la Demostración –el otro texto de Ireneo que ha llegado hasta nosotros–, en donde quiere explícitamente entregar los puntos fundamentales de la verdad divina o, lo que es lo mismo, hacer un compendio de la fe (20), no se encuentra ninguna referencia –ni siquiera colateral– al tema del milenio. Y si todavía consideramos que el desarrollo "histórico" presentado por la Demostración era es-pecialmente apto para finalizar con el milenio. Efectivamente, en su primera parte (Dem 4-41) recorre desde la creación hasta el tiempo de la Iglesia; y en la segunda (Dem 42-85) recorre con textos proféticos los anuncios acerca de Cristo, desde sus primeros apersonamientos en el AT hasta su exaltación a la derecha del Padre, en donde aguarda "el momento por él fijado para juzgar a todos sus enemigos" (21) (Dem 85). Entonces, hemos de decir que, para Ireneo, el tema del reino de los justos o milenio, no se inserta primariamente en una descripción lineal de la historia. Más bien, hay que buscar su lugar en el contexto más global del Adv. haer. Y particularmente, en la argumentación del libro V de este tratado.

Pues bien, el tiempo milenario aparece en Adv. haer. V debido a que allí Ireneo quiere referirse expresamente a la resurrección de la carne. En efecto, al terminar el libro IV anuncia el propósito del libro V: "Pero es preciso agregar a este escrito (el libro IV) también en el siguiente, después de los discursos del Señor, la doctrina de Pablo… (y manifestar cómo) el apóstol enseñó todas las cosas en consonancia con el anuncio de la verdad, a saber, cómo es uno solo el Dios Padre que habló a Abrahán, el que entregó la Ley, el que envió por delante a los profetas, el que en los últimos tiempos envió a su Hijo, y otorga la salud a su plasma, esto es, a la sustancia de la carne" (Adv. haer. IV,41,4). Ireneo manifiesta claramente su propósito para el siguiente libro: mostrar que las enseñanzas de Pablo están en absoluta conformidad con todo lo dicho por los profetas y por el Señor y ahora por su Iglesia. De modo que en este libro V estudiará algunos textos de Pablo, pero centrado especialmente sobre el tema de la salvación de la carne. Efectivamente, según la anterior enumeración, ya había hablado en el libro IV de la visita de Dios a Abrahán (5,2-8,1), de la donación de la Ley (1-19) y del envío de los profetas (20-35). Falta ahora referirse concretamente al tema de la salvación del plasma, esto es, de la realidad de la carne, obrada por Jesucristo (22).

Y justamente es ese el contenido de Adv. haer. V. De hecho, se abre con una breve reflexión sobre la encarnación del Verbo (1,1) que prepara los primeros 14 capítulos dedicados a probar con textos de Pablo la firme enseñanza de la Iglesia acerca de la resurrección de la carne por obra del Espíritu de Dios (1-14) (23). Luego continúa probando con tres hechos de la vida de Cristo que el mismo Verbo Creador es el que, una vez encarnado, llegó a ser nuestro Redentor, con lo cual, manifiesta que la creación es susceptible de redención (15-24). Entonces es cuando mira hacia los últimos tiempos para mostrar la definitiva victoria de Cristo sobre el poder de la apostasía como un momento fundamental de su obra recapituladora (25-30). Y concluye con los capítulos dedicados al milenio –que describen la culminación del plan de Dios en Cristo– el cual es la fase final de renovación de la tierra y la plenificación de la obra plasmada por Dios por medio de su Verbo (30,4-36,2) (24).

Podemos reconocer entonces que el libro V tiene por objeto afirmar la realidad de la salvación del plasma (= carne), producto de la obra recapituladora del Verbo. En ese contexto, el milenio adquiere un valor de signo más que de realidad histórica, aunque tampoco desconozca esta última. En ese sentido, hay que decir que Ireneo efectivamente toma los elementos milenaristas que ha recibido de la muy venerable tradición asiática, pero que trata de armonizarlos, no sin dificultad, con los datos del Apocalipsis, y a ambos los inserta en un contexto muy distinto, cual es su antropología (25). En efecto, Ireneo tiene una teología muy bien elaborada de las economías de Dios que tienen su centro en el celebérrimo concepto de la recapitulación de todas las cosas en Cristo. En ese sentido el milenio es un argumento "teológico" que apoya su antropología del "acostumbramiento" del hombre a Dios.

En dos textos podemos ver confirmada nuestra argumentación. El primero es un conocido pasaje del libro IV:

En efecto, en cuanto son creadas (las criaturas) no son increadas, pero en cuanto duran largos siglos, asumirán el poder del Increado al darles Dios gratuitamente la eterna perseverancia… Ahora bien, la sujeción a Dios es incorruptibilidad, y la perseverancia de la incorruptibilidad es la gloria del (= que da el) Increado. Así pues, a través de este proceso y según este ritmo y esta dirección el hombre hecho y plasmado es constituido a imagen y semejanza del Dios Increado: El Padre decide y ordena, el Hijo sirve y da forma, el Espíritu nutre y da crecimiento, el hombre progresa paulatinamente y llega a lo perfecto, es decir, se allega al Increado. Porque perfecto es el Increado y este es Dios. Efectivamente, era necesario que el hombre primero fuese hecho, y hecho creciera, y crecido se robusteciera, y robustecido se multiplicara, y multiplicado se fortaleciera, y fortalecido sea glorificado, y glorificado vea a su Señor. Porque es Dios quien tiene que ser visto, pero es la visión de Dios la que procura la incorruptibilidad, "y la incorruptibilidad aproxima a Dios" (Sab 6,19). Por lo tanto, son totalmente irracionales los que no esperan el tiempo del crecimiento (tempus augmenti)… En efecto, por el amor y el poder vencerá (Dios) a la sustancia de la naturaleza creada. Así, era necesario que primero apareciese la naturaleza (creada), y solo después sea vencida (en sus imperfecciones), y fuese absorbido lo mortal por la inmortalidad y lo corruptible por la incorruptibilidad (cf. 2 Cor 5, 4; 1 Cor 15, 53), y fuera hecho el hombre según la imagen y la semejanza de Dios al haber recibido el conocimiento del bien y del mal (Adv. haer. IV,38,3.4).

Una lectura atenta del pasaje (26) ahorra muchos comentarios. Aquí el obispo afirma que lo creado (= el hombre) evidentemente no es Increado, es decir, no es Dios, ni puede por eso tener las características de Dios. Sin embargo, puede llegar a adquirir las cualidades del Increado –la incorruptibilidad– si Dios gratuitamente se la dona. Con todo, esta incorrupción no la puede conseguir de una sola vez, porque lo creado, por su misma naturaleza de criatura, está en el tiempo y requiere de tiempo para crecer. De ahí que haya un orden y un ritmo adecuado para ese incremento, orden que lo dirige Dios, a través de su Hijo y de su Espíritu. Y la finalidad de toda esa progresión es la visión de Dios, lo que le dará la esperada incorruptibilidad a la sustancia (= realidad) de la carne, cuando el hombre haya llegado a ser imagen y semejanza de Dios, su Creador.

Ahora bien, encontramos en este texto notables paralelos con lo dicho acerca del reino de los justos. Efectivamente, aquí como allí se habla de: las economías de Dios, la incorruptibilidad prometida, el crecimiento y maduración paulatina del hombre, el sometimiento al tiempo, el vencimiento de la muerte y de la imperfección de lo creado, la visión de Dios, la gloria de Dios (Padre).

En verdad, estamos frente a un principio general que dice que Dios ha estado actuando siempre sobre su criatura. Desde los tiempos de la creación –con sus dos manos, el Hijo y el Espíritu (27)–, hasta la escatología, Dios ha querido, y seguirá siempre queriendo llevar al hombre a participar de su gloria. En efecto, Ireneo afirma acerca del actuar de Dios: "El Espíritu predispone al hombre para el Hijo de Dios, el Hijo lo conduce hacia el Padre, y el Padre le dona la incorruptibilidad para la vida eterna; la (vida eterna) que le llega a cada uno a consecuencia del ver a Dios" (Adv. haer. IV,20,5). De modo que para el Lugdunense toda la economía de Dios está orientada a que el hombre, criatura plasmada por Dios con barro de la tierra (= carne), pueda llegar a contemplar al Padre. Pero como según Éx 33,20 "nadie puede ver a Dios y seguir viviendo", Dios hace participar al hombre de su inefable gloria –que no es otra cosa que su propia naturaleza espiritual (28)–, para que la criatura humana, lejos de morir al ver a Dios, pueda realmente vivir por la inmensa generosidad del Padre que le concede participar de su propia condición de incorruptibilidad. Lo que era imposible se ha hecho ahora posible para el hombre por la omnipotencia y bondad de Dios. Efectivamente, "los portadores del Espíritu de Dios son conducidos al Verbo, esto es, al Hijo, que es quien los acoge y los presenta al Padre, y el Padre les regala la incorruptibilidad. Sin el Espíritu Santo es pues imposible ver el Verbo de Dios y sin el Hijo nadie puede acercarse al Padre, porque el Hijo es el conocimiento del Padre y el conocimiento del Hijo se obtiene por medio del Espíritu Santo" (29).

Esta es la teología que está detrás del milenio en Ireneo: es tiempo necesario para que la carne pueda ser colmada del Espíritu de Dios. Tiempo que puede ser expresado de muy diversas maneras según de lo que se hable. Si se habla del Verbo encarnado, se dirá que "el Espíritu descendió sobre el Hijo de Dios hecho Hijo del hombre para que con él se acostumbrase a habitar en el género humano y a descansar entre los hombres y a habitar en la obra plasmada por Dios" (Adv. haer. III,17,1). Si se habla de la Iglesia, se dirá que "es a la Iglesia a la que se le ha confiado el Don de Dios como había sido también (dado) el espíritu a la obra plasmada (en la creación), para que todos los miembros (de la Iglesia), recibiéndolo, sean vivificados; es en ella (la Iglesia) que fue depositada la comunicación de Cristo (communicatio Christi), esto es, el Espíritu Santo, arras de la incorruptibilidad, confirmación de nuestra fe y escala de ascensión a Dios" (Adv. haer. III,24,1). Y si se trata de la historia humana, se dirá que "el misterio de la resurrección y del reino de los justos es el preludio de la incorruptibilidad, mediante el cual reino, los que fueren dignos se habitúan paulatinamente a aprehender a Dios" (Adv. haer. V,32,1). Como se ve, es siempre el mismo punto: el hombre, que ha sido plasmado de carne, necesita de tiempo para alcanzar plenamente a Dios. Mas no por debilidad de Dios, sino por la realidad de la criatura, que por ser creada, no puede ser perfecta. Pero precisamente en eso se muestra la grandeza de Dios, en que Él puede dotar al hombre –que es de carne– con las cualidades del Espíritu, sin que por ello el hombre pierda su naturaleza propia: ser de carne (30).

Finalicemos nuestra reflexión con el segundo texto prometido. Se trata del párrafo final del Adv. haer. Sin embargo, como además está inmediatamente a continuación de lo que hemos citado del milenio, es por eso también, la conclusión de lo que ha dicho sobre la escatología. Dice así:

En todas estas cosas y a través de todo esto (31) se muestra el mismo Dios Padre que plasmó al hombre y prometió a los patriarcas la heredad de la tierra; que la (= la heredad) manifestó en la resurrección de los justos y cumplió las promesas en el reino de su Hijo, y que después otorga, como Padre, "aquello que ni ojo vio, ni oído oyó, ni ascendió al corazón del hombre" (1 Cor 2, 9). (Se muestra también) un solo Hijo que llevó a cabo la voluntad del Padre; y un género humano en el cual se cumplen los misterios de Dios "que los ángeles desean ver" (1 Pe 1,12), pero ellos no pueden escrutar la Sabiduría de Dios. Por esa (Sabiduría de Dios) se lleva a la perfección el plasma, dotándolo de igual cualidad e igual forma que el cuerpo del Hijo (conformatum et concor-poratum Filio). Así el Verbo, progenitura de Él (el Padre) y Primogénito suyo, desciende hacia la criatura, esto es, hacia el plasma y (el plasma) es aprehendido por Este (32). Y a su vez, la criatura aprehende al Verbo y asciende a Él, sobrepasando a los ángeles, y llegando a ser imagen y semejanza de Dios (Adv. haer. V,36,3).

Con esto termina Ireneo su magna obra. Es el resumen de su teología de la carne: Dios en el inicio plasmó al hombre, le prometió que habitaría con él y fue paulatinamente cumpliendo sus promesas. Estas significaban ir transformando al hombre, poco a poco, según la carne gloriosa del Hijo. Y por la Sabiduría de Dios, el plasma logrará aprehender al Verbo que se ha encarnado y ascenderá hacia la morada del Padre, sobrepasando a los mismos ángeles (33), para devenir completamente imagen y semejanza de Dios. Es decir, el hombre, pleno del Espíritu, en el Hijo, contemplará por fin directamente al Padre, porque su carne se habrá hecho capaz de entrar en la gloria del Padre.

El milenio es entonces el último tramo de tiempo –teológico o real– necesario para que la carne (= el hombre), colmada del Espíritu y transformada en el Hijo, se haga totalmente capaz de Dios.

RESUMEN

El presente artículo es una descripción e interpretación del milenarismo de Ireneo. En efecto, el obispo de Lyon ha sido tradicionalmente considerado quiliasta, pero no siempre esta faceta de su pensamiento ha sido interpretada en el contexto general de toda su teología.

El autor, entonces, divide el trabajo en dos partes. Primero describe ordenadamente en siete pasos la concepción milenarista de Ireneo, indicando los textos más sobresalientes del Ad. haer. V, 31-35, que es donde el Lugdunense expresa su pensamiento al respecto. Y luego interpreta esos datos a partir de la teología ireneana de la resurrección de la carne. El argumento fundamental del autor es que Ireneo se apoya en la tradición quiliasta que recibió en su tierra natal, pero para exponer un elemento central de su antropología: la carne (= hombre) necesita de tiempo para acostumbrarse a Dios y devenir incorruptible. De modo que el milenio es el último tramo de tiempo –teológico o real– necesario para que la carne, colmada del Espíritu y transformada en el Hijo, se haga totalmente capaz de abrazar a Dios.

ABSTRACT

This article is a description and interpretation of millenarianism of Irenaeus. As a matter of fact, Lyons’s Bishop has been considered traditionally as a quiliast. But this aspect of his thought has not been interpreted in the general context of his theology.

So, the author, divides his work in two aspects. First he describes, in seven steps, Irenaeus’ millenarist conception. He indicates the most remarkable texts of Ad. haer. V, 31-35. In these texts the Lyonese expresses his thought about the matter. Then he interpretes these datum from Irenaeus’ theology of the resurrection of the flesh. The author’s fundamental reasoning is that Irenaeus supports on quiliast tradition learnt in his native country. But he does it in order to explain the central element of his anthropology: flesh (= man) needs time to get accustomed to God and becomes incorruptible. So that the millenium is the last section of time (theologic or real) essential for the flesh, full of Spirit and transformed in the Son, becomes capable of embrace God.

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NOTAS

(1) Para los gnósticos, el Cristo de lo alto, durante la pasión, había abandonado al Jesús de la economía para volar hacia el Padre (cf. Adv. haer III,16,9). De ahí que el Salvador gnóstico es impasible tanto como que no tiene carne.

(2) Debemos recordar que para los gnósticos la escatología es, de manera muy central, una escatología individual ya realizada en el momento de la iluminación gnóstica (= espiritual). Sin embargo, esta salvación realizada e individual no puede ser aislada de la salvación de todos los pneumáticos. En efecto, el Revelador gnóstico –Jesús resucitado– luego de su exaltación, ha transmitido la gnosis a sus discípulos de una manera privada y esotérica. Estos discípulos son los "espirituales" que se transmiten sucesivamente unos a otros esta gnosis salvífica que despierta en ellos la semilla espiritual que han poseído siempre. Con todo, el destino definitivo de cada pneumático está íntimamente ligado a la salvación de todo el grupo al que pertenece, es decir, es inseparable de la recuperación de toda la semilla espiritual dispersa por el mundo y su retorno al Pleroma. Retorno que es solo para espirituales, los cuales, además, entrarán al Pleroma, desde donde salieron, despojados de todo elemento hílico y psíquico. Cf. Adv. haer. I,7,1; G. Filoramo, Rivela-zione ed escatologia nello gnosticismo cristiano del II secolo: Augustinianum 18 (1978) 75-88.         [ Links ]

(3) En efecto, el concepto de - dispositio, más allá de un aspecto puntual, llega a ser en la teología de Ireneo una noción de central importancia, que además expresa una de sus ideas fundamentales frente a la gnosis (cf. M. Widmann, Irenäus und seine theologischen Väter: ZThK 54 (1957) 156-173, especialmente pág. 159 y 170).         [ Links ] Efectivamente, esta constatación apenas necesita una demostración. De manera general podemos afirmar que el concepto es utilizado en singular por el obispo de Lyon para designar el plan divino de salvación que abraza todo: la creación y la historia completa del hombre, desde su plasmación hasta la glorificación final (cf. Adv. haer. II,4,1; III,12,12; III,16,6; III,24,1). Y en plural para referirse a este único designio divino, pero desarrollado en múltiples actuaciones de Dios que jalonan la historia del hombre (cf. Adv. haer. I,10,1; IV,33,7), donde la encarnación y la recapitulación de todas las cosas en Cristo (cf. Adv. haer. III,16,3) constituyen el momento culminante (Adv. haer. III,17,4).

(4) Ireneo –a diferencia del uso neotestamentario– utiliza el concepto de adventus-, la gran mayoría de las veces, para aludir a la encarnación del Verbo. Así, en sus obras, 77 veces aparece referido a la venida carnal, 8 veces a la segunda venida, y una vez a ambas.

(5) Aquí cabría hablar de la concepción de "pecado original" en Ireneo. Para nuestro autor, Adán vivía en comunión con el Verbo en el paraíso (Dem 12) y se vestía con la "estola de la santidad" (Adv. haer. III,23,5). Sin embargo, su desobediencia le hizo perder la semejanza con Dios (= Espíritu Santo) y la vida recibida como don de Dios, tanto para él como para toda su descendencia (cf. Adv. haer. III,23, 1-7). Pero en ese tiempo el hombre era todavía "niño", debido a que había sido recién creado (cf. Adv. haer. III, 23,5; IV,38,1; Dem 12; 14). Era niño no en el sentido de infantil sino que de poco desarrollado y por eso de juicio inexperto (cf. Dem 12). Adán y Eva quisieron ser dioses (= inmortales) sin esperar el tiempo de crecimiento dictado por Dios (cf. Adv. haer. III,23,5; IV,38,4; Dem 15). De ahí su rápido arrepentimiento (cf. Adv. haer. III,23,5). Con todo, a pesar de no ser ese pecado un mero episodio de la historia humana, no destruyó ni el plan de Dios de llevar al hombre a la perfecta incorruptibilidad, ni tampoco la bondad fundamental del hombre que continúa siendo obra de las Manos del mismo Dios, y por lo tanto bueno porque creado por el único Dios. Cf. A. Orbe, Antropología de San Ireneo (Madrid 21997), 210-225.279-305. 309-314.        [ Links ]

(6) Cf. Rom 8, 20-21 citado poco antes: La creación fue sometida a la vanidad… en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

(7) La relación entre Eucaristía y resurrección de la carne la había desarrollado antes diciendo: "Nuestra enseñanza acerca de la Eucaristía es consonante, y a su vez, la Eucaristía confirma nuestra enseñanza. En efecto, le ofrecemos (con la Eucaristía) a Él (Dios) las cosas que son suyas al predicar congruentemente la comunión y la unidad de la carne y del Espíritu. Efectivamente, así como el pan sacado de la tierra, al recibir la invocación de Dios, ya no es un pan común, sino Eucaristía que consta de dos cosas: terrena y celeste; así también nuestros cuerpos, al participar de la Eucaristía ya no son corruptibles, al tener la esperanza de la resurrección" (Adv. haer. IV,18,5).

(8) No es claro si Ireneo distingue dos fuentes diversas entre Papías y los presbíteros asiáticos, o dos testimonios de una fuente común. En todo caso, ambos representan igual teología de un reino realizado en la tierra de modo muy "material".

(9) En total, las 25 metretas equivalen a 900 litros.

(10) Esta tradición aducía una serie de pasajes proféticos tales como: Is 65,25; 26,19; Ez 37,12-14; 28,25-26; Jr 16,14-15; 23,7-8; Is 30,25-26; 58,14; 6,11; Dn 7,27; Jr 31,10-14. Cf. M. Simonetti, L’Apocalissi e l’origine del millennio: Vetera Christianorum 26 (1989) 337-350, aquí pág. 338-341.        [ Links ]

(11) Sin embargo, también practica la exégesis alegórica. Incluso en Dem 61 interpreta alegóricamente el mismo texto de Is 11, 6-9 y 65,25, siguiendo en eso también –según sus propias palabras– a los presbíteros de Asia.

(12) Según afirma 2 Tes 2, 10-12; Ap 13, 2-14; 19, 14.

(13) Según IV,20,2: Cuando la encarnación, "la luz paterna (paterna lux) sale al encuentro de la carne de nuestro Señor y desde la carne (ahora) reluciente (rutilus) de él viene hacia nosotros. Así entonces el hombre llega a la incorruptibilidad (incorruptela), al estar inmerso (circumdo) en la luz del Padre".

(14) Para comprender bien el significado de esta afirmación hay que notar que "Ireneo fundamenta su explicación teológica de la resurrección de la carne por el Espíritu, sobre la distinción filosófica entre la sustancia y la cualidad... Según los estoicos, la materia es la sustancia común de todos los seres. Ella es pasiva y deviene un ser concreto solo cuando es determinada por el Logos, principio activo, . El ser concreto está compuesto de materia y de cualidad . La cualidad pertenece a la esencia del ser y distingue los diferentes seres entre ellos... Cuando Ireneo dice que la carne ‘recibe la cualidad del Espíritu’ (Adv. Haer. V,10,2), no quiere decir que el hombre deja de ser una sustancia carnal al recibir el Espíritu. La unión del Espíritu y la carne no es una fusión donde los componentes pierden su individualidad, sino que, como para el pneuma estoico, es una mezcla donde cada uno conserva su individualidad propia. La carne recibe del Espíritu la cualidad de ser incorruptible que es la cualidad del Espíritu; el cuerpo que resucita incorruptible es entonces un corpus spirituale (1 Cor 15,44) (Adv. Haer. V,7,2)" (Y. de Andia, L’interprétation irénéenne de la béatitude des doux: ‘Bienheureux les doux, ils recevront la terre en héritage’ [Mt 5:5] en E. Livingstone (ed.), Studia Patristica XVIII,3 [Papers of the 1983 Oxford Patristics Conferences] [Leuven 1989], 85-102, aquí pág. 90-91).        [ Links ]

(15) La idea nace de la interpretación literal del texto de Is 6,12 citado por Ireneo en Adv. Haer. V,34,2. En efecto, en V,33 no había hablado más que de una categoría general de hombres –los justos resucitados– todos gozando igualmente del reino. Sin embargo, como hay que afirmar el cumplimiento de todas y cada una de las promesas, la letra del texto del profeta, aplicada al tiempo del reino, le obliga a colocar también el matrimonio en este tiempo nuevo. Probablemente una lectura de 1 Tes 4, 13-18 pudo ayudar también en ese sentido. Pero es claro que no es eso lo propio y característico del tiempo del reino.

(16) Efectivamente, para los gnósticos, la suerte de la tierra importaba muy poco (cf. Adv. haer. I,7,1; I,23,3). Al final de los tiempos el fuego oculto en el mundo arderá, consumirá todo lo material (incluidos los hombres materiales) y todo –comprendido el mismo fuego– quedará finalmente reducido a la nada. En esto se muestran, en parte, seguidores de la teoría estoica de la conflagración final.

(17) Textos todos citados en Adv. haer. V,28,3 y V,36,3.

(18) Las cuatro citas se encuentran en Adv. haer. V,35,2.

(19) Qué cosa hará el hombre en la eternidad, lo dice Ireneo con hermosas palabras: "Cuando haya pasado esta figura (la de este mundo) y haya sido renovado el hombre y esté maduro para la incorruptibilidad, de manera que ya no pueda envejecer, ‘habrá un cielo nuevo y una tierra nueva’ (Is 65,17), en los que el hombre nuevo perseverará, conversando siempre cosas nuevas con Dios" (Adv. haer. V,36,1). La eternidad es una permanente novedad.

(20) Su intención la declara al comienzo: "Lo que te envío (querido Marciano) es una especie de promemoria sobre los puntos fundamentales, de tal modo que en pocas páginas puedas encontrar abundante materia teniendo reunidas concisamente las líneas fundamentales del cuerpo de la verdad y con este compendio tengas a mano las pruebas de las realidades divinas" (Dem 1). Traducción de E. Romero Pose, Ireneo de Lión. Demostración de la Predicación Apostólica (Madrid 1992).        [ Links ]

(21) Traducción de E. Romero…

(22) Cf. Ph. Bacq, De l’ancienne à la nouvelle Alliance selon S. Irénée (Paris 1978), 277, nota 4.         [ Links ]

(23) Esto se ve con fuerza en V,9,1 que quiere mostrar el verdadero sentido de 1 Cor 15, 50. Cf. de modo general Y. de Andia, Homo vivens. Incorruptibilité et divinisation de l’homme selon Irénée de Lyon (Paris 1986), 273-297.        [ Links ]

(24) Cf. W. Overbeck, Menschwerdung. Eine Untersuchung zur literarischen und theologischen Einheit des fünften Buches ‘Adversus Haereses’ des Irenäus von Lyon (Bern 1995), 77-79.        [ Links ]

(25) "Es importante notar cómo el así llamado quiliasmo de Ireneo, sacado de ambientes judeocristianos, ha sido reelaborado personalmente en el sentido que él espera el reino de los justos, no solo basado en las afirmaciones bíblicas, sino porque lo considera necesario como primer paso del acercamiento del hombre a Dios. En ese sentido se aleja de una cierta forma de milenarismo vulgar judaico e incluso judeocristiano y tal vez del de los presbíteros" (C. Mazzucco – E. Pietrella, Il rapporto tra la concezione del millennio dei primi autori cristiani e l’Apocalisse di Giovanni: Augustinianum 18 (1978) 29-45, aquí pág. 44s).

(26) Que responde a la objeción gnóstica que le planteaba al obispo: ¿Por qué no podía Dios hacer al hombre perfecto desde el comienzo? (cf. Adv. haer. IV, 38,1).

(27) Adv. haer. IV, 20, 1.

(28) Cf. Adv. haer. III, 20, 2; IV, 13, 3; IV,14,1; IV, 16, 4; IV, 38, 1-3; IV, 39, 2; V, 35, 1-2.

(29) Dem 7 (Traducción de E. Romero…).

(30) "Así también el hombre, al ser injertado por la fe, se apropia del Espíritu de Dios, y sin perder la sustancia de la carne, cambia la cualidad del fruto en obras y recibe otro nombre que indica esa transformación en mejor, ya no se llama carne y sangre, sino que hombre espiritual" (Adv. haer. V,10,2). Cf. A. Orbe, Teología de San Ireneo. Comentario al Libro V del ‘Adversus haereses’, I (Madrid 1985), 482-487.        [ Links ]

(31) Se refiere a lo recién dicho sobre el reino de los justos y de Dios, como también a todo lo dicho en los cinco libros del Adv. haer.

(32) Cf. A. Orbe, Teología de San Ireneo..., III (Madrid 1988), 655-658.        [ Links ]

(33) Notar que en el milenio el hombre era "igual a los ángeles" (V,35,1). Se ve que no era la situación definitiva.

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