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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449versión On-line ISSN 0717-6295

Teol. vida v.41 n.3-4 Santiago  2000

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492000000300002 

Marcos Gregorio McGrath, C.S.C.
In memoriam

El pasado 4 de agosto, a la edad de 76 años, falleció en Panamá el arzobispo emérito de esa ciudad y ex decano de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Marcos Gregorio McGrath, C.S.C.

El arzobispo McGrath había nacido en Panamá el 10 de febrero de 1924. Su padre fue John Thomas McGrath y su madre Louise Renaud, ciudadana de Costa Rica. Después de cursar sus estudios iniciales en Panamá y los Estados Unidos, fue alumno primeramente de la Universidad Católica de Chile y luego de la Universidad de Notre Dame. Desde ella ingresó al noviciado de la Congregación de Santa Cruz en 1942. Completados sus estudios de filosofía y teología, fue ordenado sacerdote el 11 de junio de 1949. Sus superiores lo enviaron a París y Roma para estudios avanzados en teología, recibiendo su doctorado del Angelicum de esta última ciudad, con una disertación calificada de magna cum laude que tuvo por tema "El Concilio Vaticano I y la evolución del dogma". El mismo diría, años después, que en ese tiempo, además de adquirir método y rigor para la reflexión teológica, pudo entrar en contacto con el pensamiento renovador de pensadores como Congar, De Lubac, Rahner y Guardini, y corrientes filosóficas como el personalismo y el humanismo cristiano, que preparaban el camino al Concilio Vaticano II. Podemos agregar que conoció y apreció los grandes movimientos precursores del Concilio: el movimiento litúrgico, el movimiento bíblico, la acción católica especializada con el empleo del famoso método de ver, juzgar y actuar.

En 1953, accediendo a sus deseos de trabajar con la Congregación en América Latina, Marcos McGrath fue enviado a Santiago de Chile al Colegio Saint George. Se desempeñó allí como profesor, prefecto de religión, capellán de Acción Católica y director espiritual. Tuvo un trato asequible a los jóvenes, tal vez facilitado por su práctica deportiva, a la vez que insistió en una formación seria en la fe. Con algunos alumnos y ex alumnos de ese colegio fundó las Obras Sociales San Jorge, con el ánimo de despertar la conciencia social de los jóvenes poniéndolos en contacto con la pobreza urbana y rural y acompañándolos en proyectos de desarrollo social y misiones en sectores populares.

Desde 1954, Monseñor McGrath dicta el curso de Teología Fundamental en la Facultad de Teología. En 1959 fue nombrado decano de la misma. Asumiendo los deseos de los mismos profesores, bregó por obtener profesores dedicados a tiempo completo para la enseñanza. Además, insistió en la necesidad de que la Facultad de Teología tuviera una presencia e iniciara un diálogo todavía inexistente con el resto de las facultades universitarias. Para dar más alto nivel a los cursos llamados de cultura religiosa que se impartían a alumnos de otras facultades, se creó durante su decanato el Instituto Superior de Cultura Religiosa, para preparar mejor a los profesores encargados de las clases. En 1959 y 1960 se celebraron Semanas Teológicas destinadas a la formación continua del clero y laicos interesados. Con ocasión de esas jornadas se reanudó la publicación de Anales de la Facultad de Teología, que no se publicaban desde 1949. A comienzos de 1961 se creó el Instituto Superior de Teología para Religiosas, para dar formación teológica a las religiosas. Este Instituto admitió luego a religiosos varones y a laicos.

Dando cuerpo a un proyecto estudiado por varios años, en 1960 se fundó la revista Teología y Vida, cuyo primer director fue Monseñor McGrath. En este título que pretendía relacionar fe y vida, teología y cultura, se puede resumir muy bien su pensamiento:

La palabra "teología" suscita en muchos el espectro medieval de extrañas teorías sobre doctrinas y opiniones de poca o ninguna relación al hombre y su labor diaria. Si pretendemos, pues, relacionar en un mismo título de revista estos dos términos al parecer antagónicos, preciso es que dediquemos este primer número en gran parte a mostrar que, para quienes profesan creer en Dios, no pueden oponerse… Para vivir como hombre es imprescindible pensar. Para vivir como cristiano es indispensable pensar la Fe. Para nosotros no basta que la Fe se esté pensando en Roma o en París o en Munich. Es preciso que la pensemos en Chile." (Teología y Vida. Año 1, N° 1 (primer trimestre de 1960), pág. 4.)

En un informe a la Facultad había expresado algo semejante:

Es nuestra profunda convicción que la doctrina de la Iglesia, recibida de la Iglesia, ha de elaborarse en la teología, que no es sino el pensamiento humano y ortodoxo sobre el dato revelado, no solo en los grandes centros europeos y norteamericanos, sino en nuestro continente y en nuestro país… (Las Facultades de Teología en Latinoamérica)… han de hacerse centros de verdadero pensamiento de la fe en relación a tantos problemas que afectan profundamente a la Iglesia y a la acción pastoral que debe realizar donde se encuentra. Recibir y solo repetir la teología hecha de textos y revistas europeos sería paralizar el último dínamo de nuestra fe y nos llevaría a medidas pastorales extraviadas o a la mera aplicación de recetas pastorales hechas para otros países y otros pueblos, pero a menudo no asimilables ni aplicables en nuestro ambiente." (Citado por M. Barros Valdés, La Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, 1995, pág. 60.)

Se puede resumir el legado de Monseñor McGrath a la Facultad en la exigencia de rigor y dedicación de profesores y estudiantes al aprendizaje y enseñanza, la necesidad de poner a la teología a tono con el nivel universitario y de hacerla entrar en diálogo con las demás ciencias, y en la propuesta de elaborar una teología consciente de su contexto histórico, cultural y social latinoamericano.

En 1961, el Padre McGrath fue nombrado obispo auxiliar de Panamá, luego primer obispo de Santiago de Veraguas en 1964. Allí tuvo la oportunidad de servir a los más pobres de ese país, los campesinos y los indígenas. Fue testigo también del carácter trágico que tomaría en América Latina el compromiso de la Iglesia con los pobres. El Padre Héctor Gallego, sacerdote de la diócesis y promotor de cooperativas campesinas, fue víctima del asesinato por las fuerzas policiales. Le tocó al obispo exigir la verdad y la justicia en este caso. En 1969 fue designado arzobispo de Panamá. No es este el lugar para relatar su inmensa obra pastoral en ese país. Pero no se puede dejar de señalar la importancia de su actuación decidida en favor del crecimiento de la conciencia del pueblo panameño como nación, promoviendo los justos derechos de esa nación sobre la base del diálogo, proceso que culminó con la entrega al Estado panameño del Canal de Panamá. El arzobispo se comprometió también en la lucha por la vuelta a la democracia y al respeto a los derechos humanos en ese país.

Poco después de su elección al episcopado, se inauguró el Concilio Vaticano II. Percibió el significado epocal de dicho Concilio:

El período más decisivo del Concilio, y en el que no se publicó ningún documento oficial, fue la primera sesión. Entre el 11 de octubre y el 8 de diciembre, bajo el amparo de la Virgen, en dos de sus fiestas, el Concilio se hizo. Fueron probablemente los dos meses más decisivos para la Iglesia Católica en el tiempo moderno. Fue la encrucijada histórica en que esta Iglesia, por su máxima jerarquía, se preparaba para cerrar cuatro siglos de contrarreforma y comenzaba decididamente la era de "la Iglesia en el mundo de hoy." (Marcos G. McGrath, Cómo vi y viví el Concilio y el Posconcilio, Paulinas, 2000, pp. 17-18.)

Monseñor McGrath fue miembro de la Comisión Teológica y muy activo participante en la redacción de la Constitución Gaudium et Spes. En ella, especialmente en su elaboración de una teología de los signos de los tiempos, vio un fruto de la intuición de José Cardjin acerca del método de la acción cristiana (Ver, Juzgar, Actuar). Intervino también a favor de un reconocimiento de los laicos como sujetos activos en la Iglesia a partir de su bautismo.

El tema de los signos de los tiempos parece haber sido objeto de su meditación constante. Monseñor McGrath dictó una conferencia sobre el tema con ocasión de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín. El arzobispo se había involucrado intensamente en el proceso de difusión y aplicación del Concilio a nuestro continente, especialmente a través del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), donde participó muy activamente entre 1963 y 1972. Fue su Secretario General y Segundo Vicepresidente. Fue miembro de diversas comisiones, participó en los Sínodos Episcopales, en la comisión preparatoria de la Conferencia de Puebla. Hasta sus últimos días, la meditación sobre el Concilio Vaticano II fue su preocupación constante. A la preparación del libro citado más arriba dedicó todas sus fuerzas, y el libro apareció muy poco antes de su muerte. Quería recoger su propio testimonio y el de otros obispos conciliares, no para añadir un comentario más a los textos de esa asamblea eclesial, sino para animar a proseguir el espíritu del Concilio como acontecimiento: medir la recepción de este, especialmente su recepción creativa, recontextualizarlo, por eso es importante distinguir entre lo que es coyuntural de las conclusiones del Concilio y lo que es su "espíritu", su propuesta de fondo, el nuevo modo de ser Iglesia inaugurado por él (Ibid., pág. 8). Y cita como temas que se deben seguir reflexionando: la historicidad de la Revelación y del dogma, la renovación litúrgica, la libertad religiosa, el ecumenismo y el diálogo interreligioso.

En mayo de 1994, en el tiempo pascual, el Santo Padre aceptó la renuncia que el arzobispo había presentado un año antes, por motivos de salud. Cuando fue ordenado obispo, había escogido como lema episcopal un verso de un himno de la liturgia pascual: Amor sacerdos immolat. Su enfermedad fue larga y penosa. Se esforzó por conservar sus fuerzas, seguir los tratamiento médicos y continuar trabajando y estudiando, mantener sus numerosas amistades y recibir a quien quisiera verlo. En el último tiempo, se hacía leer un libro sobre la espiritualidad de Santa Teresa de Lisieux, y tenía frente a su lecho un cuadro de la Santa Faz de Cristo doliente, pintado por una carmelita panameña. Pero sobre todo quiso celebrar con dignidad y devoción la Eucaristía, diariamente, hasta poco antes de morir. Su mensaje de despedida de la Arquidiócesis, al anunciarse la aceptación de su renuncia, terminaba así: Dejemos que el Espíritu del Resucitado actúe en nosotros para hacer todas las cosas nuevas.

 

Fermín Donoso E., C.S.C.

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