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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449versión On-line ISSN 0717-6295

Teol. vida v.42 n.1-2 Santiago  2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492001000100011 

Pbro. Rodrigo Polanco F.
Profesor de la Facultad de Teología
Pontificia Universidad Católica de Chile

Homenaje al Padre Sergio Zañartu Undurraga, s.j.

El 7 de noviembre la Facultad de Teología de la P.U.C. rindió un homenaje a uno de sus profesores más antiguos, el P. Sergio Zañartu U., sj. El Profesor Rodrigo Polanco, recientemente incorporado a la planta ordinaria de la Facultad, fue el portavoz de sus colegas. Sus palabras fueron las siguientes:

Padre Sergio: A nombre de tantos alumnos y ex alumnos que han pasado por sus clases, y a nombre también de todos los profesores y profesoras de la Facultad de Teología, deseo dirigirle unas palabras de reconocimiento por sus 33 años de labor docente en nuestra Facultad de Teología y por sus 40 años de ministerio sacerdotal dedicados casi enteramente a la labor académica en medio de nosotros.

En breves minutos quisiera destacar algunos rasgos de su labor académica, que sirvan como homenaje de gratitud por su incansable dedicación a la teología y puedan ayudar también de estímulo a las generaciones jóvenes que hoy se forman en nuestras aulas. Serán solo algunos trazos que nos harán reconocer en ellos al homenajeado, pero que ojalá nos puedan también servir para nuestra propia labor como docentes o estudiantes.

Quienes hemos sido sus alumnos o hemos recibido su dirección para la elaboración de nuestra tesis de postgrado, podemos testimoniar que desde el primer encuentro con el profesor Zañartu nos ha quedado de inmediato la clara convicción de estar frente a un hombre que ama la teología y que disfruta de lo que hace. Son notables, por ejemplo, sus alabanzas a Dios al comenzar cada clase, en donde siempre agradece al Padre por lo que le ha dado ese día. Por eso hemos de preguntarnos: ¿qué hay detrás de este profesor que deja la grata impresión de vivir gozando de la investigación y de la docencia, dos quehaceres esenciales a toda universidad?

En primer lugar nos encontramos frente a un sacerdote que, en la escuela de san Ignacio de Loyola, ha comprendido esta labor de investigación y docencia como su forma personal de entregarse a la tarea evangelizadora de la Iglesia. El Prof. Zañartu está consciente que Dios lo ha conducido por este camino. Le agradecemos entonces por la fidelidad mostrada a la misión encomendada, que por cierto habrá tenido también sus momentos áridos y difíciles. Creo que podemos decir con verdad que es en la teología donde nuestro homenajeado ha podido dar mayor gloria a Dios. Ahora bien, es importante destacar esto porque la teología no es una actividad de simple pasatiempo. En una cierta medida también en alguna ocasión lo pudiera ser, pero la Iglesia necesita y necesitará siempre la reflexión seria y profunda de la teología. Y eso pasa necesariamente por personas dedicadas por entero a ella, pero a partir de una sincera y perseverante búsqueda de Dios y de una vocación que empeñe toda la vida. La vocación teológica, en un mundo que en muchos aspectos lucha por sacarse de encima a Dios, se presenta hoy día, precisamente por eso, como imprescindible. Pero también una Iglesia que sufre de acuciosas necesidades pastorales, también precisamente por eso, necesita de vocaciones teológicas que escriban y enseñen hoy, pero que piensen con una visión de futuro. El inmediatismo que siempre amenaza a la Iglesia se contrarrestará exitosamente si existe la reflexión y el otium de la teología.

Pero tratemos también de adentrarnos, aunque sea solo sintéticamente, en los aportes más específicos que el Prof. Zañartu ha hecho a la Facultad de Teología y a la Universidad. Me referiré, más allá de las actividades que él ha realizado, a esas enseñanzas, actitudes y convicciones más profundas que luego de muchos años de docencia legan los grandes maestros a las generaciones posteriores.

Una primera cosa la podemos encontrar claramente en el método de investigación que ha empleado y enseñado. Lo aprendió en París junto a aquellos profesores –que se cuentan entre los más destacados del siglo– que dejaron una huella permanente en la teología y en la Iglesia, a partir de su aporte a la preparación del Concilio Vaticano II. Hablamos de un Henry Cazelles, un Oscar Cullmann o un Jean Daniélou. Es el método que podemos denominar histórico-filológico. Es una suerte de variante del método bíblico histórico-crítico, aplicado ahora a los escritos de los Padres de la Iglesia. Se trata de un modo de penetración de las fuentes patrísticas que entiende el texto a partir del mismo texto y de su contexto. Es un método duro de trabajar y que exige paciencia, constancia y mucha fineza de pensamiento, amén del buen conocimiento de las lenguas originales. Esas son características que encontramos en el Prof. Zañartu y que él, a lo largo de sus años de docencia, ha intentado transmitir a sus alumnos.

Ahora bien, este camino metodológico ha sido acompañado en el Padre Zañartu por un gran amor a los mismos Padres de la Iglesia. No en vano el libro escrito como homenaje a su persona ha sido titulado precisamente Sapientia Patrum. Aquello –me refiero al amor a los Padres mostrado por nuestro homenajeado– no se debe a una simple casualidad, sino a una elección bien ponderada. En efecto, el trato asiduo y dócil con los grandes autores de los primeros siglos del cristianismo y el análisis paciente de sus escritos, conceden al estudioso poder imbuirse del "espíritu" de esos mismos Padres. Efectivamente, es el contacto humilde y constante con ellos lo que permite descubrir –a veces casi inesperadamente–, en conceptos y estructuras gramaticales e ideológicas escondidas, las claves decisivas para la interpretación de un autor. Y al mismo tiempo permiten asimilar de una forma activa y personal la forma mentis de esos mismos escritores (1). Ellos, al unir en sí la preocupación pastoral, la reflexión de la fe, la profundidad espiritual y la cercanía con los tiempos apostólicos, llegan a ser insustituibles, además de irrepetibles y normativos para toda generación posterior. De ahí que el estudio de un Padre de la Iglesia, por lo que significa de esfuerzo de acercamiento a un autor tan lejano en el tiempo y en la cultura, entregue al estudioso una capacidad de penetración teológica difícil de reemplazar. Los estudiantes de la Facultad de Teología han notado eso y creo no equivocarme al decir que se puede percibir su influencia, por una parte, en la cantidad de tesis de licencia que se hacen en temas y autores patrísticos, y por otra, en el número de profesores que han hecho su doctorado en algún Padre. Esta dedicación a la teología patrística caracteriza a la Facultad y estoy seguro que está destinada a dar hermosos y duraderos frutos en el futuro, si ya no lo está haciendo en el presente. Y no me cabe duda, además, que todos los presentes estarán de acuerdo en afirmar que este florecimiento de estudios patrísticos se debe en gran medida al impulso comenzado y liderado desde lo profundo por el Padre Sergio Zañartu.

Frente a lo anterior puede surgir la pregunta de si tal vez este amor por los Padres no sea una especie de estudio arqueológico sin mayor repercusión en el presente. Pero es justamente lo contrario. No es sino la búsqueda de lo original y la vuelta a las fuentes propiciada por el Concilio Vaticano II. Y esto original es lo permanentemente joven y actual. De allí que el interés por el cristianismo primitivo, y especialmente por los Padres de la Iglesia, sea una tarea ineludible de cara al presente de América Latina. No es una tarea fácil ni comprendida por todos. Pero es irrenunciable. En este sentido es ilustrativo el hecho que en el año 1997, con ocasión del Seminario de Profesores de la Facultad de Teología, el cual tenía por objeto el exponer algún punto relevante de cada disciplina teológica en una perspectiva latinoamericana, el Prof. Zañartu –para cristología– realizó una ponencia que curiosamente tituló: Reflexiones sobre la fórmula dogmática del concilio de Calcedonia (2). No es que el autor haya olvidado el tema o la acentuación del seminario, sino que, por el contrario, es la acertada intuición de que una reflexión que quiere ser latinoamericana y actual, no puede y no debe saltarse los hitos fundamentales del desarrollo dogmático (3). Sin embargo, en este sentido, de cara a una reflexión latinoamericana que quiera entonces asumir la historia del dogma, nuestro principal problema –como hombres y mujeres de América– radica en la dificultad de actualizar adecuadamente las antiguas fórmulas para poder luego expresarlas de una manera comprensible en nuestro continente americano. Nos separan muchos años y una cultura muy diferente. Sin embargo, el trabajo de hacer asequibles esas antiguas fórmulas es hoy inexcusable. Pero –y aquí está una vez más el aporte de nuestro homenajeado– no se podrá nunca entender cabalmente a los Padres –y por lo tanto contextualizarlos aquí y ahora adecuadamente– si antes no se ha comprendido suficientemente el mundo y la problemática que rodeaba siglos atrás a dichas fórmulas. Ahora bien, esa comprensión, además del trabajo arduo, lento y a veces árido de la filología histórica, pasa por el cariño y la sintonía con la tradición y en particular con los Padres. La Iglesia será cada día más madre de los creyentes en la medida que no olvide ni se aleje de sus Padres en la fe.

El amor por las fuentes ha llevado al profesor Zañartu a entrar en otro campo aún más primordial: el de la belleza del pensar. Con un entrañable y permanente gusto por la lectura, señaladamente por los clásicos griegos e hispanos, conoció bien en sus años de estudiante la neoescolástica. Pero, siempre inquieto intelectualmente, ha seguido formándose en la filosofía. Ha participado en diversos círculos de estudio que lo han hecho adentrarse especialmente en Aristóteles, Platón y la filosofía alemana, particularmente Hegel. Esto tampoco ha sido casualidad, sino que responde a un deseo de ahondar en algunos grandes filósofos de síntesis. La idea es conocer a aquellos pensadores que perduran e influyen en la cultura actual, sea religiosa o secular. Y lo ha hecho normalmente en compañía de otros y bajo el alero de buenos maestros de nuestra Universidad. En este hecho podemos descubrir una profunda intuición: la filosofía como amor al saber implica algún tipo de reflexión en común. La fecundidad que han tenido los diversos círculos que él ha convocado como instancia de reflexión gratuita, así lo prueban. El Prof. Zañartu es siempre el incansable promotor y propulsor de estas instancias académicas, porque le interesa pensar. Y ese es otro aporte para la Facultad: el haber insistido en la necesidad de la filosofía y de la razón para la fecundidad de la teología. Todo esto se refleja en dos características que lo marcan. Por una parte la apertura a los problemas más contemporáneos: la inculturación de la fe, el pluralismo religioso, el aporte de la cristología latinoamericana. No se le podrá tachar de ser un patrólogo que no sale de su mundo, sin negar que eso pueda ser también muy loable. Efectivamente, el Prof. Zañartu es un patrólogo que ha querido, con rigor metodológico, mantenerse al día en las problemáticas actuales, pero para afrontarlas desde las fuentes de la razón y de la fe. Se podría pensar en un atleta que para saltar ocho metros hacia adelante, debe primero retroceder treinta. Solo con ese impulso –el buen conocimiento de la filosofía y la patrística– logrará con éxito su intención de llegar al futuro con ventaja. Y la segunda característica que lo marca en este sentido es esa búsqueda permanente de nuevas síntesis personales. Quienes han trabajado con él, saben de su fuerte insistencia en pedir siempre esquemas lógicos y síntesis personales. En una época en que la acentuación está puesta en lo fragmentario y en donde queda patente la dificultad para ordenar los pensamientos en síntesis bien jerarquizadas, el enfatizar la unidad de la realidad y la capacidad del pensar llega a ser una actitud profética para nuestra cultura actual.

A estas alturas del discurso tal vez alguno estará echando de menos que no se ha mencionado algo de las características más inmediatamente perceptibles y comúnmente señaladas por sus alumnos. Entre otras, la exigencia de rigurosidad y lo duro que puede ser a veces seguir sus clases, en el fondo, lo que el mismo Padre ha llamado "el método rumiante"; o las evaluaciones muchas veces más bajas de lo esperado, sin contar lo exquisito que puede llegar a ser en los exámenes orales; o la meticulosidad en los detalles, demostrada por las abundantes notas a pie de página en sus escritos. No lo he mencionado antes porque no son sino expresión derivada de lo anterior. Con todo, nacen de convicciones muy profundas y poseen rico contenido pedagógico. Detrás de este modo de ser y de actuar, creo que se pueden descubrir varias cosas. En primer lugar la elocuente y a la vez silenciosa afirmación de que la teología es algo serio y solo la puede seguir el que la toma con seriedad. No es un problema de inteligencia o de capacidades naturales, sino de madurez personal y de amor a la verdad. Además, en esta forma de actuar también se encuentra vivo el viejo aforismo: per aspera ad astra. Solo el que es capaz de pasar las pruebas del fracaso y de perseverar a través de las rudezas de la investigación solitaria y muchas veces ingrata, podrá llegar a los astros brillantes de la hermosa teología. En medio de un mundo que espera el éxito inmediato, se ha de valorar mucho a aquellos profesores que nos preparan para el trabajo, la ascética y el sacrificio intelectual. El mismo Prof. Zañartu sabe que lo que él ha llegado a ser hoy –incluso miembro de la Comisión Teológica Internacional– no ha sido sin épocas de incomprensión y trabajo silencioso. Pero hay más en este modo de ser. Hay una afirmación sobre la reflexión teológica y su imposibilidad de hacerla apresuradamente. Necesita tiempo. Tal vez la calma que caracteriza al Prof. Zañartu es algo de personalidad, o tal vez es el resultado de los años de reflexión, o incluso ambas cosas. En todo caso, esa forma de ser tranquila y paciente es lo que le ha permitido reflexionar adecuadamente los problemas que se ha propuesto y son siempre un llamado de atención para los alumnos –y también para los profesores–, para que lo urgente no nos haga olvidar lo verdaderamente importante. Por otra parte la abundancia de notas con que salpica sus escritos responde a otra convicción: la síntesis necesita también de fineza en los detalles. Todos sabemos que síntesis y detalle no son fáciles de coordinar. El Padre Zañartu ha intentado esa coordinación a partir de esas páginas llenas de notas. En el fondo, es la hermosa combinación entre el deseo de lograr una verdadera síntesis personal y la negativa a sacrificar a cualquier precio la fineza y la apertura al detalle. Pero no en una fácil superposición, sino en una bien lograda armonía que quiere ser fiel tanto al conjunto como al detalle, que siempre se rehúsa a ser aniquilado dentro del todo. Y es también la humildad de saber que la propia síntesis no es perfecta ni definitiva. Las notas estarán siempre allí recordándolo. Tal vez los alumnos más de alguna vez terminan odiando las notas, pero al mismo tiempo terminan generalmente amando la investigación y la biblioteca, y además con finura en el concepto, que es el objetivo final de este duro y a veces casi inmisericorde método.

Todo lo anterior nos puede dejar, tal vez, la falsa impresión de estar frente a un personaje racional e insensible a la vida diaria. Nada más alejado de la realidad que esa percepción. Quien haya visto alguna vez al Padre Sergio alabando a Dios en un grupo carismático de la Parroquia Santo Toribio o del Colegio San Juan, o lo haya escuchado predicando el Evangelio dominical en la capilla de alguna población de nuestro Gran Santiago, sabe perfectamente cuán afable y sencillo puede llegar a ser nuestro homenajeado. Y aquí hay otra lección para nosotros. La pastoral, la teología y la vida espiritual son inseparables y deben estar siempre profundamente unidas. Las tres no son sino una unidad y no se da una sin las otras. Por eso no es posible aceptar la afirmación de aquellos que dicen sufrir la teología toda la semana y gozar de la pastoral el fin de semana. Creo que en el Prof. Zañartu tenemos a alguien que goza de la teología toda la semana y de la pastoral toda la semana, porque el domingo es también teología aplicada y la semana es también pastoral reflexionada y transmisión del Evangelio.

Para terminar quiero decir que estas palabras, junto con ser un reconocimiento a un maestro de nuestra Facultad, a quien puedo llamar con gratitud también mi maestro, han querido ser asimismo una reflexión acerca de algunos elementos permanentes de la enseñanza del Prof. Zañartu, que puedan servir de guía para las generaciones más jóvenes. En efecto, la Universidad se construye, sobre todo, a partir de la transmisión de la investigación y del magisterio docente. La Universidad no se improvisa, no se puede improvisar, nunca se ha improvisado. Es cosa de años y de generaciones que van traspasando y enriqueciendo una tradición común. En verdad, aunque la experiencia tiene mucho de personal e incomunicable, al modo del mito de Sísifo, también tiene algo que se puede entregar. Pero esa entrega sólo es posible si se da la experiencia del discipulado. En efecto, será siempre indispensable la existencia de maestros que sepan engendrar discípulos a quienes puedan entregar el acopio de su propia sabiduría. Pero esa transmisión se basa siempre en el amor común por la ciencia y en la continua interrelación entre el profesor y su discípulo. Es decir, la experiencia se transmite casi connaturalmente al que ama lo mismo que ama el maestro, al que se siente tocado por el modo de ser del maestro, pero que no se queda en el mismo maestro, sino en la verdad del único Maestro.

La teología, entonces, necesita de personas dedicadas por completo al estudio. Pero personas que sientan también la teología como una vocación en el sentido más profundo de la palabra. Por eso hemos querido, en este día, homenajear a uno de nuestros profesores, que ha sabido entregarnos con belleza la sabiduría de los Padres de la Iglesia, haciendo lo que hacían los Padres, es decir, amando la teología y uniéndola con la vida pastoral y espiritual.

Padre Sergio, reciba usted, de parte de todos los presentes y de mí en forma muy particular, nuestro más sentido homenaje de gratitud y de cariño. Sus años de docencia y de investigación no han sido infecundos. Muy por el contrario, muchos de nosotros le debemos gran parte de nuestra formación académica –y esto lo puedo decir de mí en forma especialmente fuerte– y esperamos seguir por el camino que usted nos ha indicado. Por su sabia guía, por su bondadosa presencia, por su paciencia y dedicación, por sus consejos y palabras llenas de sabiduría y belleza, por sus largos años de estudio: Gracias, muchas gracias.

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(1) Cf. CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA (PARA LOS SEMINARIOS E INSTITUTOS DE ESTUDIO), Instrucciones sobre el estudio de los Padres de la Iglesia en la formación sacerdotal, en L'Observatore Romano (edición semanal), 21 de enero de 1990, 6-10;         [ Links ] A. ORBE, El estudio de los santos Padres en la formación sacerdotal, en R: LATOURELLE (ED.), Vaticano II: balance y perspectivas. Veinticinco años después (1962-1987) (Salamanca 19902), 1037-1046.        [ Links ]

(2) Cf. TyV 39 (1998) 155-184.        [ Links ]

(3) De aquí que el autor del artículo afirme que su ponencia fue además "fruto de una larga investigación" (TyV 39 [1998] 155) que cristalizó en su libro Historia del Dogma de la Encarnación desde el siglo V al VII (Santiago de Chile 1994).        [ Links ]

 

 

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