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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449versión On-line ISSN 0717-6295

Teol. vida v.42 n.3 Santiago  2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492001000300004 

 

La noción de historia en las encíclicas de
Juan Pablo II y su continuidad con el Vaticano II

Sergio Silva G., ss.cc.
Profesor de la Facultad de Teología
Pontificia Universidad Católica de Chile

Preparando un trabajo sobre la última encíclica del Papa Juan Pablo II, Fides et Ratio, me sorprendió la fuerza con que afirma la importancia del tiempo -de la historia, por lo tanto- para la fe cristiana:

"La revelación de Dios se inserta, pues, en el tiempo y la historia, más aún, la encarnación de Jesucristo tiene lugar en la ‘plenitud de los tiempos’ (Gá 4, 4). A dos mil años de distancia de aquel acontecimiento, siento el deber de reafirmar con fuerza que ‘en el cristianismo el tiempo tiene una importancia fundamental’" (FR 11, citando lo que había dicho en TMA 10).

Esta importancia que se atribuye al tiempo y la historia en este párrafo es ciertamente una herencia del Concilio Vaticano II que Juan Pablo II ha querido recoger muy lealmente. Me propongo en este estudio recorrer sus trece encíclicas y recoger la noción de historia que el Papa va delineando.

1. EN JESUCRISTO, DIOS HA ENTRADO EN LA HISTORIA

Una afirmación frecuente en las encíclicas del Papa actual -indicio de que se trata de un pensamiento vertebrante- es que, en Jesucristo, Dios mismo ha entrado en la historia. La misión de Jesús es prolongada en la historia posterior por la acción del Espíritu Santo. Al entrar así en la historia, Dios se ha revelado como Amor.

1.1. Dios trascendente, que conduce la historia, en Jesucristo se ha hecho
inmanente a ella

Se encuentran en las encíclicas estudiadas dos series de afirmaciones no estrictamente contradictorias, pero tampoco equivalentes. Por un lado, el Papa afirma que Dios conduce la historia humana (es el tema de la Providencia de Dios, de su señorío sobre la historia); por otro, que Dios mismo, culminando en Jesucristo, encarnación del Hijo de Dios, entra en la historia (son los temas de la revelación histórica y de su culminación en la Pascua de Cristo, pero también de su presencia continua en la historia posterior a la Pascua). La primera serie de textos habla del Dios trascendente que, por así decir, desde lejos se ocupa de la historia; la segunda, en cambio, del Dios que, en Jesucristo, se hace inmanente a nuestra historia.

a) Dios conduce la historia

La idea de que Dios tiene un designio para la historia de la humanidad y que lo va realizando con su Providencia vuelve una y otra vez, en distintas ocasiones, en las encíclicas:

"Al hacer referencia al hombre, ella [la Iglesia] trata de expresar los designios eternos y los destinos trascendentes que el Dios vivo, Creador y Redentor ha unido al hombre" (LE 4) (1). 

En la oración final de la encíclica sobre los santos Cirilo y Metodio, Juan Pablo se dirige a Dios, diciéndole:

"Tu plan creador, oh Padre, culminado en la Redención, implica al hombre viviente y abarca toda su vida y la historia de los pueblos" (SA 30).

Refiriéndose a la caída del comunismo, el Papa dice:

Ciertamente la lucha que ha desembocado en los cambios del 1989 ha exigido lucidez, moderación, sufrimientos y sacrificios; en cierto sentido, ha nacido de la oración y hubiera sido impensable sin una ilimitada confianza en Dios, Señor de la historia, que tiene en sus manos el corazón de los hombres" (CA 25).

Poco más adelante, en la misma encíclica, Juan Pablo II se refiere al "designio misericordioso de Dios que actúa en la historia" (CA 26) (2).  Un designio que Dios va realizando con su Providencia (3),  que no solo no excluye sino que incorpora activamente la libertad humana, incluso la cultura y la nación (4), como sujetos colectivos:

"Para que se ejercite la justicia y tengan éxito los esfuerzos de los hombres para establecerla, es necesario el don de la gracia, que viene de Dios. Por medio de ella, en colaboración con la libertad de los hombres, se alcanza la misteriosa presencia de Dios en la historia, que es la Providencia" (CA 59).

"En la contingencia histórica, (...) los creyentes entrevén las disposiciones de la divina Providencia que se sirve de las Naciones para la realización de sus planes, pero que también "hace vanos los proyectos de los pueblos’" (cf. Sal 33 (32) 10) (SRS 23).

De esta fe en la Providencia se desprende una consecuencia importante:

"No todo es negativo en el mundo contemporáneo -y no podía ser de otra manera- porque la Providencia del Padre celestial vigila con amor también sobre nuestras preocupaciones diarias" (SRS 26).

b) Dios entra en la historia

Los textos se refieren a la Encarnación y, más en general, a la revelación histórica de Dios. Por la Encarnación,

"Dios ha entrado en la historia de la humanidad y en cuanto hombre se ha convertido en sujeto suyo, uno de los millones y millones, y al mismo tiempo Único" (RH 1) (5). 

El Papa afirma una y otra vez que la revelación de Dios es histórica; casi siempre lo hace citando explícitamente el Vaticano II:

"Con la apertura realizada por el Concilio Vaticano II, la Iglesia y todos los cristianos han podido alcanzar una conciencia más completa del misterio de Cristo, ‘misterio escondido desde los siglos’ en Dios, para ser revelado en el tiempo: en el Hombre Jesucristo, y para revelarse continuamente, en todos los tiempos. En Cristo y por Cristo, Dios se ha revelado plenamente a la humanidad y se ha acercado definitivamente a ella" (RH 11).

"En el Concilio Vaticano II los Padres, dirigiendo su mirada a Jesús revelador, han ilustrado el carácter salvífico de la revelación de Dios en la historia y han expresado su naturaleza del modo siguiente: ‘En esta revelación, Dios invisible (cf. Col 1, 15; 1 Tm 1, 17), movido de amor, habla a los hombres como amigos (cf. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), trata con ellos (cf. Ba 3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compañía. El plan de la revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio. La verdad profunda de Dios y de la salvación del hombre que transmite dicha revelación, resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación’" (FR 10).

"Así pues, la historia es el lugar donde podemos constatar la acción de Dios en favor de la humanidad. Él se nos manifiesta en lo que para nosotros es más familiar y fácil de verificar, porque pertenece a nuestro contexto cotidiano, sin el cual no llegaríamos a comprendernos" (FR 12) (6). 

En este rasgo de historicidad se nos revela la condescendencia de Dios (7) y se hace presente en la historia la visibilidad del Invisible (8).  De este modo, el misterio de Dios, operante en la historia, explica el sentido último de esta (9).  El Papa subraya que la misión del Hijo tiene una concreta dimensión histórica, dada por el dolor (10). 

Juan Pablo II afirma también la presencia actual de la redención histórica y de la revelación histórica de Dios:

"En el curso de tantos siglos y de tantas generaciones, comenzando por los tiempos de los Apóstoles, ¿no es acaso Jesucristo mismo el que tantas veces ha comparecido junto a hombres juzgados a causa de la verdad y no ha ido quizá a la muerte con hombres condenados a causa de la verdad? ¿Acaso cesa el de ser continuamente portavoz y abogado del hombre que vive ‘en espíritu y en verdad’? Del mismo modo que no cesa de serlo ante el Padre, así lo es también con respecto a la historia del hombre" (RH 12).

"El coloquio de Jesús con el joven rico continúa, en cierto sentido, en cada época de la historia; también hoy. La pregunta: ‘Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?’ brota en el corazón de todo hombre, y es siempre y solo Cristo quien ofrece la respuesta plena y definitiva. El Maestro que enseña los mandamientos de Dios, que invita al seguimiento y da la gracia para una vida nueva, está siempre presente y operante en medio de nosotros, según su promesa: "He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’" (Mt 28, 20) (VS 25).

La historicidad de la revelación es también un aporte a la filosofía:

"La Revelación propone claramente algunas verdades que, aun no siendo por naturaleza inaccesibles a la razón, tal vez no hubieran sido nunca descubiertas por ella, si se la hubiera dejado sola. En este horizonte se sitúan cuestiones como el concepto de un Dios personal, (...). Se puede mencionar, como más cercano a nosotros, el descubrimiento de la importancia que tiene también para la filosofía el hecho histórico, centro de la Revelación cristiana. No es casualidad que el hecho histórico haya llegado a ser eje de una filosofía de la historia, que se presenta como un nuevo capítulo de la búsqueda humana de la verdad" (FR 76).

Juan Pablo II asigna a la razón un papel decisivo en el reconocimiento de la revelación histórica de Dios:

"La peculiaridad que distingue el texto bíblico consiste en la convicción de que hay una profunda e inseparable unidad entre el conocimiento de la razón y el de la fe. El mundo y todo lo que sucede en él, como también la historia y las diversas vicisitudes del pueblo, son realidades que se han de ver, analizar y juzgar con los medios propios de la razón, pero sin que la fe sea extraña en este proceso. Esta no interviene para menospreciar la autonomía de la razón o para limitar su espacio de acción, sino solo para hacer comprender al hombre que el Dios de Israel se hace visible y actúa en estos acontecimientos. Asimismo, conocer a fondo el mundo y los acontecimientos de la historia no es posible sin confesar al mismo tiempo la fe en Dios que actúa en ellos. La fe agudiza la mirada interior abriendo la mente para que descubra, en el sucederse de los acontecimientos, la presencia operante de la Providencia" (FR 16).

1.2. La misión histórica del Hijo y la del Espíritu Santo

Detengámonos un momento en la forma como el Papa expone este ingreso de Dios en nuestra historia. Afirma que la culminación se da en Jesucristo, pero habla también de una misión del Espíritu Santo.

a) La encarnación del Hijo de Dios en Jesucristo

i) La Encarnación es el misterio central de la fe cristiana

Que con Jesucristo, en su encarnación, se ha dado la plenitud de la entrada de Dios en la historia es para el Papa una verdad clave de la fe cristiana. El año 2000 -dice la primera encíclica-

"nos hará recordar y renovar de manera particular la conciencia de la verdad-clave de la fe, expresada por San Juan al principio de su evangelio: ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros’, y en otro pasaje: ‘Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna’" (RH 1) (11). 

La encarnación lleva a plenitud el encuentro de Dios con el ser humano (12).  Y es precisamente Jesús, el Cordero inmolado, el que -desde dentro de la historia- la dirige (13). Jesús es "Redentor del mundo y Señor de la historia" (UUS 35). En una hermosa síntesis:

"La verdad que Dios ha comunicado al hombre sobre sí mismo y sobre su vida se inserta, pues, en el tiempo y en la historia. Es verdad que ha sido pronunciada de una vez para siempre en el misterio de Jesús de Nazaret. Lo dice con palabras elocuentes la Constitución Dei Verbum [de la que cita el Nº 4]" (FR 11).

Para expresar la centralidad del misterio de la Encarnación, Juan Pablo II emplea a menudo la expresión de San Pablo "plenitud de los tiempos" (14). Esta "plenitud de los tiempos" significa que Jesús, el Hijo de Dios encarnado, es "el centro del cosmos y de la historia", como dice la primera frase de la primera encíclica de Juan Pablo II (RH 1); "es el centro y el fin de la misma" (RMi 6). La cruz "se manifiesta como centro, sentido y fin de toda la historia y de cada vida humana" (EV 50). Más concretamente, Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres (15). 

ii) La Encarnación trae la vida nueva a la humanidad

La encarnación trae un cambio profundo y decisivo del ser humano y de la historia y es fuente de vida nueva. Comentando una antífona mariana de la liturgia, el Papa ve expresada en ella

"la verdad del ‘gran cambio’, que se ha verificado en el hombre mediante el misterio de la Encarnación. Es un cambio que pertenece a toda su historia" (RMa 52).

Refiriéndose al primer anuncio del Evangelio a los que aún no lo conocen, Juan Pablo II afirma:

"El anuncio tiene por objeto a Cristo crucificado, muerto y resucitado: en él se realiza la plena y auténtica liberación del mal, del pecado y de la muerte; por él, Dios da la ‘nueva vida’, divina y eterna. Esta es la ‘Buena Nueva’ que cambia al hombre y la historia de la humanidad, y que todos los pueblos tienen el derecho a conocer" (RMi 44).

Hablando de la muerte de Jesús, dice:

"Su entrega en la cruz es fuente de vida nueva para todos los hombres" (EV 33).

Juan Pablo II se refiere en algunas oportunidades al mesianismo, para destacar que la acción mesiánica de Jesús es en favor de los hombres:

"El profeta presenta al Mesías como aquel que viene por el Espíritu Santo, como aquel que posee la plenitud de este Espíritu en sí y, al mismo tiempo, para los demás, para Israel, para todas las naciones y para toda la humanidad. La plenitud del Espíritu de Dios está acompañada de múltiples dones, los de la salvación, destinados de modo particular a los pobres y a los que sufren" (DV 16).

"El ir al encuentro de las necesidades del hombre [como hace María en las bodas de Caná] significa, al mismo tiempo, su introducción en el radio de acción de la misión mesiánica y del poder salvífico de Cristo" (RMa 21) (16). 

b) La misión del Espíritu Santo en la historia

Con frecuencia Juan Pablo II habla de la misión histórica del Espíritu Santo, que no solo se reduce a la animación de la Iglesia, sino que actúa también fuera de sus límites visibles, no solo antes de Cristo sino también después de Él.

i) La misión del Espíritu depende de la de Jesús, y la completa

La encíclica dedicada al Espíritu insiste en repetidas oportunidades en el vínculo entre la acción histórica del Espíritu y la redención ya obrada por Jesús:

"La Redención realizada por el Hijo en el ámbito de la historia terrena del hombre -realizada por su ‘partida’ a través de la Cruz y Resurrección- es al mismo tiempo, en toda su fuerza salvífica, transmitida al Espíritu Santo: que ‘recibirá de lo mío’" (DV 11) (17). 

Aunque el Espíritu ha actuado desde el principio del misterio de la creación, con Cristo se abre una etapa nueva de su acción:

"En efecto, la concepción y el nacimiento de Jesucristo son la obra más grande realizada por el Espíritu Santo en la historia de la creación y de la salvación: la suprema gracia" (DV 50) (18). 

ii) El Espíritu anima la Iglesia

"Los pasajes citados por la Constitución conciliar Lumen Gentium nos indican que, con la venida del Espíritu Santo, empezó la era de la Iglesia. Nos indican también que esta era, la era de la Iglesia, perdura. Perdura a través de los siglos y las generaciones. En nuestro siglo en el que la humanidad se está acercando al final del segundo milenio después de Cristo, esta "era de la Iglesia" se ha manifestado de manera especial por medio del Concilio Vaticano II, como concilio de nuestro siglo" (DV 26).

"La fuerza del Espíritu de Dios hace crecer y edifica la Iglesia a través de los siglos" (UUS 102) (19). 

Un texto de Redemptoris Missio nos pone ya en la perspectiva del apartado siguiente, al vincular la acción del Espíritu fuera de la Iglesia con su acción dentro de ella:

"La acción universal del Espíritu no hay que separarla tampoco de la peculiar acción que despliega en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. En efecto, es siempre el Espíritu quien actúa, ya sea cuando vivifica la Iglesia y la impulsa a anunciar a Cristo, ya sea cuando siembra y desarrolla sus dones en todos los hombres y pueblos, guiando a la Iglesia a descubrirlos, promoverlos y recibirlos mediante el diálogo" (RMi 29).

iii) El Espíritu actúa fuera de los límites visibles de la Iglesia

Juan Pablo II se refiere a

"la creencia firme de los seguidores de las religiones no cristianas, creencia que es efecto también del Espíritu de verdad, que actúa más allá de los confines visibles del Cuerpo Místico" (RH 6).

"La actitud misionera comienza siempre con un sentimiento de profunda estima frente a lo que "en el hombre había", por lo que él mismo, en lo íntimo de su espíritu, ha elaborado respecto a los problemas más profundos e importantes; se trata de respeto por todo lo que en él ha obrado el Espíritu, que "sopla donde quiere’" (RH 12) (20). 

Son muchos los textos en que Juan Pablo II habla de esta acción del Espíritu:

"En la perspectiva del gran Jubileo, debemos mirar más abiertamente y caminar ‘hacia el mar abierto’, conscientes de que ‘el viento sopla donde quiere’, según la imagen empleada por Jesús en el coloquio con Nicodemo. El Concilio Vaticano II, centrado sobre todo en el tema de la Iglesia, nos recuerda la acción del Espíritu Santo incluso ‘fuera’ del cuerpo visible de la Iglesia" (DV 53).

"El Espíritu de Dios ... con admirable providencia guía el curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra" (DV 26, que cita GS 26).

"El Espíritu se manifiesta de modo particular en la Iglesia y en sus miembros; sin embargo, su presencia y acción son universales, sin límite alguno ni de espacio ni de tiempo. El Concilio Vaticano II recuerda la acción del Espíritu en el corazón del hombre, mediante las ‘semillas de la Palabra’, incluso en las iniciativas religiosas, en los esfuerzos de la actividad humana encaminados a la verdad, al bien y a Dios" (RMi 28).

"Dios llama a sí a todas las gentes en Cristo, queriendo comunicarles la plenitud de su revelación y de su amor; y no deja de hacerse presente de muchas maneras, no solo en cada individuo sino también en los pueblos mediante sus riquezas espirituales, cuya expresión principal y esencial son las religiones, aunque contengan "lagunas, insuficiencias y errores". Todo ello ha sido subrayado ampliamente por el Concilio Vaticano II" (RMi 55).

"La Iglesia (...) sabe que precisamente por la senda de la vida moral está abierto a todos el camino de la salvación, como lo ha recordado claramente el concilio Vaticano II" (VS 3).

"Convencido profundamente de que ‘omne verum a quocumque dicatur a Spiritu Sancto est’, santo Tomás amó de manera desinteresada la verdad. La buscó allí donde pudiera manifestarse, poniendo de relieve al máximo su universalidad" (FR 44) (21). 

En particular, a Juan Pablo II le interesa afirmar que el Espíritu actúa en las otras Iglesias y comunidades cristianas:

"Las relaciones que los miembros de la Iglesia católica han establecido con los demás cristianos a partir del Concilio, han hecho descubrir lo que Dios realiza en quienes pertenecen a las otras Iglesias y Comunidades eclesiales" (UUS 48).

Y eso, a su juicio, enriquece a la propia Iglesia católica:

"somos conscientes, en cuanto Iglesia católica, de haber recibido mucho del testimonio, de la búsqueda e incluso del modo como las otras Iglesias y Comunidades cristianas han puesto de relieve y vivido ciertos valores cristianos comunes" (UUS 87).

La acción salvífica de Dios en la historia se expresa a veces en las encíclicas estudiadas con otras dos categorías: Reino de Dios (22) y sacramentalidad (23).

1.3. En la historia, Dios se ha revelado como Amor misericordioso

Mediante su acción salvífica en la historia Dios se revela ante todo como amor, más precisamente como misericordia. Recojamos primero algunos textos en que Juan Pablo II afirma que Dios se revela como amor.

Al final de su primera encíclica habla del

"eterno amor del Padre, manifestado en la historia de la humanidad mediante el Hijo que el Padre dio ‘para que quien cree en él no muera, sino que tenga la vida eterna’" (RH 22) (24). 

La misma idea, vista ahora desde la perspectiva no del Padre sino de Jesús:

"Jesús, sobre todo con su estilo de vida y con sus acciones, ha demostrado cómo en el mundo en que vivimos está presente el amor, el amor operante, el amor que se dirige al hombre y abraza todo lo que forma su humanidad. Este amor se hace notar particularmente en el contacto con el sufrimiento, la injusticia, la pobreza; en contacto con toda la ‘condición humana’ histórica, que de distintos modos manifiesta la limitación y la fragilidad del hombre, bien sea física, bien sea moral" (DM 3).

El Papa hace una distinción de dos dimensiones, humana y divina, de la redención, y afirma que

"la dimensión divina de la redención nos permite, en el momento más empírico e ‘histórico’, desvelar la profundidad de aquel amor que no se echa atrás ante el extraordinario sacrificio del Hijo, para colmar la fidelidad del Creador y Padre respecto a los hombres creados a su imagen y ya desde el ‘principio’ elegidos, en este Hijo, para la gracia y la gloria" (DM 7).

En perspectiva trinitaria:

"En definitiva, este inescrutable e indecible ‘dolor’ de padre engendrará sobre todo la admirable economía del amor redentor en Jesucristo, para que, por medio del misterio de la piedad, en la historia del hombre el amor pueda revelarse más fuerte que el pecado para que prevalezca el ‘don’. (...). En Dios, el Espíritu-amor cambia la dimensión del pecado humano en una nueva dádiva de amor salvífico. De él, en unidad con el Padre y el Hijo, nace la economía de la salvación, que llena la historia del hombre con los dones de la Redención" (DV 39) (25). 

El amor de Dios se hace presente en el misionero,

"signo del amor de Dios en el mundo, que es amor sin exclusión ni preferencia" (RMi 89).

La vida del ser humano es de Dios, está siempre en su poder.

"Sin embargo, Dios no ejerce este poder como voluntad amenazante, sino como cuidado y solicitud amorosa hacia las criaturas. Si es cierto que la vida del hombre está en las manos de Dios, no lo es menos que sus manos son cariñosas como las de una madre que acoge, alimenta y cuida a su niño" (EV 39).

En la encíclica Dives in Misericordia insiste en que Dios se revela en la historia como misericordia:

"La Iglesia debe considerar como uno de sus deberes principales -en cada etapa de la historia y especialmente en la edad contemporánea- el de proclamar e introducir en la vida el misterio de la misericordia, revelado en sumo grado en Cristo Jesús" (DM 14) (26). 

Terminemos con una interesante síntesis en que Dios se revela como amor y misericordia:

"En el cumplimiento escatológico, la misericordia se revelará como amor, mientras que en la temporalidad, en la historia del hombre -que es a la vez historia de pecado y de muerte- el amor debe revelarse ante todo como misericordia y actuarse en cuanto tal. El programa mesiánico de Cristo -rograma de misericordia- se convierte en el programa de su pueblo, el de su Iglesia. Al centro del mismo está siempre la cruz, ya que en ella la revelación del amor misericordioso alcanza su punto culminante" (DM 8).

2. LAS MEDIACIONES HUMANAS DE LA PRESENCIA DE DIOS
EN LA HISTORIA

La presencia y la acción salvífica de Dios en la historia no es inmediata a cada ser humano y a cada época de la historia. Por la encarnación, Dios se ha sometido libremente al juego de las mediaciones humanas. De ahí el papel de la Iglesia -y de María, su modelo- en el encuentro histórico concreto de cada ser humano y de cada cultura y época de la vida de la humanidad con Jesucristo, "redentor del hombre".

2.1. El papel mediador de María

El Papa presenta siempre a María, en relación con Cristo, como mediadora de su ingreso en nuestra historia. Por eso es modelo para la acción mediadora de la Iglesia en la historia.

Juan Pablo II habla de "una presencia singular de la Madre de Cristo en la historia" (RMa 3); y añade que Cristo "por medio de María ha entrado en la historia de la humanidad" (RMa 52).

Al terminar su primera encíclica Juan Pablo II se refiere a "la Madre de nuestra confianza" y afirma que el amor del Padre manifestado en Jesús

"se acerca a cada uno de nosotros por medio de esta Madre y adquiere de tal modo signos más comprensibles y accesibles a cada hombre" (RH 22).

Al terminar la encíclica Veritatis Splendor, dice:

"Con el don de sí misma, María entra plenamente en el designio de Dios, que se entrega al mundo" (VS 120).

Y en la conclusión de Evangelium Vitae se puede leer, a propósito de María:

"Ella es la mujer gloriosa [alusión al ‘signo’ del Apocalipsis: Ap 12, 1], en la que el designio de Dios se pudo llevar a cabo con total perfección" (EV 103).

María es modelo para la mediación de la Iglesia (27). Concretizando esta afirmación genérica, Juan Pablo II alude a su mediación que se prolonga en la de la Iglesia (28)  también a su maternidad, que se prolonga en la de la Iglesia (29). María es modelo por su obediencia de fe, por la que entra en la historia de salvación (30)  y por la kénosis de su fe (31). Hay una presencia de María en la peregrinación de la Iglesia, precediéndola (32). Su canto del Magníficat vibra en el corazón de la Iglesia (33). Finalmente, el Papa afirma que María es incluso modelo para el quehacer de la filosofía (34). 

Al concluir la encíclica Evangelium Vitae, Juan Pablo II habla de una labor consoladora de María con respecto a la Iglesia:

"María es la palabra viva de consuelo para la Iglesia en su lucha contra la muerte. Mostrándonos a su Hijo, nos asegura que las fuerzas de la muerte han sido ya derrotadas en Él" (EV 104).

2.2. El papel mediador de la Iglesia

En las encíclicas de Juan Pablo II la Iglesia aparece, por un lado, como colaboradora de la acción salvífica de Dios en la historia y, por otro, profundamente solidaria de la historia de la humanidad. Precisamente por esa doble vinculación puede mediar la acción de Dios en la historia.

a) La colaboración de la Iglesia en la acción salvífica de Dios

i) La Iglesia colabora con Cristo y con el Espíritu Santo en la salvación de los seres humanos:

El Papa Juan Pablo II lo afirma en diversas oportunidades:

"La primera beneficiaria de la salvación es la Iglesia. Cristo la ha adquirido con su sangre (cf. Act 20, 28) y la ha hecho su colaboradora en la obra de la salvación universal. En efecto, Cristo vive en ella; es su esposo; fomenta su crecimiento; por medio de ella cumple su misión. El Concilio ha reclamado ampliamente el papel de la Iglesia para la salvación de la humanidad" (RMi 9).

"Para que los hombres puedan realizar este ‘encuentro’ con Cristo, Dios ha querido su Iglesia. En efecto, ella ‘desea servir solamente para este fin: que todo hombre pueda encontrar a Cristo, de modo que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida’" (VS 7).

"La contemporaneidad de Cristo respecto al hombre de cada época se realiza en el cuerpo vivo de la Iglesia" (VS 25).

Su papel mediador en la obra que Dios realiza en la historia hace de la Iglesia un sacramento. Dos aspectos señala Juan Pablo II en la sacramentalidad de la Iglesia. Por un lado, afirma que es sacramento universal de salvación (35);  por otro, que es también sacramento de la unidad de la humanidad:

"El Vaticano II añade que la Iglesia es ‘un sacramento de la unidad de todo el género humano’" (DV 64).

La sacramentalidad de la Iglesia se hace concreta en las comunidades cristianas, que son una presencia de Dios en el mundo:

"Es necesario, ante todo, tratar de establecer en cada lugar comunidades cristianas que sean un ‘exponente de la presencia de Dios en el mundo’ y crezcan hasta llegar a ser Iglesias" (RMi 49).

Y también en la actividad misionera de la Iglesia, que manifiesta y realiza el designio de Dios para el mundo:

"La actividad misionera es, en última instancia, la manifestación del propósito de Dios, o epifanía, y su realización en el mundo y en la historia, en la que Dios, por medio de la misión, perfecciona abiertamente la historia de la salvación" (RMi 41) (36). 

ii) Polaridades en la colaboración de la Iglesia con Dios en la historia

Al explicitar esta colaboración, Juan Pablo II expone ciertas dimensiones que podemos llamar "dialécticas" (aunque él no emplea este término). Se trata de diversos pares de polos en tensión.

- La Iglesia tiene a la vez una apertura universal y una certeza firme acerca de su propia verdad (37).  Es precisamente de esta conjunción que brota su dinamismo misionero (38). 

- El camino de la Iglesia en la historia tiene un carácter exterior y uno interior:

"El Concilio Vaticano II habla de la Iglesia en camino, estableciendo una analogía con el Israel de la Antigua Alianza en camino a través del desierto. El camino posee un carácter incluso exterior, visible en el tiempo y en el espacio, en el que se desarrolla históricamente. La Iglesia, en efecto, debe ‘extenderse por toda la tierra’, y por esto ‘entra en la historia humana rebasando todos los límites de tiempo y de lugares’. Sin embargo, el carácter esencial de su camino es interior. Se trata de una peregrinación a través de la fe, por ‘la fuerza del Señor Resucitado’, de una peregrinación en el Espíritu Santo, dado a la Iglesia como invisible Consolador (parákletos) (cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 7)" (RMa 25).

- La Iglesia está al mismo tiempo centrada en Cristo y dispuesta a servir al verdadero bien del ser humano (39). Precisamente porque la Iglesia está centrada en Jesús, ofrece al mundo el Evangelio, el cual revela a la vez el amor de Dios y el valor de cada persona humana; por ello, "El Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio de la vida son un único e indivisible Evangelio" (EV 2) (40). La Iglesia, por lo mismo, ofrece al mundo la respuesta a sus interrogantes, respuesta que brota de la verdad de Jesucristo (41). 

b) Las relaciones de la Iglesia con la historia humana

En varios lugares Juan Pablo II afirma la vinculación de la Iglesia peregrina con la historia, su solidaridad con ella:

"Al concluir esta encíclica doy gracias de nuevo a Dios omnipotente, porque ha dado a su Iglesia la luz y la fuerza de acompañar al hombre en el camino terreno hacia el destino eterno. También en el tercer milenio la Iglesia será fiel en asumir el camino del hombre, consciente de que no peregrina sola, sino con Cristo, su Señor. Es él quien ha asumido el camino del hombre y lo guía, incluso cuando este no se da cuenta" (CA 62).

"La historia, pues, es para el Pueblo de Dios un camino que hay que recorrer por entero, de forma que la verdad revelada exprese en plenitud sus contenidos gracias a la acción incesante del Espíritu Santo (cf. Jn 16, 13). Lo enseña asimismo la Constitución Dei Verbum cuando afirma que ‘la Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios’ " (FR 11).

Con Gaudium et Spes, afirma que la Iglesia "se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia" (DV 26) (42). 

Esta vinculación entre la Iglesia y la historia de la humanidad es de dar y recibir (aunque el Papa menciona más lo primero que lo segundo). La condición de parte de la Iglesia para entablar una buena relación es la inculturación. Y lo central es el ser humano, camino de la Iglesia, al que ella tiene que servir ante todo con la verdad.

i) La Iglesia recibe de la historia

Juan Pablo II lo dice a propósito de la teología:

"La palabra de Dios se dirige a cada hombre, en todos los tiempos y lugares de la tierra; y el hombre es naturalmente filósofo. Por su parte, la teología, en cuanto elaboración refleja y científica de la inteligencia de esta palabra a la luz de la fe, no puede prescindir de relacionarse con las filosofías elaboradas de hecho a lo largo de la historia, tanto para algunos de sus procedimientos como también para lograr sus tareas específicas" (FR 64) (43). 

ii) La Iglesia da a la historia

Ya hemos visto que lo central de lo que la Iglesia tiene para dar al mundo es el Evangelio de Jesús. Una forma privilegiada de darlo es mediante el testimonio del martirio (44).  En esta misma línea, la fe aporta a la humanidad el sentido de la vida:

"La verdad expresada en la revelación de Cristo no puede encerrarse en un restringido ámbito territorial y cultural, sino que se abre a todo hombre y mujer que quiera acogerla como palabra definitivamente válida para dar sentido a la existencia. Ahora todos tienen en Cristo acceso al Padre; en efecto, con su muerte y resurrección, Él ha dado la vida divina que el primer Adán había rechazado (cf. Rm 5, 12-15). Con esta Revelación se ofrece al hombre la verdad última sobre su propia vida y sobre el destino de la historia: ‘Realmente, el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado’, afirma la Constitución Gaudium et Spes. Fuera de esta perspectiva, el misterio de la existencia personal resulta un enigma insoluble. ¿Dónde podría el hombre buscar la respuesta a las cuestiones dramáticas como el dolor, el sufrimiento de los inocentes y la muerte, sino en la luz que brota del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo?" (FR 12).

Este aporte de la fe, lejos de frenar la búsqueda racional del ser humano, la dinamiza:

"La enseñanza de los dos Concilios Vaticanos abre también un verdadero horizonte de novedad para el saber filosófico. La Revelación introduce en la historia un punto de referencia del cual el hombre no puede prescindir, si quiere llegar a comprender el misterio de su existencia; pero, por otra parte, este conocimiento remite constantemente al misterio de Dios que la mente humana no puede agotar, sino solo recibir y acoger en la fe. (...). Así pues, la Revelación introduce en nuestra historia una verdad universal y última que induce a la mente del hombre a no pararse nunca; más bien la empuja a ampliar continuamente el campo del propio saber hasta que no se dé cuenta de que no ha realizado todo lo que podía, sin descuidar nada" (FR 14) (45). 

El Papa se extiende a menudo sobre el carácter transformador que tiene la fe cristiana. Así, un aporte esencial de la Iglesia a la historia es la fuerza transformadora del amor, que tiende a la construcción de una "civilización del amor", de una cultura de la vida, que tiende al logro de la paz:

"Dios uno y trino, que en sí mismo ‘existe’ como realidad trascendente de don interpersonal al comunicarse por el Espíritu Santo como don al hombre, transforma el mundo humano desde dentro, desde el interior de los corazones y de las conciencias. De este modo el mundo, partícipe del don divino, se hace como enseña el Concilio, ‘cada vez más humano, cada vez más profundamente humano’ " (DV 59).

"Es, pues, urgente que los cristianos descubran la novedad de su fe y su fuerza de juicio ante la cultura dominante e invadiente" (VS 88) (46). 

Juan Pablo II subraya fuertemente el aporte de la fe a la moral, un tema que nos llevaría lejos y que, por ello, no hago más que insinuar. A mi entender, aquí también hay que situar una serie de temas que tienen que ver tanto con la Doctrina Social de la Iglesia (47) como con ciertos desarrollos impulsados por la teología latinoamericana de la liberación, entre los cuales la opción preferencial por los pobres (48) y la liberación (49). 

iii) La inculturación, condición de la relación de la Iglesia con la historia

El tema de la inculturación lo trata ampliamente Juan Pablo II en su encíclica sobre los santos Cirilo y Metodio, primeros evangelizadores de los pueblos eslavos. Y lo retoma en Redemptoris Missio y en Fides et Ratio.

"Injertar correctamente las nociones de la Biblia y los conceptos de la teología griega en un contexto de experiencias históricas y de formas de pensar muy distintas, les pareció una condición indispensable para el éxito de su actividad misionera (...). Fue un esfuerzo verdaderamente digno de su espíritu misionero el de aprender la lengua y la mentalidad de los pueblos nuevos, a los que debían llevar la fe, como fue también ejemplar la determinación de asimilar y hacer propias todas las exigencias y aspiraciones de los pueblos eslavos. La opción generosa de identificarse con su misma vida y tradición, después de haberlas purificado e iluminado con la Revelación, hace de Cirilo y Metodio verdaderos modelos para todos los misioneros que en las diversas épocas han acogido la invitación de san Pablo de hacerse todo a todos para rescatar a todos (...)" (SA 11).

"No se puede olvidar, por último, el renovado interés por la inculturación de la fe. De modo particular, la vida de las Iglesias jóvenes ha permitido descubrir, junto a elevadas formas de pensamiento, la presencia de múltiples expresiones de sabiduría popular. Esto es un patrimonio real de cultura y de tradiciones. Sin embargo, el estudio de las usanzas tradicionales debe ir de acuerdo con la investigación filosófica. Esta permitirá sacar a luz los aspectos positivos de la sabiduría popular, creando su necesaria relación con el anuncio del Evangelio" (FR 61) (50). 

La inculturación incluye el respeto dialogal de la Iglesia y sus misioneros y agentes pastorales por la cultura de aquellos a quienes se quiere evangelizar, porque se reconoce en ella lo que Dios ya ha obrado:

"Los discursos de Listra y Atenas (cf. Act 14, 11-17; 17, 22-31) son considerados como modelos para la evangelización de los paganos. En ellos Pablo ‘entra en diálogo’ con los valores culturales y religiosos de los diversos pueblos. (...) El Dios al que quiere revelar está ya presente en su vida; es él, en efecto, quien los ha creado y el que dirige misteriosamente los pueblos y la historia" (RMi 25).

"El diálogo no nace de una táctica o de un interés, sino que es una actividad con motivaciones, exigencias y dignidad propias: es exigido por el profundo respeto hacia todo lo que en el hombre ha obrado el Espíritu, que ‘sopla donde quiere’ (Jn 3, 8)" (RMi 55) (51). 

Es interesante el papel inculturador que asigna Juan Pablo II a la filosofía:

"El pensamiento filosófico es a menudo el único ámbito de entendimiento y de diálogo con quienes no comparten nuestra fe. El movimiento filosófico contemporáneo exige el esfuerzo atento y competente de filósofos creyentes capaces de asumir las esperanzas, nuevas perspectivas y problemáticas de este momento histórico. (...). Este ámbito de entendimiento y de diálogo es hoy muy importante, ya que los problemas que se presentan con más urgencia a la humanidad -como el problema ecológico, el de la paz o el de la convivencia de las razas y de las culturas- encuentran una posible solución a la luz de una clara y honesta colaboración de los cristianos con los fieles de otras religiones y con quienes, aun no compartiendo una creencia religiosa, buscan la renovación de la humanidad. Lo afirma el Concilio Vaticano II: ‘El deseo de que este diálogo sea conducido solo por el amor a la verdad, guardando siempre la debida prudencia, no excluye por nuestra parte a nadie, ni a aquellos que cultivan los bienes preclaros del espíritu humano, pero no reconocen todavía a su Autor, ni a aquellos que se oponen a la Iglesia y la persiguen de diferentes maneras’ " (FR 104).

iv) El ser humano, camino de la Iglesia en la historia

Este es un tema que Juan Pablo II retoma incansablemente, desde su primera encíclica (52): 

"El hombre en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su ser comunitario y social -en el ámbito de la propia familia, en el ámbito de la sociedad y de contextos tan diversos, en el ámbito de la propia nación, o pueblo (y posiblemente solo aun del clan o tribu), en el ámbito de toda la humanidad- este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a través del misterio de la Encarnación y de la Redención. (...) Este hombre es el camino de la Iglesia, camino que conduce en cierto modo al origen de todos aquellos caminos por los que debe caminar la Iglesia, porque el hombre -todo hombre sin excepción alguna- ha sido redimido por Cristo, porque con el hombre -cada hombre sin excepción alguna- se ha unido Cristo de algún modo, incluso cuando ese hombre no es consciente de ello" (RH 14) (53). 

v) La prioridad de la verdad por sobre la libertad

Este es un acento fuerte de los textos de Juan Pablo II, uno de los temas clave de la encíclica Veritatis Splendor. El Papa está preocupado, porque, a su juicio,

"ha venido a crearse una nueva situación dentro de la misma comunidad cristiana, en la que se difunden muchas dudas y objeciones de orden humano y psicológico, social y cultural, religioso e incluso específicamente teológico, sobre las enseñanzas morales de la Iglesia. Ya no se trata de contestaciones parciales y ocasionales, sino que, partiendo de determinadas concepciones antropológicas y éticas, se pone en tela de juicio, de modo global y sistemático, el patrimonio moral. En la base se encuentra el influjo, más o menos velado, de corrientes de pensamiento que terminan por erradicar la libertad humana de su relación esencial y constitutiva con la verdad" (VS 4).

"La verdad de la Revelación cristiana, que se manifiesta en Jesús de Nazaret, permite a todos acoger el ‘misterio’ de la propia vida. Como verdad suprema, a la vez que respeta la autonomía de la criatura y su libertad, la obliga a abrirse a la trascendencia. Aquí la relación entre libertad y verdad llega al máximo y se comprende en su totalidad la palabra del Señor: ‘Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’ (Jn 8, 32)" (FR 15) (54). 

El servicio de la verdad es una responsabilidad de la Iglesia, un deber de sus pastores (55). Pero Juan Pablo II es consciente del peligro totalitario del que se cree dueño de la verdad:

"La Iglesia tampoco cierra los ojos ante el peligro del fanatismo o fundamentalismo de quienes, en nombre de una ideología con pretensiones de científica o religiosa, creen que pueden imponer a los demás hombres su concepción de la verdad y del bien. No es de esta índole la verdad cristiana" (CA 46).

Sin embargo, el servicio de la verdad es urgente. Según el Papa,

"la libertad reniega de sí misma, se autodestruye y se dispone a la eliminación del otro cuando no reconoce ni respeta su vínculo constitutivo con la verdad" (EV 19).

"(...) la postura nihilista, que rechaza todo fundamento a la vez que niega toda verdad objetiva. (...). Una vez que se ha quitado la verdad al hombre, es pura ilusión pretender hacerlo libre. En efecto, verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente" (FR 90).

Hoy se corre el riesgo de perder el sentido de la verdad, un tema que atraviesa toda la Fides et Ratio:

"En nuestro tiempo, la búsqueda de la verdad última parece a menudo oscurecida. Sin duda la filosofía moderna tiene el gran mérito de haber concentrado su atención en el hombre. (...). Sin embargo, los resultados positivos alcanzados no deben llevar a descuidar el hecho de que la razón misma, movida a indagar de forma unilateral sobre el hombre como sujeto, parece haber olvidado que este está también llamado a orientarse hacia una verdad que lo transciende. Sin esta referencia, cada uno queda a merced del arbitrio y su condición de persona acaba por ser valorada con criterios pragmáticos basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento erróneo de que todo debe ser dominado por la técnica" (FR 5).

La conclusión que saca el Papa es un llamado que no se puede desoír:

"Es ilusorio pensar que la fe, ante una razón débil, tenga mayor incisividad; al contrario, cae en el grave peligro de ser reducida a mito o superstición. Del mismo modo, una razón que no tenga ante sí una fe adulta no se siente motivada a dirigir la mirada hacia la novedad y radicalidad del ser" (FR 48).

2.3. La relación de las dimensiones temporal y escatológica de la salvación

Por todo lo ya visto, es claro que la acción salvífica de Dios se despliega en la historia humana. Pero, con el Concilio, Juan Pablo II afirma repetidas veces que el progreso temporal no se confunde con el crecimiento del Reino de Dios, que ambos deben ser cuidadosamente distinguidos (56). La prioridad en la relación de estas dos dimensiones la tiene la dimensión escatológica.

a) La dimensión escatológica presente ya en la dimensión temporal

de la salvación

Juan Pablo II afirma que la única historia humana tiene dos dimensiones, una temporal y la otra escatológica:

"Con el misterio de la creación está vinculado el misterio de la elección, que ha plasmado de manera peculiar la historia del pueblo, cuyo padre espiritual es Abraham en virtud de su fe. Sin embargo, mediante este pueblo que camina a lo largo de la historia, tanto de la Antigua como de la Nueva Alianza, ese misterio de la elección se refiere a cada hombre, a toda la gran familia humana. (...) Esta verdad, anunciada un día a Israel, lleva dentro de sí la perspectiva de la historia entera del hombre: perspectiva que es a la vez temporal y escatológica" (DM 4).

Dios dispuso la divinización del ser humano según su condición histórica (57).  Jesús, cuya segunda venida anhelan los creyentes, los acompaña en la historia (58).  En el trabajo se da un vislumbre tanto de la cruz como de la vida nueva de la resurrección (59). 

Hay una serie de pasajes -sobre todo de la encíclica Evangelium Vitae- en que el Papa se extiende sobre las relaciones entre la vida eterna (la vida nueva) y la vida terrena (la vida actual) (60). 

b) La prioridad de la dimensión escatológica

Esta prioridad es presentada por Juan Pablo II de diversas maneras. Afirma que la escena del juicio final (en Mt 25) es la medida de los actos humanos realizados en la historia (61). 

Por otra parte, la creación y la historia confluyen en Dios, que es su meta:

"Nos resulta entrañable tener conciencia cada vez más viva del hecho de que dentro de la acción desarrollada por la Iglesia en la historia de la salvación -que está inscrita en la historia de la humanidad- está presente y operante el Espíritu Santo, aquel que con el soplo de la vida divina impregna la peregrinación terrena del hombre y hace confluir toda la creación -toda la historia- hacia su último término en el océano infinito de Dios" (DV 64) (62). 

En esta misma línea, el Papa afirma que la historia tiende al mundo nuevo (63) y que en el final escatológico la historia llega a su cumplimiento (64). Afirma también que los seres humanos tienen un destino eterno (65),  por lo que el auténtico desarrollo supone subordinar la posesión y el uso de la tierra a la semejanza divina del ser humano (66). 

La prioridad escatológica vale también para el trabajo de la razón en la filosofía, un tema ampliamente trabajado en Fides et Ratio:

"La verdad que la Revelación nos hace conocer no es el fruto maduro o el punto culminante de un pensamiento elaborado por la razón. Por el contrario, esta se presenta con la característica de la gratuidad, genera pensamiento y exige ser acogida como expresión de amor. Esta verdad revelada es anticipación, en nuestra historia, de la visión última y definitiva de Dios que está reservada a los que creen en Él o lo buscan con corazón sincero. El fin último de la existencia personal, pues, es objeto de estudio tanto de la filosofía como de la teología. Ambas, aunque con medios y contenidos diversos, miran hacia este ‘sendero de la vida’ (Sal 16 [15], 11), que, como nos dice la fe, tiene su meta última en el gozo pleno y duradero de la contemplación del Dios Uno y Trino" (FR 15).

"Esta verdad, que Dios nos revela en Jesucristo, no está en contraste con las verdades que se alcanzan filosofando. Más bien los dos órdenes de conocimiento conducen a la verdad en su plenitud. La unidad de la verdad es ya un postulado fundamental de la razón humana, expresado en el principio de no contradicción. La Revelación da la certeza de esta unidad, mostrando que el Dios creador es también el Dios de la historia de la salvación. El mismo e idéntico Dios, que fundamenta y garantiza que sea inteligible y racional el orden natural de las cosas sobre las que se apoyan los científicos confiados, es el mismo que se revela como Padre de nuestro Señor Jesucristo. Esta unidad de la verdad, natural y revelada, tiene su identificación viva y personal en Cristo" (FR 34).

"En este misterio [de la Encarnación] los retos para la filosofía son radicales, porque la razón está llamada a asumir una lógica que derriba los muros dentro de los cuales corre el riesgo de quedar encerrada. Sin embargo, solo aquí alcanza su culmen el sentido de la existencia. En efecto, se hace inteligible la esencia íntima de Dios y del hombre. En el misterio del Verbo encarnado se salvaguardan la naturaleza divina y la naturaleza humana, con su respectiva autonomía, y a la vez se manifiesta el vínculo único que las pone en recíproca relación sin confusión" (FR 80).

"El comienzo de la Primera Carta a los Corintios presenta este dilema con radicalidad. El Hijo de Dios crucificado es el acontecimiento histórico contra el cual se estrella todo intento de la mente de construir sobre argumentaciones solamente humanas una justificación suficiente del sentido de la existencia. El verdadero punto central, que desafía toda filosofía, es la muerte de Jesucristo en la cruz. En este punto todo intento de reducir el plan salvador del Padre a pura lógica humana está destinado al fracaso. (...). La razón no puede vaciar el misterio de amor que la Cruz representa, mientras que esta puede dar a la razón la respuesta última que busca. No es la sabiduría de las palabras, sino la Palabra de la Sabiduría lo que san Pablo pone como criterio de verdad, y a la vez, de salvación. La sabiduría de la Cruz, pues, supera todo límite cultural que se le quiera imponer y obliga a abrirse a la universalidad de la verdad, de la que es portadora. ¡Qué desafío más grande se le presenta a nuestra razón y qué provecho obtiene si no se rinde! La filosofía, que por sí misma es capaz de reconocer el incesante transcenderse del hombre hacia la verdad, ayudada por la fe puede abrirse a acoger en la "locura" de la Cruz la auténtica crítica de los que creen poseer la verdad, aprisionándola entre los recovecos de su sistema. La relación entre fe y filosofía encuentra en la predicación de Cristo crucificado y resucitado el escollo contra el cual puede naufragar, pero por encima del cual puede desembocar en el océano sin límites de la verdad. Aquí se evidencia la frontera entre la razón y la fe, pero se aclara también el espacio en el cual ambas pueden encontrarse" (FR 23).

Finalmente, vale la pena esta última cita, según la cual en el Reino de Dios serán rescatadas las acciones y obras humanas dignas:

"Aunque imperfecto y provisional, nada de lo que se puede y debe realizar mediante el esfuerzo solidario de todos y la gracia divina en un momento dado de la historia, para hacer ‘más humana’ la vida de los hombres, se habrá perdido ni habrá sido vano. Esto enseña el Concilio Vaticano II en un texto luminoso de la Constitución pastoral Gaudium et Spes" (SRS 48) (67).

3. ESTRUCTURAS CREDAS INVOLUCRADAS EN LA MEDIACION
HUMANA E HISTORICA DE LA ACCION SALVIFICA DE DIOS

Juan Pablo II se refiere también a lo que podemos llamar la "infraestructura" humana de la mediación salvífica de la Iglesia en la historia, es decir, a algunas de las realidades humanas involucradas en el encuentro de Dios con el ser humano en la historia. Se trata de la relación del ser humano individual con la historia, de los "signos de los tiempos" y del inevitable problema hermenéutico.

3.1. La relación del individuo humano con la historia

La relación del individuo humano con la historia es presentada en las encíclicas de Juan Pablo II de una manera que me atrevo a calificar como "dialéctica" (aunque él mismo no usa esta expresión): el ser humano hace la historia, pero la historia lo hace también en cierto modo a él. La historia misma la ve atravesada por el pecado, aliado con la muerte, y por la lucha contra él.

a) El ser humano hace la historia y la historia lo condiciona

El Papa afirma en varias oportunidades el papel activo que juega la persona humana en la historia. Desde luego, escribe su propia historia personal:

"El hombre en su realidad singular (porque es ‘persona’) tiene una historia propia de su vida y sobre todo una historia propia de su alma. El hombre que conforme a la apertura interior de su espíritu y al mismo tiempo a tantas y tan diversas necesidades de su cuerpo, de su existencia temporal, escribe esta historia suya personal por medio de numerosos lazos, contactos, situaciones, estructuras sociales que lo unen a otros hombres; y esto lo hace desde el primer momento de su existencia sobre la tierra, desde el momento de su concepción y de su nacimiento" (RH 14).

Pero es también constructor responsable de la sociedad terrena (68). Aquí cabe recoger los desarrollos que aparecen en la encíclica sobre el trabajo: por su trabajo, el ser humano transforma la naturaleza, se realiza a sí mismo y participa en la obra del Creador (69).

Mediante esta construcción histórica, el ser humano participa en el designio de salvación de Dios (70). También la cultura tiene un papel en este designio salvífico (71). Por ello cabe hablar de "raíces cristianas" de Europa (SA 25).

Un aspecto importante del papel activo del ser humano en la historia es la capacidad de dominio sobre la tierra, que Dios le ha dado (72),  un dominio que actualmente es científico-técnico (73) (como tendremos ocasión de ver con más detalle en un momento más).

El segundo aspecto, la pasividad del ser humano ante la historia, está menos presente en las encíclicas de Juan Pablo II. El Papa sabe que el ser humano existe siempre en una cultura, pero le interesa destacar que no se agota en ella (74) y que esta no es determinante (75). En una ocasión reconoce que el ser humano está condicionado por las estructuras sociales, por la educación recibida, por el ambiente en que vive (76). Un pasaje de la Fides et Ratio plantea el movimiento de ida y vuelta entre el ser humano y la cultura, y lo hace extensivo también para la vida de la fe:

"Cada hombre está inmerso en una cultura, de ella depende y sobre ella influye. El es al mismo tiempo hijo y padre de la cultura a la que pertenece. En cada expresión de su vida, lleva consigo algo que lo diferencia del resto de la creación: su constante apertura al misterio y su inagotable deseo de conocer. En consecuencia, toda cultura lleva impresa y deja entrever la tensión hacia una plenitud. Se puede decir, pues, que la cultura tiene en sí misma la posibilidad de acoger la revelación divina. La forma en la que los cristianos viven la fe está también impregnada por la cultura del ambiente circundante y contribuye, a su vez, a modelar progresivamente sus características. Los cristianos aportan a cada cultura la verdad inmutable de Dios, revelada por Él en la historia y en la cultura de un pueblo" (FR 71).

b) La lucha contra el pecado en la historia

Juan Pablo II subraya que la historia humana es una lucha entre el bien y el mal, una lucha contra el pecado presente en la historia. El Papa habla a menudo de la presencia del pecado en la historia, incluso en la forma de "estructuras de pecado"; presencia vinculada al pecado original (77). Se refiere también a la lucha contra el pecado en la historia, lucha que en Evangelium Vitae es presentada como la contraposición entre la cultura de la vida y la cultura de la muerte (78). 

La presencia real del pecado hace que la vida del ser humano esté marcada por el ritmo entre el caer y el levantarse (79),  pero el Papa afirma, en la fe, la victoria sobre el pecado (80). 

3.2. El diagnóstico de la situación actual y los "signos de los tiempos"

a) Los signos de los tiempos

Una de las maneras como la Iglesia aporta al mundo es escrutando los signos de los tiempos. Comentando la encíclica Populorum Progressio de Pablo VI, que se apoya en Gaudium et Spes, al inicio de una de sus encíclicas sociales Juan Pablo II dice:

"Respecto al contenido y a los temas, nuevamente propuestos por la Encíclica, cabe subrayar: la conciencia del deber que tiene la Iglesia, ‘experta en humanidad’, de ‘escrutar los signos de los tiempos y de interpretarlos a la luz del Evangelio’ " (SRS 7) (81). 

La atención a los signos de los tiempos se vincula con la escucha del Espíritu del Señor, que es quien habla en ellos (82).  En particular, Juan Pablo II habla del signo del ecumenismo actual (83). 

Juan Pablo II justifica en varias ocasiones este esfuerzo por escrutar los signos de los tiempos, dando las razones que asisten a la Iglesia:

"Siendo pues este hombre el camino de la Iglesia, camino de su vida y experiencia cotidianas, de su misión y de su fatiga, la Iglesia de nuestro tiempo debe ser, de manera siempre nueva, consciente de la ‘situación’ de él. Es decir, debe ser consciente de sus posibilidades, que toman siempre nueva orientación y de este modo se manifiestan; la Iglesia, al mismo tiempo, debe ser consciente de las amenazas que se presentan al hombre. Debe ser consciente también de todo lo que parece ser contrario al esfuerzo para que ‘la vida humana sea cada vez más humana’, para que todo lo que compone esta vida responda a la verdadera dignidad del hombre. En una palabra, debe ser consciente de todo lo que es contrario a aquel proceso" (RH 14).

Explicita, además, el tipo de cuestiones que la Iglesia se plantea al escrutar los signos de los tiempos: no se queda en la superficie observable de los fenómenos, sino que se plantea:

"la cuestión esencial y fundamental: ¿este progreso, cuyo autor y fautor es el hombre, hace la vida del hombre sobre la tierra, en todos sus aspectos, ‘más humana’?; ¿la hace más ‘digna del hombre’? No puede dudarse de que, bajos muchos aspectos, la haga así. No obstante esta pregunta vuelve a plantearse obstinadamente por lo que se refiere a lo verdaderamente esencial: si el hombre, en cuanto hombre, en el contexto de este progreso, se hace de veras mejor, es decir, más maduro espiritualmente, más consciente de la dignidad de su humanidad, más responsable, más abierto a los demás, particularmente a los más necesitados y a los más débiles, más disponible a dar y prestar ayuda a todos" (RH 15).

El diagnóstico debe hacerse cada vez de nuevo, para seguir los cambios y la novedad permanente de la historia; el Papa lo afirma a propósito de la realidad del trabajo humano (84) y del desarrollo (85); para todos los casos vale la siguiente afirmación:

"Es superfluo subrayar que la consideración atenta del curso de los acontecimientos, para discernir las nuevas exigencias de la evangelización, forma parte del deber de los pastores. Tal examen sin embargo no pretende dar juicios definitivos, ya que de por sí no atañe al ámbito específico del Magisterio" (CA 3).

b) El diagnóstico de la situación actual del mundo

Partamos por un rasgo más bien genérico, que el Papa señala varias veces. Se trata de la conciencia acerca del cambio que está experimentando el mundo actual por obra del desarrollo científico-técnico; cambio que le parece, por su velocidad, una aceleración de la historia; sin embargo, este cambio no acaba con ciertas estructuras constantes de la vida humana, presentes ya en el Antiguo Testamento (86). 

Cuando se trata de describir la situación actual del mundo, en la mirada del Pontífice prima, a mi juicio, lo negativo, aunque en ocasiones expresa su convicción de lo mucho positivo que hay en el mundo actual y de la injusticia que se cometería si solo se presentaran sus rasgos negativos:

"Se daría, por tanto, una imagen unilateral, que podría inducir a un estéril desánimo, si junto con la denuncia de las amenazas contra la vida, no se presentan los signos positivos que se dan en la situación actual de la humanidad" (EV 26) (87). 

En cuanto a los rasgos negativos, aparecen con frecuencia los temas de la contaminación del ambiente natural, los conflictos armados, las perspectivas de autodestrucción (88); intentando penetrar más a fondo en las actitudes humanas que están en la base, Juan Pablo II menciona el afán de ganancia económica y la sed de poder (89); finalmente, en el nivel más profundo, se trata de estructuras de pecado:

"Estamos frente a una realidad más amplia, que se puede considerar como una verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera ‘cultura de muerte’" (EV 12).

También la presentación de la situación actual de la filosofía -tema central de Fides et Ratio- está marcada por lo negativo (90),  que Juan Pablo II concentra en el nihilismo, "fruto de una desconfianza radical en la razón" (FR 55):

"En definitiva, se nota una difundida desconfianza hacia las afirmaciones globales y absolutas, sobre todo por parte de quienes consideran que la verdad es el resultado del consenso y no de la adecuación del intelecto a la realidad objetiva" (FR 56).

Los lugares en que Juan Pablo II expone los valores positivos que encuentra en la situación actual son comparativamente pocos. El Papa subraya, entre otras cosas, la toma de conciencia de la dignidad de la persona y de la nación, del valor de la vida; los movimientos de solidaridad, sobre todo entre y con los trabajadores y, en general, los pobres; la creciente conciencia ecológica (91). 

Es interesante para nosotros, en Chile, destacar las alusiones del Papa al tema de los derechos humanos y la fundamentación que hace de la preocupación de la Iglesia por ellos:

"Este empeño ha sido aceptado y ratificado por casi todos los Estados de nuestro tiempo y esto debería constituir una garantía para que los derechos del hombre lleguen a ser, en todo el mundo, principio fundamental del esfuerzo por el bien del hombre" (RH 17) (92). 

c) La influencia de lo científico-técnico y el puesto decisivo de la conciencia

Juan Pablo II tiene conciencia clara de la influencia determinante que tiene el sistema técnico-científico en la situación actual de la humanidad:

"No solamente en la industria, sino también en la agricultura, somos testigos de las transformaciones llevadas a cabo por el gradual y continuo desarrollo de la ciencia y de la técnica. Lo cual, en su conjunto, se ha convertido históricamente en una causa de profundas transformaciones de la civilización, desde el origen de la ‘era industrial’ hasta las sucesivas fases de desarrollo gracias a las nuevas técnicas, como las de la electrónica o de los microprocesadores de los últimos años" (LE 5).

"Por otra parte, una vez excluida la referencia a Dios, no sorprende que el sentido de todas las cosas resulte profundamente deformado, y la misma naturaleza, que ya no es mater, quede reducida a ‘material’ disponible a todas las manipulaciones. A esto parece conducir una cierta racionalidad técnico-científica, dominante en la cultura contemporánea, que niega la idea misma de una verdad de la creación que hay que reconocer o de un designio de Dios sobre la vida que hay que respetar" (EV 22).

"Otro peligro considerable es el cientificismo. (...). La ciencia se prepara a dominar todos los aspectos de la existencia humana a través del progreso tecnológico. Los éxitos innegables de la investigación científica y de la tecnología contemporánea han contribuido a difundir la mentalidad cientificista, que parece no encontrar límites, teniendo en cuenta cómo ha penetrado en las diversas culturas y cómo ha aportado en ellas cambios radicales. (...). En esta perspectiva, al marginar la crítica proveniente de la valoración ética, la mentalidad cientificista ha conseguido que muchos acepten la idea según la cual lo que es técnicamente realizable llega a ser por ello moralmente admisible" (FR 88) (93). 

Sin embargo, según el Papa, lo decisivo para la historia -sobre todo para la historia de la salvación- no se juega en estos aspectos externos de la vida de la sociedad sino en ese santuario íntimo que es el corazón del hombre, identificado por Juan Pablo II con la conciencia:

"El Concilio Vaticano II, en su análisis penetrante ‘del mundo contemporáneo’, llegaba al punto más importante del mundo visible: el hombre bajando -como Cristo- a lo profundo de las conciencias humanas, tocando el misterio interior del hombre, que en el lenguaje bíblico, y no bíblico también, se expresa con la palabra ‘corazón’" (RH 8).

"La plenitud de la realidad salvífica, que es Cristo en la historia, se difunde de modo sacramental por el poder del Espíritu Paráclito. De este modo, el Espíritu Santo es ‘el otro Paráclito’ o ‘nuevo consolador’, porque, mediante su acción, la Buena Nueva toma cuerpo en las conciencias y en los corazones humanos y se difunde en la historia" (DV 64) (94). 

3.3. El problema hermenéutico y el papel de la tradición

Al adentrarse en la "infraestructura" humana y racional de la presencia de Dios en la historia, se plantea ineludiblemente el problema hermenéutico. Juan Pablo II alude a él en repetidas oportunidades, sobre todo en la última encíclica, Fides et Ratio. En este contexto aparece la valoración de la tradición.

a) El planteamiento del problema hermenéutico

En varios pasajes de las encíclicas encontramos alusiones al problema hermenéutico. A Juan Pablo II le preocupa ante todo la interpretación de la revelación histórica, que culmina en Jesús y que ha sido entregada a la Iglesia para que la siga comunicando en la historia. Se trata de asegurar la "continuidad e identidad de comprensión [del mensaje de Cristo] en medio de las condiciones y circunstancias mudables" (DV 4), de lograr que las prescripciones morales sean "custodiadas fielmente y actualizadas permanentemente en las diferentes culturas a lo largo de la historia" (VS 25). El problema afecta no solo a las fuentes escriturísticas sino también a las formulaciones dogmáticas de la Iglesia (95) y al trabajo de la teología (96). 

En todos los casos, el Papa recuerda que hay en la Iglesia una acción del Espíritu que la asiste para no errar en el camino de la verdad (97). Pero hay también consideraciones epistemológicas o de teoría del conocimiento que apoyan esta posibilidad. Las desarrolla sobre todo en Fides et Ratio, donde distingue entre los diversos sistemas filosóficos con sus diversas formulaciones de la verdad y el pensar filosófico, al cual le atribuye cierta universalidad, visible en lo que llama "un núcleo de conocimientos filosóficos cuya presencia es constante en la historia del pensamiento" (FR 4). En esta misma línea:

"Se debe considerar, de modo particular, que la verdad es una, aunque sus expresiones lleven la impronta de la historia y, aun más, sean obra de una razón humana herida y debilitada por el pecado" (FR 51).

En más de una oportunidad el Papa recuerda lo dicho por el Concilio:

"una cosa es el depósito mismo de la fe, es decir, las verdades, y otra el modo en que se formulan, conservando su mismo sentido y significado" (VS 29).

Juan Pablo II reconoce el aporte del diálogo ecuménico en la solución del problema hermenéutico: superada la actitud polémica, ha permitido darse cuenta de que afirmaciones diversas pueden ser "el resultado de dos intentos de escrutar la misma realidad, aunque desde dos perspectivas diversas" (UUS 38); por ello afirma, de nuevo con el Concilio, "que hay que reconocer que con frecuencia las varias fórmulas teológicas, más que oponerse, se complementan entre sí" (UUS 57).

Juan Pablo II intenta el difícil camino entre el historicismo -que diluye la verdad en sus condicionamientos históricos- y el reconocimiento ineludible de la historicidad de nuestra comprensión de la verdad. Reconoce que

"para comprender de manera correcta una doctrina del pasado, es necesario considerarla en su contexto histórico y cultural. En cambio, la tesis fundamental del historicismo consiste en establecer la verdad de una filosofía sobre la base de su adecuación a un determinado período y a un determinado objetivo histórico. De este modo, al menos implícitamente, se niega la validez perenne de la verdad. Lo que era verdad en una época, sostiene el historicista, puede no serlo ya en otra. En fin, la historia del pensamiento es para él poco más que una pieza arqueológica a la que se recurre para poner de relieve posiciones del pasado en gran parte ya superadas y carentes de significado para el presente. Por el contrario, se debe considerar además que, aunque la formulación esté en cierto modo vinculada al tiempo y a la cultura, la verdad o el error expresados en ella se pueden reconocer y valorar como tales en todo caso, no obstante la distancia espacio-temporal" (FR 87).

La dificultad del Papa no es tanto con la hermenéutica histórica en cuanto tal, sino con ciertos desarrollos indebidos, que se quedan a mitad de camino:

"(...) si se considera el desarrollo que hoy tienen las ciencias hermenéuticas y los diversos análisis del lenguaje. Los resultados a los que llegan estos estudios pueden ser muy útiles para la comprensión de la fe, ya que ponen de manifiesto la estructura de nuestro modo de pensar y de hablar y el sentido contenido en el lenguaje. Sin embargo, hay estudiosos de estas ciencias que en sus investigaciones tienden a detenerse en el modo cómo se comprende y se expresa la realidad, sin verificar las posibilidades que tiene la razón para descubrir su esencia" (FR 84).

De ahí su insistencia en la instancia metafísica, uno de los leitmotiv de Fides et Ratio (98).  El Papa deja tarea pendiente para teólogos y filósofos: reflexionar sobre la relación entre el significado de los textos y la verdad que quieren comunicar -que, en el caso de la Escritura no se agota en los hechos narrados (99)-; y entre el lenguaje conceptual -que reconoce puede ser imperfecto- y la verdad (100).  Cabe preguntarse si una concepción metafísica que no se haya dejado cuestionar por la actual filosofía hermenéutica está a la altura de estas enormes e imprescindibles tareas.

En la Iglesia, además de la acción del Espíritu, ya mencionada, el camino de la verdad pasa por la reflexión de los fieles y de los teólogos, que preparan las decisiones magisteriales asistidas por el Espíritu:

"(La) verdad de la ley moral -igual que la del depósito de la fe- se desarrolla a través de los siglos. Las normas que la expresan siguen siendo sustancialmente válidas, pero deben ser precisadas y determinadas eodem sensu eademque sententia según las circunstancias históricas del Magisterio de la Iglesia, cuya decisión está precedida y va acompañada por el esfuerzo de lectura y formulación propio de la razón de los creyentes y de la reflexión teológica" (VS 53).

Finalmente, Juan Pablo II enfrenta la objeción que ve en la metafísica un fundamentalismo intolerante:

"Creer en la posibilidad de conocer una verdad universalmente válida no es en modo alguno fuente de intolerancia; al contrario, es una condición necesaria para un diálogo sincero y auténtico entre las personas. Solo bajo esta condición es posible superar las divisiones y recorrer juntos el camino hacia la verdad completa, siguiendo los senderos que solo conoce el Espíritu del Señor resucitado" (FR 92).

Terminemos con una cita que puede servir de síntesis de lo visto en este párrafo:

"La palabra de Dios no se dirige a un solo pueblo y a una sola época. Igualmente, los enunciados dogmáticos, aun reflejando a veces la cultura del período en que se formulan, presentan una verdad estable y definitiva. Surge, pues, la pregunta sobre cómo se puede conciliar el carácter absoluto y universal de la verdad con el inevitable condicionamiento histórico y cultural de las fórmulas en que se expresa. Como he dicho anteriormente, las tesis del historicismo no son defendibles. En cambio, la aplicación de una hermenéutica abierta a la instancia metafísica permite mostrar cómo, a partir de las circunstancias históricas y contingentes en que han madurado los textos, se llega a la verdad expresada en ellos, que va más allá de dichos condicionamientos. Con su lenguaje histórico y circunscrito el hombre puede expresar unas verdades que transcienden el fenómeno lingüístico. En efecto, la verdad jamás puede ser limitada por el tiempo y la cultura; se conoce en la historia, pero supera la historia misma" (FR 95).

b) El papel de la tradición

En el contexto del problema hermenéutico se entienden las referencias del Papa al valor cultural de la tradición y al papel que juega en la vida de la fe. Sobre el valor cultural:

"Esta búsqueda abierta de la verdad, que se renueva en cada generación, caracteriza la cultura de la nación. En efecto, el patrimonio de los valores heredados y adquiridos es con frecuencia objeto de contestación por parte de los jóvenes. Contestar, por otra parte, no quiere decir necesariamente destruir o rechazar a priori, sino que quiere significar sobre todo someter a prueba en la propia vida y, tras esta verificación existencial, hacer que esos valores sean más vivos, actuales y personales, discerniendo lo que en la tradición es válido respecto de falsedades y errores o de formas obsoletas, que pueden ser sustituidas por otras más en consonancia con los tiempos" (CA 50).

"El hombre no ha sido creado para vivir solo. Nace y crece en una familia para insertarse más tarde con su trabajo en la sociedad. Desde el nacimiento, pues, está inmerso en varias tradiciones, de las cuales recibe no solo el lenguaje y la formación cultural, sino también muchas verdades en las que, casi instintivamente, cree. De todos modos el crecimiento y la maduración personal implican que estas mismas verdades puedan ser puestas en duda y discutidas por medio de la peculiar actividad crítica del pensamiento. Esto no quita que, tras este paso, las mismas verdades sean "recuperadas" sobre la base de la experiencia llevada que se ha tenido o en virtud de un razonamiento sucesivo. A pesar de ello, en la vida de un hombre las verdades simplemente creídas son mucho más numerosas que las adquiridas mediante la constatación personal. (...) El hombre, ser que busca la verdad, es pues también aquel que vive de creencias" (FR 31) (101). 

Sobre el puesto de la tradición en la vida de fe de la Iglesia:

"Este tesoro es la gran corriente de la Tradición de la Iglesia, que contiene las ‘cosas viejas’, recibidas y transmitidas desde siempre, y que permite descubrir las ‘cosas nuevas’, en medio de las cuales transcurre la vida de la Iglesia y del mundo" (CA 3).

"Dentro de la Tradición se desarrolla, con la asistencia del Espíritu Santo, la interpretación auténtica de la ley del Señor. El mismo Espíritu, que está en el origen de la Revelación, de los mandamientos y de las enseñanzas de Jesús, garantiza que sean custodiados santamente, expuestos fielmente y aplicados correctamente en el correr de los tiempos y las circunstancias. Esta actualización de los mandamientos es signo y fruto de una penetración más profunda de la Revelación y de una comprensión de las nuevas situaciones históricas y culturales bajo la luz de la fe" (VS 27) (102). 

Un texto de Fides et Ratio une ambos aspectos en una síntesis sugerente:

"Es muy significativo que, en el contexto actual, algunos filósofos sean promotores del descubrimiento del papel determinante de la tradición para una forma correcta de conocimiento. En efecto, la referencia a la tradición no es un mero recuerdo del pasado, sino que más bien constituye el reconocimiento de un patrimonio cultural de toda la humanidad. Es más, se podría decir que nosotros pertenecemos a la tradición y no podemos disponer de ella como queramos. Precisamente el tener las raíces en la tradición es lo que nos permite hoy poder expresar un pensamiento original, nuevo y proyectado hacia el futuro. Esta misma referencia es válida también sobre todo para la teología. No solo porque tiene la Tradición viva de la Iglesia como fuente originaria, sino también porque, gracias a esto, debe ser capaz de recuperar tanto la profunda tradición teológica que ha marcado las épocas anteriores, como la perenne tradición de aquella filosofía que ha sabido superar por su verdadera sabiduría los límites del espacio y del tiempo" (FR 85).

* * *

Podemos terminar este estudio recogiendo algunos de los textos en que aparece la puesta en obra del Concilio Vaticano II como tarea prioritaria de Juan Pablo II:

"¿Podemos no tener confianza -no obstante toda la debilidad humana, todas las deficiencias acumuladas a lo largo de los siglos pasados- en la gracia de nuestro Señor, tal cual se ha revelado en los últimos tiempos a través de la palabra del Espíritu Santo, que hemos escuchado durante el Concilio?" (RH 6).

"En Cristo Jesús, toda vía hacia el hombre, cual le ha sido confiado de una vez para siempre a la Iglesia en el mutable contexto de los tiempos, es simultáneamente un caminar al encuentro con el Padre y su amor. El Concilio Vaticano II ha confirmado esta verdad según las exigencias de nuestros tiempos. Cuanto más se centre en el hombre la misión desarrollada por la Iglesia; cuanto más sea, por decirlo así, antropocéntrica, tanto más debe corroborarse y realizarse teocéntricamente, esto es, orientarse al Padre en Cristo Jesús. (...). Este es también uno de los principios fundamentales, y quizás el más importante, del Magisterio del último Concilio. Si pues en la actual fase de la historia de la Iglesia nos proponemos como cometido preeminente actuar la doctrina del gran Concilio, debemos en consecuencia volver sobre este principio con fe, con mente abierta y con el corazón" (DM 1).

"Al continuar el gran cometido de actuar del Concilio Vaticano II, en el que podemos ver justamente una nueva fase de la autorrealización de la Iglesia -a medida de la época en que nos ha tocado vivir-, la Iglesia misma debe guiarse por la plena conciencia de que en esta obra no le es lícito, en modo alguno, replegarse sobre sí misma. La razón de su ser es en efecto la de revelar a Dios, esto es, al Padre que nos permite ‘verlo’ en Cristo" (DM 15).

"A ello [a renovar el interés por el carisma evangelizador de Cirilo y Metodio] han contribuido muchos hechos que pertenecen, como auténticos signos de los tiempos, a la historia del siglo XX y, ante todo, aquel gran acontecimiento que se ha verificado en la vida de la Iglesia con el Concilio Vaticano II" (SA 3).

"Las amenazas, que en nuestros días se ciernen sobre el mundo, no pueden hacer olvidar la profética intuición del papa Juan XXIII, que convocó el Concilio con la intención y convicción de que con él se podría preparar e iniciar un período de primavera y resurgimiento en la vida de la Iglesia" (SA 16).

"En nuestro siglo en el que la humanidad se está acercando al final del segundo milenio después de Cristo, esta ‘era de la Iglesia’ se ha manifestado de manera especial por medio del Concilio Vaticano II, como concilio de nuestro siglo. (...). Podemos decir que el Concilio Vaticano II en su rico magisterio contiene propiamente todo lo ‘que el Espíritu dice a las Iglesias’ en la fase presente de la historia de la salvación. (...). Es indispensable este trabajo de la Iglesia orientado a la verificación y consolidación de los frutos salvíficos del Espíritu, otorgados en el Concilio. A este respecto conviene saber ‘discernirlos’ atentamente de todo lo que contrariamente puede provenir sobre todo del ‘príncipe de este mundo’. Este discernimiento es tanto más necesario en la realización de la obra del Concilio ya que se ha abierto ampliamente al mundo actual, como aparece claramente en las importantes Constituciones conciliares Gaudium et Spes y Lumen Gentium" (DV 26).

"Ahora, siguiendo la línea del Concilio Vaticano II, deseo poner de relieve la especial presencia de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de su Iglesia. Esta es, en efecto, una dimensión fundamental que brota de la mariología del Concilio, de cuya clausura nos separan ya más de veinte años. El Sínodo extraordinario de los Obispos, que se ha realizado el año 1985, ha exhortado a todos a seguir fielmente el magisterio y las indicaciones del Concilio. Se puede decir que en ellos -Concilio y Sínodo- está contenido lo que el mismo Espíritu Santo desea ‘decir a la Iglesia’ en la presente fase de la historia" (RMa 48).

"Por consiguiente, se puede afirmar que la Encíclica Populorum Progressio es como la respuesta a la llamada del Concilio, con la que comienza la Constitución Gaudium et Spes" (SRS 6).

"El Concilio Vaticano II ha querido renovar la vida y la actividad de la Iglesia según las necesidades del mundo contemporáneo; ha subrayado su ‘índole misionera’, basándola dinámicamente en la misma misión trinitaria" (RMi 1).

"El concilio Vaticano II sigue siendo un testimonio privilegiado de esta actitud de la Iglesia que, ‘experta en humanidad’, se pone al servicio de cada hombre y de todo el mundo" (VS 3).

"Con el Concilio Vaticano II la Iglesia católica se ha comprometido de modo irreversible a recorrer el camino de la acción ecuménica, poniéndose a la escucha del Espíritu del Señor, que enseña a leer atentamente los ‘signos de los tiempos’" (UUS 3).

"El Concilio es el gran comienzo -como el Adviento- de aquel itinerario que nos lleva al umbral del Tercer Milenio" (UUS 100) (103).

RESUMEN

Partiendo de la reafirmación enfática en Fides et Ratio de una frase de Tertio Millennio Adveniente -"en el cristianismo el tiempo tiene una importancia fundamental"-, el artículo recorre las 13 encíclicas de Juan Pablo II, buscando su noción de historia. Se trata, obviamente, de una noción teológica, y se descubre que sus raíces están en el Concilio Vaticano II.

La afirmación fundamental de la fe es que, en Jesucristo, Dios ha entrado en la historia y se ha revelado en ella como Amor misericordioso. Para el Papa esto significa que el Dios trascendente, que conduce la historia, se ha hecho en Jesús inmanente a ella. La misión histórica del Hijo es prolongada por la del Espíritu, que no solo anima y conduce a la Iglesia, sino que actúa también fuera de sus límites visibles.

En un segundo momento se recogen las afirmaciones acerca de las mediaciones humanas de la presencia de Dios en la historia. Se trata de la Iglesia, que encuentra su modelo en la mediación de María. Respecto de las relaciones de la Iglesia con la historia humana, además de señalar que hay un aporte recíproco, el acento está puesto en tres afirmaciones: la inculturación es la condición de la relación de la Iglesia con la historia, el hombre es el camino de la Iglesia en la historia, y hay una prioridad de la verdad por sobre la libertad y de la dimensión escatológica de la salvación, presente ya en su dimensión temporal, por sobre esta.

Finalmente, se recogen y sistematizan las indicaciones respecto a las estructuras creadas involucradas en la mediación histórica de la acción salvífica de Dios. Se trata de la relación del individuo humano con la historia, de los signos de los tiempos (situados al interior de un diagnóstico de la situación actual del mundo) y de la mediación hermenéutica (vinculada al papel de la tradición).

Como conclusión se reproducen los textos de las Encíclicas en que Juan Pablo II afirma que la tarea prioritaria de su pontificado es la puesta en obra del Concilio.

ABSTRACT

The article starts off from the Fides et Ratio emphatic restatement -"Time has a especial significance in Christianity"- taken from the Tertio Millennio Adveniente, and the looks at the 13 encyclicals of John Paul II in search of his notion of history. This is obviously regarded as a theological notion, well-rooted in the Vatican II.

The fundamental affirmation of the faith is that in Jesus Christ, God has come into history revealing Himself as merciful Love. For the Pope, this means that the transcendent God, who drives history, has become immanent in it in the person of Jesus. The historical mission of the Son is extended by the Spirit, who not only vivifies and guides the Church, but also acts outwards its visible limits.

Secondly, the article gathers the assertions abut the human mediations of God’s presence in history. That is to say the Church, which finds its model in Mary’s mediation. Regarding the Church and human history relations, the article considers their reciprocal contributions, stressing three affirmations: the inculturation is the condition of the Church-history relation; man is the path of the Church in history; and the priority of truth over freedom and over the escatologic dimension of salvation, in its temporal dimension.

Finally, the author systematises the indications regarding the structures involved in the historical mediation of God’s salvific action. Such is the relation of every individual with history; of the signs of the times (set in the inner most diagnosis of the current world situation) and the hermeneutic mediation (linked to the role of tradition).

As a conclusion, the article reproduces the encyclical texts of John Paul II which remark that the priority of his pontificate is to carry out the Work of the Council.

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Notas:

(1) En todas las citas de las encíclicas, los subrayados y entrecomillados son del texto.

(2) Sobre el designio de Dios ver también RMa 3, SRS 31, VS 120, FR 6.

(3) Ver además SA 3, VS 12, FR 18. En la Iglesia, la Providencia ha producido actualmente el ecumenismo como esfuerzo que busca la unidad: UUS 50, 71.

(4) Ver también SA 19, FR 72. Sobre el puesto del trabajo humano, LE 12, 25.

(5) Además, RMa 52.

(6) Ver también FR 9, DV 11, 52.

(7) DV 64.

(8) DM2, VS 2.

(9) DV 6, FR 12.

(10) RMa 16.

(11) Ver también RMa 9.

(12) EV 102.

(13) EV 105.

(14) DV 59, 60, RMa 1.

(15) RMi 5, RMa 38.

(16) Ver EV 45, 47.

(17) Ver además DV 7, 22, 63.

(18) Sobre la misión del Espíritu en la historia, ver también DV 27, 42, 61, 67, RMi 21, que cita DV 42.

(19) Ver también RH 2, DV 2, 7, 14, 42, 51, 57.

(20) El Papa vuelve a menudo sobre esta idea de que el Espíritu sopla donde quiere: DV 57, RMi 56.

(21) Ver además RMi 20, 45.

(22) LE 27, RMa 20, 28, SRS 48, RMi 15, 59, CA 25, 62, EV 103.

(23) RH 20, DV 61, SRS 48, FR 13.

(24) Ver DM 7.

(25) Otros textos sobre Dios como amor: DM 13, DV 54, RMa 36.

(26) Ver, además, DM 2, 4, 6, 7, 9, VS 118.

(27) RMa 2.

(28) RMa 40.

(29) RMa 24, 52.

(30) DV 51.

(31) RMa 18.

(32) RMa 25, 49.

(33) RMa 35.

(34) FR 108.

(35) DV 64, RMi 9.

(36) Ver también EV 29.

(37) RH 4.

(38) RH 4, RMi 2.

(39) RH 13, CA 55.

(40) Ver EV 95.

(41) VS 2, EV 104.

(42) Ver RMa 25, 26; RMi 92, EV 105.

(43) Lo repite a propósito de la espiritualidad mariana: RMa 48.

(44) VS 93, UUS 48, 84.

(45) Además FR 102.

(46) Ver RH 14, 15, SA 32, DV 60, SRS 40, CA 58, EV 87, 95, 101, UUS 76.

(47) LE 1, 2, 3, 6, 11, SRS 1, 3, 8, CA 1, 3, 16, 54, 57, 59.

(48) LE 8, RMa 37, SRS 42, RMi 14, 60, CA 11, 28, 57, EV 32.

(49) SRS 46, RMi 15, 37.

(50) Además, SA 1, 12, 17, 18, 21, 22, 26, SRS 52, CA 50, UUS 19 (que cita los desarrollos de SA).

(51) Ver RH 12, SA 7, 10, 18, 26, 30, CA 46, UUS 36.

(52) Redemptor Hominis es citado respecto de este tema en DM 1, LE 1, DV 58, 59, CA 53.

(53) Ver, además, RH 8, 10, 11, 13, 15, 22, DM 1, 6, LE 1, 4, SA 30, DV 58, 59, 60, SRS 47, CA 38, 53, EV 2, 31, 32, 81, 104.

(54) Ver además RH 12, VS 84, FR 13.

(55) FR 2, 6.

(56) LE 27, SRS 48, CA 25.

(57) RMa 51.

(58) DV 61.

(59) LE 27.

(60) Ver RH 18, EV 1, 2, 28, 30, 34, 38, 80, 81.

(61) RH 16.

(62) Ver SRS 31.

(63) EV 105.

(64) CA 62.

(65) RMi 86.

(66) SRS 29.

(67) Ver también SRS 31.

(68) SRS 1.

(69) LE 9, 12, 13, 25.

(70) SA 20.

(71) SA 19, 27.

(72) DM 2, LE 4, 5, 6, EV 42.

(73) DM 10.

(74) VS 53.

(75) UUS 65.

(76) CA 38.

(77) RH 1, DM 13, 29, 44, 55, 56, SRS 29, 35, 36, CA 25, VS 112, EV 36, 104, UUS 34.

(78) RMa 11, 47, CA 25, EV 21, 28, 50, 95, 103.

(79) RMa 52.

(80) RMa 37, UUS 84.

(81) La cita de Gaudium et Spes vuelve en VS 2. Ver VS 27.

(82) RMa 30, UUS 3.

(83) RMa 29, UUS 41, 76.

(84) LE 2.

(85) SRS 31.

(86) DM 10, LE 4, 8, RMa 52, SRS 4, RMi 30, CA 3, 59.

(87) Ver SRS 26.

(88) RH 8, 15, 16, DM 10, 11, 12, 15, LE 1, 7, 11, DV 57, 60, SRS 14, 20, 21, 22, 27, 28, RMi 8, 32, CA 18, 28, 36, 37, 41, VS 53, 84, 88, 101, EV 10, 11, 18, 19, 22.

(89) SRS 37.

(90) FR 5, 46-47, 55, 81, 91.

(91) RMa 52, SRS 26, 38, 39, RMi 86, VS 31, EV 26.

(92) Ver también LE 1, 16 a 23, SRS 33, RMi 37, CA 21, 54, VS 101, EV 5.

(93) Ver también RH 8, 15, DM 2, LE 4, DV 57, FR 46, 81.

(94) Ver, además, RH 10, DV 24, 59, 60, 67, SRS 29, CA 51, VS 54, 112, EV 24.

(95) VS 29, 53, FR 95, 96.

(96) FR 58 (que alaba los estudios históricos sobre el pensamiento de Tomás de Aquino), 92.

(97) DV 4, 5, VS 25, FR 92.

(98) FR 84, 95.

(99) FR 94.

(100) FR 96.

(101) Ver, además, FR 72, que defiende la necesaria apertura de las diversas tradiciones culturales a las demás.

(102) Ver también SA 10, UUS 39.

(103) Ver también LE 2 (la Comisión Justicia y Paz como fruto del Concilio a nivel doctrina social), DV 2 (el esfuerzo por penetrar el misterio trinitario como herencia profunda del Concilio), 29 (el Concilio es "el auténtico depositario de los anuncios y de las promesas hechas por Cristo a los apóstoles y a la Iglesia en el discurso de despedida").

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