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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449versión On-line ISSN 0717-6295

Teol. vida v.42 n.3 Santiago  2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492001000300007 

El desafío del método en mi vida.
Un testimonio teológico (1)

Sergio Zañartu U., s.j.
Profesor de la Facultad de Teología
Pontificia Universidad Católica de Chile

Agradezco con todo el corazón a la Facultad de Teología, a sus profesores y a todos los que han escrito en este número especial de la revista Anales en sus 60 años, este homenaje que hoy me brindan. Agradezco a todos los que me acompañan esta tarde en este Salón de Honor de nuestra querida Univesidad. Me embarga un sentimiento de indignidad; me esforzaré, pues, en los años venideros que el Señor me quiera regalar, en realizar un mejor trabajo teológico, que justifique un poco el honor que hoy día se me depara. Creo que hay otros mejores que yo, que hubieran merecido este agasajo. Por eso mismo lo aprecio más. Represento a una generación que comienza a retirarse de las aulas universitarias en nuestra Facultad. Quisiera recibir este homenaje a nombre de todos ellos. Me embarga, pues, un sentimiento de profunda gratitud a Dios, a esta Universidad, a nuestra Facultad.

¿Qué puedo decirles a profesores y alumnos al culminar mi vida académica? Creo que lo más útil es contarles lo que en ella ha sido el desafío del método. Es algo muy personal, autobiográfico, porque hay tantos métodos cuantos hombres existen, y cada uno utiliza variados métodos según las etapas de su vida y los problemas que enfrenta. ¿Podemos hablar de las propias experiencias de método? Sí y no. No, en cuanto el autoconocimiento nunca es muy objetivo. Sí, en cuanto es experiencia y la comunicación de experiencias es muy enriquecedora. Lo que sigue será, pues, como testimonio, una simple y muy rápica reflexión sobre cómo percibo actualmente mi experiencia metodológica.

1) En mi niñez vibré con Teseo y otros héroes de la leyenda griega (y universal). Me conmovían más que las historias de los patriarcas y del rey David. En esto se plantea el meollo de nuestra cultura: ¿cuál es la raíz hebrea, cuál la griega? Actualmente se habla de inculturación de la fe y de evangelización de la cultura. En mi tesis doctoral volvería a reencontrar el problema y, aunque descarté el fundarme especialmente en la historia de las religiones comparadas, terminé respondiendo sobre las influencias griegas y helenistas en el concepto z (vida) de Ignacio de Antioquía. Mi especialización en orígenes del cristianismo, comenzada en París bajo la dirección de Jean Daniélou, se extendió a toda la antigüedad al ser profesor, desde 1967 a 1982, de Historia de la Iglesia antigua y patrología. En esta época se continúa mi interés en discernir entre lo griego y lo judío, al menos en el curso dado conjuntamente con el profesor de filosofía Oscar Velásquez sobre la creación en Platón, Filón y Basilio de Cesarea. Cuando en 1984 tomé las clases de dogmática cristológica y trinitaria, instintivamente me centré en la inculturación de la fe en la antigüedad. Y actualmente trabajo para el grupo de revelación e inculturación de la Comisión Teológica Internacional, mientras sigo meditando la Biblia y releyendo los clásicos (2). Este tema ha sido una de mis preocupaciones centrales. ¡Ojalá pueda contribuir a una teología latinoamericana relativamente inculturada!

2) En mis primeros estudios en la Compañía de Jesús abrí las puertas, de par en par, al humanismo. Se trataba del humanismo renacentista, aunque modernizado y también abierto a las ciencias exactas (3). Desde mi adolescencia había sido un gran lector, no siempre de buena literatura. Mi vida estaba marcada por el mundo interior del libro, y ha sido relativamente poco tocada por los posteriores embates audiovisuales o de la actual Internet. En mis vacaciones, hasta hoy, está presente la buena literatura. El rostro concreto del hombre y de la mujer lo he ido también conociendo y sirviendo a través de la amistad, de la comunidad religiosa, de la actividad pastoral, especialmente con jóvenes y pobladores, y de mi docencia (llevo más de 33 años como profesor universitario). Me confronté a fondo con los problemas de la sociedad en mis años de dirección de la revista Mensaje y de consejero de ella. Es, pues, este antropocentrismo quizás lo que me ha inclinado a congeniar de manera especial con muchos pensamientos de Karl Rahner, dentro del contexto actual de la teología.

3) La filosofía neoescolástica (1952-1954) me enseñó la precisión del silogismo y me dio el gusto por la metafísica, que recientemente ha aflorado con fuerza en un trabajo sobre la Trinidad como respuesta al problema del uno y del múltiple. Pero, en cuanto historia de la filosofía y conocimiento de sus autores, fue pobre. Posteriormente me he esforzado en adquirir un mejor conocimiento de Hegel (4) y Platón. De ahí mi participación en los dos actuales círculos de profesores de filosofía y teología que funcionan en nuestra Facultad. Platón me interesó principalmente por el mundo patrístico, donde vibré sobre todo con Agustín, aunque admire la claridad de la Summa de Santo Tomás.

Platón o Aristóteles es otra de las disyuntivas de nuestra cultura. Aristóteles favorece los cartesianos conceptos claros y distintos e impulsa las ciencias. De Platón me llega más bien lo religioso, en el mito del alma que purificándose asciende hacia el bien (5). Cuando comencé a profundizar el dogma cristológico, me asaltó la duda existencial de si mi manera de pensar era correcta o no. Entonces acudí a leer la Metafísica de Aristóteles, que además de hacerme reencontrar la antigua escolástica, me confirmó en mi forma de elaborar los conceptos. En mi teología siempre he buscado el diálogo con la filosofía. Creo que el diálogo que se produce en los dos círculos recién mencionados está en la raíz del ser universitario, que es interdisciplinar, como lo caracterizaba John Henry Newmann. Ahí no se intercambian trabajos terminados, sino que, en la lectura de los grandes maestros en sus lenguas originales, se afinan nuestras intuiciones y conceptos básicos culturales, que posteriormente florecerán en trabajos específicos.

4) Hice mi licencia en teología también en Argentina (1958-1961), donde fui ordenado sacerdote hace 40 años. Eran los tiempos en que iba a comenzar el Concilio. En platos neoescolásticos se nos comenzaba a servir una teología un poco más histórica, importada especialmente de Lovaina, con alguna recepción de Rahner. ¿Hasta dónde he utilizado la teología que aprendí entonces? Porque después vino el Concilio, casi como un terremoto, que todavía no termino de asimilar. Y en nuestra docencia en la Facultad se produjo la invasión masiva de la teología histórica. Con todo, la síntesis global, que entonces aprendí, hasta ahora sigue siendo la única que tengo. Toda mi vida académica la he dedicado a profundizaciones parciales, que la van modificando o enriqueciendo, pero que nunca llegan a constituir una nueva síntesis personal de recambio. A veces hasta envidio los estudios de los alumnos posteriores, ricos en muchos aspectos de los que carecieron los míos. Pero no estoy convencido de que ellos puedan llegar a una mejor síntesis. Porque no estamos en una época de síntesis, sino más bien de profundización de aspectos, de exploración de nuevas vetas, de cambio de cultura. ¿De qué lenguaje filosófico nos podemos ayudar para expresar y sistematizar la revelación? Justamente seguir buscando un camino propio para concretizar la teología universal, es el gran y acuciante desafío de América Latina en este siglo XXI, como respuesta a sus propios problemas. Cuando le dije a Joaquín Adúriz que me habían destinado al doctorado en teología, me respondió que temperamentos especulativos como el mío solían ser la ruina de la teología. Quizás esto influyó en que hasta el día de hoy me dedicara especialmente a la teología positiva: bíblica y patrística.

Volviendo a la síntesis de mi licencia, creo ser un espíritu conservador y a la vez innovador. Me gusta cambiar, adaptarme a los nuevos retos de los tiempos. Pero, partiendo de lo que tengo, me siento obligado a dar razón del cambio. Es decir, para mí el cambio se da dentro del dinamismo de una tradición y debe ser coherente con ella. Esto se ha visto reforzado por mi especialización en patrística y en historia del dogma. Quizás por eso no tengo conciencia de vivir ninguna experiencia de autocensura teológica sino de disfrutar responsablemente de una gran libertad. Y confieso nunca haber tenido problemas de censura. Este "mi camino" lo creo complementario del de muchos otros que son teólogos más de frontera, en diálogo directo con posiciones divergentes y sus respectivas objeciones. Con todo, desde mi particular punto de vista, también he dado razón de mi fe.

5) Haciendo los primeros estudios de doctorado en París (1964-1966) viví la efervescencia del Concilio. Fue mi primera recepción de este. Respecto al tema para el doctorado, me entusiasmaba la Biblia, pero no quería encerrarme en la exégesis del método histórico crítico, sino llegar a una visión más teológica y complexiva. Así, para mi tesis, busqué los comienzos de la patrística, los orígenes del cristianismo, para mirar desde ahí la evolución de la teología bíblica y su traducción en la vida y en la fe de la Iglesia. Comencé por el profetismo sobre el que hice mi disertación. Era un tema apasionante para una reconstrucción y explicación histórica, pero sus datos estaban muy dispersos y yo buscaba poder analizar un texto más denso. Entonces le propuse a Daniélou el tema que Antonio Orbe me había sugerido: el concepto de vida en Ignacio de Antioquía. Daniélou lo rechazó como proyecto de tesis filológica. Esto me obligó a volver a Chile, donde la realicé en esta Facultad. Así aprendí a investigar en Chile, a pesar de los posibles apremios pastorales.

Grandes maestros de método en París fueron para mí Henry Cazelles, Edouard Cothénet y Oscar Cullmann. Creo que los métodos bíblicos también se aplican a los Padres, pero transformados por la unidad y extensión de sus obras, que a veces casi no dejan salir de ellas, dada la riqueza de claves interpretativas que ya ofrecen para los párrafos que nos interesan. Bajo este aspecto, cada escrito a considerar nos impone su método. ¿Qué creo haber aprendido en París? Se me abrió el mundo de los Padres, que va acompañado de un gusto por los pequeños detalles (6). Así me sucede que al entrar en una biblioteca, en cualquier parte del mundo, me siento en casa. En París aprendí el método de trabajo y a hacer un ‘discurso’ de tesis bien y límpidamente trabado. Me enseñaron que lo principal y primero es la penetración en el texto estudiado, antes de alimentarse de lo que dicen los comentaristas. Es la manera de decir algo original y de no ser un simple resonador y componedor de lo que han dicho otros. La bibliografía viene después para cotejar y criticar lo que uno ha descubierto. Charles Kannengieser me recomendaba leer en Chile los textos de los Padres y después pensar, reflexionar nuestra situación.

6) Mi tesis doctoral en Chile se desarrolló desde 1967 a 1975, a la vez que enseñaba patrología e historia de la Iglesia antigua, lo que me ayudaba a contextualizar mejor. Para interpretar a Ignacio, ¿seguiría preponderantemente el método de historia de las religiones comparadas, que había usado Heinrich Schlier y otros? Me basé sobre todo en el antiguo método helenístico: un autor se interpreta por su conjunto, lo oscuro por lo claro. Esto me llevó, en un autor tan breve y repetitivo y para evitar la superficialidad en que caen muchos comentadores, a sucesivas lecturas tras el análisis de vocablo por vocablo hasta llegar a percibir el sabor específico de cada uno de ellos. Así pude penetrar en Ignacio y redecirlo. Esta tesis, además de un método fino de lectura de textos, me dejó una visión histórico-temática del mundo griego y bíblico respecto a un concepto tan clave como el de vida. De mi paciente y sabio patrono, Juan Ochagavía, aprendí la sencillez del texto y el acopio de notas probatorias.

7) Defendida la tesis, desde mi cátedra en la Facultad comencé a hacer pequeños trabajos de patrología. Con Oscar Velásquez investigamos las relaciones entre el Timeo de Platón y Basilio de Cesarea en el tema de la creación, y leímos el De Principiis de Orígenes y la Ciudad de Dios de Agustín, organizando también los primeros Seminarios de Estudios Patrísticos. El curso de patrología, con su enseñanza de cierta metodología de trabajo en Padres y de uso de la biblioteca (7), y con la libertad ofrecida a cada alumno para que escogiera el Padre y tema que quisiera trabajar, ha servido para hacer gustar a los Padres y despertar vocaciones patrológicas. Por especial Providencia de Dios, actualmente seis de nuestros profesores realizaron su doctorado sobre Padres. Esto confirma a la patrología como uno de los grandes caminos para llegar a una teología cada vez más propia de América Latina. Creo que solo conociendo muy bien la Revelación (Biblia y Padres (8)) podemos pensar creativamente nuestros propios desafíos pastorales e intelectuales. Esta ha sido constantemente mi propuesta para una teología latinoamericana.

8) Pero mis estudios patrológicos eran dispersos, les faltaba un nervio. No tenía una docencia temática específica a qué responder. Además no poseía una mentalidad de historiador de la Iglesia. Entonces, volviendo a mi antiguo plan, pedí hacer clases de dogma. En 1984 comencé a enseñar cristología (después Trinidad) en el currículo más pastoral. Para empezar, con el background bíblico que traía de mi tesis doctoral, me dediqué sobre todo a construir una cristología bíblica, donde entreveré la profecía del A. T. con la historia de Jesús y la comunidad naciente, y con la plasmación de los títulos cristológicos, para después pasar a estudiar los escritos del N. T. Así la Biblia comenzaba a ser el alma de mi teología. Después me dediqué al Dios del A. T., estudiado no solo como conjunto sino por tipos de escritos. Y terminé con Dios y el Espíritu en el N. T. (9). Al hacer esto último descubrí el método hacia el que me había estado encaminando.

Atendiendo a las conclusiones de la exégesis histórico-crítica y respetando su secuencia de escritos, hice una lectura de conjunto del N. T., siguiendo los vocablos y utilizando muchas citas. Esto guardaba un cierto parecido al método empleado en mi tesis doctoral y, por otro lado, a la lectura de la Biblia, más amplia y vivificante, que, sin considerar su método alegórico, hacían los Padres de la Iglesia, leyéndola como conjunto desde el misterio cristiano. La llamé lectura pastoral y espiritual de la Biblia, pensando en un método para América Latina. Después me di cuenta que correspondía también a la materia que un profesor de dogma tiene que enseñar. Mucho me consoló la lectura del N. T. y mucho me marcó. Y así actualmente hablo de la ‘monarquía del Padre’, buscando profundizar la experiencia de la trascendencia de Dios.

Con los alumnos de este currículo más pastoral hicimos una serie de trabajos en terreno sobre el concepto de Dios y de Cristo, que tenían las personas con las que hacían su apostolado. El material que recolectamos era interesante. Me asocié con un profesor de sociología para codificarlo y extraer conclusiones, pero el equipo fracasó. La investigación sociológica no era mi campo. En mi apostolado personal con pobladores tiendo a fijarme en las resonancias profundas que puedan producirse al decir algo, para así ser guiado por el sentido de la fe de los fieles, donde trabaja el Espíritu. Mis amigos los pobres sobre todo me han enseñado la profunda y concreta dignidad del hombre y a creer en Dios. Mucho me gusta la sabiduría popular.

Por otra parte, hace 25 años que participo en una comunidad de oración carismática, que ha equilibrado el racionalismo de los estudios y en la que creo descubrir, cada vez más, un parecido con las comunidades paulinas. Esto influye obviamente en mi concepto vivencial de Iglesia, centrándolo en Cristo y en el Espíritu, en la comunidad de los bautizados y en su triple ministerio, en el amor mutuo. Central para mí en la Iglesia es la santidad. En mi niñez y juventud ya había conocido a santos, como el beato Alberto Hurtado. El santo es, en cierto sentido, la buena teología concreta. Creo que la oración puede influir mucho en el hacer teología, porque purifica, enseña a discernir y uno se pone a la escucha de Dios. Nuestros sistemas nos cierran; la oración nos abre. Se recibe la teología como don del Señor que brota en medio del trabajo de uno. De esto caí en la cuenta no hace mucho tiempo. Fue justamente en los espiritualmente consoladores trabajos sobre el N. T. Creo que a través de esa experiencia se nos manifiesta nuestro sentido de la fe. Eso me ayuda a discernir camino en lo que pienso y escribo.

9) En 1989 comienzo a enseñar Trinidad y cristología como una sola materia en el currículo que prepara al bachillerato en teología. Ahora pasa a ser central la historia del dogma. Esta me interesa, porque sus datos (igual que los de la revelación bíblica) son ‘prâgma’, y yo soy de temperamento pragmático, y no muy teórico. Ahora nace el método ‘rumiante’. Y rumiar (releer) es gran forma de acoger una tradición actualizándola. Salpico, pues, los apuntes de clase con frases de Padres. Estas no coinciden del todo con la exposición clara de un manual: son densas, polivalentes, a veces un poco refractarias a ser catalogadas. Los alumnos, al chocar con ellas en el texto, tienen que rumiarlas, releerlas varias veces para ir conquistando su sentido. Así no solo aprenden un esquema de la historia del dogma, sino que van recorriendo el camino, junto con los Padres, en busca de una mejor expresión del misterio según las circunstancias de la cultura. Así se preparan, no solo a repetir y aplicar, sino también a reformular para América Latina. Y esto en el dinamismo vivo de la tradición. El método ‘rumiante’ coincide, por lo tanto, con el de París en cuanto sucesivas lecturas del texto. Condice, por lo demás, con esta época moderna, época de la hermenéutica. Yo también me he convertido en un rumiante, p. e., cada vez que enseño la doctrina trinitaria de Tomás, la voy entiendo mejor.

Cuando tomé este curso, me llegó el tiempo de los computadores. Ellos, con su sistema de corregir el texto y de notas, transformaron mis apuntes de clase, de manuales en archivos para el profesor, donde este pone todo lo que en las lecturas e investigaciones le va interesando. Y la clase hablada, explicando lo principal de esos apuntes, se convierte en el manual. Así los alumnos entran en contacto con la investigación, en vez de solo recibir y aprender una materia ya decantada. Y el profesor vive investigando para los alumnos. En este diálogo, él aporta el acopio del saber y los alumnos las ingenuas preguntas de futuro. Y cuando la docencia se une a la investigación, tocamos, a mi modo de ver, la esencia de la universidad: crear cultura transmitiendo.

La investigación teológica necesita un público que la estimule y exija y al cual uno pueda dirigirse Así se eleva el nivel. El grave problema de América Latina es la debilidad y poca exigencia de ese público. Nuestra Facultad ofrece algunas muy buenas instancias de publicación y diálogo. La Sociedad Chilena de Teología, que cumplió 10 años de existencia, va por este mismo camino. Por eso también nacen los círculos y tertulias de amigos. Para promover la investigación es fundamental que ampliemos y solidifiquemos un público desafiante al cual dirigirnos. A mí me ha resultado investigar para poder responder a los alumnos.

10) En 1995 tuve que dar un curso, más sintético, de cristología para alumnos de Teología para laicos. ¿Por qué no comenzar, entonces, a pensar también una aproximación a la sistemática trinitaria? Porque, aunque el fundamento debe ser bíblico y patrístico, la teología en América Latina se juega sobre todo en la sistemática. Además, probablemente yo había entrado a la especialización en teología ya con este desafío. Y muchos me habían cuestionado por mi falta de dedicación a la teología moderna. Cedí, pues, a la tentación en 1997, abandonando provisoriamente mis trabajos en patrística, a la que la historia del dogma me había llevado de nuevo. La lectura de la síntesis de Rahner, más que otras, actuó como catalizador para mi reflexión. Pero en sistemática, ¿cuál es el texto, cuya profundización es anterior a sumirme en los grande autores actuales? Esto es lo que siempre había visto como la condición para una teología más creativa, y ojalá más latinoamericana. El texto fue especialmente el N. T. y mi decantado conocimiento de la historia del dogma. El Espíritu en su relación al Hijo me abrió a amplios caminos de reflexión. Pero no solo había que partir de la revelación de Dios sino también de la experiencia del hombre. Elegí, por epocas, tres testigos de esta experiencia: Agustín, Anselmo y Rahner. También reflexioné la respuesta atea y di, ante ella, razón de mi fe. Finalmente concluí. Actualmente contejo mi conclusión con los principales autores contemporáneos. ¿Es este un buen método para sistemática en A.L.? Ciertamente es coherente con todo lo que he dicho sobre método.

11) Hasta aquí mi autobiografía metodológica (10). Soy un modesto representante de un medio profesional intelectual de nuestro continente, con infancia campesina. Mi doble licencia y mi doctorado fueron obtenidos en Argentina y Chile, participando de la vida de nuestros pueblos y de sus Iglesias. ¿Necesitamos un mayor enraizamiento para intentar una teología latinoamericana o cada uno tiene que presentar la suya conforme a lo que es? En general, no podremos hacer los exquisitos trabajos históricos de los académicos del mundo del Norte. No poseemos ni sus bibliotecas ni el ambiente cultivado que los rodea y estimula a eso. Pero los retos que enfrentamos creo que son mayores que esto e importantísimos para el futuro de la Iglesia. Lo decisivo, entonces, es conocer bien la revelación (sobre todo Biblia y tradición) y pensar, tratando de responder a los desafíos que vivimos o más simplemente de expresarnos nosotros mismos auténtica y creativamente. Nos toca pensar desde lo que realmente somos. Eso es lo que he tratado de hacer, aunque los resultados sean magros. Pero este es un largo camino que recién emprendemos. Una teología propia nuestra requiere generaciones y formar escuelas. Estamos solo en los inicios. América Latina se estrenó en sociedad con la Teología de la Liberación. Pero ahora hay que seguir más allá y profundizar en lo propio. Creo que el desafío de América Latina es, en buena parte, un desafío de método. Puedan estas sencillas ideas y experiencias estimular a alguien a descubrir su propio método. El futuro es de Uds. Yo estoy más bien terminando. Finalmente, muchas gracias por escuchar este testimonio. Quedo profundamente agradecido y conmovido por este homenaje.

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Notas:

(1) Esta fue la respuesta del profesor Zañartu al homenaje que se le ofreció (Teología y Vida XLII (2001), 233-238).         [ Links ] Nota de la redacción.

(2) Confieso que me gustan los grandes autores y no tanto el periodísmo, aunque haya trabajado en la revista Mensaje.

(3) Llegué a ser profesor de matemáticas y física.

(4) Este autor me ayudó a entender que el camino del pensar, también en referencia al desarrollo de lo histórico, no avanza tanto por descarte cuanto subsumiendo lo anterior en una síntesis superior, lo que puede reflejarse en un proceso dialéctico. Nuestro pensamiento es más abarcante de lo que parece a primera vista.

(5) Platón me hace pensar y soñar.

(6) Se reflejará en las notas de mis apuntes. El gran comentador de Ignacio, J.B. Lighfoot, me enseñará a respetar los pequeños matices contra los sistemas englobantes.

(7) Esta se enriquecía constantemente en esta materia, sobre todo con los textos mismo de los Padres.

(8) Porque, para la conciencia de la iglesia, los padres son testigos privilegiados de su Tradición. Es una época fundante para la interpretación de la Escritura, para algunas estructuras de la Iglesia, para toda inculturación posterior. Así dice Juan pablo II: "Los Padres son igualmente los constructores, porque sobre la base del único fundamento puesto para los apóstoles, es decir sobre Cristo, ellos han edificado las primeras estructuras de la Iglesia de Dios. En efecto, la Iglesia vive hoy día de la vida recibida de los Padres...Ellos han sido, pues, los Padres y lo serán siempre, ellos que son, por así decirlo, una estructura estable de la Iglesia y que en ella realizan, a través de los siglos, una función ininterrumpida. Es por eso que todo anuncio del Evangelio y todo magisterio posterior, para poder ser auténticos, deben ser confrontados con su anuncio y su magisterio; todo carisma y todo ministerio deben alimentarse de la fuente viva de su paternidad; toda piedra nueva que se agrega al edificio, que crece y se extiende cada día, debe situarse en la estructura que ellos pusieron, y soldarse y unirse a ella" (Patres Ecclesiae, 1(2-1-1980), AAS 72 (1980)5s).Cf.DH 1507;3007.

(9) El plan de mis estudios bíblicos estuvo, pues, condicionado por haber enseñado primero cristología y después Trinidad.

(10) También he seguido un consejo de mi maestro Juan Ochagavía. De cada estudio que hago redacto rápidamente un artículo corto para un público no especializado. Esto tiene la virtud que me hace sintetizar y aveces comprender mejor mi propio pensamiento y, por otro lado, puede validar y mostrar la necesidad de la palabra de los teólogos profesionales en el mundo de la pastoral.

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