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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449versión On-line ISSN 0717-6295

Teol. vida v.42 n.3 Santiago  2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492001000300009 

 

NOTICIAS DE LIBROS

Carlos Schickendantz

John R. Quinn, The Reform of the Papacy. The Costly Call to Christian Unity, New York 1999, 189 pp.

En el mes de junio de 1996, el arzobispo emérito de San Francisco y antiguo presidente de la Conferencia Episcopal norteamericana, John Quinn, pronunció una conferencia en Oxford (Inglaterra) que obtuvo una llamativa repercusión internacional; fue publicada en diversas revistas de Estados Unidos y Europa (1). En 1999, y en clara continuidad con aquella exposición, el autor ha publicado un libro, con el título "La reforma del papado", que nuevamente ha llamado la atención de la opinión pública eclesial. El texto ya ha sido traducido al italiano, al español y al alemán, por lo menos. Como el mismo autor lo remarca en la introducción, se trata de una obra de un obispo y no de un teólogo de profesión. De allí que la diferencia con otros textos especializados sea evidente.

La posición de Quinn está vinculada con otras expresiones eclesiales norteamericanas anteriores. En junio de 1995 se hizo público un borrador de 12 páginas elaborado por varios obispos y aunque carecía de firmas se pudo establecer que había obtenido la aprobación de aproximadamente 40 miembros de la conferencia episcopal americana (2). El texto, fruto de un año y medio de labor, evaluaba el modo de trabajo de dicha conferencia, su estructura y procedimientos, sus publicaciones y el funcionamiento de las comisiones. El texto incluye un capítulo que examina las "relaciones de la conferencia episcopal con la Iglesia universal": se destaca el período de aprendizaje de lo que significa colegialidad en la Iglesia, se presentan objeciones a los procedimientos seguidos en la redacción de diversos documentos por parte de la Santa Sede, se subraya la pasividad en la recepción de las directivas romanas, se manifiesta la preocupación de que una sobrevaloración del colegio de cardenales "desde un punto de vista práctico, debilite el rol de las conferencias episcopales; desde un punto de vista teológico, debilite el principio de la colegialidad". También se manifiestan reservas sobre varios aspectos procesales en la realización de los sínodos episcopales y se expresa el temor que en los nombramientos de los obispos se prefieran los candidatos considerados como "seguros" a los que poseen cualidades para el liderazgo. Uno de los puntos más significativos, a mi juicio, lo constituye la opinión de este grupo de obispos sobre la interpretación del Concilio: "Existe una sensación difusa que, desde hace algunos años, los documentos romanos a diversos niveles de autoridad han reinterpretado sistemáticamente los documentos del Concilio Vaticano II con el fin de presentar la posición conciliar minoritaria como el verdadero significado del Concilio".

En este contexto temporal y temático se comprenden mejor las reflexiones de John Quinn en el libro que comento. Este autor parte en sus reflexiones de la constatación del carácter singular de la propuesta de la encíclica Ut unum sint (3): "debe ser llamada una revolución" (p. 14) cuyo "carácter radical y de ruptura con lo precedente no ha sido completamente apreciado" (p. 19), ni ha despertado el interés que la invitación merece; constituye una "petición asombrosa" que, citando a un autor anglicano, estima Quinn, "puede producir resultados inesperados" (p. 34). Ahora bien, advierte el autor, "el test de credibilidad de Ut Unum Sint es cómo se ejerce el primado dentro de la misma Iglesia católica y si la Iglesia católica se sitúa frente al mundo cristiano como un modelo de lo que se propone en la encíclica" (p. 34).

La invitación de Juan Pablo II implica un reconocimiento del hecho que el presente modo de ejercicio del primado no es enteramente adecuado para responder a la nueva situación. "Uno puede plantear la necesidad de nuevas formas si las formas del pasado o las presentes son evaluadas como inadecuadas", afirma Quinn en la conferencia en Oxford. Un factor en orden a encontrar este "nuevo modo de ejercicio del primado" es la crítica del presente y la identificación de algunos factores específicos conectados con dicho ejercicio que crean obstáculos a la unidad de los cristianos. Varios errores cometidos en el segundo milenio (como la división del cristianismo en el siglo XVI, la pérdida de la clase trabajadora en el XIX y el distanciamiento de los intelectuales en el XX) se debieron en gran medida a la falta de una reforma concretada en el momento adecuado. Ahora bien, apunta Quinn, "reforma y crítica van juntas"; más aún, la crítica es "la matriz de la reforma"; ambas requieren necesariamente una "opinión pública dentro de la Iglesia" (p. 44).

El capítulo primero recoge una idea muy repetida en el diálogo internacional: el primer milenio como un modelo de ejercicio del papado. Quinn destaca cómo el mismo Juan Pablo II en la encíclica citada describe el ejercicio del ministerio petrino como un "moderador" (UUS 95) y no recurre a la expresión "primacía de jurisdicción". En este contexto tienen particular relieve expresiones de Joseph Ratzinger publicadas en 1976, que Walter Kasper ha calificado como "fórmula Ratzinger" (4),  y que, fundamentales para el diálogo ecuménico, han sido repetidas luego por muchos autores e, incluso, en cierta medida ha sido asumida en la encíclica UUS (n. 61). El texto del cardenal alemán expresa: "no tiene que ser hoy imposible lo que fue posible durante un milenio (...) Roma no debe exigir de oriente una doctrina del primado distinta de la que fue formulada y vivida en el primer milenio. (...) La unión podría conseguirse aquí sobre la base de que, por un lado, oriente renuncie a combatir como herética la evolución occidental del segundo milenio y a aceptar como correcta la figura que la Iglesia católica ha ido adquiriendo a lo largo de esta evolución. Y, viceversa, occidente debería reconocer como ortodoxa y correcta a la Iglesia de oriente, bajo la forma que ha conservado para sí" (5).

Pero al consenso no le faltan objeciones. El teólogo norteamericano (ahora cardenal), Avery Dulles, escribe que, en posturas como las de Congar, Pottmeyer o Quinn, se idealiza el primer milenio y se caracteriza al segundo como una regresión (6). Klaus Schatz, sin desconocer un estilo común en ese período, destaca también que la noción de unidad del primer milenio constituye un concepto equívoco, comprendido de diversas maneras en oriente y occidente. La interpretación sobre el rol de Roma difería grandemente según los períodos y los autores. De allí que Schatz afirme: "La fórmula usada a menudo: ‘regresar a la unidad que prevaleció en el primer milenio antes de la separación’, es históricamente vaga y ambigua" (7). Igualmente Peter Hünermann, sin negar un valor fundamental a la propuesta, plantea reservas: "la frase de Ratzinger citada frecuentemente... es en sí misma insuficiente, puesto que ni las iglesias orientales ni la iglesia latina se encuentran en la situación que existió en el primer milenio. (...) Un nuevo paradigma del servicio petrino debe satisfacer en su plausibilidad a la Escritura, a las diversas tradiciones como así también al presente", su situación y contexto (8). 

El libro de Quinn, cuyas líneas generales obtienen hoy una gran aprobación según reconoce críticamente A. Dulles, recoge temas doctrinales analizados más detenidamente en otras obras teológicas recientes, como por ejemplo la inclusión de la Nota explicativa praevia por Pablo VI a la Lumen gentium con su acento prevalentemente jurídico, y, sobre todo, una serie de observaciones sobre las actuales estructuras de gobierno de la Iglesia con múltiples sugerencias prácticas para su transformación. Quinn critica las afirmaciones recientes en torno a las conferencias episcopales, en particular, la discusión sobre su estatuto teológico y el nuevo requisito establecido por el Motu proprio de 1998 que exige una unanimidad completa para que una conferencia pueda publicar documentos doctrinales sin que sea necesaria una previa aprobación (recognitio) de la Santa Sede. "La unanimidad requerida crea la impresión de que existe una intención consciente de disminuir la importancia de la conferencia puesto que, bajo este estatuto, ella raramente podría, si está en condiciones alguna vez, de proponer una enseñanza doctrinal". (p. 103) (9). Es muy significativo que el mismo Walter Kasper, miembro de la curia romana, califique este motu proprio: "a lo más como un resultado parcial" (10). Quinn también aborda, con un tono respetuoso pero marcadamente crítico, la manera concreta como se desarrollan los sínodos episcopales, que a su juicio confirma la impresión de que la curia romana es un tertium quid entre el Papa y los obispos (cf. p. 113) (11),  los nombramientos episcopales, que en su opinión muestran que la rica doctrina conciliar referida a las iglesias locales "no es completamente operativa o no está implementada" (p. 133) (12).  Advierte que en 1829 solo 24 de los 646 obispos diocesanos fueron nombrados directamente por Roma y que el presente sistema fue influenciado considerablemente por las condiciones políticas europeas del siglo XIX (13). También aborda la temática referida a la constitución y las funciones específicas del colegio de cardenales, en particular su vinculación con la diócesis de Roma, sede y primer campo de trabajo de un papa (14). Por último, Quinn analiza con un poco más de detalle la historia de la curia romana, algunos pedidos de reforma recientes, ejemplos que reflejan, a su juicio, un alto grado de centralización. Manifiesta que, al respecto, el Vaticano II (CD 10) reclamó tres cosas: internacionalización, parcialmente realizada puesto que falta una "internacionalización de la mentalidad" (p. 163), mejor comunicación y coordinación entre los dicasterios de la curia (15),  y, tercero, mayor participación en ella de obispos diocesanos y laicos. A tal fin, el autor recuerda varias sugerencias prácticas ya discutidas durante el Concilio, concluyendo: "La reforma de la curia (...) es quizás al final el factor individual más importante en la grave tarea por la unidad de los cristianos y en la respuesta a la intención del Papa de encontrar una nueva forma de ejercicio del primado ‘abierto a la nueva situación’" (p. 177). Los conceptos clave de dicha reforma son descentralización, subsidiariedad y colegialidad.

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Notas:

(1) Cf. J. Quinn, The Exercise of the Primacy and the Costly Call to Unity, en: P. Zagano - T. W. Tilley (eds.), The Exercise of the Primacy: Continuing the Dialogue, New York 1998, 1-28.        [ Links ]

(2) Publicado originalmente en The National Catholic Report, luego en Origins, está también disponible en internet: http://astro.temple.edu/~arcc/bishops.htm.

(3) Es la invitación a un diálogo en orden a "encontrar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva" (UUS 95). Al respecto, cf. C. Schickendantz, Hacia una nueva forma de ejercicio del ministerio de Pedro. Consideraciones históricas y teológicas, en: Teología y Vida 41 (2000) 164-187.        [ Links ]

(4) L’unica Chiesa di Cristo. Situazione e futuro dell’ecumenismo, Il Regno 4 (2001) 127-135, 132.        [ Links ]

(5) Teoría de los principios teológicos. Materiales para una teología fundamental, Barcelona 1985, 238s.        [ Links ]

(6) Cf. A. Dulles, Recensión, H. Pottmeyer, Towards a Papacy in Communion: Perspectives from Vatican I and II, New York 1998, The Thomist 63 (1999) 307-313, 311.        [ Links ]

(7) Historical Considerations Concerning the Problem of the Primacy, en: J. Puglisi (ed.), Petrine Ministry and the Unity of the Church, Minnesota 1999, 1-13, 10.        [ Links ]

(8) P. Hünermann, Gesucht: Ein neues Paradigma des Petrusdientes, en: H. Schütte (ed.), .), Im Dienst der einen Kirche - Ökumenische Überlegungen zur Reform des Papstamts, Frankfurt a. M. 2000, 189-217, 191.        [ Links ]

(9) Precisamente este punto ha merecido opiniones contrarias recientemente; cf. L. Örsy, Die Bischofskonferenzen und die Macht des Geistes, Stimmen der Zeit 218 (2000) 3-17;         [ Links ] W. Aymans, Geistlose Bischofskonferenz? Anmerkungen zu einem Beitrag von Ladilas Örsy, Stimmen der Zeit 218 (2000) 408-419; etc.        [ Links ]

(10) W. Kasper, Zur Theologie und Praxis des bischöflichen Amtes, en: W. Schreer - G. Steins (eds.), Auf neue Art Kirche sein. Wirklichkeiten - Herausforderungen - Wandlungen, München 1999, 32-48, 45.         [ Links ] De modo análogo ha expresado sus reservas sobre el texto Dominus Iesus a causa de su carencia de sensibilidad ecuménica. Cf. en The Tablet 13.1.2001, 57.

(11) Varias sugerencias prácticas en la línea de la crítica de Quinn ofrece T. Rausch, Archbishop Quinn’s Challenge: A Not Impossible Task, en: P. Zagano - T. W. Tilley (eds.), The Exercise of the Primacy, 71-88, 80-83.        [ Links ]

(12) John Kane, profesor en Denver, opina que el aspecto más importante de las reformas que Quinn propone se halla precisamente en el nombramiento de los obispos. "Sin una reforma significante de este proceso, pienso, afirma Kane, que la entera discusión sobre el primado y la colegialidad permanecerá, al menos en el corto plazo, bastante irrelevante". Roman Catholicism and the Contemporary Crisis of Authority, en: P. Zagano - T. W. Tilley (eds.), The Exercise of the Primacy, 57-70, 64.        [ Links ]

(13) Cf. también la constatación de W. Henn luego de analizar la reforma gregoriana, The Honor of my Brothers. A Brief History of the Relationship between the Pope and the Bishops, New York 2000, 109: "         [ Links ]Parece que la selección de obispos locales no fue nunca propuesta como un elemento esencial del ministerio primacial como tal".

(14) Cf. la correcta observación de A. Antón, El ministerio petrino y/o papado en la "Ut unum sint" y desde la eclesiológica sistemática (II), Gregorianum 79 (1998) 645-686, 651: "         [ Links ]Comparando la terminología adoptada por el Vaticano II para hablar del "papado" y/o "ministerio petrino" en la Iglesia con la empleada por la UUS, emerge un dato que por cierto no carece de importancia. Mientras el Concilio evitó, al parecer intencionadamente, referirse al sucesor de Pedro con el título de "obispo de Roma", la encíclica, en cambio, muestra particular interés en darle este título y en vincularlo con la Sede y la ciudad del "martirio" del apóstol Pedro (nn. 4a, 24a, 52c, 55a, 89a, 92b, 94ab)."

(15) Quinn ejemplifica aquí con el caso reciente referido al juicio emitido por la Congregación de la Fe sobre la validez de las ordenaciones anglicanas en el comentario al documento Ad Tuendam fidem que sorprendió al Cardenal Edward Cassidy, entonces presidente de la Pontificia Comisión para la unidad de los cristianos, justamente en una reunión con anglicanos. Cf. The Reform of the Papacy, 164.

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