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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449versión On-line ISSN 0717-6295

Teol. vida v.43 n.1 Santiago  2002

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492002000100006 

Rafael Vicuña E.
Profesor de la Facultad de Ciencias Biológicas
Pontificia Universidad Católica de Chile

Las ciencias naturales colaboran con la teología

I INTRODUCCION

I.1. El supuesto conflicto entre religión y ciencia

Cuando se piensa en la relación que puede establecerse entre religión y ciencia, es muy difícil sustraerse al hecho de que la primera es percibida por muchos como un impedimento al libre progreso del conocimiento científico. Múltiples escritos nos dan cuenta de este aparente conflicto. Dos obras clásicas al respecto son sin duda History of the conflict between religion and science (1), publicada en 1874 por John William Draper y A history of the warfare of science with theology in Christendom (2), de Andrew Dickson White, aparecida veintidós años más tarde que la anterior. En palabras del propio White, su trabajo "describe la sagrada lucha por la libertad de la ciencia, una lucha que ha perdurado por siglos y que continúa".

Una postura de confrontación entre religión y ciencia es asumida en nuestros días por sectores reduccionistas extremos, quienes atribuyen a la ciencia el poder de dar respuestas certeras a cuanta interrogante pueda surgir de la curiosidad innata del hombre. Un representante muy característico de esta corriente es el premio Nobel Francis Crick, quien en su libro The astonishing hypothesis (3) nos propone abordar los temas de la existencia del alma y de la existencia de Dios con el método científico. "Tú, tus gozos y tus penas, tus memorias y tus ambiciones, tu sentido de identidad personal y tu libre albedrío, no son más que el comportamiento de un vasto ensamblaje de neuronas y sus moléculas asociadas", nos dice Crick. A lo cual se permite agregar que si hay un Dios, su existencia debiera poder ser demostrada mediante la aplicación del método científico. Otro destacado representante de esta posición reduccionista es Richard Dawkins, autor del best seller The selfish gene (4). Un manifiesto ateo, Dawkins ha dicho que él no es el tipo de científico que piensa que religión y ciencia abordan temas separados y que por lo tanto puedan coexistir fácilmente. Según él, la mayoría de las religiones postula que Dios es el responsable del diseño y del propósito propios de los seres vivos, lo que no es cierto. "Todo propósito es finalmente dado por la selección natural y este es el credo que quiero expandir", nos dice Dawkins.

Más razonable parece ser la postura de Stephen J. Gould, académico de la Universidad de Harvard. Gould se ha ganado un sitial de gran prestigio entre los biólogos evolucionistas por su proposición junto a Niles Eldredge de la teoría del equilibrio puntuado y por el rol que le asigna a la contingencia en la evolución de las especies. Gould es a la vez muy conocido fuera de la comunidad científica por sus numerosas publicaciones de divulgación acerca del proceso evolutivo. En su permanente defensa de una ciencia libre de interferencias externas, Gould nos manifiesta en su libro Rock of ages: science and religion in the fullness of life (5) que el supuesto conflicto entre religión y ciencia no tiene lógica alguna, puesto que cada una tiene su propio magisterio. El de la ciencia es el de la investigación empírica, mientras que la religión se preocupa de los valores morales y de la trascendencia. Su teoría del NOMA (Non Overlapping MAgisteria) concede la misma importancia a ambos magisterios, considerándolos dignos de igual respeto, independientes entre sí y por lo tanto libres de interferencias recíprocas. Resulta interesante que un científico que se autocalifica de agnóstico como Gould haya tomado la iniciativa de aclarar ciertos malentendidos históricos que han provocado un gran daño a la Iglesia Católica. Es así como ha rebatido algunas de las afirmaciones hechas por Draper en su obra mencionada poco antes, quien según Gould habría inventado que los teólogos de Salamanca se oponían al viaje de Colón por considerar herética su postura de que la tierra era una esfera.

Dentro de este ámbito de supuesto conflicto entre religión y ciencia, no puede dejar de mencionarse la corriente creacionista que se da con rasgos particularmente beligerantes en los EE.UU. de América. En este caso, el malentendido surge de la errónea creencia que la Sagrada Escritura debe ser interpretada de manera literal, como si se tratara de un texto científico. Esta postura puede conducir a situaciones que resultan algo paradójicas. Así por ejemplo, el Génesis relata que en el día primero fue creada la tierra y que esta tuvo mañana, tarde y noche, mientras que el sol fue creado el día cuarto, después de las plantas y los árboles. Aunque bien intencionado, el creacionismo no tiene otra opción que la de una lucha irreconciliable con la ciencia, puesto que los datos que esta nos entrega sobre la edad del universo, el orden de aparición de las especies, los procesos geológicos, la creación del hombre, etc., contradicen abiertamente la letra de lo expresado en los textos sagrados. Lo que el creacionismo no asume es que la adhesión a la palabra de Dios no se contradice con el necesario trabajo literario que requiere su adecuada interpretación. Ello supone tener en cuenta la época en que cada texto fue escrito, los rasgos de personalidad de su autor, el entorno cultural, las circunstancias históricas, etc.

I.2. El rol de los científicos creyentes

Frente a las mencionadas posturas de hombres de ciencia contemporáneos, los científicos creyentes debemos preguntarnos cuál es el rol que nos corresponde asumir en este debate. O formulado de otro modo, en el contexto de lo que preocupa a esta Facultad de Teología y que constituye el motivo que nos convoca hoy día, es preciso plantearnos cuáles son los desafíos que las ciencias naturales presentan a la teología. Por de pronto, parece obvio que se debe resistir a la tentación de hacer vasos comunicantes entre ciencia y religión, como si se tratara de dominios del saber equivalentes. Esta tendencia suele llevar a la mala costumbre de llenar las brechas científicas con explicaciones sobrenaturales, lo cual inevitablemente conduce a un paulatino arrinconamiento de Dios en la medida que las dudas científicas se van despejando. Nuestro objetivo debe ser más bien intentar el logro de una comprensión integral de la realidad a través de un diálogo entre la ciencia y la religión, buscando armonizar de un modo coherente la verdad revelada con el conocimiento que obtenemos mediante el uso de la razón.

Para tal fin es preciso definir qué es lo que podemos esperar de la ciencia, teniendo claro que esta tiene sus límites. No caben dudas de que la ciencia ha demostrado ser una herramienta de extraordinaria efectividad para interrogar a la naturaleza e ir descubriendo sus secretos. Con su método certero y riguroso, transita por terrenos inexplorados abriendo horizontes que representan siempre un avance en el conocimiento de la realidad. Sin embargo, ella tiene sus límites, puesto que si bien describe rigurosamente los fenómenos naturales y sus leyes, no responde otros aspectos de la realidad. Cuestiones como ¿Qué es el ser? ¿Qué es la verdad? ¿Por qué existo? ¿Qué hay después de la muerte? ¿Existe el alma?, etc., escapan a su objeto de estudio.

Es a la filosofía a quien corresponde buscar la respuesta a este tipo de interrogantes, con su característico método especulativo y por ende no necesariamente progresivo como el de la ciencia. En el lenguaje aristotélico-tomista, podríamos decir que siendo el mismo el objeto material del conjunto de las ciencias y de la filosofía, es decir, la totalidad de las cosas, las ciencias empíricas tienen como objeto formal las causas segundas o principios próximos, esto es, cercanas al detalle de los fenómenos que se revelan a nuestros sentidos. La filosofía, en cambio, trata sobre las primeras causas o razones más elevadas de todas las cosas. Ciencia y filosofía representan entonces el esfuerzo de la razón para el conocimiento de la realidad, estando ambas circunscritas a los ámbitos que les trazan sus respectivos métodos.

Por último, será la fe la que nos proporcionará el sentido de los fenómenos naturales que observamos, incluido el de nuestra propia existencia, puesto que sabemos que "en la plenitud de los tiempos serán recapituladas todas las cosas en Cristo, las de bajo los cielos y las de sobre la tierra" (6). Pero también las materias de fe son analizables con la razón, tarea propia de la teología, verdadera inteligencia de la Revelación que investiga "la Verdad, el Dios vivo y su designio de salvación revelado por Jesucristo" (7).

Tenemos así tres dominios del saber, es decir, ciencia, filosofía y teología, cada uno con sus propios principios, metodologías y procesos de análisis. La incapacidad para apreciar los alcances de cada uno de estos tres dominios es la causante última de los aparentes conflictos entre la ciencia y la religión. Por lo tanto, una tarea permanente para los hombres de ciencia creyentes será contribuir a despejar esta confusión epistemológica.

I.3. Las ciencias naturales colaboran con la teología

Otra misión ineludible que tenemos los científicos que creemos en Dios, es precisamente hacer buena ciencia. Esto quiere decir avanzar lo más posible en el conocimiento de los fenómenos naturales y sus causas, utilizando rigurosamente las herramientas que proporciona el método científico. Es este buen ejercicio de la actividad de investigación el que posibilita contribuir al diálogo entre los tres saberes, y muy en particular, enriquecer con sus hallazgos el trabajo propio de la teología. Será la teología la disciplina encargada de encontrar el sentido a los descubrimientos de la ciencia (8). La cosmología contemporánea, con sus hipótesis sobre los inicios del universo y su destino; los avances de la geología y la química prebiótica en el estudio de los orígenes de la vida en la tierra; las investigaciones paleontológicas y genéticas sobre los homínidos; los aportes de la neurobiología en el campo de la conciencia; la elucidación de los eventos que tienen lugar durante las primeras fases del desarrollo embrionario; el proyecto del genoma humano, etc., constituyen aportes valiosísimos ya sea para una mejor interpretación de las Escrituras, para comprender la armonía de la creación o para el conocimiento del hombre en cuanto creatura hecha a imagen y semejanza de Dios. Como ha afirmado Juan Pablo II, "la vitalidad y significación de la teología para la humanidad se reflejará en forma profunda en su habilidad para incorporar estos conocimientos" (9). Su Santidad también nos ha dicho que "para delimitar bien el campo de su objeto propio, el exégeta y el teólogo deben mantenerse informados acerca de los resultados a los que llegan las ciencias de la naturaleza" (10). Esta transferencia de saberes debe hacerse con la convicción de que no debiera generarse ningún conflicto entre la fe y la razón, puesto que "la verdad no puede contradecir a la verdad" (11). Es decir, lo revelado por el Creador no puede ser distinto a lo que percibimos con nuestros sentidos. Como nos dice el Concilio Vaticano II, "cuando la investigación metódica en todos los campos del saber se realiza en forma verdaderamente científica y conforme a las normas de la moral, nunca se opondrá realmente a la fe, porque tanto las cosas profanas como las realidades de la fe tienen su origen en el mismo Dios" (12). Adicionalmente, para evitar caer en el callejón sin salida de una contradicción entre ciencia y Revelación, "es necesaria una hermenéutica rigurosa para la interpretación correcta de la Palabra inspirada. Conviene delimitar bien el sentido propio de la Escritura, descartando interpretaciones indebidas que le hacen decir lo que no tiene intención de decir " (13).

De los temas antes mencionados, hay dos que han experimentado un extraordinario dinamismo en años recientes y cuyos actuales paradigmas, si bien constituyen motivo de legítima controversia entre los propios científicos, debieran contribuir a enriquecer la reflexión teológica. Ellos son el origen de la vida en la tierra y la evolución de los homínidos hasta la aparición del Homo sapiens, eventos separados por unos 3.800 millones de años. Este último acontecimiento constituye un evento irrepetible en la historia, por lo que la ciencia lo abordará siempre a base de hipótesis cuya validez estará dada por la solidez de las evidencias que las sostienen. En cuanto a la posibilidad de "sintetizar" vida en el laboratorio, comenzamos a percibirlo como un objetivo alcanzable, al menos en sus formas más simples (14).

Como nos ha recordado hace poco Su Santidad Juan Pablo II, ambos temas interesan mucho a la Iglesia, puesto que la Revelación contiene enseñanzas relativas a la naturaleza y los orígenes del hombre (15). El Magisterio de la Iglesia ha sido llamado en varias ocasiones a pronunciarse sobre el origen de la vida y la evolución, en el ámbito de su propia competencia. Quizás el hito más notable al respecto ha sido la encíclica Humani generis publicada por Pío XII en 1950, en la que el avance de las investigaciones le permitió afirmar que la doctrina del evolucionismo podía considerarse como una hipótesis seria, digna de investigación y de una reflexión profundas. El que hace unos años Juan Pablo II haya dicho que "Hoy, casi medio siglo después de la publicación de la encíclica, nuevos conocimientos llevan a pensar que la teoría de la evolución es más que una hipótesis" (16), demuestra en forma elocuente cuán importantes son para el Magisterio de la Iglesia los logros de la ciencia.

Paradójicamente, en lo que representa un típico ejemplo de confusión de los dominios propios de la ciencia y de la religíón, el tema del origen de la vida ha querido usarse para negar la existencia de Dios. En efecto, en los años 20 del siglo pasado, el Partido Comunista soviético llegó a la conclusión de que su proselitismo ateísta experimentaría un gran impulso si se pudiera demostrar en forma experimental que el origen de la vida no requiere de una intervención divina. Fue en este contexto en el que el bioquímico ruso Alexandr Oparin, quien más tarde se haría lisenkoísta, publicó su teoría del origen de la vida a partir de una sopa primordial (17). Contrasta con lo anterior la actitud del evolucionista francés Jean-Baptiste Lamark, para quien "la vida y la organización son productos de la naturaleza y al mismo tiempo resultado de los poderes conferidos a la naturaleza por el Supremo Hacedor de todas las cosas y de las leyes mediante las cuales ella está constituida. Esto ya no puede ser cuestionado. La vida y la organización son fenómenos puramente naturales" (18).

II. EL ORIGEN DE LA VIDA EN LA TIERRA(19)

II.1. Algunas hipótesis sobre el origen de la vida

Constatamos con asombro la abundancia con que la vida prolifera en nuestro planeta. Hay evidencia de la existencia de células desde que la tierra tenía unos 600 millones de años, es decir, apenas esta se enfrió hasta una temperatura compatible con la vida. Hoy encontramos microorganismos en todo tipo de ambientes agrestes, como son las profundidades marinas y terrestres, las aguas permanentemente congeladas, las aguas termales, los salares, etc. Por su parte, la vida macroscópica se nos presenta en una gran variedad de ambientes naturales, con múltiples colores y morfologías, aunque con una gran uniformidad bioquímica. Pareciera que la tierra nació preñada de vida, como ha dicho el premio Nobel Christian de Duve. La armonía con que funcionan los ecosistemas y los complejos mecanismos de regulación de los procesos vitales contrastan con la monotonía y simplicidad del mundo inanimado. ¿Cómo es que la materia pudo llegar a un grado tan elevado de autoorganización? ¿Cómo es que se llegó al diseño de un sistema informacional con capacidad de autocopiarse, que permite perpetuar las instrucciones para esta autoorganización?

Históricamente, se han propuesto distintas explicaciones al origen de la vida en la tierra, algunas incompatibles entre sí. Una de las teorías que sobrevivió varios siglos fue la de la generación espontánea, según la cual los seres vivos estaban continuamente creándose a partir de materia inanimada. Esta idea fue asumida por grandes filósofos y científicos, entre los que se contaron Aristóteles, Newton e incluso Lamarck, quien llegó a afirmar que: "La naturaleza, por medio del calor, la electricidad y la humedad, produce generaciones espontáneas o directas en el extremo de cada reino de cuerpos vivientes, donde los más simples de estos cuerpos son encontrados" (20). Los experimentos de Francesco Redi en el siglo XVII, los de Lázaro Spallanzani en el siglo XVIII y finalmente los de Louis Pasteur en 1860, sepultaron para siempre esta hipótesis.

Por su parte, el físico británico Lord Kelvin (siglo XIX) y luego el químico sueco Svante Arrhenius (comienzos del siglo XX) fueron de los primeros en sugerir la teoría de la panspermia. Según esta, el espacio interestelar está sembrado con microorganismos de distinto tipo, los que en algún momento invadieron la tierra. Más recientemente, esta corriente ha recibido un fuerte apoyo de parte de Francis Crick y Fred Hoyle. El argumento principal a su favor es la rapidez con que apareció la vida en la tierra, mientras que atenta contra ella la limitada capacidad de las esporas para resistir a la radiación y las bajas temperaturas del espacio exterior. La panspermia no está de ningún modo descartada. Hoy día abundan los estudios sobre astrobiología y al menos un par de grupos sostienen haber identificado bacterias en meteoritos venidos del espacio exterior. En todo caso, de confirmarse que hay vida en el espacio exterior y que esta pudo llegar a la tierra, ello no resuelve el problema que nos preocupa ya que solo lo traslada de lugar.

Una tercera postura frente al origen de la vida es el ya mencionado creacionismo. Como está dicho, esta doctrina equivoca su modo de interpretar las Escrituras y es absolutamente incompatible con la evidencia científica, por lo que no amerita mayor análisis.

Finalmente, tenemos la teoría más aceptada, aunque no por eso exenta de interrogantes, que propone que la vida en la tierra surgió de un proceso evolutivo gradual y continuo a partir de compuestos químicos aislados. Luego de un período inicial de acumulación, estos comenzaron a establecer entre sí relaciones de interacción cada vez más sofisticadas hasta alcanzar el patrón de organización propio de los seres vivos, con capacidad de metabolismo, replicación y mutación. Esta última teoría llegó a adquirir relevancia solo en el siglo XX, aunque ya el propio Darwin, quien casi no se refirió al origen de la vida en sus libros, en una carta privada escrita en 1877 abordó el tema en términos que no han sido frecuentemente divulgados: "A menudo se dice que todas las condiciones para la producción inicial de un organismo vivo están actualmente presentes y siempre podrían estarlo. Pero si (y oh! qué gran si) pudiéramos concebir que en un pequeño charco caliente, con toda clase de sales de amonio y fosfato, luz, calor, electricidad, etc. presentes se formase una proteína, presta a experimentar cambios complejos, en los tiempos actuales tal materia sería instantáneamente devorada o absorbida, lo cual no habría sido el caso antes que se formaran creaturas vivas" (21).

II.2. Las primeras moléculas orgánicas

Si la vida surgió aquí en la tierra, ello debió ocurrir en etapas. Primero tuvo lugar la síntesis de biomoléculas sencillas. Luego, la combinación de ellas condujo a la formación de polímeros tales como el RNA y las proteínas, mientras comenzaba a establecerse un sistema interconectado de reacciones entre las biomoléculas, el que tarde o temprano fue aislado parcialmente por un límite externo que le dio identidad y protección.

Hoy día se barajan tres opciones para la síntesis abiótica de biomoléculas pequeñas. Una de ellas se apoya en los experimentos que Urey y Miller iniciaron en los años 50 en la Universidad de Chicago. Estos investigadores vieron que al someter una mezcla de metano, amonio e hidrógeno a una descarga eléctrica, se formaban muchos de los aminoácidos que se encuentran en las proteínas. Una posterior refinación de estos experimentos por parte de estos y otros autores condujo a la síntesis de otros aminoácidos, de diversos azúcares y de las bases nitrogenadas que forman parte de los ácidos nucleicos. Investigadores que sostienen que la atmósfera primitiva no tenía la capacidad reductora que requieren estas reacciones, prefieren creer que las biomoléculas fueron aportadas por meteoritos que se estrellaron contra la tierra. Esta teoría, respaldada fuertemente por el español Joan Oró, se afirma en la ya comprobada presencia de todo tipo de moléculas orgánicas en dichos cuerpos celestes. Su flanco débil, sin embargo, es la incertidumbre que existe en cuanto a la capacidad de estas moléculas de resistir a las altas temperaturas que desarrollan los cuerpos al entrar en la atmósfera y chocar con la tierra. Por último, el químico germano Gunther Wächtershäuser ha propuesto que las biomoléculas se originaron en las fumarolas de los fondos marinos, en las que agua caliente rica en metales de transición y en ácido sulfhídrico que brota desde los fondos se mezcla abruptamente con el agua fría del mar. Este mismo autor ha demostrado que los sulfuros pueden reducir monóxido de carbono para formar moléculas orgánicas. Futuras investigaciones irán aportando nuevos antecedentes que permitirán resolver cúal de estas teorías aparece con la mayor opción de ser la correcta, aunque existe la posibilidad de que las tres vías contribuyeron a la acumulación de las biomoléculas del planeta.

II.3. La formación de los polímeros: el surgimiento de la autocatálisis y de un sistema informacional

La solución acuosa de las primeras biomoléculas terrestres (y espaciales) se conoce con el nombre de sopa de Oparin o caldo primordial. La ausencia de oxígeno contribuyó a su estabilidad. Al llegar a una concentración crítica, las biomoléculas comenzaron a interaccionar paulatinamente entre ellas, mediante reacciones que fueron aceleradas por las altas temperaturas volcánicas y por la energía proporcionada por la luz ultravioleta del sol.

La termodinámica nos indica que no es fácil que se formen polímeros a partir de sus constituyentes en forma espontánea, aunque algunas luces tenemos acerca de cómo pudieron ocurrir estas reacciones. Las condensaciones de monómeros pudieron facilitarse por una concentración de ellos debida a congelamientos o evaporaciones localizadas, o a su encuentro en una especie de espuma formada por los compuestos orgánicos hidrofóbicos en cuyo interior la abundancia relativa del agua era menor. Se ha visto también que diversos minerales pueden atraer moléculas orgánicas a su superficie, contribuyendo a su estabilidad y al establecimiento de interacciones entre ellas. La formación de enlaces covalentes pudo ser catalizada por polifosfatos inorgánicos, diversos minerales, arcillas, HCN y tioésteres, existiendo datos experimentales que apoyan todas estas opciones. Por otra parte, Sidney Fox ha visto que cuando se calienta una mezcla de aminoácidos hasta una temperatura de 150 ºC, estos se unen entre sí formando polímeros denominados proteinoides que alcanzan un largo de hasta 200 residuos.

En este medio de complejidad incipiente, también tienen que haber comenzado a surgir ciertos catalizadores que fueran capaces de acelerar reacciones que directa o indirectamente condujeran a una mayor producción de sí mismos. Un sistema autocatalítico de este tipo ya mostraría ciertas propiedades de los seres vivos, ya que representaría un tipo de organización molecular que no funcionaría en base al azar, competiría con otros sistemas por las moléculas disponibles en la sopa y se destruiría si deja de ser "alimentado" por las moléculas que le sirven de materia prima.

¿De qué tipo fueron estas macromoléculas que sustentaron estos sistemas de autocatálisis? ¿Fueron ellas proteínas o ácidos nucleicos? Las proteínas superan ampliamente a los ácidos nucleicos en versatilidad y eficiencia catalítica, por lo que parece obvio que las enzimas catalicen la inmensa mayoría de las reacciones que ocurren en las células. Pero hace unos pocos años se descubrió que el RNA también puede actuar como catalizador de determinadas reacciones. Más aún, en algunas de ellas él mismo participa como sustrato. Por ejemplo, el RNA puede romper los enlaces fosfodiéster que unen los nucleótidos en una cadena y también puede unir o ligar segmentos de RNA diferentes (22). Se ha visto además que durante la síntesis de proteínas, es un RNA ribosomal el que cataliza la unión entre los aminoácidos. Como si esto fuera poco, el RNA tiene una particularidad de la cual carecen las proteínas y que representaría una enorme ventaja en el establecimiento de sistemas autocatalíticos: se trata de una molécula informacional, es decir, puede servir como molde para dirigir la síntesis de otro RNA por complementación. Esta idea ha tomado tal fuerza, que el premio Nobel de Química Dr. Walter Gilbert ha avanzado la hipótesis de "mundo RNA" (23), según la cual hubo un período inicial en que las formas primitivas de vida carecieron de proteínas. Recientemente, la teoría del mundo RNA ha recibido un fuerte respaldo al comprobarse que este ácido nucleico es capaz de catalizar la síntesis de los nucleótidos que lo componen, y más aún, de hacer copias de sí mismo (24).

Dada la inestabilidad intrínseca del RNA, algunos investigadores han propuesto ciertas variantes con respecto a la estructura del ácido nucleico primitivo. Se ha sugerido que en lugar de azúcares de cinco átomos de carbono, los primeros RNA pudieron estar estructurados a base de azúcares de seis carbonos, cuya formación estaría además favorecida en las condiciones de la química prebiótica, que favorece la formación de estas últimas. También se ha adelantado la posibilidad de que en lugar de estar unidas a un azúcar, las bases nitrogenadas lo estuvieran a un aminoácido, lo que daría un material genético con una estructura mixta entre proteína y RNA. Este tipo de molécula, que ha recibido el nombre de PNA (por proteína-DNA), ha sido sintetizado en el laboratorio en las condiciones de la química prebiótica (25). Se ha determinado que puede comandar la síntesis de un polímero complementario del mismo modo que el RNA y ofrece mayores perspectivas de eficiencia catalítica que este último.

La aparición de los ácidos nucleicos constituyó un acontecimiento decisivo para el origen de la vida. Cualitativamente, este es el evento más determinante de toda la etapa prebiótica. Moléculas con la propiedad de contener información podrían "memorizar" todo lo avanzado en los millones de años precedentes. En la medida que estos polímeros tuvieran la capacidad de integrarse en sistemas de autocopia, podrían transmitir este valioso patrimonio a otras moléculas semejantes, imprimiéndole un gran dinamismo al proceso conducente a la vida. La propiedad de autorréplica tiene además otra consecuencia de gran proyección, ya que posibles errores o mutaciones que se cometan durante la copia constituyen la base para que empiece a operar un proceso evolutivo basado en la selección natural de aquellos sistemas autocatalíticos más eficientes.

En todos los organismos actualmente existentes, los ácidos nucleicos y las proteínas cumplen roles totalmente distintos. Los primeros constituyen el llamado genotipo, ya que portan el mensaje genético que se transmite a la descendencia por replicación. Por su parte, sobre las proteínas descansan la estructura y el trabajo celular, lo que se conoce con el nombre de fenotipo del organismo. Durante la prevalencia del mundo RNA en que no existían proteínas codificadas por él sino a lo más proteinoides polimerizados al azar, el genotipo coincidió con el fenotipo. ¿Cómo es que se dio esta transición del fenotipo desde el RNA a las proteínas? La respuesta a esta interrogante la encontramos en el surgimiento del código genético. El origen del código no está para nada claro y es fuente de muchas controversias. Algunos investigadores sostienen que constituyó un accidente del azar que quedó congelado en el tiempo, mientras que otros favorecen un desarrollo por selección natural. Experimentos recientes están comenzando a arrojar algunas luces sobre esta materia, proporcionando al menos un punto de partida para analizar este problema. Se ha demostrado que en el tubo de ensayo, los RNA tienen afinidad por los aminoácidos y se unen a ellos por simple atracción química. Más aún, se ha visto que los aminoácidos se unen a los RNA con cierta selectividad, ya que cada uno lo hace con mayor frecuencia a aquellos RNA que contienen los tripletes que lo especifican en el código genético. Esto explicaría por qué los aminoácidos químicamente parecidos están codificados por tripletes semejantes. Partiendo de la base que la unión de aminoácidos a un RNA puede aumentar significativamente su eficiencia catalítica, se ha propuesto entonces que durante el mundo RNA, los aminoácidos eran "reclutados" por pequeñas moléculas de RNA (futuros tRNAs) para conducirlos al RNA catalítico, al cual los primeros se unían por apareamiento de sus correspondientes tripletes. Posiblemente, cada aminoácido se unía a más de un triplete, aunque con afinidades distintas. Al comienzo, estos reclutamientos deben haber constituido eventos excepcionales, para luego aumentar en su frecuencia. La unión covalente de aminoácidos vecinos produjo las primeras proteínas codificadas en un RNA.

Uno de los atractivos de esta teoría es que debido a que tripletes parecidos codifican por aminoácidos con semejanza química, los errores que se cometan durante la síntesis de proteínas pueden tener solo un efecto moderado. Visto desde otra perspectiva que también resulta favorable para esta teoría, las consecuencias negativas que pueden tener las mutaciones en el RNA son menores, ya que las propiedades de la proteína resultante no serán tan diferentes a la producida antes de la mutación.

Si esta hipótesis para explicar el origen del código fuese correcta, no resulta fácil explicar su evolución posterior. En efecto, ya existiendo las cuatro bases del RNA, las afinidades de los tripletes con los aminoácidos existentes no van a cambiar con el tiempo. Una probable respuesta a esta interrogante es la siguiente: en un comienzo, unos pocos tripletes fueron reconocidos por aquellos aminoácidos más abundantes en la sopa primitiva. Pero a medida que fueron evolucionando las sencillas vías metabólicas iniciales para producir nuevos aminoácidos, algunos tripletes fueron cedidos a estos últimos a base de sus mayores afinidades hacia los tripletes que anteriormente se unían al aminoácido más abundante. Otro antecedente que habla de cierto grado de evolución del código es que aquellos aminoácidos que se encuentran más frecuentemente en las proteínas tienden a estar codificados por un mayor número de tripletes. Por ejemplo, los aminoácidos serina y leucina, con seis tripletes cada uno, son mucho más comunes que el triptofano, el que cuenta con un solo triplete. La universalidad del código constituye un argumento adicional en apoyo de su evolución hacia un estado de óptima eficacia.

II.4. El confinamiento del sistema autónomo

Es difícil pensar que un sistema interconectado de reacciones pueda ser estable sin un límite externo que lo encierre y lo proteja físicamente. Una membrana externa no solo permite a los componentes de un sistema mantener una relación más estrecha entre ellos, sino que además los protege contra agentes destructores y favorece el establecimiento de regulaciones más finas. Oparin propuso originalmente que la compartimentalización se dio temprano a través de la coacervación, fenómeno físico-químico que consiste en la agregación de polímeros en corpúsculos microscópicos. Sidney Fox, por su parte, ha formado microesferas con proteinoides que mantienen actividad catalítica y que atraen hacia ellas ácidos nucleicos presentes en la solución. Las microesferas se dividen en presencia de algunas sales y se hinchan por ósmosis. Pero existe también la posibilidad de que desde el comienzo se formaran membranas parecidas a las que existen hoy, por el ensamblaje de proteinoides con lípidos o solamente de lípidos. El grupo de P. Luigi Luisi en Suiza ha hecho notables experimentos en el campo de la biofísica de membranas. En ellos ha mostrado que a pH básico los ácidos grasos se agregan en miscelas, mientras que a pH neutro forman vesículas con una membrana bicapa. Estas vesículas pueden crecer gradualmente por incorporación de nuevas moléculas lipídicas o en forma discreta, por fusiones entre ellas. Este último proceso es mediado por proteínas y por calcio. Este crecimiento llega hasta un punto de inestabilidad en el cual las vesículas se dividen, generándose de este modo un mecanismo de reproducción vesicular que bien pudo ocurrir en las etapas tempranas de la vida. Tal vez hubo varios intentos de compartimentalización, formando distintos tipos de agregados que se extinguían algún tiempo después, habiendo prosperado uno solo de ellos. O bien, esta pudo haber seguido desde el comienzo una sola estrategia universal de organización. Sea como fuere, el fin de esta etapa del inicio de la vida en la tierra culmina con la formación de estructuras individualizadas por un límite externo que encierra algún material genético autorreplicativo y posiblemente algunas reacciones metabólicas muy primitivas catalizadas por el propio RNA. Las etapas siguientes estarán destinadas a su optimización y estabilización. Algunos hitos que vendrán más adelante son el reemplazo del RNA por las enzimas y el de este mismo ácido nucleico por el DNA, en el cual la información genética se almacena en forma más estable. También lo será la aparición de los primeros microorganismos fotosintéticos hace unos 2.800 millones de años, los que comenzaron a usar la energía solar en lugar de la energía química para fabricar nutrientes con la consiguiente "contaminación" de la atmósfera con oxígeno.

II.5. La capacidad de autoorganización

De las tantas cosas que nos asombran sobre el origen de la vida en la tierra, quizás la principal es la habilidad de las moléculas para autoorganizarse en entidades que se mantienen autónomamente fuera del equilibrio en virtud de un intercambio de materia y energía con el medio. Reconocemos el orden cuando se dan ciertos patrones regulares en el espacio o en el tiempo, como es el caso de la distribución de los átomos en un cristal o el movimiento de los planetas en sus órbitas. Pero la organización es más que eso, puesto que en un sistema organizado se da una cooperación entre sus componentes, en beneficio de una estrategia común. Un sistema de este tipo es complejo y por lo tanto sus acciones no son necesariamente fáciles de predeterminar. Los seres vivos son ordenados, pero más aún, son sistemas organizados.

La emergencia espontánea de organización a partir del caos no es frecuente en la materia inanimada, aunque puede darse ocasionalmente en algunos sistemas en la medida que estos cumplan los siguientes requisitos: ser abiertos, alejados del equilibrio, estar regulados por retroalimentación y estar descritos por ecuaciones no lineales. Un sistema abierto es aquel que intercambia materia y/o energía con el medio ambiente. El estar alejado del equilibrio implica que su estado de organización puede ser mantenido precisamente mediante la continua captación de energía y/o materia desde el medio. El requisito de regulación por retroalimentación se satisface cuando el sistema dispone de mecanismos de transmisión de información entre sus componentes, los que avisan sobre sus variaciones de orden físico o químico. Por último, el que los sistemas que se autoorganizan estén descritos por ecuaciones no lineales significa que la organización es fruto de discontinuidades o inestabilidades que se alcanzan en momentos críticos, de las cuales no pueden dar cuenta ecuaciones lineales que se caracterizan por predecir el comportamiento de los sistemas que describen.

Se han hecho avances importantes en los estudios de algunos modelos clásicos de autoorganización. Uno de ellos es el de las estructuras disipativas de Ilia Prigogine, premio Nobel de química en 1977, ejemplificado por las celdas de Bénard, por los remolinos de agua y por la reacción de Belousov-Zhabatinski. Los hiperciclos de Manfred Eigen constituyen otro ejemplo de autoorganización. En estos, el acoplamiento cíclicamente cerrado de dos sistemas de replicación autónoma no solo impide la mutua competencia, sino que potencia su desarrollo a través de una catálisis recíproca. Dignos de mencionar también como ejemplo de autoorganización son los sistemas dinámicos complejos de Stuart Kauffman, en los que de acuerdo a modelaciones matemáticas, un conjunto de reacciones químicas que supera un nivel crítico de diversidad entre sus componentes se puede tornar autocatalítico.

Así, el estudio de los sistemas de autoorganización, junto a los de la química prebiótica, han contribuido enormemente a la comprensión del origen de la vida en la tierra. Seguirán apareciendo nuevos problemas por resolver. En todo caso, la uniformidad de la bioquímica de los seres vivos, la universalidad del código genético y la quiralidad (actividad óptica) de las biomoléculas sugieren fuertemente que todos los organismos del planeta descienden de un ancestro común.

III. LA EVOLUCIÓN DE LOS HOMÍNIDOS(26)

III.1. Los primeros antepasados

Pasamos ahora a otro de los temas que hemos seleccionado, de entre tantos otros, para ilustrar el hecho de que la ciencia puede cooperar con los esfuerzos de la teología para alcanzar la verdad, que es una sola. Se trata de la aparición del hombre en la tierra. En este caso, los científicos procuran establecer la línea evolutiva que condujo hasta el hombre con características anatómicas modernas. Al mismo tiempo, los estudios de las culturas de nuestros ancestros podrían permitirnos algunas especulaciones acerca del momento en que se produjo el cambio esencial que convirtió a un homínido con una autoconciencia muy limitada en un ser racional. Esta última cualidad, manifestada en la capacidad de elaborar un pensamiento abstracto, constituiría un reflejo inconfundible de la infusión en él de un alma espiritual trascendente en la que residen las funciones de inteligencia y voluntad.

Un buen punto de partida para comenzar a desenhebrar la madeja es la línea evolutiva de los primates. Esta se inició hace unos 70 millones de años (m.a.) con integrantes que se distinguen, entre otros atributos, por la gran movilidad de sus extremidades y por poseer visión estereoscópica y en colores. Entre ellos, la línea de los hominoides abarca a todos los antropomorfos, es decir, a los homínidos, al chimpancé, al gorila, al orangután y a los gibones. Los homínidos incluyen al hombre y a todos sus ancestros bípedos que ya se han extinguido.

Los paleontólogos no están de acuerdo en cuanto a la identidad del primer ejemplar que se separó de los chimpancés para dar origen a la línea de los homínidos. Según los franceses Brigitte Senut y Martin Pickford, este correspondió a Orrorin tugenensis, espécimen que vivió en las colinas de Tugen en Kenia hace unos 6 m.a. y que fuera bautizado como "hombre del milenio" por haber sido anunciado durante el año 2000 (27). Según otros, este privilegio le corresponde a Ardipitecus ramidus kadabba, dado a conocer hace solo algunos meses por el estudiante Yahannes Haile-Salassie en la revista Nature (28). Todavía muy parecido al chimpancé y con un grado de bipedalismo aún incierto, lo delatan como homínido algunos rasgos dentales propios de estos últimos. Ardipitecus ramidus kadabba habitó en la región de Awash de la actual Etiopía hace unos 5.6 a 5.8 m.a. Más tarde le sigue Ardipitecus ramidus ramidus (4.4 m.a.), encontrado en la misma zona. A continuación viene la línea de los australopitecos. Con una capacidad craneal algo mayor que la de los chimpancés, sin duda caminaban en dos pies. Conservaban todavía varios rasgos de los monos antropomorfos, como por ejemplo un cuello y cintura poco marcados, una cara proyectada hacia adelante y falanges curvadas en manos y pies, aunque tanto su pelvis como sus fémures eran del tipo humano. El registro fósil nos acusa la existencia del Australopitecus anamensis (4.0 m.a.), encontrado en Kenia; del A. bahrel-ghazali (3.5-3.0 m.a.), desenterrado en el Chad; del A. afarensis ("Lucy", 3.7-3.0 m.a.) residente en Laetoli (Tanzania) y en el tramo final del río Awash; del A. africanus (3.0-2.4 m.a.) encontrado en Sudáfrica y del A. gahri (2,5 m.a.) encontrado hace dos años por Tim White en el valle del Awash Medio en Etiopía y propuesto por él mismo como un vínculo entre A. afarensis y el Homo habilis.

A campo más abierto que el medio arbóreo que constituía su hábitat natural, los australopitecos dieron origen a los parántropos, de cara más plana y con un gran aparato masticador. De este género conocemos tres especies: Paranthropus robustus (2.1-1.6 m.a.; Sudáfrica), P. aethiopicus (2.5-2.3 m.a.; lago Turkana) y P. bosei (2.3-1.3 m.a.; desfiladero de Olduvai en Tanzania, Konso en Etiopía y río Omo en el mismo país, cerca de la desembocadura del lago Turkana). El análisis anatómico de los fósiles indica que el género Homo no tuvo su origen en los parántropos, sino en los australopitecos.

Un hallazgo tan reciente como los de Orrorin tugenensis y Ardipitecus ramidus kadabba amenaza con sacudir el árbol filogenético de los homínidos. Se trata de un conjunto de restos con una data de 3.2 a 3.5 m.a. descubierto por Meave Leakey y colaboradores en la ribera oeste del lago Turkana en Kenya. Estos no son atribuibles a ningun género ni especie de homínido descrito, puesto que si bien reúnen propiedades de algunos australopitecus y particularmente del Homo rudolfensis que aparecerá posteriormente, poseen otras que los diferencian claramente de ellos. Para este nuevo espécimen se ha propuesto el nombre de Kenyanthropus platyops (29).

III.2. Aparición del género Homo

La aparición del género Homo será acusada por propiedades anatómicas características, así como también por la presencia de utensilios que solo sus representantes tienen la habilidad de fabricar. Una datación precisa de ellos indica que dicha cultura tuvo su inicio hace unos 2.5 m.a., muy próxima a la época en que vivió el A. gahri. En estos individuos se observa un pronunciado aumento de la capacidad craneal, desde 450 cc a 660-800 cc., además de una cara más vertical que la de los australopitecos. Las primeras especies de Homo corresponden a H. habilis (1.9-1.6 m.a.; lago Turkana y valle del río Omo que desemboca en el Olduvai y probablemente Sudáfrica) y al H. rudolfensis (el lago Turkana se llamaba Rodolfo), recientemente rebautizado Kenyanthropus rudolfensis. Luego haría su aparición el H. ergaster, (1.8-1.4 m.a.; lago Turkana, Konso y Sudáfrica), con una estatura y una longitud de brazos y piernas muy cercanas a la humana. Su mayor cráneo, nariz pronunciada y molares más pequeños lo diferencian nítidamente de las especies anteriores. Por último, tenemos al H. erectus, cuyos restos en África aparecen en Olduvai (1.2 m.a. y 0.7 m.a) y posiblemente en Argelia (Ternifine) y Marruecos (0.7 m.a.).

Fuera del continente africano, los fósiles más antiguos corresponden a H erectus, un espécimen de cráneo robusto (900 cc), de paredes gruesas y de cara ancha y plana. Fueron encontrados en Indonesia y parecen tener 1.8 m.a. Esta misma especie también llegó a China, donde sus fósiles tienen una antigüedad de entre 550.000 y 250.000 años. También hay restos de homínidos con ciertos rasgos de H. habilis u H. ergaster, junto a utensilios de piedra de cerca de 2 m.a. de antigüedad, en la caverna Longgupo (provincia china de Szechuan) y en Dmanisi (República de Georgia). En contraste con estos fósiles antiguos, en los años 30 se desenterraron en las terrazas del río Solo en Ngandong algunos de H. erectus de escasos 30.000 años. El continente europeo también exhibe un rico registro fósil de individuos del género Homo, aunque estos poseen una fisonomía diferente a la de los asiáticos. El yacimiento de la Gran Dolina en la Sierra de Atapuerca, cerca de Burgos en España, indica un poblamiento iniciado al menos hace unos 780.000 años, por el denominado H antecessor. La capacidad craneana de estos nuevos especímenes es mayor que la de H. ergaster, mientras que sus caras tienen un sorprendente relieve moderno. Otros huesos y herramientas con una antigüedad equivalente han sido hallados en Ceprano, Italia, no existiendo seguridad de que sean de la misma especie. También hay restos de hasta 550.000 años del llamado H. heidelbergensis, probablemente sucesor del anterior y predecesor del H. neanderthalensis. Esta cercana especie, que ya usaba el fuego y enterraba a sus muertos, pobló Europa desde hace 230.000 años y emigró también a Asia central y Oriente próximo. Su extinción data de hace unos 30.000 años, fecha esta última que coincide con la desaparición de H. erectus en Asia.

III.3. El hombre moderno

El hombre moderno aparece en Europa en el período denominado paleolítico superior, hace unos 40.000 años. Más alto y menos robusto que H. neanderthalensis, entre sus rasgos destacan una forma craneal casi esférica con una capacidad de 1.400 cc, frente vertical, mentón pronunciado y dientes más pequeños. No caben dudas de que H. sapiens y H. neanderthalensis coexistieron en Europa por unos 10.000 años. Puesto que no se han obtenido fósiles con características intermedias entre H. sapiens y H. neanderthalensis, ya pocos dudan que los primeros no evolucionaron a partir de los segundos. Más bien, la relativamente súbita aparición en Europa del hombre moderno sugiere fuertemente que este llegó desde afuera, siendo África su origen más probable. Si así fuera, habría que buscar un camino hacia el norte, posiblemente a través de un Sahara que en ese tiempo debe haber sido menos árido que el actual. Se han detectado restos con rasgos casi modernos en Israel (Qafza, 100.000 años y Skhul, 82.000 años), Sudán (100.000), Marruecos (Dar-es-Soltan, 80.000) y Libia (Haua Fteah, 47.000). Estas fechas nos indican que estos homínidos se encontraron en el oriente próximo con el H. neanderthalensis, en donde ambas especies cohabitarían por decenas de miles de años. Por otra parte, también hay fósiles de modernos en Sudáfrica (90.000), lo que indica que los humanos modernos también bajaron desde el sector oriental del continente.

Las dataciones de los restos del Oriente Medio se acercan bastante a las obtenidas del estudio de DNA mitocondrial y caen en el mismo rango con otras deducidas también con pruebas genéticas. El grupo dirigido por el ya fallecido Alan Wilson comparó el DNA mitocondrial de 189 individuos, concluyendo que se podía trazar un antepasado común de ellos en el continente africano, el que habría vivido hace 140.000 a 290.000 años (30). Dada la herencia maternal de este DNA, este fue bautizado como la "Eva africana". Estudios de DNA mitocondrial de 53 individuos de distinta raza y origen por el grupo de Gyllesten apuntan asimismo a un éxodo desde África hace unos 100.000 años (31), aunque el DNA mitocondrial de un fósil australiano de 60.000 años indica que el hombre anatómicamente moderno vivía en ese continente antes de la fijación completa del linaje de DNA mitocondrial que se encuentra en la población contemporánea (32). Por su parte, el grupo liderado por Michael Hammer ha realizado estudios del mismo tipo con el cromosoma Y del núcleo, el que solo se transmite a través del padre. En este caso, se llegó a deducir la existencia de un "Adán", también africano, con una antigüedad parecida a la de Eva. Nuevos estudios de marcadores específicos del cromosoma Y en varios miles de hombres de todos los continentes apuntan en esta misma dirección (33). Por último, los trabajos de Luigi Cavalli-Sforza con 120 marcadores genéticos diferentes han revelado también un origen africano para el H. sapiens, el que se puede localizar en un tiempo cercano a los 100.000 años atrás. Años más o menos, es claro que la fecha de aparición del hombre moderno en la historia evolutiva es extraordinariamente reciente.

A pesar del paulatino enriquecimiento del registro fósil de homínidos y del apoyo proporcionado por la genética, el momento de la aparición de nuestra especie dista mucho de estar claro todavía. Dado que los rasgos del H. sapiens son fácilmente distinguibles de los de H. ergaster u H. erectus, un requisito previo a la solución de este problema debiera consistir en el estudio de fósiles que posean rasgos intermedios. A los humanos que anteceden a los modernos se les llama arcaicos. Pertenecen a esta última categoría los restos hallados en la cueva de Arago en los Pirineos (400.000 años), el cráneo de Petralona, Grecia (380.000), los restos de Boxgrove (Inglaterra) y los de Mauer, Heidelberg (400.000), que por haber sido descubiertos primero (1908) le dan el nombre a la especie. La relación de continuidad claramente observable entre H. heidelbergensis y H. neanderthalensis no resulta tan evidente con el H. sapiens.

No se ha encontrado el equivalente al H. antecessor en África o en Asia. Sin embargo, en África aparecen también restos que tanto por sus rasgos como por sus dataciones aparecen en una zona intermedia entre H. ergaster y H. sapiens. Fósiles descubiertos en 1921 en la mina de Broken Hill, Zambia (34), han dado el nombre a la especie H. rhodensiensis. (Algunos autores no emplean este nombre e incluyen estos restos en la especie H. heidelbergensis, que es exclusivamente europea.) Con un volumen craneal algo inferior a los 1.300 cc., son comparables a los fósiles de Bodo (Etiopía), Ndutu (Kenya) y Florishbad (Sudáfrica). Se estima que todos tienen una antigüedad de entre 400.000 a 300.000 años, salvo el de Florishbad que muestra una data de 259.000 años. Luego hay un punto de quiebre con restos mucho más recientes, de solo 130.000 años, que exhiben rasgos casi modernos. Ellos están representados por el cráneo de Ngaloba (Laetoli, Tanzania) encontrado por Mary Leakey y dos especímenes desenterrados en el valle del río Omo, el que desemboca en el extremo norte del lago Turkana. Se estima que tanto en África como en Europa los arcaicos derivan del H. ergaster, aunque hay investigadores que sostienen que estos pueden haber evolucionado de un H. erectus que vino desde Asia hacia ambos continentes. Esta tesis no cuenta con muchos seguidores.

II.4. El hombre autoconsciente

Uno de los aspectos que más llama a la reflexión en la transición de los arcaicos al H. sapiens es la adquisición de una capacidad para cultivar el arte y de desarrollar la tecnología. Aunque las características anatómicas del hombre moderno ya estaban definidas hace al menos unos 100.000 años, hasta hace poco tiempo parecía que estos nuevos rasgos culturales solo se hacen evidentes luego de la invasión a Europa hace 45.000 años. Las manifestaciones de la llamada cultura auriñaciense que ahí se encuentran son inconfundibles con las toscas muestras de las culturas anteriores (olduvaiense, del primer Homo; achelense, del H. ergaster; musteriense, de los neandertales; chatelperroniense, también de los neandertales, al mezclar la anterior con la auriñaciense). Aparecen por ejemplo los buriles, piedras biseladas que se usaban para trabajar el hueso y el marfil. También lo hacen los raspadores distales, hojas con un extremo retocado que se usaban para preparar pieles. Con ambos instrumentos se consigue el máximo aprovechamiento de la materia prima, obteniéndose de cada piedra más longitud de filos que con ninguna técnica precedente. Esta nueva cultura también se distingue por la utilización del hueso y el marfil, no solo con fines utilitarios como había sido común hasta entonces, sino que por primera vez se los usa para la fabricación de adornos personales y de objetos ornamentales, los que mostrarán formas de hombre y animales. La pintura rupestre surge un poco después, aunque forma parte de la misma cultura. La más antigua parece ser la encontrada en la caverna Chauvet en Ardèche, cuyos dibujos según la autentificación del Ministerio de la Cultura francés datan de hace unos 32.000 años. Descubierta en 1994, la cueva consta de varias galerías de gran dimensión adornadas con más de 300 dibujos y grabados. No muy lejos de la entrada de este sitio se observa una amplia muestra de leones, panteras, osos, ciervos, caballos y rinocerontes en pinturas roja y negra, cuya preservación es casi perfecta. Más al interior emergen más imágenes que revelan una sofisticación y refinamiento inusitados. Técnicas que se pensaban de mucho más tardía aparición, tales como el sombreo y la perspectiva, son ya evidentes en estas figuras primitivas. Curiosamente, salvo la representación de una quimera medio hombre medio bisonte, no se ha descubierto ninguna figura humana, aunque estos primeros artistas quisieron estampar su rúbrica marcando 140 palmas de manos en una de las paredes de la caverna.

Pero mientras las investigaciones arqueológicas de la transición del paleolítico medio al superior (hace 40.000 años) han sido abundantes en Europa, en Africa estas han sido solo incipientes. Estudios en este último continente están comenzando a indicar que cualidades comúnmente atribuidas a humanos modernos, tales como la factura de puntas de piedra bifaciales, la confección de herramientas e incluso el tallado en hueso y posiblemente la práctica de la pesca en forma organizada, pueden haber comenzado hace unos 70.000 años. Por ejemplo, en la caverna de Blombos, situada en la Reserva Natural de De Hoop, a 180 km de Ciudad del Cabo en Sudáfrica, se han encontrado abundantes restos de dichos objetos. Junto a ellos, la presencia de huesos de delfines, focas y ballenas apunta fuertemente a que dichos animales marinos fueron especialmente introducidos a la caverna luego de ser capturados. Pero esto no es todo. En la misma caverna se ha descubierto abundante ocre, mineral comúnmente usado por pueblos aborígenes para la decoración del cuerpo. Es posible que una extensión de estos estudios en el continente africano nos depare nuevas sorpresas.

Hay un factor que debe haber impulsado notoriamente esta creatividad tecnológica y artística, contribuyendo simultáneamente a ampliar los horizontes del pensamiento humano. Este fue el progreso en las comunicaciones a través del lenguaje hablado. Ningún animal se acerca siquiera a poseer un tipo de comunicación tan marcadamente versátil y bien estructurado como es el lenguaje humano, capaz de transmitir un número virtualmente infinito de señales. El lenguaje humano se nos presenta a la vez como un modo de expresión voluntario y controlado, mientras que los animales solo pueden transmitirse información muy simple y concreta sobre alguna contingencia determinada. Utilizan para ello ciertos sonidos o gestos del cuerpo que surgen en modo instintivo e involuntario como respuestas reflejas inmediatas a una sensación. Como decía Konrad Lorenz, los animales no emiten palabras, sino interjecciones. Algunos de estos sonidos instintivos han permanecido también en nuestro lenguaje, como son por ejemplo el llanto y los gritos de pavor o alegría. La creación permanente de nuevos mensajes a través del lenguaje nos revela que el pensamiento está íntimamente ligado a él. No se trata de que el lenguaje sea solo el medio de expresión del pensamiento, es decir, un mero código expresivo de una actividad independiente de él. Tampoco se trata de que el lenguaje configure el pensamiento, lo que sería el otro extremo. El lenguaje más bien contiene al pensamiento, reflejando la existencia de una relación intrínseca entre ambos.

¿Cómo podríamos explicar la súbita aparición de la inventiva en el hombre, acompañada de un lenguaje que no solo transmite sino que constituye el propio pensamiento? ¿No es este excepcional hito de la historia evolutiva una manifestación palmaria de los actos de abstracción y reflexión propios del alma humana? Autores que niegan la existencia de un alma espiritual piensan que habilidades como las señaladas son atribuibles a simples consideraciones anatómicas, siendo el tamaño del cerebro considerada la principal de ellas. También lo sería la estructura única del tracto vocal humano (faringe, laringe, cavidades nasal y oral), el que aparece especialmente diseñado para pronunciar en forma distintiva las vocales y una infinidad de sonidos. De acuerdo a Stephen J. Gould, todas estas diferencias marcarían solo una cuestión de grado entre el hombre y los mamíferos más cercanos a él en la escala evolutiva. Sigue así el curso ya trazado por Darwin, quien había dicho que "No puede el naturalista comparar ni clasificar las aptitudes espirituales, pero sí, como he intentado hacerlo, tratar de evidenciar que, aun cuando las facultades del hombre difieren inmensamente de las de los animales que le son inferiores, difieren solo en grado, pero no en naturaleza" (35). Otros, como Karl Popper, aunque critican el materialismo reduccionista, catalogan al intelecto humano como una cualidad emergente del cerebro, concepto de tal vaguedad que no contribuye a arrojar luz sobre este problema. Sin duda que las propiedades anatómicas cerebrales constituyen un requisito necesario para el uso de la razón, así como lo es la estructura del tracto vocal para la expresión del lenguaje hablado. Sin embargo, ello no quiere decir necesariamente que sean condición suficiente para ambas acciones. Por lo tanto, nos inclinamos por la idea de que el alma intelectiva fue infundida en un instante más bien reciente del proceso evolutivo, hace al menos unos 70.000 años (en base a los hallazgos de la caverna Blombos), a una especie de homínido que ya estaba preparada para recibirla, completándose así el peculiar camino dispuesto por Dios para la creación del hombre.

La convivencia en la tierra durante varios miles de años de tres especies de Homo, el H. sapiens, H. neanderthalensis y H. erectus, nos plantea una interrogante fundamental. ¿Estuvieron estas dos últimas especies dotadas de inteligencia? En cuanto a características anatómicas, el H. erectus de Asia llegó a tener un cráneo de solo 1.050 cm3 de capacidad, la que se compara con los 1.400 cm3 del nuestro. En contraste con lo anterior, los neandertales poseían un cráneo levemente más grande que el del H. sapiens. El registro fósil también nos puede entregar alguna información sobre la capacidad de expresión verbal, ya sea por la forma de los huesos del tracto vocal, o por inspección de la superficie interna del cráneo frente a las áreas cerebrales de Broca y de Werniche. La primera controla la habilidad de expresión oral, mientras que la segunda es responsable de la comprensión de las ideas que se quieren expresar. De acuerdo a este tipo de análisis, el H. neanderthalensis habría hablado un lenguaje muy rudimentario ya que solo podía pronunciar un par de vocales, aunque no existe aún certeza a este respecto. Por otra parte, en cuanto a signos externos, no existe ningun vestigio del H. erectus que revele algún grado de cultura más avanzado que la olduvaiense. Se ha especulado que los neandertales poseían algún grado de inteligencia, ya que dominaban el fuego y enterraban a sus muertos, aunque no sabemos si esta última práctica estaba acompañada de algún rito. Es cierto que los neandertales no dejaron vestigio alguno de pintura rupestre, pero debemos tener presente que el H. sapiens tampoco la había cultivado hasta el momento que los neandertales se extinguieron. Quizás el dato más ilustrativo de que posiblemente los neandertales no fuesen inteligentes es el proporcionado por el grado de sofisticación de su manufactura. Su cultura musteriense se caracterizó por una talla inicial de la piedra, para de esta sacar las lascas que serían retocadas para su acabado final, lo que podría revelar un cierto grado de abstracción. Por el contrario, en las culturas olduvaiense y achelense anteriores, la talla de cada útil de piedra era siempre individual. Sin embargo, las herramientas construidas por los neandertales muestran escasa inventiva y progreso en el tiempo. Asimismo, la cultura chatelperroniense propia de ellos, que representa una mezcla de la musteriense con la auriñaciense, surgió después que esta última, por lo que la primera bien pudo estructurarse en base a una simple copia de lo que hacía el H. sapiens.

Estudios comparativos entre el DNA mitocondrial de H. neandertalensis de diversos sitios geográficos y de humanos actuales, además de revelar que ambas especies divergieron hace 550.000 a 690.000 años, mostraron que estas no intercambiaron material genético, lo que podría ser demostrativo de una gran brecha cultural entre ambas (36).

IV. CONCLUSIÓN

Es posible que en los estudios sobre el origen de la vida y el origen del hombre sigamos por mucho tiempo, quizás por siempre, trabajando en torno a hipótesis. En esta tarea debemos mantenernos siempre dentro del ámbito del método científico, buscando las causas naturales de los fenómenos, por improbables que ellos nos parezcan, sin perjuicio de iluminar nuestro conocimiento con la perspectiva de la fe. El creacionismo, por ejemplo, representa una renuncia a aceptar que Dios pueda permitir que el universo evolucione de acuerdo a leyes naturales, constituyéndose, por lo tanto, en un impedimento para el legítimo accionar de la ciencia. ¿Por qué no ver en el origen de la vida o en la evolución de los homínidos escenarios propicios para armonizar el conocimiento científico con la Revelación?

En lo personal, veo en ambos eventos históricos la huella inconfundible del Creador. En efecto, el mundo de los seres vivos parece desafiar al sentido común con su persistencia en mantenerse en desequilibrio termodinámico con el medio ambiente. Por su parte, la evolución biológica, que no tiene una tendencia espontánea hacia un aumento de la complejidad como muchos creen, ha conducido a la formación de un cerebro que es signo visible de la conciencia humana, lo que al menos desde un punto de vista probabilístico resulta virtualmente inexplicable. Para el agnóstico, tanto la vida como el hombre aparecen como el producto de una contingencia sin rumbo. Desde la perspectiva de la fe, por el contrario, contemplamos ambos eventos como frutos de la voluntad de Dios que se manifiestan sin violar las leyes que Él mismo le imprimió al universo desde el instante mismo de su creación.

RESUMEN

Muchos piensan que ciencia y religión están destinados a convivir en un permanente conflicto. Esta creencia encuentra sustento en posiciones extremas representadas por científicos reduccionistas que pretenden encontrar en la ciencia las respuestas a todos los aspectos de la realidad y a corrientes creacionistas que interpretan literalmente las Sagradas Escrituras. Existen, por otra parte, quienes sostienen que ciencia y religión se ocupan de materias que no interfieren entre sí, mientras que también hay partidarios de que entre ciencia y religión se puede establecer un fructífero diálogo. En este artículo se enfatiza la idea de que la investigación científica representa un insustituible apoyo a la reflexión teológica, tesis sostenida en repetidas oportunidades por S.S. Juan Pablo II. A modo de ejemplo, se discuten las investigaciones sobre el origen de la vida en la tierra y la evolución biológica del hombre como instancias fecundas de diálogo entre ciencia y religión.

ABSTRACT

A common misconception is that science and religion are destined to coexist in a state of permanent conflict. Such divisions find sustenance in the extreme positions held by the scientific reductionist who sees in science the answer to all aspects of reality and the creationist who follows a literal, unfaltering interpretation of the Holy Scriptures. In another corner, there are those who feel that science and religion exist to answer unrelated questions, while others can see the common ground in which these two eternal bastions of our society can unite in a fruitful dialogue. This article emphasises that the pursuit of scientific knowledge represents an irreplaceable companion to theological reflection, a doctrine championed on countless occasions by His Holiness John Paul II. The origin of life on earth and the biological evolution of man are discussed as examples of this fecund dialogue between science and religion.


(1) John William Draper, History of the conflict between religion and science (New York: D. Appleton & Co., 1874).        [ Links ]

(2) Andrew Dickson White, A history of the warfare of science with theology in christendom (2 vols, New York: D. Appleton & Co., 1896).        [ Links ]

(3) Francis Crick, The astonishing hypothesis (Macmillan Publishing Company, New York, 1994).        [ Links ]

(4) Richard Dawkins, The selfish gene (New York: Oxford University Press, 1976).        [ Links ]

(5) Stephen L. Gould, Rocks of ages. Science ans religion in the fullness of life (Ballantine Publishing Group, 1999).        [ Links ]

(6) Ef. 1,10

(7) Congr. para la doctrina de la fe, Instr. Donum veritatis, 1990        [ Links ]

(8) Catecismo de la Iglesia Católica, párrafo 284.

(9) Citado en Physics, Philosophy and Theology, ed. R.J Russel, W.R. Stoeger, G.V. Coyne. Ciudad del Vaticano, Publicaciones del Observatorio Vaticano, 1988.        [ Links ]

(10) Mensaje de S.S. Juan Pablo II a la Academia Pontificia de la Ciencia. Ciudad del Vaticano, 22 de octubre de 1996        [ Links ]

(11) Ibid.

(12) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 36

(13) Mensaje de S.S. Juan Pablo II a la Academia Pontificia de la Ciencia. Ciudad del Vaticano, 22 de octubre de 1996.        [ Links ]

(14) J. W. Szostak et al., Nature 409, 387-390, 2001.        [ Links ]

(15) Mensaje de SS Juan Pablo II a la Academia Pontificia de la Ciencia. Ciudad del Vaticano, 22 de octubre de 1996.        [ Links ]

(16) Ibid.

(17) Alexandr Oparin, Proiskhozhdenie Zhizny (Moscú: Izd. Mosk. Rabochiy, 1924).        [ Links ]

(18) Citado por M. Ruse en The origen of life: philosophical perspectives. J. Theor. Biol. 187, 473-482, 1997.        [ Links ]

(19) Buenos libros recientes sobre este tema son: What is life? The next fifty years. Ed. M.P. Murphy y L.A.J. O’Neill (Cambridge University Press, 1995);         [ Links ] Fritjof Capra, The web of life (Anchor Books, Doubleday, New York, 1996);         [ Links ] Freeman Dyson, Origins of life (Cambridge University Press, 1999);         [ Links ] J. Maynard Smith y E. Szathmáry, The origins of life (Oxford University Press, New York, 1999);         [ Links ] Paul Davies, The fifth miracle (Simon & Schuster, New York, 1999).        [ Links ]

(20) Citado por M. Ruse en The origen of life: philosophical perspectives. J. Theor. Biol. 187, 473-482, 1997.        [ Links ]

(21) Ibid.

(22) D.P. Bartel y P.J. Unrau, Treds Biochem Sci. 24, Nº 12, M9-M13, 1999.        [ Links ]

(23) W. Gilbert, Nature 319, 618, 1986.        [ Links ]

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(25) K.E. Nelson et al., PNAS USA 97, 3868-3871, 2000.        [ Links ]

(26) Los datos de esta sección han sido obtenidos principalmente de los siguientes libros: Richard G. Klein, The human career. Human biological and cultural origins. Second edition (The University of Chicago Press, Chicago 1999);         [ Links ] Richard Leakey, The origin of humankind (Basic books, New York, 1994);         [ Links ] William Howells, Getting here (The Compass Press, Washington DC, 1997);         [ Links ] Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez, La especie elegida (Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1998);         [ Links ] Juan Luis Arsuaga, El enigma de la esfinge (Areté, Barcelona, 2001).        [ Links ]

(27) B. Senut et al. C.R. Acad. Sci. Paris 332, 137-144, 2001        [ Links ]

(28) Y. Haile-Selassie. Nature 412, 178-181, 2001        [ Links ]

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