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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449

Teol. vida v.48 n.1 Santiago  2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492007000100005 

Teología y Vida, Vol. XLVIII (2007), 57 - 71

ESTUDIOS

 

Celebración de la vida en las comunidades de América Latina

 

Guillermo Rosas, ss.cc.
Profesor de la Facultad de Teología. Pontificia Universidad Católica de Chile.


RESUMEN

El misterio pascual de Cristo, eje teológico y celebrativo de la liturgia cristiana, es un misterio de vida plena, de "vida en abundancia". El presente artículo quiere, a partir de esta afirmación, preguntar a la liturgia celebrada en las comunidades del continente latinoamericano, cómo la vida se hace presente en ella.

Para hacerlo comienza recordando dos relaciones fundamentales entre la liturgia y la vida: por una parte, toda liturgia se celebra en la vida, de modo que esa vida, personal y social, es su contexto; por otra parte, la liturgia es, por la fuerza del Espíritu Santo, trasmisora de vida para quienes la celebran, experiencia vitalizadora del individuo y la comunidad.

Luego recorre rápidamente el mundo sacramental y celebrativo desde la perspectiva de la presencia de la vida, confirmando su centralidad en el nivel del sentido de las celebraciones.

Finalmente interroga a la liturgia latinoamericana, delimitada a la de las comunidades populares, mayoritarias en el continente. En un contrapunto con la liturgia de las minorías cultural y económicamente más altas, muestra cómo la vida emerge con mayor fuerza en la celebración de los grupos en los que se halla disminuida por la pobreza y la marginación, haciendo de la liturgia de esas comunidades una celebración más "viva", más alegre, esperanzada y participativa, y sobre todo más abierta a la relación salvífica con su contexto social y cultural.


ABSTRACT

The Paschal Mystery of Christ, theological and celebrative focus of the Christian liturgy, is a mystery of full life, of "life in abundance". Beginning with this affirmation, the present article proceeds to investigate how life is made present in the liturgy celebrated in the communities of the Latin American region.

In order to do so, the author begins by recalling for us the two fundamental relationships between liturgy and life: on the one hand, all liturgy is celebrated within life, in such a way that that life, both personal and social, is its context; on the other hand, liturgy is, by the power of the Holy Spirit, transmission of life for those who celebrate it, a vitalizing experience of both the individual and the community.

Then the author quickly runs through the sacramental and celebrative world from the perspective of the presence of life, confirming its centrality at the level of the meaningfulness of the celebrations.

Finally, he examines Latin American liturgy, limited to the grassroots communities of the people, which constitute the vast majority of the region. In a counterpoint to the liturgy of the culturally and economically elevated minorities, he shows how life emerges with greater force in the celebration of groups in which it is found diminished by poverty and marginalization, making the liturgy of those communities a celebration that is more "alive", joyful, hopeful and participative, and above all more open to the saving relationship to its social and cultural context.


 

Culmen et fons, o una liturgia en la vida

La vida es un tema tan presente en la liturgia cristiana, que en cierto modo se confunde con ella. La liturgia es celebración de la vida y expresión de la vitalidad de la Iglesia, y al mismo tiempo, es acción vivificante, fuente dadora de vida para los cristianos. Cuando el Concilio Vaticano II dice de la liturgia que es "la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza" (1), le asigna un lugar fundamental en la vida de fe. Los sacramentos, esos "signos visibles de la gracia de Dios", no son sino intervenciones de Dios, por medio de su Espíritu, en la vida y para la vida del creyente, que lo alimentan y fortalecen para vivir en plenitud su adhesión al Evangelio, su seguimiento de Cristo y su compromiso con el mundo.

Hablar de la vida en la liturgia es, en cierto modo, abordar el significado mismo de la liturgia en la Iglesia. Por eso, antes de enfocar las celebraciones en las comunidades latinoamericanas, creo necesario considerar el contexto más amplio de la liturgia como fuente de vida para la Iglesia.

Hay, al menos, dos posibilidades de abordaje de esta realidad: a) la vida como contexto vital de la liturgia, por una parte, y b) la liturgia como fuente de vida por otra. La palabra "vida" tiene matices distintos en cada una de estas perspectivas. Pero no se trata de entrar aquí en distinciones teóricas acerca de este punto, pues en la liturgia la vida se presenta con toda su riqueza, con todos sus matices.

a) La vida es, por una parte, esa atmósfera o el conjunto de circunstancias, que hacen de contexto a toda celebración litúrgica. Es la vida que los creyentes "traen" a la celebración y a la cual "regresan" después de la celebración. Es el contenido del "día a día": tanto la vida personal de cada creyente, como la vida familiar y social; tanto la vida cotidiana con sus alegrías y tristezas, su esfuerzo laboral, sus relaciones familiares y grupales más amplias, como la vida que se hace densa en momentos fuertes y acontecimientos extraordinarios. Toda esta vida queda recogida en el polo "cumbre" (culmen) de la expresión conciliar. Es la vida con la que el creyente llega a la cumbre que es la liturgia, luego de recorrer, día a día, descendiendo y ascendiendo, los caminos de su existencia. Esta vida es, al mismo tiempo, la vida "que acontece" al creyente que celebra su fe, es decir la que él vive cotidianamente y que podríamos conocer si filmásemos un video de su "día a día", como asimismo la vida que, invisible pero actuante, está en su mente y en su espíritu, en sus sentimientos y en su memoria.

b) Pero además de constituir el contexto de quienes celebran su fe, la vida es esa vida de la comunidad celebrativa que se alimenta de la liturgia, representada en el polo "fuente" (fons) de la expresión conciliar. Se trata de la vida de cada creyente que a partir de la celebración de la fe aumenta y se profundiza, crece y se fortalece, y lo capacita para volver a la vida cotidiana con ánimo renovado, con mayor fidelidad, con un compromiso más claro para entrar en la misión de Jesucristo. Es la misma vida personal que cada uno "trae" a la celebración, y que sale luego transfigurada con él para repercutir, a partir de cada cristiano, en el contexto vital completo. Con otra expresión, es la vida "en Cristo" y "en el Espíritu" de quienes forman la asamblea celebrativa; vida que en la liturgia expresa la gratuidad festiva propia del hombre y la alabanza propia del creyente.

La vida de la comunidad experimenta en la liturgia una comunicación vivificante con Jesucristo, por la acción del Espíritu Santo. Se sumerge en el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor, y se abre a su gracia. La celebración, a través de sus palabras, gestos y signos, alimenta la fe y la vida interior, el compromiso, la fraternidad, la solidaridad. Luego, satisfecha y fortalecida con ese alimento, esa vida quiere desplegarse y donarse.

En realidad, esa vida es lo que llamamos también la vida de la gracia. Es la "vida en abundancia" de la que habla el Evangelio de Juan (10, 10); el cristiano experimenta que su vida es sustentada por el Espíritu Santo, por una presencia y acción de Dios que solo pueden tener su origen en la fe. De una liturgia bien celebrada, todos salimos llenos de vida, con una certeza experimentada casi físicamente de que Dios nos ha llenado de su gracia, de su amor, y que el Espíritu Santo actúa en la historia individual y comunitaria de sus hijos. Y con esa (sobre) abundancia volvemos al día a día.

LA OBRA DEL ESPÍRITU EN LA LITURGIA: FUENTE DE VIDA EN ABUNDANCIA

La liturgia es acción divina y humana, obra del Espíritu Santo que ora en cada creyente. Es "acción de Dios, fiesta del pueblo / Fiesta de Dios, acción del pueblo" (2). En ella halla cauce humano (palabra y gesto, forma y expresión) el misterio divino. Por parte de Dios, que en la plenitud de su revelación se hizo hombre en Jesucristo, es un medio de la presencia y de la gracia que permanentemente está comunicando a sus criaturas; por parte de la Iglesia (individuos y ecclesía-asamblea), es el medio supremo que posibilita la alabanza, la gratitud, la súplica. En la liturgia se hace posible oír lo inenarrable y decir lo inefable. Es un "momento de la historia de la salvación" (3) en el que por obra del Espíritu se actualiza la acción vivificante de Dios para con su pueblo y se realiza la alabanza del pueblo para con su Dios.

La fiesta cristiana es monotemática y polifacética: tiene un solo contenido, pues celebra siempre el misterio pascual de Cristo; pero lo hace desplegándolo en toda su riqueza, que es inagotable. La liturgia ha recuperado esta perspectiva desde los aportes teológicos del Movimiento litúrgico de la primera mitad del siglo XX, que fuera tan clave en el impulso que llevó a la gran reforma litúrgica del Concilio Vaticano II (4). Es una perspectiva central que estructura la totalidad del culto cristiano en torno a la historia de la salvación, cuyo punto culminante es la encarnación y la vida terrenal de Jesús Hijo de Dios, de la cual, a su vez, el núcleo es el misterio pascual de su pasión, muerte y resurrección. Este centro, eje en torno al cual gira todo el año litúrgico, y contenido (lex credendi) de toda acción litúrgica de la Iglesia, es el "tema" único del culto "en Espíritu y en verdad" de la Nueva Alianza. Desde la Vigilia pascual hasta la más humilde bendición, la liturgia cristiana actualiza la victoria de Cristo sobre la muerte y sobre toda muerte.

Entre la eucaristía, prototipo de la liturgia cristiana, y el misterio pascual no hay una mera semejanza entendida como analogía de situaciones, sino una imagen sacramental (imagen no menor que su modelo) que permite hablar de memoria o memorial en contraposición a mero "recuerdo", y de actualización o presencialización de la pascua en contraposición a una repetición ritual (teatral) del acontecimiento salvífico del pasado. La categoría bíblica veterotestamentaria del zikkaron, que fundamenta la eficacia actualizadora del acontecimiento del Éxodo a lo largo de toda la historia de Israel, está en la base de la concepción cristiana del memorial actualizador del misterio pascual de Cristo en la eucaristía y en el conjunto de la liturgia cristiana. El Espíritu Santo hace que lo pasado sea presente permanente en la acción sacramental y en la celebración litúrgica.

"Misterio pascual de Cristo" es uno de los nombres de la vida. Es el misterio de la recuperación definitiva de la abundancia de vida que el Creador quiso derramar sobre su creación y su criatura, "cuando llegó la plenitud de los tiempos" (Gál 4, 4). La cruz victoriosa es el motivo basilar de la alegría y de la vida para los cristianos. Lo que se hace presente y actual en la liturgia es precisamente la sobreabundancia de la vida divina, que por medio de los signos, gestos y palabras rituales, alcanza y transforma a los que celebran.

La liturgia actualiza o presencializa en el hic et nunc de la comunidad reunida el misterio pascual de Cristo que, desde la resurrección, puede hacerse aquí y ahora de todo tiempo y lugar. El acontecimiento crucial de la historia de la salvación, al dejar el ámbito temporal, se hace, por obra del Espíritu Santo, meta-histórico y por ello, trans-temporal, actualizando la Pascua cada vez que los discípulos de Jesucristo se reúnen para celebrar "en memoria suya" (5).

LA ACCIÓN HUMANA EN LA LITURGIA: CUMBRE DE LA VIDA

Toda fiesta humana es una manifestación culminante de vida (culmen). En cierto modo, la vida siempre "desemboca" en la fiesta. Y toda manifestación de vida es en cierto modo una invitación a la fiesta, a la expresión comunitaria gratuita de la alegría que se experimenta. Pensemos en el nacimiento de un niño, en la recuperación de la salud luego de un accidente o una enfermedad grave, en el nuevo trabajo después de un largo tiempo de cesantía, o en el fin de un conflicto social de envergadura.

La liturgia es la fiesta de los cristianos. Su contenido específicamente religioso y el rol que en ella tiene el Espíritu Santo, no suprimen el sustrato antropológico que comparte con todas las manifestaciones festivas profanas. En sus formas y estructuras esenciales, la liturgia cristiana no difiere de la fiesta civil. La diferencia de la liturgia con la fiesta profana está en el protagonismo divino y en el significado salvífico, en su condición de actualización del misterio pascual de Cristo.

Como la fiesta profana, la liturgia es signo de vida y está llena de signos de vida. El agua, la luz, el alimento, el óleo bendecido, los colores, las flores, algunos gestos corporales, los instrumentos musicales y el canto, son algunos de los muchos signos que hacen presente la vida que Dios quiere y que Dios es, en la celebración litúrgica.

La dinámica interna de la liturgia (lex orandi), es dialogal. La actualización del acontecimiento fundamental de la fe cristiana se da en un contexto ritual en el que el diálogo, la comunicación de Dios con su Iglesia, se hace denso y significativo. Tal como la liturgia de la alianza en el Antiguo Testamento, toda liturgia hace memoria del Dios fiel y lo hace en un rito en el que ambas "partes" renuevan su mutua fidelidad. La fidelidad de Dios Padre, definitivamente manifestada en la resurrección del Hijo, sigue comunicándose en la gracia sacramental y litúrgica, mientras la lógica dialogal suscita en la Iglesia el reconocimiento del amor de Dios y la confesión de su acción redentora.

La liturgia es glorificación de Dios (por parte de la asamblea celebrativa) y santificación del hombre (por parte de Dios). En ese diálogo esencial Dios se autorrevela como el Dios que da vida y los creyentes lo reconocen como tal y por medio de los ritos y signos propios de la liturgia, lo alaban y festejan.

El diálogo vivificante que constituye el dinamismo esencial de nuestra liturgia se expresa en palabras, gestos y signos que, muy pronto en la historia del cristianismo, se comenzaron a fijar ritualmente.

El ser humano no puede vivir sin ritos. Es un ser ritual. Toda acción que tenga sentido para su vida se puede transformar en rito. Antes de toda religión y antes del cristianismo, ya hay una tendencia en él a realizar acciones que trascienden la utilidad para expresar el mundo del sentido y, para los cristianos, de la gracia. Cuando, en el libro de Saint-Exupéry, el Principito le pregunta al zorro, con quien había trabado amistad, qué es un rito, el zorro no le da explicaciones teóricas: le dice que si él no viniese cada día a visitarlo a una hora fija, el Principito no podría alegrarse por la visita desde una hora antes, y que si no fuese porque los cazadores van a bailar los jueves, los zorros no tendrían posibilidad de robar gallinas para vivir. Los ritos, esas conductas reiterativas que nos ahorran el trabajo de inventar cada día nuestras rutinas, y permiten crear una memoria de nuestras acciones, posibilitan, mucho más allá de su función práctica, el sentido y la vida misma. Al ahorrar actividad, permiten que emerja el sentido, la gratuidad y la trascendencia.

Qué bueno es saber que, aún si uno no está en su mejor día, si se anda desanimado o taciturno, llegamos a una eucaristía cuya forma, conocida y familiar, nos acoge, nos lleva por su cauce y nos permite el encuentro sanador con Dios y los hermanos independientemente de nuestro estado de ánimo. Queda entonces de manifiesto el valor de la forma, el valor de lo objetivo de la liturgia, el valor de los ritos que nos permiten transitar sin inventar cada vez el modo de encontrarnos con Dios en la celebración.

Los rituales son solo una parte de la liturgia, no son "la" liturgia; más bien la liturgia "está contenida", "tiene", "se ayuda", "se expresa" en ellos. Por obvio que parezca decirlo, el "Sitz im Leben" de los libros litúrgicos es la celebración real, vivida cada día por las comunidades e iglesias. En ese sentido, la liturgia comparte el carácter provisorio de la vida: toda celebración es única, no vuelve más. Ningún libro ritual podrá dar cuenta jamás de esa celebración particular en el futuro. Sin la liturgia celebrada, los libros litúrgicos de cualquier sacramento o celebración, particularmente los de la eucaristía, estarían desprovistos de sentido. No servirían sino como objetos de museo. La ciencia litúrgica, desarrollada en ámbito católico especialmente a partir del Movimiento litúrgico, ha sido consciente de esta realidad. ¡Cómo añora un estudioso de la historia de la liturgia tener a mano, junto con el venerable texto del Sacramentario Veronés (6), un imposible video tomado durante una celebración de alguna de sus misas! Y aun así los datos serían insuficientes para estudiarla, y mucho más para vivirla…

Los libros litúrgicos surgieron de la necesidad de fijar los textos y ritos, que en los tres primeros siglos de la Iglesia se sustentaban suficientemente en la transmisión oral, en la creatividad y en la memoria de los ministros. El primer libro litúrgico fue la Biblia. En la actualidad solamente los siete sacramentos, los sacramentales, la liturgia de las horas y el año litúrgico cuentan con libros litúrgicos oficialmente preparados para la totalidad de las iglesias de rito romano. Las demás expresiones litúrgicas, sobre todo las celebraciones ligadas a diversas formas de religiosidad popular, están hasta nuestros días más ancladas en la creatividad, en la memoria y en la espontaneidad de los fieles que en rituales fijos, aunque puedan ser puestas por escrito.

En cuanto rito, es decir, en cuanto lo celebrado se expresa en formas, y estas se hacen recurrentes, normadas y eclesialmente asumidas, la liturgia se plasma normal y necesariamente en libros litúrgicos o rituales. Pero ellos no dejan jamás de tener como referente necesario, ineludible a la hora del estudio, la celebración real e histórica de las comunidades e iglesias. Tal celebración es por naturaleza cambiante, está en permanente desarrollo o evolución, y es por lo mismo "semper reformanda". La tensión permanente entre creatividad y fijación ritual, y en su forma extrema, entre prescindencia normativa y hieratismo sacramental, es inherente a la liturgia. De suyo, como toda tensión, no pide ser suprimida sino asumida. En América Latina ella se ha vivido a menudo como un conflicto no solucionado, afectando la calidad y la eclesialidad de su liturgia.

LA VIDA EN LOS SIGNOS SACRAMENTALES

"En esta noche santa, en que Nuestro Señor Jesucristo pasó de la muerte a la vida, …", dicen las primeras palabras rituales de la Vigilia pascual. Se pronuncian al aire libre, en la noche, en torno a una hoguera recién encendida de la cual se toma el fuego nuevo para el cirio pascual, luz que ilumina las tinieblas, mientras se proclama el pregón pascual. Más adelante en la celebración, luego de recorrer toda la historia de la salvación en las siete lecturas del Antiguo Testamento, la Epístola y el Evangelio, el cirio es hundido tres veces en una fuente de agua que se bendice para rociar con ella a toda la asamblea en el momento solemne de la renovación de las promesas bautismales… La abundancia de signos de esta, la "madre de todas las liturgias", parece dar cuenta de nuestra torpeza para expresar lo inefable, imposible de ser dicho enteramente por medio de ellos. Pero al mismo tiempo vuelve a corroborar que los signos y las palabras son los únicos cauces que al menos nos permiten vislumbrar la presencia de Dios y balbucear nuestra alabanza.

En la liturgia lo que está en juego es, esencialmente y siempre, la plenitud de la vida, la salvación. Vida que es nacimiento e incorporación. Vida que es perdón y curación de la enfermedad. Vida que es resurrección y eucaristía. Vida que es llamado a ser cocreadores y ministros de su gracia. Vida que es promesa y eterna plenitud en el Reinado de Dios.

En el bautismo, el sacramento basilar de los cristianos, la vida es un elemento transversal y omnipresente. La triple inmersión/infusión en agua es signo de los tres días que Cristo estuvo en el sepulcro, para resucitar con Él. El rito pone de relieve, en numerosos momentos, por medio de la palabra, los gestos y los signos, la nueva vida en Cristo que inicia quien recibe el sacramento:

"Dios todopoderoso, …que te ha liberado del pecado y dado nueva vida por el agua y el Espíritu Santo…" (Oración de la unción con el santo crisma). "N., eres ya nueva creatura y te has vestido de Cristo…" (Exhortación antes de la imposición de la vestidura blanca). "Este niño que, nacido por el bautismo a una nueva vida, se llama y es hijo de Dios, …" (Exhortación antes de rezar el Padre Nuestro).

El nuevo nacimiento en el Espíritu Santo es uno de los efectos principales del bautismo. Es el "sello de la vida eterna" con que los bautizados quedan marcados. En la liturgia de las exequias, la aspersión de agua bendita sobre el féretro recuerda ese hecho. Para muchos, el bautismo de los niños administrado cuanto antes después del nacimiento, es una medida para asegurarse la salvación (7). La percepción popular tiene su origen en la certeza de que la vida eterna es uno de los efectos principales del sacramento.

En la confirmación, la vida aparece bajo la forma de la vitalidad que el Espíritu Santo dona a quien recibe el sacramento. "El Espíritu es quien da la vida", dice Jesús (Jn 6, 63). Ese Espíritu, cuya obra de vida había comenzado en el bautismo, se derrama ahora plenamente sobre el bautizado como en Pentecostés. El confirmado, lleno de su fuerza, es testigo y toma en sus manos la misión de Cristo. El crisma, la imposición de las manos y la simbología propia del Espíritu Santo (ráfaga de viento, lenguas de fuego, paloma) son todos signos de la vitalidad, la energía y la libertad del Espíritu de Dios.

En la eucaristía, máxima expresión litúrgica cristiana, la vida forma parte del mismo núcleo celebrativo: el misterio pascual, misterio de vida plena inaugurado por la resurrección de Cristo, es el centro de la lex orandi y de la lex credendi.

"Porque Él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo; muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida" (Prefacio Pascual I).

Cristo es la Vida (Jn 14, 6), y por eso la razón más originaria de la fiesta y del gozo de sus discípulos: "Porque solo Él es el camino que nos conduce hacia ti, Dios invisible, la verdad que nos hace libres, la vida que nos colma de alegría" (Plegaria eucarística V/b).

La materia de la eucaristía (pan de trigo y vino de uvas) es alimento necesario y gratuito para la vida natural (el pan cotidiano y el vino de la fiesta) que se transforma en la carne y la sangre de Cristo (8), alimento de vida sobrenatural, de vida en Cristo (9). La presencia real de Cristo en las especies consagradas siempre ha sido un signo de su presencia viva y actuante en medio de la asamblea litúrgica y en el mundo.

En la reconciliación, la vida se presenta como perdón de los pecados y fuerza para hacer que la metánoia sea efectiva. El pecado es una forma de muerte, y la muerte es lejanía de Dios, separación de Dios. El perdón, cuando hay arrepentimiento, es un "segundo bautismo" que deja al creyente ante un nuevo comienzo en su vida de adhesión al Evangelio.

"Acércate confiadamente al Señor, que no se complace en la muerte del pecador, sino en que se convierta y viva" (10). La vida del penitente es la renovada cercanía a Dios y la comunión con Él. Dentro de la parquedad gestual de este sacramento destaca la imposición de las manos del sacerdote sobre la cabeza del penitente durante la absolución (11).

En la unción de los enfermos, la doble perspectiva: curación corporal / salvación espiritual es claramente legible en las oraciones y especialmente en la fórmula sacramental: "Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. R: Amén. Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad. R: Amén".

La enfermedad, situación que pone a la persona ante sus límites y su finitud, la hace entrever la muerte. No es raro que vaya acompañada de un repliegue sobre sí mismo y a veces de una actitud de rebeldía contra Dios. Por eso, la unción de los enfermos es un sacramento que apunta directamente a la recuperación de la vida, reducida y replegada por la vejez o la enfermedad.

Cuando es administrado en estado terminal, muchos cristianos experimentan un notorio alivio espiritual y psíquico, que en ocasiones incluso se expresa físicamente.

En el matrimonio, la vida se presenta como el proyecto y el cumplimiento de la bendición del Creador: "Sean fecundos y multiplíquense y llenen la tierra y sométanla…" (Gén 1, 28); "Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne" (Gén 2, 24).

La fecundidad del ser humano, signo más elocuente de su colaboración en la propagación de la vida, no queda limitada a la procreación de nuevos miembros de la especie, sino a toda obra que contribuya al despliegue del plan de salvación. Solo la muerte de uno de los esposos deja al otro en condiciones de reiterar este sacramento.

La fidelidad "hasta que la muerte los separe" es reflejo de la fidelidad perpetua de Dios para con su pueblo y condición esencial para la vida matrimonial: "Yo, N., te recibo a ti, N., como esposo/a y prometo serte fiel en lo favorable y en lo adverso, y, así, amarte y respetarte todos los días de mi vida".

En el orden, el signo sacramental está claramente focalizado en la imposición de las manos. Esta no solo constituye, silenciosa, el rito esencial de la ordenación, sino que además acompaña toda la duración de la oración consagratoria.

La imposición de las manos, presente en la confirmación y la penitencia, es un gesto bíblico que evoca las manos creadoras de Dios y, sobre todo, la fuerza de la comunicación del Espíritu Santo. Las manos puestas sobre la cabeza son signo de la transmisión de un servicio específico y de la fuerza necesaria para realizarlo. Ese servicio es, principalmente, un munus de donación de vida a través de la administración de los sacramentos.

Entre los sacramentales, las bendiciones ocupan un lugar muy importante y frecuente en la vida litúrgica. La presencia del agua bendita y la implícita alusión al bautismo que hay en la aspersión con ella, evoca espontáneamente la acción purificadora y vivificante de Dios. La persistencia de la vida de los ramos del domingo de la Pasión, al inicio de la Semana Santa, pareciera que para muchos está aún ligada al hecho que el agua bendita toque el ramo. Si no lo toca, no está bendito. Todo sacerdote sabe de esto, pues no hay Domingo de Ramos que no llegue alguien al final de la misa a pedir que por favor le eche agüita al ramo "porque no le llegó"…

Todas las demás manifestaciones de la liturgia (Liturgia de las Horas, Año litúrgico, celebraciones populares), cada una a su modo, evocan y trasmiten la vida divina, que es la santificación que Dios, por la acción renovadora y eficaz del Espíritu Santo, opera a través de ellas.

LITURGIA EN LAS COMUNIDADES DE AMÉRICA LATINA

¿Tienen, las comunidades católicas de nuestro continente, rasgos propios que permitan hablar de una liturgia característicamente latinoamericana? Me parece que, planteada con ese nivel de generalización, habría que responder negativamente; en cambio se puede responder afirmativamente, si se delimitan y precisan los términos "comunidades" y "América Latina". Un objeto de estudio de tal amplitud haría imposible una presentación de esta envergadura. La diversidad de asambleas en el continente con mayor número de católicos del mundo haría presuntuoso decir en pocas páginas algo útil y medianamente fundado.

Esta reflexión se refiere, pues, a un objeto más específico: la liturgia celebrada en las comunidades populares de nuestro continente, es decir, de esos grupos que numéricamente constituyen la mayoría de la población de América latina, formada fundamentalmente por las poblaciones autóctonas, mestizas y afroamericanas que son el grueso de la población campesina y urbana. Es aún un grupo muy heterogéneo, pero comparte importantes características sociales, culturales y religiosas que permiten mirarlo como conjunto. Exceptuando Brasil y varios países del Caribe, comparten el castellano como lengua, en muchos casos además de una o varias otras lenguas autóctonas. Comparten también su situación de pobreza, que en algunos casos es incluso miseria. Comparten una historia remota de conquista, que ha dejado huellas permanentes en sus culturas y religiones autóctonas, e influido asimismo en su religiosidad y en su modo de celebrar la fe, y también una historia reciente de marginaciones sociales, económicas y culturales que permiten hablar, en el caso de muchos de ellos, de una verdadera "cultura de la pobreza". Comparten su fe cristiana, mayoritaria en el continente y aún predominantemente católica.

Son, pues, asambleas litúrgicas pobres, que tanto económica como culturalmente viven en la precariedad, en la falta de oportunidades, en la dependencia, en la marginalidad y a veces en la angustia de la miseria. Se trata, normalmente, de comunidades del mundo popular, rural y sobre todo urbano. Son católicos que constituyen una comunidad, es decir, un grupo que se conoce e interactúa no solo durante la liturgia, sino también más allá del momento celebrativo. Esto es facilitado por la convivencia en barrios o poblaciones bastante homogéneos. Gente "de a pie", que llega caminando a su capilla. Hablamos de la liturgia de las comunidades eclesiales de base (CEB) o similares y, por lo tanto, de la liturgia mayoritaria de América Latina.

Como contraste, es necesario reconocer que las "comunidades" de sectores socialmente más altos -que en su gran mayoría no son comunidades en el sentido estricto, sino asambleas anónimas o, al menos, con vínculos personales más flojos-, difieren de hecho en su manera de vivenciar y celebrar la liturgia. La mayor cultura general y religiosa, las mejores posibilidades económicas, en definitiva, el lugar social al que pertenecen sus miembros, afecta al modo como ellos celebran la liturgia, desde el tipo de edificio del culto hasta la gestualidad, pasando por el lenguaje y todos los elementos constitutivos de una celebración. A pesar de lo difíciles e inexactas que son las generalizaciones, se puede afirmar que esas asambleas celebran una liturgia:

- Más individualista, menos comunitaria: la manera de participar en la asamblea litúrgica está más centrada en el individuo que en la comunidad celebrativa;

- Más formal, menos espontánea: hay mayor conocimiento y apego a las normas litúrgicas de la Iglesia, unido a una mayor dificultad y menor inclinación social por la gestualidad corporal comunitaria (menor entusiasmo en el saludo del rito de la paz, cierta resistencia a expresiones como el aplauso, la risa durante la celebración, etc.);

- Más silenciosa y, en cuanto al canto litúrgico, con mayor apego al canto y a los instrumentos tradicionales (gregoriano, órgano o equivalente), o de melodías serenas y poco rítmicas;

- Menos participativas en lo exterior y visible, aunque pueda haber una gran concentración interior y espiritual de los individuos;

- Menos creativas y más tendientes a respetar y conservar las tradiciones, a veces incluso las formas anteriores a la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II;

- Más cortas, debido al menor sentido comunitario y a la escasa participación de la asamblea en la oración comunitaria, durante la homilía, etc.

Estas características, no exhaustivas, perfilan mejor, por contraste, a las comunidades populares del continente en su celebración litúrgica: son más comunitarias, más espontáneas, más "ruidosas", más largas, más participativas y más creativas. Expresan su alegría de modo más natural y despreocupado de la formalidad litúrgica, y por eso parecen más vivas y alegres.

Es una constatación común aquella de que en la Iglesia latinoamericana las celebraciones litúrgicas son "vivas" o "más vivas" que en otras partes del mundo. Referida a las comunidades populares, es una afirmación cierta. Referida a las asambleas anónimas de lugares de culto tradicionales del centro de las grandes ciudades, no. Una misa ferial en un templo antiguo del centro de cualquier capital latinoamericana es, aparte del idioma, prácticamente igual a cualquier otra de una similar iglesia en el centro de una ciudad europea.

LITURGIA: CELEBRACIÓN DE LA VIDA

Que la liturgia sea celebración de la vida ha quedado supuesto en nuestro título. Es necesario aclarar la expresión para evitar equívocos. A la luz de lo anteriormente expuesto, entendemos por celebrar la vida la presencia de la vida concreta, familiar y social, de la asamblea celebrativa, en la liturgia, vida concreta ofrecida allí para ser iluminada por la Palabra y los ritos, y en cierto modo transfigurada para continuar, al salir de la celebración, desplegándose con nueva fuerza y esperanza.

Pero la expresión, aplicada a la liturgia, no suscita adhesión unánime. Un ejemplo, tomado de las actas de un encuentro continental de presidentes y secretarios de las Comisiones nacionales de liturgia en 1992, específicamente, de los aspectos negativos de la liturgia en América latina, afirma lo siguiente: "Hay grupos que dicen que la liturgia es la celebración de la vida y así pasan a la celebración frecuente de acontecimientos sociales: se llega hasta a leer el periódico en la misa" (12).

Pareciera que no se cuestiona aquí el que la liturgia pueda ser celebración de la vida, sino la derivación de ello en una "celebración frecuente de acontecimientos sociales", es decir, la confusión del sentido de la liturgia, que en realidad es celebrar el misterio pascual de Cristo, en el contexto de la vida y para el aumento de la vida.

La alusión al periódico hace pensar en la presencia de la problemática social del país, traída a la celebración litúrgica.

Ante todo, es necesario aclarar que, en la liturgia, es distinto celebrar la vida que celebrar acontecimientos sociales específicos. La liturgia, solo celebra el misterio pascual de Cristo, solo celebra su vida. Por eso es liturgia-fons. Los acontecimientos sociales tienen cabida en la liturgia porque forman parte de la vida contextual de la asamblea, pero no son ellos el objeto de celebración. Más bien están presentes y quedan ofrecidos en el momento celebrativo para ser asociados al misterio pascual e iluminados por él. Si la vida social quedase excluida de la liturgia como contexto, como objeto de la oración de la Iglesia, como campo de misión al que los cristianos regresan después de celebrar su fe, ¿cómo entender la actualización de la salvación, cómo la encarnación de Dios, cómo la acción del Espíritu Santo en la historia humana?

Bernhard Häring afirma que "en la liturgia celebramos la presencia poderosa de aquel que es la vida. Él sale a nuestro encuentro como Señor de la historia del mundo y de la historia de la salvación para asumirnos como sus colaboradores. Si nuestra celebración es expresión agradecida de nuestra fe en este tipo de presencia de aquel que viniendo se dona, entonces el hic et nunc aparece inserto en una dinámica completamente nueva. Se hace participación en el kairós al que aspiró toda la vida de Cristo y que dio cumplimiento a todo. Y como Cristo en la gran hora de su muerte y glorificación anticipa la parusía, el cumplimiento definitivo, así para el cristiano modelado por la liturgia cada hora decisiva es iluminada y colmada por la energía que procede de toda la historia de la salvación, cuyo Señor es para nosotros camino, verdad, plenitud de luz y de vida. Así, el nunc no es un momento efímero, sino un punto de empalme de la historia en su totalidad" (13).

El nunc no es solo la vida que cada cristiano trae a la liturgia-culmen, sino también la liturgia misma, momento de la historia de la salvación en el que toda su vida queda ofrecida e iluminada por el misterio pascual, posibilitando el sentido, la esperanza y la fuerza del compromiso.

Celebramos la vida "en medio de la vida". Ese contexto vital es en cierto modo, él mismo, la razón por la que en las comunidades pobres de América Latina se hace tan importante incorporarlo en la liturgia. La "vida" por la que la asamblea transita antes y después del momento litúrgico es a menudo una vida extremadamente dura, una vida con la muerte o las muertes siempre al acecho: falta de trabajo y cesantía, salarios insuficientes, precariedad en la salud, mortalidad infantil, conflictividad en las relaciones humanas familiares y comunitarias, marginación cultural, deficiencias en la educación, y tantas otras "muertes" enquistadas en la vida cotidiana del pueblo sencillo. Y todo esto sin mencionar el pecado personal, que todo creyente lleva consigo a la liturgia para ser perdonado con vistas a la abundancia de vida.

Por eso, la liturgia se transforma en un tiempo y en un espacio en los que la vida precaria celebra su vocación y su esperanza de ser vida plena, abundante, vida que Dios ofrece, que Jesús inaugura y que la comunidad está llamada a construir desde su fe.

La liturgia es, efectivamente, celebración de la vida, pero no de cualquier vida. Es la celebración de la vida que Dios va suscitando, reparando, edificando cada día, vida que vence a la muerte, a todas las muertes, y que se abre paso en la historia de salvación, desde la pequeña y anónima alegría de un recién nacido hasta la celebración de la caída del muro de Berlín. Esa vida que es la de los cristianos, no puede sino estar presente en la liturgia. Si la liturgia no celebrara, en este sentido, la vida, se quedaría sin contexto, no podría ser culmen et fons, pues la liturgia es desde y para la vida. Pero la vida que se celebra en la liturgia no es la vida contextual en sí misma (para eso están las fiestas civiles, patrias, familiares, y tantas otras), sino la fuerza y la victoria del misterio pascual que, una vez más, se reconoce en el acontecimiento de la vida.

Las comunidades pobres, y en esto se distinguen culturalmente de las asambleas de medios sociales más pudientes, traen con mayor naturalidad a la liturgia, para ser "celebrados", los acontecimientos que afectan su día a día: el nacimiento de un niño, la recuperación de la enfermedad, el fin de una larga cesantía. Lo hacen con una clara conciencia de que en esos hechos Dios está salvando y actuando, que son signos del amor que tiene por todos, más allá de los directamente beneficiados. No solo los acontecimientos positivos, sino también los dolorosos, que disminuyen o suprimen la vida, son "celebrados" en la liturgia.

Hace años, en una pequeña comunidad en una población de extrema pobreza, me tocó presidir la misa de exequias de un neonato. Era el primer hijo de una pareja de jóvenes pobladores. Nunca olvido la callada desolación de sus rostros en la primera banca de la capilla. No los conocía, pues ninguno de los dos participaba en la Iglesia hasta ese momento. La eucaristía fue triste, pero afectuosa. Todos los abrazaron y los consolaron. Todos tenían una palabra que decirles. Los cantos de la misa se elevaron como nunca, fuertes, como si el volumen fuese una demostración de la calidad de la fe y de la fuerza de la esperanza de la asamblea. Desde ese día se hicieron parte de la comunidad. Mucho después me dijeron que fue gracias a esa misa. La del funeral de su primogénito.

Los pobres saben celebrar, saben hacer fiesta. En la precariedad de su existencia y en la escasez de sus medios, la fiesta surge mucho más fácilmente que en comunidades económica y culturalmente más satisfechas, como un momento de abundancia de vida y de confirmación de esa existencia, a pesar de su dificultad y precariedad. La brecha entre lo ordinario y lo extraordinario es mucho más ancha para los pobres, de modo que la fiesta irrumpe como una sobreabundancia de sentido y de alegría. Los pobres saben celebrar sin muchos medios ni mucha preparación, espontáneamente, de un momento a otro. La fiesta, surgida en medio de la dificultad, manifiesta de modo extremo la gratuidad. Este rasgo se percibe también en la liturgia de comunidades sometidas a condiciones difíciles de vida. Allí donde la vida está amenazada, o donde es aplastada por la miseria material, la violencia, la falta de valores, las relaciones humanas degradadas, la fe es capaz de suscitar una liturgia que expresa la victoria del misterio pascual de Cristo de modo extraordinariamente explícito y gozoso.

La vida es celebrada como reafirmación de la victoria de Cristo, que ilumina y se desborda sobre toda la vida de la asamblea: la que trae a la celebración, la que es la celebración y la que espera más allá de la celebración.

ALGUNOS ACENTOS CELEBRATIVOS PROPIOS

La homilía, siendo una parte importante de la liturgia en todo tipo de asambleas, juega un rol preponderante en la celebración de la vida de las comunidades populares. A veces, en comunidades cuyo número permite una interacción más comunitaria, la homilía recupera toda su fuerza etimológica (14) y se transforma en un diálogo entre el ministro y la asamblea, posibilitando una recepción de la Palabra muy vital y relacionada con el día a día de los fieles. La iluminación de la vida desde la Palabra, que es la característica más importante de toda homilía, puede alcanzar en este caso todo su significado.

Respondiendo a la crítica de la cita anterior, nada impide que, si ha de ser iluminado por la Palabra de Dios, se lea algo del periódico en esta parte de la liturgia. El problema no es integrar la vida contextual en la celebración, sino cómo hacerlo adecuadamente, sin perder de vista el verdadero sentido de la liturgia cristiana.

La devoción a la Virgen María es, en América Latina, un elemento distintivo y transversal, que caracteriza a los católicos de todos los niveles socioeconómicos. En las comunidades populares se acentúa por la identificación de la mujer latinoamericana, frecuentemente sometida a marginación social, a violencia intrafamiliar, a pesado trabajo doméstico y maternal, a angustias económicas para criar a su prole -con frecuencia demasiado grande-, con María de Nazaret tal como es presentada en la Biblia: una mujer sencilla de su pueblo, sufrida y perseverante, más que una Reina vestida de oro, sonrosada y coronada, como la representan tantas imágenes tradicionales. La renovada formación bíblica de muchas comunidades populares (15) ha creado generaciones de católicos que conocen mucho mejor los textos sagrados, ayudándolos no solo a corregir concepciones que hasta entonces no eran cuestionadas, y ciertas prácticas devocionales tradicionales, sino también a mejorar la participación en la liturgia reformada por el Concilio, cuya riqueza bíblica es, como se reconoce unánimemente, uno de los mejores logros.

Asimismo, el hombre latinoamericano se ha identificado profundamente con el Jesús llagado y azotado, crucificado y coronado de espinas, que se ve en muchas imágenes del barroco americano. Más que devoción fatalista, hay aquí también una profunda identificación del hombre explotado y "crucificado", con Jesús, Hijo de Dios, y con su resurrección, pues sabe que, tal como ese dolor, su miseria no es la última palabra, sino la victoria de Cristo, que será la suya. La cruz, que en muchos lugares del continente es profusamente adornada con flores para su tradicional fiesta de mayo, y llevada en procesión gozosa por calles urbanas y caminos de campo, es otra muestra de cuán hondo ha calado en la religiosidad popular latinoamericana la recta comprensión del misterio pascual de Cristo resucitado.

Finalmente, se constata frecuentemente que en las comunidades populares latinoamericanas la alegría y la esperanza son actitudes muy características de su liturgia. La conciencia de que el proyecto de Dios y el misterio pascual de Cristo son una respuesta clara y directa a la precariedad de su vida, las hace celebrar con una gratitud a menudo explicitada en expresiones de gozo y de fiesta, como la danza que caracteriza ciertas festividades. La liturgia, sea la eucaristía, otro de los sacramentos, la oración comunitaria o una celebración de la religiosidad popular, se constituye en un tiempo y un espacio de vida en medio de la no-vida, de acogida en medio de la marginación, de abundancia en medio de la carencia, de esperanza en medio de la angustia, que son experiencia concreta, sacramental, del "hoy" de la salvación posibilitado por la celebración de la fe.

La vida divina y la humana se encuentran en la liturgia porque Dios se encuentra con el hombre, en Cristo, por el Espíritu. El encuentro, que deviene diálogo, comunicación y fiesta, es radicalmente desigual, y en ello reside su paradoja. Pero tal como la encarnación "resuelve" la distancia entre el Creador y la creatura y posibilita al hombre el acceso a Dios, así la liturgia, acción divino-humana propia de la economía sacramental, resuelve también la incomunicación por la catábasis, el descenso divino al tiempo, que posibilita al hombre decir lo inefable, suscitando en él la anábasis, el ascenso del hombre a Dios, en la alabanza y en la plegaria (16). El Espíritu Santo, "Señor y dador de vida", que desde el día de Pentecostés llenó a los discípulos de Cristo, es la fuerza que los convoca hasta hoy en torno a la mesa del Señor para celebrar, en la fe y en la esperanza, el misterio pascual en su historia concreta, para que tengan vida en abundancia.

 

NOTAS

(1) "Culmen ad quod actio Ecclesiae tendit et simul fons unde omnis eius virtus emanat", Sacrosanctum Concilium 10.

(2) Así el título del libro de Pedro Güell, Cristián Precht y Pablo Sahli: Acción de Dios, fiesta del pueblo, fiesta de Dios, acción del pueblo. Apuntes para una teología de la celebración, Ediciones Paulinas, Chile 1981.         [ Links ]

(3) La expresión es del teólogo Salvatore Marsili, osb. Cf. Nuevo Diccionario de Liturgia, voz: Liturgia.

(4) Cf., sobre todo, la teología de Odo Casel, osb (+ 1948).

(5) Lc 22, 19 y 1Co 11, 25.

(6) El Sacramentarium Veronense o Leonianum, es la más antigua colección de formularios para la eucaristía que se conoce, y refleja la liturgia romana de los siglos IV-VI.

(7) Los niños muertos sin bautismo son confiados a la misericordia divina. Se confía su salvación tanto al deseo de sus padres de que fueran bautizados, como a la convicción de que la intervención salvífica de Dios no queda reducida a los sacramentos. Cf. CEC 1257-1261.

(8) Jn 6, 35. 47-58.

(9) La sangre es, en la tradición veterotestamentaria, la vida misma y signo de la alianza. Cf. Ex 24, 8: "Ésta es la sangre de la Alianza que Yahvé ha hecho con ustedes", y Mc 14, 24: "Ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos".

(10) Una de las fórmulas de acogida del penitente del Ritual de la Penitencia, en el Rito para reconciliar a un solo penitente. Cf. Ez 33, 11.

(11) De ambas, o al menos de la derecha. Signo que se hace "in-significante" en la celebración dentro del confesionario con separación entre el ministro y el fiel.

(12) La liturgia en Latinoamérica, PHASE 195, p. 220.         [ Links ]

(13) Bernhard Häring, Existencia cristiana y liturgia, en Nuevo Diccionario de Liturgia, p. 798.         [ Links ]

(14) Del griego homilein: conversar. Homilía: "conversación familiar".

(15) Cf. Los "círculos bíblicos", instancias de conocimiento y formación bíblica que, precisamente en las comunidades populares de América Latina, rurales y urbanas, han "devuelto" la Sagrada Escritura al pueblo sencillo en una perspectiva de identificación con el pueblo bíblico.

(16) Cf. Michael Kunzler, La liturgia de la Iglesia, AMATECA, Sección quinta, La Iglesia, Volumen X, Edicep, Valencia, España.         [ Links ]

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