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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449

Teol. vida v.48 n.1 Santiago  2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492007000100006 

Teología y Vida, Vol. XLVIII (2007), 73 - 92

ESTUDIOS

 

De una vida amenazada a una vida anhelada. Atisbos a una teología de la vida en diálogo con la literatura

 

Alberto Toutin, ss.cc.
Profesor de la Facultad de Teología. Pontificia Universidad Católica de Chile.

Dos figuras imaginativas que hablan desde el otro lado de la vida. La Amortajada (1938) de María Luisa Bombal (1910-1980) y Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo (1917-1986).

 

 


RESUMEN

En el seminario interno de la Facultad nos hemos interrogado acerca de la vida, ese misterio fascinante y vulnerable a la vez. En ese marco, hemos querido escuchar la voz de los escritores, en dos novelas. Pedro Páramo (1955) del escritor mexicano Juan Rulfo (1917-1986) y La Amortajada (1938) de la escritora chilena María Luisa Bombal (1910-1980). En ambos casos sus protagonistas nos hablan desde el otro lado del sentido de la vida, desde la muerte, pero para radicalizar la pregunta acerca del sentido de la vida, de los encuentros que las han marcado, del cuerpo como mediación de esos encuentros. Un diálogo desde estas figuras del más allá de la vida en las que resuenan con una honda actualidad las grandes temáticas escatológicas de la teología paulina, acerca de la vida eterna como un estar para siempre con el Señor, y acerca del cuerpo con el que resucitaremos.


ABSTRACT

Life, that mystery at once fascinating and vulnerable, was examined at a recent faculty seminar. Within this framework, the author of this article endeavors to listen to the voice of the writers of two novels: Pedro Páramo (1955) by the Mexican writer Juan Rulfo (1917-1986), and La amortajada ["The Shrouded Woman"] (1938) by the Chilean writer María Luisa Bombal (1910-1980). In both cases the literary characters speak to us from the other side of the grave, in order to radicalize questions about life, about the meetings that have marked the characters, about the body as mediation of those meetings. Thus, a dialogue emerges from these figures beyond life, in which the great eschatological themes of Pauline theology resonate forcefully and, at the same time, permit a deep reflection upon eternal life as always being with the Lord, as well as regarding the kind of body with which we will rise again.


 

1. INTRODUCCIÓN

Paseándose por Riachuelo (Buenos Aires) con Jorge Luis Borges ("Georgie"), María Luisa Bombal le confía el proyecto de su novela La amortajada en la cual ya estaba trabajando (1937). Quiere escribir una novela cuya protagonista hable desde su condición de muerta, de amortajada, y que, desde esa perspectiva, relea tanto los hechos que han marcado su vida, estimulada por las personas que vienen a su funeral, así como lo que le espera por delante en ese "otro tiempo" que es el de la muerte:

"Ese argumento es de ejecución imposible pues corre dos riesgos graves -le responde Borges-, o la muerta va a oscurecer los hechos humanos o los hechos humanos van a opacar la parte sobrenatural. No creo que puedas hacerlo (1)".

Desde esta perspectiva, María Luisa Bombal busca en efecto situarse en un ángulo diferente desde donde mirar los materiales de su vida: sus anhelos, sus frustraciones, sus sueños. Ella necesita separarse de los sucesos de su pasado y poder apreciarlos desde una dimensión de su persona diferente de la afectiva. Ana María, protagonista de esta novela, es una heroína que responde a un esfuerzo de conciencia desplegado por la escritora, de una conciencia separada del sentimiento. Esta singular perspectiva, fruto de la imaginación creadora de María Luisa Bombal, permite que cada experiencia y sentimiento sea devuelto por la autora, situado y transfigurado en un símbolo claro. Y a la vez, la perspectiva de una mujer muerta, ofrece un ángulo de visión desde el cual la creadora -y el lector con ella- puede ver mucho más lo que será que lo que ha sido. Este carácter exploratorio y de anticipación que tiene el trabajo de escritura para María Luisa Bombal tiene que ver con la implicación de la imaginación en el acto de escribir. "Es la imaginación que se adelantaba a lo que yo era" escribía María Luisa, recordando años después su juvenil cuento de Perrault, frase que es aplicable a toda su obra.

Este mismo esfuerzo de imaginación exploratoria lo encontramos a la base de la gestación de la novela de Juan Rulfo (1917-1986) Pedro Páramo (1955). El autor sitúa todos los personajes desde el otro lado de la vida, desde el inframundo de la muerte, desde donde evocan los acontecimientos pasados, su situación presente y la vivencia de ese "otro" tiempo que tienen por delante. Para llevar a cabo este proyecto, sin caer en peligros que advertía Borges, Juan Rulfo asigna un rol de primer orden a la imaginación creadora. En efecto, en una conversación con Ernesto González Bermejo (1979) (2), el mismo Rulfo relata la génesis de esta obra y destaca el rol que desempeñó la imaginación como facultad exploratoria y anticipatoria de la realidad que le permitió enfocar todos los personajes de esta obra, desde el acontecer de su muerte:

"- ¿La idea de Pedro Páramo viene de muy atrás?
- Venía a lo mejor de mi infancia, lo más permanente en la vida de los hombres. Nací en Jalisco y guardaba una visión lejana de los pueblos abandonados, pero los conocía superficialmente, porque me fui siendo niño y los visité alguna vez.
- Después, ¿volvió?
- Nunca he vuelto
- Entonces usted no se apoyó sobre una base testimonial.
- No, no puedo yo trabajar con conocidos, partir de los personajes reales.
- ¿Cómo arma usted un personaje?
- Tengo que imaginarlo primero, gestar sus características, su forma de expresarse, y luego ubicarlo en una región determinada (3)".

Este rol heurístico de la imaginación para recrear mundos nuevos y a través de ellos, para explorar y anticipar dimensiones de la vida humana, a partir de lo que será más que de lo que ha sido, está en coherencia con la definición que Rulfo da de la literatura:

"-¿Qué es para usted la literatura? -le pregunta Ernesto González Bermejo.

- Una mentira. La literatura es una mentira que dice la verdad […] Ahora que, hay una diferencia importante entre mentira y falsedad. Cuando se falsean los hechos se nota inmediatamente lo artificioso. Pero cuando se está recreando una realidad en base a mentiras, cuando se reinventa un pueblo, es muy distinto. Aquellos que no saben de literatura creen que un libro refleja una historia real, que tiene que narrar hechos que ocurrieron, con personajes que existieron. Y se equivocan: un libro es una realidad en sí, aunque mienta respecto de la otra realidad (4)".

Esta recreación imaginativa de la realidad crea un mundo en sí que existe solo en la obra literaria, pero que de manera mediata, y con el concurso del lector, abre a posibles inéditos de la realidad y que se concretan en el mundo del lector. De esta manera, este último puede volver a la realidad con un sentido enriquecido de la misma y con posibilidades de ser que requieren ser exploradas (5). Este trabajo de imaginación creativa expresado en la ficción literaria, está lejos de ser una vía de escape o de alienación estetizante de la realidad, sino que apunta a una nueva configuración de la experiencia de mundo del lector en sus múltiples dimensiones: de género, históricas, religiosas y políticas, etc. Así en el caso de María Luisa Bombal, su esfuerzo de imaginación creadora, le permiten ahondar en la vida y en las aspiraciones de la mujer, en sus sueños, sus experiencias eróticas, y también sus innombrables postergaciones y abandonos que la tienen confinada en un destino socialmente predeterminado. En efecto, Ana María -protagonista La amortajada, escrita en 1938- denuncia y cuestiona con una sensibilidad lúcida el existir amorfo de una mujer de clase media, obligada al recato, a la monotonía y a la obediencia. En el caso de Rulfo, la fuerza de la imaginación creadora está al servicio de ofrecer un rostro y una historia a los pueblos abandonados y olvidados de México, y cuyo destino de pobreza pareciera imponérseles con la fuerza inexorable de una fatalidad.

La pregunta que orienta nuestro trabajo es por tanto: ¿De qué manera entonces la imaginación puesta en acción en la creación de mundos literarios ficticios permite descifrar sentidos nuevos de la realidad y explorar incluso anticipar posibilidades inéditas de la vida humana? Para responder a esta pregunta nos referimos concretamente a las obras La Amortajada de María Luisa Bombal y Pedro Páramo de Juan Rulfo, en virtud des esfuerzo audaz de imaginación que sitúa ambas obras desde el otro lado de la vida, desde la muerte. Y tras haber abordado estas obras, y a modo de reflexión abierta, nos preguntamos ¿De qué manera estas obras incitan y provocan la reflexión teológica a ahondar la vida nueva que nos es dada en Jesús muerto y resucitado?

2. DEL OTRO LADO DEL UMBRAL DE LA MUERTE:

2.1 La muerte, la entrada en otro tiempo y en otro espacio

En ambas novelas se describe la situación de estar del otro lado de la vida, del lado de la muerte, como una forma de pervivencia. Ana María, desde su ataúd ve y siente el tiempo que hay fuera, ve a sus deudos, familiares y amigos que la acompañan en ese momento. Se abre también a nuevas sensaciones inéditas, más transparentes, tanto del mundo exterior como de sí misma. Siente un cuerpo distinto que ya no es más causa de "preocupaciones y estorbos físicos", que dificultaban la comunicación fluida con el mundo. Ahora hay una armonía entre lo experimentado desde el exterior y lo sentido desde el interior. Es lo que nos describe el narrador en tercera persona; una suerte de desdoblamiento del protagonista en una nueva conciencia. Se trata de una nueva percepción de sí, del tiempo y del espacio que adquiere Ana María desde la perspectiva de su muerte:

"El murmullo de la lluvia sobre los bosques y sobre la casa la mueve muy pronto a entregarse en cuerpo y alma a esa sensación de bienestar y melancolía en que siempre la abismó el suspirar del agua en las interminables noches de otoño.

La lluvia cae fina, obstinada, tranquila. Y ella la escucha caer. Caer sobre los techos, caer hasta doblar los quitasoles de los pinos, y los anchos brazos de los cedros azules, caer. Caer hasta anegar tréboles, y borrar senderos, caer.

Escampa y ella escucha el nítido bemol de lata enmohecida que rítmicamente el viento arranca al molino. Y cada golpe de aspa viene a tocar una fibra especial dentro de su pecho amortajado.

Con recogimiento siente vibrar en su interior una nota sonora y grave que ignoraba hasta ese día guardar en sí.

Luego, llueve nuevamente. Y la lluvia cae obstinada, tranquila. Y ella la escuchó caer. Caer y resbalar como lágrimas por los vidrios de las ventanas, caer y agrandar hasta el horizonte las lagunas, caer. Caer sobre su corazón y empaparlo, deshacerlo de languidez y tristeza. No recuerda haber gozado, haber agotado nunca, así, una emoción.

Tantos seres, tantas preocupaciones y pequeños estorbos físicos se interponían siempre entre ella y el secreto de una noche. Ahora, en cambio, no la turba ningún pensamiento inoportuno. Han trazado un círculo de silencio a su alrededor, y se ha detenido el latir de esa invisible arteria que golpeaba con frecuencia, tan rudamente la sien (6)".

También desde esta condición de estar muriendo, Ana María se abre a nuevas sensaciones que la vinculan, desde una hondura inédita, con la vida de la naturaleza y también con la vida humana y sus avances tecnológicos, que perturban la escucha de la secreta armonía de la naturaleza. Es el oír el sentido que se aguza en esta nueva condición. Este sentido la vincula a lo que hay de más ingrávido y sutil en el mundo de los vivientes. Su escucha, se hace fina y sensible a la melodía secreta en la que resuenan las múltiples manifestaciones de la vida. Sin embargo, Ana María en el morir de manera irreversible se despide de la fiesta de la vida. Ella experimenta así el abismo infranqueable que la separa del mundo de los vivos y por lo mismo la impotencia para poder volver a la vida, ahora desde esta percepción más rica de la vida:

"Ansias desconocidas la conmueven. ¡Oh, si la depositaran allí a la intemperie! Anhela ser abandonada en el corazón de los pantanos para escuchar hasta el amanecer el canto de las ranas que fabrican de agua y de luna, en la garganta; y oír el crepitar aterciopelado de las mil burbujas del limo. Y aguzando el oído percibir aún el silbido siniestro con que en la carretera lejana se lamentan los alambres eléctricos; y distinguir, antes del alba, los primeros aleteos de los flamencos entre los cañaverales. ¡Ah, si fuera posible! Pero no, no es posible. [Los que llevan el ataúd con Ana María] Ya la han enderezado. Ya avanzan nuevamente (7)".

En Pedro Páramo, Juan Preciado, en su estado de estar muriendo, se abre también a nuevas sensaciones de lo que sucede en el mundo, "allá afuera": dialoga con otros muertos, adquiere una lucidez inédita respecto a lo que fue sus vidas y la de los suyos en el mundo de los vivos-vivientes y experimenta nuevas sensaciones. Así en su diálogo con Dorotea, Juan Preciado le comparte los recuerdos que su madre le transmitió del pueblo de Comala, a donde él vino en busca de su padre. Pedro Páramo:

"- Allá afuera debe estar variando el tiempo. Mi madre me decía que, en cuanto comenzaba a llover, todo se llenaba de luces y del olor verde de los retoños. Me contaba cómo llegaba la marea de las nubes, cómo se echaban sobre la tierra y la descomponían cambiándole los colores… Mi madre que vivió su infancia y sus mejores años en este pueblo y que ni siquiera pudo venir a morir aquí. Hasta para eso me mandó a mí en su lugar. Es curioso, Dorotea, cómo no alcancé a ver ni el cielo. Al menos, quizá, debe ser el mismo que ella conoció (8)".

Más adelante, Juan Preciado, su oído aguzado le permite oír los murmullos provenientes de otras tumbas. Le comenta a Dorotea que parecen provenir de la tumba de Susana de san Juan, el amor imposible de Pedro Páramo. Así como en Ana María, en Juan Preciado, el sentido que más se agudiza desde su condición de muerto es el de la audición. Por otro lado, los muertos-vivos perciben que ese otro tiempo de la muerte, si bien conserva su poder de degradación, actúa de manera más lenta. Bajo su acción, los muertos envejecen, así como los recuerdos que los vinculan con la tierra de los vivientes vivos.

"- ¿Oyes? Parece que va a decir algo. Se oye un murmullo.

- No, no es ella. Eso viene de más lejos, de por este otro rumbo. Y es voz de hombre. Lo que pasa con estos muertos viejos es que cuanto les llega la humedad comienzan a removerse. Y despiertan (9)".

Juan Preciado vino a Comala, con sus ojos cargados de los recuerdos de su madre, e impulsado por una ilusión, la de encontrar a su padre, Pedro Páramo. Siempre desde su tumba, Juan evoca las descripciones que su madre le daba y que hacían de Comala un paraíso terrenal:

"Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre, de su nostalgia, entre retazos de suspiros. Siempre vivió ella, suspirando por Comala, por el retorno, pero jamás volvió. Ahora yo vengo en su lugar. Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque me dio unos ojos para ver: "Hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche". Y su voz era secreta, casi apagada, como si hablara consigo misma… mi madre (10)".

Pero, a medida que se adentra en el pueblo, Juan Preciado se encuentra más bien con una aldea fantasmal, poblada de cuerpos fantasmagóricos, de apariencia fenomenal, y habitada por murmullos y voces lejanas y confusas, que hablan del abandono, la soledad, del avance destructor del tiempo y finalmente de la muerte, en la que encuentra Comala (11).

"- Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos. Oyes crujidos. Risas. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces ya desgastadas por el uso. Todo eso oyes. Pienso que llegará un día estos sonidos se apaguen […] Hubo un tiempo en que estuve oyendo durante noches el rumor de una fiesta. Me llegaban los ruidos hasta la Media Luna. Me acerqué para ver el mitote aquel y vi esto: lo que estamos viendo ahora. Nada. Nadie, Las calles tan solas como ahora (12)". (Mitote del náhuatl mitotl: baile)

Es el Comala infernal que de hecho encuentra Juan y cuya presencia opresora y acechante termina asfixiándolo y matándolo.

"- Sí, Dorotea. Me mataron los murmullos. Aunque ya traía retrasado el miedo. Se me había venido juntando, hasta que ya no pude soportarlo. Y cuando me encontré con los murmullos se me reventaron las cuerdas (13)".

2.2. El estar muriendo, tiempo de duelo de una ilusión irreversiblemente no realizada

En ambos textos, la muerte no es entendida como un acontecimiento puntual -como lo perciben los vivos-, sino más bien como un proceso de morir, un estar muriendo, por paradójica que sea la expresión. ¿En qué consiste estar muriendo de los muertos vivos? Para Ana María, el morir es vivido como un proceso de disgregamiento corporal, vivenciado en "la misteriosa carne de los muertos (14)" que ve, escucha, sueña y anhela. No se trata de un estado de inmovilidad, sino de expansión de sensaciones nuevas y puras, favorecidas por una experiencia de reposo que la dispone a una comunicación más fluida tanto con el mundo de los vivientes vivos como con el mundo de los muertos vivos:

"¡Oh, Dios mío, insensatos los que dicen que una vez muertos no debe preocuparnos nuestro cuerpo! Ella se siente infinitamente dichosa de poder reposar entre ordenados cipreses, en la misma capilla donde su madre y varios hermanos duermen alineados; dichosa que su cuerpo se disgregue allí, serenamente, honorablemente bajo una losa con su nombre.
TERESA, ANA MARÍA, CECILIA (15)".

Estas sensaciones son vividas en un cuerpo individual, personal, que es capaz de anhelar la muerte de los muertos, el descanso definitivo. Así en la última frase del libro y como una situación por realizarse e inconclusa, en el otro tiempo y el otro espacio de los muertos, el narrador expresa el último élan de vida que brota del cuerpo yaciente de Ana María y que se traduce en un anhelo:

"Había sufrido la muerte de los vivos: Ahora anhelaba la inmersión total, la segunda muerte: la muerte de los muertos (16)".

En Pedro Páramo, el tiempo de los muertos vivos es también el tiempo de la espera de la muerte definitiva, la muerte de los muertos que esperan reposar en paz.

Es lo que sabe e intuye Dorotea. Dicha paz, es fruto del trabajo de ese tiempo lentificado y no amenazante que viene por delante:

 

"- ¿Oyes? Allá afuera está lloviendo. ¿No sientes el golpear de la lluvia?

- Siento como si alguien caminara sobre nosotros.

- Ya déjate de miedos. Nadie te puede ya dar miedo. Haz por pensar cosas agradables porque vamos a estar mucho tiempo enterrados (17)".

El tiempo de la muerte es un tiempo otro, un estar muriendo -con esa mezcla de infinitivo y de acción que se está realizando en un presente duradero- en donde los muertos releen su vida, sus recuerdos, sus gozos y sus frustraciones, sus anhelos y sentimientos reprimidos. Desde aquí se adquiere un nuevo saber, se gana una lucidez y una capacidad de penetración en los verdaderos móviles que motivaron la propia vida y la de los otros. Es un nuevo saber que antes no se tenía y con el que ahora cuentan los muertos. En efecto, esta nueva lucidez les permite releer los acontecimientos que tejieron la trama de sus vidas, acontecimientos que, en cuanto tales, se encuentran sellados con el signo de la irreversibilidad. Sin embargo, lo que puede cambiar es la lectura que se pueda hacer de ellos, vistos ahora desde la otra ribera de la vida, de su lado oculto, desde el tiempo desdramatizado, liberado ya de su fugacidad y de su avance ineluctable y destructor.

Así el descanso que se espera y se anhela, en ese otro tiempo que media entre la muerte de los vivos y la muerte de los muertos, consiste fundamentalmente en hacer el duelo de las ilusiones y las esperanzas que movieron a los vivos durante su vida y que nunca se realizaron, y en poder sanar las culpas que estas ilusiones frustradas hayan podido causar.

Por su parte, Ana María, releyendo su vida, busca hacerse cargo serenamente de la duda lacerante y de la frustración que le acarreó, el no haber sabido la razón del abandono de Ricardo, su amante y su único amor. Dolor que se agudizó por la pérdida del hijo que venía en camino fruto de esta relación. Esta doble frustración minó profundamente sus experiencias ulteriores de amor, incluso su matrimonio con Antonio, pues siempre pesó sobre ella la negación de la que fue objeto, como mujer amada y la incertidumbre de si podría ser realmente amada otra vez. Esta reflexión acerca de una ilusión no realizada, es provocada justamente por la presencia de Ricardo junto al ataúd. Ahora ella descubre lo que había en el corazón y en la sensibilidad de este hombre, hasta entonces indescifrable. Esta lucidez le permite a ella dar libre curso a lo que ella siente efectivamente por él, más allá de las conveniencias y tabúes sociales y de las frustraciones personales que habían reprimido en ella la expresión de esos sentimientos. Esta relectura le permite situarse en un futuro anterior-, en lo que habrían hecho si hubiesen sabido esto antes, y también, en un futuro relativo, por el nuevo tipo de presencia que ella asume en el recuerdo de los vivos.

"El brusco, el cobarde abandono de su amante ¿respondió a alguna orden perentoria o bien a una rebeldía de su impetuoso carácter?

Ella no lo sabe ni quiere volver a desesperarse en descifrar el enigma que tanto la había torturado en su primera juventud.

La verdad es que, sea por la inconsciencia o por miedo, cada uno siguió un camino diferente.

Y que toda la vida se esquivaron, luego, como de mutuo acuerdo.

Pero ahora, ahora él está ahí, de pie, silencioso y conmovido; ahora que, por fin, se atreve a mirarla de nuevo, frente a frente, y a través del mismo risible parpadeo que le conoció de niño en sus momentos de emoción, ahora ella comprende.

Comprende que en ella dormía, agazapado, aquel amor que presumió muerto. Que aquel ser nunca le fue totalmente ajeno.

Y era como si parte de su sangre hubiera estado alimentando, siempre, una entraña que ella misma ignorase llevar dentro, y que esa entraña hubiera crecido así, clandestinamente, al margen y a la par de su vida.

Y comprende que, sin tener ella conciencia, había esperado, había anhelado furiosamente este momento.

¿Era preciso morir para saber ciertas cosas? Ahora comprende también que en el corazón y en los sentidos de aquel hombre ella había hincado sus raíces; que jamás, aunque a menudo lo pensara, fue realmente olvidada.

De haberlo sabido antes, muchas noches, desvelada, no habría encendido la luz para dar vueltas las hojas de un libro cualquiera, procurando atajar una oleada de recuerdo. Y no habría evitado tampoco ciertos rincones del parque, ciertas soledades, ciertas músicas. Ni temido el primer soplo de ciertas primaveras demasiado cálidas.

¡Ay, Dios mío. Dios mío! ¿Es preciso morir para saber? (18)"

En la novela de Juan Rulfo, los distintos personajes buscan, en el proceso de estar muriendo, hacer el duelo de las ilusiones que durante sus vidas los pusieron en camino, justificaron sus existencias y despertaron sus mejores energías. Ahora, desde la perspectiva de la muerte, esas ilusiones se revelan como indicios de incompletud, de vida inacabada, y de alguna manera frustrada. Juan hace parte a Dorotea de lo que fue su ilusión de encontrar "a aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre (19)" y Dorotea la mendiga, celestina y una anciana demente de Comala, apodada la curraca, la coja, le comunica, a su vez, lo que fue la vana ilusión de su maternidad.

"- Mejor no hubieras salido de tu tierra. ¿Qué viniste a hacer aquí?

- Ya te lo dije en un principio. Vine a buscar a Pedro Páramo, que según parece fue mi padre. Me trajo la ilusión.

- ¿La ilusión? Eso cuesta caro. A mí me costó vivir más de lo debido. Pagué con eso la deuda de encontrar a mi hijo, que no fue, por decirlo así, sino una ilusión más; porque nunca tuve ningún hijo. Ahora que estoy muerta me he dado tiempo para pensar y enterarme de todo. Ni siquiera el nido para guardarlo me dio Dios. Solo esa vida arrastrada que tuve, llevando de aquí para allá mis ojos tristes que siempre mirando de reojo como buscando detrás de la gente, sospechando que alguien me hubiera escondido a mi niño. Y todo fue culpa de un maldito sueño. He tenido dos: a uno de ellos lo llamo el "bendito" y al otro el "maldito". El primero fue el que me hizo soñar que había tenido un hijo. Y mientras viví, nunca dejé de creer que fuera cierto; porque lo sentí entre mis brazos, tiernito, lleno de boca y de ojos y de manos; durante mucho tiempo conservé en mis dedos la impresión de sus ojos dormidos y el palpitar de su corazón. ¿Cómo no iba a pensar que aquello fuera verdad? Lo llevaba conmigo adondequiera que iba, envuelto en mi rebozo, y de pronto lo perdí. En el cielo me dijeron que se habían equivocado conmigo. Que me habían dado un corazón de madre, pero un seno de una cualquiera. Ese fue el otro sueño que tuve. Llegué al cielo y me asomé a ver si entre los ángeles reconocía la cara de mi hijo. Y nada. Todas las caras eran iguales, hechas con el mismo molde. Entonces pregunté. Uno de aquellos santos se me acercó y, sin decirme nada, hundió una de sus manos en mi estómago como si la hubiera hundido en un montón de cera. Al sacarla me enseñó algo así como una cáscara de nuez: "Esto prueba lo que te demuestra".

"Tú sabes cómo hablan raro allá arriba; pero se les entiende. Les quise decir que aquello era solo mi estómago engarruñado por las hambres y por el poco comer; pero otro de aquellos santos me empujó por los hombros y me enseñó la puerta de salida: "Ve a descansar un poco más a la tierra, hija, y procura ser buena para que tu purgatorio sea menos largo".

Ese fue el sueño "maldito" que tuve y del cual saqué la aclaración de que nunca había tenido ningún hijo. Lo supe ya muy tarde, cuando el cuerpo se me había achaparrado, cuando el espinazo se me saltó por encima de la cabeza, cuando ya no podía caminar. Y de remate, el pueblo se fue quedando solo; todos largaron camino para otros rumbos y con ellos se fue también la caridad de la que yo vivía. Me senté a esperar la muerte. Después de que te encontramos a ti, se resolvieron mis huesos a quedarse quietos. "Nadie me hará caso", pensé. Soy algo que no le estorba a nadie. Ya ves ni siquiera le robé espacio a la tierra. Me enterraron en la misma sepultura y cupe muy bien en el hueco de tus brazos. Aquí en este rincón donde me tienes ahora. Solo se me ocurre ser yo la que te tuviera abrazado a ti (20)".

2.3. La vida anhelada como deseo de reencuentro y como búsqueda de un paraíso terrenal

En Pedro Páramo las ilusiones más movilizadoras de sus personajes tiene que ver con (re-)encuentros ya sea con lugares, como Dolores Preciado con Comala, ya sea con personas, como Juan Preciado con su Pedro Páramo su padre, o Dorotea con el hijo que, de hecho, nunca tuvo. La ilusión de un (re-)encuentro, toma la forma de la búsqueda de un paraíso terrenal, aquí y ahora en este mundo. No se trata ni de un paraíso perdido, pues nunca tuvieron la impresión de haberlo tenido ni de un paraíso dado del cielo, pues está muy lejos para la conciencia de sus propias posibilidades y el peso de sus culpas. En efecto, para Dorotea es el cielo quien le rindió a la evidencia de su falsa ilusión; le dice que se han equivocado con ella, dándole un corazón de madre y el seno de una cualquiera, un deseo más grande que su capacidad física, luego su hijo lo busca inútilmente entre los ángeles, que tienen indistintamente todas las caras iguales, y de lo único que ha sido portadora es de esterilidad y de hambre. Darse cuenta de la vanidad de esta ilusión, es ya morir a la vida, no encontrar ninguna justificación para seguir en ella. Comentando el final de este monólogo de Dorotea, que resume la visión rulfiana de la vida y de la esperanza hic et nunc y post mortem, el crítico Hugo Rodríguez Alcalá escribe: "El final del monólogo […] completa maravillosamente la tragedia de una vida miserable cuyos dos sueños significan, de una parte, la justificación de una existencia y, de otra, el fin de todo motivo de seguir en el mundo (21)". No le queda más que sentarse a esperar la muerte. El cielo de arriba es para Dorotea el lugar de la desilusión. Además, ese cielo está cerrado para ella, a causa de su culpa.

En la perspectiva de Rulfo, la muerte abre a una doble forma de vida después de la vida. Por un lado, la vida del cuerpo, animada por un principio sensitivo, distinto del alma y para el cual el cielo está aquí en la tierra, en donde puede reposar, repensar lo hecho durante su vida y sanar las heridas y frustraciones producidas por las ilusiones no realizadas en vida. Y, por otro lado, la vida del alma, que sigue vagando, capaz de una interacción con los vivos, suscitando en ellos el que recen por ella, para expurgar sus culpas y pecados y para calmar los remordimientos que pesan sobre ella. El alma es la sede del impulso vital que mueve al hombre y también de la conciencia y de las culpas. El cuerpo liberado así del alma, puede ahora comenzar a descansar.

Así Dorotea relata a Juan Preciado su muerte del mundo de los vivos. Y el único lugar de reposo al que pueda aspirar es permanecer aquí en la tierra procurando el descanso y haciendo el duelo de su desilusión:

"El cielo está tan alto, y mis ojos tan sin mirada que vivía contenta con saber dónde quedaba la tierra. Además le perdí todo mi interés desde que el padre Rentería me aseguró que jamás conocería la gloria. Que ni siquiera de lejos la vería… fue cosa de mis pecados, pero él no debía habérmelo dicho. Ya de por sí la vida se lleva con trabajos. Lo único que le hace a una mover los pies es la esperanza de que al morir la lleven a una de un lugar u otro; pero cuando a una le cierran una puerta y la que queda abierta es nomás la del infierno, más vale no haber nacido… el cielo para mí, Juan Preciado, está aquí donde estoy ahora.

-¿Y tu alma? ¿Dónde crees que haya ido?

- Debe andar vagando por la tierra como tantas otras, buscando vivos que recen por ellas. Tal vez me odie por el mal trato que le di; pero eso ya no me preocupa. He descansado del vicio de sus remordimientos. Me amargaba hasta lo poco que comía, y me hacía insoportables las noches llenándomelas de pensamientos intranquilos, con figuras de condenados y cosas de esas. Cuando me senté a morir, ella me rogó que me levantara y que siguiera arrastrando la vida, como si esperara algún milagro que me limpiara de mis culpas. Ni siquiera hice el intento. "Aquí se acaba el camino" -le dije "Ya no me quedan fuerzas para más". Y abrí la boca para que se fuera. Y se fue. Sentí cuando cayó en mis manos el hilito de sangre con que estaba amarrada a mi corazón (22)".

En La Amortajada, la ilusión que puso en camino a Ana María, que justificó de alguna manera su existencia y a favor de cuya consecución desplegó sus mejores capacidades, tomó la forma de la búsqueda del paraíso terrenal, aquí y ahora. Este paraíso expresa el anhelo de un encuentro armónico, no sujeto a la ley de la caducidad, tanto con la naturaleza como con su único amor, Ricardo. Este anhelo es tan fuerte que deviene la esperanza de que el cielo lo contenga en plenitud. Para Ana María, el cielo no es otra cosa imaginable, sino una proyección -en condicional- de aquello que se busca ardiente y tenazmente en la tierra. A la pregunta que le hace el padre Carlos a Ana María de cómo te gustaría que fuera el cielo, ella responde:

"- Me gustaría que fuera lo mismo que esta tierra. Me gustaría que fuera como la hacienda en primavera, cuando todas las matas de rosas están en flor, y el campo todo verde, y se oye el arrullo de las palomas a la hora de la siesta… Me gustaría, eso sí, algo que no hay en la hacienda;… me gustaría que hubiese venaditos que no fueran asustadizos y vinieran a comer de mi mano… Y me gustaría también que mi primo Ricardo estuviera siempre conmigo, y se nos diera permiso para dormir de vez en cuando por las noches en el bosque, allí donde el césped es verdadero terciopelo, justo al borde del afluente… (23)".

Y el padre Carlos reflexiona consigo mismo ante el féretro de Ana María, diciendo:

"¡El paraíso terrenal, Ana María! Tu vida entera no fue sino la búsqueda ansiosa de ese jardín ya irremisiblemente vedado para el hombre por el querubín de la espada de fuego (24)".

Pero al verse irrealizada esta ilusión durante el tiempo de los vivos y en el otro tiempo de los muertos, Ana María toma distancia de la imagen del Dios de su hermana, Alicia, para quien la vida de este mundo no es más que un tránsito por un valle de lágrimas. En vida, el hombre puede, a lo más, ofrecer a Dios los dolores que esta travesía le signifique para poder así, liberada de las ataduras y obstáculos de este mundo, encontrarse definitivamente con Él. En cambio, para Ana María, es precisamente este valle con su gente, con sus penas, sus gozos y placeres los que acapararon los mejor de sus días (25) y no se imagina que en el cielo no haya cabida para ello, esta vez sin la amenaza de la fugacidad del tiempo. Ante pues su hermana Alicia que la vela en oración durante la noche, Ana María piensa:

"¿Dónde crees que estoy? ¿Rindiendo cuentas al Dios terrible a quien ofreces día a día la brutalidad de tu marido, el incendio de tus aserraderos, y hasta la pérdida de tu único hijo, aquel niño desobediente y risueño que un árbol dejó caer y cuyo cuerpo se dislocó entero cuando lo levantaron de entre el fango y la hojarasca?

Alicia, no. Estoy aquí, disgregándome bien apegada a la tierra. Y me pregunto si veré algún día la cara de tu Dios (26)".

Y en Pedro Páramo, Susana de San Juan toma distancia también de un Dios que no toma en cuenta toda esa vida hecha de sabores y sinsabores, de encuentros y desencuentros y cuya memoria reside en la corporeidad del hombre. Llorando la ausencia de Florencio, su amado muerto por la envidia de su padre Bartolomé, Susana de San Juan se lamenta delante de Dios, reprochándole:

"¡Señor, tu no existes! Te pedí tu protección para él. Que me lo cuidaras. Eso te pedí, Pero tú te ocupas nada más de las almas. Y lo que yo quiero es su cuerpo (27)".

La incertidumbre del encuentro con un Dios para quien los goces y los sufrimientos vividos en la existencia corporal e histórica del hombre no contarían, no atenúa la intensidad de una vida anhelada, de un encuentro con la naturaleza, con los seres amados que pervive tenazmente en Ana María.

Esta vida anhelada, por un lado, toma la forma de una respuesta a la voz apremiante de Alguien no identificable, que la envuelve, la toma de la mano y la arrastra a ir "más allá". Este ir más allá es siempre una inmersión, un camino onírico, descendente, hacia las profundidades de la tierra en donde germina la vida, a partir de sus elementos esenciales: agua, tierra, fuego, en donde hay insectos, pájaros, rosales y prados, como en la imagen del paraíso terrenal. Este diálogo de Ana María con ese Alguien que la invita, de manera inclusiva -¡Vamos!- a venir con ella, vuelve casi con la misma forma en tres momentos del relato (28). Y por otro lado, esta vida anhelada se transforma en Ana María en un deseo y en una esperanza de sintonizar, en su propia carne, con las fuerzas vivificantes y creadoras de la tierra. En una imagen poética, se describe este deseo-esperanza como un enraizamiento del ser corpóreo del muerto en la tierra, un permanecer crucificada a la tierra como fuente de vida:

"… Nacidas de su cuerpo, sentía una infinidad de raíces hundirse y esparcirse en la tierra como una pujante telaraña por la que subía temblando, hasta ella, la constante palpitación del universo.

Y ya no deseaba sino quedarse crucificada a la tierra, sufriendo y gozando en su carne el ir y venir de lejanas, muy lejanas mareas; sintiendo crecer la hierba, emerger islas nuevas y abrirse, en otro continente la flor ignorada que no vive sino un día de eclipse. Y sintiendo aún bullir y estallar soles, y derrumbarse, quién sabe dónde, montañas gigantes de arena (29)".

3. ATISBOS DE UNA TEOLOGÍA DE LA VIDA

Las obras Pedro Páramo y La Amortajada que hemos recorrido nos presentan una realidad ficcional, que busca abrirnos de manera mediata a una visión de mundo. Se trata de una visión del mundo del aquí y ahora, en el que se encuentra también el lector, que es sondeado y explorado a través de los personajes que se sitúan "desde la perspectiva intemporal de la otra vida (30)". Esta visión de mundo -desde el inframundo de la muerte- nos llega a través de la mediación de un texto, dotado de imágenes, formas literarias, personajes, tramas, que nos hablan a la vez de la época en que fueron escritas las obras, de la sensibilidad de sus autores y de la creación de nuevas formas de habitar el mundo. La concreción y el despliegue del potencial de sentido de estas nuevas formas de habitar el mundo requieren la colaboración del lector, y en el caso nuestro del lector teólogo. Este último respetando el logos de la literatura, busca poner el servicio del sentido de la misma, las competencias teológicas.

Así la obra de Rulfo, Pedro Páramo, ofrece una visión de mundo caracterizada por una vida justificada por una ilusión, movilizadora, entusiasmante y que el morir la desenmascara en irrealización e incompletud, a partir del sentido de lo inexorable que introduce la muerte. El traspasar el umbral de la vida, hacia el inframundo de la muerte, es desde la perspectiva de los vivos, ir al encuentro de los que amaron y que conocieron en carne propia. Hay un anhelo de reencuentro con el otro amado e indisponible a la omnipotencia del deseo. Este anhelo reside en el ser corporal, que conserva la memoria de los placeres y dolores de la vida. Y a la vez es la pervivencia del ser espiritual, del alma, sobre todo en Rulfo, que espera con la ayuda de los vivientes atenuar las culpas que pesan como un lastre en ella e le impiden alcanzar la paz. Para Rulfo, la posibilidad de ser perdonado de las culpas está en el registro de lo inesperable. El cielo está vedado a los hombres a causa de sus culpas y del desinterés de Dios por la vida terrena de los hombres, cuya memoria tenaz reside en el cuerpo los hombres.

Para la visión de mundo, de la vida y de la muerte que se desprende de la obra La Amortajada de María Luisa Bombal, la vida también está marcada por la ilusión, por un anhelo de realización de encuentros duraderos con los seres amados, con la naturaleza. En esta novela hay pues una visión antropológica, más integradora que en Rulfo, de la dimensión corpóreo-espiritual que perdura incluso en el otro tiempo de los muertos. El traspasar el umbral de la vida, hacia el inframundo, conlleva una nueva percepción de sí, más transparente y en comunicación más fluida con las palpitaciones de la naturaleza. Hay también una lucidez para desenmascarar lo que las apariencias y los tabúes sociales habían mantenido oculto en el corazón y en la sensibilidad de los otros. Desde esta nueva sensibilidad y lucidez, Ana María acoge los sentimientos que la vinculan de otra manera con el mundo de los vivos. El morir es un darse cuenta que el paraíso terrenal buscado en vida está vedado al hombre. Lo esperable es, desde esta nueva condición vivida en la "misteriosa carne de los muertos", una inmersión total en las fuerzas germinales de la naturaleza, un descanso asociándose a su movimiento vivificador.

Adoptando pues que estas mediaciones ficcionales buscan mirar más el mundo de los vivos que el mundo de los muertos, "a través de la ventana de la sepultura", (Joseph Sommers) tres son los anhelos de vida que una teología de la vida, que nos es dada por el Resucitado, debería hacerse cargo. Esto implica una reflexión a la luz de la resurrección de Cristo sobre la corporeidad como dimensión de apertura a la vida como don, como memoria y anhelo del encuentro definitivo con el Otro y como sintonizador con los anhelos de la creación

3.1. Anhelo de vida como una corporeidad transformada

En las dos novelas aparece el anhelo de una vida que, en su dimensión corpórea, ya no se vea más sujeta a la caducidad ni al desgaste destructor del tiempo. Aún más, es el cuerpo quien guarda en su memoria individual la intensidad de los momentos vividos en carne propia y, por lo mismo, se espera que esos momentos, que los vinculan al mundo de los vivos, puedan ser asumidos, transformados, al menos recordados en la "misteriosa carne de los muertos". Hay una aguda percepción en estos autores de la corporeidad como una dimensión que define la singularidad -sexuada e histórica, deseante y patética- del ser humano. Y es esta singularidad con su experiencia de mundo que espera ser de alguna manera transformada en el otro tiempo de la muerte.

Desde esta perspectiva cobran una densidad nueva las palabras de Pablo en la primera carta a los corintios en donde él mismo se hacer cargo de preguntas que agitan a la comunidad: "¿Cómo resucitan los cuerpos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida?" (1 Co 15, 35). En su respuesta, Pablo subraya algunos aspectos que son relevantes para nuestra reflexión. En primer lugar, la afirmación de la corporeidad como una dimensión singularizante y diferenciadora de los seres. La carne -como la dimensión de caducidad del ser- es distinta según los seres vivientes: hombres animales, peces y aves. Pero a la vez es precisamente esta dimensión carnal, que es analógicamente común a todos ellos, la mediación vinculante de su presencia en el mundo de los vivientes.

Esta reflexión sobre la índole peculiar del cuerpo de los seres vivientes prepara el segundo punto que afirma Pablo que es la discontinuidad que introduce la muerte respecto a la vida, aquí y ahora. Si bien Pablo piensa en una resurrección corpórea, la cual no es considerada como una mera prolongación de la vida presente, exenta de sus fatigas y de sus dramas. Se trata más bien de otra vida, radical y cualitativamente distinta de la presente, cuya corporeidad está marcada por su principio natural, la psiqué que lo impulsa y lo anima y también por la debilidad, la corrupción y sus tendencias (auto-)destructoras.

Para Pablo la resurrección afecta a la totalidad corpóreo-psíquica del hombre y cuya realidad se expresa en una corporeidad incorruptible, es decir, en un cuerpo libre de la degradación, en un cuerpo capaz de acoger la plenitud de la vida eterna querida por Dios. Pero es la eternidad de una criatura que permanece como tal delante de Dios por su dimensión somática. La identidad de ambas formas de vida se ve reforzada por la imagen de la semilla. Pero se trata de una corporeidad transformada: Primero un cuerpo en gloria, transparente al resplandor de la Gloria de Dios y que lo distingue desde el punto de vista moral, del cuerpo animal, con su opacidad y con sus tendencias destructoras. Enseguida, un cuerpo ya no de muerte, marcado por la debilidad y por la ley del pecado que lo encierra en sí, para satisfacer sus necesidades propias, sino más bien un cuerpo fuerte, precisamente por estar abierto a la ley de Dios, al don de sí.

Y el tercer punto que subraya Pablo es que la resurrección de los muertos implica una nueva identidad para el ser humano. El hombre pasa de una condición psíquico-somática a una condición pneuma-somática. Por el don del Espíritu de Dios que modifica y redefine la corporeidad del hombre en su singularidad, en su apertura a los otros, en su capacidad de acoger la Gloria de Dios y de transparentarla. La vida plena y eterna a la que se llama al hombre en su condición de creatura no es la conquista de un anhelo tenaz del ser humano, sino que es y permanece rigurosamente como un don del Espíritu Santo, del Espíritu del Resucitado. Y además, la afirmación que la corporeidad cualitativamente nueva de la resurrección es gracias a su sumisión a su nuevo principio vital, el Espíritu. Es la vida misma de Dios en dimensión relacional y de don que hace del cuerpo resucitado su templo. Y desde esta perspectiva, y haciéndonos cargo de los anhelos de vida que surgen desde la inmanencia de la vida, expresado por los personajes de las novelas estudiadas, podemos ver y discernir en sus anhelos el don del Espíritu que ya está actuando en la corporeidad psíquica del hombre, en sus anhelos de encuentro auténtico, en su capacidad de ir más allá de las exigencias de la supervivencia para ofrecerse y hacerse disponible al otro, en el placer que lo abre a la alteridad del otro.

3.2. Anhelo de vida como un encuentro definitivo con el amado

Las ilusiones que mueven a los personajes de Juan Rulfo tiene que ver todas con encuentros: padres ausentes, tierras añoradas, amantes muertos, hijos deseados y nunca nacidos. La muerte se la entiende entonces como el anhelo de un reencuentro con lo que se buscó y que en el tiempo de la vida no se pudo realizar. Esto es particularmente fuerte en el caso del amor, en donde con la muerte se anhela el reencuentro con el amante, al punto que la muerte es, de alguna manera, responder al amado que llama a su reencuentro. En La Amortajada cuando Ana María se imagina el cielo, la diferencia entre lo que sería allí la mera proyección en el más allá de un momento de gozo vivido en la tierra y una experiencia cualitativamente distinta, es el para siempre del reencuentro con el único amor de su vida, Ricardo.

Este anhelo de vida como reencuentro definitivo con el amado nos hace leer con una hondura nueva la descripción que Pablo hace del Día del Señor (1 Tes 4, 13-18). Pablo se hace cargo de algunas inquietudes de los miembros de la comunidad, respecto a la situación desfavorables en que estarían los difuntos, respecto de los vivos, pues iban a estar ausentes de la venida inminente del Señor en Gloria. Un primer aspecto que subraya Pablo es una vez más el carácter rigurosamente gratuito y trascendente de la Venida del Señor. Esto se expresa en dos imágenes, que describen un movimiento descendente, y que muestran que Dios toma la iniciativa de hacer participar a los creyentes, vivos y muertos, en la vida resucitada de su Hijo. "Dios llevará consigo a los que murieron en Jesús" (1 Tes 4, 14) Y "El Señor mismo, a la orden dada del cielo por un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo, resucitarán de entre los muertos".

Estas dos imágenes insisten no solo en la iniciativa de Dios de venir al encuentro de los que han creído en Él y en su Hijo, sino también en la distancia que hay entre el deseo de los cristianos, por vivo y ardiente que sea, y la gratuidad de su Venida cuándo el Señor quiera y cómo Él quiera. Algo de esa gratuidad e imprevisibilidad de la venida del amado en el deseo del amante se deja entrever en el anhelo de reencuentro de los personajes de las novelas estudiadas. Ya en vida hicieron la experiencia, muchas veces frustrante, de la indisponibilidad del amado al deseo del amante, por intenso y tenaz que este fuera. Por eso la muerte para ellos aparece como la respuesta al llamado del amado y la apuesta a una vida en donde ese amor se pueda ver, por fin y definitivamente, realizado. Pero eso está abierto a la respuesta, siempre imprevisible del amado, que no puede ser forzada ni violentada. Para que eso se realice, se requiere esa experiencia del "ser acogido" -en pasivo- por el amado. Es la fuerza de la expresión de Pablo, cuando refiriéndose a los vivos que contemplarían la venida del Señor, dice que "serían arrebatados junto con los muertos" (1 Tes 4, 17). En la fe y en el deseo del encuentro con el Señor, los creyentes pueden disponerse a su venida, pero quien realiza este encuentro es el Señor mismo.

Y el segundo aspecto que queremos destacar es la descripción sobria e intensa de la Venida del Señor. Se trata de un futuro que el creyente, desde la fe en Cristo, no puede disponer ni fijar. Además, se trata de un futuro inclusivo, pues allí están todos los que vivieron y murieron en Jesús y que consiste en un "estar para siempre con el Señor" (1 Tes 4, 17). Este para siempre, es fruto de una iniciativa del Señor mismo, a la que dispone el deseo de reencontrarlo. Este reencuentro es en la vida misma de Dios, plena y total y al mismo tiempo en comunión con todos los que creyeron en Él. Desde esta perspectiva, Pablo imagina la salvación del hombre como la acogida de la iniciativa del Amado de venir a encontrarnos en nuestra condición de creatura, vivos y muertos y como la plenificación del encuentro con los otros, hermanos y hermanas, que han creído en él.

En este sentido, de las obras analizadas, podemos leer el deseo de reencuentro definitivo de los amantes con sus respectivos y no siempre correspondidos amados, como un germen de vida plena que yace en el corazón humano. Desde ya en la vida del aquí y ahora los encuentros de amor, por frágiles y efímeros que sean, son una suerte de pregustación y promesa de apertura a un Tú definitivo. Una apertura que implica desde ya abrirse a esos innumerables tú que han mantenido vivo ese deseo de amar, a pesar de las frustraciones y desilusiones encontradas en la realización del mismo. El anhelo de (re)encontrarse definitivamente con el tú amado pervive en la experiencia del placer que ya han conocido. El placer, como una experiencia del ser corpóreo abierto y donado al otro, actúa como una memoria pertinaz de los encuentros ya vividos con el ser amado y que a la vez se transforma, a pesar de la degeneración biológica, en un deseo de reencuentro (31).

3.3. La liturgia y la Eucaristía como actualización de una corporeidad eclesial transformada y anhelante

La liturgia en general, en su dimensión corpórea, con sus gestos, palabras y signos, y particularmente la Eucaristía, como banquete y memorial del cuerpo entregado, devienen un lugar de actualización del encuentro con Jesús, el amado y a la vez, de reavivamiento en el creyente, varón y mujer, del deseo de encontrarnos todos juntos y para siempre con Él. Por la dimensión corpórea que está en juego en la Eucaristía, hay una afinidad profunda entre ella y nuestra afectividad, es decir, nuestra facultad de amar en nosotros como seres físicos y sexuados, movidos por el deseo, la emoción y la pasión. Es lo que plantea Timothy Radcliffe, o.p., en un sugerente artículo titulado Afectividad y Eucaristía. Allí afirma:

"Las palabras centrales de la última cena son "esto es mi cuerpo, que yo les entrego". La Eucaristía como el sexo está centrada en el don del cuerpo… El cuerpo no es simplemente un bien del que yo dispongo. Él es yo mismo. Así cuando Jesús dice "Esto es mi cuerpo y yo se los entrego", Él no se desprende de un bien sino que nos comunica el don que Él es. Las relaciones sexuales están destinadas a ser la puesta en obra de este don de sí. Heme aquí y yo me doy a ti, todo lo que soy, ahora y para siempre (32)".

Además en la Eucaristía se anticipa, en el aquí y ahora, del cuerpo individual y comunitario, la condición de nuestra resurrección, por el alimento que recibimos: Cristo que se hace uno con nosotros. Ahora si en los personajes de las novelas estudiadas, el anhelo de reencuentro es encontrarse con aquel que no ha correspondido en vida a su amor o bien les han sido arrebatados por la muerte, en la Eucaristía el cuerpo eclesial se abre desde ya y cada vez más al Señor resucitado que se da en alimento para nuestras vidas y como prenda de amor por nosotros. De esta manera, la comunidad cristiana, convocada por la Palabra y alimentada por el Cuerpo y la Sangre de Cristo, se constituye en cuerpo peregrinante de Cristo en la historia y, a la vez, en cuerpo anhelante del mismo hasta que vuelva. La Eucaristía es entonces el espacio en donde se produce ese intercambio amoroso por el cual Cristo y la Iglesia se entregan y se recibe mutuamente y se reaviva, en virtud de esta donación, el "Maran atha, ven Señor Jesús" (1 Co 16, 22).

Esta apertura del cuerpo peregrinante de Cristo a su encuentro definitivo, concierne no solo a la comunidad de los cristianos, sino también a la humanidad entera e incluso a la creación, como el mundo entero no humano y que es el contexto esencial para el despliegue de la vida humana. La creación aparece personificada en Pablo y gime con dolores de parto por ser liberada de la esclavitud de la debilidad, de la caducidad y de la muerte y por participar en la libertad de los hijos de Dios (Romanos 8, 19-20). La esperanza de la creación está indisolublemente unida a la/el creyente y viceversa. La caída de los hombres en su condición de pecado y muerte repercute en el conjunto de la creación. Y la salvación de la que gozan la/el creyente incide en los anhelos de vida de la creación entera. Tanto en los creyentes como en la creación, sus gemidos respectivos son en vistas de una vida nueva inminente, asociada a la figura de un (nuevo) nacimiento. En efecto, los miembros del cuerpo de la Iglesia experimentan ya en su caminar, por las rutas del tiempo, las primicias de la acción transformadora y resucitante del Espíritu. Este los hace reconocerse como hijos, y comienza a realizar la liberación del cuerpo de las servidumbres del pecado, de debilidad y muerte, y que se manifestará definitivamente en el encuentro de toda el cuerpo peregrinante de Cristo con el Resucitado. Puesto que el cuerpo de la Iglesia vive, desde ya en sus miembros, la nueva condición de hijos y experimenta la conformación externa progresiva, pero aún escondida, de su cuerpo con el de Jesús Resucitado, entonces este cuerpo puede hacerse eco de los anhelos o gemidos de vida de la creación entera. Una creación ya no sometida a la futilidad o carencia de propósito, sino reinserta en el plan de Dios para que ella pueda ser una vez más vehículo de la auténtica glorificación humana de Dios. Se trata de una vida que la creación no puede darse a sí misma sino que le es dada por Dios, a través del Espíritu. Y un anticipo de lo que Dios, por su Espíritu, es capaz de producir en la creación, es lo que el Espíritu mismo está ya haciendo en el cuerpo individual y comunitario de los creyentes (Romanos 8, 23-24). Lo que permite este nexo entre los gemidos de la creación y los de los cristianos es la transformación que se está realizando en su cuerpo individual y comunitario, vivificado por la fuerza donante del Espíritu, y que tiene precisamente su anticipación en el banquete de la Eucaristía. Ahora bien, los gemidos de los creyentes, a diferencia de los de la creación, no son simplemente por una carencia, sino sobre todo por una presencia -primicial- del Espíritu, quien gime, a su vez, en los creyentes y los abre, en su condición de creatura, en las peripecias y opacidades del presente, al "semper magis" del don de Dios.

NOTAS

(1) Conversación de María Luisa Bombal con Jorge Luis Borges recogida en Ágata Gligo, María Luisa Bombal (Sobre la vida de María Luisa Bombal 1910-1980), Santiago de Chile: Andrés Bello, 1984, p. 73.

(2) Publicada en Revista de la Universidad de México, Volumen XXXIV, No 1, Sept. 1979, pp. 4-8, y trascrita en Claudio Fell (coordinador), Juan Rulfo. Toda su obra. Santiago: Editorial Universitaria (Archivos ALLCA XX, 17), 1997, 462-470.

(3) "Una Conversación de Ernesto González Bermejo con Juan Rulfo" (1979), en Claudio Fell (coordinador), Juan Rulfo. Toda su obra. Santiago: Editorial Universitaria ("Archivos ALLCA XX", 17), 1997, p. 463. El subrayado es mío.

(4) "Una Conversación de Ernesto González Bermejo con Juan Rulfo" (1979) en Claudio Fell (coordinador), Juan Rulfo. Toda su obra. Santiago: Editorial Universitaria ("Archivos ALLCA XX", 17), 1997, p. 466.

(5) Esta aproximación de las obras de ficción como mediaciones imaginativas de exploración de los posibles inéditos de la realidad, se basa en los trabajos de Paul Ricoeur primero sobre el símbolo, cuyo núcleo semántico es la metáfora y luego sobre el relato. Cf. Paul Ricoeur, La métaphore vive. Paris: Seuil, ("Points. Essais", 347), 1997 (1975); Temps et Récit 1. L'intrigue et le récit historique. Paris: Seuil, 1983; 2. La configuration dans le récit de fiction. Paris: Seuil, 1984; 3. Le temps reconté. Paris: Seuil, 1985. Y algunos artículos en donde Ricoeur expone su comprensión del texto y del proceso de interpretación del mismo. "Poétique et symbolique" en Bernard Lauret et François Refoulé (dirs.) Initiation à la pratique de la théologie I. Paris: Cerf, 1994 (1983), pp. 37-61; "Qu'est-ce que c'est un texte?" en Du texte à l'action. Essais d'herméneutique II. Paris: Seuil, 1986, pp. 137-158.

(6) María Luisa Bombal, La última niebla (1935), La Amortajada (1938). Barcelona: Seix Barral ("Biblioteca Breve"), 2005, pp. 96-97.

(7) María Luisa Bombal, La última niebla (1935) La Amortajada (1938). Barcelona: Seix Barral ("Biblioteca Breve"), 2005, p. 154.

(8) Juan Rulfo, Pedro Páramo, pp. 243-244, en Claudio FELL (coordinador), Juan Rulfo. Toda su obra. Santiago: Editorial Universitaria ("Archivos ALLCA XX", 17), 1997.

(9) Juan Rulfo, Pedro Páramo, p. 256, en Claudio Fell (coordinador), Juan Rulfo. Toda su obra. Santiago: Editorial Universitaria ("Archivos ALLCA XX", 17), 1997.

(10) Juan Rulfo, Pedro Páramo, p. 180, en Claudio Fell (coordinador) Juan Rulfo. Toda su obra. Santiago: Editorial Universitaria, ("Archivos ALLCA XX", 17), 1997.

(11) Comala del náhuatl Comalli, que es una placa o piedra en forma de disco que se pone directamente sobre las brasas para cocer, tostar y calentar y que es el nombre de una ciudad del estado de Colima.

(12) Juan Rulfo, Pedro Páramo, p. 218, en Claudio Fell (coordinador), Juan Rulfo. Toda su obra. Santiago: Editorial Universitaria ("Archivos ALLCA XX", 17), 1997.

(13) Juan Rulfo, Pedro Páramo, p. 235, en Claudio Fell (coordinador) Juan Rulfo. Toda su obra. Santiago: Editorial Universitaria ("Archivos ALLCA XX", 17), 1997.

(14) María Luisa Bombal, La última niebla (1935), La Amortajada (1938). Barcelona: Seix Barral ("Biblioteca Breve"), 2005, p. 151.

(15) María Luisa Bombal, La última niebla (1935), La Amortajada (1938). Barcelona: Seix Barral ("Biblioteca Breve"), 2005, p. 155.

(16) María Luisa Bombal, La última niebla (1935), La Amortajada (1938). Barcelona: Seix Barral ("Biblioteca Breve"), 2005, p. 163.

(17) Juan Rulfo, Pedro Páramo, p. 238, en Claudio Fell (coordinador), Juan Rulfo. Toda su obra. Santiago: Editorial Universitaria ("Archivos ALLCA XX", 17), 1997.

(18) María Luisa Bombal, La Amortajada (1938). Barcelona: Seix Barral ("Biblioteca Breve"), 2005, pp. 112-113.

(19) Juan Rulfo, Pedro Páramo, p. 179, en Claudio Fell (coordinador), Juan Rulfo. Toda su obra. Santiago: Editorial Universitaria ("Archivos ALLCA XX", 17), 1997.

(20) Juan RULFO, Pedro Páramo, pp. 237-238, en Claudio Fell (coordinador), Juan Rulfo. Toda su obra. Santiago: Editorial Universitaria ("Archivos ALLCA XX", 17), 1997.

(21) Hugo Rodríguez Alcalá, El arte de Juan Rulfo. Historia de vivos y de difuntos. Instituto Nacional de Bellas Artes: México, 1965, p. 179.

(22) Juan Rulfo, Pedro Páramo, p. 243, en Claudio Fell (coordinador), Juan Rulfo. Toda su obra. Santiago: Editorial Universitaria ("Archivos ALLCA XX", 17), 1997.

(23) María Luisa Bombal, La Amortajada (1938). Barcelona: Seix Barral ("Biblioteca Breve"), 2005, p. 157.

(24) María Luisa Bombal, La Amortajada (1938). Barcelona: Seix Barral ("Biblioteca Breve"), 2005, pp. 157-158.

(25) Cf. María Luisa Bombal, La Amortajada (1938). Barcelona: Seix Barral ("Biblioteca Breve"), 2005, p. 117.

(26) María Luisa Bombal, La Amortajada (1938). Barcelona: Seix Barral ("Biblioteca Breve"), 2005, p. 115.

(27) Juan Rulfo, Pedro Páramo, p. 279, en Claudio Fell (coordinador) Juan Rulfo. Toda su obra. Santiago: Editorial Universitaria ("Archivos ALLCA XX", 17), 1997.

(28) Cf. María Luisa Bombal, La Amortajada (1938). Barcelona: Seix Barral ("Biblioteca Breve"), 2005, pp. 113, 119, 149.

(29) María Luisa Bombal, La Amortajada (1938). Barcelona: Seix Barral ("Biblioteca Breve"), 2005, p. 163.

(30) Joseph Sommers, "A través de la ventana de la sepultura: Juan Rulfo", p. 832, en Claudio Fell (coordinador), Juan Rulfo. Toda su obra. Santiago: Editorial Universitaria ("Archivos ALLCA XX", 17), 1997.

(31) El padre Rentaría viene a preparar a Susana de San Juan a bien morir y administrarle el viático. Él le pide que repita las palabras que pronuncie: "Tengo la boca llena de tierra", pero Susana responde, anhelando el reencuentro con su amado: "Tengo la boca llena de ti, de tu boca. Tus labios apretados, duros como si mordieran oprimiendo mis labios…", Juan Rulfo, Pedro Páramo, p. 292, en Claudio Fell (coordinador), Juan Rulfo. Toda su obra. Santiago: Editorial Universitaria, ("Archivos ALLCA XX", 17), 1997. Ana María, por su parte, evoca desde la "misteriosa carne de los muertos" el placer -siempre presente- de su entrega a Ricardo, gesto que ha hendido su carne con el deseo de un "para siempre": "Y entonces ¿No recuerdas? Me aferré desesperadamente a ti, murmurando "Ven", gimiendo "No me dejes"; y las palabras "Siempre" y "Nunca". Esa noche me entregué a ti, nada más que por sentirte ciñéndome la cintura". María Luisa Bombal, La amortajada (1938), Barcelona: Seix Barral ("Biblioteca Breve"), 2005, p. 135. Hay una tensión entre el recuerdo pasado del hecho y el presente del placer asociado a ese recuerdo y que se abre tendencialmente a un anhelo de reencuentro definitivo con el ser amado.

(32) Timothy Radcliffe, "Affectivité et Eucharistie" (Conferencia pronunciada entre el 8 al 10 de octubre de 2004 en Madrid, durante las 34as jornadas nacionales de la pastoral de jóvenes organizadas por la Conferencia de religiosos de España), Documentation Catholique, 2327 (Janvier 2005), pp. 38-39.

 

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