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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449versión On-line ISSN 0717-6295

Teol. vida vol.56 no.4 Santiago dic. 2015

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492015000400003 

Estudios

 

La imagen de Cristo de Edith Cabezas

 

Jorge Costadoat

CENTRO TEOLÓGICO MANUEL LARRAÍN
FACULTAD DE TEOLOGÍA
PONTIFICIA UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE
jcostado@uc.cl


Resumen: Esta investigación busca establecer la imagen de Cristo que tiene una católica practicante. Para entender adecuadamente esta imagen la hemos contextualizado entre otros temas de su religiosidad. Pensamos que para entender adecuadamente su explicación cristológica debe tenerse en cuenta su biografía y las categorías teológicas que emplea para explicar su vida en relación con Cristo así entendido. Este estudio es un aporte al conocimiento del impacto teológico que el Concilio Vaticano II ha podido tener en la Iglesia de América Latina.

Palabras clave: Concilio Vaticano II, cristología, teología latinoamericana, religión del pueblo


Abstract: This paper is the result of research on the Christological image of a devout catholic placed in the broader frame of her religiousness. The context necessary to understand her christological view includes her own biography and the concepts in which her image of Christ is expressed. This article is meant to be a contribution to the knowledge of the theological effect of Vatican II in the Latin-American Church.

Key words: Vatican II, christology, latin-american theology, people's religion.


 

INTRODUCCIÓN

Los investigadores del Centro Teológico Manuel Larraín nos hemos ocupado de la Teología de los signos de los tiempos1. Con este propósito hemos visto en la indagación en los relatos de vida y las entrevistas a personas un trabajo de campo, un área metodológica de especial relevancia. Pues si Dios se manifiesta en la vida de las personas y en el Pueblo de Dios en su conjunto, algo nuevo de Dios debiera poder ser descubierto y discernido en las biografías de los cristianos que realmente viven de su fe en él.

Por años me ha interesado la imagen de Dios y de Cristo de nuestra Iglesia latinoamericana2. En la presente investigación he querido fijarme en Cristo según Edith Cabezas, quien es miembro y amiga de la Comunidad Enrique Alvear de Peñalolén a la que yo mismo pertenezco. Ella ha recibido a Cristo al modo como nuestra Iglesia ha querido transmitirlo en estos tiempos del posconcilio y de acuerdo a lo que su propio ingenio le indicó a lo largo de su vida. He escogido a Edith por ser reconocida por la Comunidad como una integrante comprometida y destacada. Ella se desempeñó como su coordinadora los años 2010 y 2011. Este caso, por tanto, debe considerarse un modo de recepción del Concilio Vaticano II.

PRENOTANDOS METODOLÓGICOS Y CAMPO CONCEPTUAL

A efectos de realizar este trabajo he buscado la asesoría metodológica de Virginia Azcuy y Carolina Bacher, colaboradores en el Centro Teológico Manuel Larraín, con experiencia en esta materia. Me ha servido, por de pronto, que Bacher me haya validado la posibilidad metodológica de estudiar un caso único3. Agradezco también la colaboración de Étienne Grieu, decano del Centre Sèvres, que ha hecho un trabajo formidable de inducción teológica a partir de una fina observación creyente y teológica de la realidad de los pobres del "Cuarto mundo" europeo4.

Desde el punto de vista de las modalidades de análisis de relatos de vida, ha sido útil contar con las distinciones de Ana Lía Kornblit para adscribir este trabajo al "modelo hermenêutico"5. Desde un punto de vista de método teológico, me ha parecido adecuado adoptar un estilo narrativo. He querido ubicar los contenidos cristológicos en el marco más amplio del cristianismo de Edith, para así hacerse una idea más precisa de su cristología. Ya que ella no tiene una cristología explícita, he creído conveniente mostrar cómo emerge en un relato de su vida cristiana -lógicamente construido por mí-, el Cristo del que ella vive.

La metodología incluyó tres entrevistas que fueron luego transcritas por una ayudante. Antes de tabular el material, oí nuevamente las grabaciones y, a mano alzada, tomé nota de ideas que me fueron surgiendo. Recién entonces tabulé preguntas y respuestas, las numeré, marqué con colores los temas de interés y las categorías descubiertas, y fui glosando al margen las primeras observaciones. Hecho este trabajo, escribí una especie de informe, redactado como si hubiese debido hablar de Edith a terceras personas; prescindiendo del vínculo afectivo que nos une. Luego, elaboré un índice provisorio de acuerdo a la calidad de los resultados, procurando siempre respetar lo que emergía como más significativo. Realicé una primera redacción del conjunto. La pasé a Edith en dos ocasiones para que ella corrigiera, subrayara, agregara o quitara lo que le parecía necesario. Después de lo cual salió la redacción final que aquí presento.

Se dirá que carezco de objetividad al estudiar el caso de una persona muy cercana. Con Edith nos conocemos desde hace once años. Soy amigo de Manuel, su marido. He visto crecer a sus hijos Belén y Juan. Esto, que bajo un aspecto pudiera inhabilitarme, constituye también una ventaja, al igual que conocer bien el contexto social y eclesial de su vida. Con todo, he procurado poner máxima atención a lo que se manifiesta como original en mi entrevistada. Cuando he establecido vínculos entre unas cosas y otras que talvez para ella misma eran desconocidas, he tenido cuidado de no forzar la realidad con la teología que a mí me gustaría reconocer en su testimonio. Pero es inevitable que no tengo otra teología que la mía para observar lo que observo y amarrar lo que amarro. En todo caso, aun cuando describo sin comillas lo que observo debe entenderse que se trata de lo que "veo" y no de mis opiniones teológicas.

En las preguntas de las tres entrevistas realizadas hubo temas teológicos que me interesó levantar. Uno me interesó más que otros: Cristo. Puse atención a las imágenes que Edith pudiera tener de Cristo, a su modo de hablar de él, al tono con que lo hacía, a los énfasis y a las comparaciones. Fui llegando a él a través de los demás temas, ubicando su figura en el campo semántico que la misma entrevista fue extendiendo como horizonte: la fe, Dios, la Virgen, la Iglesia, las comunidades, los sacramentos y el conocimiento de la Sagrada Escritura.

Lo más rico, sin embargo, ha sido haber descubierto en mi entrevistada algunas categorías propias de su cristianismo. De estas hablaré en la conclusión de esta investigación. Pero anticiparé cuáles son, señalándolas con letra itálica.

Se comprenderá que no es posible adjuntar a este artículo las numerosas páginas de las cuales se extraen las citas textuales. Estas refieren a un trabajo ordenado de preguntas y respuestas6.

ANTECEDENTE BIOGRÁFICO

Edith Cabezas nació en Santiago el año 1960. Por entonces su familia vivía en Las Condes, cerca de Américo Vespucio. Su padre cuidaba una parcela. Trabajó también en pavimentación de calles. Su madre lo hizo en un convento de monjas. Eran fieles de la Parroquia San Pedro.

Ya mayor Edith se halló viviendo en casa de una hermana y su madre en Peñalolén. Allí participó en la comunidad de La Alborada de la Parroquia Cristo Divino Redentor. Durante la preparación para la confirmación conoció a Manuel Iriarte, su actual esposo. Poco después nacieron sus hijos Belén y Juan. Fue también en esa época en que ambos participaron en la Toma de Peñalolén, la ocupación de terrenos más grande de Chile. Vivieron en el campamento durante seis años.

En 2002 llegaron a vivir a su propia casa. Esta se ubica en la Villa Microbuseros en la misma comuna. Ella trabaja como asesora del hogar desde hace ocho años en casa de una familia con la cual tiene un vínculo de gran cariño. Manuel, por su parte, se desempeña como funcionario municipal en servicios de jardines.

Ambos participan en la Comunidad Enrique Alvear, una comunidad de base que, habiendo comenzado a existir en el campamento, continuó celebrando la eucaristía durante cuatro años en una casa particular, y después en un sitio adjudicado para construir la actual capilla. La comunidad pertenece ahora a la Parroquia San Alberto Hurtado. Manuel y Edith han sido, sucesivamente, los coordinadores de la comunidad.

I. PRESUPUESTOS EXISTENCIALES DE SU EXPERIENCIA RELIGIOSA

a. Círculos de pertenencia

Edith proviene de una familia tradicionalmente católica y practicante. En sus propias palabras:

Toda la familia siempre fue muy creyente. Muy fieles a la Iglesia. De las personas que se ponían el velo para ir a misa, a la tradicional. Y desde chica me crié así. Mi mamá decía que lo único que ella me podía dejar era la fe. Ni siquiera me decía "te puedo dejar los estudios". Me decía "lo único que yo te puedo dejar es la fe, porque si tú tienes fe, lo tienes todo". Y aquí estamos (I, 11).

Lo que ella recibió es lo mejor que ella misma puede a su vez entregar a sus hijos:

A mis hijos les digo lo mismo, que les puedo dejar los estudios pero que primero está la fe. Les digo "primero les dejo la fe y después los estudios". Porque yo sé que con fe ellos van a ser buenas personas, y no sé si con estudios van a ser buenas personas, porque puede salir de todo... Por eso les digo que les puedo dejar, más que nada, la fe. "Ustedes con fe pueden llegar muy alto". "Que sean buenas personas "les digo yo, nada más (I, 12).

Juan, su hijo, tiene para ella una especial importancia. El niño ha tenido serios problemas de expresión y de aprendizaje. Su modo de ser le ha dificultado mucho su relación con los otros niños. Ha repetido de curso varias veces. Ha debido cambiar de colegio más de una vez. Juan ha sido su cruz. Es para ella la persona que emocionalmente más energía le ha demandado. Nadie le ha hecho llorar más, pero tampoco nadie le ha hecho más feliz. Juan es sumamente afectuoso con su madre. Además, el niño, no obstante sus dificultades, tiene algo de profeta.

Manuel, su esposo, al igual que su hija Belén y ella misma, todos ellos se caracterizan por decir las cosas tal cual. Una característica que a veces les acarrea problemas. Son una familia unida. Aunque el matrimonio alguna vez tuvo problemas. El recuerdo del sacramento salvó a la pareja7. El resto de los familiares dejaron de ser "su familia" para pasar a ser parentela (cf., I, 18).

La familia es para Edith lo más importante. La última vez que di a leer este estudio a Edith, para que corrigiera, destacara y precisara algo, añadió de puño y letra: "Mi familia es muy importante porque sin ellos no podría hacer lo que hago. Ellos siempre están apoyándome y dándome ánimo para cualquier cosa que quiero hacer. Gracias a Dios somos una familia feliz y alegre".

El otro gran círculo de pertenencia es la Iglesia, no importa dónde esta se concretice. A diferencia de sus padres, que solo habrían podido asistir a San Pedro, ella ha decidido participar en la capilla o comunidad cristiana más cercana. Siempre lo ha hecho así. Su participación en la Comunidad Enrique Alvear ha sido muy importante en su vida. Ella es una de sus fundadoras, junto a las personas de las casas vecinas del Campamento y la Hermana Elena Chaín. En esta tiene sus amigas y en esta ha tenido también conflictos dolorosos, los que han sido en buena medida superados porque cree en el perdón, lo busca y lo espera con paciencia si es necesario. Ella vive su cristianismo en la Comunidad, y saliendo en busca de los vecinos que sufren y necesitan ayuda. A los integrantes de la comunidad los caracteriza la caridad: "Cuando de repente alguien necesita una ayuda especial, nos juntamos y todos estamos con esa persona. Creo que queda ese espíritu todavía" (III, 27). La Comunidad tiene una organización para la Ayuda Fraterna, pero la solidad opera muchas veces de un modo espontáneo: "De repente falta para alguien y nosotros sabemos a mitad de semana. Basta una pasada por las casas y tiene" (III, 35).

Edith tiene viva conciencia de que la Comunidad Enrique Alvear es fuerte. Ha podido subsistir cambiando de lugares de reunión. Según ella la comunidad tiene una resistencia única:

Nos parecemos en que hemos andado dando bote, igual que las primeras comunidades. No nos importa tener una iglesia para poder ser comunidad. Hemos sabido sobrevivir hasta sin iglesia. Lo que nos ha costado mantener es ese cariño que había en la casa de la Jackie cuando estábamos allá. Estábamos todos apretados y éramos como más felices, más contentos. Las primeras comunidades compartían lo que tenían. Aquí todavía queda eso; es cosa de hablar no más y queda (III, 34).

¿Habrá sido así en los orígenes del cristianismo? Para el caso, es interesante la noción que ella se hace de los primeros tiempos tiene una fuerza regulativa.

b. Conciencia de sí misma

Edith tiene conciencia de ser franca. En ella este es un rasgo de carácter, pero también una virtud. Así lo estima ella misma. No se guarda las cosas que debe decir aunque salga perdiendo. Lo aprendió de su hermana, una mujer centrada en Dios:

Ella nos decía las cosas a veces de modo muy duro, porque ella era centrada en la idea de lo que decía Dios, Jesús. Ella decía las cosas muy duramente, pero nos enseñó a terminar la conversación y 'aquí no ha pasado nada'. Con la misma alegría de siempre. Ella nos dejó esa enseñanza. Nosotros como hermanos, cuando tenemos algún problema, nos decimos las cosas. Nos sentamos frente a frente y nos decimos 'esto me parece mal de ti, has hecho esto y esto', y la otra persona dice lo mismo. Pero se terminó la conversación y es como que nunca nos hubiéramos dicho nada. Eso nos queda a nosotros para no volverlo a repetir, pero no terminamos enojados, no terminamos peleados. Somos bien francos y directos para decirnos las cosas en la cara, pero no discutimos. Queda ahí y queda bien. Son cosas que aprendimos con mi hermana (II, 11).

Edith es consciente, sin embargo, de que no puede abusar de este modo de ser suyo. Alguna vez ha debido arrepentirse de decir las cosas tal cual. Sin embargo, apuesta a que más vale hablar con verdad, conversar, aclarar y cerrar el conflicto si se produce. Ella es frontal. A veces algo brutal para expresar lo que piensa. Es mi opinión. Pero cuando choca con alguien no guarda rencor.

Otro rasgo de su carácter, que también tiene talante cristiano, es su determinación para hacer lo que le corresponde sin importarle el parecer de los demás. Si ve algo claro, lo hace. Si tiene que cumplir una tarea no mira qué pueden opinar los demás. Edith admira este modo de ser en Jesús; y en la hermana Elena: "...los dos iban donde sabían que los podían insultar y que les podía ir mal, que no los iban a recibir bien, pero ellos iban. No les importaba lo que dijeran las otras personas." (II, 14). Edith valora en ambos su determinación y el desinterés para dedicarse a su misión. Ella echa incluso de menos que en la Comunidad las personas estén a veces más pendientes de figurar que de hacer el trabajo que les corresponde. A Edith parece que el querer mostrarse, buscar reconocimientos, es la causa de los principales problemas en la Comunidad8.

Edith tiene una disposición general positiva ante la vida. Confía, tiene esperanza en que las cosas se arreglarán. Su fe le da esperanza. Sabe que no hay nada que sea completamente malo. Aun de lo malo, ella sabe que es posible sacar algo bueno. Ha sufrido mucho en su vida. Pero no se abate. Lucha y espera, porque Dios está con ella. Su fe en Dios es el mayor de sus recursos. Le podrán faltar otras cosas. Da lo mismo. Ya que tiene fe, nada la tumba. Afirma: "He pasado muchas (apreturas), pero de todas he salido por la fe. Si no hubiera tenido la fe, no hubiera salido adelante. De todo lo malo siempre ha salido algo bueno" (I, 15).

Hasta aquí podrá parecer que nuestra entrevistada tiene un carácter fuerte e incluso algo temible. Pero hay algo más. En Edith hay otro rasgo evangélico, además de la franqueza y la determinación para hacer lo que corresponde hacer. De los mismos evangelios, de Jesús, ella extrae una disposición a ir a los demás, a ser cercana y a estar con las personas, máximamente cuando necesitan compañía y ayuda: ". Jesús eso predica, el amor a los demás. Es darse sin pensar en lo que uno va a recibir" (III, 37). En otra ocasión afirma:

Estar con los demás, sentir el dolor de los demás, estar junto al que está más dolido, estar en las buenas y en las malas, estar como con los amigos. Porque con los amigos uno está en lo bueno, en lo malo, en lo difícil, en todo. Pienso que es lo mismo con Jesús: tengo que estar en las buenas, las malas, lo difícil (II, 9).

Este modo de ayudar al prójimo caracteriza la presencia de la Comunidad en la Villa. Ella y las demás integrantes de la Comunidad viven atentas a hacerse presente justo en el lugar y el momento en que alguien las necesita: "Cuando de repente alguien necesita una ayuda especial, nos juntamos y todos estamos con esa persona" (III, 27). Las personas de la Comunidad están prontas a ir donde hay un enfermo, una familia sin trabajo, una persona que pasa hambre, un difunto.:

Somos una comunidad chica, que todos nos conocemos por nombre y apellido, y que cuando nos proponemos hacer algo bueno, lo sacamos. Lo que sea, lo podemos hacer. Si de repente se trata de ayudar a alguien, basta una iniciativa y entre todos nos juntamos y lo hacemos (II, 42).

Estar cuando hay que estar. Esto es decisivo: "cuando hay alguien necesitado realmente, uno está con él" (III, 25). Por el contrario, la distancia, la lejanía en estos momentos de la vida es lo peor. Por esto, si hay algo que reprochar a la jerarquía de la Iglesia, es no saber lo que la gente está viviendo. No conocer su realidad por haberse distanciado de lo que las personas están pasando9.

Edith no pierde conciencia de ser pobre. En su biografía hay hermosos recuerdos de los años en el Campamento:

Yo lo veo con lindos recuerdos, personalmente, porque yo veía más unión de la gente. Sentí el apoyo de mucha gente, más que mi familia. Mi familia como que se hizo a un lado. En cambio con los vecinos yo veía eso, que estaban con uno, que compartían. Cuando sacábamos la mesa de 'té club', comíamos afuera, tomábamos té. Nos sentábamos afuera de la capilla en la noche a conversar, echábamos tallas, a la orilla de una fogata. Esas cosas se extrañan" (III, 28). Los tiempos han cambiado. Su familia está mejor. Tienen casa propia, tienen trabajo. La gente ha prosperado. A la pregunta por el hecho de ser pobres, responde que no han dejado de serlo: "seguimos siendo los mismos igual (III, 27).

Esta conciencia de su ubicación social, sin embargo, no le es humillante. Ella se sabe tan digna como cualquier persona. Para Edith, por lo demás, todos los trabajos son igualmente dignificantes. El suyo no lo es menos que el de su patrona. Admira a su patrona -título que se da a las empleadoras en casas particulares en Chile-, precisamente por su extraordinaria discreción para hacer el bien de forma anónima y por no juzgar mal nunca a nadie10.

c. Perfil religioso

De lo dicho queda claro que Edith es una católica por familia. Pero también ella ha elegido personalmente la tradición religiosa que heredó de los suyos.

A este respecto llama la atención la importancia que tiene en su vida la Iglesia y las comunidades cristianas que la concretizan; el valor que otorga a los sacramentos y el haber sido catequista. La misa tiene para ella una significación mayor. Si un domingo no puede asistir, durante la semana "algo le falta" (cf. I, 34). En la misa experimenta el perdón y la presencia de Dios. Su ser católica no le impide valorar a las iglesias evangélicas. "De los evangélicos yo rescato su sentido de ceremonia. Asisten y están ahí" (III, 60).

Todo esto, sin embargo, recibe su lugar gracias a la fe, de la que ya se ha dicho algo, y a Jesús, en quien ella tiene centrada su vida espiritual. La fe es lo más grande. Sin fe ella no entiende cómo alguien pueda vivir. Tanto es así, que piensa que un ateo también ha de tener fe de algún modo11. La fe es creer en Dios, creer que Dios saca adelante en la vida. No obstante la dificultad para definirla, ella tiene que ver con "algo que se siente y se practica" (III, 9). Pues no se puede decir "tengo fe" y vivir peleando o hablando mal de los demás. (cf. III, 9). La fe ha de traducirse en actitudes y hechos consecuentes: amor y respecto al prójimo, solidaridad, nunca juzgar a los demás.

Edith tiene centrada su fe en Jesús. Para ella el Hijo de Dios es Jesús, el de los evangelios y también el que se hace presente en su vida y en la Comunidad. La Virgen es importante porque es la "mamá de Jesús". En la siguiente sección nos alargaremos en este tema.

II. CRISTOLOGÍA

a. Perfil humano de Jesús

Hay dos aspectos de Jesús que arraigan con una especial intensidad en su biografía. Su hijo Juan le hace patente al Jesús rechazado; su franqueza, por otra parte, le recuerda al Jesús que decía lo que pensaba. De ambos aspectos, el primero tiene una importancia emocional mayor. Juan ha ocupado un lugar decisivo en su vida.

Edith asocia a Jesús con el rechazo:

El que (Jesús) compartiera con la gente que nadie quería, que (Jesús) compartiera con toda la gente que es rechazada, y más todavía después que nació el Juan. Después que nació el Juan lo he sentido (a Jesús) más todavía, porque yo sentí el rechazo de muchas personas hacia el Juan (I, 64).

Ella sufre el rechazo a su hijo como rechazo a ella misma: "Con él he llorado muchas veces, porque si le pasaba algo es como que me pasara a mí. Sentir que todos lo rechazaran" (I, 64). Con razón Manuel, su marido, le ha reprochado su sobreprotección. "Yo lo sobreprotegía además al sentir que todo el mundo lo rechazaba" (I, 64). Su hijo ha sido causa de "mucho dolor". Por él ha sentido ganas de "tirarse contra todos". De hecho peleó contra muchas personas que no se lo aceptaban de visita12.

El que Juan haya sido rechazado, como Jesús fue rechazado, le hace sintonizar con el misterio del Dios que se revela sub contrario. Allí donde los demás no ven, ella sí ve. Al preguntarle qué tiene que ver lo que ocurre con Juanito con lo de Jesús, responde: "En que a Jesús también muchas personas lo rechazaron, lo juzgaron. Y Él siguió con sus ideas, como sigue el Juan con sus ideas. Miro algo muy similar: son personas que, aunque las rechazan, no salen con odio. Salen con algo bueno" (I, 63). En la segunda entrevista, a propósito del Jesús que ha venido para que nos entendamos, afirma: "hay gente que cree que sabe mucho y mira en menos a los que cree que saben menos. Y de repente la sorpresa es que los que según ellos saben menos, saben mucho más que los que están más arriba, porque de repente un niño puede decir cosas que a uno lo dejan para dentro. '¿Cómo lo supo?'. Pienso que lo mismo debe haber sido en el tiempo de Jesús" (II, 35). La conexión con lo que ella ha visto en su hijo Juan es evidente.

Juan, no obstante sus problemas de expresión, habla como un profeta. Yo mismo como sacerdote doy testimonio de haberle oído durante la misa unas interpretaciones del Evangelio que nos dejó a todos con la boca abierta. Esto suele ocurrir en su casa. Su madre cuenta que a veces los demás se tienen que quedar callados, incluso les ha hecho llorar, porque el niño suele tener razón en cosas que ellos no se imaginan. Dice: "Yo lo miro más como a Juan el Bautista". Se ríe y continúa: "Él, pienso yo, tiene una misión más importante que cumplir. Siempre lo he pensado. Por su forma de ser, como habla, como se expresa. Tiene las ideas muy claras" (I, 65). No es necesario enseñarle que no debe hacer esto o aquello porque ya lo sabe. "A él no tengo que darle razones porque las tiene más claras que yo. Si yo le discuto cosas de Dios, él me deja chica. Tiene como una cierta percepción que yo no tengo. Pienso que bien encaminado puede llegar a ser una buena persona. Una de las cosas que él quiere ser de más grande es ser cura" (I, 65).

Un segundo asunto que Edith vincula con Jesús, es su propio modo de ser. Y, más aún, con su franqueza en sus relaciones humanas. Ella recuerda como extremadamente importante de Jesús su dicho: "dejen que los niños vengan a mí porque de ellos es el Reino de los Cielos". Lo interpreta como una alabanza: "un niño dice lo que siente y cómo lo siente en el momento" (II, 2). Los adultos, en cambio, tratan de arreglar las cosas hasta que las echan a perder (cf, II, 2). Ella, sin embargo, no se identifica siempre con los adultos. A veces se muerde los labios. Pero lo normal es que dice las cosas aunque esto le acarree problemas. A propósito de un choque fuerte que tuvo con una persona de la Comunidad afirma: "sentí que tenía que decir(lo) y lo dije, pero de ahí se terminó" (II, 6). La reconciliación, me consta, demoró un par de años. Pero, para ella, el problema terminó en el momento en que dijo lo que dijo.

Este modo de ser de Edith tiene sin duda índole evangélica. La asemeja a Jesús. En ello se pareció aún más la hermana Elena, religiosa del Amor Misericordioso, fundadora de la Comunidad. Le pregunto por ella: "¿En qué se parece la hermana Elena a Jesús?". Responde:

En que los dos iban donde sabían que los podían insultar y que les podía ir mal, que no los iban a recibir bien, pero ellos iban. No les importaba lo que dijeran las otras personas, porque a la hermana Elena también se le juzgó en algún momento porque ayudaba a algunas personas que eran 'volados' o porque era aprovechadores, pero a ella no le importaba (II, 14).

La hermana Elena fue una mujer extraordinaria. Muy admirada y hoy "patrona" de la Comunidad. Edith continúa:

Yo era una de las personas que la criticaba porque le decía que encontraba malo darle tanto a la gente, que (a veces la gente) tenía que entender que las cosas se ganaban, que no era bueno darles todo. Pero yo miraba por mi lado, y ella miraba por el lado de Jesús (II, 15).

La hermana Elena fue de una entrega total. Fue valiente. No hacía caso de las críticas ni de los peligros.

Eso admiro de ella, que ella siempre seguía y buscaba, y podía estar enferma y salía a ver a los demás. A las doce de la noche ella se arrancaba y partía a ver a alguien que la necesitara en ese momento. Que siempre estaba disponible para todo el que lo necesitara. No importaba si a ella la retaban, si la insultaban. ella siempre estaba disponible. Esa es la semejanza que le encuentro con Jesús (II, 17).

La triangulación que Edith establece entre la hermana Elena, Jesús y ella misma late en sus palabras. Le pregunto derechamente por la misión de Jesús: "¿Y qué trató de hacer Jesús?" "Cambiar el mundo. Que hubiera más comprensión. Que tratáramos de entendernos" (II, 35). El perdón en esto es clave. "Porque Jesús lo que más nos enseñó fue a perdonar y a no juzgar a los demás. Y nosotros, muchas veces, hacemos todo lo contrario" (II, 7). Cita de memoria las palabras de Jesús: "No perdonamos y juzgamos mucho a los demás, y no nos miramos nosotros como dice el dicho 'mirar la paja en el ojo ajeno y no en el de uno'" (II, 7).

En el trato a los demás se juega todo. Jesús fue respetuoso. "María tiene que haberle enseñado mucho respeto" (II, 36). Jesús salía en defensa de la dignidad de las personas independientemente de su condición moral. Fue el caso de la mujer que estaba siendo apedreada. Ella recuerda sus palabras: "el que esté libre de pecado que lance la primera piedra". Jesús fue capaz de romper con lo acostumbrado. En esa situación otra persona ha podido decir "bueno, es la costumbre" (II, 36). Al final Jesús ha tenido razón, y no los que parecía que la tenían. Los cristianos no debieran juzgar a los demás. Pues "uno puede tener pecados más grandes" (II, 36) que los de la mujer apedreada.

La misión de Jesús se resume en el "amor a los demás". "Jesús eso predica". Amor es "darse sin pensar en lo que uno va a recibir. Uno no puede hacer algo pensando en 'qué van a decir después'. No. Eso no va no más. Eso pienso yo" (III, 37).

Jesús quiso llegar a todos. Lo intentó yendo a aquellos que los demás miran con desprecio o juzgan sin conocer, sin saber que en ellos puede haber algo valioso. Jesús se juntó con todos. Como ella misma entró a la casa de los demás como no lo hace nadie. Dios, Jesús, va a los demás:

Porque pienso que Dios nunca fue cerrado. Dios siempre caminó con la gente, anduvo con ellos, se juntaba con uno, se juntaba con otro. Entonces no le gustaría que yo me encerrara en mi grupito. No podría estar sola. Jesús, cuando caminó, caminó con todos. Y se metió a las casas de los que no querían que se metiera. De repente yo hago lo mismo, me meto donde nadie me invita, aunque me reten en mi casa de repente (I, 44).

Para Edith los primeros cristianos imitaron a Jesús. Lo conocieron bien. "Es que Jesús fue uno con ellos, vivió con ellos, estuvo con ellos. Ellos conocían su forma de ser, y lo admiraban por eso, lo seguían por eso" (III, 38). Para Edith, así debieran ser hoy los curas.

El perfil humano de Jesús es el de un creyente. María:

Tiene que haberle inculcado la fe en un principio, porque muy Hijo de Dios sería pero alguien tenía que decirle lo que era la fe. Cuando chico, Jesús, yo creo, no sabía que era Hijo de Dios, tiene que haberlo sabido después. Pero en un principio fue un niño normal, tiene que haber jugado, ella tiene que haberle enseñado. todas esas cosas tiene que haberlas aprendido de su mamá (II, 18).

Edith, en virtud de la fe, hilvana a Jesús, a María y el sufrimiento: María "hizo de Él un creyente porque solamente por fe podía soportar lo que soportó" (II, 20). Su condición de Hijo de Dios no le ahorró sufrir y creer.

Él era el Hijo de Dios pero a la vez era humano, y también sentía y a él también le dolían las cosas. Al final, sufrió los mismos dolores que sufrimos nosotros, y que decimos de repente que no los podemos aguantar. Y Él supo soportarlos por la fe" (II, 20). Es más, Edith, con el mismo hilo de la fe, vincula a su propio hijo. Nuevamente Juan aparece en el fondo de su experiencia de Jesús: "Si yo me pongo en el lugar de María, yo no sé qué haría. Si yo supiera que me van a matar a mi hijo no sé qué haría (II, 20).

El Hijo de Dios es auténticamente humano. Su condición de Hijo de Dios no le eximió de aprender y tener que reconocer el llamado de Dios. En algún momento de su vida este debió haberse hecho especialmente intenso: "debe haber sentido más fuerte la revelación de Dios" (II, 33). Antes de esto, como en los niños, ha podido experimentar "cosas puntuales". "Pero en ese momento tiene que haberlo sentido muy fuerte, como que tenía que hacer algo y tenía que hacerlo sin importar que se le fuera el mundo encima" (II, 33). Nuevamente nos habla de un Jesús resistido por los demás. Hombre, pero hombre fuera de lo común. El llamado del Padre "tiene que haberlo sentido muy fuerte" (II, 33).

Le pregunto: "¿Y por qué no se dio antes? Treinta años no es poco". Su respuesta es aparentemente insignificante. En realidad evidencia un hondo conocimiento de la humanidad de Jesús: "Porque pienso yo que antes Él vivió una vida conociendo a la gente, sabiendo cómo eran" (II, 34). Jesús va, se acerca, está con la gente, comparte con ella, conoce sus vidas, y así se capacita para cumplir su misión. Esto mismo debieran hacer todos los cristianos.

¡En todo caso, según Edith, la salida de Jesús a predicar el Reino es cosa de Dios antes que suya propia. Salió a los treinta años y no antes porque "los tiempos de Dios" no son los mismos que los de uno. "Cada cosa en su momento" (II, 34). Jesús, como nosotros, debió someterse en esto a la voluntad de Dios.

b. María

Pregunto: "Y de la Virgen, ¿qué puedes decir?". Responde: "Tengo un respeto muy grande porque es la mamá de Jesús. Como mamá, tiene que haber sufrido mucho, como uno sufre con sus hijos. Ella tiene que haber sufrido mucho con todo lo que le pasó a Jesús" (II, 18). Reaparece Juan en el trasfondo: "Tiene que haber tenido una fe muy grande para irse contra el mundo entero por tener a su hijo". "Pero ella se arriesgó a todo por Jesús. Eso pienso que es muy valeroso de ella" (II, 18). Ella y María han actuado de un modo similar en relación a Juan y a Jesús. Ambas han experimentado un sufrimiento parecido: "Para mí es una mamá que sufrió mucho por su hijo y que solamente con fe lo pudo sacar adelante" (II, 18).

Además de la fe, María debió haber trasmitido a Jesús su respeto por las personas. Jesús debe a su "mamá" un contenido esencial de su misión. Lo decíamos más arriba. Todo se juega en el trato con las personas. De esta enseñanza se debe que "Jesús se metía con pobres, con ricos... no importaba quien fuera, porque él respetaba a las personas. Yo pienso que María tiene que haberle transmitido que hay que tener mucho respeto hacia las personas. Y cariño por todos' (II, 19).

Para Edith, Jesús de niño debió haber sido regalón. Lo saca de su propia experiencia de mamá. Juan la abraza, la besa, llega a ser hostigoso. Jesús debió ser un niño cariñoso. Se lo imagina "abrazando a la mamá" (II, 25). Pero lo infiere también de su enorme amor hacia los demás:

Jesús también tiene que haber sido una cosa parecida, porque no pudo haber demostrado tanto amor por los demás si no lo empezó con su familia primero: con su mamá, con su papá. María siempre estaba con Él. Siempre se asocian juntos: María y Jesús. Más que con José. Tiene que haber sido muy regalón (II, 26).

La introducción de José en la conversación enriquece aún más el juego de las relaciones. Pues si Jesús no se entiende sin María, María no se entiende sin José, así como no se entiende Edith sin Manuel y, en definitiva, ninguna de estas vidas se entienden si Dios no estuviera reclamando algo de cada una de ellas. En el episodio que Edith recuerda de Jesús perdido en el Templo comparecen los seis personajes:

La misma vez que se quedó en el Templo; pienso yo que a ella no le debe haber gustado nada que su hijo se quedara ahí. Después ella iba entendiendo e iba asimilando, porque pienso yo que no lo veía como el Hijo de Dios, sino como su hijo, "mío" (II, 27).

Ella, como madre, comprende mejor la situación de María. A María, el extravío de Jesús le ha costado más que a José. "Porque mis hijos son míos y del Manuel, pero yo los veo más como míos que como del Manuel". Se ríe. "Son de los dos, pero a uno le cuesta asimilar eso. O si alguna vez Jesús le ha hecho alguna travesura." (II, 27).

El comentario de Edith otra vez tiene sabor biográfico. María "primero debe haber quedado impresionada, porque debe haber dicho '¿cómo sabe Él que su Padre está más alto, cuando Él sabe que su padre es José?'". "Después debe haberlo analizado bien, conversado bien con José, pienso yo. No con Jesús. Creo que lo deben haber dejado pasar no más, pero que lo deben haber conversado después. '¿Cómo el niño sabe esas cosas?'" (II, 28). Algunas veces Juan ha impresionado hasta las lágrimas a su familia con su hablar de Dios.

A ella, como a María, el hijo le pertenece y no le pertenece. Pues ambos tienen a Dios por Padre y el día menos pensado Edith puede perder a su hijo como María perdió al suyo. Jesús en el Templo, y luego en Caná, marcó una diferencia con María. Edith recuerda las bodas de Caná:

Faltaba el vino y ella le dice que falta, que haga algo. Y Jesús le dice 'mi tiempo no ha llegado'... De repente pasa que una mamá le pide cosas a su hijo y los hijos no piensan igual que uno. Dicen 'no, ahora no'. Y a uno le cuesta entender que en ese momento 'no'. Uno cree que siempre va a ser 'sí' (II, 27).

Bien debieron haberse dado otras circunstancias -piensa ella- en las que Jesús y María discreparon. Es natural. "Muchas veces, quizá, María le pidió cosas que Él no quería hacer, o que Jesús hizo cosas que a ella no le gustaron mucho" (II, 27).

c. Experiencia de Jesús

En un momento de las tres entrevistas debí hacer a Edith una pregunta que me parecía clave. Antes de estas entrevistas para mí era claro que en su vida "la fe" era determinante. La pregunta que le hice fue esta: "En las cosas de la fe, ¿dónde está centrada tu devoción? ¿Eres devota de un santo en particular, de la Virgen, de Jesucristo, del Padre, del Espíritu Santo?". Su respuesta fue rotunda, inmediata, casi subrayando que no podía ser otra: "De Jesús. Jesús, para mí, lo es todo. La Virgen, para mí, es la mamá de Jesús. Y si yo pido, le pido a Jesús, no le pido a la Virgen. Es algo centrado más en Él". (I, 59).

Debo reconocer que esta respuesta me produjo una enorme alegría. Después de tantos años de tratar de llevar a las personas a hacer de Jesús el mediador de su fe, comprobaba mi propio éxito. Le pregunto si esta devoción a Jesús creció con los años o si la adquirió en algún momento, pero su respuesta me indicó otra cosa: "Ha sido una constante. Siempre está presente en mi vida. Siempre ha estado ahí. Yo le pido a Él que me dé las fuerzas que necesito para todo, que nos haga mejores personas" (I, 60). Probablemente la centralidad de Jesús en su vida se ha fortalecido en su participación en las comunidades cristianas en las que ha participado.

Hemos visto más arriba la idea que ella tiene del Jesús terreno. El Hijo de Dios ha sido para ella un hombre de cualidades extraordinarias. Pero, y esto es tan importante como lo anterior, este Jesús es para Edith una realidad en el presente de su vida espiritual. Su devoción está centrada en Jesús, no en la Virgen, lo deja muy claro, aunque no puede separarlos. Siembre van juntos, lo ha dicho en otra oportunidad. María y Jesús especialmente, están presentes en su vida actual; presente, con una contundencia tal que no puede dudar de su realidad:

Nunca me he cuestionado si es verdad que existe o no existe. Para mí sí existe y es. Y que me digan lo contrario no importa. Yo sigo creyendo que está conmigo todos los días y en cada momento (III, 9).

En esta respuesta destaco tres cosas: la convicción de la existencia de Jesús (a quien ella en ninguna de las tres entrevistas ha llamado Cristo); el carácter testimonial de su fe en él (ya que nadie podría convencerla de lo contrario); y la omnipresencia de Jesús en su vida en los términos de un estar conmigo, es decir, en una de las claves más positivas que Edith tiene para entender las relaciones humanas. Esta presencia -continúa su respuesta- se prolonga en el prójimo. Otras personas le hacen presente a Jesús: "No es una persona lejana, sino que está en una persona que llega de repente. No lo veo como 'Jesús que está en el cielo'. No, no lo veo así" (II, 9). La persona que llega de repente en el mundo popular es por excelencia esa visita que exige suspender los demás planes para atenderla. Un familiar que "se deja caer" o una persona necesitada que busca ayuda. Edith descubre este aspecto del Jesús vivo en su propia biografía las veces que, de un modo providencial, alguien se ha acordado de ella en un momento difícil: "Lo veo (a Jesús) cuando he estado mal, a veces económicamente y viene alguien y me dice 'toma, te traje esto de regalo'. ¿Por qué me lo trajo en el momento en que yo lo necesitaba y no me lo trajo en otro? Es porque ahí estaba Jesús" (II, 9). Jesús para ella está en juego en las relaciones de solidaridad. Edith lo experimenta cuando alguien ha sido providencialmente solidario con ella. O cuando ella, en los términos de Mateo 25, ha hecho otro tanto con los más necesitados: "cuando hay alguien enfermo y me piden que vaya a verlo, a estar con ellos. Es porque Jesús me está llamando que vaya allá, y en esa persona hay que verlo" (II, 9).

La fe, que para Edith tiene tanta importancia, se juega en la praxis de Jesús: "No puedo decir 'tengo fe' y pelear con todo el mundo. No puedo decir 'tengo fe' y hablar mal de todo el mundo. Es algo que se siente y se practica. Cuesta. Y muchas veces caigo en el mismo error, pero trato que no sea así... Es algo que se siente. Estar con los demás, sentir el dolor de los demás, estar junto al que está más dolido, estar en las buenas y en las malas, estar como con los amigos. Porque con los amigos uno está en lo bueno, en lo malo, en lo difícil, en todo". En esta cita se alude a Jesús. A renglón seguido, continúa: "Nunca me he cuestionado si es verdad que existe o no existe (Jesús). Para mí sí existe y es" (III, 9).

d. La comunidad y la misa

La Comunidad Enrique Alvear ofrece preparación para todos los sacramentos, tiene un servicio de solidaridad permanente y que se activa, además, apenas surge una emergencia. La Comunidad Enrique gira en torno a la misa. En la entrevista Edith nunca habla de "eucaristía", simplemente de "misa". La misa es la actividad que reúne a la Comunidad domingo a domingo. Celebrada con sencillez y mucha participación, con un gran compartir la vida en torno a la Palabra, la misa lo que constituye el momento de mayor densidad religiosa.

La Comunidad no está exenta de problemas. En su historia cuenta a su haber con conflictos importantes. El núcleo más perseverante y que la conduce por años, es prácticamente el mismo desde los orígenes. Es el grupo que participó en la gesta de la Toma, el que se reunía en torno a una fogata a la puerta de la capilla, el que vivía en el mismo pasaje en que se construyó la capilla... Edith lamenta que a veces las divisiones entre las personas responsables de la Comunidad, de las catequesis y los servicios alejen a las personas nuevas.

La misa ha sido para Edith un lugar privilegiado para su experiencia de Dios. Lo expresa en las categorías que ya le conocemos. Nos habla de estar Él con ella. Dice así:

Yo siento que todo el rito de la comunión, no solo el comulgar sino todo el rito, es algo en lo que siento que Dios está más cerca mío en ese momento. Que está conmigo, no por allá lejano, sino que está conmigo, más cerca mío (I, 40).

No es esta una experiencia intimista. Si se trata de rezar, bien puede hacerlo en su casa. Allí también encuentra a Dios, pues Jesús está con ella en todo lugar y momento13. La misa, en cambio, le ofrece la oportunidad de una experiencia comunitaria y eclesial de Dios. Algo aún más rico. En sus palabras nuevamente descubrimos el talante interpersonal de su espiritualidad. No separa a Dios de las demás personas. Es más, integra las diferencias y dificultades que ella misma puede tener con los otros. Dios (Jesús) se hace cercano:

En la comunidad. En el compartir con la gente, estar con otras personas compartiendo ese momento. Estar con la gente, compartir con la gente. Porque yo podría rezar en mi casa y sería lo mismo. Pero a la vez digo que no es lo mismo: yo rezo en mi casa y rezo sola. En cambio acá no. Acá comparto con las otras personas que tienen la misma fe. No importa, digo yo, que me caigan muy bien o me caigan más o menos; no importa. Pero yo estoy con esas personas y trato de compartir. Porque igual de repente hay personas que a uno no le son tan simpáticas como otras. Pero el día domingo se da la oportunidad de compartir con las personas. Yo diría que eso es algo que no se puede cambiar. Somos distintas personas, distintas cosas, distintas vidas, distintos problemas que están en ese momento... pero compartirlo con el resto de las personas es lo importante (I, 41).

En la Misa todas las personas son bien consideradas. Por tanto, debiera ser una puerta de acceso a la Comunidad. Dios, Jesús, es abierto, "nunca fue cerrado" (I, 44). Para Edith importa mucho "conocer a todas las personas que vienen a la misa". Afirma:

Saber cómo se llama una, cómo se llama la otra. Conversar con ellos, aunque no los conozca. Saludarlos. Eso pienso yo que es importante, porque no siempre estaremos las mismas personas y no nos podemos encerrar en un grupo. Pienso yo que se tiene que abrir el círculo: tiene que haber personas diferentes, ir conociéndolas, ir queriéndolas (I, 43).

CONCLUSIÓN

En la experiencia cristiana de Edith Cabezas es posible distinguir una idea de Cristo y un seguimiento de Cristo; una teología y una espiritualidad. Es posible rastrear la noción del Cristo que ella ha recibido en las comunidades cristianas a las que ha pertenecido y que ella misma ha ido forjando, espigándola de su vida cristianamente vivida.

Tal como anunciábamos más arriba, Edith ha empleado categorías propias para entender su cristianismo que lo largo del texto las hemos destacado con letra itálica. Estas son:

Estar con: se trata de una expresión de máxima importancia. Según ella Cristo va a los demás, quiere ser cercano y no lejano. Se hace presente, acude, se queda, dedica tiempo a estar con los que tienen mayor necesidad como, por ejemplo, los enfermos o los familiares de un difunto.

Amar y compartir: son también expresiones de clara resonancia cristológica y eclesial. Con ellas alude al compartir solidariamente los bienes y a compartir la vida. Es lo que ocurre en la eucaristía de la Comunidad cada vez que las personas hablan de lo que ocurre o les ocurre a la luz de la fe, y cuando la comunidad acude en ayuda de los más necesitados.

Juzgar: nada tiene que ver, por el contrario, con el modo de proceder de Jesús. Ella deplora que alguien juzgue a su prójimo. Nada hay más lejano a Cristo.

Todos y unión son términos que expresan valores de inclusividad que son propios de Cristo y de una verdadera comunidad humana o cristiana. Edith es abierta a cualquiera. La Comunidad no debiera cerrar las puertas a ninguno.

Entre las categorías que ella emplea para expresar su cristianismo hay dos en las que despuntan con mayor claridad los rasgos de Cristo. Estos rasgos son especialmente importantes ya se sintonizan en lo hondo de su carácter y de su biografía. Estas categorías son:

Rechazo es una expresión que remite a Cristo rechazado. Como hemos visto, ella ha leído en clave cristológica el rechazo experimentado por su hijo Juan. Su hijo es para ella su Cristo, de un modo semejante a como Jesús lo fue para María.

Decir las cosas significa decir a los otros lo que corresponde aunque sea incómodo y acarree problemas. Es un modo de ser que Edith extrae de los evangelios. Jesús confrontaba a los demás; ella es frontal. Dice la cosas a veces de un modo brutal. No se puede ir adelante en la vida sino con la verdad.

Bien vale tener en cuenta algunos rasgos cristológicos tradicionales que están ausentes en el caso de Edith. Ya que el suyo no es un Cristo que juzga sino que perdona, su cristianismo no tiene un tono penitencial. Ella tiene conciencia del pecado, principalmente en relación a personas muy concretas de su familia o de la Comunidad. Sabe que su misma Comunidad y que la Iglesia no son siempre lo que el Señor quisiera que sean. Pero su vida no gira en torno al pecado, a la pureza o al sacramento de la confesión. El Dios en quien ella cree, más que perdonarla, le exige que se reconcilie con su prójimo.

Tampoco se advierte una especial devoción a la cruz de Cristo y menos una concepción sacrificialista de la eucaristía. Cristo es para ella alguien crucificado y despreciado en las personas. Él es el Jesús de la cruz y el Cristo de la misa, alguien que sufrió mucho por nosotros, alguien que conoce nuestros sufrimientos y los comparte. Pero en la misa no se ofrece a Dios una víctima expiatoria. La misa es un momento de comunión con Jesús y entre todas las personas, un momento de apertura, acogida y comprensión de unas con otras. Edith no menciona la existencia de Jesús resucitado. Sin embargo, tiene viva conciencia de que Jesús está vivo y presente en su vida y en la Comunidad.

La religiosidad de Edith no parece expresarse en la veneración de algunos santos en particular, devociones especiales, cosas santas, reliquias. Su centro espiritual, como hemos visto, es su fe en el Jesús que está siempre con ella, le exige imitar sus gestos de amor hacia el prójimo y escucha su oración. Deja muy en claro que su devoción a María se subordina a Jesús. Está muy lejos de la crítica que pueden hacer los evangélicos a los católicos. Jamás separaría a Jesús de María.

Debo decir, por último, que me ha llamado la atención la naturalidad con que Edith cita o recuerda pasajes evangélicos. El conocimiento de la Biblia en las católicos populares de América Latina es la imagen más característica de la recepción del Concilio en el continente. Los cristianos especialmente en las comunidades populares han comprendido su vida a la luz de la Palabra y viceversa. Al concluir este relato teológico, menciono un hecho que en la biografía de Edith tiene un enorme significado. Cuando su hijo Juan debió participar en la preparación para su Primera comunión, se vio obligado a aprender a leer. Debía poder leer la Biblia. En palabras de Edith, recordando el episodio con alegría, "El afán de aprender a leer la Biblia fue lo que lo hizo aprender a leer. Después (ella) le buscaba cosas didácticas... Pero él aprendió unas palabras y empezó a buscarlas en la Biblia para aprender a leerla; qué era lo que realmente decía, no que uno le fuera a contar cuentos (I, 69)".

NOTAS

1 Cf., V. Azcuy, C. Schickendantz y E. Silva (eds.), Teología de los signos de los tiempos latinoamericanos. Horizontes, criterios y métodos, Santiago 2013;         [ Links ] Fernando Berríos, Jorge Costadoat y Diego García (eds.), Signos de estos tiempos. Interpretación teológica de nuestra época, Santiago 2008.         [ Links ]

2 Cf., Trazos de Cristo en América latina. Ensayos teológicos, Santiago 2010;         [ Links ] investigaciones bibliográficas propias: "Cristología latinoamericana: Bibliografía (1968-2000)", Teología y Vida, Vol XLIV, N° 2 y 3 (2004) 18-61;         [ Links ] "Cristología latinoamericana: Bibliografía (2001-2010)", Wikipedia; "Seguimiento de Cristo en América Latina", en V. Azcuy et al., 209-239.

3 Carolina Bacher, "Teología Pastoral Inter Loci. Una disciplina teológica ante el aporte de las experiencias creyentes en escenarios sociales contemporáneos", Teología, Tomo XLVII, n° 106 (2011) 385-411;         [ Links ] "Zarzas que arden. Aportes del estudio teológico-pastoral de casos a una Teología de los signos de los tiempos", en V. Azcuy et al., 389-422.

4 Étienne Grieu, Un lien si fort. Quand l'amour de Dieu se fait diaconie, Paris, Bruxelles, Monreal 2009;         [ Links ] "¿La Iglesia en la escuela de los creyentes más humildes?

La importancia de los relatos de vida", en Azcuy, C. Schickendantz y E. Silva (eds.), 355-387; "Teología de los signos de los tiempos y relatos de vida", Manuscrito, Seminario internacional de teología: Teología de los Signos de los Tiempos Latinoamericanos. Relatos de vida, relatos bíblicos, relatos de mujeres, Santiago 17 de agosto de 2013.         [ Links ]

5 Kornblit lo describe así: "consiste en el análisis en profundidad de uno o varios textos (siempre pocos), centrándose en el texto mismo con el propósito de descubrir los sentidos que están ocultos en él. Se trata de poner en juego una comprensión intensiva, guiada por un marco teórico que puede ser el sociológico, el historicista o el psicoanalítico" (Kornblit, A. L. Metodologías cualitativas en ciencias sociales, Buenos Aires 2007, 17.         [ Links ]

6 Por ejemplo, I, 12, refiere a la primera entrevista y a la pregunta número 12.

7 Hubo un momento en que Edith y Manuel estuvieron a punto de separarse. Sus padrinos los instaron a que no lo hicieran. La hermana de Edith fue muy importante. En esa ocasión le dijo: "Tú te casaste por fe, por amor; no puedes tirar todo para un lado porque los demás te digan algo. No tienes que escuchar cuando te digan cosas malas, tienes que ver cómo arreglas las cosas tú, con tu marido, y ver cómo salen adelante". Ella confiesa que "eso me sirvió harto" (I, 18).

8 Por el contrario, lo que se necesita es: "Ser más humildes. Ser "uno" entre todos. Que no andemos con problemas porque tú me caes bien o me caes mal. Que todos podamos hacer todo. Poder tener un compromiso tan grande que se pueda trabajar en conjunto. Y no porque una persona trate de hacer una cosa, las otras la miren mal. Que se trabajara más en comunión" (II, 41).

9 Edith tiene juicios fuertes sobre la jerarquía, pero sus críticas las realiza como católica que es: "Desde el Papa, los obispos... Esas personas como que no miran cómo es la cosa realmente con la gente. Lo que más me llamó la atención fue Juan Pablo II, porque él salió, vio a le gente como era. Yo lo encontré muy buen Papa. Y a este Papa (Benedicto XVI) uno como que no lo siente cercano" (III, 42). De la jerarquía de la Iglesia afirma: "Veo que le hace falta un poco de renovación. La veo que de repente se pone más alejada de lo que es la realidad" III, 40).

10 Dice de ella: "Admiro a mi patrona, la señora María José. La admiro porque ella siente el dolor de los demás, sufre con los demás. Dice que va poco a misa, pero ella demuestra con hechos. Si sabe de alguien está en problemas, en lo que pueda ayudar ella lo hace, y sin siquiera que las personas la conozcan. Me ha tocado llevar ayuda de parte de ella a personas que nunca la han conocido y nunca la van a conocer. Es una persona que hace las cosas de corazón, y piensa bien de todo el mundo. Dice que todos son inocentes hasta que demuestren lo contrario. Ella nunca va a mirar y nunca va a juzgar mal a nadie, y no desconfía de nadie, hasta que no le demuestren lo contrario" (II, 11).

11"Es algo que no me cabe en la cabeza. Pienso que ni siquiera un ateo puede decir "no creo", porque en algo tiene que creer. Porque es algo que es, para mí, imposible (decir no creer). Para mí significa imposible" (II, 10).

12 A la pregunta por sus sentimientos ante el rechazo de su hijo, responde: "Mucho dolor. Ganas de tirarme contra todos. Me peleé con muchas personas. Cuando me invitaban a la casa de algún familiar, no iba. Les decía 'si mi hijo no va a estar bien, yo tampoco, así que no voy. Me peleé con muchas personas con ese tema. Él es así, inquieto, no puede estar tranquilo. Ahora está mucho más calmado, más tranquilo; han pasado tantas cosas ya. Pero igual con él he sufrido mucho más que con la Belén." (I, 62).

13 Ella suele hablar de "Dios" para referirse a Jesús (I, 44).

 

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