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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449versión On-line ISSN 0717-6295

Teol. vida vol.56 no.4 Santiago dic. 2015

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492015000400012 

Recensiones

 

Patricio Serrano Guevara, Traducir el Concilio Vaticano II. Método morfosintáctico práctico de latín, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago 2015, 162 págs., ISBN 978-956-14-1706-9.

 


 

El profesor de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile Patricio Serrano Guevara ha publicado el método que por más de 30 años él mismo ha estado elaborando en su práctica docente para enseñar a leer el Concilio Vaticano II en su idioma original.

1. ¿Qué objeto tiene este libro? El autor, en su prólogo, dice que este texto "ha sido concebido" ... "para traducir textos oficiales" del Concilio Vaticano II, "y más específicamente las Constituciones Lumen gentium, Dei verbum y Gaudium et spes". Por eso "intenta colocar un cimiento reducido y elemental" del idioma latino para que "la persona interesada en estudiar los textos oficiales latinos", posea "una herramienta propedéutica altamente práctica de la que no disponíamos hasta la elaboración de la que ahora presento" (pág. 9). O sea, este libro es una ayuda para que los estudiantes puedan acudir al texto original de algunos de los documentos más importantes del Concilio Vaticano II, y de allí puedan pasar a otros textos magisteriales.

Pero tendríamos que preguntarnos primero, por qué es importante que uno mismo, o un estudiante, traduzca una obra, o parte de ella, aunque sean solo algunas frases, en vez de leerla en las traducciones ya elaboradas. Sobre todo, hoy en día, que además de que podemos encontrar muchas traducciones de las obras más importantes en las librerías y bibliotecas, se cuenta incluso con "traductores" "on line". Y, obviamente, tenemos varias y buenas traducciones al castellano de todos los documentos del Concilio Vaticano II.

La respuesta la podemos encontrar en el testimonio de algunos maestros. Por ejemplo, san Jerónimo, en su carta 108, afirma que desde su juventud quiso aprender la lengua hebrea y le dedicó mucho esfuerzo y constancia y no abandonó ese trabajo hasta que pudo leer los salmos y sentirlos resonar en su propia lengua original, cosa que no se puede lograr leyendo una traducción (cf. Clavis Patrum Latinorum, vol. 55, par. 26, pág. 344). O recordar a un gran estudioso como Antonio Orbe, que decía también, ahora respecto a la patrística, que una traducción ya hecha, por buena que sea, "quita el vigor y encanto del término original, polivalente en sí y en sus relaciones con otros similares". Una traducción -afirmaba— "obliga a sacrificar un mundo de combinaciones espontáneas, sobre la letra de las Escrituras, de los Padres., concilios", etc. (A. Orbe, "El estudio de los santos Padres en la formación sacerdotal", en R. Latourelle [Ed.], Vaticano II: Balance y perspectivas. Veinticinco años después [1962-1987], Sígueme, Salamanca 21990, 1039). Es decir, una traducción ya hecha necesariamente es más pobre que el original.

En efecto traducir un texto, aunque es una tarea difícil, y a veces muy pesada, reporta siempre frutos que no se podrían adquirir de otra forma. Continuaba A. Orbe, ahora tratando de animarnos a traducir por nosotros mismos: "Infinidad de problemas de todo orden saltarán a cada paso, cuya solución global se reserva no al lector, por penetrante que sea, sino al traductor paciente que descubre inesperadamente en palabras o sintagmas perdidos la clave insustituible y decisiva" (Ibíd., 1042). Para mí esta es la clave del intento del profesor Patricio Serrano, no solo con este libro, sino con una vida dedicada a enseñar a los estudiantes a traducir con sus propios medios los textos bíblicos, patrísticos y magisteriales. Nos ha enseñado a muchos a encontrar esos "sintagmas perdidos", esa "clave insustituible y decisiva" para comprender en toda su riqueza las fuentes de la teología. Por eso es importante este texto. Porque introduce al estudiante en esas claves insustituibles; y lo hace también experimentar esos descubrimientos que lo ayudan a comprender también mucho mejor la enseñanza del Concilio Vaticano II.

A esto hay que agregar que los padres presentes en el Concilio Vaticano II, en general, habían tenido una muy buena formación clásica en literatura, filosofía e historia griega y latina. Y se esmeraron en que los documentos, a pesar de que varios de ellos fueron definitivamente pensados en alguna lengua vernácula, fueran luego traducidos a un buen latín, con muchos giros clásicos. De modo que lo que podemos llamar "latín conciliar" —y que este libro quiere enseñar— no es propiamente una versión particular del latín, sino simplemente el latín que expresa la temática tratada en el Concilio y su respectivo vocabulario, y el nivel del latín que practicaban los padres conciliares, con buena formación clásica (cf. Prólogo, pág. 9).

2. La estructuración del libro. Se divide en siete secciones que van progresando paulatinamente en su complejidad, que están concatenadas y que van introduciendo, paso a paso, al estudiante en el arte de traducir. Es decir, es un método en el riguroso sentido de la palabra: como "camino" (ὁδός) y como instrumental pedagógico para el estudiante. El profesor Serrano afirma que este arte de traducir "se cimenta en reglas y procedimientos exactos y graduales, que no solo obedecen a preceptos y formas de estilo en el logro de un fin adecuado, sino también a consideraciones lingüísticas y hermenéuticas" (pág. 10). Es verdaderamente una síntesis de todos sus años de trabajo en este campo.

El vocabulario de todos los ejemplos y ejercicios es obviamente el que se encuentra en los documentos referidos del Concilio. Así, por ejemplo, para enseñar la primera declinación no utiliza porta - portae, como hacía la clásica gramática de Conrado Sigel, sino que Patricio utilizará el ejemplo de Ecclesia - Ecclesiae. Y así sucesivamente con las declinaciones y conjugaciones. Pero como es ineludible que el estudiante memorice una cantidad suficientemente amplia de vocablos para evitar una extrema dependencia del diccionario o vocabulario de cada sección, un método, por bueno que sea, no eximirá a ningún estudiante de aprender de memoria varias cosas, entre ellas, un vocabulario mínimo que es presentado por el autor a lo largo de las secciones.

Las siete secciones pasan revista y explican de manera muy clara los elementos de la morfosintaxis más utilizados por los redactores en la trama de sus textos. Así el estudiante se va iniciando en el arte de traducir desde muy al comienzo del método, con breves textos de las Constituciones ya mencionadas.

En las cuatro primeras secciones enseña las cinco declinaciones con su respectivo vocabulario y ejercicios sacados de los textos del Concilio. En la segunda sección enseña las cuatro conjugaciones activas. En la tercera sección expone el participio perfecto pasivo y el participio presente activo, tan comunes en el idioma latino y que pueden ser traducidos de tantas y tan expresivas maneras. Continúa con los adverbios. En la cuarta sección revisa la voz pasiva, los pronombre relativos y el verbo deponente. La quinta sección se dedica al modo subjuntivo, tanto activo como pasivo; y luego al elemento cum, tan versátil en su traducción. La sección sexta se dedica a los pronombres personales y reflexivos, a los pronombres adjetivos mostrativos y determinativos, a los adjetivos pronominales (como unus, solus, etc.); y al elemento ut, tan versátil y común como el cum. Pero, sobre todo, le dedica varias páginas al ablativo absoluto, estructura tan típica en el latín clásico, que por poseer una cierta independencia de sentido tiene una muy amplia gama de posibilidades de traducción, cosa que pone a prueba no solo los conocimientos del estudiante, sino sobre todo su calidad "literaria" para encontrar la mejor solución en el contexto del párrafo. La séptima sección, a modo de recapitulación, trata del gerundio y del gerundivo, como sustantivo y adjetivo verbal, y la conjugación perifrástica pasiva constituida por el gerundivo con alguno de los tiempos del verbo sum (ser), indicando la idea de obligatoriedad o deber.

Con ello, que no parece tanto, entrega los elementos esenciales para poder traducir con seriedad y buena comprensión los textos del Concilio Vaticano II. Esto, supuesto que el estudiante haya comprendido bien las explicaciones, haya hecho los ejercicios propuestos, y sobre todo, no se haya auto-eximido de las ineludibles horas de memorización de declinaciones, conjugaciones y vocabulario. Termina con las respuestas a los ejercicios propuestos al comienzo y una sintética bibliografía de los instrumentos indispensables para el arte de la traducción.

Como ya dijimos, los ejercicios son hechos todos con textos del Concilio Vaticano II, pero seleccionados con criterios teológicos bien afinados. No traduce cualquier texto al azar, sino los que tienen mayor densidad teológica. Por ejemplo encontramos LG 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 10, 12, 13, 14. DV 1, 2, 3, 4, 5, 6, 8, 9, 10, 12, 14, 15, 22, 23. GS 2, 4, 13, 14, 15, 18, 21, 22.

Es un libro que será muy útil y recomendable para los estudiantes de teología que desean aprender latín.

3. Una vida dedicada a enseñar a traducir. Quiero destacar todavía una última característica de esta obra. Es un libro de 162 páginas, con buena presentación, bien escrito y claro en sus enseñanzas. Pero esas no son sus características principales, por importantes que ellas sean. Me parece que este libro representa mucho más que una obra de enseñanza, más que un método, en el fondo, más que un simple libro. Este libro presenta una vida que se ha dedicado al arte de la traducción, y sobre todo, a enseñar a sus alumnos. Este libro es fruto de muchos desvelos, de gran rigurosidad, de muchísima seriedad y trabajo silencioso y, a veces, muy duro. Es fruto de un hombre que se ha consagrado de alguna manera a este trabajo, un hombre que ama mucho lo que hace. Y eso está detrás de esas páginas. Tal vez los lectores no siempre lo notarán, pero los que conocemos a Patricio sabemos el amor y la entrega que hay detrás de este trabajo. Y eso no solo se le agradece, sino que sobre todo dará un fruto misterioso porque las cosas hechas con amor tienen frutos de vida eterna.

 

Rodrigo Polanco

 

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