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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449versión On-line ISSN 0717-6295

Teol. vida vol.57 no.1 Santiago  2016

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492016000100006 

Recensiones

 

JUAN OCHAGAVÍA, S. J., Gloria a Dios. La Gloria en el pensar la fe (Ediciones Revista Mensaje, Santiago de Chile, 2015) 344 pp.

 

La presente obra del teólogo jesuita Juan Ochagavía constituye una valiosa contribución para el pensamiento teológico actual. Reúne 17 artículos publicados en las Revistas Teología y Vida y Mensaje, escritos en distintas circunstancias eclesiales y sociales desde los años sesenta hasta la actualidad. Incluye también "La idea de revelación", un artículo publicado por Juan Ochagavía en The Theologian, en 1956, revista interna del teologado jesuita de Woodstock cuando aún era estudiante de teología. Tanto el primer artículo, "Lo vivo y lo actual de San Ireneo de Lyon" como el catorce, "La obediencia de parte del que manda" son nuevos e inéditos hasta ahora.

El artículo I, que de alguna manera le otorgará contenidos claves y transversales a todo el libro, está dedicado a un teólogo y santo que nuestro autor conoce muy bien: San Ireneo de Lyon. Con el fin de indagar "un camino para que la Trinidad se nos haga más vital" recorre magistralmente diversos tópicos de la obra de Ireneo, genuino exponente de la teología de Oriente, para quien Dios Trinidad, totalmente otro y superior a lo creado, se hace presente y visible, según su bondad, en todo, y haciendo posible que el mundo sea mundo y se proyecte hacia su meta que no es otra que la consumación en la plenitud de Dios mismo. Como rasgos de la relevancia actual de Ireneo se destaca que este ve a Dios Trinidad y Comunidad en la creación y cuya activa presencia en la historia establece una tensión fecunda entre lo visible y lo invisible, entre lo finito y lo infinito. En el mismo sentido, subraya como parte de la pedagogía divina la paciencia de hacer madurar procesos de mayor humanización. Y, en fin, que el Dios Trinidad-Comunión invita a pensar el ser —todo ser— como relación.

El artículo II reflexiona sobre el secularismo, destaca la vigencia del debate en torno a la secularización y reitera que la Iglesia del Concilio Vaticano II propone una mirada positiva sobre el mundo y se aleja de modelos de desconfianza y temores infundados. Lo que no implica ingenuidad porque el pensar cristiano asume que el mundo y el ser humano requieren siempre de la gracia de Dios para ser sanados. El desafío es transformar este mundo en un mundo más de Dios sabiendo críticamente que una cultura como la moderna valora positivamente, los avances de la razón, y por ello, los progresos científicos e históricos. Siempre será necesario el diálogo para enfrentar los desafíos particulares que plantea el Estado moderno.

La belleza, "irrupción refulgente del trasfondo del ser", imagen del ser "cargada de un exceso de significado" es pensada por el teólogo jesuita en el artículo III tanto desde el acervo filosófico como teológico. Trascendental del ser inseparable del bien y la verdad, la belleza puede ser nombrada también como "trascendental de la esperanza" por llevarnos siempre hacia un más y, en definitiva, al "Más divino". Por lo mismo, el Hijo imagen del Dios invisible, en la "Belleza de Dios" y Jesucristo Resucitado "es la imagen de todas las imágenes y por ende la belleza de todas las bellezas".

El artículo IV ilumina la rica visión de Dios que ofrece Santo Tomás de Aquino. A diferencia de una corriente dominante en su época, que encuentra sus antecedentes en Platón, Plotino y San Agustín, sostenida por San Anselmo y San Buenaventura, que comprendía a Dios como Bien, el Aquinate elige el camino del Ser para comprender y nombrar a Dios. En suma, interesado en averiguar qué es Dios en sí mismo, Tomás de Aquino concluye que Dios es el que es, que el bien no es la categoría suprema, sino un trascendental del ser, un aspecto esencial pero posterior; el Bien se funda en el Ser. Toda la creación procede de Dios Trino. El único que no procede de otro es el Padre, subsistente por sí mismo y por ello le corresponde el primado del Ser. Se trata ciertamente de "una primacía trinitaria, es decir indisolublemente vinculada a la Verdad y al Bien".

La reflexión teológica sobre el poder de Cristo orientador de todo poder cristiano no podía estar ausente (artículo V). Advierte que "por muy marcado que esté el hombre por la culpa, el sufrimiento, la persecución y la muerte, estos son lugares privilegiados de encuentro con el poder del Crucificado que vive para siempre". El Nazareno al anunciar el Reino de Dios desenmascara los ídolos del poder político y económico que violentan al ser humano. Actualizando su artículo de 1980 y retomando debates actuales en tiempos de Francisco, precisa que "no podemos seguir privilegiando idolátricamente el poder de los sistemas legales, económicos y políticos denunciados por el Papa argentino. Hay poderes más poderosos, que son más divinos y por ende más humanos. Son los que Cristo nos muestra y que, como cristianos, estamos llamados a vivirlos". El dinamismo del Reino inaugurado por Jesucristo nos convoca a propagar fraternidad con una actitud de servicio incondicional y desinteresado.

Los artículos VI y VII los dedica a una conversación crítica con la obra de Hans Küng y John Henry Newman. Es clave nunca perder de vista el diálogo respetuoso entre teología y magisterio en medio de las circunstancias y desafíos de la conciencia moderna e histórica. En esta línea, valora especialmente el aporte de John Henry Newman, pensador que sin renunciar a la crítica inteligente supo dialogar con el liberalismo religioso del siglo XIX y advirtió sobre la fragmentación del saber y la tecnificación del conocimiento que ya entonces invadía a las universidades europeas defendiendo la crucial sabiduría de las humanidades y las letras.

Ochagavía hace ver la actualidad de Newman por ser capaz de subrayar una fe real y no solo nocional . También rescata de Newman su visionaria valoración del indispensable rol del laicado en la vida eclesial. "Necesitamos a Newman como conciencia crítica para el siglo XX" asevera el teólogo jesuita.

Es notable como el artículo VIII, "La idea de revelación", escrito originalmente en 1956, anticipa debates en torno a los temas planteados por el Concilio Vaticano II. Dios se revela en Jesucristo, e insiste en la conexión entre el Revelador y el mensaje revelado. Y expresando una peculiar atención a la historia observa que "la comunicación de la vida de Cristo a la humanidad se inscribe en las páginas del tiempo. Todo acontecimiento histórico tiene un eco en las profundidades de la vida de la Iglesia".

En plena coherencia con lo anterior, el artículo IX, escrito después del Concilio, de intacta vigencia hoy, analiza la competencia del magisterio de los obispos para pronunciarse sobre los asuntos temporales del mundo. Siguiendo su método de penetrar la raíz del asunto, el autor aclara el concepto cristiano del mundo: en suma, como todo ser el mundo está en relación, es relativo a otra cosa, en este caso está referido a una meta que lo trasciende y le da sentido, en una palabra, el mundo tiene una intencionalidad. Reconocer esto nunca ha sido fácil para las culturas y tendencias cristianas. A lo largo de la historia, diversos movimientos dualistas han negado consistencia, bondad y sentido al mundo real y, en consecuencia, han rechazado todo vínculo positivo entre la fe y el mundo. Contra todo espiritualismo de signo platónico o dualismo gnóstico, el Concilio Vaticano II, especialmente en Gaudium et spes sostiene la unidad primordial de materia y espíritu, de cuerpo y alma y enseña que el trabajo humano no solo transforma este mundo sino que incluso proponga la obra del Creador. Con todo, lo religioso y lo temporal, lo espiritual y lo material, el más acá y el más allá, no son realidades paralelas, como dos líneas asintóticas que nunca se tocan. No hay razones para el divorcio entre fe y vida. Y aquí precisamente reside el fundamento de la competencia de la Iglesia, los obispos y el magisterio en general, para pronunciarse y orientar en torno a los asuntos que conciernen a la vida social, política y económica Es insoslayable la responsabilidad cristiana en el mundo actual y la competencia de la Iglesia para hablar sobre los problemas concretos que afectan la vida de las personas en la sociedad y en la polis.

Los artículos X, XI, XII los dedica a reflexionar sobre la teología en su estrecha relación con la oración, la espiritualidad y la santidad. Junto con San Buenaventura define la teología como "Sabiduría en el Amor", por lo que no es posible realizarla al margen de una vida de profunda oración y contemplación. Destaca que Tomás de Aquino coincide con Buenaventura al señalar que el amor es la fuerza que impulsa un verdadero ejercicio teológico y que solo una vida orante puede sostener tal empeño. Por lo mismo, "no se avanza en teología si no se crece en santidad, es decir, en la fuerza y presencia del Espíritu de Cristo actuando en nosotros, asemejándonos a Cristo y llevándonos al Padre".

El artículo XIII analiza en profundidad los fundamentos bíblicos, filosóficos y teológicos de la Esperanza. Haciéndose cargo del riesgo de evasión que podría comportar la Esperanza cristiana, Juan Ochagavía comenta un pasaje central de la enseñanza escatológica del Concilio Vaticano II: "...El reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección" (GS 39). Y añade el jesuita: "Nada pues más ajeno a la esperanza cristiana que la evasión y la alienación de nuestra historia concreta. Ella es todo lo contrario de un conservadurismo que, petrificando la historia, prefiere la seguridad del pasado o la comodidad del presente a los riesgos de abrirse al futuro para transformar el mundo. La esperanza cristiana no tiene nada que ver con una concepción arcaica del tiempo que vive de la añoranza de un paraíso perdido. Vinculada a Cristo y dinamizada por su Espíritu, ella se vuelca ansiosamente hacia el futuro."

El Artículo XIV, hasta ahora inédito, vuelve sobre la problemática en torno al ejercicio del poder. Nuevamente encuentra en el Concilio Vaticano II, con su teología del Pueblo de Dios, luces para este sensible aspecto de la vida y resalta la perspectiva evangélica de una Iglesia servidora del mundo y donde "la obediencia tiene siempre un carácter misionero, de servicio al reinado de Dios en la humanidad entera, en toda la creación" y por lo cual el diálogo es el camino indicado "para buscar y hallar los caminos de Dios". En medio de la crisis de autoridad y obediencia cabe recordar que mandar es dialogar. Inspirado en su maestro San Ignacio explica que "hay mucho de mística trinitaria" en el proceso de mandar y de obedecer auténticamente: el que manda está llamado a una intensa oración a fin de que pueda "llevar al Padre la decisión que está elaborando, la que mejor encarne a Jesucristo y actualice su misterio pascual en el mundo hoy día, y le ruega que la confirme mediante las señales del Espíritu".

El artículo XV asume el contexto complejo de crisis de la familia y frente a toda visión pesimista al respecto recuerda, una vez más, el fundamento trinitario. "Dios es familia: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Él nos hizo a imagen suya, es decir, nos hizo familia. Llevamos como constitutivo nuestro el ser y hacer familia y sacar de Él la energía para superar nuestras fallas y rupturas familiares. Y Dios es más fuerte que todas nuestras miserias y rebeldías. Su especialidad es hacer que sobre abunde la gracia y el bien, donde ha abundado el daño y el pecado (Rom 5, 20)".

El ecumenismo y el sacerdocio concentran la reflexión de los últimos artículos. Hablar de ecumenismo redunda necesariamente en profundizar la misma catolicidad de la Iglesia. El Concilio señaló un camino en el sentido de una "catolicidad en la pluralidad", considerando que la catolicidad no es pues una nota estática de la Iglesia, sino dinámica, es decir, un ideal, un horizonte hacia el cual estamos y debemos estar siempre peregrinando (artículo XVI). Finalmente, al interior de la misma Iglesia, también se requiere diálogo y mutua colaboración entre los diversos carismas y servicios, entre sacerdocio y laicado, y por ello "lo sano es que haya trabajo en equipo entre sacerdotes y laicos, caridad activa y docilidad a las inspiraciones del Espíritu Santo..." El sacerdocio es una vocación fundamentalmente comunitaria, misionera en el mundo y de servicio al pueblo de Dios (artículo XVII).

El conjunto de estos XVII ensayos nos muestran a un testigo de la fe y de la teología del Concilio Vaticano II y del postconcilio. A mi modo de ver, leyendo esta obra asistimos a un auténtico ejercicio teológico, a un permanente diálogo entre fe y razón, diálogo atento a las circunstancias y signos del tiempo que nos toca vivir y que anhela una buena noticia de vida y esperanza. Es más, el mismo libro, me parece, constituye por sí mismo una sólida celebración del Cincuentenario del Concilio que hemos celebrado.

El teólogo jesuita nos conduce magistralmente a través de diecisiete capítulos a reconocer la presencia del Dios Trinidad "que hace historia con el mundo". Hemos visto cómo esa convicción redimensiona todos los aspectos particulares que ha reflexionado. "De la mano de pensadores y santos como Ireneo de Lyon, Tomás de Aquino y Buenaventura, por citar algunos maestros de la fe, a quienes conoce y sigue con inteligencia y fineza, el autor nos hace ver como el Dios Trinidad, visible según su bondad y amor, ha creado un mundo bueno y bello, mundo que se desarrolla y camina hacia la eternidad gloriosa. El "Dios Trinidad que hace historia con el mundo" es presentado como fundamento de la belleza existente en las criaturas y de la autonomía relativa de toda realidad histórica. Contra todo dualismo, de ayer y de hoy, subraya la bondad original de la creación y la libertad humana fundada en la gracia de Dios Trino manifestada en Cristo, "Plenitud de la Belleza", Verdad, Luz-Logos, y en el Espíritu, quien con Amor conduce la creación hacia su plenitud última". El autor nos muestra vitalmente lo que es la tarea permanente de la teología, esto es, asumir e iluminar la totalidad de lo real desde la luz de Dios para comprender su sentido profundo descubriendo la huella trinitaria en cada criatura y en el cosmos creado. Conceptos todos que vienen a iluminar y dar sentido a una teología contemporánea que quiere hacerse cargo de los desafíos de una época de crisis histórica, social y ecológica, cuando es urgente tomar en serio la propuesta reciente del Papa Francisco de una ecología integral para salvar y preservar nuestro planeta ya en el presente y para el futuro.

Agradecemos al teólogo Juan Ochagavía este bello y profundo libro que, sin duda, dará mucho que pensar, orar y recrear la praxis de la fe y, por sobre todo, ayudará a saber esperar, a no desesperar en medio de diversas dificultades de la existencia humana y cristiana. Agradecemos, en fin, porque se cumple leyendo y pensando esta obra lo que su autor nos sugiere en el Prólogo: ha sido y será sin duda algo útil, muy útil, pienso, "no solo a teólogos sino en general a personas que les duele la finitudy que con Jesucristo anhelan más vida"

Fredy Parra

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