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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449versión On-line ISSN 0717-6295

Teol. vida vol.57 no.3 Santiago set. 2016

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492016000300006 

RECENSIONES

 

DAR TESTIMONIO, la presencia de los cristianos en la sociedad plural de Javier María Prades López (Estudios y Ensayos, BAC, Madrid 2015, 462 pp.) ISBN 978-84-220-1837-7.

 


 

La obra presenta la inteligencia de la fe en la cultura contemporánea y lo hace con valentía y lucidez planteando la cuestión de la presencia de los cristianos en la sociedad plural. Javier María Prades ha mirado de frente un hecho hoy indiscutido: la existencia de una sociedad plural, culturalmente heterogénea, donde hay distintas formas de vivir y significar la realidad; ello tiene muchas repercusiones, tanto para la teología como para la pastoral, especialmente cuando se trata de un hecho negado. En este contexto, los cristianos se encuentran desafiados por tres hechos mayores: su no universalidad de hecho, su privatización y por una comprensión extrínseca de la relación entre la fe y la razón. Ante esta situación, nos propone el testimonio como un modo hoy especialmente significativo de presencia de los cristianos en el espacio público.

La obra se divide en cuatro partes. La primera examina la situación de crisis de la sociedad actual y al cristianismo en medio de ese contexto. La segunda estudia la categoría de testimonio en la Escritura, en el Concilio Vaticano II y en el Magisterio que lo ha seguido. La tercera, la dedica a la epistemología del testimonio desde el mundo antiguo hasta el presente. Y la última, el testimonio cristiano en la antropología actual. A lo largo de la obra, su autor dialoga con diversas tradiciones del pensamiento: con la filosofía, las ciencias sociales, la historia, la filología, la semántica, la exégesis, la dogmática, la pastoral, entre otras disciplinas.

El análisis de la sociedad contemporánea que abre el libro y que muestra sus características de crisis, de multiculturalidad y de postsecularidad, nos pone ante la pregunta por el sentido que adquiere nuestra tarea y misión y responde a través el concepto testimonio. El autor comprende que evangelizar no es solo proferir un mensaje, ni siquiera solo vivirlo, sino que evangelizar tiene que ver con hacer posible el acontecer del Evangelio, y no en abstracto o para nosotros mismos, sino para los hombres y mujeres de hoy; tiene que ver con el antiguo tema de la credibilidad de la revelación cristiana. ¿Cómo hacer hoy posible que el Evangelio de Jesús sea creíble para los hombres y mujeres de hoy?

No es casual que Javier Prades elija el concepto de testimonio para proponer una respuesta creyente a los desafíos de nuestro tiempo presente. El testimonio es más que una categoría teórica, es más que un deber moral, es más que una actitud espiritual. El testimonio es una categoría existencial que logra incorporar la fe y la razón, que logra establecer una auténtico diálogo con aquellos que no piensan ni creen como lo hacemos nosotros, él no solo nos conecta con aquellos a quienes dirigimos nuestro testimonio, sino que con nosotros mismos y, sobre todo con Dios. El testimonio es así la prueba de aquello que Dios, por misericordia, ha hecho en nosotros.

El acercamiento al concepto de testimonio concluye con la exposición de los distintos niveles del testimonio: uno básico, el de la información, que involucra cognitivamente al sujeto; un segundo de compromiso, que constituye un hecho moral, porque implica el libre compromiso del testigo con su testimonio ante los otros; luego el de la confesión, a través de la cual el cristiano adhiere a la causa que atestigua, incluso poniendo en juego su propia vida, como signo de la radical seriedad con la que proclama la verdad.

Prades constata que el Magisterio —desde el Vaticano II en adelante— ha recuperado una categoría central de la tradición bíblica, donde hay elementos importantes para esclarecer la relación entre el testimonio, la revelación y su transmisión, cuestión decisiva para mostrar la naturaleza de la revelación y mostrar su carácter histórico, y que estas orientaciones magisteriales también nos permiten reconocer al menos 7 rasgos fundamentales del testimonio cristiano; a saber: 1) El testimonio por antonomasia es el de Cristo; 2) El testimonio se ofrece en virtud del Espíritu Santo; 3) El testimonio es una acción propia de todo fiel cristiano; 4) El testimonio es concebido como culto espiritual, hasta la santidad y el martirio; 5) El testimonio cristiano tiene un fundamento sacramental; 6) El testimonio es considerado como un factor decisivo de la misión de la Iglesia; 7) Es central para los documentos del magisterio, para la vida de la Iglesia y para su anuncio del don que se le ha confiado.

Al comprender la revelación como autocomunicación de Dios, como entrega libre e incondicionada, como eterno salir de sí para invitar al hombre a la comunión y la amistad (DV 2), se nos impone una comprensión del ser cristiano y de nuestra misión que sea correlativa a la de nuestro Señor y Maestro: así como yo los he amado (Jn 13, 34). De lo que se trata es de anticipar en la historia el banquete del reino al que todos hemos sido invitados, "tanto los buenos como los malos" (Mt 22, 10), de invitar a los hombres y mujeres de cada tiempo y lugar a participar de la vida y comunión de las personas divinas, de hacerse amigos de los hombres hasta dar la vida (Jn 15, 13). Entonces, de acuerdo al analogado principal, el testimonio de la revelación no consiste, primera ni fundamentalmente, en una cosa que se hace, que se da, o que se administra. Según Jesús, la salvación acontece en el don de sí mismo en favor de la vida del mundo (Jn 10, 10). Esto, por cierto, comporta "hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí" (DV 2); una compenetración, eso sí, que no se establece de modo abstracto, o meramente formal, sino que en la persona misma de Jesús. Como explica el mismo número de Dei Verbum recién citado, "la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación". Es en Cristo donde los hechos y palabras de la Revelación adquieren su plena significación salvífica. La importancia del testimonio tiene relación con este carácter personal de la revelación. Pocas veces se reconoce hoy que los cristianos dan testimonio de la revelación de Dios en Cristo, al modo de Jesús. Se escuchan muchas palabras: algunas muy lúcidas y verdaderas, pero otras ininteligibles y absurdas. Se perciben muchas obras: algunas santas y buenas, otras abominables y perversas. Y, muchas veces, múltiples combinaciones y mezclas de todo ello. Con todo, el problema no solo radica en las malas obras y enseñanzas, sino en la comprensión de ellas como cosas desligadas de sí mismo, no comprendiendo que de lo que en último término se trata es de la donación de sí mismo. ¿Cuánto hay de nosotros mismos en lo que hacemos y decimos? Con razón, en varios pasajes de este texto, Prades hace la distinción entre lenguaje informativos y lenguajes per-formativos. Ello nos ayuda a comprender que el auténtico lenguaje de la fe no solo busca informar, sino que también transformar. Sin embargo, poco hemos llegado a pensar que —en cualquier caso— el lenguaje debe ser autoexplicativo, debe decir de nosotros mismos, para que así —y solo así— pueda efectivamente hablar de Dios. Somos nosotros mismo quienes debemos decirnos en nuestros hechos y palabras, somos nosotros mismos quienes estamos llamados a hacernos amigos de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, somos nosotros mismos los llamados a servir hasta dar la vida por los demás.

Considero que este libro tiene una gran consistencia teórica y especulativa, trabaja con rigor los documentos de la tradición cristiana, dialoga con sabiduría e inteligencia con el pensamiento filosófico y con otras formas del conocimiento y del pensar. Pero junto a todos los méritos teóricos y científicos del libro, quisiera muy especialmente destacar su talante profético. Me parece que es profético porque se hace cargo de una cuestión hoy crucial, cuál es la situación de crisis que vive la cultura y dentro de ella la misma religión, es profético porque busca iluminar esa realidad teológicamente, es decir desde el logos de Dios, desde Cristo y desde la Iglesia que ha sido constituida por Dios para ser memoria viva de salvación en la historia; es profético, finalmente, porque es efectivamente un llamado a salir de nuestros espacios de comodidad intelectual, emocional e incluso espiritual; como toda palabra profética es una invitación a ser más fieles al Señor de la historia, un llamado a la conversión y a la fe.

 

Joaquín Silva
Facultad de Teología
Pontificia Universidad Católica de Chile

 

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