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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449versión On-line ISSN 0717-6295

Teol. vida vol.58 no.2 Santiago  2017

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492017000200006 

Crónicas

 

Recuerdo del Profesor Juan Noemi Callejas

 

Joaquín Silva

PONTIFICIA UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE
DECANO


 

Ayer me correspondió comunicar a la Facultad de Teología y las autoridades superiores de la Universidad la noticia del fallecimiento de Juan. Desde entonces no hemos dejado de recibir saludos, condolencias, oraciones, dirigidas muy especialmente a la familia, y también a la Facultad. Son múltiples expresiones de aprecio hacia Juan, que convergentemente lo reconocen como un gran profesor, un maestro, un lúcido intelectual, un pensador agudo. Junto a sus destacadas virtudes intelectuales, y unidas a ellas, muchos colegas y amigos han recordado de Juan su aprecio y gusto por la vida: por la música, el arte, la naturaleza. Como a los discípulos de Emaús, le gustaba caminar, conversar, sentarse a la mesa para compartir el pan y el vino. A su sensibilidad estética se agregan virtudes de carácter personal: empático, sensible, ponderado, crítico, sencillo, cercano. Y también muchas otras expresiones que nos recuerdan de él su sensibilidad social: agudo sentido para captar el pulso del tiempo y la historia, conciencia de las desigualdades, injusticias e inequidades de la sociedad, una percepción inteligente de los desafíos históricos del cristianismo y, en particular, de la Iglesia, a la que amó, sirvió y sufrió con pasión.

¿Qué expresan estas palabras de quienes que al saber de la muerte de Juan han expresado espontáneamente? Reconocimiento, valoración, admiración. La vida de Juan es la de un teólogo que ha dejado huella. La Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile se debe sin duda al aporte de muchas personas; sin embargo, tenemos la certeza que esta Facultad ha podido llegar hasta donde está hoy, gracias al aporte señero de Juan Noemi. Para muchos de los que estamos aquí, Juan ha sido una persona determinante para reconocer la importancia y el valor de la teología tanto en la Iglesia como en la sociedad; Juan no hizo de la teología una tarea fácil, la reconoció en medio de la cultura, para en diálogo con ella estar en condiciones de dar razón de nuestra esperanza. El nos ha ayudado a reconocer nuestra propia vocación teológica en medio del tiempo, y nos ha instado a seguirla con dedicación y esfuerzo, con creatividad y libertad, con gratitud y esperanza.

La semilla que no muere, no da fruto. La vida entregada de Juan ha dado abundantes frutos: entre ellos, esta comunidad de hombres y mujeres que quieren asumir el desafío de la inteligencia de la fe en los tiempos siempre nuevos y desafiantes de la historia.

En su trabajo teológico Juan reflexionó especialmente sobre dos dogmas centrales de la fe cristiana: sobre la creación y la escatología, sobre el mundo considerado tanto en su origen como en su destino y fin, el mundo como creación y promesa de Dios. Desde el primer polo afirmamos que el mundo tiene su origen en Dios, que es Padre todopoderoso, creador del cielo y la tierra... ; desde el segundo polo, afirmamos que el mundo llega a su plenitud como reconciliación plena y definitiva, en el perdón, en la comunión, en la resurrección, en el juicio, en la vida eterna. Juan quiso hacer una teología del mundo considerando ambos polos: el de la creación y el de la consumación. Ello le permitió entender el mundo como una realidad querida y amada por Dios; pero, a la vez, como una realidad que siempre nos invita a ejercer nuestra libertad y a contribuir en la obra creadora de Dios.

¿Y qué hay entre el principio y el fin?. Aquello que en definitiva hace posible la diferencia, la unidad de la diferencia: Jesús, el Cristo, nacido de mujer. Efectivamente, en Jesús la divinidad se humaniza, la humanidad se diviniza. En Cristo ya no es más posible pensar a Dios y al hombre como magnitudes contrapuestas o separadas. En Cristo alcanza su unidad la más radical de todas las diferencias, la que hay entre Dios y el hombre. En Cristo, la afirmación de la divinidad no es a costa de la afirmación del hombre, ni la afirmación del hombre a costa de la afirmación de Dios.

El legado teológico de Juan es la superación de todo dualismo, es el esfuerzo lúcido y persistente por pensar el mundo en una unidad capaz de reconocer y soportar la diferencia, y de reconocer cómo estas convergen hacia la unidad en que Dios será todo en todos. Desde este trasfondo es que Juan entendió, por ejemplo, la catolicidad de la Iglesia: para él "lo católico" no era una marca diferenciadora, un sello distintivo, constituido para separar u oponer. Más bien, lo católico constituye la posibilidad de reconocer y afirmar la particularidad según la totalidad (kath-olón), es pensar no según la mera afirmación de lo particular, sino que bajo el respecto de la totalidad. Es auténticamente católico quien piensa y vive desde la maravilla de lo particular, de lo diferente, de lo que es incluso único, pero que es capaz de situar esta particularidad en la dinámica de la universalidad.

Otro ejemplo de esta extraordinaria virtud para pensar la unidad de la diferencia: Juan fue un teólogo laico; más aún, fue el primer decano laico de la Facultad de Teología; él reflexionó y escribió en diversas ocasiones sobre la importancia del laicado en la Iglesia, sin embargo su reivindicación del laicado no sería en desmedro del estado clerical, sino una reivindicación del carácter laical de toda la Iglesia. Del mismo modo, cuando piensa el sacerdocio ministerial no lo hace para exaltar una función eclesial sobre otras, sino para recordarnos a todos el carácter sacerdotal de nuestra vida cristiana. La significativa presencia de tantos sacerdotes amigos en la despedida de un teólogo laico, es un signo de que esta teología de Juan ha sido comprendida.

Juan Noemi fue un gran teólogo católico. La Facultad de Teología está orgullosa de poder contarlo entre sus más ilustres profesores. La lucidez de su inteligencia, la agudeza de su juicio, la creatividad de su pensamiento nos motivan a seguir pensando, nos desafían a continuar un legado lleno de sabiduría, verdad y libertad.

Quisiera recordar un texto del Concilio Vaticano II que Juan muchas veces comentó: "vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se verán libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas, que Dios creó pensando en el hombre" (GS 39).

 

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