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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449versión On-line ISSN 0717-6295

Teol. vida vol.59 no.2 Santiago jun. 2018

http://dx.doi.org/10.4067/s0049-34492018000200307 

Crónica

Inauguración del Año Académico 20181

Joaquín Silva1 

1Decano, Facultad de Teología, Pontificia Universidad Católica de Chile

Un saludo muy cordial a todos y cada uno de Uds., quienes han podido participar en esta Inauguración del Año Académico 2018. Nuestra especial gratitud a todos quienes han contribuido a la preparación y realización de esta celebración que hemos ya iniciado con la Eucaristía, y que marca un momento importante en la agenda de cada año: es el momento en el que agradecemos a Dios el habernos convocado a esta hermosa tarea de aprender y enseñar teología, de expresar junto a las autoridades de la Universidad y de la Iglesia lo importante que es ejercer esta labor en comunión, de manifestar nuestra voluntad de contribuir humildemente a la presencia del reinado de Dios en nuestra historia.

Como es sabido, en el mes de diciembre de 2017 el Papa Francisco promulgó la Constitución Apostólica Veritatis Gaudium, sobre las Universidades y Facultades Eclesiásticas. Esta Constitución busca actualizar la Constitución Sapientia Christiana, promulgada por el Papa Juan Pablo II hace ya casi 40 años. Desde entonces ha habido importantes cambios en la sociedad y en la Iglesia, y también en el campo de los estudios superiores. En este contexto de cambio epocal, el Papa ha querido que renovemos nuestra misión como Universidad y como Facultad de Teología. La Constitución que promulga consta de un Proemio, de una Primera Parte en la que presenta las Normas Comunes a las Universidades y Facultades Eclesiásticas, y de una Segunda Parte en la que presenta las Normas Especiales para las Facultades de Teología, de Derecho Canónico, de Filosofía, y de otras Facultades. Voy a presentar sólo el Proemio, y no todo él, sino aquellas cuestiones que me han parecido más importantes al iniciar este año académico.

Quiero ordenar esta inauguración en torno a una pregunta que formula el mismo Papa Francisco:

¿Cuáles deben ser los criterios fundamentales con vistas a una renovación y a un relanzamiento de la aportación de los estudios eclesiásticos a una Iglesia en salida misionera?

El primer criterio que propone el Papa, prioritario y permanente, es la contemplación y la introducción espiritual, intelectual y existencial en el corazón del kerygma, es decir, en la siempre nueva y fascinante buena noticia del Evangelio de Jesús [29], “que se va haciendo carne cada vez más y mejor” [30] en la vida de la Iglesia y de la humanidad.

Se trata de un criterio que nos ayuda a preguntarnos por nuestra inserción en el kerygma, en el Evangelio de Jesús. Podría ser algo relativamente fácil de responder: podríamos apelar a nuestras prácticas espirituales y devocionales, a nuestros conocimientos doctrinales y conceptuales del Evangelio, o bien a nuestra vida apostólica, de entrega y testimonio. Pero responder así es todavía parcial, expresa una insuficiencia, una falta de comprensión de lo que esta tarea exige. Aquello que se debe asociar al kerigma no es una parte, una dimensión, algún aspecto de nuestra vida; es la vida entera (espiritual, intelectual y existencial) la que está llamada a ser habitada por el Espíritu que llevó a Jesús a vivir como Hijo amado del Padre.

Al mismo tiempo, este primer criterio nos advierte de un eventual espiritualismo intimista y alienante. La contemplación e introducción en el kerigma, lejos de aislarnos en nuestras fantasías y deseos, nos inserta en “vida de la Iglesia y de la humanidad”. Esta inserción social me parece que es particularmente necesaria en nuestros días, porque justamente se ha exacerbado en todos nosotros el individualismo, los intereses sectarios, la falta de solidaridad, porque -además- las instituciones que históricamente han mediado esta inserción social han dado sobrados motivos para que las miremos con sospecha y nos alejemos de ellas.

Insertarnos en el kerigma es también asumir el desafío de emprender una nueva etapa de la evangelización, según las exigencias y desafíos de nuestro propio tiempo, marcado por el cambio, la crisis antropológica y medioambiental. Esto, como lo ha dicho en reiteradas ocasiones el Papa Francisco, requiere de “un proceso decidido de discernimiento, purificación y reforma” (VG, n.2); la teología no está al margen de este proceso, por el contrario, “está llamada a jugar un rol estratégico”. Primero, porque forma a quienes tienen un rol de liderazgo al interior de la Iglesia. Pero, más importante aún, porque los estudios teológicos “constituyen una especie de laboratorio cultural providencial, en el que la Iglesia se ejercita en la interpretación de la performance de la realidad que brota del acontecimiento de Jesucristo y que se alimenta de los dones de Sabiduría y de Ciencia, con los que el Espíritu Santo enriquece en diversas formas a todo el Pueblo de Dios: desde el sensus fidei fidelium hasta el magisterio de los Pastores, desde el carisma de los profetas hasta el de los doctores y teólogos” (VG, n.2).

Los estudios eclesiásticos, precisa aún más el Papa, deben contribuir a una revolución, a “cambiar el modelo de desarrollo global” y a “redefinir el progreso”. Como parte de una red mundial de universidades y facultades eclesiástica, la teología debe procurar con valentía “revolución cultural”, compartiendo a todos los pueblos el aporte decisivo de la levadura, de la sal y de la luz del Evangelio de Jesucristo y de la Tradición viva de la Iglesia, que está siempre abierta a nuevos escenarios y a nuevas propuestas”.

Como “performance de la realidad” nuestro quehacer teológico no puede ser plano, amorfo, vacuo. Como toda “performance”, ella debe provocar, debe mostrar nuevas posibilidades del ser, debe anticipar aquella realidad del reino que ha irrumpido con Jesús en nuestra historia. Esta realidad es efectivamente revolucionaria, exige conversión -metanoia-, un cambio de mentalidad, y no una vez, sino que muchas veces; como prolepsis del Reino es transformadora de la realidad, según el querer mismo de Dios. Insertarse en el kerigma es insertarse teológicamente en esta fuerza transformadora del reino y que parte siempre por nuestra propia conversión.

El segundo criterio para la renovación misionera de la teología (y de los demás estudios eclesiásticos) es el diálogo. Las posibilidades del diálogo están en gran parte determinadas por las actitudes previas a él. Por ejemplo, si me siento en posesión de la verdad, no tendré interés en conocer lo que los otros piensan, creen o esperan; a priori, considero que no tienen nada que aportar, nada que enseñar, nada que me permita revisar mis propias convicciones. O bien, si considero que la verdad es correlativa con la autoridad, el poder, o el tener, entonces mi diálogo se orientará preferentemente hacia aquellos que detentan el prestigio y reconocimiento social. Nuestras pre-comprensiones epistemológicas, políticas, económicas o culturales serán decisivas para el éxito de nuestro diálogo con el mundo.

La apertura radical y confiada al Dios es siempre mayor que toda representación, símbolo, concepto o práctica humana. Si la teología tiene por objeto a Dios, los teólogos somos invitados a pensar conforme a ese nuestro objeto. Y Dios no es una cosa: no es medible, cuantificable, pronosticable. Por ello, el teólogo debe ser consciente que su conocimiento acerca de Dios -como lo expresaría Vicente de Lerins y lo recuerda Francisco en su Constitución- se va consolidando con los años, desarrollando con el tiempo, haciéndose más profundo con la edad (cf. VG, n.3).

Es por ello, como lo expresa el Papa Francisco sin mayores ambages: “El teólogo que se complace en su pensamiento completo y acabado es un mediocre. El buen teólogo y filósofo tiene un pensamiento abierto, es decir, incompleto, siempre abierto al maius de Dios y de la verdad” (VG, n.3).

La actitudes y prácticas integristas o fundamentalistas no están a la altura del espíritu humano por muchos motivos, pero en teología ellas son una contradicción in terminis, ya que en su misma ocurrencia niegan a Dios en cuanto Dios, desconfían de la posibilidad de crecer en la comprensión del misterio, no han acogido con gratitud y libertad la promesa de Jesús (Jn 16,13).

Esta apelación al diálogo con los que piensan y creen de una manera distinta a nosotros no tiene nada de retórica; es una invitación muy concreta: “De esto deriva - afirma el Papa- que se revise, desde esta óptica y desde este espíritu, la conveniencia necesaria y urgente de la composición y la metodología dinámica del currículo de estudios que ha sido propuesto por el sistema de los estudios eclesiásticos, en su fundamento teológico, en sus principios inspiradores y en sus diversos niveles de articulación disciplinar, pedagógica y didáctica” (VG, n.4b).

El tercer criterio propuesto por el Papa es “la inter- y la trans-disciplinariedad ejercidas con sabiduría y creatividad a la luz de la Revelación”. Aquí no se trata sólo de entrar en diálogo con la cultura, con las personas y grupos que piensan o creen de un modo distinto al nuestro, sino del necesario diálogo entre las diversas disciplinas y saberes humanos. La vastedad y profundidad de los problemas actuales hacen evidente que la pretensión de resolverlos desde una sola ciencia es una vana ilusión. El conocimiento requiere de especialización, de erudición en campos específicos, pero también de colaboración, de una búsqueda colaborativa que nos permita comprender y encontrar soluciones a los acuciantes problemas humanos, sociales y medioambientales.

La Universidad es el lugar privilegiado para la práctica del diálogo interdisciplinario. En aquellos lugares donde la investigación y docencia teológicas se realiza sin este diálogo con otros saberes, se produce un perjuicio tanto para la teología como para las demás disciplinas. La Universidad debe tener una propuesta académica -afirma el Papa- que sea coherente con aquel “principio vital e intelectual de la unidad del saber en la diversidad y en el respeto de sus expresiones múltiples, conexas y convergentes”. La progresiva especialización, la diversidad de saberes y la pluralidad metodologías de investigación y enseñanza no debe hacernos olvidar la pregunta por la unidad que da sentido a la pluralidad, por lo nexos y convergencias que es posible reconocer en todo cuanto es. Así también habrá que cuidar que esta unidad efectivamente reconozca lo diverso y múltiple, y no lo absorba en un común denominador que termina siendo nada, una abstracción de carácter conceptual, ya sin ningún vínculo con lo real. “En Cristo están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col 2,3); no en una abstracción de la mente humana; menos aún en la ilusión de la unidad doctrinal.

Por esta razón de orden teológico, el Papa Francisco propone comprender la interdisciplinariedad como transdisciplinariedad, es decir, “como ubicación y maduración de todo el saber en el espacio de Luz y de Vida ofrecido por la Sabiduría que brota de la Revelación de Dios” (VG, n.4 c).

La misma catolicidad de la Universidad se verifica en su capacidad para ser “fermento de unidad en la diversidad y de comunión en la libertad, exige para sí misma y propicia «esa polaridad tensional entre lo particular y lo universal, entre lo uno y lo múltiple, entre lo simple y lo complejo. Aniquilar esta tensión va contra la vida del Espíritu»” (VG, n. 4 d).

El cuarto y último criterio que propone el Papa Francisco para que los estudios eclesiásticos fomenten la renovación misionera de toda la Iglesia es el crear redes: en primer lugar “entre las distintas instituciones que, en cualquier parte del mundo, cultiven y promuevan los estudios eclesiásticos”; también, “con instituciones académicas de los distintos países y con las que se inspiran en las diferentes tradiciones culturales y religiosas”; y, en tercer lugar, creando centros que procuren colaborativamente resolver los urgentes problemas de hoy.

Estos tres tipos de redes -desde las más internas hasta las vastas-podrán contribuir a esa “catolicidad dinámica” como la llamaba Yves Congar, a esa unidad siempre tensionada entre lo uno y lo múltiple. En esta dinámica, la teología -enraizada y basada en la Sagrada Escritura y en la Tradición viva-está llamada a acompañar simultáneamente los procesos culturales y sociales, de modo particular las transiciones difíciles. Es más, - afirma el Papa Francisco- “en este tiempo, la teología también debe hacerse cargo de los conflictos: no sólo de los que experimentamos dentro de la Iglesia, sino también de los que afectan a todo el mundo” (VG, 4, d).

La constitución de redes, por tanto, no busca crear un sentido de superioridad, poder o supremacía respecto de aquellos que no comparten nuestra identidad. Por el contrario, la conformación de redes nos ayudará a todos a un diálogo más eficaz, a formular propuestas que conduzcan a una vida más plena, a ser signo e instrumentos de auténtica comunión. Esto implica implementar centros de excelencia donde la investigación ocupe un lugar central, donde converjan las distintas disciplinas y saberes, donde no sólo haya “una profunda conciencia teológica, sino también la capacidad de concebir, diseñar y realizar sistemas de presentación de la religión cristiana que sean capaces de profundizar en los diversos sistemas culturales. Todo esto pide un aumento en la calidad de la investigación científica y un avance progresivo del nivel de los estudios teológicos y de las ciencias que se le relacionan”.

De este modo, para concluir con el inicio de la Constitución Apostólica, el Papa afirma que se ha hecho urgente “impulsar con ponderada y profética determinación, a todos los niveles, un relanzamiento de los estudios eclesiásticos en el contexto de la nueva etapa de la misión de la Iglesia, caracterizada por el testimonio de la alegría que brota del encuentro con Jesús y del anuncio de su Evangelio” (VG n.1). La alegría no es un mero estado del ánimo, sino que es fruto del Espíritu (cf. Gál, 5,22-23). La alegría puede estar asociada al placer, pero pareciera que es mucho más plena cuando ella resulta de la acción de Dios en nosotros y que reconocemos en el amor. La alegría puede ser un bien a alcanzar, pero más radicalmente ella resulta del escándalo de la predilección de Dios, del reino que adviene, del escándalo de la cruz, de la gloria de la resurrección.

Desde esta alegría vive la teología. No es la alegría fácil, producida, conquistada, comprada. Es la alegría que nace junto con el amor, la fe y la esperanza; es la alegría que nace por la experiencia de ser amados incondicionadamente por Dios; es la alegría que acompaña la esperanza del triunfo sobre la muerte; es la alegría -como lo expresa la Constitución- que brota del encuentro con Jesús y del anuncio de su Evangelio. Entonces de ello se trata: una teología gozosa es aquella marcada por el encuentro con Jesús y por el testimonio de su Evangelio. La teología -por ella misma- no es capaz de producir tanto gozo. Más bien, ella nace del gozo del Evangelio recibido y lo quiere testimoniar por medio del pensar, haciéndose cargo de las preguntas y anhelos de la vida humana, de los desafíos de nuestra existencia personal y social.

Al iniciar el año académico 2018, queremos acoger los desafíos que nos ha planteado el Papa Francisco en su reciente Constitución Apostólica. Somos conscientes que no basta con enunciar estos principios y criterios, de repetirlos majaderamente hasta que ya no digan nada. Nuestra responsabilidad, como discípulos y maestros, es hacer vida esta invitación de la Iglesia. Se nos ha regalado esta época, quizás ni más difícil ni más fácil que otras. Pero es en este tiempo donde estamos llamados a la práctica de una teología que sea testimonio veraz del kerigma desde el que ella ha nacido. ¡Muchas gracias!

1El miércoles 28 de marzo se realizó la Inauguración del Año Académico de la Facultad, en esa ocasión el Decano, Dr. Joaquín Silva, pronunció el siguiente discurso.

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