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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449versión On-line ISSN 0717-6295

Teol. vida vol.60 no.2 Santiago jun. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/s0049-34492019000200297 

RECENSIONES

El deseo del Sumo Bien. La noción de desiderium en la antropología de San Buenaventura y su relevancia actual para la teología moral.

Román Guridi sj1 

1Facultad de Teología, Pontificia Universidad Católica de Chile

Valdivieso, Fernando. El deseo del Sumo Bien. La noción de desiderium, en la antropología de San Buenaventura y su relevancia actual para la teología moral.. Anales de la Facultad de Teología, Santiago: 2018. 407 p.p. ISBN: 978-956-14-2311-4.

Un buen libro es el que logra que el que lo lea ya no pueda formular sus propias preguntas o definir lo que le parece relevante sin dialogar, de alguna manera u otra, con el texto. El libro de Fernando Valdivieso consigue eso. Al menos a mí me dejó pensando muchas cosas y en varias direcciones. Me hizo reencontrarme con la perspectiva escolástica y su mirada sobre el deseo y la afectividad humana, y su eventual pertinencia para los tiempos presentes; hizo que me preguntara sobre mi propia concepción del deseo y su lugar e importancia en la antropología teológica y la teología moral. Y algo clave me inspiró caminos de desarrollo en esta relación siempre un poco tensa o complicada entre la reflexión teológica y la afectividad humana, la amplia gama de emociones, sentimientos, afectos, quereres y, por supuesto, deseos.

El libro se articula en una doble búsqueda: primero, quiere presentar y comprender la antropología de san Buenaventura, particularmente en su comprensión del deseo humano: el sujeto, el objeto, y el fin al que naturalmente se dirige ese deseo, que es el Sumo Bien (Dios); y, segundo, testear la vigencia o pertinencia del pensamiento de san Buenaventura sobre este punto para la reflexión contemporánea. Esta doble perspectiva organiza, de hecho, los capítulos y partes del libro. La primera parte se aboca al estudio de san Buenaventura, a través de un método interesante -el método lexicográfico- para identificar lo que piensa en relación con el deseo; y la segunda, busca explorar cómo este enfoque escolástico puede participar de la conversación contemporánea sobre el deseo humano en la vida moral. El libro, dicho por su autor, no quiere agotarse simplemente en erudición o en una arqueología del pensamiento pasado que es, de por sí, ya algo valioso y necesario. Sin embargo, Fernando tiene una intención pedagógica, y también el deseo de que el Doctor Seráfico tenga elementos que aportar para nosotros aquí y ahora, en cómo comprendemos nuestra afectividad y, particularmente, el rol del deseo en nuestro sentido de vida y en nuestras opciones éticas.

El libro está muy bien escrito, y aunque su autor no lo quiera es un texto erudito y bien documentado. Es una gran “zambullida” en las obras de san Buenaventura, en una amplia gama de ellas, y una aproximación rigurosa al pensamiento de él. Para esto utiliza, y es un aporte interesante del libro, un método que vincula la lingüística con la informática: el método lexicográfico desarrollado por Robert Busa, de la Universidad Gregoriana. El libro lo utiliza, al tiempo que lo complementa con otras perspectivas para hacer frente a uno de los riesgos mayores de este método: la pérdida del contexto o del mundo más amplio del pensamiento del autor. El método tiene varios pasos que van desde encontrar con precisión todas las partes en que san Buenaventura habla del deseo, los modos en que lo hace -verbos, substantivos, adjetivos, formas gramaticales- hasta chequear los resultados de este enfoque a través del estudio más detenido de dos obras: el Breviloquium y el Itinerarium mentis in Deum. Esto último es un contrapunto para verificar que las conclusiones obtenidas a través del estudio de las palabras y sus contextos inmediatos, no traicione el pensamiento más amplio del autor.

Los amantes de San Buenaventura van a encontrar aquí un despliegue preciso y riguroso del modo en que el Doctor Seráfico habla sobre el deseo. Además, tiene varias tablas y esquemas -en el texto y al final como apéndices- que entregan valiosa información estadística sobre la recurrencia de este tema en san Buenaventura, y los lugares dónde habla de él, por lo que es una inestimable herramienta para rehacer personalmente el camino e ir a mirar las citas del autor. Hasta aquí el libro ya sería un aporte fecundo al estudio de la escolástica y más propiamente de san Buenaventura, pero está el segundo deseo: testear cuán actual puede ser el pensamiento del Doctor Seráfico, o ver de qué manera podría o no participar de la conversación contemporánea sobre el deseo y específicamente sobre el rol y lugar del deseo en la vida moral de las personas.

Este segundo objetivo del libro surge de una constatación y de una intención. La constatación es el déficit en la teología moral actual de una reflexión sobre el deseo y su función o estatuto en la vida ética: “Una teología que no considera suficientemente los afectos, deja fuera de su objeto de estudio una parte importante del ser humano, lo cual sería un fracaso para la misma. Esta falencia es especialmente grave si se da en el ámbito de la teología moral, ya que el hombre, en cuanto sujeto moral, está en el centro de su objeto de estudio. A pesar de la importancia del elemento afectivo, no pocas veces la enseñanza teológico moral se desarrolla ajena a este elemento, confiando todos sus esfuerzos en el aspecto intelectivo” (p.297). La insistencia en una valoración positiva y en la centralidad de los afectos para la vida ética, es un aporte importante del libro. La intención es, por su parte, como señalamos, pedagógica, es decir, que la mirada de san Buenaventura pueda inspirarnos en el presente y vehicule un itinerario personal de despliegue y orientación del propio deseo; a Valdivieso le interesa la traducción significativa de los conceptos del Doctor Seráfico para las personas de hoy, para alentarlas en su vocación al bien (286).

Es en esta segunda intención del libro donde surgen varias preguntas y reflexiones. Planteo algunos puntos a modo de conversación en el espíritu de animar a Valdivieso a seguir en la profundización de las ideas que el libro propone.

La primera pregunta tiene que ver justamente con la indagación sobre la pertinencia o vigencia del pensamiento de un autor del siglo xiii. Nos podemos preguntar, ¿Por qué la formulación de esta pregunta sobre la vigencia o pertinencia? Que es como preguntar, ¿por qué esta seducción de lo antiguo como eventual remedio para el presente? ¿Dónde se ancla este a priori de una eventual concepción más pura o más acertada de las realidades humanas en un pensador que no ha tenido al alcance de su reflexión descubrimientos y profundidades propias de los siglos posteriores? ¿Por qué este deseo de rescatar un pensamiento sin duda valioso y exigente en su eventual pertinencia para el presente? No queda clara la necesidad de esta pregunta y búsqueda.

Cosa distinta es asumir en la conversación filosófica actual una postura que defienda la orientación natural del deseo humano hacia el bien -que es una perspectiva desarrollada en la escolástica- y la importancia de esto para la vida ética, al modo que lo hace Sergio Tenenbaum; quien de hecho es el autor escogido por Valdivieso para mostrar la vigencia de san Buenaventura. La vigencia, en este caso, es la de ciertas ideas e intuiciones de fondo, que perduran en el tiempo, pero que hoy día son argumentadas -en las teorías del deseo basadas en el bien (259)- con un vocabulario, un énfasis, y un enfoque distinto a los del siglo xiii. La prueba de la pertinencia, por lo tanto, debería apuntar, más bien, a la confrontación de la mirada escolástica -presente hoy en autores como Tenenbaum- con las otras escuelas filosóficas -a las que el libro alude solo esquemáticamente (253-259)- que son las que justamente cuestionan y problematizan los supuestos, los puntos ciegos, y las consecuencias de una concepción así planteada sobre el deseo humano. Dicho de otra manera, se echa en falta una distancia crítica, un análisis de los límites y carencias de la reflexión de san Buenaventura sobre el deseo, precisamente a partir de los desarrollos filosóficos posteriores, y las vivencias actuales sobre este tema.

Aquí es donde ubico la tensión principal que percibí en el libro -que al menos yo experimenté- y es la de la búsqueda por rescatar la centralidad de la afectividad (del deseo) para la vida ética a través de un pensamiento que, eventualmente, puede terminar por relativizarla; o, al menos, un pensamiento -el de San Buenaventura- que no parece ser lo suficientemente fuerte en las circunstancias actuales para darle la importancia y la centralidad que tienen los afectos para la vida ética.

Partamos por la definición de deseo, que tiene como un elemento central su univocidad. Deseo en singular, porque siempre se orienta al Sumo Bien (Dios): “se trata de una inclinación positiva inscrita en el espíritu humano, por la cual este se ve orientado al bien en multitud de expresiones, ninguna de las cuales satisface plenamente la inclinación original, llamada a dilatarse y elevarse para dirigirse al único destino de todos los deseos, Dios mismo, el Sumo Bien, al cual el hombre accede por Jesucristo” (105). Esta orientación al Sumo Bien no niega ni anula las otras inclinaciones (o deseos, aunque Buenaventura, y también Valdivieso reserva la palabra solo para este deseo singular): No es la negación de las inclinaciones, sino justamente su contrario: la elevación de los deseos al deseo más grande (187). Aquí es donde comienzan las preguntas ante las ideas de elevar, conducir, y de una noción que merece profundización la reductio.

Si estoy llamado a una reductio, a elevar mis deseos hacia un objeto más alto, a conducirlos hacia el único bien, el Sumo Bien (Dios), ¿qué consistencia propia o densidad tienen otros deseos cotidianos, muy importantes en la vida cristiana? Dicho de otro modo, ¿qué criterio de discernimiento ético -la valoración de la realidad- se desprende de la dirección unívoca del deseo hacia el sumo bien? ¿Cómo se concretiza y quién formula la jerarquía de bienes que este enfoque sugiere? En una concepción del deseo así formulada me parece que estamos en la línea de los estados de perfección que jerarquiza las opciones vitales, o que minimiza el amor a las criaturas, que puede verse como una causa teológica de la crisis ecológica actual.

A modo de invitación para seguir profundizando, creo que habría que desarrollar un capítulo más en el libro que muestre bien la densidad, importancia, y consistencia de los deseos cotidianos, los que nos mueven, en donde se juega nuestra existencia histórica; reivindicar, por ejemplo, el deseo de la transformación de la realidad y el deseo del otro -la atracción sexual y el placer- como deseos consistentes en sí mismos, clave en la vida cristiana, que no debemos desechar ni despreciar en pos de un amor uno a uno con Dios.

Se trata de un libro altamente recomendable, e inspirador para seguir profundizando en la importancia de los afectos y los deseos para la vida ética.

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