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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449versión On-line ISSN 0717-6295

Teol. vida vol.60 no.2 Santiago jun. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/s0049-34492019000200303 

RECENSIONES

Volver del desierto con el poder del Espíritu. El legado cultural de Pedro R. Lira, obispo salteño

Sergio Silva ss.cc.1 

1Facultad de Teología Pontificia Universidad Católica de Chile

Fernández, Pablo María Pagano. Salta, Argentina: Volver del desierto con el poder del Espíritu. El legado cultural de Pedro R. Lira, obispo salteño. Ediciones Universidad Católica de Salta, 2016. 180 p.p.

Desde hace algún tiempo, nos toca vivir en un contexto de radical descrédito público de la institución eclesiástica; un descrédito, por lo demás, bastante merecido. En este contexto, este libro nos hace bien. De partida, porque nos acerca a un obispo sencillo, que trató de vivir el evangelio sirviendo de corazón a sus hermanos. Además, se trata de un vecino cercano, ¡y nos conocemos tan poco a uno y otro lado de la cordillera!, deslumbrados -quizá desde nuestro origen hispanoamericano- por las sucesivas metrópolis a las que hemos estado sometidos.

El libro no dice casi nada sobre la vida de don Pedro Lira. Apenas, lo que cabe en una de las solapas: nace en 1915, es nombrado obispo auxiliar de Salta y luego de la diócesis de San Francisco de Córdoba (1961-1965); por ello, participa en el Concilio Vaticano II; vuelve a Salta como auxiliar; en 1967 el Rector de la Universidad Católica de Salta le encomienda crear el Departamento de Teología y pasa a ser su primer profesor; en 1997 recibe el título de profesor emérito de esa Universidad y muere de 97 años en 2012.

Volver del desierto” es la presentación del pensamiento espiritual de don Pedro Lira, mediante dos textos muy desiguales en longitud. El primero lo constituyen las meditaciones de un retiro que predicó al clero salteño en 1998, transcritas tal como se encuentran en la grabación realizada (23-151). Este hecho tiene una virtud, pues nos acerca vitalmente al predicador; pero, a la vez, entorpece la lectura, por las frecuentes repeticiones y vacilaciones que se dan en el discurso oral, por las frases que quedan en suspenso y por otros detalles que suponen la presencia de la persona, que completa la palabra con el gesto.

El segundo texto, muchísimo más breve (153-173), es un conjunto que gira en torno a la donación que hace don Pedro Lira, en septiembre de 2009, de una finca de 105 ha que posee en las afueras de Salta al clero de su ciudad.

A mi juicio, lo más valioso del retiro de 1998 es la vehemencia con que este viejo pastor -en ese momento de 83 años- anima al clero a servir evangélicamente. Al hacerlo, va señalando las características que, a su parecer, debe tener el auténtico pastor. Recojo algunas, siguiendo simplemente el hilo de las páginas.

El pastor debe ser un maestro de oración. Este debería ser un criterio ineludible a la hora de ordenar un presbítero porque, si no, “¿A quién va a ir el pueblo a pedirle: ‘Padre, Señor, enséñame a orar’?” (29).

Don Pedro recuerda que Jesús, recién recibido el bautismo de Juan, es empujado por el Espíritu al desierto. El predicador se pregunta para qué es el desierto, y responde: “para fraguar gente audaz, resuelta y revolucionaria” (30). En el desierto, Jesús es sometido a prueba respecto de su identidad; esta es la tentación que acecha hoy a los pastores, de ahí que el retiro es la oportunidad de reafirmar la identidad, porque de ella brota la coherencia de vida.

El pastor tiene que proclamar que la tierra es de Dios, que no pertenece a los que, basándose en el pretendido derecho de propiedad privada, la acaparan. Por eso debe decirles a los magnates: “¡Ustedes no son dueños de esa acumulación sangrienta de los pueblos, ni pueden ustedes seguir aceptando el pago infame e interminable de la usura que ha pagado una vez, dos veces, tres veces el capital!” (39).

El punto de partida de la renovación del pastor es plantearse la pregunta por Dios, más precisamente, la pregunta: ¿quién es tu Dios? El nuestro no es el Dios monoteísta sino el de Jesús, que es trinitario. Como nosotros hemos sido creados a su imagen y semejanza, hemos sido creados “en la comunión, la perijóresis, la igualdad, la justicia, el amor” (41); “si esto no está claro, la confusión empieza por nosotros y está en juego la salvación del pueblo” (46).

Pero los tiempos actuales no son teológicos, son superficiales; los pastores tenemos nuestra cuota de responsabilidad, porque “hay un pietismo entre nosotros que va del brazo de todas las supercherías. Nosotros lo estamos consintiendo, porque nosotros mismos no estamos teologizados. Esta es la contribución nuestra a la corrupción y a la degeneración. Es preciso que nosotros, los pastores, tengamos los ojos lúcidos de identidad teologal, si no, nuestro pueblo se perderá” (47). En este teologizar hay que corregir ciertos errores en la imagen de Dios. Uno de ellos tiene que ver con el Dios que se nos comunica: “hemos hecho la comunicabilidad por el logos y es preciso que integremos la comunicabilidad del logos con el pneuma, si no, deformamos el misterio cristiano y es lo que nos falta en nuestra cultura escolástica” (52).

El Espíritu es la dimensión femenina de Dios, que el pastor debe integrar; en él, “se tiene que dar no solo lucidez en la conducción, no solo determinantes autoritarios, ¡sino también la bonitas, la benignidad, la bondad, la amabilidad, la ternura!” (53). Nuestra sensibilidad católica no es meramente racionalista ni clerical, es “¡seca! ¡Porque no tenemos ternura!” (57).

“El Espíritu Santo es la experimentalidad de Dios” (63); el pastor debe tener experiencia del Espíritu, ante todo, experiencia de la Palabra, porque el Espíritu ha hablado por medio de los profetas.

La encarnación muestra al Dios loco de amor por su creatura: “este alfarero cayó prisionero de su propia obra” (68). En la formación de los pastores debe tener un lugar clave “el amor que Dios tiene al hombre, incluso a su corporeidad” (69). Así como hay sinergia entre el Logos (Cristo) y el Pneuma (Espíritu), en Cristo encarnado la hay entre su verdadera divinidad y su verdadera humanidad. Por ello, también el pastor debe respetar y cuidar su cuerpo.

En la creación del mundo participa el Espíritu, lo que deja en el mundo huellas simbólicas de Dios, que lo hacen ser “sacramento simbólico de Dios” (77), de modo que la finalidad del mundo es dar gloria, bendecir a Dios. Por ello, los pastores tenemos que aprender a elogiar al hermano. Por esta presencia creadora del Espíritu se hace posible para nosotros una visión ecológica, y no se puede formar al pastor sin esta visión, que supone despertar en nosotros el sentido simbólico. El gran problema que enfrentamos hoy es que el hombre ha hecho mal uso de su libertad; en efecto, “prefirió la libertad de la opción a la libertad ontológica que coincide con el bien, con la verdad, con la bondad, y prefirió el manejo indiscrecionado, volitivo, de las opciones; entonces dijo: ‘Yo voy a mandar como manda Dios’. Y entonces deterioró totalmente su libertad, la profunda, la vital, la que hace parentesco con la trilogía ‘verdad, bien y bondad1’. Entonces se convirtió en esclavo; estamos en un proceso tremendo de esclavitud” (89).

La consecuencia para la iglesia es que, como está “pneumatizada”, “debe ser ágape; si no, no puede tener unión ni tampoco comunión” (99). Lo primero que hace el Espíritu en la iglesia es lanzarla a evangelizar, de modo que “si la Iglesia no evangeliza, está muerta; o se ha matado, o la hemos matado” (101). De aquí podemos deducir que un pastor es “un pentecostal movido por el Espíritu que evangeliza y entonces vive de la Palabra, con la Palabra, por la Palabra; sufre, sueña y es martirizado y es cada día proféticamente confrontado a que dé testimonio con su vida y, si Dios lo aprecia, que dé su sangre por la Palabra” (102). Al llegar aquí, don Pedro intensifica su palabra y lanza una pregunta quemante: “¿desde cuándo un pastor que va a predicar, a ofrecer la Palabra en la celebración litúrgica, empieza a inquietarse por preparar el pan sabroso que va a entregar a su pueblo?” (102-103). Don Pedro establece con ejemplos la jerarquía de los pecados del pastor: “Tú, pastor joven, no comiences por la carne cuando te confieses. ¿Qué estás haciendo con el Reino de Dios, Verbo alimentario y liberador? ¿Qué estás haciendo? ¿Qué le das a tu pueblo? ¿Qué le das? ¿Cómo estás suscitando el hambre de la Palabra en el pueblo?” (103). A su juicio, tajante, la iglesia “está funcionando al revés. Desde un monoteísmo, no digo profeso, sino vivido, estamos armando una Iglesia piramidal, no una Iglesia de la koinonía” (108).

El cristiano, a su vez, “es un hombre, pero el hombre nuevo, el hombre pneumatikós. Y esta es la espiritualidad básica con que tenemos que conducir a nuestras ovejas, no reemplazarles con cualquier juguetería que se llama ‘espiritualidad’” (113). Si el cristiano es un “pneumático”, el pastor debería ser un “superpneumático” (122). Como Jesús, que se autodefine diciendo: “El Espíritu del Señor está sobre mí y me está impulsando y no me deja dormir, para que yo suba hasta la estatura de Cristo y que esté comunicando y esté moviendo” (122).

Finalmente, la esperanza. El cristiano es peregrino, que vigila atento, porque el Señor viene. Esto se convierte en interpelación a los pastores en su relación con los creyentes: “¿les estamos diciendo que el cristiano es un hambriento de gloria? Y si no lo es, no tiene la magnanimidad, y si no es magnánimo, no tiene los dones del Espíritu en él. Y estamos empequeñeciendo a la gente” (133). Jesús “lanzó su proyecto con el tema ‘el Reino de Dios’ y puso a la Iglesia como gestora principal, no exclusiva, porque trabaja con su Espíritu y el Espíritu sopla donde quiere. Nadie puede monopolizar al Espíritu. La Iglesia entra en estado ‘adviental’, en estado de autocrítica, de balance y de esperanza para relanzar, hasta que el Cristo venga, la laboriosidad de fraguar el Reino, que está allá al final, cuando Dios sea todo en todos, pero que ya se está haciendo acá” (145). De aquí dos consecuencias para los pastores. La primera: “una tensión, casi angustiosa, de acercarnos más al rebaño, alimentarlo, sostenerlo, pero, por sobre todo, sostenerlo en esperanza” (150). La segunda: “estimular a la gente, ayudarla. Hay demasiada tristeza, demasiadas pruebas, demasiadas tensiones, y la esperanza es la gran virtud de este momento” (151).

Los lectores habrán podido sentir, en muchos de los textos de don Pedro Lira, un parentesco refrescante con los llamados del papa Francisco a la conversión pastoral de la iglesia.

1Debió decir “belleza”.

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