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Teología y vida

versión impresa ISSN 0049-3449versión On-line ISSN 0717-6295

Teol. vida vol.61 no.1 Santiago mar. 2020

http://dx.doi.org/10.4067/S0049-34492020000100009 

Estudio

La historia del lector y la Escritura según Orígenes (Prin. IV 1)

1Facultad de Teología Pontificia Universidad Católica de Chile. sfernane@uc.cl

Resumen:

El presente artículo estudia la función de la historia del lector en la argumentación origeniana acerca de la naturaleza de la Escritura según Prin. IV, 1. Es decir, analiza la relevancia de la historia post-bíblica en la clarificación de la naturaleza del texto bíblico. Según Orígenes, los acontecimientos históricos predichos por Jesús, que se han verificado recientemente, como la difusión y la persecución del cristianismo, muestran el carácter divino de Jesús de Nazaret. A su vez, la divinidad de Jesús muestra que las profecías que lo habían anunciado son inspiradas (AT) y que las palabras de Jesús son divinas (NT).

Palabras clave: Orígenes; interpretación bíblica; historia; signos de los tiempos

Abstract:

This article studies the role of the reader's history in the Origenian discussion of the nature of Scripture according to Prin. IV, 1. In other words, it analyses the relevance of post-Biblical history in clarifying the nature of the biblical text. According to Origen, the historical events foretold by Jesus, which have recently been verified, such as the expansion and persecution of Christianity, show Jesus of Nazareth's divine nature. In turn, the divinity of Jesus shows that the prophecies that had announced him are inspired (OT) and that the words of Jesus are divine (NT).

Key Words: Origen; Biblical interpretation; history; signs of the times

Una preocupación particular de las actuales teologías contextuales y, por lo tanto, de sus lecturas de la Escritura, ha sido el interés por el diálogo con la propia historia. Mientras la exégesis científica clásica ha puesto su mirada en el contexto histórico del redactor del texto bíblico, las teologías contextuales han prestado mayor atención al contexto histórico de su lector. Por ello, parece interesante indagar la relación entre historia y Escritura en los primeros pasos del cristianismo. El De principiis de Orígenes1 (= Prin.), redactado en torno al año 230, es el primer texto que ofrece una exposición sistemática de la naturaleza y de la interpretación de la Escritura2.

El tratado de Orígenes sobre las Escrituras se encuentra en el tomo IV de Prin. Su segunda parte está dedicada a la interpretación de la Escritura y, por mucho, es la sección más estudiada3. La primera parte, en cambio, aborda la divinidad de las Escrituras y ha recibido menos atención por parte del mundo académico4.

El presente artículo busca reconstruir el lugar que ocupa la historia del lector en la argumentación origeniana acerca de la naturaleza de la Escritura según Prin. IV, 1. Se trata, entonces, de estudiar la relevancia de la historia post-bíblica en la clarificación de la naturaleza de la Escritura. Esta clarificación es importante dado que la teoría hermenéutica de Orígenes (Prin. IV, 2) se apoya en sus convicciones teológicas acerca de la naturaleza del texto (Prin. IV, 1). El carácter sistemático del capítulo permite seguir, en buena medida, el orden de la argumentación origeniana en la presente exposición.

1. La historia, la identidad de Jesús y el valor de las Escrituras

Orígenes, en el tratado Sobre los principios, busca “fortalecer (κρατύνειν) nuestra fe con la razón (λόγῳ)”5. Con este propósito, cuando busca mostrar el carácter divino de las Escrituras, recurre a un tema ya tradicional, a saber, la constatación histórica de la admirable expansión del cristianismo6. Muchos legisladores –argumenta el alejandrino– hubiesen querido que sus leyes rigiesen todo el mundo, pero ninguno ni remotamente lo ha conseguido:

En cambio, toda Grecia y todo “pueblo” bárbaro sobre la tierra cuenta con miles de nuestros seguidores, que han abandonado las leyes patrias y los supuestos dioses, por el seguimiento de las leyes de Moisés y por la enseñanza de las palabras (λόγοι) de Jesucristo7.

El texto alude a las leyes de Moisés (νόμοι) y a la enseñanza de las palabras (μαθητεία τῶν λόγων) de Jesucristo. El uso del término λόγος en plural (λόγοι), sugiere que Orígenes se refiere no tanto al Evangelio escrito, sino a las palabras pronunciadas por Jesús. El texto destaca que este sorprendente resultado histórico se ha conseguido en condiciones adversas, es decir, a pesar de que los que adhieren al cristianismo arriesgan incluso la muerte. Además, esta amplia expansión se ha verificado de modo extremadamente rápido:

Y si consideramos de qué modo, en extremadamente pocos años, […] la palabra (ὁ λόγος) ha podido ser anunciada por todas partes de la tierra, de suerte que griegos y bárbaros, sabios e ignorantes, han adherido al culto a Dios por medio de Jesucristo, no dudaremos en afirmar que este asunto (πρᾶγμα) es mayor que lo que corresponde a un hombre, dado que Jesús había enseñado, con toda autoridad y persuasión, que la palabra se iría confirmando8.

La manera de argumentar de Orígenes expresa su modo de entender la relación entre historia y Escritura. La rápida difusión del cristianismo (historia) confirma la veracidad de las palabras de Jesús (Escritura). El acontecimiento histórico confirma el carácter divino de las palabras de Jesús. La amplitud de la difusión no es solo geográfica (griegos y bárbaros), sino también de acuerdo a los niveles de instrucción (sabios e ignorantes). La argumentación continúa trayendo a colación las persecuciones:

De manera que, con razón, han considerado oráculos las voces (φωναί) de Jesús, tales como: Seréis conducidos ante reyes y caudillos, por causa mía […] (Mt 10, 18) y: Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor: ¿Acaso no comimos y bebimos en tu nombre […]?” (Mt 7, 22). Pues bien, si las [voces] no se hubiesen verificado, tal vez habría sido razonable decir que ellas se proclaman en vano, pero dado que se ha verificado lo que <Jesús> ha dicho con tan gran autoridad, queda claro que Dios verdaderamente se hizo hombre para transmitir a los hombres las doctrinas de la salvación9.

El argumento se puede resumir así: los acontecimientos históricos confirman las voces con que Jesús había anunciado la persecución. Luego, esta correspondencia entre las palabras y la historia muestra que Jesús es Dios hecho hombre y que sus voces (αἱ φωναί), con razón (εὐλόγως), son consideradas oráculos (χρησμοί). Es decir, la historia concreta –las persecuciones del siglo iii– es el punto de apoyo para mostrar la identidad divina de Jesús y la divinidad de sus palabras. Es interesante notar que, en esta argumentación, es la historia la que prueba el valor de las palabras pronunciadas por Jesús. A continuación, presenta otro testimonio:

¿Y qué se debe decir también acerca de que, en ese tiempo, Cristo haya sido profetizado: Faltarán los llamados príncipes de Judá y los caudillos de sus muslos, hasta que haya venido lo que le está reservado –obviamente, el reino–, y se haya hecho presente la expectativa de las naciones ? (Gn 49, 10). Pues, a partir de las narraciones (ἐκ τῆς ἱστορίας) y de lo que hoy observamos (ἐκ τῶν σήμερον ὁρωμένων), es claramente evidente (σαφῶς… δῆλον) que desde los tiempos de Jesús ya no hay reyes de los judíos cuando fueron destruidas todas las cosas judaicas en que se enorgullecían; me refiero al templo, al altar […]10.

Esta argumentación, que tiene antecedentes tradicionales11, declara que la historia concreta pone de manifiesto la identidad mesiánica de Jesús y el valor del texto profético. En este caso, Orígenes alude a un hecho histórico tan concreto como la destrucción del Templo. Entonces, “a partir de las narraciones” (¿de la destrucción del Templo?) y “a partir de lo que hoy observamos”, se muestran dos cosas: que Jesús es el Cristo y el cumplimiento de las profecías12. En otros pasajes, el mismo autor ofrece una interpretación teológica de la destrucción del Templo13.

Por otra parte, con un razonamiento poco frecuente, el alejandrino busca mostrar el carácter divino de las Escrituras a partir de la propia experiencia del lector:

Y el que se aplica con atención y diligencia a las palabras proféticas, experimentando un vestigio de inspiración durante el acto de lectura, se convencerá, por medio de lo que experimenta (πάσχω), de que no son escritos de hombres aquellos que nosotros hemos creído que son palabras de Dios14.

La expresión es densa: en la lectura se experimenta, se percibe, se padece (πάσχω), un vestigio, es decir, una huella de inspiración (ἴχνος ἐνθουσιασμοῦ), y esto indica que las profecías no son escritos meramente humanos, sino palabras de Dios. La experiencia humana, tal como la historia, manifiesta el valor de las profecías.

2. La divinidad de Cristo y la inspiración de las Escrituras

En diversos puntos de su razonamiento, Orígenes ha afirmado que los hechos históricos manifiestan el carácter divino de Jesús15. A partir de esta constatación, da un giro particular en su razonamiento e introduce un argumento sorprendente:

Demostrando (ἀποδείκνυμι) de modo sumario la divinidad de Jesús y exhibiendo las palabras proféticas acerca de él, demostramos juntamente (συναποδείκνυμι) que son divinamente inspiradas las Escrituras que lo profetizan, los textos que anuncian su venida, y la enseñanza pronunciada [por él] con todo portento y autoridad16.

El razonamiento es inusitado. Orígenes, a partir de la divinidad de Cristo, demuestra la inspiración de las Escrituras que lo han profetizado (AT) y de las enseñanzas que él ha pronunciado (NT). De este modo, es Jesús el que confiere autoridad a la Escritura. Entonces, “el reconocimiento de Cristo es, en cierto sentido, anterior a la aceptación de la inspiración de los profetas, y no viceversa como lo haría la forma convencional del argumento”17. En efecto, el argumento de la apologética tradicional buscaba demostrar la divinidad de Jesús a partir de las Escrituras; Orígenes, en cambio, muestra el carácter inspirado de las Escrituras a partir de la divinidad de Jesús. En otro contexto también afirma: “Y lo paradójico es que las pruebas que la ley y los profetas ofrecen sobre Jesús demuestran que Moisés y los profetas eran profetas de Dios”18.

No se prueba la identidad mesiánica de Jesús con las Escrituras, sino que el carácter divino de Jesús, revelado por medio de los acontecimientos históricos de los siglos ii y iii, otorga valor a las Escrituras. En síntesis, el razonamiento corre así: la historia que Orígenes observa demuestra la divinidad de Jesús, y, a su vez, la divinidad de Jesús asegura la inspiración de las Escrituras que lo han anunciado (AT) y de las palabras que Cristo ha pronunciado (NT).

3. Dificultades de la verificación histórica

Ahora bien, Orígenes reconoce que las cosas no son simples y que la interpretación tanto de la Escritura como de la historia reciente comporta muchas dificultades. Así lo manifiesta en el siguiente pasaje:

Sin embargo, se debe decir que el carácter divino de las palabras proféticas y el carácter espiritual de la ley de Moisés brillaron (λάμπω) cuando vino Jesús. Pues antes de la venida de Cristo, era casi imposible mostrar ejemplos claros de la inspiración divina de las antiguas Escrituras19.

Con la venida de Cristo se manifestó “el carácter divino de las profecías” porque en la historia de Jesús se cumplieron las profecías. Por eso, “antes de la venida de Cristo era casi imposible mostrar” la inspiración de las profecías. Una vez más, los acontecimientos históricos vinculados a la vida de Jesús hacen “resplandecer” (λάμπω) la naturaleza inspirada de los textos proféticos (incluidas las profecías pronunciadas por Moisés). El texto bíblico, entonces, no se justifica a sí mismo: son los acontecimientos históricos relativos a la venida del Hijo de Dios los que muestran la naturaleza inspirada del texto. Luego complementa su argumento. El alejandrino, que sostiene que interpretar las Escrituras es “dificilísimo hasta el exceso para los hombres”20, propone un paralelismo entre la interpretación de las Escrituras y la interpretación de la historia:

En todo caso, no es sorprendente si el carácter sobrehumano de los significados [de las Escrituras] parece no salir al encuentro de los ignorantes en cada una de las letras; pues también, entre las obras de la providencia, que abraza a todo el mundo, algunas [Dios] las muestra visiblemente como obras de la providencia, mientras otras las ha ocultado de tal modo, que parece dar lugar a la falta de fe en el Dios que administra el universo con inefable oficio y potencia21.

Los acontecimientos históricos no siempre manifiestan como su carácter providencial, tal como las letras de las Escrituras no siempre muestran su carácter divino. Tanto la índole providencial de los acontecimientos como el carácter divino de los textos bíblicos muchas veces están ocultos. Según Orígenes, la providencia divina es más evidente en los astros que en los seres de la tierra y, entre estos últimos, es más difícil percibir la presencia de la providencia en los acontecimientos humanos22. El alejandrino toma en serio la historia, hasta el punto de afirmar que el significado profundo de los acontecimientos humanos, a veces, está tan oculto “que parece dar lugar a la falta de fe en el Dios providente”. La dificultad para reconocer la presencia de la providencia en la historia era un problema que también inquietaba a la filosofía helenística23. Luego concluye el desarrollo del paralelismo:

Pero, tal como la providencia, ante quienes la han aceptado genuinamente de una vez, no defrauda por causa de lo que se ignora, así tampoco [defrauda] la divinidad de la Escritura (ἡ τῆς γραφῆς θειότης), que se extiende a toda ella, por causa de que nuestra debilidad no sea capaz de encontrarse en cada término (λέξις) con el esplendor escondido de las doctrinas que se contienen en la letra simple y despreciable24.

El carácter teológico de las convicciones de Orígenes se manifiesta en esta declaración axiomática: tal como no se pierde la fe en la Providencia por el hecho de que no siempre se la reconozca en cada acontecimiento de la historia, así tampoco se debe poner en duda la divinidad de las Escrituras por el hecho de que, muchas veces, el lector no sea capaz de encontrar el significado espiritual en cada letra. La Palabra de Dios no solo revela, sino que también oculta los misterios más hondos25.

Conclusiones

Los textos estudiados muestran la centralidad que Orígenes otorga a la historia del lector al momento de justificar racionalmente la naturaleza de las Escrituras. Por lo mismo, desmienten la acusación, antigua y moderna, según la cual Orígenes no apreciaba el valor de las Escrituras26.

1. El examen de la argumentación de Orígenes muestra un interesante giro en la lógica de los razonamientos con respecto a la tradición anterior. El argumento convencional, sobre la base de la correspondencia entre la profecía y el cumplimiento, buscaba probar el carácter mesiánico de Jesús a partir de las Escrituras inspiradas27. Por ejemplo, de acuerdo al relato de Hechos, Pablo argumenta en Tesalónica de la siguiente manera:

Pablo, según su costumbre, se dirigió a los [judíos] y durante tres sábados discutió con ellos a partir de las Escrituras (ἀπὸ τῶν γραφῶν), explicándolas y probando que “el Mesías tenía que padecer y resucitar de entre los muertos” y que “este Mesías es Jesús, a quien yo os anuncio” (Hch 17, 2-3).

Es decir, sobre la base de las Escrituras inspiradas, el apóstol busca mostrar la identidad mesiánica de Jesús de Nazaret. Frente a un interlocutor judío, Pablo puede suponer la inspiración de las Escrituras, pero debe probar la identidad de Jesús. Esta misma manera de argumentar se encuentra, por ejemplo, en Justino. De hecho, “las Escrituras tienen, para Justino, un valor de prueba o de testimonio, pero ellas son, ante todo, el punto de partida de la exégesis”28. El filósofo mártir, frente a su interlocutor judío, no necesita justificar el valor de las Escrituras, pues ellas son tanto para él, como para Trifón, el punto de partida de la discusión y, por lo tanto, no requieren de una justificación. Algo semejante se puede afirmar acerca de Tertuliano, en su apología contra los judíos29. De manera análoga, Tertuliano, esta vez en su obra Contra Marción, es consciente de que debe argumentar solo con aquellos textos que acepta su adversario, es decir, el Evangelio de Lucas y las cartas de Pablo.

Los destinatarios del De principiis no son israelitas, sino creyentes griegos ilustrados en la cultura helenística que se interesan por el cristianismo30. Ante un auditorio griego, Orígenes no puede suponer la adhesión a las Escrituras y debe cambiar la lógica de la discusión. Por ello el alejandrino argumenta con una lógica diferente a la de sus predecesores. Al menos en esta sección de Prin., el punto de partida de la argumentación no es la Escritura, sino la historia contemporánea al lector. Según Orígenes, la historia reciente muestra la identidad divina de Jesús, la cual, a su vez, demuestra que son inspiradas las Escrituras que lo anuncian y que son divinas las palabras que él pronuncia. En ambas maneras de argumentar, la historia cumple la función de verificar la verdad. Como teólogo, Orígenes sabe que, frente a un auditorio helenístico, no puede justificar racionalmente la inspiración de las Escrituras sobre la base de los mismos textos bíblicos o sobre la base de la divinidad de Jesús (ambos elementos deben ser probados). En términos esquemáticos, el punto de encuentro entre Pablo y la sinagoga, o entre Justino y Trifón, era la Escritura de Israel (AT); el punto de encuentro entre Tertuliano y Marción era Pablo y Lucas (NT); en cambio, el punto de encuentro entre Orígenes y los auditores del De principiis no era la Escritura, sino la historia.

En síntesis, según Orígenes, en la historia reciente se verifica la extraordinaria difusión del cristianismo y la persecución a los creyentes. Como ambos hechos históricos habían sido predichos por Jesús, se muestra la identidad divina de Jesús de Nazaret. Luego, a partir de la divinidad de Jesús se manifiesta que las profecías que lo habían anunciado son inspiradas (AT) y que las palabras de Jesús son divinas (NT). Según la argumentación origeniana, es la historia la que demuestra la inspiración tanto del AT como del NT.

Frente a un interlocutor judío (Pablo ante sinagoga), se da por supuesta la adhesión a las Escrituras (AT) y la quaestio disputata es la identidad de Jesús (NT). Ante un interlocutor cristiano (Tertuliano ante Marción), se da por supuesta la adhesión a Jesús (NT) y la quaestio disputata es el valor de las Escrituras (AT). El contexto del De principiis de Orígenes es diverso: sus interlocutores son griegos ilustrados en la cultura helenística interesados por el cristianismo. Frente a ellos, no se puede dar por supuesto ni el valor de las Escrituras, ni la identidad de Jesús. Ante ellos, entonces, Orígenes solo puede argumentar razonablemente a partir de la historia reciente, es decir, a partir de lo que hoy observamos (ἐκ τῶν σήμερον ὁρωμένων, Prin. IV, 1, 3). De este modo, el punto de arranque de la argumentación teológica es el contexto histórico del lector.

2. Otra relación que se establece entre la historia y las Escrituras es el paralelismo que Orígenes propone entre la interpretación bíblica y la interpretación de la historia. Como se ha dicho, el Alejandrino toma muy en serio la historia, hasta el punto de afirmar que el significado providencial de los acontecimientos humanos, a veces, está tan oculto que incluso puede “dar lugar a la falta de fe en el Dios providente” (Prin. IV, 1, 7). Esto equivale a afirmar que la historia humana, en ocasiones, es tan opaca que parece que favorece la pérdida de fe en el Dios de la historia, tal como algunos textos de las Escrituras parecen no tener significado espiritual. Por ello –Orígenes aclara–, tal como en el caso de las Escrituras, el sentido de la historia, que se declara como convicción de fe no siempre llega a percibirse, por causa de nuestra debilidad. Esta observación de Orígenes recuerda que la interpretación teológica de la historia no es unívoca, y muestra la complejidad que implica la interpretación de los signos de los tiempos.

El capítulo siguiente, es decir, Prin. IV, 2, contiene el tratado sobre la interpretación de las Escrituras, en que el maestro de Alejandría desarrolla los diferentes niveles de sentido del texto bíblico, su significado espiritual, sus oscuridades, aparentes contradicciones, etc. Ahora bien, por desgracia, Orígenes no escribió un tratado de interpretación de la historia. Sin embargo, el paralelismo que él mismo establece entre los acontecimientos humanos y la letra de las Escrituras permite recoger ciertos elementos de su hermenéutica bíblica y utilizarlos en la elaboración de una teoría de la interpretación teológica de la historia. De hecho, la acción providencial de Dios es comprendida por Orígenes como análoga a la inspiración bíblica: tal como Dios es el autor de las Escrituras, de un modo semejante es autor de la historia. En efecto, en algunos pasajes, el alejandrino, siguiendo a Justino, afirma que Dios inspira no solo palabras, sino también acontecimientos que contienen un significado espiritual. En este sentido, se podría decir que, para Orígenes, no solo la Biblia, sino que también la historia, de una manera análoga, es también Palabra de Dios.

1Cf. Orígenes, Sobre los principios. Introducción, texto crítico, traducción y notas de Samuel Fernández. Prefacio de Manlio Simonetti (Fuentes Patrísticas 27, Ciudad Nueva, Madrid 2015), en adelante, FuP 27.

2Este texto, para ofrecer una presentación teórica de la interpretación bíblica, siente la necesidad de dilucidar un problema anterior, a saber, la naturaleza de la Escritura. Un escrito anterior al De principiis es la Carta a Flora del valentiniano Ptolomeo, escrita a mediados del siglo ii (Epifanio, Panarion, 33, 3-7). Esta carta también busca ofrecer criterios programáticos de interpretación bíblica, pero solo se refiere a la ley de Moisés, y no a toda la Escritura, como lo hace Orígenes. Cf. A. Puig, Diez textos gnósticos. Traducción y comentario (Verbo Divino, Navarra 2017) 495-511.

3M. Simonetti, Lettera e/o allegoria. Un contributo alla storia dell'esegesi patristica (SEA 23, Roma 1985) 78-83; L. Perrone, “L'argomentazione di Origene nel trattato di ermeneutica biblica. Note di lettura su Peri Archon IV 1-3”, Studi Classici e Orientali 40 (1990) 161-203.

4Según la Filocalia, el capítulo se llamaría “Acerca de la divina inspiración de la Escritura divina”, Prin. IV, 1, titulus: Περὶ τοῦ θεοπνεύστου τῆς θείας γραφῆς (FuP 27, 792). El patriarca Focio, en cambio, ofrece el título: “Que las Escrituras son divinas”, Prin. IV, 1, titulus: Ὅτι θεῖαι αἱ γραφαί (FuP 27, 792). El título transmitido por el patriarca refleja mejor el contenido del texto.

5Prin. IV, 1, 1 (FuP 27, 793).

6Cf. Justino, Tryph. 117, 5; Apol. I, 39; Ireneo, Adv. haer. I, 10, 2; Tertuliano, Adv. Iud. VII, 4-9; Apol. I, 7; XXXVII, 3-4; Clemente, Strom. I, 15; Minucio Félix, Octavius, 31. Además, Orígenes, Contra Celsum, I, 26-27; I, 46.

7Prin. IV, 1, 1 (FuP 27, p. 797).

8Prin. IV, 1, 2 (FuP 27, p. 799). El mismo argumento en Contra Celso: “Y [Jesús] ha mostrado tal poder, que, por muchas partes de la tierra que habitamos, a su religión se han convertido no pocos griegos y bárbaros, sabios e ignorantes, dispuestos a luchar por el cristianismo hasta la muerte antes que renegar de él, cosa que no se cuenta haya hecho nadie por otra doctrina alguna. Ahora bien, ¿ha podido suceder eso sin disposición divina?”, Contra Celsum, I, 26 (BAC 271, p. 62). Además, In Lc. hom. VI, 9; VII, 6.

9Prin. IV, 1, 2 (FuP 27, 799-801).

10Prin. IV, 1, 3 (FuP 27, 801-803).

11Cf. Justino, Dial. Tryph. 40, 2. Respecto de la interpretación de Gn 49, 10, ver Justino, Apologia, I, 32, 1-4; I, 54, 5; Dial. Tryph. 11, 4; 52, 1-4; 120, 3-4; Ireneo, Adv. haer. IV, 10, 2; Dem. 57; Ps.-Clemente, Hom. III, 49; Hipólito, Ben. Jac. 17 (PO 27, 80); M. Simonetti, Due note su Ippolito: Ippolito interprete di Genesi 49. Ippolito e Tertulliano, en Ricerche su Ippolito (SEA, Roma 1977) 121-136.

12La llegada del esperado (Gn 49, 10) se comprueba, en la historia: “a partir del gran número de naciones que, por medio de Cristo, han creído en Dios”, Prin. IV, 1, 3 (FuP 27, p. 805). Cf. Prin. IV, 1, 5: “¿Y qué se debe decir acerca de las profecías sobre Cristo en los Salmos: de cierto canto titulado Para el amado, cuya lengua se dice que es ágil pluma de escribano, floreciente de belleza ante los hijos de los hombres, puesto que la gracia se ha derramado en sus labios (Sal 44, 2-3)? Pues una señal de la gracia derramada en sus labios es el hecho de que, trascurrido el breve tiempo de su enseñanza (pues enseñó un año y pocos meses), toda la tierra se llenó de su enseñanza y del culto a Dios por medio de él” (FuP 27, p 809). Lo mismo se verifica por medio de otros versículos bíblicos: Sal 71, 7-8; Is 7, 14; Is 8, 8-9; Mi 5, 1; Dn 9, 24-27; Jb 3, 8.

13HGn VI, 3: “Y si quieres saber en qué se basa la muerte de la ley, considera y examina dónde están ahora los sacrificios, dónde el altar, dónde el templo, dónde las purificaciones, dónde la solemnidad de la Pascua. ¿No ha muerto la ley en todas estas cosas?” (BPa 48, p. 182). En otra homilía: “Así, una vez presente la Verdad, cesó la figura y la sombra; y cuando se hizo presente aquel Templo, edificado por el Espíritu Santo en el vientre de la Virgen, se derrumbó el Templo edificado con piedras”, In Ios. hom. XV, 1. Cf. In Nm. hom. XXIII, 1; In Ier. hom. XVIII, 5; XIX, 14; In Mtth. Com. XVI, 3; XVI, 20; In Lv. hom. IV, 10; In Rom. Com. II, 13; VI, 12; Contra Celsum, IV, 22.

14Prin. IV, 1, 6 (FuP 27, pp. 815-817). Esta argumentación encuentra antecedentes en Platón, Ion, 532-534.

15Cf. Prin. IV, 1, 5.

16Prin. IV, 1, 6 (FuP 27, 813-815).

17H. Chadwick, “The Evidence of Christianity in the Apologetic of Origen”, Studia Patristica I (Oxford, 1957) 335.

18Contra Celsum, I, 45 (BAC 271, 79).

19Prin. IV, 1, 6 (FuP 27, 815).

20Prin. IV, 2, 2 (FuP 27, 837).

21Prin. IV, 1, 7 (FuP 27, 817-819).

22Cf. Prin. IV, 1, 7: “En efecto, la doctrina acerca del Creador providente no es tan clara en los [seres] de la tierra como en el sol, la luna y los astros. Y entre los acontecimientos humanos, [la providencia] no es tan evidente como en las almas y los cuerpos de los animales, puesto que, para los que se ocupan de ellos, es fácil encontrar el propósito y la causa de los impulsos, las representaciones, la naturaleza y la constitución de los cuerpos de los animales” (FuP 27, 819).

23Así, por ejemplo, Plutarco, De sera, 1-2 (548b 449b).

24Prin. IV, 1, 7 (FuP 27, 819).

25Así lo afirma Orígenes, en una homilía, respecto de la bondad divina: “¡Ved qué grande es la bondad del Señor, que esconde y oculta a los oídos del vulgo, y que cubre con palabras más severas, para que el siervo malo e ingrato no comience a despreciarla, cuando llegue a comprender como excesiva la bondad de su Señor!”, In Ios. hom. III, 4.

26Cf. Pánfilo, Apologeticum, 87; G.W. Butterworth (ed.), Origen: On First Principles (London 1936) lvii; J.N.D. Kelly, Early Christian Doctrines (London 1978) 180-182. Sobre este problema, ver P. Martens, “Origen against History? Reconsidering the Critique of Allegory”, Modern Theology 28 (2012) 635-656.

27Cf. T. Böhm, “Allegory and History”, en C. Kannengiesser (ed.), Handbook of Patristic Exegesis: The Bible in Ancient Christianity (Leiden 2004) 228-239.

28P. Bobichon (ed.), Justin Martyr, Dialogue avec Tryphon (Fribourg 2003) vol. 2, 110. Cf. Justino, Dial. Tryph., 48-108; C. Kannengiesser (ed.), Handbook of Patristic Exegesis: The Bible in Ancient Christianity (Leiden 2004) 434.

29Cf. Tertuliano, Adv. Iudaeos, passim.

30Cf. Eusebio, Historia Ecclesiastica, VI, 3, 13; VI, 18, 2; I. Ramelli, “Origen, Patristic Philosophy, and Christian Platonism: Re-Thinking the Christianisation of Hellenism”, Vigiliae christianae 63 (2009) 217-263; S. Fernández, “El propósito de la estructura del De principiis de Orígenes”, TyV 55 (2014) 243-261.

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