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Estudios filológicos

versión impresa ISSN 0071-1713

Estud. filol.  n.41 Valdivia sep. 2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0071-17132006000100018 

ESTUDIOS FILOLOGICOS 41: 285-291, 2006

Documentos

Homenaje a Estudios Filológicos en su 40º aniversario

 

Valdivia, Isla Teja, 4 de noviembre de 2005

Palabras de Iván Carrasco M., Director de Estudios Filológicos


 

Todas las instituciones tienen algo de qué enorgullecerse, algo que funda una tradición que sirve de puente entre distintas generaciones y con otras instituciones análogas del país y del extranjero. Para nuestra Facultad de Filosofía y Humanidades y en particular para el Instituto de Lingüística y Literatura, uno de nuestros bienes intelectuales más preciados es Estudios Filológicos, la revista más antigua de la Universidad Austral de Chile.

La hemos aceptado con humildad y agradecimiento como una herencia valiosa, al mismo tiempo que como un deber y un esfuerzo exigente y continuo, que ofrecemos a ustedes, que son sus colaboradores, sus árbitros, sus lectores.

Aunque no es una entidad con vida propia, tendemos a hablar de ella como si lo fuera, puesto que se mantiene a medida que nosotros, sus productores y usuarios, vamos apareciendo y desapareciendo de la escena universitaria. Aunque nosotros somos quienes le damos la existencia virtual y material que tiene, nos convertimos en sus servidores preocupados y solícitos, más que en sus dueños o manipuladores.

Por eso, es necesario agradecer a todos los que han construido esta publicación desde 1964 hasta hoy, a sus colaboradores y lectores, a sus Consejos de Publicación, a sus Comités externos, al primer Director Guillermo Araya, a los tres Secretarios de Publicaciones que lo acompañaron, Hernán Silva, Ana María Maza y Alvaro Rivera, y a Eleazar Huerta, en cuyo honor fue fundada. Le agradecemos a Hernán Urrutia con Oscar Paineán, a Erwin Haverbeck con Constantino Contreras y Mario Bernales, a Guido Mutis con Gustavo Rodríguez, a Claudio Wagner, que le ha dedicado más tiempo que nadie, primero con Mario Bernales y luego conmigo. A Alberto Díaz, Secretario técnico, a las autoridades de la Facultad, de la Dirección de Investigación de la Universidad, al Instituto de Lingüística y Literatura que la ha hecho suya, al ISI, a CONICYT, a los estudiantes de pre y postgrado.

Estudios Filológicos es cosa de palabras, y para decir algunas sobre este aniversario, hemos invitado a un querido colega, uno de los primeros especialistas de su campo, experimentado miembro de comisiones nacionales, fundador y Socio Honorario de SOCHEL, socio de SOCHIL y otras sociedades científicas, incansable y creativo autor de proyectos de investigación, de docencia y extensión, alguna vez profesor de nuestro instituto y del primer programa de postgrado de la Facultad, colaborador y amigo de todos, Mauricio Ostria González de la Universidad de Concepción.

¡Larga vida a Estudios Filológicos!

Dejo con ustedes a Mauricio Ostria. Muchas gracias.

Discurso de Mauricio Ostria González

Cincuenta años de Estudios Filológicos

Queridos amigos: créanme que asumo como un gran honor y con profundo gozo el que ustedes me hayan pedido alzar mi voz para celebrar el quincuagésimo cumpleaños de la revista Estudios Filológicos.

Permítanme que inicie este homenaje con un recuerdo personal. Corría el año 1968. Con la ayuda de algunos colegas de la entonces Universidad del Norte, yo había organizado una reunión de profesores de literatura de Chile y los países limítrofes. Se anunciaba algo pomposamente: la realización del Primer Seminario Internacional de Literatura Hispanoamericana, cuya temática era "La naturaleza y el hombre en la novela". Como en tantas ocasiones ese primer seminario no tuvo descendencia. Pero eso no viene al caso. ¿Por qué les cuento esto? Porque a ese seminario acudieron dos jóvenes profesores de la Universidad Austral: Hernán Silva y Carlos Opazo. Entre ambos, cargaban estoicamente una serie de compactos y pesados paquetes que contenían ejemplares de los tres primeros números de Estudios Filológicos, que ellos distribuyeron con generosidad y alivio entre los demás participantes. Fue éste mi primer contacto `en vivo y en directo' con colegas de esta universidad y con Estudios Filológicos , cuyo robusto formato impresionaba y hasta amedrentaba con un promedio de 300 gruesas páginas por ejemplar. Entonces, no imaginaba que dos años después, por gestiones de Hernán Silva, amigo dilecto, vendría a Valdivia, invitado para leer un trabajo en el mítico Instituto de Filología e iniciaría conversaciones con el entonces Decano Gastón Gaínza para integrarme a la planta académica de la Facultad en 1971. Entre ese año y 1973 trabajé en esta universidad, participé gozoso y entusiasta en su intensa y ejemplar vida académica y, por añadidura, gané profundas y permanentes amistades que me honran y dan sentido humano trascendente a mi paso por esta casa. En ese lapso colaboré en la revista e integré el Instituto de Filología que, entre sus varias funciones, operaba como comité de redacción deliberante.

Adopto esta perspectiva personal, no sólo porque es la única que puedo asumir para contar una historia que tangencialmente me involucra, sino porque la misma aparición de Estudios Filológicos requiere de consideraciones que sobrepasan la pura racionalidad académica. En efecto, la revista surge como un sentido y emocionado homenaje, un "testimonio de amistad, respeto y admiración" de "discípulos, colegas y amigos" a quien fuera el fundador de la Facultad de Filosofía y Letras y del Departamento de Castellano, el distinguido catedrático, don Eleazar Huerta, que a la sazón, se alejaba de la universidad, después de cerca de ocho años de brillante labor en docencia e investigación, dejando destacados discípulos y una "tradición humanística decantada".

Felizmente, no como el seminario que yo organicé en Antofagasta, ese primer número de Estudios Filológicos, brotado de la gratitud y la sana emulación, tuvo la ininterrumpida continuidad que hoy celebramos. Ese número 1, publicado en 1965 (la portada consigna 1964), preanuncia, a través de sus 302 páginas, la orientación abierta, aunque rigurosa, que Estudios Filológicos exhibirá a lo largo del tiempo. La amplitud de temas y pluralidad de enfoques ilustra, precisamente, la lección humanística de la revista: trabajos dedicados a la cuestión ortográfica, a las letras clásicas, al folclore, a la crítica literaria, a las relaciones entre filosofía y literatura, al cuento infantil, a la traducción, a la literatura chilena, a la dialectología, al teatro, etc., dan cuenta cabal de esa orientación. Participan en ese primer volumen estudiosos de la universidad y numerosos invitados, entre ellos: Antonio Doddis, Mario Ferreccio, Eladio García, Milton Rossel, Guillermo de Torre, Juan Uribe Echevarría.

Ya en el número 2, de 1966, Estudios Filológicos se presenta como una publicación que se proyecta periódica (un volumen anual o dos semestrales). La "Nota previa", que encabeza el volumen y que firma su director fundador, Guillermo Araya, señala:

A partir de este número, Estudios Filológicos se transforma en una revista que aparecerá en un volumen anual o en dos volúmenes menores semestrales. Como toda creación que se respete, esta publicación tiene su propio mito de orígenes. Nace formalmente como revista a partir de su segundo número. El primero surgió por la necesidad de rendir homenaje al Profesor Eleazar Huerta. Este impulso es el que ahora se canaliza mediante un compromiso firme de los miembros del Instituto de Filología de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Austral de mantener, sin arrebatos pero con tenacidad, su propósito de ir dando a conocer de año en año sus trabajos de investigación. Pero como toda revista auténticamente universitaria, se nutrirá también de la colaboración de colegas y estudiosos que nos distingan con su cooperación.

Usamos la palabra Filología en una mención amplia. Amplitud que se extiende también a la libertad de métodos y variedad de puntos de vista que los investigadores quieran sustentar. Lo que trataremos de cautelar siempre, sin embargo, será la seriedad u honestidad en el tratamiento de los temas.

Ahora, la revista no sólo ostenta un director y un secretario (Hernán Silva), sino que incluye los nombres de los miembros del Instituto de Filología, que funcionan explícitamente como consejo de redacción. Allí están: Constantino Contreras, Gastón Gaínza, María Cecilia Gómez, Erwin Haverbeck, Eleazar Huerta, Eugenio Matus, Leonidas Morales, Guido Mutis, Yolanda Oyarzún, Federico Schopf y Claudio Wagner.

Vale la pena recordar la hermosa y aleccionadora práctica de someter todos los trabajos presentados para su publicación en Estudios Filológicos a la consideración de los miembros del Instituto. Para ello, con frecuencia, los autores de otras universidades (fue mi caso) eran invitados a leer sus colaboraciones en presencia de aquéllos. Para esta tarea, se reunían los sábados por la mañana y entonces, después de la lectura, se producía un rico diálogo en que se intercambiaban juicios y opiniones, resultado del cual se tomaba la decisión de publicar o no el trabajo o de recomendar enmiendas o mejoras.

Tampoco está de más recuperar el sentido del título de la revista. Guillermo Araya ha advertido en la nota ya referida que "usamos la palabra filología en una mención amplia". La acepción académica (DRAE) que más conviene a este propósito es la que define filología como "ciencia que estudia una cultura tal como se manifiesta en su lengua y en su literatura, principalmente a través de los textos escritos". Conviene advertir, asimismo, que la publicación no se llama Revista de Filología, como su célebre predecesora fundada por Amado Alonso en la Universidad Nacional de Buenos Aires, sino Estudios Filológicos, donde el término `estudios' aparece menos presuntuoso que `ciencia' y, en cierto modo, posibilita esa "libertad de métodos y variedad de puntos de vista", que se pregonan en la presentación. En suma, Estudios Filológicos procura reunir trabajos originados en las disciplinas lingüísticas, literarias, filológicas, semióticas o en enfoques interdisciplinarios, realizados desde las más amplias perspectivas con el único requisito del rigor.

Entre 1966 y 1972, Estudios Filológicos se consolida como revista prestigiosa y respetable en los ámbitos académicos nacionales y extranjeros. Se hace clásico el diseño de su tapa y portada que, entiendo, debemos a Constantino Contreras, con esa gran j griega en el centro. Colaboradores chilenos y extranjeros honran las páginas de la revista: Américo Castro, Eleazar Huerta, Kurt Baldinger, Heinz Schulte Herbrüggen, Carlos Santander, Jaime Concha, Julio Rodríguez Puértola, Rubén Benítez, Pablo de Carvalho Neto, Robert S. Rudler, Alan Schwartz, José María Aguirre, Nelson Cartagena, Jiri Cerny, Rodolfo Oroz, Manuel Alvar, Carlos Cortínez, René Jara, Adalberto Salas, Alberto J. Vaccaro, Victoria Windler. Se implementan las secciones de notas y reseñas. El canje supera las 70 publicaciones.

En 1968, se inicia la publicación de Anejos. Se trata de volúmenes monográficos que llevan el sello de Estudios Filológicos y que representan significativos aportes en el campo de la investigación lingüística y literaria. Es de especial relevancia, en este sentido, la publicación del ALESUCH (Atlas Lingüístico Etnográfico del Sur de Chile), cuyos Preliminares y Cuestionarios constituyen el Anejo 1, mientras el tomo I del Atlas es el Anejo 5. Con esta investigación, sin ninguna duda, la Universidad Austral se puso a la vanguardia de los estudios dialectológicos chilenos. Es una pena que una investigación de tal envergadura, llevada a cabo por el equipo que formaban Constantino Contreras, Claudio Wagner y Mario Bernales y que dirigió Guillermo Araya haya quedado trunca, ¿definitivamente?, por circunstancias lamentables y terribles.

El golpe militar de 1973 estremece a las universidades chilenas: exoneraciones, persecuciones, seguimientos, delaciones, detenciones, condenas, encarcelamientos, relegaciones, muertes, exilios internos y externos afectan a académicos, funcionarios y estudiantes. Se producen cambios drásticos por la supresión de carreras y la mutilación de planes de estudios y programas. Se afecta, fundamentalmente, la convivencia universitaria. La universidad, animada por el espíritu humanista y dialógico de los fundadores, es reemplazada por la universidad vigilada. Este clima adverso a la academia afectó, sin duda, a Estudios Filológicos, que en su número 9, correspondiente a 1973, publicado con bastante retraso por cierto, y con muchas dificultades, incluye una "Nota previa", la segunda en la historia de la revista, que, en su parte medular, dice así:

´Estudios Filológicos ha nacido y crecido gracias a la visión y al trabajo de sus fundadores, a la constancia de los miembros del Instituto de Filología de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Austral y al concurso de distinguidos y valiosos colaboradores. Tal cauce _pese a los accidentes coyunturales_ se trata de preservar y de enriquecer en lo posible.´

Estos propósitos, a partir de este año, han logrado que la colección de Anejos se amplíe notablemente.

Y entonces se anuncian series de Anejos que, tengo entendido, nunca se concretaron. La nota concluye con una invitación a colaborar en la revista, aparentemente, sin censuras:

Los colegas e investigadores que nos honren con sus colaboraciones, en la revista y en las series citadas, no tendrán otra limitación que la preocupación de nuestro Comité de Redacción por cautelar la calidad en el tratamiento de las materias.

Lo escueto del comunicado, la casi temerosa alusión a los "accidentes coyunturales", su tono general, todo indica la difícil situación del Comité de Redacción que, por cierto, ha sufrido una importante reducción, mientras pena la hasta entonces indiscutida dirección de Guillermo Araya, su fundador. El número, visiblemente disminuido _consta de más o menos un tercio de las páginas de los volúmenes anteriores_, cierra la que podríamos denominar primera etapa de Estudios Filológicos.

A partir del número 10 (único número que corresponde a dos años (1974-1975), nuestra revista cambia su formato. Tiene un tamaño un poco más grande que conservará hasta ahora. Son notorios también los cambios en la tipografía. Mucho más significativas me parecen, sin embargo, las modificaciones en los datos editoriales y en los créditos. Así, por ejemplo, la revista aparece bajo el patrocinio de la Vicerrectoría de Investigación, incluye la nómina de las autoridades universitarias y de la Facultad (que ahora es de Letras y Educación); el Instituto de Filología que, recordemos, era el organismo deliberativo de las propuestas de publicación, desaparece. El director de la revista es reemplazado por un `área' de Estudios Filológicos, con un coordinador y un secretario; al final, se agrega un director de publicaciones. En este volumen se inicia también la bipartición de la revista en secciones de Lingüística y Literatura que, felizmente, no durará mucho, y que, a mi parecer, reduce sensiblemente el amplio ámbito disciplinario e interdisciplinario que diseñaron los fundadores cuando idearon el nombre de Estudios Filológicos. Por otra parte, desaparecen casi completamente las colaboraciones externas.

La evidente crisis por la que atraviesa Estudios Filológicos se disimula pero no desaparece en los dos números siguientes (11 y 12, de 1976 y 1977, respectivamente). Digo se disimula porque cada uno de esos volúmenes llena sus páginas con trabajos presentados a sendos encuentros disciplinarios: las Jornadas de Lingüística, Literatura y Educación y el Tercer Seminario de Investigación y Enseñanza de la Lingüística.

Con el número 13 (1978), las cosas parecen volver lentamente a la normalidad: desaparecen las nóminas de autoridades y las ambigüedades en los créditos. Asume la dirección Claudio Wagner, uno de los fundadores de Estudios Filológicos, coautor del ALESUCH, especie de sobreviviente del antiguo Instituto de Filología y, por sobre todo, un académico consecuente, riguroso y honesto, como pedían los fundadores. Wagner inspira confianza: empiezan a aumentar lentamente las colaboraciones externas. Desaparece la bipartición disciplinar.

A partir del número 18 (1983), asume la dirección otro académico admirable, Guido Mutis. A él le corresponde publicar el volumen 20 (1985), con que Estudios Filológicos celebra sus veinte años de existencia. Nobleza obliga, el número es encabezado por un sentido reconocimiento al fundador:

Estudios Filológicos cumple veinte años. Para una revista especializada no es mucho, pero en el contexto de un país como Chile y de una Universidad que inicia su trigésimo primer año de existencia, significa un esfuerzo que muchos de nuestros colaboradores han hecho notar y que nos alienta enormemente.

Son éstos, sin duda, quienes han dado a Estudios Filológicos cierta presencia entre la comunidad científica.

Creada en 1965, gracias a la iniciativa de Guillermo Araya G., su primer director, se constituyó en la primera revista científica de la Universidad Austral de Chile, institución que, a través de la Facultad de Filosofía y Humanidades, le ha otorgado su permanente apoyo, otra de las razones de la aparición ininterrumpida de esta revista durante dos décadas.

Con el número 23 (1988), Claudio Wagner reasume la dirección de la revista, que recibe su espaldarazo definitivo al ser incluida en Current Contents/Arts and Humanities y ASCA, en Bowker International Serials Datebase, y en Arts and Humanities Citation Indexº. Con merecido orgullo, se señala, además, que "Los resúmenes de los artículos en ella contenidos son publicados en una serie de revistas bibliográficas internacionales. (Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Holanda, etc.)". Por añadidura, Estudios Filológicos ha recibido respaldo financiero de la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica, CONICYT, a través del Fondo de Apoyo Editorial a Revistas Científicas. Desde el número 27 (1992) se añade al Consejo de Redacción, un grupo de Consultores, que luego pasará a llamarse Comité Científico. Se reciben importantes colaboraciones del país y el extranjero.

En suma, los cuarenta años sorprenden a Estudios Filológicos en un momento de verdadera excelencia científica y de un muy merecido prestigio académico. Hoy es un orgullo, como lo fue en otro tiempo, tal vez por razones algo diferentes, publicar en Estudios Filológicos. Destacados especialistas de las más diversas universidades dialogan allí y exponen los resultados de sus investigaciones, de sus análisis, de sus lecturas, realizados con el apoyo de teorías, métodos e instrumentos de reconocida vigencia. Las distintas líneas de la lingüística, desde los estudios fonéticos hasta los discursivos, pasando por los aportes a la dialectología y la lingüística aplicada a la enseñanza. Los distintos enfoques de los estudios literarios, especialmente los relativos a la literatura chilena y sus relaciones con los diversos contextos: los análisis de textos narrativos y líricos, realizados desde perspectivas novedosas y creativas y las indagaciones en el campo de las creaciones verbales de los pueblos originarios y sus desarrollos letrados. Yo, por mi parte, me jacto de haber colaborado con la revista en las duras y en las maduras y de ser un lector cómplice de sus páginas.

Permítame, por último, dedicar estas improvisadas palabras y este homenaje bien modesto pero muy sincero a mis amigos de Estudios Filológicos, por los cuales y con los cuales quiero esta revista como trabajo y memoria compartidos. En primer lugar, a los que ya no están: Guillermo, Eugenio, Ivette; luego, a los que andan dispersos por ahí: Hernán, Gastón, Constantino, Mario, Juan, Leonidas, Grinor, Ana María, Walter, Oscar; por último, a los que siguen aquí todavía, que simbolizaré sólo en cuatro nombres: Claudio, Guido, Gustavo, Iván*.

Muchas gracias.

* Un reconocimiento especial para Alberto Díaz, que con silenciosa eficiencia viene preparando los sucesivos tomos de la revista desde a lo menos 1979.