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Estudios filológicos

versión impresa ISSN 0071-1713

Estud. filol.  n.43 Valdivia sep. 2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0071-17132008000100018 

ESTUDIOS FILOLOGICOS 43: 223-232, (2008)

RESEÑAS

 

Carlos, Jáuregui. 2008. Canibalia. Canibalismo, calibanismo, antropofagia cultural y consumo en América Latina. Ensayos de Teoría Cultural, Madrid: Iberoamericana. 724 pp. Vol. I.

 

Canibalia, Premio Casa de las Américas, categoría Ensayo 2005, examina la figura del caníbal en una suerte de genealogía cultural y simbólica a partir de su condición retórica, y en cuanto que tal, como emplazamiento de la identidad cultural latinoamericana, desde las concepciones europeas del nuevo mundo como monstruo salvaje, hasta las narrativas históricas de los siglos XIX y XX, en que aquél se redefine en relación con la construcción de identidades poscoloniales y posmodernas. Recorrido (y por qué no, devenir) que despliega la imagen del caníbal como un signo de la anomalía y alteridad de América Latina. De allí que en este ensayo Jáuregui se refiera a los diferentes escenarios históricos y discursivos en los que opera esta adscripción anómala, y dentro de los cuales el canibalismo no sólo ha sido un reducto generador de alteridad(es), sino también un tropo cultural de reconocimiento e identidad, así en sus variaciones y matices semánticos: calibanismo, antropofagia cultural y consumo.

De la conquista a la globalización, Canibalia se articula como un examen tropológico en torno a la retórica de la colonialidad, en la que se acentúa el imaginario del canibalismo en tanto que signo palimpséstico, al ser producto de una amplia gama de procesos históricos y "economías simbólica", dentro de las que destaca La tempestad (1611) de W. Shakespeare, una obra clave en su consideración de artefacto cultural para la imaginación de América Latina.

La hipótesis que fundamenta este estudio sostiene que América Latina ha sido construida imaginariamente como una canibalia, esto es, un amplio espacio geográfico-cultural determinado por la imagen del monstruo antropófago comedor de carne humana, o bien por la de un cuerpo fragmentado y devorado por el colonialismo. Por ende, Canibalia indaga en la semiótica cultural para significar el canibalismo desde una mirada cartográfica al Otro, donde el caníbal se erige en signo de una América Latina ya como lugar de deseo y dominación, en una de las lecturas que sugiere su construcción ideológico-simbólica.

El texto está divido en seis secciones y un capítulo final. La primera -Canibalia- revisa distintos ejes de significación del canibalismo, a saber: 1. Los paradigmas clásicos, medievalesrenacentistas europeos sobre la alteridad (Diarios y Crónicas del Descubrimiento) en la invención del caníbal, 2. La invención americana del mito del salvaje tanto como eje de la colonialidad moderna, cuanto como escenario que reactiva la nostalgia por un mundo idílico, previo a la organización de la propiedad privada y el estado nación, 3. La determinación y autorización de la conquista del "Edén americano" como un cuerpo legal, que hizo del canibalismo la causa jurídica de la guerra y la explotación, la legitimación y crítica del imperialismo español, producto de los debates que estimuló el tropo caníbal allende los de la conquista y dominación del nuevo mundo, 4. La imagen del caníbal americano en su representación cartográfica e iconográfica, como constructor ya de un símbolo del territorio que nombra (Caribe), ya de una mirada etnográfica en torno de aquél, y 5. La valoración etnográfica del canibalismo en relación con la lucha comercial europea en América Latina.

El segundo capítulo -La trampa especular de la diferencia- analiza el tropo caníbal a partir de la emergencia criolla que representan ciertas prácticas culturales del "horror colonial", en el caso de los sacrificios humanos en la cultura mexica, hasta las narrativas propiamente coloniales como las de Bartolomé de Las Casas y los apetitos del ego conquiro, las de Léry y Montaigne y "la razón moderna de lo exótico", hasta el americanismo barroco de Sor Juana Inés de la Cruz narrativas que participan en la comunidad letrada desde espacios más o menos fronterizos, ya periféricos o alternativos, no siempre socializados en el ámbito del discurso literario.

El tercero -Guardarropía histórica y simulacros de alteridad: salvajes y caníbales de los relatos nacionales- da cuenta de seis contextos de significación del canibalismo en algunos textos claves de la historiografía ilustrada, los discursos de la emancipación y las literaturas nacionales del siglo XIX. Estos son: 1. Los nobles sauvages y caníbales de la ilustración atlántica y el pensamiento criollo, 2. Los monstruos salvajes del nacionalismo de la emancipación, 3. Los salvajes bárbaros, carniceros y vampiros del romanticismo americano (Esteban Echeverría), 4. El "tigre de los llano", el "caníbal de Buenos Aire" y el escritor de la patria (Domingo Faustino Sarmiento), 5. El principio africano y el indio Comegente del escenario nacional, y 6. Los caníbales del indianismo brasileño en la novela de José de Alencar. Tratándose de escenarios que exploran la figura del salvaje como un artefacto de enunciación retórico-cultural para imaginar y definir la nación, conforme la imagen del buen salvaje y del caníbal de la enciclopedia, artefactos salvajes donde se los ve como defecto o anomalía respecto del ideal europeísta criollo.

Elcapítulo cuarto -Los monstruos del latinoamericanismo arielista: variaciones del apetito en la periferia (neo)colonial- despliega la significación del paradigma arielista (de acuerdo con el personaje conceptual del Ariel shakesperano) en dos de sus connotaciones: como el monstruo tragaldabas del antiimperialismo modernista y como las aprensiones del nacionalismo elitista frente a las muchedumbres democráticas. En otras palabras, analiza los tópicos del "imperialismo" y la "multitud" como dos escenarios discursivos del arielismo, en la concepción que supuso la estetización de lo político, la imaginación de una comunidad étnico-cultural diferenciada, la oposición discursiva de esa América "Latina" frente a la modernidad capitalista de Estados Unidos y el silenciamiento de las insurgencias populares al interior de la nación. Ello, en el supuesto que el arielismo construyó utopías letradas en el umbral del desastre, toda vez que sus fuentes y metáforas literarias conllevaron la impronta de una conciencia trágica de la derrota en la visión de la debacle con que amenazaban las multitudes calibánicas. Situación que detecta Jáuregui en las concepciones de un Martí, Rodó y Vargas Vila.

El capítulo V -Antropofagia: consumo cultural, modernidad y utopía- da cuenta de tropos contrarios al arielimso en la apuesta y defensa de Calibán. Es el caso del "Manifiesto Antropófago" (1928) de Oswald de Andrade y de la "Revista de Antropofagia" (1928-1929), cuyas representaciones cartográficas de Brasil rearticularon la tropología cultural nacional como una canibalia, según los íconos que artistas como Hans Staden y André Thevet levantaron a favor de este imaginario. Esta rearticulación del tropo caníbal habría reaccionado contra la tradición literaria indianista, al tiempo que clausurado el debate vanguardista respecto a la brasilidad como eje de oposición frente a las influencias europeas, centrándose en la situación del modernismo brasileño en su fractura interna con el modernismo estético de Antropofagia, movimiento que vería en el canibalismo un eje semántico apropiado para definir la brasilidad en el acto de deglutir bienes simbólicos, como respuesta a la situación de modernización y nacionalismo de Brasil. De tal suerte, la propuesta de Andrade habría sido, en lugar de rechazar las tendencias artísticas europeas, devorarlas como correlato del rito caníbal de producción, circulación y apropiación cultural. Ello en un contexto de polisemia y contradicción, como advierte Jáuregui, en la medida en que, pese a su canonización como metáfora modélica para el consumo cultural, Antropofagia revelaría también otras antropofagias, como la del caníbal en tanto que utopía festiva de emancipación, en circunstancias que reactivó el mito de la Edad dorada para imaginar, en un nuevo contexto histórico cultural, la otrora felicidad salvaje. Lectura sugerida en Antropofagia II -ciclo en el que Andrade resemantiza los principios propiamente vanguardistas de su primera aparición- pero no canonizada como aquélla. Calibán, en esta concepción, se instala como símbolo de la identidad caribeña y latinoamericana, reformulando la cartografía arielista en el contexto de los movimientos de descolonización político-cultural, para finalmente subvertir el estigma de la monstruosidad de Calibán.

En el capítulo sexto -Calibanismo: modulaciones de la voz del monstruo- Jáuregui revisa la adopción de Calibán como personaje conceptual de la identidad en la obra de varios intelectuales caribeños, entre los que destaca la de Aime Césaire, y la visión que el ensayo de Fernández Retamar -"Calibán"- sugiere en torno a la existencia de una cultura en la que se enfrentan una tradición arielista "colaboradora" frente a otra calibánica "antiimperialista". Concepción que autorizaría la imagen de un Calibán emblema del esclavo, el proletario y la revolución. Aquí Jáuregui recuerda la importancia del ensayo como instancia del pensamiento contracolonial latinoamericano, que decanta en una suerte de calibanismo cultural, donde la Revolución se verá a sí misma como un caníbal que insiste en realizar las insurgencias del pasado contra el colonizador, ahora capitalista, y el imperialismo norteamericano. En esta línea, examina el pensamiento de Miguel Barnet, Tomás Gutiérrez Alea y Nancy Morejón. No obstante, advierte que si bien el calibanismo de estas narrativas operó una serie de impugnaciones contra el discurso colonial occidentalista, continuó subordinando el drama y la representación histórico-cultural a los personajes conceptuales masculinos una crítica a las limitaciones que articulan la subversión del emplazamiento discursivo calibánico, al parecer no tan distante del locus de enunciación dominante que caracteriza al del arielismo.

El capítulo final -Del canibalismo, el calibanismo y la antropofagia, al consumo- formula las varias relaciones existentes entre los tres primeros tropos enunciados en el título de esta sección, en su vinculación con el consumo, otro eje de articulación de los discursos contemporáneos que autoriza la modernidad latinoamericana vinculación que opera en el universo de las identidades híbridas, atravesadas por flujos económicos y culturales de la era global. Contexto en que el consumo secunda las metáforas modernas, toda vez que se erige como un tropo de las "transacciones digestiva", la transformación y la pugna de identidades culturales, imbricándose así con los anteriores en lugar de sustituirlos. De tal suerte, el consumo cultural describe un proceso similar al de Antropofagia y el Calibanismo, pero cuya razón comunicativa escapa a las definiciones letradas y elitistas de la cultura, tanto como a las identidades diseñadas por el colonialismo, el neocolonialismo, los nacionalismos y latinoamericanismos de los siglos XIX y XX. Su tropo recupera los signos del gasto, la enfermedad, el desperdicio, de la práctica articuladora de diferencia y distinción social, de producción de significados, entre otras, en un derrotero que analiza las concepciones de pensadores como Martín Barbero, García Canclini, Theodor Adorno, Ariel Dorfman, Beatriz Sarlo y Pierre Bourdieu, por mencionar sólo algunos, para detectar de qué manera el consumo reproduce los rasgos de apropiación y resistencia del calibalismo y de resignificación que comparte la antropofagia cultural. Dado lo cual, Jáuregui destaca la "funcionalidad comunicativa" de este "consumo resignificante", en las relaciones que guarda con un tipo de canibalismo noble o comunión (Martín Barbero) y con un rito social de formación de ciudadanía (García Canclini). Relaciones tras las que descuella la cultura del consumo como una cultura caníbal, donde su tropo homónimo, capitalismo y consumismo, conllevan la visión de este último como práctica cultural afín al mercado capitalista, conforme la lógica de un cierto canibalismo tardío (parafraseando a F. Jameson), en una lectura también perversa y excéntrica, como es la que postula Jáuregui para el devenir de nuestra América caníbal.

Canibalia resulta pues un ensayo de largo aliento si hacemos el recorrido de la historia cultural latinoamericana desde la matriz Calibán/Caníbal, metáfora del Otro en las distintas cartografías que articula su significación y representaciones simbólicas. En este sentido, el texto insiste en la utilidad de esta matriz, que nos es dable pensar como una forma de imaginar otredades indecibles dentro del amplio espectro de posibilidades, y de las que Canibalia intenta cubrir sólo una mínima parte.

Biviana Hernández
Universidad Austral de Chile.
Doctorado en Ciencias Humanas.
urganda5@yahoo.es

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