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Estudios filológicos

versión impresa ISSN 0071-1713

Estud. filol.  no.63 Valdivia  2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0071-17132019000100023 

Artículos

Las reescrituras de Operación masacre

Operación masacre and its rewritings

Victoria García. a   b  

a Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina.

b Universidad de Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras. Argentina. Correo electrónico: victoriaggarcia@gmail.com

RESUMEN:

Operación masacre llegó a ser el libro que hoy se conoce después de un proceso de reescrituras que se extendió durante los dieciséis años posteriores a su edición original, publicada en 1957. Si bien la crítica ha señalado la relación que existe entre las reescrituras de Operación masacre y las revisiones de Walsh sobre su posicionamiento literario y político, no se han estudiado con suficiente rigurosidad los cambios que el escritor introdujo en el texto de su novela testimonial más célebre. En esa línea, el presente trabajo analiza las reescrituras de Operación masacre, considerando tanto el texto como el paratexto del libro, en sus sucesivas ediciones publicadas entre 1957 y 1973. Mostraremos que, a lo largo de las reescrituras, el trabajo de Walsh sobre su estilo literario resulta inseparable de sus revisiones sobre su posicionamiento ideológico y político.

Palabras claves: reescritura; literatura y política; años 60-70; estilo; posicionamiento

ABSTRACT:

Operación masacre became the book known nowadays after a rewriting process which lasted for sixteen years after its original edition, published in 1957. Although the critics have noticed the link between Operación masacre’s rewritings and Walsh’s revisions of his literary and political positioning, the changes that the writer introduced in his most famous testimonial novel have not been accurately studied yet. In such sense, this paper analyzes Operación masacre’s rewritings, considering the book text and paratext in its successive editions published between 1957 and 1973. We will show that, within the rewriting process, Walsh’s work on his literary style is inseparable from the revisions of his ideological and political positioning.

Keywords: rewriting; literature and politics; 60-70s years; style; positioning

1. INTRODUCCIÓN

Es sabido que la Operación masacre que circula hoy es el resultado de sucesivas reescrituras que Walsh implementó en el texto, publicado originalmente en 1957, hasta establecer su edición definitiva en 1973. Si bien la crítica ha señalado la relación que existe entre las reescrituras de Operación masacre y las revisiones de Walsh sobre su propio posicionamiento literario y político -en un contexto de profundas transformaciones culturales, el de los años 60-70-, no se han estudiado con suficiente rigurosidad los cambios que el escritor introdujo en el texto de su novela testimonial más célebre. La mayoría de los estudios se centran en las modificaciones del paratexto (Crespo 1994, De Grandis 2000, Ferro 2000 y 2010, Adoue 2011, Hernaiz 2012), mientras que aquellos que consideran el texto lo hacen en términos de generalidades sugerentes pero carentes de rigor filológico (Verbitsky 2017: 19, Jozami 2011: 84).

Puesto que Operación masacre es un texto de importancia crucial en la historia de la cultura argentina y latinoamericana -fundador, en cierto sentido, del testimonio como género literario (Rama 1976, Fornet 2009: 304, Nofal 2010, García 2012)-, resulta notable la ausencia de estudios críticos que aborden de manera específica las reescrituras del libro de Walsh. Más aún porque dichas reescrituras constituyen un material ineludible para el estudio de la trayectoria del escritor, como caso representativo de las sustantivas reconfiguraciones que atravesó el campo cultural latinoamericano en la etapa de los años 60-70.

En esa línea, abordaremos a continuación las reescrituras de Operación masacre, considerando tanto el texto como el paratexto del libro, en sus sucesivas ediciones publicadas entre 1957 y 1973. Mostraremos, a través del análisis, que en las reescrituras del libro el trabajo de Walsh sobre su estilo literario resulta inseparable de la revisión que el autor opera sobre su posicionamiento literario e ideológico-político.

2. LAS VERSIONES DE OPERACIÓN MASACRE : CONSIDERACIONES PRELIMINARES

Operación masacre apareció como libro por primera vez en noviembre de 1957, publicado por ediciones Sigla. En los años siguientes, Walsh lo reeditó en oportunidades sucesivas, cada vez introduciendo modificaciones en el texto y/o en el paratexto: en 1964 se publicó por Continental Service, en 1969 por Jorge Álvarez y, finalmente, en 1972 y 1973 por Ediciones de la Flor .

Se ha sostenido que, a través del proceso de reescrituras, texto y paratexto se comportan de manera distinta: “la historia, el texto […], será relativamente fijo” a partir de 1957, afirma Hernaiz, mientras que “el paratexto […] será totalmente variable de edición en edición” (2012: 19, énfasis del autor). Es cierto que el paratexto experimenta modificaciones en todas las reediciones de Operación masacre publicadas luego de 1957. Si, como señaló Gérard Genette (2001), los prólogos y los epílogos de un libro constituyen el umbral entre texto y contexto, resulta lógico que allí se expresaran las transformaciones históricas y las revisiones del posicionamiento de Walsh, que llevaban a resignificar los sucesos de junio de 1956 narrados en el libro. Por este mismo motivo, si bien también es correcto decir que el texto sufre menos cambios que el paratexto, ello no implica que la historia contada en Operación masacre se mantenga inalterable a través sus reescrituras. De hecho, las modificaciones de los prólogos y epílogos manifiestan, como veremos, revisiones de Walsh sobre la perspectiva histórica que desplegaba en el libro.

El solo hecho de que el texto se centrase en el episodio de fusilamientos clandestinos de civiles en J. L. Suárez imprimía al libro escrito en 1957 un punto de vista histórico que el escritor, eventualmente, consideraría como incompleto o hasta fallido. Este implicaba, en efecto, desconocer o minimizar que aquellos fusilamientos habían formado parte del más general procedimiento represivo desplegado por la “Revolución Libertadora” frente al levantamiento encabezado por el general Valle. Walsh asumirá una autocrítica frente a su perspectiva narrativa inicial. A la vez, entenderá que, en el texto, aun con su sesgo histórico, se contenía la calidad literaria del libro, ligada a sus características novelísticas. Por ello mantiene la estructura textual básica y procura incidir, desde el paratexto, en la (re)interpretación histórica del episodio del 9 de junio desarrollada en el libro. Por otro lado, aunque no hay cambios estructurales en el texto de Operación masacre -la división en tres partes (“Las personas”, “Los hechos” y “La evidencia”) y la mayoría de los capítulos se preservan entre 1964 y 1973-, las variaciones textuales no dejan de ser significativas. No podrían ser reducidas, en esta línea, a modificaciones aisladas, ni tampoco a un mero ejercicio de perfeccionamiento estilístico.

3. 1957-1964: “ ¿LA ESCRIBIRÍA?

Como es sabido, Walsh editó Operación masacre como libro luego de publicar artículos en distintos semanarios de Buenos Aires (Ferro 2010, García 2014). La edición de Sigla es, en esa línea, la reproducción casi exacta de la serie de notas aparecida en la revista Mayoría entre mayo y julio de 1957, a la que Walsh añade una dedicatoria -“A Enriqueta Muñiz, periodista, con gratitud”-, un epígrafe -cita de T.S. Eliot:“A rain of blood has blinded my eyes… and I wander in a land of barren boughs: if I break them they bleed; I wander in a land of dry stones: If I touch them they bleed. How can I ever return to the soft quiet seasons?” (OM1: 8, cursivas en el original)- y un “Prólogo para la edición en libro”. Además de este paratexto, componían la edición libresca original tres partes textuales que permanecerían en las versiones posteriores del libro -“Las personas”, “Los hechos” y “La evidencia”-, así como una “Introducción” y un “Obligado apéndice” que se suprimirán en la edición de 1964, como veremos enseguida.

En la edición de 1957, Walsh se definía como ajeno a las identificaciones político-partidarias y, en particular, a la antinomia entre peronismo y antiperonismo que signaba el momento político. En esta línea, no emitía un repudio a la represión desplegada por la “Revolución Libertadora” ante el levantamiento de Valle (Jozami 2011: 71), sino que se limitaba a denunciar los fusilamientos de civiles en J. L. Suárez, irregulares incluso dentro de la legalidad impuesta por el gobierno de facto de la “Libertadora” -pues las ejecuciones se realizaron sin juicio previo y antes de la sanción de la Ley Marcial- (Melón Pirro 2009: 74). El escritor relativiza la vinculación del episodio de J. L. Suárez con la represión general a la insurrección de Valle, responsabilizando no al gobierno sino al jefe de policía de la provincia de Buenos Aires, Desiderio Fernández Suárez; justifica la ejecución de militares en los cuarteles y coloca el eje de su querella en los fusilados de J. L. Suárez “Porque esos hombres eran civiles desarmados e indefensos. Porque esos hombres no se habían sublevado ni se jugaban nada. Porque algunos de esos hombres ni siquiera eran peronistas” (OM1: 142).

Algunos de estos puntos de vista serán revisados en la segunda edición de Operación masacre. Esta incluye numerosas modificaciones introducidas por Walsh. Sintéticamente, el autor suprime el “Obligado apéndice”; elimina capítulos enteros de la tercera parte, “La evidencia”; realiza cambios textuales de distinto tipo y alcance en “Las personas” y “Los hechos”; reemplaza el “Prólogo para la edición en libro” y la “Introducción” de 1957 con el nuevo “Prólogo de la segunda edición” y agrega un “Epílogo” actualizado -que sustituye el “Provisorio epílogo” inicialmente incluido en “La evidencia”.

Veamos cada una de estas modificaciones en detalle. Algunas de ellas se orientan a reordenar el libro, despojándolo de anclaje inicial en el presente inmediato de los hechos. En efecto, puesto que la edición de Sigla reproducía las notas de Mayoría, incluía réplicas y contrarréplicas que habían surgido como repercusiones de la publicación periodística. Así ocurría en el “Obligado apéndice”, compuesto de una serie de descargos de Walsh frente a intervenciones públicas de Fernández Suárez, que tendían a desacreditar la denuncia del escritor. Todos estos capítulos se suprimen en la edición de 1964.

Algo similar ocurre con la tercera parte del texto, “La evidencia”, donde Walsh elimina capítulos que reseñaban el proceso de investigación y exponían con detalle la desidia de la justicia y de los medios de comunicación en relación con el caso. A la par, incorpora lo que sostiene es una evidencia “más categórica” (OM2: 15): el “expediente Livraga”. Se trata del expediente judicial iniciado a partir de la denuncia de uno de los sobrevivientes de los fusilamientos, que contiene las confesiones de los ejecutores materiales y al cual Walsh solo tuvo acceso luego de publicada la primera edición del libro.

En términos generales, las modificaciones implementadas en el “Obligado apéndice” y en “La evidencia” dan cuenta del diferente estatuto que adquiere el relato de Operación masacre a ocho años de los sucesos que le dieron origen. Ya no se trata de una intervención urgente en el presente, que buscaba interpelar a los responsables y cómplices de los fusilamientos de J. L. Suárez para que se hiciese justicia sobre el caso, y que se desarrollaba a medida que dicha intervención generaba (o no) efectos en su contexto. Más bien, en 1964 el libro de Walsh constituirá un racconto sintético del episodio de 1956 y del proceso de investigación, destinado a divulgar la memoria de los acontecimientos.

En cuanto a la segunda y la tercera parte del libro, “Las personas” y “Los hechos”, el cotejo comparativo de las ediciones de 1957 y 1964 muestra variaciones significativas, en las que el trabajo de perfeccionamiento estilístico se anuda con la revisión ideológica. En esta línea, hay que señalar en primer lugar que el relato se torna más sobrio, como ya ha sido observado por varios críticos (Crespo 1994: 226, Jozami 2011, Verbitsky 2017). No azarosamente las supresiones predominan en las modificaciones introducidas por Walsh -con menor proporción de agregados y sustituciones-, y las palabras suprimidas son mayormente adjetivos. Así, donde decía “La inmensa mayoría del país también lo ignora” (OM1: 30), pasará a decir “La mayoría del país” (OM2: 28); donde decía “Los hijos también son seis, como los de Carranza, pero ahí termina toda similitud” (OM1: 24), dirá “…pero ahí termina la semejanza (OM2: 22); donde decía que Lisazo “Tiene apenas veintiún años este muchacho…” (OM1: 32), dirá “Tiene veintiún años…” (OM2: 30).

Dentro de los cambios que tienden a volver la narración más austera, son significativos aquellos que comportan, además, un factor ideológico notorio. En este sentido, Walsh modera en 1964 la insistencia en la inocencia de las víctimas de los fusilamientos de J. L. Suárez, asociada a su desvinculación de toda participación política, que había sido uno de los argumentos básicos de la versión original del libro. Algunas supresiones y sustituciones lo demuestran con claridad. Así, la descripción del padre de uno de los fusilados, Garibotti, decía en 1957: “era una estampa de hombre (…(. Bueno con todos, pero serio. Que no le hablen a él de política ni de líos gremiales. Ya bastante le cuesta mantener a ese rosario de hijos que tiene” (OM1: 23-24), mientras que a partir de 1964 dirá simplemente “…era una estampa de hombre” (OM2: 21-22). Sobre Vicente Rodríguez, donde se decía “jamás pensó que lo iban a matar, ni aun a último momento, cuando eso era evidente. Por lo tanto, no creía merecer la muerte, no creía haber hecho nada que lo condujese a un castigo tan extremo” (OM1: 44), se suprimirá este último pasaje (OM2: 40). Sobre Horacio Di Chiano, se eliminará un fragmento en que el narrador subrayaba su débil relación con la política: “Simples posturas verbales, desde luego, pues nunca estuvo afiliado a ningún partido ni actuó en política” (ver OM1: 28 y OM2: 26).

Walsh, además, cambia su perspectiva en relación con ciertos modelos de vida social y, en particular, revisa ciertos estereotipos ligados al trabajo que reproducía en la edición de 1957. Se modera, en esa línea, la reivindicación de la abnegación y del sacrificio que orientaba la caracterización de los personajes, como lo muestran varias supresiones: el “ejemplar espíritu de sacrificio” atribuido a Lisazo (OM1: 34), la “singular dedicación” de Brion (OM1: 39), “la espléndida abnegación” de las enfermeras que atendieron a Livraga (OM1: 91) y el “ejemplo de laboriosidad y honradez” que representaba Giunta (OM1: 95) se descartan en la segunda edición del libro (ver OM2: 31, 36, 87 y 91).

Otras revisiones ideológicas del libro se relacionan con la distancia que el escritor toma respecto de ciertos valores asociados a la ideología liberal. Como lo ha observado Aníbal Ford, el punto de partida de Walsh al concebir Operación masacre había sido un “antiperonismo casero y liberal” con elementos humanistas (1969: 163). La oposición civilización/barbarie, en esta línea, proporcionaba una matriz interpretativa de los sucesos de 1956. En 1964, Walsh suprime los pasajes del paratexto y de “La evidencia” que desarrollaban dicha perspectiva, y en el mismo sentido introduce modificaciones textuales: donde decía “el pueblo vive y progresa a pesar de todo” -sobre Florida, el barrio donde vivían las víctimas de los fusilamientos- (OM1: 27), dirá simplemente “el pueblo vive a pesar de todo” (OM2: 25). También se suprimirá íntegramente el siguiente pasaje del capítulo 28: “en aquellos días de junio de 1956 la provincia de Buenos Aires […] era cualquier cosa menos un país civilizado. Desde noventa años atrás no se perpetraban allí barbaridades semejantes […]” (ver OM1: 93 y OM2: 89). El alejamiento de Walsh de valores del liberalismo como la civilización y el progreso no resulta ajeno a un contexto político-cultural en que dicha ideología se encontraba en declive. En efecto, como lo señala Oscar Terán (2013: 99 y ss.), la satanización del peronismo practicada por los intelectuales liberales, contrastada con la persistente identificación peronista de amplios sectores populares, fue instalando entre la intelectualidad crítica la idea de que el liberalismo era una ideología antipopular y deficitaria para comprender la realidad argentina.

Por otra parte, son relevantes las modificaciones del texto de Operación masacre que sugieren una reconsideración del significado del 9 de junio de 1956. Citamos a continuación, en esa línea, un pasaje del capítulo “Lisazo”, donde Walsh elimina evaluaciones negativas sobre el levantamiento de Valle incluidas en la edición de 1957:

Va a comenzar la lucha más espectacular de toda la intentona revolucionaria. Y al mismo tiempo la más absurda, la de ribetes más incomprensibles. (…( En la misma ciudad de La Plata, donde el tiroteo se prolonga incesantemente toda la noche, son mu chos los que duermen y sólo a la mañana siguiente se enteran. La intentona es descabellada. Carece de clima civil y -todavía- de justificación honda. Parece también, por el desorden con que se la lleva a cabo, que hubiera estallado prematuramente (OM1: 56).

Va a comenzar la lucha más espectacular de toda la intentona revolucionaria. Y al mismo tiempo la más absurda, la de ribetes más incomprensibles. (…( En la misma ciudad de La Plata, donde el tiroteo se prolonga incesantemente toda la noche, son mu chos los que duermen y sólo a la mañana siguiente se enteran (OM2: 67-68).

Esta resignificación de los hechos del 9 de junio se observa asimismo en las modificaciones del paratexto del libro, esto es, en el prólogo y el epílogo de la edición de 1964.

En cuanto al “Prólogo de la segunda edición”, conviene resaltar que es el que permaneció en las ediciones posteriores. Aunque se trata de un texto muy conocido, no se lo suele considerar en relación con su contexto de escritura en 1964, por distintos factores: por un lado, debido a la inaccesibilidad pública de la segunda edición de Operación masacre; por otro, porque los cambios de título del paratexto en las ediciones subsiguientes tienden a invisibilizar que se trata de un texto de 1964 -en 1969 aparece presentado como “Prólogo de la tercera edición”, mientras que en las subsiguientes se titula sencillamente “Prólogo” -.

El “Prólogo de la segunda edición”, que después será solo “Prólogo”, es importante porque sintetiza dos aspectos fundamentales de la reescritura del libro en 1964: por una parte, el cambio de estatus ya mencionado, por el cual el texto deja de perseguir efectos inmediatos en su presente y pasa a constituir un “trabajo de memoria” sobre los sucesos de 1956 (Jelin 2012); por otra parte, la actualización y ampliación de la perspectiva histórica y política que orienta la narración de aquellos sucesos. Ambos aspectos están interrelacionados: es en virtud del paso del tiempo, que coopera a la generalización y a la síntesis, que Walsh amplía su perspectiva histórica, acentuando la relación entre los fusilamientos de J. L. Suárez y el contexto político de la “Revolución Libertadora”. Así, es significativo que aun cuando el “Prólogo de la segunda edición” incorpora elementos textuales de la “Introducción” de 1957 -y, como veremos, del “Provisorio epílogo”-, el enfoque del autor resulta muy distinto:

La primera noticia sobre la masacre de José León Suárez llegó a mis oídos en la forma más casual, el 18 de diciembre de 1956. Era una versión imprecisa, propia del lugar -un ca fé- en que la oí formulada. De ella se desprendía que un presunto fusilado durante el motín peronista del 9 y 10 de ju nio de ese año sobrevivía y no estaba en la cárcel. La historia me pareció cinematográfica, apta para todos los ejercicios de la incredulidad. Esta, sin embargo, puede ser apenas la máscara de la sa biduría. Suele ser tan ingenuo el incrédulo absoluto como el que todo lo cree; pertenecen en el fondo a una misma catego ría psicológica. Pedí más datos. Y al día siguiente conocí al primer actor importante del drama: el doctor Jorge Doglia. La entrevista con él me impresionó vivamente […] (“Introducción”, OM1: 11-12).

La primera noticia sobre los fusilamientos clandestinos de junio de 1956 me llegó en forma casual, a fines de ese año, en un café de La Plata donde se jugaba al ajedrez, se habla ba más de Keres o Nimzovitch que de Aramburu y Rojas, y la única maniobra militar que gozaba de algún renombre era el ataque a la bayoneta de Schlechter en la apertura siciliana. En ese mismo lugar, seis meses antes, nos había sorpren dido una medianoche el cercano tiroteo con que empezó el asalto al comando de la segunda división y al departamento de policía, en la fracasada revolución de Valle. Recuerdo có mo salimos en tropel, los jugadores de ajedrez, los jugadores de codillo y los parroquianos ocasionales, para ver qué feste jo era ese, y cómo a medida que nos acercábamos a la plaza San Martín nos íbamos poniendo más serios y éramos cada vez menos, y al fin cuando crucé la plaza, me vi solo […] (“Prólogo de la segunda edición”, OM2: 9).

Como se ve, si en 1957 el encuentro azaroso con la noticia de los fusilamientos de J. L. Suárez suscita estupor, pero también curiosidad e interés investigativo -en un Walsh que, por entonces, “quería ganar el Pulitzer” (Ford 2001: 11)-, en 1964 pasará a resignificarse en clave histórica, aun bajo la asunción de que precisamente de perspectiva histórica había carecido la mirada inicial del autor sobre el episodio de 1956 (“se habla ba más de Keres o Nimzovitch que de Aramburu y Rojas…”). Del mismo modo, si en 1957 el azar de la noticia da lugar al relato de una investigación personal (“Pedí más datos. Y al día siguiente conocí al primer actor importante del drama…”), en 1964 será el comienzo de un racconto testimonial sobre la participación del autor en “la fracasada revolución de Valle” entendida como suceso histórico. Es de notar que ya la edición de 1957 incluía, en su “Provisorio epílogo”, un testimonio de Walsh sobre los hechos del 9 de junio, pues el autor había presenciado parte del estallido y la represión en la ciudad de La Plata. No obstante, la reformulación del “Provisorio epílogo” en el prólogo de 1964 expone significativos cambios de perspectiva. Así, en la edición de 1957 Walsh subraya su crítica a los jefes militares del levantamiento y señala su rol activo en la protección de los soldados leales a la “Revolución Libertadora” que intentaban reprimir el estallido en La Plata:

Yo pensaba y sigo pen sando -nótese bien- que ese hombre [el jefe del grupo rebelde] estaba equivocado […]. Pero aquel sargento Ferrari del grupo rebelde me dejó pa sar, y posiblemente debió lamentarlo. Porque dos horas más tarde mi casa se convertía en abrigo de cuarenta soldados lea les que, superado el susto, tiraban contra él. Esos hombres del segundo batallón de Comunicaciones de City Bell no se acor darán de mi cara […] pero estoy seguro de que ninguno de ellos […] olvidará en su vida aquella alta puerta de madera que fue la única en abrirse para ellos en la calle 54, bajo el fue go rebelde que amenazaba diezmarlos (OM1: 145).

Asimismo, Walsh se refiere a la muerte de uno de los conscriptos leales a la “Libertadora”, Bernardino Rodríguez, integrando el episodio en una crítica general a las revoluciones que ocasionan la muerte de “personas inocentes”:

Uno de ellos acababa de morir […]. Escuché el grito de terror y soledad que lanzó al caer, cuando la patrulla tomada de sorpresa se reple gó momentáneamente: “¡No me dejen solo! ¡Hijos de p..., no me dejen solo!”. Sus compañeros tomaron, después, el nido de ametralladora que lo había matado desde una obra en cons trucción. Pero Bernardino Rodríguez, de 21 años, murió creyendo que sus camaradas, sus amigos, lo abandonaban en la muerte. Y eso me dolió entonces, y me sigue doliendo ahora, como tantas cosas inútiles. En ese momento supe lo que era una revolución, su faz sór dida que nada puede compensar. Y la odié con todas mis fuer zas, a esa revolución. Y, por reflejo, a todas las anteriores, por justas que hayan sido. […] Si hay algo justamente que he procurado suscitar en estas páginas es el horror a las revoluciones, cuyas primeras vícti mas son siempre personas inocentes, como los fusilados de Jo sé León Suárez o como aquel conscripto caído a pocos metros de donde yo estaba. La pobre gente no muere gritando “Viva la patria”, como en las novelas. Muere vomitando de miedo, como Nicolás Carranza, o maldiciendo su abandono, como Bernardino Rodríguez (“Provisorio epílogo”, OM1: 145-146).

Como se ve, el testimonio de Walsh en el “Provisorio epílogo” consolida la defensa de los fusilados de Suárez como víctimas inocentes de la represión de 1956 y la distancia que el escritor toma respecto del peronismo, del antiperonismo y, en general, de las identificaciones políticas. En efecto, su crítica a las revoluciones atañe a la vez a la insurrección de Valle, a la “Revolución Libertadora” y a la “revolución” de 1943 que posibilitó el ascenso de Perón al gobierno (“la odié con todas mis fuer zas, a esa revolución. Y, por reflejo, a todas las anteriores…”). En 1964, todo el pasaje relativo a las revoluciones se suprime:

Tampoco olvido que, pegado a la persiana, oí morir a un conscripto en la calle y ese hombre no dijo: “Viva la patria”, sino que dijo: “No me dejen solo, hijos de puta”. […] La violencia me ha salpicado las paredes, en las ventanas hay agujeros de balas, he visto un coche agujereado y adentro un hombre con los sesos al aire, pero es solamente el azar lo que me ha puesto eso ante los ojos. Pudo ocurrir a cien kilómetros, pudo ocurrir cuando yo no estaba. Seis meses más tarde, una noche asfixiante de verano, frente a un vaso de cerveza, un hombre me dice: -Hay un fusilado que vive. No sé qué es lo que consigue atraerme en esa historia di fusa, lejana, erizada de improbabilidades. No sé por qué pi do hablar con ese hombre, por qué estoy hablando con Juan Carlos Livraga. Pero después sé. Miro esa cara, el agujero en la mejilla, el agujero más grande en la garganta, la boca quebrada y los ojos opacos donde se ha quedado flotando una sombra de la muerte. Me siento insultado, como me sentí sin saberlo cuando oí aquel grito desgarrador detrás de la persiana. Livraga me cuenta su historia increíble; la creo en el acto (“Prólogo de la segunda edición”, OM2: 10).

El cambio de perspectiva en torno de la idea de revolución no resulta extraño si se considera que para 1964 la Revolución Cubana constituía una referencia ineludible de los intelectuales contestatarios argentinos (Terán 2013: 175 y ss.). Walsh, de hecho, había vivido y trabajado en Cuba entre 1959 y 1961, desempeñándose como uno de los periodistas de la redacción de Prensa Latina (Arrosagaray 2004, Jozami 2011: 104, García 2015a). En la misma línea, resultan significativas las revisiones del testimonio de Walsh en cuanto a su propia participación en los hechos de 1956: omite que su casa sirvió de refugio a soldados leales a la “Libertadora”, y aunque todavía se refiere a la muerte de Bernardino Rodríguez lo hace eliminando la identificación del conscripto con el gobierno.

Si en el “Prólogo” la revisión ideológica de Walsh sobre su libro se vislumbra a partir de las omisiones, en el “Epílogo” se desarrolla abierta y extensamente. En ese postfacio, el escritor evalúa los efectos de su investigación considerando los objetivos que ha cumplido y, sobre todo, aquellos en los que ha fracasado: “Ahora quiero decir lo que he conseguido con este libro, pe ro principalmente lo que no he conseguido” (OM2: 142). Sopesa, así, que su denuncia no tuvo la respuesta que había esperado por parte de las autoridades estatales: “Pretendía que el gobierno, el de Aramburu, el de Frondizi, el de Guido, cualquier gobierno, […] reconociera que esa noche del 10 de junio de 1956, en nom bre de la República Argentina, se cometió una atrocidad. En esto fracasé” (OM2: 142). Al final del “Epílogo” -que es el final del libro-, llega a cuestionar el mismo sentido (re)escribir Operación masacre:

Entonces me pregunté si valía la pena, si lo que yo perse guía no era una quimera, si la sociedad en que uno vive ne cesita realmente enterarse de cosas como estas. […] Releo la historia que ustedes han leído. Hay frases ente ras que me molestan, pienso con fastidio que ahora la escri biría mejor. ¿La escribiría? (OM2: 144, énfasis del autor).

El “Epílogo” expresa, de esta forma, una tensión que atraviesa a Operación masacre desde su origen y que se mantiene vigente en sus reescrituras. Como hemos señalado, Walsh intenta modificar la perspectiva que había orientado su investigación inicialmente, proporcionando una contextualización de la masacre de Suárez en el marco de la represión al levantamiento de Valle ejecutada por el gobierno de la “Revolución Libertadora”. Sin embargo, esa revisión llevaba a cuestionar el mismo hecho de haber escrito Operación masacre. Pues si su objetivo había sido hacer justicia por los fusilados de J. L. Suárez, entonces la constatación de que esa reparación no era posible dentro de un sistema político que había producido los fusilamientos interrogaba el sentido del libro. Por eso es que las reescrituras de Operación masacre no es meramente estilístico (“Hay frases ente ras que me molestan, pienso con fastidio que ahora la escri biría mejor”), sino que atañe a los modos en que Walsh lidia con el posicionamiento ideológico que lo llevó en primer lugar a escribir el libro (“¿La escribiría?”). Como vemos en este pasaje, Walsh plantea estas tensiones en términos de desilusiones, pero también deja un interrogante abierto. Ese interrogante centrado en el sentido de la (re)escritura se retomará en la edición de 1969, ya no desde la perspectiva del fracaso y la desilusión, sino con vocación abierta de lucha política.

4. 1969: “ERA INÚTIL PEDIR JUSTICIA”

Cuando Walsh reedita Operación masacre en 1969, es ya un intelectual orgánico de la izquierda político-cultural argentina, que participa activamente en un sector del sindicalismo combativo de la época, nucleado en la CGT de los Argentinos (Jozami 2011: 143). En esta tercera edición de Operación masacre, vuelve a introducir cambios tanto en el paratexto, que continuará modificándose en futuras versiones, como en el cuerpo del texto, que en 1969 quedará establecido como definitivo.

En cuanto a las modificaciones del texto, operan sobre las dos primeras partes del libro, “Las personas” y “Los hechos”. Igual que en 1964, son mayormente supresiones las introducidas por el autor. La omisión más notoria es la borradura completa del capítulo 23: un denuesto del “Siniestro basural de José León Suárez (OM2: 72) con pretensiones líricas y palpables ecos del Facundo de Sarmiento (Jozami 38), que profundiza el alejamiento de Walsh de la ideología liberal, ya observado en 1964. Además, se constatan variaciones textuales sutiles pero significativas, que en algunos casos reafirman criterios de reinterpretación del libro ya manifestados en 1964. Se vuelve a observar, así, una tónica general de atenuación del dramatismo del relato, expresada en supresiones de adjetivos y simplificaciones de enunciados reiterativos o enfáticos, y nuevamente es notoria la revisión de las valoraciones ético-morales proyectadas sobre los personajes, especialmente en cuanto a su consideración como trabajadores.

Por otra parte, es visible la revisión de la inocencia y la despolitización de las víctimas de los fusilamientos que ya se notaba en 1964, pero con matices relevantes ahora, en los que cabe detenerse. Así, donde en 1957 decía: “Las ideas políticas del propio Don Horacio [Di Chiano] son tan imprecisas o fluctuantes, que no vale la pena mencionarlas” (OM2: 26), se suprimirá enteramente el fragmento (OM3: 33). Donde decía: “Del propio Carranza nadie podrá demostrar que era un revolucionario. También él va desarmado” (OM2: 24), dirá solo: “También Carranza va desarmado” (OM3: 30). Donde decía, sobre Lisazo: “Se ha exceptuado del servicio militar y nunca ha tenido un simple revólver en sus manos. Como elemento de acción sería inútil en un combate” (OM2: 31), dirá: “Se ha exceptuado del servicio militar y nunca ha tenido un simple revólver en sus manos” (OM3: 40). Como se ve, Walsh no solo deja de insistir en el carácter despolitizado de las víctimas, sino que interviene en particular sobre pasajes referidos a la relación de los personajes con la violencia política. No omite que los civiles fusilados en J. L. Suárez estaban desarmados, pero sí matiza las evaluaciones que tendían a desvincular a los personajes de cualquier actitud revolucionaria. Las supresiones parecen ubicarse en sintonía con un contexto en que la lucha armada adquiría creciente legitimidad entre las izquierdas latinoamericanas y argentinas (Gillespie 2008: 113, Calveiro 2008: 21 y ss.).

Del mismo modo, se observa un cambio significativo en la caracterización de Julio Troxler. Donde decía: “Sus opiniones políticas, pocos la conocen” (OM2: 54), pasará a decir: “Troxler es peronista, pero habla poco de política” (OM3: 71). La variación remite al cambio de postura que el propio Walsh ha operado con respecto al peronismo. En efecto, su participación en la CGT de los Argentinos tuvo como correlato un acercamiento a los sectores combativos del peronismo (Jozami 2011).

En la misma línea, Walsh introduce modificaciones en el texto que demuestran un nuevo enfoque histórico de la insurrección de junio de 1956. La valorización negativa deslizada en ciertos pasajes del texto se revierte: así, lo que hasta 1964 se denominaba “motín” (OM2: 34 y 42) pasa a denominarse “levantamiento” (OM3: 44) o “alzamiento” (OM3: 65). Asimismo, se modifica la descripción del contexto histórico como escenario del relato desplegado en “Las personas” y “Los hechos”. Al referirse a las posturas políticas de Pedro Lisazo, donde decía: “Se invierte el signo, pero la persecución no cesa” (OM2: 30), ahora dirá: “Una ola revanchista sacude al país” (OM3: 39). Walsh pasa de equiparar el papel histórico del peronismo y de la “Revolución Libertadora”, como gobiernos igualmente persecutorios y represivos, a criticar deliberadamente el antiperonismo violento del gobierno iniciado en 1955.

De la misma manera, hay que destacar que, si bien predominan las supresiones en la reescritura de 1969, uno de los capítulos del texto se amplía: no azarosamente se trata de “Donde verdaderamente se combate…”, que a partir de 1969 se titulará “La revolución de Valle”. En ese capítulo, se suprimen por un lado pasajes con valoraciones negativas sobre el levantamiento de 1956. Donde decía: “Va a comenzar la lucha más espectacular de toda la intentona revolucionaria. Y al mismo tiempo la más absurda, la más incomprensible” (OM2: 52), dirá simplemente: “Va a comenzar la lucha más espectacular de toda la intentona revolucionaria” (OM3: 68). Por otra parte, el escritor incorpora una abierta reivindicación de los fundamentos del levantamiento de 1956 y de la figura de Valle: “Por supuesto Valle actuó, y entregó su vida, y eso es mu cho más que cualquier palabra. […] Su figura crecerá justicieramente en la memoria del pueblo, junto con la convicción de que el triunfo de su movi miento hubiera ahorrado al país la vergonzosa etapa que le siguió, esta segunda década infame que estamos viviendo” (OM3: 66). La reivindicación del movimiento del 9 de junio funciona, así, como argumento para una toma de posición en el presente en el que vive Walsh: la “segunda década infame” reafirma el rechazo del escritor a la “Revolución Libertadora”, pero también amplía la crítica al proceso histórico que aquella inauguró, y que tiene continuidad hasta el momento en que se reescribe el libro. En el mismo sentido deben entenderse las evaluaciones del escritor sobre lo que consideraba las debilidades del movimiento liderado por Valle, que según él se limitaba a proponer “un retorno acrítico al peronismo” (OM3: 66). Se expone aquí la distancia que Walsh mantiene respecto del peronismo, aun cuando en la práctica sindical que lleva adelante se ha acercado a dicho movimiento político. En efecto, incluso cuando el escritor participe orgánicamente de organizaciones vinculadas al peronismo, no sostendrá una adhesión incondicional ni una postura acrítica.

Como dijimos, la revisión de la perspectiva ideológica de Operación masacre se encontraba limitada por el hecho de que el texto se focalizaba en el episodio de los fusilamientos de J. L. Suárez. Por ello, Walsh apela al paratexto para desplegar su nuevo punto de vista histórico sobre los sucesos de 1956. En esa línea, en 1969 el escritor opera una reconsideración decisiva, que formula en un nuevo “Epílogo”:

Una de mis preocupaciones, al descubrir y relatar esta matanza cuando sus ejecutores aún estaban en el poder, fue mantenerla separada, en lo posible, de los otros fusilamien tos cuyas víctimas fueron en su mayoría militares. Aquí ha bía un episodio al que la Revolución Libertadora no podía responder ni siquiera con sofismas. Ese método me obligaba a renunciar al encuadre históri co, en beneficio del alegato particular. Se trataba de presen tar a la Revolución Libertadora, y sus herederos hasta hoy, el caso límite de una atrocidad injustificada, y preguntarles si la reconocían como suya, o si expresamente la desautorizaban […]. Tres ediciones de este libro, alrededor de cuarenta artículos publicados, un proyecto presentado al Congreso e innumerables alternativas menores han servido durante doce años para plantear esa pregunta a cinco gobiernos sucesivos. La respuesta fue siempre el silencio. […] Las ejecuciones de militares en los cuarteles fueron, por supuesto, tan bárbaras, ilegales y arbitrarias como las de ci viles en el basural (OM3: 192-193).

El pasaje es interesante porque explicita el cambio de perspectiva de Walsh sobre los hechos de 1956: si originalmente había defendido solo a las víctimas civiles de J. L. Suárez, ahora generaliza su crítica a la represión, incorporando a las víctimas militares como parte de su alegato. El hecho de que el escritor presente este enfoque como natural, dándolo “por supuesto”, da cuenta, en rigor, de la rectificación que contiene el “Epílogo”, perceptible a la luz de su comparación con las ediciones anteriores del libro. Más aún: si bien Walsh sostiene que con su perspectiva inicial buscaba contribuir a la eficacia de la denuncia -pues los fusilamientos contradecían la legalidad de la propia “Libertadora”-, en rigor él mismo reconoce que se trataba además de sus propias indefiniciones políticas . En esta línea, Walsh busca modificar el significado de Operación masacre hacia atrás, en un doble sentido: por un lado, le otorga un alcance histórico y una perspectiva política de la que el libro carecía al comienzo; por otro, lo hace en un epílogo que, como ha señalado Genette (2001: 203), se propone brindar claves para la lectura, pero lo hace respecto de un texto que ya pasó y, por eso, solo puede cumplir una función paliativa.

Por otra parte, las constataciones de Walsh sobre la responsabilidad del Estado en la ejecución y el encubrimiento de los crímenes llevarán al escritor a elaborar una crítica general al “sistema” que, a la vez que revela su propia ingenuidad inicial al pretender justicia de las instituciones estatales, sostiene la importancia de defender la justicia en el plano político y social, desde una perspectiva clasista:

Era inútil en 1957 pedir justicia para las víctimas de la “Operación Masacre”, como resultó inútil en 1958 pedir que se castigara al general Cuaranta por el asesinato de Sata nowsky, como es inútil en 1968 reclamar que se sancione a los asesinos de Blajaquis y Zalazar, amparados por el gobier no. Dentro del sistema, no hay justicia. Otros autores vienen trazando una imagen cada vez más afinada de esa oligarquía […]. Que esa clase esté temperamentalmente inclinada al asesinato, es una connotación importante que deberá tenerse en cuenta cada vez que se encare la lucha contra ella. No para duplicar sus hazañas, sino para no dejarse conmover por las sagradas ideas, los sagrados principios y, en general, las bellas armas de los verdugos (OM3: 194-195).

En este pasaje, correspondiente al párrafo final del nuevo “Epílogo”, Walsh responde a la pregunta por el sentido de la (re)escritura que él mismo se había planteado en 1964 (“¿La escribiría?”): así, si vale la pena volver a escribir Operación masacre, es porque del relato sobre los hechos de 1956 se desprenden enseñanzas que orientan la lucha política en el presente. Notemos que al impugnar la violencia sistemática de las clases dominantes en la Argentina Walsh no deja de introducir -aun sutilmente-, una polémica al respecto de cómo enfrentarla y, en particular, sobre el papel de la violencia en las luchas populares (“No para duplicar sus hazañas…”). El escritor se distancia así de una defensa abierta de la lucha armada, aun cuando esta -en el otro extremo- para 1969 no podía considerarse como del todo extemporánea, como vimos en las variaciones que el autor introduce en el texto.

Para terminar nuestro análisis de la edición de 1969, observemos que aquí Walsh modifica el epígrafe que el libro incluía originalmente, reemplazando la frase de Eliot por una cita documental. Se trata de un fragmento de la declaración del comisario Rodríguez Moreno en la investigación sobre el caso Livraga: “Agrega el declarante que la comisión encomendada era terriblemente ingrata para el que habla, pues salía de todas las funciones específicas de la policía” (OM3: 8, cursivas en el original), que además se incluye en “La evidencia” (OM3: 166). El nuevo epígrafe indica la deliberada preferencia del Walsh de entonces por el arte testimonial y documental, modelo estético que adquiría creciente legitimidad en el campo literario de la época (Gilman 2012: 339, García 2012 y 2015b). El paratexto, una vez más, viene a reponer aquello de lo que el texto de Operación masacre en rigor escasea: si inicialmente Walsh había escrito una novela sobre los fusilados de J. L. Suárez, en la que el testimonio de los protagonistas se representaba con procedimientos característicos de la narrativa ficcional, a fines de los años 60 se revisará en clave de la “simple presentación de los hechos” defendida entonces por el escritor (Walsh 2007 [1969]: 142-143). Operación masacre, así, pasará a ser un testimonio: el nombre del género y los presupuestos literarios y políticos que orientaron su institucionalización se le aplicarán retroactivamente, para dotarlo de un programa estético que, vacilante o indefinido en su origen, Walsh solo pudo (re)formular a más de una década de haber escrito originalmente el libro.

5. 1972: EL “JUICIO HISTÓRICO” A ARAMBURU

En 1972, Walsh suprime algunos pasajes del “Epílogo” que había escrito en 1969 y añade un capítulo ulterior, titulado “Aramburu y el juicio histórico”. Este se refiere al secuestro y asesinato de Pedro Eugenio Aramburu -uno de los dictadores de la “Revolución Libertadora”- que, ocurrido en junio de 1970, constituyó la fundación pública de la organización político-militar Montoneros (Gillespie 2008: 156). Existe una correlación entre ambas variaciones: en el “Epílogo”, Walsh borra los pasajes finales, donde como vimos en el apartado anterior se planteaban reparos sobre la apelación a la violencia como estrategia de lucha política. La irrupción de Montoneros en el escenario político y cultural consolida el proceso de legitimación de la lucha armada, proceso al que no es ajeno Walsh: a fines de 1970, se integra a las Fuerzas Armadas Peronistas (Arrosagaray 150, Jozami 217), iniciando así un vínculo orgánico con las agrupaciones políticas del peronismo de izquierda, que sostendría hasta el final de su vida.

En “Aramburu y el juicio histórico”, Walsh defiende lo que considera un acto de ajusticiamiento político, en el que todo un pueblo peronista conforma la querella: “El 29 de mayo de 1970 un comando montonero secuestró en su domicilio al teniente general Aramburu. Dos días des pués esa organización lo condenaba a muerte y enumeraba los cargos que el pueblo peronista alzaba contra él” (OM4: 194-195). En rigor, solo los Montoneros habían realizado el “juicio histórico”, pero legitimados por un pueblo que, de hecho, “no lloró la muerte de Aramburu” (OM4: 195). En efecto, lo que estaba en juego para el Walsh de entonces era toda una historia y un balance político del rol histórico que Aramburu encarnaba, como “Ejecu tor de una política de clase cuyo fundamento -la explotación- es de por sí antihumano” e integrante de “una minoría usurpadora que sólo mediante el engaño y la violencia consigue mantenerse en el poder” (OM4: 195).

En su aparición original, “Aramburu y el juicio histórico” se presenta íntegramente impreso en bastardillas. La tipografía parece indicar, como lo sugiere Horacio González (1998), una novedad que el episodio del secuestro de Aramburu representa en el ciclo histórico iniciado en 1955 -asociada a la emergencia de la violencia popular como respuesta defensiva a la violencia estatal-, pero también una discontinuación en la trayectoria del mismo Walsh, en la que la defensa abierta del “pueblo peronista” y de la lucha armada como método para que recuperase el poder habría resultado impensable al inicio. En ese sentido, en el capítulo adicionado habla otro que el Walsh de las páginas anteriores. El texto introduce una anomalía dentro en la serie de reescrituras, que queda expuesta no solo en las bastardillas, sino también en el hecho de que un libro incluya un capítulo después de su “Epílogo”. “Aramburu y el juicio histórico”, así, plantea un después de Operación masacre: el episodio al que se refiere deriva de la historia de los fusilamientos de 1956, pero a la vez expresa la irrupción de una fuerza política nueva y de una distinta etapa política.

6. 1973: EL “SENTIDO ÚLTIMO” DE OPERACIÓN MASACRE

Entre noviembre de 1970 y agosto de 1972 se filmó la película de Operación masacre. Dirigida por Jorge Cedrón, contó con la participación de Walsh en la elaboración del guión. El film introduce un cambio de perspectiva central en la historia de Operación masacre: en particular, Julio Troxler, que en el libro tiene un papel secundario, pasa a ocupar un rol protagónico al oficiar de relator en off y, en ese sentido, de portavoz testimonial de los hechos de 1956 (Mestman 2014, García 2014). Ni el papel secundario de Troxler en el texto original ni su protagonismo en el film son azarosos: si en 1957 no se ajustaba al paradigma de las “víctimas inocentes”, pues había participado activamente en la organización del levantamiento, para comienzos de la década de 1970 reunía las características de un testigo legítimo desde la perspectiva de un arte manifiestamente político, porque era militante de la izquierda peronista (Feinmann 2010: 358, Anguita y Caparrós 2013).

En el libro de 1973, el escritor procura incorporar la perspectiva estética y política desplegada en el film. Lo hace operando sobre el paratexto, donde agrega un “Apéndice” titulado “‘Operación’ en cine”, en el que comenta las circunstancias de la realización de la película y transcribe un fragmento del guión.

El “Apéndice”, como forma (para)textual, a la vez depende del texto al que se adiciona y resulta accesorio a él -hasta ajeno-. Esa relación doble, de exterioridad y necesaria adjunción, es análoga a la que la película mantiene con el libro, según surge del comentario de Walsh “‘Operación’ en cine”:

En 1971 Jorge Cedrón decidió filmar “Operación Masa cre” […]. La película se terminó en agosto de 1972. Con el concur so de Juventud Peronista, peronismo de base, agrupaciones sindicales y estudiantiles, se exhibió centenares de veces en barrios y villas de Capital e interior, sin que una sola copia cayera en manos de la policía. Se estima que más de cien mil compañeros la habían visto antes del 25 de mayo de 1973. A partir de esa fecha se espera el permiso del Instituto del Cine para exhibirla legalmente. En la película Julio Troxler desempeña su propio papel. Al discutir el libro con él y con Cedrón, llegamos a la con clusión de que el film no debía limitarse a los hechos allí narrados. Una militancia de casi 20 años autorizaba a Trox ler a resumir la experiencia colectiva del peronismo en los años duros de la resistencia, la proscripción y la lucha armada. La película tiene pues un texto que no figura en el libro original. Lo incluyo en esta edición porque entiendo que completa el libro y le da su sentido último (OM5: 199-200).

En rigor, el film no solo “completa” el libro sino que más bien lo re-construye: hace de Operación masacre lo que originalmente no había sido. Por un lado, en el nivel de la historia, el caso de los fusilados de Suárez se reintegra a un “resumen de la experiencia colectiva del peronismo” enunciado desde la perspectiva de un militante sobreviviente. Por otro, en cuanto a las modalidades de producción del relato, las convenciones propias de la institución literaria, en su concepción tradicional, se reemplazan por otras asociadas a la actividad política. Así, la individualidad del autor queda postergada a la vez que se relativiza el sentido que aquel originalmente había dado al libro. Lo que cobra importancia ahora como condición de la producción estética es el consentimiento orgánico -“Con el concur so de Juventud Peronista, peronismo de base, agrupaciones sindicales y estudiantiles…”- y la construcción colectiva -“Al discutir el libro con él y con Cedrón…”-. Walsh, entonces, ya no parece ser el dueño del sentido de Operación masacre. Cedrón ha decidido filmar la película y el nuevo texto resulta de la discusión con Troxler y el director. Sin embargo, todo esto no deja de constituir un gesto autorial: Walsh devuelve a su libro una trayectoria de Operación masacre que, en cierta medida, ya no le pertenecía. Por eso el film aparece como correlato a la vez exterior y necesario del libro: allí donde el escritor adosa a Operación masacre aquello que esta, por sí misma, no podría haber sido -en la forma textual anexa que constituye un apéndice-, surge el “sentido último” del texto de Walsh.

No casualmente el ciclo de Operación masacre adquiere su sentido “definitivo” en 1973, año en que ciclo histórico que se había iniciado en 1955, con la destitución de Perón, se cierra a partir del retorno del peronismo al gobierno. Las expectativas y las incertidumbres vinculadas a la nueva etapa no dejan de traslucirse en el comentario de Walsh, cuando afirma que aún se esperaba el permiso oficial para el estreno comercial de la película. En efecto, el estreno se concretó el 27 de septiembre, en circunstancias que expusieron la complejidad de la coyuntura: el Ente de Calificación Cinematográfica, creado en el camporismo y dirigido en ese momento por Osvaldo Getino (Peña 2012: 181), sugirió a Cedrón que eliminase incitaciones explícitas a la lucha armada en la escena final de la película. Cedrón accedió a realizar los cortes, y es la versión modificada del film la que llega a su circulación actual (Invernizzi 2014: 234 y ss.). La polémica en torno del film Operación masacre muestra que la obra de Walsh siguió produciendo sentidos, más allá de las reescrituras del propio autor y de su voluntad de fijar el “sentido último” del libro.

7. CONCLUSIONES

Operación masacre llegó a ser el libro que hoy se conoce después de un proceso de reescrituras que se extendió durante los dieciséis años posteriores a su edición original, publicada en 1957. El trasfondo de dicho proceso lo constituyeron las sustantivas transformaciones que atravesó el campo cultural latinoamericano en los años 60-70, dentro de las que fue central la creciente politización de los criterios de producción y legitimación de la literatura y del arte. Operación masacre expresa esa politización creciente, pues comenzó siendo la denuncia de un escritor y periodista que buscaba justicia por los fusilamientos de Suárez en los canales institucionales del Estado, y terminó (re)constituyéndose como una impugnación general del sistema que había producido dichos fusilamientos y, más aun, como un llamamiento a su transformación por la vía de la acción política.

Este proceso no fue sencillo ni lineal. Involucró, por el contrario, una serie de tomas de posición por parte de Walsh, que no estuvieron exentas de tensiones e interrogantes. En este sentido, como vimos, una tensión fundante de Operación masacre y de sus reescrituras es la que se teje entre el potencial estético y el sentido político-ideológico del libro. Walsh advirtió, a años de haber publicado por primera vez Operación masacre, que el caso de los fusilamientos de J. L. Suárez no daba cuenta integral del significado histórico de los hechos del 9 de junio de 1956. Sin embargo, la focalización del relato en el episodio de J. L. Suárez, que desde un punto de vista político resultaba sesgada, era a la vez condición de la originalidad literaria del libro. Esta residía, precisamente, en abordar un suceso real de gran importancia en la historia argentina a partir de un relato de características novelescas. Dada esa paradoja -en la que se cifran las tensiones de la relación entre literatura y política que atraviesan al campo cultural de los años 60-70-, Walsh opta por preservar la estructura básica de la narración de “Las personas” y “Los hechos” -aun cuando no deja de incorporar allí variaciones textuales significativas- y, en cambio, modifica estructuralmente los paratextos en todas las reediciones del libro. En 1969, se opera un desplazamiento crucial, cuando el escritor, en un nuevo “Epílogo”, pasa a ampliar el alcance de su alegato para defender no solo a los civiles de J. L. Suárez, que inicialmente prefirió por “inocentes”, sino a todas las víctimas -civiles y militares- de la violencia estatal desplegada por el gobierno de facto de la “Revolución Libertadora”. En esa línea, en la medida en que el alegato se generaliza pasa a ser, además, resueltamente político.

Las modificaciones que el paratexto de Operación masacre sufrió entre 1957 y 1973 resultan ostensibles para el lector contemporáneo del libro: desde mediados de los años 90, las ediciones argentinas incorporan los prefacios y postfacios descartados por el escritor a lo largo del proceso de reescrituras. Sin embargo, con las variaciones del texto ocurre algo diferente: a falta de una edición crítica de Operación masacre, dichas variaciones solo se visibilizan a partir de un contraste entre las distintas ediciones. De allí la importancia del estudio filológico y crítico. Vimos, en esa línea, que Walsh introduce modificaciones en las ediciones de 1964 y 1969, momento en que el texto adquiere su forma definitiva. Las modificaciones del texto de Operación masacre exponen el perfeccionamiento estilístico que desarrolla el autor, pero también dejan ver revisiones significativas de índole político-ideológica. Así, mostramos que Walsh no solo trabaja el texto para volverlo más sobrio y atenuar el dramatismo de la versión inicial, sino además interviene sobre aspectos ideológicos específicos: relativiza la inocencia de las víctimas de la masacre de Suárez; deja de lado el encomio de la abnegación en el trabajo que signaba su caracterización inicial de los personajes -desplazamiento relevante en tanto trasluce cambios en la posición de Walsh en relación con la clase trabajadora-; prescinde de los componentes liberales de su ideología textual y revierte -como en el paratexto- su inicial valorización negativa sobre el levantamiento encabezado por Valle.

Hay que notar que las modificaciones del texto y el paratexto de Operación masacre se interrelacionan de manera significativa. Si bien en términos generales son consistentes entre sí, el análisis permitió observar matices relevantes, en particular en cuanto a las posiciones de Walsh frente a la lucha armada. En 1969, cuando las experiencias guerrilleras han comenzado a extenderse en la Argentina, el escritor suprime pasajes del texto para matizar la desvinculación de los personajes de cualquier acción política que involucrase el uso de la violencia. En el paratexto, sin embargo, tiende a tomar distancia de una defensa abierta de la vía armada. Más tarde, en la edición de 1972, el escritor pasará a reivindicar la lucha armada explícitamente, integrando a su libro la relación orgánica con el peronismo guerrillero que mantuvo desde el comienzo de la década de 1970, y que sostendría hasta el final de su vida.

OBRAS CITADAS

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Recibido: 20 de Junio de 2017; Aprobado: 26 de Junio de 2018

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