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Estudios filológicos

Print version ISSN 0071-1713

Estud. filol.  no.63 Valdivia  2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0071-17132019000100351 

Reseña

Reseña

Lorena Amaro a  

a Pontificia Universidad Católica de Chile, Chile. lamaro@uc.cl

Rama, Ángel. ., 2018. ., La querella de realidad y realismo: ensayos sobre literatura chilena., Introducción y notas de Hugo Herrera. ., Valparaíso: :, Mímesis Ediciones, ., 284p. páginas

La querella de realidad y realismo: Ensayos sobre literatura chilena, de Ángel Rama, compilado por el Dr. Hugo Herrera (PUCV), es uno de los libros académicos más destacados publicados en Chile en 2018, tanto por su factura como por su contenido. Ofrece a sus lectores nuevas claves no solo para leer la creación artística chilena de mediados del siglo XX, sobre la que escribió Rama, sino también para conocer, entender y valorar el trabajo realizado por este crítico uruguayo, quien como pocos repartió sus tareas entre la investigación académica y la divulgación en prensa. Parte de esta labor ha sido compilada por Herrera en este volumen, que recoge cuarenta y un textos escritos entre 1954 y 1981, en que Rama, siempre atento a lo que ocurría en las literaturas de los diversos países de Latinoamérica, escribe sobre el panorama chileno. El trabajo de recopilación debió ser arduo, y he aquí sus frutos: un volumen que sorprende y fascina, porque propone una nueva y lúcida forma de leer el campo cultural de este país, incorporando nombres y omitiendo otros, resaltando obras y señalando sus debilidades, de un modo que quizás no nos hubiésemos esperado, con un estilo cercano a los lectores, directo y sugerente.

El libro está entre las primeras realizaciones de Mímesis, ediciones dirigidas por los académicos Mary Luz Estupiñán y Raúl Rodríguez Freire, con lugar en Valparaíso. Una importante iniciativa en el ámbito de los estudios culturales, ya que esta editorial busca publicar textos recientes en esta línea y también rescatar, como es el caso de Rama, importante material ensayístico latinoamericanista, con un cuidado diseño y presentación.

La querella de realidad y realismo se estructura, muy oportunamente, en cuatro secciones, destinadas a la narrativa, la crítica, la poesía y el teatro, además de incluir un útil índice onomástico. Cada una de los grandes capítulos de este libro va precedido de una introducción de Herrera, que contextualiza y prepara la lectura de estos ensayos en que Rama pone en acción sus ideas, con algo que hoy escasamente hallamos en la crítica literaria: un programa, una visión de lo que podía aportar el arte y la estética al pensamiento de lo que llamaba la “realidad viva” del presente. Al mismo tiempo que pensaba las matrices de la cultura latinoamericana y elaboraba sus grandes ensayos -quién aquí no se formó leyendo La ciudad letrada o Transculturación narrativa en América Latina-, él podía escribir para un vasto público de lectores, al mismo tiempo que oficiar de editor y gestor de una gran cantidad de iniciativas culturales de las que se benefició nuestra América hasta su trágico fallecimiento en 1983, en el Aeropuerto de Barajas. Le tenía que ocurrir a Rama, un viajero inagotable, que en los últimos años de su vida padeció el exilio y trabajó en Estados Unidos y en Francia, y que el espantoso día de la tragedia aérea se dirigía al Primer Encuentro de la Cultura Hispanoamericana en Bogotá.

A propósito de la particular labor que hizo Rama como crítico, de quien el prólogo informa se decía por entonces “no duerme nunca” (9), solo se me ocurre una frase de Virginia Woolf, una frase sobre la crítica del primer tercio del siglo XX en Inglaterra: “Tenemos muchos hombres que escriben reseñas pero no críticos literarios; un millón de competentes e incorruptibles policías, pero ningún juez” (cit. en Williams 37). Como pocos, Rama ofrece en su escritura un compromiso con la valoración estética, y si hay algo que enseña el libro compilado por Hugo Herrera, más allá de la visión que el uruguayo pudo tener de la cultura en Chile -lo que de por sí es siempre interesante para nuestra mirada excesivamente nacionalista, como el propio Rama apunta en el indispensable artículo “Terremoto en la literatura chilena”- es que la crítica puede constituir un programa estético e ideológico, un todo en que coherencia y responsabilidad trascienden con mucho las actuales y limitadas perspectivas de los críticos reseñistas, o de los académicos que, encapsulados por distintos motivos en sus universidades, no logran entablar diálogo con un grupo más amplio de lectores. Si Virginia Woolf se quejaba de la situación, en pleno siglo de oro de la crítica, qué podríamos decir nosotros, que transitamos la nostalgia del tiempo en que se levantaron los grandes sistemas teórico-críticos de la literatura, como el formalismo ruso, el New Criticism, el estructuralismo, los Estudios Culturales, y en América Latina, en torno a los años 60, la nueva crítica literaria latinoamericana, que tuvo enormes exponentes en Antonio Candido, Antonio Cornejo Polar y el propio Rama. Ellos abastecen hasta hoy nuestro melancólico ejercicio crítico, como parafrasea el propio Herrera, “en el invierno de nuestro desconsuelo neoliberal” (9). Herrera y muchos otros críticos nacidos entre los 70 y 80 nos hemos formado y hemos tomado gran parte de nuestro acervo crítico de la enorme cantera legada por aquellos autores. Pero, lamentablemente, no hemos replicado o no hemos podido replicar una de las grandes enseñanzas de aquel grupo de críticos que halló continuadores en Silviano Santiago, Beatriz Sarlo y otros tantos que hoy rondan los ochenta años, que intervinieron fuertemente en el campo cultural y político de su tiempo: la nuestra es una generación cuyo trabajo se ha visto restringido a la esfera académica, sujeta a las regulaciones de un mercado perverso que demanda la producción especializada de artículos y la burocratización de la llamada gestión universitaria, en un tiempo en que se clausuran los tradicionales medios de prensa y en que vivimos una suerte de transición. Qué difícil es, y qué aconsejaría Rama para discernir las futuras estrategias políticas y estéticas de la crítica literaria, aquellas que pudieran sacarla de su actual y peligrosa insignificancia social.

Los tiempos de Rama fueron muy distintos. Esto salta a la vista al pasar las páginas de este libro profundamente evocador de otro momento histórico, diagramado con los encabezados originales de las numerosas revistas, semanarios y secciones de periódicos en que Rama publicó sus comentarios críticos: Marcha, Acción, El Nacional, Últimas noticias, Siempre!, en un diseño que incluye anuncios de esos tiempos, vinculados con el mundo cultural y literario. Estas notas, como bien plantea Herrera, vuelven a nosotros como “piezas de archivo”, “reintegradas al aquí y ahora de nuestro complejo cauce cultural” (12).

Desde luego que toda la propuesta de este libro tiene un aire benjaminiano. Nos queda, como lectores, el saber y el sabor de esos tiempos, en que un crítico afrontaba su presente con un marco de referencias propio, oficiando, como planteaba Woolf, no como un policía, sino como un juez. Debe entenderse como tal no un tirano a ciegas, sino ese idealizado mediador que se atreve a decir “más que, menos que, igual a” (Bloom 45) con el fin de acompañar la lectura de otros. Y que en el caso de Rama se corporiza en un intelectual con el atrevimiento, en plenos años de la revolución cubana y el desarrollo de la teoría de la dependencia y la filosofía y la teología de la liberación, de ceñirse a una regla básica, descrita por otro inglés, el marxista Raymond Williams: exponer siempre sus marcos valorativos, porque toda distinción debe ser fundamentada y no arrojada al pasar, afrontando de este modo las polémicas que debiesen venir, y que de hecho sostuvo con varias figuras de su época, entre ellas el propio Pablo Neruda, como nos enseña este volumen.

El marco valorativo de Rama decía relación, en gran medida, con lo que plantea Herrera en el título que le ha dado al libro y es el subtítulo de uno de los artículos más importantes contenidos en él: “la querella entre realidad y realismo”, que se expresa en su permanente preocupación por el desajuste representacional entre lenguaje y realidad americana. Esto llevaría a Rama a preferir sistemáticamente aquella literatura en que percibe una armonización, lo que en el prólogo de Herrera aparece como breves epifanías, revoluciones o, siguiendo a Richard Rosa, quien es citado en el prólogo, iluminaciones en que resplandecen la relación directa entre lenguaje y realidad. En este sentido, Herrera llama la atención sobre la insistente aparición de términos vinculados a la idea de transmutación: “Trasvasamiento”, “transculturación” y otros que Rama empleará, dice, con similares disposiciones, como “traducción” o “trasuntar”, en que el prefijo “trans”, “señala un desplazamiento” y con ello, un “cambio” (17-18). Esto se manifiesta en numerosas ocasiones a lo largo de estos ensayos, como cuando Rama celebra en Carlos Droguett su “sorprendente capacidad para aprehender el paisaje, la realidad más trillada, y estructurarla en una forma que es ardorosa y exacta, imagen del arte” (51). Pero hay todavía otro rasgo del horizonte estético de Rama: no sólo su búsqueda de estas totalidades significativas que emergen de una relación dialéctica entre la realidad y su representación, sino también su atención a una humanidad y eticidad que no deja de señalar en sus lecturas. Así, por ejemplo, dice de Coronación, de José Donoso, que es “una suma artística (…) un esquema significativo de lo humano, también” (41), o sobre el Aniceto Hevia de Como el vino: “Una novela ya no es una serie de personajes y peripecias hilvanadas, sino que es una meditación interior sobre el hombre, su comportamiento, su realidad y destino (…) La rapidez y brevedad del contar anterior da paso a una novedosa búsqueda de lo ético” (48). Sobre Eloy, de Carlos Droguett, escribe: “Toda la obra es un monólogo interior, el de este Eloy cercado por la policía y que ya ve próxima su muerte aunque de ella descrea, mientras en su memoria se superponen, entrecruzan y desfibran fragmentos de su pasado que van recomponiendo confusamente un destino humano” (50). Una misma impresión produce su aproximación a González Vera: “sé por su literatura que el mundo que necesita respiración propia, deseada, es aquel de la libre convivencia, del respecto constante de la persona humana” (62). Sin duda, Marta Brunet fue para Rama una de nuestras escritoras más interesantes, sobre la que escribió en varias oportunidades, y para abordarla se atiene a estos mismos parámetros de humanidad y eticidad. Dice de ella que fue una mujer que miraba al mundo

desde el ángulo de unas mujeres nuevas que entonces estaban apareciendo en América Latina rehusándose a vestir el traje convencional que unos hombres también convencionales les habían cortado, y hasta rehusándose a ser mujeres ya que aspiraban a convertirse en seres humanos, o sea plenos copartícipes creadores de esa calidad humana que hasta la fecha habían expresado y teorizado, en la literatura, solo los hombres (86).

Como lector, Rama es un utopista, que explora en las lecturas del presente las marcas del pasado y la posibilidad del futuro. Aborda los textos con una gran integridad formal y temática y hace todavía más que eso: en una entrevista como la que le hace al narrador y poeta Alfonso Alcalde, juega libremente con el formato, inventa, seduce, crea, desplegando una capacidad de observación que a más de cincuenta años no pueden sino sorprendernos. Así, es capaz de relevar el importantísimo lugar de Marta Brunet en la narrativa chilena en un tiempo en que era difícil que las escritoras recibieran, más que la atención, una verdadera lectura de sus textos; u observa en Alone una incapacidad de leer y dar sitio a escrituras como la de Residencia en la tierra, de Neruda, o Lagar, de Gabriela Mistral, propuestas rupturistas que Rama sí logra dimensionar. Como se manifiesta en su extenso ensayo sobre la generación del 50, no sólo es un erudito con numerosas lecturas, sino que también se atreve a juzgar obras que están frescas, recién aparecidas, ocupándose de ellas con un gran arsenal informativo, porque también conoce la tradición literaria y crítica chilena. Lo más impactante de poder leer este despliegue, es entender que hizo todo esto sin Internet, sin Google, sin libros digitales, cuando antes de la tarea de leer los libros estaba la de conseguirlos y aún más la de conocer su existencia, una labor titánica que pudo realizar a punta de viajes y cartas a los autores, editores y críticos, intentando ponerse al día para barajar así un presente que, en el caso de la narrativa latinoamericana, y particularmente su novelística, se veía confuso. Hoy probablemente sepamos y entendamos nuestro presente (y nuestro pasado crítico) mucho menos de lo que logró saber y entender este lector insomne, infatigable, que fue Ángel Rama.

OBRAS CITADAS

Bloom, Harold. El canon occidental. Barcelona: Anagrama, 2001. [ Links ]

Rama, Ángel. La querella de realidad y realismo: ensayos sobre literatura chilena. Ángel Rama. Introducción y notas de Hugo Herrera. Valparaíso: Mímesis Ediciones, 2018. [ Links ]

Williams, Raymond. “Los críticos y la crítica”. Lectura y crítica. Buenos Aires: Ediciones Godot, 2013. [ Links ]

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