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Estudios filológicos

versión impresa ISSN 0071-1713

Estud. filol.  no.63 Valdivia  2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0071-17132019000100355 

Reseña

Reseña

Claudia Darrigrandi Navarro a  

a Universidad Adolfo Ibáñez. Chile. claudia.darrigrandi@uai.cl

Peluffo, Ana. ., 2016. ., En clave emocional: cultura y afecto en América Latina. ., Buenos Aires: :, Prometo Libros, ., 196p. páginas

Para Ana Peluffo (PhD, New York University) las emociones son un espacio crítico que, hasta hace pocos años, había pasado desapercibido producto de una “invisibilidad cultural” (14). Con su libro En clave emocional: cultura y afecto en América Latina (2016) se propone “historizar los estados emocionales del pasado y sus complicados procesos de estetización” (26). La autora acerca a un corpus decimonónico con preguntas que apuntan a dar una nueva lectura a un siglo que ha sido analizado por la crítica especializada en torno a problemas enfocados en la construcción de comunidades y culturas nacionales, en los proyectos modernizadores liderados por las elites, la cultura letrada, entre otros tópicos. Estos, a su vez, han sido permeados por las tensiones que emergen de binomios propios del pensamiento moderno que ya se han convertido en clásicos a la hora de hablar de la cultura decimonónica: civilización / barbarie; campo / ciudad; tradición / modernidad; público / privado, por mencionar algunos de los más relevantes. Si, por un lado, la perspectiva de las emociones permite una revisión de aquellas perspectivas críticas que se han implementado con insistencia en los últimos años por la crítica literaria que estudia el siglo XIX; por otro lado, el corpus que en este libro se estudia, y que incluye materiales que van más allá de la narrativa, inscribe el trabajo en el ámbito de los estudios culturales y los estudios latinoamericanos. El libro ofrece un estudio del siglo XIX latinoamericano en clave emocional y también en clave de género.

En libro la autora expande el repertorio de emociones que había estudiado previamente en Lágrimas andinas: sentimentalismo, género y virtud republicana en Clorinda Matto de Turner (2005), al mismo tiempo que comprende y problematiza emociones que no solo se circunscriben, principalmente, al ámbito de lo femenino, sino a las emociones consideradas, en su contexto, como masculinas. Siguiendo esta idea, las emociones reconocidas como “negativas”, es decir, la tristeza, la ira, la indignación y la rabia, más aceptadas en los hombres decimonónicos que en las mujeres, también tienen un lugar en este estudio; sin embargo, esa división genérica es, como veremos más adelante, problematizada. El archivo con el que trabaja la autora también incluye desde las escrituras de viaje de Flora Tristán hasta la escritura borgeana (a quien lee en el marco de grandes debates del siglo XIX), pasando por artefactos culturales como cartas, manuales de urbanidad y de conducta para niños y niñas, la novela Sab (1841) de Gertrudis Gómez de Avellaneda, el Martín Fierro (1872-1878) de José Hernández y algunos ensayos de José Martí, sus poemarios, La edad de oro (1889), revista para niños y niñas y, por último, El presidio político en Cuba (1871).

El libro comienza con una nutrida introducción en la que se reconoce el “giro afectivo” que se dio inicialmente en el mundo anglosajón y la relevancia que las emociones, los afectos y los sentimientos han tenido principalmente en el ámbito de la filosofía y la psicología, al tiempo que se constata la emergencia de esa inquietud en el campo de los estudios latinoamericanos. Con una reflexión que navega entre la filosofía, la sociología, la historia, la sicología y la literatura, Peluffo ofrece un panorama de las reflexiones y teorizaciones por las que, en algunos casos se ha intentado ofrecer una taxonomía de las emociones y, en otros, se les ha dado sentido como herramienta crítica en variados contextos sociales, políticos y estéticos. A partir de Aristóteles, Baruch Spinoza, Charles Darwin, Margaret Mead, Nobert Elías, Eve K. Sedgwick, Theresa Brennan, Catherine Lutz, Siane Ngai, Sara Ahmed, Martha Nussbaum, Paul Ekman, entre muchísimos otros autores y autoras, Peluffo historiza el interés y el estudio de las emociones, presenta líneas críticas que se inscriben en este campo, refiere a sus diferencias en los enfoques, recicla conceptos y los articula en clave decimonónica, latinoamericana y de género.

De este modo, la autora instala su trabajo en una genealogía crítica y en un espacio semántico flexible, razón por la cual no se detiene en las posibles diferencias (dependientes del área disciplinar, en algunas ocasiones), entre emociones y afectos, por ejemplo. En relación a lo anterior, en su introducción Ana Peluffo usa la vergüenza para ejemplificar las dificultades de definir una emoción y, a su vez, para destacar que esa misma ambigüedad es una cualidad que la convierte en herramienta crítica (20-21). Esa dificultad para definir las emociones se reitera a lo largo del libro como ocurre con los celos y la envidia en el tercer capítulo, dedicado al análisis de Sab, o en el primer capítulo cuando se enfoca, en el marco de la escritura de viaje de Flora Tristán, en el transculturado ennui. La “flexibilidad semántica” y el diálogo armónico entre razón y emociones subyacen todo su análisis en la medida que hacen de los afectos y de las emociones espacios críticos desestabilizadores. Asimismo, señala Peluffo en su introducción, siguiendo a Raymond Williams y a Gilles Deleuze y Félix Guattari, que “se podría sugerir incluso que, en el siglo XIX latinoamericano, conviven diferentes y antitéticos paradigmas emocionales que se cruzan y entrelazan de forma casi rizomática impidiendo su periodización” (28).

Desde una mirada transnacional y transoceánica, se plantea que las emociones participan como puentes o energías efectivas que circulan. Este enfoque destaca en sus análisis de los manuales de etiqueta que circularon tanto en España como en Latinoamérica y que “intentaron catalogar las emociones de acuerdo al grado de peligrosidad que tuvieran para el orden social” (113), y también como espacios de circulación de emociones. En este sentido, la estetización de las emociones, en particular la del sufrimiento, le permiten a Peluffo argumentar sobre su poder para la construcción de comunidades que cruzan las barreras nacionales. Desde otro punto de vista, en el libro se enfatiza la movilidad y la diferencia de acepciones o significaciones que pueden adquirir los afectos dependiendo del contexto etario, genérico y político. En ese sentido, se presentan variados órdenes y estructuras a través de las cuales se han jerarquizado las emociones. No obstante, junto con presentar estas taxonomías, la autora también las desarticula, reclasifica y reorganiza con el objetivo de desestabilizar ciertas concepciones arraigadas sobre el siglo XIX latinoamericano.

Además de problematizar los afectos y emociones que en sus respectivas “pedagogías” se entienden como “negativos” (amor eros, ira y envidia) y “positivos” (amor ágape, caridad y compasión), para el caso de las niñas del siglo XIX o, dicho de otra forma, emociones “fuertes” para los hombres y “débiles” para mujeres y subalternos, Peluffo ofrece otras posibles lecturas. Las emociones “secas”, como el odio, se convierten en fuerzas que separan, las “líquidas”, como el sufrimiento, y como señalé anteriormente, permiten la unión transnacional e interracial. Del mismo modo, destaca en su trabajo la agudeza crítica con la que le muestra al lector que aquellas emociones que parecen ser opuestas (de ahí otra cualidad que enfatiza su carácter desestabilizador) también tienen puntos de encuentro. En su lectura del Martín Fierro, Peluffo señala: “De ese choque de subjetividades masculinas (la letrada y la rural, la bárbara y la civilizada, la nómade y la doméstica) surge una forma de subjetividad afectivamente híbrida en la que conviven tensamente la liquidez afectiva con el estoicismo” (155). Otro posible orden es aquel que divide las emociones entre centrípetas y centrífugas. Las primeras serían la humildad, la generosidad, la caridad, la paciencia, tributarias de la compasión. Entre las segundas, lideradas por el odio, estarían el asco, el desprecio, la envidia, la avaricia, la ira, la pereza. Es decir que las primeras serían emociones que atraen y unen; las segundas, en cambio, expulsan y separan. Y las posibilidades de articular y dibujar un nuevo mapa de los afectos continúa; otra forma de observar las emociones durante el siglo XIX se constituiría a partir de la diferenciación entre emociones bárbaras (que serían las enfáticas en el caso borgeano) y emociones civilizadas. Aunque todos estos impulsos, parecieran ordenar y clasificar, a contrapelo de una idea desestabilizadora, es necesario señalar que esas clasificaciones responden a contextos determinados y mientras operan críticamente para algunos proyectos o contextos estéticos no ocurre de igual forma para otros. En ese ejercicio, Peluffo toma de Peter Stearns el concepto de “emocionología”, que se define como “reglas emocionales o los estándares afectivos que se proponen en cada época histórica para los diferentes grupos etarios” (104).

Por otra parte, al momento de referirse a la irritación, la rabia y la ira, en el libro se recurre a la idea de que las emociones son productivas (Sara Ahmed). Según Peluffo, en Peregrinaciones de una paria (1838) Tristán estetiza emociones “anti femeninas” que la unen con mujeres peruanas que también están indignadas y señala que la rabia se convierte en una “emoción políticamente productiva” que convierte a Tristán en sujeto político (50; 55). Según la autora, la escritora franco-peruana cuestiona la emocionología del ángel del hogar decimonónico y, como resultado, destaca las emociones negativas o emociones no atribuidas por el patriarcado a las mujeres al mismo tiempo que cuestiona el imperativo de la felicidad, emoción deseada y atribuida a la madre republicana latinoamericana (61, 63).

Como se deprende de lo anterior, los procesos de feminización o masculinización de las emociones ocupan un lugar importante en el libro. Si bien esto se trabaja en profundidad en los capítulos protagonizados por la “pedagogía de los afectos” de los manuales de etiqueta y urbanidad y en el de la Edad de oro (caps. 5 y 6), en el primero se plantea una feminización de las emociones que usualmente han sido atribuidas al dandi decimonónico, como el ennui. En este proceso, la autora expone una resignificación de estas emociones y de la figura del dandi en sí misma (33-47). En consecuencia, Peluffo ofrece una redefinición de esa emoción y, por lo tanto, no solo le atribuye cualidades de construcción cultural sino que enfatiza la ambigüedad, movilidad, mutabilidad de las emociones. En sintonía con lo señalado anteriormente, la constatación de la mutabilidad de las emociones le permite plantear que durante el siglo XIX la vergüenza pasa por un proceso de feminización (121). Esta misma idea se problematiza en los capítulos que se abordan las escrituras de José Martí (caps. 4 y 6), quien, de acuerdo a Peluffo, considera la cultura sentimental como una amenaza a la virilidad. Sin embargo, sin poder excluirse de esta, en El presidio político en Cuba, texto lacrimógeno y sentimental, se señala que el yo sufriente intenta aprender a tener emociones secas y así dejar de llorar; es decir, el sujeto martiano presidario intenta aprender a odiar (83-99). Por otra parte, si en Martí el sentimentalismo es una amenaza a la virilidad, Peluffo plantea que en el caso del Martín Fierro se aprecia, “por un lado, la formación de nuevos discursos de la masculinidad a partir de la figura del gaucho que llora; y por otro, la construcción de alianzas homosentimentales en las que se recurre a la estetización de la compasión como forma de negociación identitaria en el espacio de la frontera” (143).

Para terminar, quisiera dedicar estas últimas líneas para subrayar el uso que hace Ana Peluffo del lenguaje: “imaginarios empáticos” (29); “tecnologías ópticas de dominación” (58); “fuego trasnacional” (60); “comunidad líquida” (65); “energía lacrimógena” (71); “subjetividades afectivamente híbridas” (155); “poder cultural de la compasión” (164), entre otras expresiones, dan cuenta no sólo de la preocupación estética que caracteriza la aproximación al corpus que estudia, sino que también de la consistencia crítica con la que escribe, comunica y expresa sus argumentos.

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