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EURE (Santiago)

versión impresa ISSN 0250-7161

EURE (Santiago) v.23 n.70 Santiago dic. 1997

http://dx.doi.org/10.4067/S0250-71611997007000009 

ROMERO, Luis Alberto
¿Qué hacer con los pobres?
Elite y sectores populares en
Santiago de Chile 1840-1895.
Buenos Aires, Editorial
Sudamericana, 1997, 211
páginas

Gonzalo Cáceres 0.
Historiador
Becario CONICYT

Publicado algunos meses antes de la divulgación de nuestra última encuesta Caracterización Socioeconómica Nacional (CASEN 1996), el más reciente trabajo de Luis Alberto Romero nos proporciona un examen reflexivo que recorre con acuciosidad décadas cruciales del siglo XIX. Organizado en base a un amplio elenco de artículos publicados en revistas académicas de Europa y América Latina, el lector se enfrentará a un relato unitario que interroga un pasado cargado de contemporaneidad.

Desde un ángulo estrictamente disciplinario, el guión presente en ¿Qué hacer con los pobres? discurre en un marco temporal marcado por la cada vez menos discreta hegemonía de Santiago respecto de su hinterland tradicional. Interesado en la lógica de expansión de una cada vez más burocrática, residencial pero también protoindustrial Capital de la República, el historiador transandino nos provee de una cuidada narración donde la tensión ciudad-habitantes mantiene un delicado equilibrio.

Fiel a su pregunta central pero sensible al contexto donde se verifican los procesos colectivos que le preocupan, Romero arranca el relato con una descripción comprensiva de un asentamiento humano mucho más rural de lo que aceptaríamos reconocer. Completado aquel prolegómeno contextualizador, que en beneficio del lector menos especializado debería haber adjuntado un plano referencial, el escenario y su peculiar escenografía pasan a ocupar el menos caracterizado papel de variable dependiente de lo que sí constituye su actor principal: la sociedad urbana. En este punto el libro no auspicia ningún tipo de engaño. Ya en su extenso subtítulo, notaremos que Romero toma las debidas precauciones en segmentar su objeto de atención en dos entidades diferenciadas. Gente rota y gente decente, o, en una versión más contemporánea, sectores populares y elite, se convierten de ahí hasta la última página en tópico exclusivo de su atención.

En lo atingente a los sectores populares, masa abigarrada antes que pueblo-ciudadano, Romero pasa revista al desempeño público de sus segmentos más politizados. Del cometido de los artesanos, en su episódica y reprimida alianza con una temprana vanguardia de republicanos avanzados (liberalismo social para más señas) el relato avanza en la disección de sus segmentos instalados tanto en el campo como en la ciudad y denominados genéricamente rotos. De este modo, desfilan sin interrupción una heterogénea mayoría poblada por gañanes, peones y trabajadores citadinos. Marcados por una sobrevivencia amenazada, el relato que Romero nos proporciona de ellos concluye casi paralelo con la dinamización de la protesta como instrumentos de reivindicación económicosocial.

Ciertamente los sectores populares aparecen retratados desde una exterioridad observante. Es más, la pregunta que sirve de título al libro (y cuya evocación ideológica es también reconocible) nos anticipa uno de los posibles desenlaces previstos para el guión. Balizado por las fuentes que utiliza, testimonios literarios, periodísticos y políticos, Romero comienza a cerrar lo medular de su planteamiento con su alter social: la elite.

Antes que un retrato intimista de la cotidianeidad opulenta de los más privilegiados por la transición al capitalismo, Romero nos suministra una clave para elucidar la intimidad compleja de una emergente oligarquía. Las miradas, sean de naturaleza paternal, horrorizada, calculadora o moralizadora (podríamos agregar patriótica siguiendo a Sergio Grez), constituyen parte del edificio conceptual que permite una convivencia segregada en una ciudad bifronte (magnífica pero también miserable). Es más, tras esa polifacética mirada, cuya duración y perenne plasticidad seguramente alimentará nuevas pesquisas, late la clave de identidades germinales; identidades que con elocuencia incontrastable se proyectarán a lo largo de nuestro controvertido siglo XX.

Por último, cabe mencionar que el trabajo de Romero se agrega a un corpus cada vez mejor artillado de libros y artículos, que desde la historia social nos proporcionan exhaustivas aproximaciones a un Santiago decimonónico complejo antes que pintoresco. Es evidente que nuestro conocimiento ha mejorado. Enumerando tan sólo a autores nacionales y desde que Gabriel Salazar publicara su brillante Labradores, Peones y Proletarios, a los trabajos de Armando de Ramón, y en especial su tempranamente clásico Santiago de Chile 1541-1991, cabe destacar lo aportado por Patricio Gross, Bernardo Subercaseaux, Manuel Vicuña y próximamente Sergio Grez. Es de esperar que este nuevo texto, redactado por uno de los mejores exponentes de la historiografía latinoamericana, caiga en terreno fértil.

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