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EURE (Santiago)

Print version ISSN 0250-7161

EURE (Santiago) vol.28 no.85 Santiago Dec. 2002

http://dx.doi.org/10.4067/S0250-71612002008500004 

Mercado metropolitano de trabajo y
desigualdades sociales en el Gran Santiago. 
¿Una ciudad dual?1

Carlos A. de Mattos2

Abstract

Structural changes in metropolitan labour markets under the process of reestructutration-informationalization-globalization, had become a central issue for the study of the transformation of the cities during the last decades. According to this perspective, this article analizes the impacts that the capitalist modernization in Chile has had on their labor market and the evolution of income distribution, and upon this base, observes their effects on socio-territorial estructuration of the Great Santiago, specially discussing the pertinence of the dualization theory for this particular case. For that, main characteristics of this theory are drawn; at the same time, the basis with that has been presented and the causes that are attributed to it are analized. In the second part, main transformations that had occured in this period of capitalist modernization in Chile are examined, along with the evolution of social inequalities and urban segregation in Great Santiago, under the transformations occured in labor market. In the third and last part, discussion about the pertinence of the dualization theory to the Chilean case is posed.

Keywords: dualization, labor markets, capitalist modernization, Santiago de Chile.

Resumen

Los cambios estructurales en los mercados metropolitanos de trabajo bajo los procesos de reestructuración-informacionalización-globalización, se han situado como un tema central para el estudio de la transformación de las ciudades durante las últimas décadas. Desde esta perspectiva, el presente trabajo analiza los impactos que los procesos de modernización capitalista en Chile han tenido sobre su mercado de trabajo y sobre la evolución de la distribución del ingreso, y sobre esta base, observa sus efectos sobre la estructuración socio-territorial del Gran Santiago, discutiendo especialmente la pertinencia de la tesis de la dualización para este caso particular. Para ello, en una primera parte se esbozan los rasgos fundamentales de esta tesis, se analizan los fundamentos con los que ha sido presentada y las causas que se le atribuyen. En la segunda parte se revisan las principales transformaciones producidas en esta fase de modernización capitalista en Chile, y la evolución de las desigualdades sociales y la segregación urbana en el Gran Santiago a la luz de las transformaciones producidas en su mercado de trabajo. En la tercera y última parte, se plantea la discusión sobre la aplicabilidad de la tesis de la dualización al caso chileno.

Palabras clave: dualización, mercados de trabajo, modernización capitalista, Santiago de Chile.

1. Introducción

Entre las transformaciones producidas en las grandes ciudades durante las últimas décadas bajo el impacto interrelacionado de los procesos de reestructuración productiva, revolución tecnológica y globalización, han cobrado particular relevancia las relativas al aumento de las desigualdades sociales y de la pobreza. La creciente preocupación en torno a este tema ha dado lugar a numerosos estudios, principalmente orientados a analizar los efectos de dichas transformaciones en términos de exclusión, polarización social y segregación residencial al interior de numerosas áreas metropolitanas.

Muchos de estos trabajos han considerado y discutido la tesis de que las transformaciones recientes en los mercados metropolitanos de trabajo estarían llevando a la formación de sociedades y ciudades duales; esta tesis ha cobrado mucha fuerza a medida que se han ido difundiendo y popularizando los estudios y proposiciones sobre ciudades globales o mundiales, que han tenido una creciente influencia en las investigaciones urbanas de los últimos años. De tal forma, la tesis de la dualización se ha transformado en un referente obligado para las investigaciones y discusiones sobre el tema.

La mayor parte de estos estudios reposa ¾implícita o explícitamente¾ en la convicción de que los cambios en la base económica metropolitana tienen una incidencia fundamental en la transformación de la estructura, la organización y el funcionamiento de las ciudades involucradas, y por consiguiente, que la generación y evolución de las desigualdades sociales urbanas están condicionadas por la transformación de los correspondientes mercados de trabajo, cuyas desigualdades y polarizaciones necesariamente se expresan en las ciudades respectivas. Este enfoque acepta, como afirma Castells (2001), que "la transformación espacial debe entenderse en el contexto más amplio de la transformación social: el espacio no refleja la sociedad, sino que la expresa, es una dimensión fundamental de la sociedad, inseparable del proceso global de organización y cambio social" (493).

Desde esta perspectiva, los cambios estructurales en los mercados metropolitanos de trabajo bajo los avances de los procesos de reestructuración-informacionalización-globalización, se sitúan como un tema central para el estudio de la transformación de las ciudades durante las últimas décadas. Como es obvio, el hecho de privilegiar en este análisis las relaciones entre transformación socioeconómica y mutaciones urbanas no implica asumir que existe una transposición mecánica de los cambios sociales en los cambios territoriales o metropolitanos.

En este contexto, el presente trabajo se propone analizar los impactos que los procesos de modernización capitalista en Chile han tenido sobre su mercado de trabajo y sobre la evolución de la distribución del ingreso, y sobre esta base, observar sus efectos sobre la estructuración socio-territorial del Área Metropolitana de Santiago (AMS) o Gran Santiago, discutiendo especialmente la pertinencia de la tesis de la dualización para este caso particular. Se entiende que Chile presenta un interés especial por el hecho de tratarse de uno de los casos de más temprana aplicación en América Latina de las políticas de reestructuración económica, compatibles con el discurso que luego se popularizaría bajo la denominación de Consenso de Washington, y además, por cuanto los lineamientos básicos que entonces se adoptaron han mantenido su vigencia en lo esencial hasta ahora, lo que hace de esta experiencia una de las de más larga data entre las economías emergentes latinoamericanas, por lo que suministra antecedentes valiosos sobre las transformaciones metropolitanas que puede provocar este cambio de modelo de crecimiento.

Con este propósito, en una primera parte se esbozan los rasgos fundamentales de las tesis de la dualización, se analizan los fundamentos con los que ha sido presentada y las causas que se le atribuyen. Se trata de destacar, en esta parte, las relaciones entre los procesos de dualización, las nuevas relaciones capital-trabajo y el desarrollo del capitalismo avanzado de base informacional. En la segunda parte se revisan las principales transformaciones producidas en esta fase de modernización capitalista en Chile y la evolución de las desigualdades sociales y la segregación urbana en el Gran Santiago, a la luz de las transformaciones producidas en su mercado de trabajo. En la tercera y última parte se plantea la discusión sobre la aplicabilidad de la tesis de la dualización al caso chileno.

2. Mercado de trabajo, desigualdades y dualización

2.1. Segmentación del mercado de trabajo y dualización: una hipótesis en discusión

En los últimos años, las discusiones sobre desigualdades y polarización social en las grandes áreas metropolitanas han estado fuertemente marcadas por la tesis de la dualización, concepto que se ha transformado en punto de referencia obligado toda vez que se intenta caracterizar el nuevo escenario social urbano. A efectos de plantear la discusión para el caso del Gran Santiago, se impone realizar una rápida revisión de la irrupción de este concepto, sus fundamentos teóricos, su evolución y utilización en los estudios urbanos.

Originalmente, la dualización aparece como un subproducto de la teoría de la segmentación de los mercados de trabajo (Doeringer & Piore, 1971), que se desarrolló como un intento de explicación de las diferencias en las relaciones de trabajo entre distintos sectores en las economías desarrolladas. En lo medular, esta teoría consideraba que "[...] modos muy diferentes de determinación de los salarios y del empleo distinguen «segmentos» de mercado, entre los cuales la movilidad de los trabajadores es muy reducida. En la forma típica de segmentación ¾el dualismo¾ coexisten un segmento primario, al seno del cual los salarios son elevados y la seguridad del empleo muy grande, y un segmento secundario, que presenta las características inversas" (Perrot, 1995: 21, destacado del autor). En una situación de estas características, el sector primario se caracteriza principalmente por salarios elevados, contratos de trabajo estables, ventajas sociales importantes, buenas condiciones de trabajo, alta seguridad del empleo y fuertes posibilidades de promoción, y el sector secundario, por las condiciones opuestas.

Desde esta perspectiva, la evolución de un mercado laboral segmentado cristaliza en una sociedad marcada por tres tendencias básicas: fuerte polarización entre los salarios (y los ingresos) del sector primario y el sector secundario, con debilitamiento de los sectores intermedios; escasa movilidad ascendente desde el sector secundario hacia el primario; y una atenuación o reducción de los ingresos de los sectores medios. Todo esto redunda en la afirmación de un nuevo perfil de la pirámide de estratificación social, cuya parte superior ¾que representaría al sector primario¾ podría asimilarse a la cabeza de un hongo, la que estaría ligada por un estrecho tallo a una amplia base de sustentación, que a su vez correspondería al sector secundario (Tezanos, 1992 y 2001).

Esto sería la expresión de nuevas formas de desigualdad, materializadas en una mayor polarización o dualización de la estructura social, consideradas como fenómenos inherentes a la evolución de sociedades tecnológicas avanzadas. Desde esta perspectiva, Tezanos (1992) precisa que "lo característico de este sistema dual es, en primer lugar, la tendencia a la difuminación de las grandes diferencias por arriba ¾sociedades sin grandes aristas¾ con un predominio de clases medias y otros sectores sociales que han experimentado recientemente una movilidad social ascendente y una mejora apreciable en sus condiciones de bienestar, y que configuran una «mayoría social pro-sistema», o como ha preferido calificarla Galbraith, una «mayoría satisfecha». A su vez, el segundo bloque de este sistema de desigualdad social está formado por un gran sector de parados, subempleados, grupos marginales, jubilados, pre-jubilados y otros sectores que padecen ¾o pueden padecer¾ los efectos de una situación «desasistencializadora» como consecuencia de la crisis fiscal del Estado de Bienestar. Se trata de un verdadero bloque social «extrasistema», que tiene pocas posibilidades de movilidad social ascendente, e incluso pocas oportunidades de encontrar trabajo estable" (79).

Con las transformaciones producidas luego del agotamiento del régimen fordista, desde la década de los ‘80 la teoría de la segmentación de los mercados de trabajo ¾y por lo tanto, el concepto de dualización¾ han sido retomados y reinterpretados, en un esfuerzo por caracterizar y explicar una tendencia que se estaría observando en diversos lugares del mundo a medida que son afectados por el avance simultáneo e interrelacionado de la revolución científico-técnica de base informacional, la reestructuración productiva y la globalización.

¿Cómo ha sido explicada la tendencia a la segmentación de los mercados de trabajo en el escenario postfordista? En lo fundamental, entre los autores que han estudiado el tema de la acentuación de las desigualdades pueden distinguirse dos tipos de abordajes: por una parte, los que privilegian la importancia de los cambios producidos por la difusión de la revolución tecnológico-informacional, y por otra, los que enfatizan el papel que han tenido los cambios institucionales postfordistas, en particular la reestructuración de la relación entre capital y trabajo. Obviamente, se trata de una cuestión de énfasis, pues en general los dos tipos de factores están presentes en los estudios de autores adscriptos a cada una de estas corrientes, donde se sobreentiende la importancia combinada de ambos en la explicación de la agudización de las desigualdades.

Castells (1989), que ha sido uno de los autores que ha mostrado mayor preocupación por caracterizar esta tendencia, al analizar la evolución de la economía norteamericana en la década de los ‘80 afirmó que "la principal razón de la presente transformación de la estructura ocupacional se basa en la disolución de las viejas formas y actividades industriales, y en la subsiguiente creación de nuevas formas bajo el poderoso ímpetu de una nueva tasa de crecimiento económico de la mano de la tecnología" (270, destacado del autor). Posteriormente, al analizar la situación actual de este fenómeno, señala que la estructura ocupacional emergente se compone principalmente de dos tipos de trabajo: el trabajo autoprogramable, que es el que desarrolla el trabajador que tiene una capacidad instalada que le permite redefinir sus capacidades conforme cambia la tecnología o su puesto de trabajo, y el trabajo genérico, que es el que cumple el trabajador cuyas capacidades humanas corresponden a un nivel educativo más o menos básico, que simplemente recibe instrucciones y ejecuta órdenes (Castells, 1998). Este cuadro correspondería a la evolución de la tendencia a la dualización bajo los efectos de la nueva revolución tecnológico-informacional, donde el trabajo autoprogramable corresponde al sector primario, y el trabajo genérico al sector secundario.

Por su parte, Sassen (1991) explica esta tendencia en función de la creciente demanda de personal altamente calificado, con elevadas remuneraciones que permiten sofisticados niveles y pautas de consumo, como consecuencia de la expansión de nuevas actividades líderes, en coexistencia con un conjunto de servicios con bajas remuneraciones y empleo a menudo precario. Aquí, el sector de altos ingresos requiere de un conjunto de servicios cotidianos, rutinarios y/o personalizados (cuidado personal, boutiques de indumentaria y objetos de diseño, gastronomía sofisticada y diversificada, servicios de entrega, servicios de lavandería a domicilio, correo privado, etc.), lo que incrementa la oferta de empleos precarios y de bajos salarios. También diversos servicios complementarios a otras empresas (limpieza, mantenimiento, seguridad, etc.) contribuyen a expandir la demanda de empleo poco calificado, a menudo precario, con bajas remuneraciones.

Esta visión del dualismo supone que la nueva dinámica económica "conduce a la vez a una segregación y a una segmentación espaciales, a una marcada diferenciación entre el nivel superior de la sociedad informacional y el resto de los residentes locales, así como a una segmentación sin fin y a la frecuente oposición entre muchos componentes de la fuerza de trabajo reestructurada y desestructurada" (Castells, 2001: 394). Desde esta perspectiva, la dualización se sitúa como una tendencia inherente a las sociedades capitalistas avanzadas, que cristaliza a medida que la economía informacional (o "nueva economía") se constituye en el nuevo núcleo dinámico de la respectiva estructura económica. Por consiguiente, si se acepta esta explicación habría que concluir que no toda desigualdad social puede interpretarse como dualización, sino que ésta correspondería a una modalidad específica de desarrollo capitalista, donde sería la informacionalización de la economía la que tendría mayor incidencia en la segmentación de los mercados de trabajo.

Sin embargo, en la discusión sobre los orígenes del aumento de las desigualdades se ha desarrollado una explicación hasta cierto punto alternativa; en efecto, en sus investigaciones sobre la "hiperguetización" en las ciudades norteamericanas, Wacquant (2001) cuestiona la pertinencia de las explicaciones que consideran a la informacionalización de la economía como la "principal razón" de la agudización de las desigualdades, en la medida que considera que "la retirada del Estado de Bienestar durante las décadas del setenta y del ochenta es otra causa fundamental del presente deterioro de las oportunidades de vida de los residentes del gueto" (83). Esto lo lleva a precisar que "en contra de las teorías monocausales, [...] la hiperguetización no tiene una sino dos raíces fundamentales, la una en los cambios de la economía urbana, y la otra en las estructuras y políticas del Estado norteamericano federal y local" (112, destacados en el original), siendo la segunda de estas raíces la que tiene mayor importancia: "El colapso de las instituciones públicas ¾resultante de la política estatal de abandono y de la contención punitiva de la minoría pobre¾ emerge como la raíz más potente y distintiva de la arraigada marginalidad en la metrópolis norteamericana" (112-113, destacado del autor).

La interpretación de Wacquant implica un importante cambio de énfasis en la explicación sobre las causas de la acentuación de las desigualdades en un ámbito globalizado. Ésta resulta de particular relevancia para el caso latinoamericano, donde todavía no han sido procesadas plenamente las transformaciones que caracterizan a la economía postfordista, pero donde ha avanzado significativamente la aplicación de las políticas de liberalización y desregulación preconizadas por el Consenso de Washington, que necesariamente implican una reforma del Estado y una fundamental reestructuración de la relación entre capital y trabajo. En estas circunstancias, serían los factores destacados por Wacquant los que estarían incidiendo con más fuerza en una acentuación de las desigualdades sociales en estos países.

2.2. Reestructuración y metropolización: ¿Una "ciudad-dual"?

Veamos ahora cómo se manifiesta este fenómeno en las grandes áreas metropolitanas. Durante la década de los ‘80, cuando comenzó a hablarse de ciudades mundiales o globales, la agudización de la polarización social fue señalada explícita o implícitamente como uno de los rasgos básicos del nuevo tipo de configuración emergente. Así, Friedmann y Wolf (1982), en su conocido trabajo liminar sobre el tema, postularon que "el hecho social primario sobre la formación de las ciudades mundiales es la polarización de sus divisiones de clases sociales" (232). Desde entonces, esta visión ha continuado estando presente en buena parte de los estudios urbanos, dando lugar posteriormente a la concepción de la ciudad dual.

En su libro sobre la ciudad informacional, en el que dedica un capítulo al tema, Castells (1989) precisa que "esta nueva y cada vez más polarizada estructura ocupacional, y la desigualdad salarial resultante de la misma, son a su vez territorialmente específicas. A medida que el proceso de desarrollo desigual concentra tanto a las actividades dinámicas como al trabajo menos cualificado en las grandes áreas metropolitanas, dichas áreas se convierten en la expresión espacial de las condiciones sociales, en las que se traducen en último término los efectos del proceso de reestructuración. Las tendencias hacia la polarización y la segmentación de la estructura social subyacen en el ascenso de la «ciudad dual»" (289, destacado del autor). Más adelante señala que "probablemente la expresión espacial más significativa de la reestructuración de la fuerza de trabajo está teniendo lugar dentro de las mayores áreas metropolitanas, y particularmente en ciudades mundiales dominantes como Nueva York y Los Angeles" (290).

Fundamentada de esta manera, la dualización pasa a ser considerada como una tendencia básica en la evolución de las grandes ciudades en el ámbito de la globalización: "[...] El aspecto relativamente nuevo es que los procesos de exclusión social más profundos se manifiestan en una dualidad intrametropolitana, particularmente en las grandes ciudades de casi todos los países, siendo así que en distintos espacios del mismo sistema metropolitano existen, sin articularse y a veces sin verse, las funciones más valorizadas y las más degradadas, los grupos sociales productores de información y detentadores de riqueza en contraste con los grupos sociales excluidos y las personas en condición de marginación. Dichos procesos existen en casi todas las grandes ciudades, porque su lógica está inscripta en el nuevo modelo de desarrollo tecno-económico" (Borja & Castells, 1997: 60, destacado del autor).

En consonancia con este razonamiento, estos autores sostienen que los efectos de la informacionalización estarían afectando en forma similar a las economías centrales y periféricas: "La dualización social urbana caracteriza también las ciudades de los países pobres, y tiene igualmente su origen en la segmentación de los mercados de trabajo, especificado por edad, sexo y educación" (63). Si esto fuese así, habida cuenta de la desigual propagación de la revolución informacional en ambos casos, lo que no quedaría claro es si la segmentación-dualización tendría idénticos orígenes en uno y otro caso; por otra parte, tampoco se explicaría cuál sería la diferencia entre la desigualdad que ha caracterizado secularmente el desarrollo de las metrópolis periféricas, y la desigualdad fundada en la segmentación de los mercados de trabajo producida por los avances de la economía informacional.

Frente a estos planteamientos, cabe consignar que las tesis sobre polarización y dualización en las grandes áreas metropolitanas han sido puestas en tela de juicio por varios autores, así como por algunos estudios empíricos. Tal es el caso de Hamnett (1994), quien, no obstante acepta que pueden ser aplicables a casos como los de Nueva York y Los Angeles, sostiene que ello no autoriza a generalizarlas como un rasgo congénito de la evolución de los salarios y de los ingresos en las áreas metropolitanas globalizadas. En particular, Hamnett analiza esta tendencia para el caso del Ramstad en Holanda, y muestra que allí dichas tesis no se verifican. A análogas conclusiones llega Preteceille (1995) al estudiar el caso de París. De todos modos, lo que no parece ser objeto de mayor controversia es que pese a las importantes diferencias que existen entre las grandes metrópolis de los países desarrollados y las de los menos desarrollados, a medida que sus respectivos mercados de trabajo van siendo afectados por los avances de la reestructuración-informacionalización-globalización, ellas terminan siendo afectadas por igual por un aumento de las desigualdades.

En esta discusión también se han planteado dudas sobre si el dualismo sería realmente el modelo que expresaría la forma en que estarían cristalizando las nuevas desigualdades. Al analizar la nuevas formas de desigualdad intrametropolitana derivadas de los cambios en los mercados de trabajo de las grandes aglomeraciones, diversos autores han llegado a la conclusión de que ellas se manifiestan en una forma más compleja que la propuesta por el modelo de la ciudad dual. En este sentido, Soja (2000) considera que las transformaciones que estarían llevando a la formación de un nuevo tipo de configuración urbana, a la que denomina "postmetrópolis" ¾y de la que Los Angeles podría considerarse como el prototipo básico¾, corresponden a un reestructurado mosaico social, cuya expresión sería una ciudad fractal, fragmentada y polarizada, marcada por la emergencia de nuevas formas de metropolaridad, desigualdad y marginalización étnica y racial en medio de una extraordinaria riqueza. Soja afirma que frente a una transformación de esta naturaleza, algunos modelos de segmentación del mercado de trabajo que reconocen no sólo una división bipolarizada entre un sector primario y otro secundario, sino una compartimentalización basada en raza, etnicidad, género, y otras características distintivas, indican la existencia de una realidad más compleja que la postulada por los modelos del dualismo del mercado de trabajo.

En una dirección similar, Marcuse y Van Kempen (2000), a partir de las conclusiones de un conjunto de estudios para distintas ciudades en proceso de globalización en diversas partes del mundo, concluyen que cada una de estas ciudades puede ser caracterizada como "múltiples ciudades, superpuestas en capas por encima y por debajo de las otras, separadas al mismo tiempo por el espacio y por el tiempo, constituyendo el entorno de residencia y de trabajo de diferentes clases y de diferentes grupos, que interactúan entre ellos en un set de dominaciones y dependencias que reflejan una creciente distancia y desigualdad" (265). Una configuración de este tipo tampoco se corresponde con un modelo de la ciudad dual.

Aun teniendo en cuenta las diferencias existentes entre las grandes metrópolis de las sociedades más desarrolladas del norte y las latinoamericanas, la mayor parte de las investigaciones sobre las segundas muestran que la tendencia dominante ha sido hacia el aumento de las desigualdades intra-metropolitanas y la polarización social; esto es lo que han concluido, entre otros, diversos estudios para Buenos Aires (Ciccolella, 1999; Prévôt-Schapira, 2000), Caracas (Cariola & Lacabana, 2001), Sao Paulo (Taschner & Bogus, 2001), etc. Sin embargo, también hay algunos casos en que esta tendencia a una mayor polarización social no ha podido ser confirmada, como ha ocurrido en las investigaciones para el caso de Río de Janeiro para la década de los ‘80 (Ribeiro & Preteceille, 1999; Ribeiro, 2000), y Santiago de Chile para el período que se inicia a mediados de los ‘80 y se prolonga hasta fines de los ‘90 (De Mattos, 1999).

En cualquier caso, la conclusión de muchos de los estudios que han comprobado un aumento de las desigualdades sociales es que ello no debe interpretarse necesariamente como una tendencia hacia la dualización. Así, por ejemplo, Taschner y Bogus (2001) perciben la existencia de espacios sociales mixtos o de estructuración social más compleja para el caso de Sao Paulo, donde la "presencia de la pobreza en todo el espacio municipal, así como en el conjunto de la región metropolitana, indica una estructura espacial no dual, con el aumento relativo de las capas medias en las áreas periféricas" (112-113). También Rolnik y Frúgoli Jr. (2001) concluyen su análisis para esta ciudad afirmando que "[...] más que reforzar una dualización entre incluidos y excluidos [...], el nuevo orden espacial en la ciudad sigue un modelo mucho más fractal, en el cual la tensión entre lo avanzado y lo arcaico, lo inserto y lo excluido, lo legal y lo ilegal se reproduce infinitamente en el espacio" (64). Por otra parte, Cariola y Lacabana (2001), en referencia a Caracas, afirman que "frente a las posiciones que visualizan una ciudad dual dividida en dos escenarios socio-territoriales mutuamente excluyentes como resultado de la globalización y la polarización social, Caracas nos lleva a plantear la hipótesis de la coexistencia, a veces conflictiva, de múltiples ciudades en el territorio metropolitano" (10).

En síntesis, estos estudios tienden a descartar la tesis de la bipolaridad, en la medida que la evidencia empírica considerada indica una evolución hacia un cuadro de mayor complejidad, que se aproxima más a la ciudad fractal propuesta por Soja o a la layered city de Marcuse y Van Kempen. En cualquier caso, en esta discusión habría que tener presente que en las áreas metropolitanas latinoamericanas parecen haberse desarrollado en mayor grado los factores enfatizados por Wacquant que los privilegiados por Castells, cuya incidencia sería más importante en la segmentación estructural de los mercados de trabajo en las economías de desarrollo capitalista avanzado. En estas circunstancias, la tesis sobre la dualización queda como una cuestión en discusión, hasta que se manifiesten más claramente las transformaciones provocadas por los avances de los procesos de reestructuración-informacionalización-globalización. El análisis del caso de Santiago de Chile puede permitirnos aportar elementos de juicio sobre la relación entre desigualdades y dualización para un caso concreto en el que la reestructuración productiva ha tenido importantes avances.

3. Santiago: crecimiento y desigualdad social

3.1. La transformación del ámbito nacional 1985-1998

La dinámica económica que se afirmó en Chile bajo los avances de la reestructuración y la globalización ocasionó profundos cambios en el funcionamiento del mercado laboral. Estos cambios estuvieron condicionados por las medidas adoptadas desde 1975 por el Gobierno Militar, que culminaron con la sanción en 1979 de un Plan Laboral estructurado en base a criterios de liberalización y flexibilización, que han mantenido su vigencia con escasas modificaciones hasta ahora. En lo esencial, esta reforma estuvo orientada a desmontar los arreglos institucionales laborales establecidos a lo largo del período industrial¾desarrollista, por considerar que ellos obstaculizaban una mayor vinculación entre productividad y salarios, y por tanto, la dinámica de acumulación y crecimiento.

En este período, y particularmente desde la mitad de la década de los ‘80, la economía chilena recuperó sus principales equilibrios macroeconómicos e inició una fase de sostenido crecimiento que se prolongó hasta 1998, momento en que comenzaron a ralentizarse los ritmos de crecimiento bajo los efectos de la crisis asiática. Así, entre 1986 y 1998, la tasa media de crecimiento del PIB se situó en alrededor del 7% con una evolución equivalente del sector industrial, lo que estuvo acompañado, entre otros elementos, por un significativo aumento de la tasa de inversión, una progresiva baja de la tasa de inflación y la caída de la tasa de desocupación (cuadro 1).


En este escenario, las elevadas tasas de crecimiento logradas tuvieron importantes efectos en la evolución del empleo y la estructura ocupacional: durante el período 1986-1996 se produjo la creación neta de más de 1.400.000 empleos (OIT, 1998), lo que estuvo asociado a una fuerte baja en la tasa de desocupación ¾desde un 10,4% en 1986 hasta un 5,3% en 1997¾ y a un sostenido aumento del salario real. Por otra parte, al mismo tiempo se registró un significativo crecimiento del ingreso por habitante, que ascendió de 1.360 dólares en 1985 a 5.182 en 1997. Todo ello contribuyó a una progresiva reactivación del mercado interno.

A lo largo de estos años, la situación social chilena experimentó una evolución favorable que se manifestó principalmente en que entre 1987 y 1998 se registrase una significativa reducción de los niveles de pobreza y de indigencia para el país en su conjunto3 (cuadro 2). La pobreza total disminuyó desde un 45,1% a un 21,7%, en tanto que en el mismo lapso, la población en situación de indigencia se redujo desde un 17,4% a un 5,6% (MIDEPLAN, 1999 y 2001). Esto hizo además que Chile fuese considerado como uno de los países que había registrado una más acelerada reducción de la pobreza (Meller, 2000).

En el mismo sentido, al consolidarse la recuperación económica iniciada a mediados de la década de los ‘80, Chile registró avances significativos en su nivel de desarrollo, como lo muestra el sostenido aumento del ingreso real per cápita4, y especialmente la persistente mejoría de su Índice de Desarrollo Humano (PNUD, 2000), el cual ¾para el año 2000¾ solamente era superado por Argentina entre las economías emergentes latinoamericanas (cuadro 3).



No obstante la evolución positiva que muestran estos indicadores, así como también la mayor parte de las otras variables macroeconómicas, la persistencia de la elevada informalidad de la fuerza de trabajo y el aumento de la precarización de los nuevos contratos de trabajo documentan facetas negativas del nuevo escenario. En efecto, pese al buen desempeño general del mercado laboral, la ocupación informal mantuvo su importancia en la estructura del empleo, puesto que en 1996 continuaba representando el 39,5% del empleo total del sector (servicio doméstico incluido) (OIT, 1998: 94-96), lo que resulta importante al momento de evaluar la situación general del mercado laboral, habida cuenta del hecho de que los hogares más pobres están sobrerrepresentados en este sector.

En lo que concierne a la precarización de los contratos de trabajo, que representa un cambio relevante con relación al período anterior, los resultados de una encuesta laboral a empresas realizada a comienzos de 1998 constató que "3 de cada 10 trabajadores, contratados directamente o subcontratados, tienen trabajo temporal y sólo una cuarta parte de los nuevos contratos es de carácter indefinido" (ENCLA, 1998: 5). A lo que se debe agregar que "la composición de las nuevas contrataciones (las que se produjeron durante los 12 meses anteriores a la encuesta) ratifica el dato sobre la preeminencia de los contratos temporales sobre los indefinidos, desde que del total de las nuevas contrataciones sólo el 24% fueron contratos indefinidos [...]" (5). En consecuencia, esto que permite concluir que la precarización de la relación salarial se ha establecido como un rasgo destacado del mercado laboral chileno.

Por otra parte, pese al elevado crecimiento económico de los últimos años y a la intensificación de las políticas sociales impulsadas desde 1990 por los gobiernos democráticos, no se ha logrado modificar hasta ahora el patrón de desigualdad preexistente, pues la regresiva distribución del ingreso heredada no ha mostrado signos importantes de reversión incluso en los años de mayor crecimiento, como lo muestran los resultados de la Encuesta de Caracterización Socio-Económica (CASEN) (cuadro 4). En este sentido, Contreras (1998) destaca que "varias investigaciones muestran que la distribución de los ingresos en Chile es una de las más desiguales del mundo, pero que dicha desigualdad se ha mantenido relativamente estable desde una perspectiva de largo plazo" (315). Con respecto a la estabilidad en el tiempo de la distribución del ingreso, es importante tener en cuenta que "la conclusión de que existe una distribución estable del ingreso a través del tiempo coincide con evidencia de otros países. En un reciente informe que analiza las mediciones de la desigualdad en 108 países, se concluyó que, a pesar de que entre los países hay diferencias sustanciales en cuanto a desigualdad, los cambios distributivos a lo largo del tiempo en cualquier país son muy leves" (Valdés, 1999: 10-11).


En esta situación, Chile continúa apareciendo como uno de los países con peor distribución del ingreso entre los países en desarrollo5 (Cowan & De Gregorio, 1996; Meller, 2000). Distintos tipos de indicadores considerados a este respecto muestran la persistencia de esta situación entre 1987 y 1998; así, por ejemplo, tanto la relación entre el quintil más rico y el quintil más pobre como el Coeficiente de Gini se mantuvieron en torno a los mismos valores a lo largo de todo este período (Krause & Puentes, 2001).

En cualquier caso, algunas peculiaridades de la distribución del ingreso en Chile permiten completar y matizar esta situación:

i) entre 1987 y 1998 todos los deciles crecieron prácticamente al mismo ritmo de alrededor del 9%, lo que significa que si bien se mantuvo la desigual distribución del ingreso, aumentó de manera importante el ingreso per cápita del hogar para todos los deciles (Krause & Puentes, 2001), hecho que contribuye a explicar en gran parte la reducción de la pobreza y la indigencia;

ii) Chile tiene una muy elevada concentración del ingreso en el decil superior (en torno al 45% del ingreso total), el que mantiene una brecha muy elevada con el decil siguiente (con alrededor del 15% del ingreso), lo que distorsiona en forma importante el cuadro general de distribución del ingreso. Meller (2000) indica que si se excluyese dicho decil, la distribución del ingreso chilena sería bastante equitativa para los deciles restantes, puesto que el Coeficiente de Gini descendería desde alrededor de 0,55 a 0,27, valor que equivale a uno de los más bajos del mundo;

iii) en este período no se observa una pérdida de participación de los sectores medios, sean cuales sean los deciles que se consideren a efectos de medirla. Si por ejemplo se considera el ingreso total de los deciles 4, 5, 6 y 7 como expresión de esos sectores, se comprueba que aumentaron ligeramente su participación entre 1987 y 1998, al pasar de 22% a 22,3%, y si se agregan los deciles 3 y 8, la tendencia no varía mayormente. Esto significa que no hay evidencia que permita afirmar que se haya producido un debilitamiento de dichos sectores intermedios;

iv) si se considera la distribución del ingreso monetario, que incluye los subsidios estatales (asignaciones sociales, bono de movilización, etc.) más los ingresos correspondientes a las políticas sociales (vivienda y educación), se comprueba una clara disminución de la desigualdad entre los sectores de mayores y menores ingresos en este período con respecto a la correspondiente al ingreso autónomo6. Como observan Cowan y De Gregorio (1996), "la política fiscal a través del gasto público en educación y salud ha tendido a compensar de manera creciente la desigual distribución del ingreso" (30). Más recientemente, un estudio realizado por Bravo y Contreras (1999) para el período 1990–96, concluye que cuando se consideran como ingresos las políticas sociales impulsadas por el gobierno, la desigualdad entre el 20% más rico y el 20% más pobre se reduce en forma importante. Como veremos más adelante, esta atenuación de la regresividad de la distribución del ingreso también se puede apreciar en los resultados de la V Encuesta de Presupuestos Familiares del INE referidos al AMS.

En síntesis, la información disponible para el país en su conjunto, si bien muestra la persistencia de una regresiva distribución del ingreso, con una muy elevada concentración del mismo en el decil superior, no indica una acentuación de la tendencia a la polarización social y, por consiguiente, a la dualización, por lo menos en la forma en que este fenómeno ha sido caracterizado en los estudios sobre las ciudades informacionales y globales.

3.2. El Gran Santiago: mercado metropolitano de trabajo, pobreza y segregación social

¿Qué efectos tuvo el crecimiento registrado en este período sobre la estructura social del Gran Santiago? Al respecto, hay que considerar ante todo que al encontrarse localizada en esta aglomeración la parte más amplia, diversificada y dinámica del aparato productivo nacional, ella tendió a beneficiarse en mayor grado que las restantes regiones de los frutos de esta etapa de crecimiento.

En este sentido, el hecho de mayor relevancia es que de la misma forma como ocurrió a escala nacional, la Encuesta CASEN muestra que los niveles de pobreza y de indigencia disminuyeron de manera significativa en la Región Metropolitana de Santiago (RMS) durante el período 1990-1998 (cuadro 2), pues mientras la pobreza total se redujo desde 38% hasta 15,4% de la población respectiva, la indigencia bajó de 9,6% a 3,5%, y la pobreza no indigente de 23,4% a 11,9% (MIDEPLAN, 2001). Por otra parte, si se compara la situación de la RMS con la de las restantes 12 regiones, se comprueba que la primera se encuentra entre las que presentan menores niveles de pobreza y de indigencia, dado que en 1998 solamente las regiones II, XI y XII tenían niveles más bajos, en tanto varias de las otras regiones duplicaban o casi duplicaban dichos niveles.

Por otra parte, los antecedentes suministrados por la V Encuesta de Presupuestos Familiares (EPF) realizada en el Gran Santiago entre agosto de 1996 y julio de 1997, que complementan la información de la Encuesta CASEN, permitieron comprobar que entre 1987 y 1997 se produjo un sustancial aumento del ingreso mensual real y del ingreso per cápita de los hogares, a la vez que un crecimiento real tanto del gasto de los hogares como de las personas (INE, 1999). En este sentido, la EPF muestra un crecimiento real de 88% en el ingreso mensual por hogar en 1996-97 en el Gran Santiago con respecto a 1987-88 (cuadro 5); de 100% en el ingreso mensual per cápita por hogar; de 84,2% en el gasto mensual por hogar; y de 94,9% en el gasto mensual per cápita.


La misma fuente también permite comprobar una disminución en el grado de desigualdad de la distribución del ingreso y del gasto de los hogares en el Gran Santiago (INE, 1999), pues mientras el 20% de los hogares más pobres incrementaron en términos reales su ingreso per cápita desde 4,8% a 6,3%, el quintil correspondiente a los sectores de mayores ingresos disminuyó su participación de 56,1% a 50,4% entre 1987 y 1997 (cuadro 6). La información sobre el gasto por hogar indica una evolución en la misma dirección, pues mientras la variación en este período para el primer quintil fue de 111%, la correspondiente al quinto quintil fue de solamente 68%.


Estos antecedentes permiten comprobar que una de las principales consecuencias del fuerte crecimiento en este período, complementado por las políticas sociales aplicadas desde 19907, fue un importante aumento tanto del ingreso real como del ingreso per cápita de los hogares, al mismo tiempo que un crecimiento real en el gasto tanto por hogar como por persona, lo que contribuye a explicar la ya referida reactivación del mercado interno.

Todo ello pone en evidencia que la RMS¾donde la presencia del AMS es predominante¾fue una de las más favorecidas por el crecimiento de estos años, y que los diversos indicadores considerados muestran una ligera atenuación de la polarización social; esto es, que la tendencia dominante fue hacia la convergencia8. En otras palabras, estos indicadores permiten afirmar que por lo menos en este período no se estaría frente a una mayor segmentación o dualización del mercado de trabajo, y que la hipótesis de que la clase media estaría siendo perjudicada por este proceso no sería válida para el país en su conjunto, ni en particular para la RMS.

Ello no obstante, en la medida en que todavía se mantiene la regresiva distribución del ingreso autónomo a la que ya nos hemos referido, ésta tiene su correspondiente expresión en la estructura territorial metropolitana. Pese a que en la RMS los porcentajes de pobreza e indigencia son menores que los de la mayoría de las otras regiones ¾16,1% en 2000 frente, por ejemplo, a 32,7%, 27,1% y 25,3% para las regiones IX (Araucanía), VIII (Bío Bío) y VII (Maule)¾, en términos absolutos el número de pobres en esta parte del territorio sigue siendo el más elevado del país. Además, la RMS es, junto a la VIII Región, la que presenta mayores niveles internos de desigualdad (MIDEPLAN, 2001).

Planteando una comparación entre tendencias y situación, se llega a una conclusión importante: si bien en el caso de la RMS no se observa una tendencia hacia una mayor polarización, y por lo tanto, hacia una dualización social, sí se puede afirmar que persiste una situación de elevada desigualdad entre los sectores de mayores y menores ingresos, en la que influye decisivamente la situación heredada del pasado, que no ha logrado ser corregida significativamente pese al elevado crecimiento observado y a las políticas aplicadas.

La regresiva distribución del ingreso se refleja en una distribución territorial de la población de Santiago, que ha ido consolidando un mapa en el que la segregación residencial muestra una nítida tendencia al distanciamiento físico entre barrios ricos y pobres (Rodríguez & Winchester, 2001), así como la formación de algunos guetos urbanos, tanto para ricos como para pobres. Este fenómeno de segregación residencial, que tiene orígenes lejanos, se acentuó en mayor grado con las erradicaciones llevadas a cabo por el régimen militar, en las que se desplazó a importantes contingentes de población de bajos ingresos asentados en barrios de ingresos altos y medios, hacia lugares homogéneamente pobres de la periferia del AMS. La política de vivienda social también ha contribuido a la persistencia de este cuadro de segregación social, dado que el imperativo de bajar costos por parte de las empresas privadas que tienen a su cargo la construcción de las mismas, hace que por lo general los sectores de menores ingresos solamente puedan acceder a viviendas de baja calidad ubicadas en terrenos de menor valor en barrios pobres, situados en áreas periféricas del AMS (Ducci, 1997).

En este sentido, los resultados de la Encuesta CASEN de 1998 aportan elementos de juicio sobre la forma en que se ha ido distribuyendo territorialmente la población según su nivel de ingreso: mientras los niveles de pobreza eran respectivamente de 0,8%, 1,1% y 1,2% en las 3 comunas más ricas del AMS (Providencia, Las Condes y Vitacura), en las 3 comunas más pobres (Huechuraba, Renca y Pedro Aguirre Cerda) los niveles de población por debajo de la línea de pobreza alcanzaban al 38,4%, 37,1% y 32,7%. Como es obvio, un análisis que considere una mayor desagregación territorial permitiría identificar niveles de segregación más elevados.

Este cuadro puede complementarse con las mediciones relativas al Índice de Desarrollo Humano (PNUD/MIDEPLAN, 2000), que intentan una aproximación más amplia al fenómeno de las desigualdades mediante una evaluación de la acumulación de capacidades humanas, para lo que consideran indicadores sobre educación, salud e ingresos. Los resultados por comunas de este estudio (cuadro 7) permiten dibujar un mapa en el que se puede observar la distribución territorial de la población según niveles de desarrollo humano en la RMS (mapa 1).



En este mapa se destaca un área ¾en su mayor parte contigua¾ en la que residen mayoritariamente los sectores de ingresos altos y medios (los "barrios altos"), formando una suerte de triángulo que tiene uno de sus vértices en la comuna de Santiago y luego se despliega hacia el nor-oriente, cubriendo buena parte de los faldeos cordilleranos, comprendiendo las comunas de Vitacura, Providencia, Las Condes, Lo Barnechea, La Reina y Ñuñoa; a ella solamente habría que agregar la comuna de La Florida hacia el sur-oriente, que también tiene una alta proporción de sectores medios y medios-altos. En contraposición, se observa un amplio número de comunas en las que residen los sectores de ingresos medios-bajos y bajos, que se despliegan hacia el norte y sur-poniente. Finalmente, se puede apreciar que niveles extremadamente bajos de desarrollo humano se localizan en dos comunas de la periferia del AMS (Cerro Navia y Lo Espejo), así como también en las comunas todavía predominantemente rurales de la RMS.

En la misma dirección, un estudio que relacionó prácticamente la totalidad de la información disponible sobre desigualdad social metropolitana (pobreza, ingreso, vivienda, desarrollo humano, educación, salud, seguridad ciudadana, etc.), confirmó este cuadro para todos los indicadores considerados, mostrando la forma en que los mismos se entrelazan y generan una dinámica social que tiende a retroalimentar y reproducir las desigualdades sociales (Morales, 2001). Por su parte, Rodríguez y Winchester (2001) revisaron la situación en términos de ingreso per cápita, calidad de la educación, cobertura de la inversión en edificación y niveles de ingreso y gasto de las autoridades municipales para las 34 comunas del Gran Santiago, mostrando que prácticamente todos los indicadores convergen en un mismo mapa de segregación socioeconómica.

De esta forma, es posible concluir que pese a la mejoría lograda en este período, todavía subsiste un cuadro general donde la pobreza continúa teniendo una importante presencia en la estructura social y territorial del AMS. La persistencia de la polarización y de la segregación social, agravada especialmente por el hecho de que la desocupación juvenil es mucho más elevada que la desocupación promedio10 (OIT, 1998), tiene una importante incidencia en la agudización de fenómenos relacionados con el consumo y la comercialización de la droga, la delincuencia, la inseguridad ciudadana y la conflictividad social (Sabatini, Cáceres y Cerda, 2001). Todo ello ha venido esbozando un nuevo escenario social metropolitano, el cual ¾no obstante las medidas adoptadas por las autoridades metropolitanas o comunales¾ continúa manteniendo sus síntomas más preocupantes.

En todo caso, pese a la persistencia de importantes desigualdades sociales, el cuadro esbozado no muestra indicios de una evolución de carácter bipolar como la que caracteriza a la dualización, aun cuando no se puede descartar que las transformaciones que esta economía deberá enfrentar en el futuro puedan conducir hacia una acentuación de la polarización social. Por ahora, como anota Lago (2000) en su estudio sobre desigualdades y segregación para Río de Janeiro, "la validez de trabajar con una visión dualista sobre la reestructuración urbana es una cuestión abierta, que se inserta en el actual debate sobre el rumbo de las ciudades en este fin de siglo e inicio de una nueva etapa del capitalismo" (44).

4. Santiago frente a las tendencias mundiales: ¿Una excepción?

Si la evolución de las desigualdades sociales en el Gran Santiago en el período iniciado a mediados de la década de los ‘80 no siguió la tendencia que parece estar imponiéndose en diversas áreas metropolitanas del mundo, hacia una acentuación de las desigualdades intrametropolitanas y hacia la formación de ciudades duales, cabe preguntar: ¿por qué ello no ha ocurrido? ¿Es realmente esta ciudad la excepción a una tendencia generalizada?

Para discutir este tema parece necesario considerar hasta qué punto se han desarrollado en Chile las condiciones y los factores a los que suele atribuirse la segmentación de los mercados de trabajo y la agudización de la polarización social. Ante todo, habría que dejar en claro que la supuesta excepcionalidad del caso chileno está referida a un período de crecimiento singularmente elevado y sin parangón en los restantes países de la región, que permitió una significativa reducción de los niveles de pobreza y de indigencia, aun con escasos efectos en la atenuación de una distribución personal del ingreso sumamente regresiva. En todo caso, ese período de bonanza económica parece haber llegado a su fin, pues desde 1998 esas tasas de crecimiento cayeron bajo los efectos de la crisis asiática, y desde entonces no han vuelto a recuperarse; esta caída ha estado acompañada por un importante aumento del desempleo y por un significativo descenso de la tasa de inversión, con lo que el futuro del modelo chileno no está muy claro, máxime cuando parece haberse debilitado el consenso socio-político en torno al camino escogido, que se había alcanzado en los años de su mayor esplendor.

Por otra parte, debe considerarse que si bien el Gran Santiago forma parte de una de las economías latinoamericanas que más ha avanzado en su proceso de reestructuración y globalización, hasta ahora Chile continúa siendo esencialmente productor de commodities y semimanufacturador de recursos naturales, con escasa incorporación de valor agregado y con procesos productivos de carácter predominantemente tradicional11. De hecho, estos procesos sólo han logrado una escasa incorporación de "nuevas actividades líderes" al aparato productivo respectivo, y una relativamente limitada informacionalización de su economía.

Si bien se ha producido una transformación significativa del sector servicios, principalmente en telecomunicaciones y servicios financieros, el sector manufacturero ¾en particular el de Santiago, el más diversificado y dinámico a nivel nacional¾ presenta una estructura productiva orientada en parte importante al mercado interno, donde las industrias que han mostrado mayor contribución al valor agregado en la última década son fundamentalmente ramas de tipo tradicional (De Mattos, Riffo y Reyes, 2001). Entre estas industrias no hay vestigios de las que podrían considerarse como representativas de la "nueva economía". Y el sector terciario, pese a sus evidentes avances, continúa estando marcado por la fuerte presencia de un amplio sector informal asociado a actividades de baja productividad e ingresos. En estas condiciones, Santiago todavía se encuentra distante de lo que Castells denomina como una "ciudad de la nueva economía" (Castells, 2000).

Es así que pese a la profunda transformación que ha vivido en los últimos años, Chile ha continuado creciendo en base a una estructura productiva con muchos remanentes del modelo anterior. En esa dinámica, tanto el Gran Santiago como el país en su conjunto parecerían estar en una fase inicial del proceso de reconversión a la "nueva economía". En el mejor de los casos, se la podría calificar como una economía emergente que se encontraría próxima a llegar (si es que ya no ha llegado) al punto culminante de un modelo de crecimiento sustentado básicamente en sus ventajas comparativas relacionadas con recursos naturales; en estas circunstancias, su crecimiento futuro parecería estar condicionado por su capacidad para producir una efectiva transformación estructural, que le permita avanzar hacia una más profunda inserción en la economía globalizada.

En estas circunstancias, y a manera de hipótesis, se podría plantear que si Chile pudiese recuperar las altas tasas de crecimiento alcanzadas en el período anterior a 1998 y continuase la transformación estructural iniciada entonces, su mercado de trabajo ¾y en particular el del Gran Santiago¾ podría comenzar a adquirir los rasgos y las tendencias observados en los países capitalistas avanzados. En tal caso, ¿podría ello redundar en una mayor segmentación de sus mercados de trabajo, en una intensificación de la polarización social, y eventualmente en una dualización? Esta pregunta promueve una discusión que ya está planteada y para la que no hay una respuesta consensual.

En ese escenario, el mayor desafío que deberá enfrentar en el futuro Chile, y por lo tanto el Gran Santiago, será cómo encontrar un camino que le permita avanzar en forma realmente efectiva hacia una mayor modernización capitalista, y al mismo tiempo, hacerlo sin que el tipo de transformaciones emergentes redunden en un aumento del desempleo estructural y de la polarización social. Sin embargo, esto todavía implica un reto de dificultad equiparable al que se plantea cuando se propone resolver la cuadratura del círculo.

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1 Este trabajo fue preparado para ser presentado en el VI Seminario Internacional de la Red Iberoamericana de Investigadores sobre Globalización y Territorio, realizado en la Ciudad de Rosario, Argentina, entre el 2 y el 4 de mayo del 2001. El autor agradece los comentarios y sugerencias de Gonzalo Cáceres Q.

2 Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales, Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos, Pontificia Universidad Católica de Chile.

3Estos porcentajes fueron calculados según el criterio de las líneas de pobreza y de indigencia del Banco Mundial, que considera el costo de una canasta básica y el ingreso per cápita de un hogar. Recientemente se ha comenzado a discutir la pertinencia de esta metodología y a cuestionar sus resultados, aduciendo que subestiman los niveles reales de pobreza. Sin embargo, las mediciones realizadas según los criterios de las necesidades básicas o de los índices de desarrollo humano muestran una evolución y una situación similar.

4PIB real per cápita del país convertido a dólares EE.UU., sobre la base de la paridad de poder adquisitivo (PPA) de la moneda de ese país, según cálculo realizado por el PNUD en los Informes sobre Desarrollo Humano.

5Al observar la distribución del ingreso de 65 países en desarrollo, Chile ocupa el séptimo lugar entre los países con peor distribución del ingreso. En América Latina sólo es superado por Brasil (Meller, 2000).

6El ingreso autónomo corresponde a los ingresos por concepto de sueldos y salarios, ganancias provenientes del trabajo independiente –incluido el autosuministro– y el valor de consumo de productos agrícolas producidos por el hogar, renta de propiedades, ingresos por interés, bonificaciones y gratificaciones, así como jubilaciones, pensiones y montepíos (Banco Central, 2001).

7No hay consenso acerca del peso de las políticas sociales en la reducción de la pobreza, estimándose que su efecto positivo oscilaría entre el 20% (Larrañaga, 1994) y 40% (Meller, 2000).

8Un investigación que considera la evolución hasta comienzos de la década de los ‘90 sobre la base de datos censales, concluye que "en comparación con los Censos anteriores, las correlaciones entre segregación residencial e indicadores de problemas sociales son más altas" (Sabatini, Cáceres y Cerda, 2001: 38), lo que implica una tendencia hacia la agudización de las desigualdades. Sin embargo, cuando se considera la evolución durante la década siguiente, esta tendencia se revierte como consecuencia de la fuerte reducción de la pobreza y la indigencia, así como del aumento del ingreso y el gasto reales y per cápita de las personas y de los hogares.

9Existen numerosos ejemplos de acciones de los propios vecinos destinadas a separar sus viviendas de las de otros residentes de distinto nivel de ingreso, incluso recurriendo a recursos extremadamente agresivos como es el caso de alambradas electrificadas. Los medios de comunicación han hecho amplia referencia recientemente al caso de un muro destinado a separar y cortar la visibilidad entre un barrio pobre y otro de altos ingresos en la Comuna de Lo Barnechea. Un poblador del lado pobre describe este hecho de la siguiente forma: "De la noche a la mañana amanecimos con este muro. Al principio pensamos que era una casa porque nadie sabía de qué se trataba. En reunión con la alcaldesa le preguntamos y ella nos dijo que el muro iba de punta a punta, sin acceso y sin nada, porque los vecinos de arriba se habían quejado de delincuencia" (Diario La Tercera, 12 de abril de 2002).

10La información disponible sobre desempleo juvenil ha sido permanente en este período; en ese sentido, el estudio de la OIT (1998) comprobó que "desde que existen cifras comparables en 1986 podemos detectar que la tasa de desocupación juvenil (15 a 24 años) ha sido el doble que la de los mayores de 25 años" (188).

11Un testimonio elocuente a este respecto es suministrado por un ejecutivo de una importante firma financiera internacional quien, refiriéndose a las oportunidades que Chile ofrece a la inversión extranjera, expresaba: "Si le preguntas a un inversionista sobre Chile, él te habla de cobre, salmón, uvas. Y luego se cuestiona «¿Quiero invertir en salmón, cobre o uvas?» Y la verdad es que la respuesta es «no» para muchos. Hemos tenido un auge en las economías de los países desarrollados, pero sin un alza significativa en los precios de las materias primas. La gente no piensa en Chile para hacer allí sus microchips, investigación genética o fabricar máquinas de aire acondicionado. No, la gente piensa en cobre, forestal, uvas… Y son sectores que no están de moda [...]" (Reportaje a Arturo Porzecanski, Jefe de Mercados Emergentes de ABN Amor Bank de Nueva York, Revista Qué Pasa, 7 de octubre de 2000).

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