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EURE (Santiago)

versión impresa ISSN 0250-7161

EURE (Santiago) v.30 n.89 Santiago mayo 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0250-71612004008900007 

 

Revista Eure (Vol. XXX, N°89) pp. 109-116, Santiago de Chile, Mayo 2004

EURE RESEÑAS

 

La muralla enterrada.

Carlos Franz (2001).

Bogotá: Planeta.


Muchas veces olvidamos que la ciudad es, en buena medida, una construcción mental. La urbe ha sido y es, campo de estudio inagotable y origen de incontables obras de arte. En las próximas líneas me referiré al ensayo del chileno Carlos Franz, La muralla enterrada y específi-camente a las relaciones que se establecen entre Santiago y su literatura. Digo su literatura porque son muchas las novelas en las que la capital es la protagonista. Las distintas percepciones y visiones que existen sobre Santiago en estas novelas, son fruto de la subjetividad del escritor; muchas veces, esta subjetividad expresa el sentir de una época o de una sociedad determinada.

A partir de la lectura de novelas chilenas de distintas épocas, es posible apreciar los cambios en las costumbres, en las ideas, en el paisaje (tanto natural como arquitectónico) y en la manera en que los ciudadanos se relacionan con su entorno. Resulta evidente que Santiago y sus ciudadanos no son los mismos en Juana Lucero de Augusto D’Halmar (1902), que en Muy temprano para Santiago de Agustín Palazuelos (1965); que la ciudad de La desesperanza (1986) de José Donoso es otra que la de Mala onda de Alberto Fuguet (1991) o El Nadador de Gonzalo Contreras (1995). Estas novelas sobrepasan el campo de lo literario, por ser herramientas claves para la comprensión de los procesos y cambios vividos en Santiago. La intención de Franz es, entonces, rescatar la percepción urbana de estas narraciones, determinar cuál es el Santiago imaginario que ellas construirían; leer entre líneas la historia de la novela santiaguina.

Se podría afirmar que La muralla enterrada es a la vez un libro y un mapa1; a partir de las novelas leídas, la obra de Franz recopila numerosas versiones de la ciudad de Santiago y las presenta no de manera cronológica, sino espacial. El autor divide la capital en siete barrios, que serían los siete referentes geográficos de los cuales se sirve para organizar las novelas. La muralla enterrada no es un estudio diacrónico ni uno que analice tendencias literarias: Franz dibuja o define un mapa espacial-literario a partir de las distintas visiones y percepciones que han existido sobre la ciudad de Santiago en la literatura chilena del siglo XX.

Organizar setenta y tres novelas de esta manera puede parecer caótico, a primera vista. El referente espacial pareciera no ser suficiente; de ahí el uso por parte de Franz de un doble referente mítico: la muralla enterrada y el "imbunche"2. Todas las novelas elegidas por Franz (algunas citadas directamente y otras sólo mencionadas), apuntan al mismo objetivo: desentrañar el sentido de la ciudad, develar su identidad. El autor utilizó como corpus de su ensayo todas aquellas novelas que, de una u otra manera, podían ayudarlo a leer nuestra identidad urbana, múltiple en esencia. Ahora bien, ¿por qué elegir el género literario para reflexionar acerca de la ciudad? Porque, como el mismo autor afirma en las primeras páginas del libro, "las novelas de Santiago propician esa posible identidad nacional inclusiva, asediando nuestra mentira oficial por uno de sus pocos flancos desguarne-cidos: la imaginación" (20). Según Franz, las novelas exponen o dejan al descubierto aquellas verdades que los discursos oficiales niegan, esconden o no quieren ver.

Franz enmarca el libro en una experiencia personal: haber conocido cuando aún era adolescente, la muralla enterrada de Santiago3. Producto de esta temprana revelación, Franz piensa en la ciudad de Santiago en términos de ocultamiento, de espacio cerrado, de entierro y de olvido. Surge entonces la idea y el tema del libro: desenterrar la muralla, encontrar en la literatura la identidad oculta de Santiago. La novela urbana santiaguina devela esta condición, quiénes somos al fin y al cabo; y si se opta por la denominación novela urbana es porque Franz le concede ese estatuto, a pesar de que él mismo afirma que estas novelas no serían reconocidas como tales, debido a la apreciación general de que son otras grandes ciudades las que sí tienen grandes libros que hablen sobre ellas. "Leer las novelas santiaguinas levanta la costra dura de ese prejuicio y muestra algo de lo que hay abajo (...) Una urbe ignorada, terrible en su mayor parte (...) Un imbunche, en suma. Pero una ciudad nuestra, narrada" (22).

En la segunda parte del libro, titulada "El espíritu de los barrios", el autor caracteriza, define y ubica cada uno de los lugares recreados a partir de la lectura de las novelas en un mapa o plano imaginario, literario. Franz identifica en su plano siete barrios: la Chimba, el Centro, el Barrio Estación, el Matadero, el Zoco, la Ciudad de los Césares y el Jardín. Vale la pena detenerse en algunos de estos espacios para entender de qué modo se configura el Santiago imaginario descrito por Franz. El barrio de la Chimba se relaciona directamente con la metáfora del imbunche. La unión de ambos, barrio y mito, se produce en la Casa de Ejercicios Espirituales de la encarnación de la Chimba4. El barrio de la Chimba se opone a la racionalidad y planificación del Centro; tiene sus cimientos en la excentricidad y descontrol del manicomio, en el silencio de los cementerios y en la pobreza de los conventillos. En la lectura de Franz la Chimba, el barrio-imbunche, determina en cierta medida a la ciudad completa.

El barrio de la Estación y el Matadero se relacionan de una u otra forma con el Barrio de la Chimba. En el barrio de la Estación, el Barrio Chino, el cuerpo es el eje que articula las relaciones. La barrera entre lo privado y lo público se tensiona al máximo, ya que ambos espacios conviven en uno solo. En el Matadero, asimismo, el olor de la sangre de los animales es una constante que no permite alejarse de la idea de la muerte. Chimba, Barrio Chino y Matadero son espacios exuberantes, irracionales, oscuros. Desde luego, se encuentran al margen de la sociedad: "el Matadero es metáfora de todas las formas que vendrán para habitar marginalmente la ciudad: la callampa, la toma, el campamento, las poblaciones sociales" (104). Estos barrios se oponen al Centro, a la Ciudad de los Césares y al Jardín. Aquí es la racionalidad la que impera: el orden, la claridad, la riqueza. La Ciudad de los Césares (compuesta por el Cerro Santa Lucía, la Alameda y el Parque O’Higgins) es, para Franz, el mito de la ciudad esplendorosa, magnífica; uno de los tantos mitos del Santiago imaginario. Desde el Centro se ejerce el poder, que está desde un principio ligado simbólicamente al dinero. Para Franz esta relación se haría patente en el palacio de gobierno, La Moneda: "Pocas capitales del mundo identifican de un modo más desvergonzado, en el principal de sus hitos urbanos, la identidad entre dinero y poder, como lo hace Santiago" (61). El barrio del Zoco, el mercado, es un punto de conexión, de unión: por ser el espacio del negocio es metáfora del lugar del flujo, del intercambio de bienes.

A partir de las precisas descripciones hechas por Franz, abundantes en citas y referencias, el lector percibe que el Santiago imaginario no se presenta aquí como una ciudad, sino que como un conjunto de ciudadelas. Cada una de estas ciudadelas es prácticamente independiente de las otras, lo que produce una fragmentación que se vuelve cada vez mayor. Los habitantes tienen miedo a ser invadidos por otros: el Centro no quiere ser invadido por la Chimba, el Jardín teme ser invadido por las poblaciones callampas del Matadero. "El miedo a invasión que se percibe en el Centro nace del Matadero. Y puede extenderse al resto de la ciudad, amenazando conventillizarla" (112). De este modo se producen barreras, límites: "En la medida en que los barrios se apartan, aumentando las distancias recíprocas, (la) barrera racial –otra faceta de la muralla enterrada- se hace más evidente" (169). Este sería otro mito del Santiago imaginario: el mito de la invasión5.

La muralla enterrada y el imbunche, metáforas propuestas por Franz para entender esta compleja trama urbana que es Santiago, no se contraponen, sino que se encuentran en una relación dialéctica. Por un lado, Santiago es un imbunche: "esta negra visión del Santiago imaginario parece la única lo suficientemente poderosa como para reunir en un cuerpo a la ciudad desmembrada" (203). Pero al mismo tiempo, este Santiago imaginario está conformado por ciudadelas separadas por muros que delinean los barrios de la ciudad. Estos muros cumplen aquí una doble función: "(…) limitan pero también defienden; separan, y a la vez ocultan a los personajes del Santiago novelesco. A su turno, esas funciones determinan posibles arquetipos para cada ciudadela: el ghetto, la fortaleza, la ciudad prohibida, la chimba" (188). Así, la muralla separa en ciudadelas lo que tiende a unir el imbunche, que por ser un conjunto "degradado e insoportable" (en palabras del autor) tiende a fragmentarse. En el "Epílogo Esperanzado", Franz espera que la muralla se transforme en atalaya, que Santiago deje de ser imbunche para transformarse en una ciudad abierta, que no se niegue ni esconda su pasado: una ciudad que no entierre sus murallas.

El libro de Franz es un intento válido porque enfrenta la cuestión urbana desde una óptica diferente. La muralla enterrada se aproxima a la ciudad de Santiago desde una perspectiva alternativa a la de los estudios urbanos tradicionales: Franz abre la discusión desde el espacio de lo imaginario. En el libro no hay datos demográficos, no hay estadísticas, no se cuenta la historia de la ciudad ni se construye una identidad nacional a partir de una determinada ideología. Con esto quiero decir que el libro de Franz se encuentra en el ámbito de lo posible, no de lo cierto; de lo probable, no de lo verdadero. Las novelas presentadas se nutren del entorno de su ciudad, lo que posibilita reflexionar acerca de temas relacionados con la urbe, partiendo en este caso de la ficción de las obras literarias. La lectura de La muralla enterrada permite al lector darse cuenta de que es posible conocer más sobre la historia de las ciudades a partir de su literatura original.

Franz dibuja un mapa: sus referencias, como se ha dicho anteriormente, se relacionan con ciertos espacios, y son estos lugares los que aparecen claramente delimitados y definidos en el Plano de la Ciudad Imaginaria de Santiago. Este plano es un gran aporte en el momento de la lectura, ya que permite visualizar con mayor precisión la ubicación de los lugares narrados y citados, así como los contrastes que se producen entre uno y otro barrio por su determinada posición. El mapa de los barrios es, desde otra perspectiva una cara posible –una identidad posible- de la ciudad de Santiago.

Ángeles Donoso M.

NOTAS

1 Franz no sólo construye su libro a partir de la lógica del mapa, sino que, en efecto, dibuja uno. Si se analiza la imagen del mapa a partir de lo planteado por Anderson (1993), es posible asumir que el hecho de dibujar o recrear un mapa con las distintas percepciones o visiones de la ciudad sería en sí mismo un proceso de construcción de identidad (un intento de definir o delimitar una nación). Es decir, Franz no sólo intenta descubrir o definir la identidad de la ciudad a partir de las novelas leídas sino que también construye un mapa que apoye esta lectura. Este aspecto será retomado más adelante.

2 Criatura fantástica de la mitología chilota (N. del E.).

3 Se alude aquí a los antiguos tajamares del río Mapocho, descubiertos a mediados de la década de 1970 gracias a las obras del Metro de Santiago (N. del E.).

4 En El obsceno pájaro de la noche, la novela de José Donoso (1970), siete ancianas hediondas y pobres cosen al Mudito, lo transforman en un imbunche para dominarlo, para poder someterlo a sus apetitos feroces. La novela de Donoso es, sin lugar a dudas, fundamental en la lectura realizada por Franz.

5 Los ciudadanos se apartan unos de otros en sus barrios y limitan la interacción de sus cuerpos, acción que sería cancelada o anulada en el Barrio Chino, único lugar donde el límite entre lo público y lo privado se vuelve difuso. En este sentido, las palabras de Sennett (1994) se aplican tanto a los barrios segregados como a los cuerpos que habitan esos barrios: "El miedo a tocar del que surgió el gueto de Venecia se ha visto reforzado en la sociedad moderna cuando los individuos crean algo similar a los guetos en su propia experiencia corporal al enfrentarse a la diversidad. Rapidez, evasión, pasividad: esta tríada es lo que el nuevo entorno urbano ha sacado de los descubrimientos de Harvey" (390).

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Anderson, B. (1993). Comunidades imaginadas. México: Fondo de Cultura Económica.        [ Links ]

Sennett, R. (1994). Carne y Piedra: El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental. Madrid: Alianza.        [ Links ]

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